Informe AISGE 2023. ¿Quién NO lo ha leído? – ADE Teatro
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Informe AISGE 2023. ¿Quién NO lo ha leído?

Por Manuel F. Vieites.

La pregunta que colocamos en el título es un tanto retórica, pues cabe pensar que muchas personas vinculadas (o no) a las artes escénicas sí lo conocen y sí se lo han leído, seguramente con tanta atención como preocupación. Los datos y las conclusiones que de ellos se derivan, presentadas a modo de grandes titulares al inicio del Informe, no pueden ser más claros y aterradores, y se trata, tan solo, de un estudio sociolaboral, que mide la empleabilidad, sus condiciones y circunstancias, porque se podría ir mucho más allá y analizar las causas de tal dislate, que aún siendo múltiples no resultan tan difíciles de identificar.

Decimos dislate porque no puede ser que en un sector como el de la creación y la difusión cultural, que en palabras del Presidente del Gobierno aporta un 3,3 por ciento al Producto Interior Bruto, existan colectivos con un grado tan elevado de precariedad e inestabilidad laboral, que a la postre genera inseguridad emocional, existencial y vital. Es oportuno hablar de dislate porque esos datos no son nuevos, pues en los pasados años informes similares de AISGE apuntaban en la misma dirección, dibujando un panorama que empeora día a día, más si pensamos en lo mucho que se ha encarecido la vida en España, y basta con invocar la variable del alquiler, porque de la vivienda mejor no hablar. Las perspectivas de una vida digna para quienes se afanan en las artes escénicas, al menos para una inmensa mayoría, empeoran año tras año, y el pozo parece carecer de fondo.

No es aventurado suponer que una buena parte de los trabajadores y trabajadoras de las artes escénicas en España subsisten y sobreviven ocupándose en otros empleos (sin pisar escena durante meses) para poder mantener la esperanza de incorporarse a un sector por el que no solo sienten una vocación probada, sino que, además, en muchos casos, se han preparado a conciencia, cursando los correspondientes estudios, sean superiores o de otro tipo. En esa situación de tal alta fragilidad, entrar a formar parte del elenco de un espectáculo en una compañía institucional o con trayectoria consolidada supone un paréntesis muy breve en las penalidades diarias, del que sólo puede disfrutar una minoría mínima; un sueño que finaliza en muy pocos meses, para volver a tirar de la rueda del infortunio.

La pregunta que hacemos en el título se dirige entonces a quienes tienen sobradas competencias para buscar soluciones a un problema grave, porque en los últimos años y en el sector de las artes escénicas, en España hemos formado un elevado número de personas que atesoran un potencial profesional constatable y documentable, que, sin embargo, no pueden desarrollar porque no existe un mercado laboral propio ni se han diseñado políticas de transición a la vida activa, como sería de desear. La única solución radica en el autoempleo y en la auto-explotación, a partir de un emprendimiento muy loable pero que lo único que genera es un incremento exponencial e insostenible de compañías nuevas que funcionan con las mismas precariedades, inestabilidades y carencias, y que en muchos casos tienen una vida extremadamente efímera, con posibilidades muy escasas de hacerse un hueco en un sector en el que la oferta de espectáculos supera por mucho a la demanda de los teatros y otros espacios de exhibición o distribución, que operan bajo mínimos imprescindibles.

El dislate es aún mayor si consideramos dos variables sobre las que los responsables políticos de las áreas de empleo, educación y cultura, en todas las administraciones, debieran pensar con un cierto detenimiento y mucho sosiego. En primer lugar, habría que valorar el hecho de que dispongamos de un capital humano que cuenta con una cualificación excelente y que sin embargo no cumple aquellas funciones que le serían propias, lo cual supone un despilfarro de riqueza en recursos humanos. En segundo lugar, se tendrían que analizar las razones por las que muchas de esas compañías que se crean año tras año, presentan un espectáculo que cierra su ciclo de vida con apenas dos o tres funciones y sin más posibilidades de defenderlo, ya que implica tirar por la borda un patrimonio artístico, material e inmaterial, substantivo. El despilfarro, en consecuencia, es doble, aunque no sea imputable en ningún caso a quienes han creado tal riqueza. Otras personas, entidades y organismos, son las responsables, dado que debieran imaginar medidas para ampliar tales ciclos de vida y aprovechar al máximo los recursos culturales disponibles.

No es este un problema nuevo, en ningún caso. Sobre el necesario arreglo de los teatros ya escribieron hace más de dos siglos algunos de los ilustrados más notables que dio este país, desde Francisco Nifo y Cajigal hasta Mariano Luis de Urquijo y Muga, por no hablar de Gaspar Melchor de Jovellanos o Leandro Fernández de Moratín. Y al escribir sobre aquel arreglo que reclamaron con urgencia y mesura, ponían el acento en el edificio teatral como epicentro de un sistema que en España presentaba numerosas disfunciones, y que desde entonces se han ido agrandando y su situación empeorando, por mucho que a una inmensa minoría ni le vaya tan mal ni tampoco tenga queja alguna. España, en cuanto a organización teatral, es una anomalía en toda Europa, y basta con considerar cómo funcionan los teatros en muchos países del continente, de norte a sur, y del oeste (Portugal) al este (Rusia, Ucrania, Finlandia…), para certificar con datos fehacientes el aserto. Como ejemplo, y los hay a cientos, podemos visitar la página web del Divadlo Andreja Bagara de Nitra, Eslovaquia, una ciudad de menos de ochenta mil habitantes, para calibrar otras posibilidades. Y aunque la situación en bastantes de esos países haya empeorado, debido a una crisis prolongada que se ceba con especial insistencia y virulencia en educación, sanidad y cultura (otro motivo de reflexión), la nuestra es muchísimo peor, no tiene parangón posible.

En un momento en que tanto se comienza a hablar de derechos culturales, lo cual es muy oportuno si se quiere ir más allá de pantallas y proclamas, no estaría de más pensar en: (1) los derechos de todas esas personas que se han preparado a conciencia para el ejercicio de una profesión en la práctica inexistente, y sin posibilidades reales de ejercerla con normalidad; (2) el derecho a la fruición cultural de un elevado número de personas que no saben que el teatro existe porque es una actividad invisible e invisibilizada, y no forma parte del imaginario sociocultural de una mayoría amplia; (3) los usos posibles de tantos y tantos teatros que permanecen cerrados muchos días, de muchas semanas, de muchos meses, año tras año, década tras década; (4) los retornos que una adecuada organización teatral podría suponer para comarcas, pueblos y ciudades, en términos de riqueza, bienestar y desarrollo local. Son cuatro ejes básicos de reflexión de los que se deberían derivar medidas de acción política inmediata, y desde estas páginas se han realizado propuestas razonables y razonadas para hacerlo, siempre con un horizonte bien sencillo, convergencia con Europa, y un lema preciso: ni un teatro sin compañía, ni una compañía sin teatro.

El informe AISGE 2023 habla de derechos, como lo hace la Constitución de 1978: al trabajo libremente elegido y a una vida digna. ¿Para cuándo?

Revista ADE-Teatro nº 198 – Octubre 2024