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Evelyne de la Chenelière es una de las figuras más relevantes y sugerentes del teatro experimental de Quebec.
«Luces, luces, luces» supone una indagación en la novela de Virginia Woolf «Al faro», en la que sus dos protagonistas, con planteamientos existenciales radicalmente opuestos, comparten la búsqueda de la belleza y de un sentido en sus vidas.
Por su parte, «Septiembre» es un texto onírico, un monólogo caleidoscópico de una madre que tiene que ir a buscar a su hija enferma al colegio, con el que la autora explora los códigos de la representación e ilustra la ambivalencia de la maternidad y nuestra incapacidad para preservar la infancia.
Dos magníficas obras para actrices, que reflexionan sobre la vida, el sufrimiento, la mujer, la pareja, la familia, pero también sobre las relaciones entre la realidad y la ficción y sobre la propia escritura.
Edición y traducción de Rosa de Diego
Madrid, 2024. 126 págs.
ISBN: 978-84-17189-58-7
Hay textos de ficción que tienen la encomiable virtud de abrir puertas y ventanas a quien los lee, porque contienen más preguntas que respuestas y además incitan nuevas lecturas e inquisiciones, a veces ya intuidas en el título y en sus primeras palabras. Así ocurre con obras cumbres de la narrativa universal como puedan ser La biblioteca de Babel o El jardín de los senderos que se bifurcan, dos relatos excelsos de Jorge Luis Borges. Además de mostrar la complejidad de lo real, o las numerosas digresiones que cualquier hecho puede generar en nuestra tentativa inútil por comprender, algunos de tales textos suponen también una exploración de la escritura, mostrando formas variadas de armar la realidad en la ficción, muy marcadas por la subjetividad. Así, en otra de las excelentes narraciones firmadas por Borges, la voz de Javier Otárola nos sacude de primeras con una frase esclarecedora: “Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo” (“Ulrica”, en El libro de arena, 1975). Cualquier otra perspectiva sería un engaño o una impostura.
En nuestra opinión, tal es el caso de estas dos obras de la actriz y dramaturga Evelyne de la Chenelière que se acaban de publicar en nuestra colección Literatura Dramática. Cuenta la autora con una larga trayectoria en el teatro de Quebec, de la que da informa Rosa de Diego en un prólogo magnífico que ayuda a tomar conciencia de su forma de entender la creación dramática, que presenta, a nuestro entender, una sabia mixtura de tradición y vanguardia. En 2012, y en el número 140, ya se había publicado en nuestra revista ADE/Teatro un texto suyo presentado igualmente por Rosa, Los pies de los ángeles. Como antes, también ahora el estudio preliminar sitúa a la autora en su contexto y al tiempo ofrece claves para acompañar la lectura. Un trabajo de utilidad indudable al estar ante una autora poco conocida en nuestro país, y para la mayoría una auténtica incógnita, aunque ésta pronto se despeja en una revelación sorprendente y gozosa, que además nos llega en una traducción que juzgamos excelente si atendemos a lo bien que los textos se dejan leer, y a lo bien que suenan al hacerlo en alto.
El primero, Luces, luces, luces, supone un diálogo con una conocida novela de Virginia Woolf, Al faro (1927), en el que recuperando elementos esenciales de la misma, ofrece una mirada poco convencional a la naturaleza de la realidad, que siempre es una construcción social, en tanto se crea al interior de cada quien gracias a los datos que provienen del exterior y de los otros. El texto resultante presenta un diálogo a dos voces que en ocasiones parecen monólogos alternantes, y son las de Lily Briscoe, pintora en ciernes, y la de la Señora Ramsay, madre devota de ocho hijos y esposa de un profesor que escribe libros de filosofía, que nadie parece leer ya. Como telón de fondo, el faro lejano al que ansía ir James Ramsay, las relaciones e interacciones familiares y sociales en casa de los Ramsay, los efectos devastadores de la primera gran guerra mundial, o el retrato de la Señora Ramsay en el que trabaja Lily. Y como temas centrales el paso del tiempo, los roles de la mujer en un mundo de hombres, la lucha por la afirmación personal, o las dificultades para comprender la experiencia, en tanto suele tener una dimensión intersubjetiva lo que implica que jamás sabremos lo que habita en la mente de los otros, lo que ven, sienten y piensan (por fortuna, se dirá y recordará). Finalmente, el hecho de que la persona humana sea una construcción social en continuo proceso de (des)ensamblaje, armada y desarmada con relatos propios y ajenos, con palabras que nos dicen y decimos.
El segundo, Septiembre, es un texto en el que de nuevo aparecen temáticas muy diversas, situadas en primer plano por la experiencia y la vivencia de la maternidad. El título ya indica ese tiempo en que niñas y niños vuelven a la escuela, fuera del hogar, y en ella destaca el patio de juegos, espacio privilegiado para analizar las formas en que las personas se constituyen y construyen en un momento especialmente relevante en la configuración de la identidad. Ayudan mucho en la lectura los fragmentos de un texto de Chenelière, “On dit que c’etait la nuit” (2012), que Rosa de Diego presenta tras el estudio preliminar general, y que muestran formas de considerar y vivir la maternidad o la infancia, o también juegos infantiles como la construcción de universos a partir de figuritas minúsculas que pueden arremedar personas, animales o cosas. El motivo que genera el torrente de palabras que configuran una pieza con tres partes, y su prólogo y su epílogo, es el hecho de que una madre recibe en el trabajo una llamada de la escuela en la que estudia su hija pequeña, y que pide la vaya a buscar pues dice que le duele la tripa. La madre acude y ante la valla del patio del centro educativo se desata en ella un mosaico de reflexiones, miradas y voces que recrean el interior y el exterior de un entorno social que puede resultar especialmente despiadado y cruel y en el que en ocasiones, allá en América del Norte, se producen matanzas indiscriminadas. Ese recurso de regurgitar y dar rienda suelta a las voces más diversas supone una forma de reconstruir una realidad posible a través de subjetividades diferentes y de forma discontinua, lo que hace que aquella se torne fragmentaria, incompleta, absurda o inexplicable, pero también convencional y previsible: la vida misma. La realidad sería entonces una construcción de la consciencia de cada quien, un problema que ocupa a filósofos, neurofisiólogos, arqueólogos o físicos por igual.
Dos textos magníficos, que más allá de sus virtualidades literarias o escénicas, dan mucho en qué pensar o para aventurar divagaciones pertinentes. Entre ellas la cuestión de los roles adscritos e impuestos, con todas las responsabilidades que conllevan y las culpabilidades y desazones que generan.
M.F. Vieites





































































































































