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El pavo de Bush

Por Juan Antonio Hormigón

El mundo del teatro debe estar altamente reconocido al señor G. W. Bush, Presidente de los USA -utilícese para mayor énfasis la prosodia del sr. Trillo-, por la permanente utilización de procedimientos teatrales. Su presencia pública en discursos, ruedas de prensa o entrevistas protocolarias adopta casi siempre, como ya expliqué en otra ocasión, un estudiado escorzo, con su hombro y brazo derechos claramente proyectados hacia delante, el rostro casi frontal, la mirada indefinida y los labios fruncidos. Sus palabras siguen una cadencia pausada para que unos cuántos slogans calen en los oyentes como si fueran verdades reveladas. Sabe que diga lo que diga algunos las toman como si fueran la verdad, aunque sean flagrantes mentiras perfectamente documentadas.

La sacralización de la figura del Presidente como mediador político entre la divinidad  y los vasallos, tan repetidamente difundida por los medios de comunicación y el cine de consumo banal estadounidense, ha hecho de su figura una especie de personaje revestido de virtudes pontificias, de sabidurías omnímodas y soleras espirituales que van incluso más lejos que las que se atribuían los reyes absolutos. Ello explicaría por qué un alto porcentaje de sus habitantes cree todavía que Irak poseía armas de destrucción masiva o que su país guerrea sin denuvo a favor de la paz y la libertad. Se lo dijo un día el Presidente y ellos lo siguen creyendo aunque la realidad y las investigaciones demuestren lo contrario de forma concluyente.

Todos estos procedimientos teatrales que impregnan la vida política y la dimensión pública de tantos individuos en la esfera religiosa, de la comunicación, de los negocios, etc., en el caso de G. W. Bush adquieren una evidencia casi procaz. Con el rostro no hay casi nada que hacer, es difícil borrar la expresión que le adorna; el cuerpo sin embargo sigue unas pautas estrictas en su disposición espacial. En muchos momentos queremos adivinar los cabos que manipulan sus gestos cuidadosamente. Esperamos ver al trujumán que mueve sus articulaciones como hacen los expertos artífices con las marionetas de hilos.

Bush ha sido en este terreno un alumno tenaz, hace todo lo que le indican, pero no ha conseguido integrar lo que dice y lo que hace con una cierta verosimilitud. Cualquier observador mínimamente informado sabe de sobra que ese cuerpo y esa verbalidad son tan sólo la apariencia de quien ostenta una función pero no la ejerce. Las decisiones las adoptan otros, Cheney y Rumsfeld sin duda, pero como integrantes de los grupos económicos del complejo armamentístico y petrolero que propenden y pretenden el dominio del mundo y su explotación sin reservas para su propio beneficio. No consigue ser un actor sino una marioneta.

Para comprender la dimensión del esfuerzo realizado por G. W. para servirse de instrumentos escénicos en la representación del personaje del Presidente, basta observar las fotografías o grabaciones videográficas en que aparece fuera de contexto. Un periódico nacional ofrecía hace muy poco una imagen en la que se le sorprendía en un pasillo, leyendo un documento que otro individuo le mostraba. Mostraba su perfil izquierdo, el menos agraciado, sospecho. Embutido en sus gafas, con un ligero contrapicado en la toma, su imagen emanaba vulgaridad zafia y un descuido bien diferente al de las imágenes oficiales. Es lo que se observa también cuando le vemos con pantalones vaqueros y camisa a cuadros o en atuendos deportivos: Es ahí donde se trasluce a la perfección la tosquedad manifiesta, la puerilidad flagrante y la esplendorosa inanidad no disfrazada que le define.

Todo ello nada quita para que Bush sea un apasionado seguidor de los recursos escénicos. El momento más notorio sin duda, corresponde a su paseo radiante entre las tropas de ocupación que mantiene en Irak, el día de acción de gracias (se supone que tiene un dios a su medida a quien agradecerle sus proezas), enarbolando triunfante una bandeja con un enorme pavo. El ave convenientemente desplumada y asada, ofrecía un color espléndido, unos reflejos rutilantes de jugos exudados, una guarnición dispersada con mimo. G. W. se pavoneaba exultante con la ofrenda culinaria entre sus profesionales de la guerra que reían entusiasmados y aplaudían, como lo hicieron meses antes en el portaviones en que lo vieron disfrazado de piloto. Cosas de la disciplina.

Tuve la impresión de que se trataba de una puesta en escena cuidada con esmero por algún patriótico cineasta, cuyo objetivo era conseguir una foto que difundir por las agencias. Era evidente que se trataba de propaganda en estado pueril, destinada al consumo de esos individuos tan grandes y tan bienpensantes que se  creen todo lo que les dice y además lo ensalzan. Pero ciertamente teníamos el pálpito de estar ante una pura ficción, una apariencia hiperbólica y desmesurada.

A los pocos días se confirmó el supuesto: el pavo enorme, brillante y de tonalidad broncínea era de atrezzo. ¡Qué monumento al teatro el concebido por G. W. y sus asesores! Un poco antiguo, es cierto, pero de arraigada estirpe en los anales. A fines del siglo XIX, Emilio Mario puso en marcha en España la renovación que suponía abandonar los pollos de cartón, al igual que otros objetos como copas, platos, vasos, jarras, etc. del mismo jaez, por comida y utensilios reales. Lo mismo se hizo también en Francia y poco después en los Estados Unidos por los impulsores del naturalismo, que lo hubo. Sería mucho pedir que el amigo George estuviera al día en cuanto a procedimientos escénicos. En todo caso el recurso puede ser antiguo pero eficaz, pocos parecen preocuparse por lo que la evidencia supone.

¿Se imagina alguien a Cánovas, Clemenceau, Maura, Azaña, Churchill, De Gaulle, De Gásperi, Adenauer, Willy Brandt, Indira Ghandi, Ho-Chi-Min, Allende, Olof Palme y tantos otros, haciendo algo parecido? Un comportamiento así hubiera provocado  notoria escandalera, descalificaciones y convertido al protagonista en el hazmerreír internacional. Eran otros otras circunstancias, otra la medida del valor de los individuos, otra quizás la ciudadanía.

Pero el tiempo ha corrido, el pensamiento único y la globalización imperial traza sus normas para hacer que todo sea posible, que cualquier banalidad pueda enunciarse como sabio juicio o actiud heroica. Aquellos políticos eran, al margen de las coincidencias o distancias que tengamos con sus planteamientos, individuos con una idea de la gobernación, de los seres humanos e incluso de la historia en muchos casos. Todos ellos tenían responsabilidades de gobierno y pertenecían a la vieja Europa o habían sido formados en ella. Ahora al parecer no pasa nada, tal vez la excusa para hacer un chiste, pero ya estamos hartos de chistes y de los graciosos que los cuentan. Les hemos visto con demasiada frecuencia, como buenos borregos, acudir solícitos  a limpiar las botas de quienes fueran objeto de su bromilla, y después, si se tercia, votarlo.

Nadie con cierto nivel cultural, alguna información y una pizca de sentido crítico debería dejar de percibir la distancia que media entre la ficción aparente y la realidad. De no ser así la responsabilidad es suya.

2

J. M. Aznar, Presidente por unos días aún del gobierno de España, tras una de sus últimas visitas a las posesiones de G. W. Bush se ha explayado cristalino: Europa no comprende que Bush es un Emperador y sus razones son inmarcesibles para las pobres gentes que pueblan el viejo continente. El sí que sabe con quién debe estar y por eso alínea inequívocamente a España con las decisiones que tome, sin preguntar y sin fisuras, como mandan los cánones del vasallaje.

Son curiosas estas afirmaciones porque traslucen a las claras el alejamiento e incluso el desprecio que muestran hacia Europa como cultura y como proyecto. Algo similar han dicho los gobernantes polacos y ambos, dirigentes políticos de España y Polonia, lograron que no se firmara la Constitución europea. Por otra parte, todo Emperador tiene una misión imperial y un imperio tácito o explícito del que se considera amo y señor. Los últimos en hablar de imperio sin rebozo fueron los fascismos alemán, español, italiano, japonés, etc. La noción de imperio no ha gozado desde entonces de buenos auspicios, incluso en el miserabilista lenguaje “políticamente correcto”, cuando menos desde el inicio de los procesos de aparente descolonización.

Con la audacia política que le caracteriza, J. M. Aznar viene a recuperar las antañonas ambiciones del Imperio joseantoniano, enunciadas en uno de sus himnos, Montañas nevadas: “Voy por rutas imperiales caminando hacia Dios”. ¡Memento!, que diría Valle-Inclán siguiendo la tercera acepción del diccionario de la Academia.

Aquel gallego taimado, déspota y cruel, que sojuzgó a España durante cuarenta años inhóspitos, hizo gala de una astucia primaria pero calculadora cuando resistió las tentaciones de entrar en un conflicto bélico en el que la Alemania nazi y la Italia fascista parecían vencedores seguros. Hitler y Mussolini le habían enviado barcos, aviones, artillería y divisiones para que triunfara en su “cruzada” contra la República Española -la gasolina, eso sí, la sirvieron compañías estadounidenses-, pero no dudó en escurrir el bulto a la hora de embarcarse en una guerra.

Entre la “neutralidad” y la “no beligerancia”, vendiendo wolframio a manos llenas a los nazis y reduciendo las partidas después, a tenor de las presiones de aquel inaudito embajador apellidado Hayes y de las promesas de Roosvelt de que nadie le quitaría lo que había conquistado por derecho de guerra; dejando campar por sus respetos a los agentes del servicio secreto alemán y de la Gestapo, y reduciendo después de forma drástica sus movimientos, escurriéndose siempre con sinuosidad de reptil para no adoptar ningún compromiso que no favoreciera sus intereses, acertó a mantenerse al margen de aventuras cuyo futuro, quizás adivinaba dudoso. Antes que ninguna otra cosa, y por supuesto de cualquier planteamiento sobre la gobernación de España que no fuera el reconocimiento de que se trataba de su feudo o finca particular, su objetivo supremo no era otro que el de seguir donde estaba a cualquier precio.

La visita de Eisenhower fue un baldón para el Presidente de los Estados Unidos y una amarga decepción para los demócratas españoles, pero ni aun entonces, aunque lamiera sus pasos y le entregara pedazos de nuestro país en forma de bases, se atrevió a llamarle Emperador. No hubiera estado bien visto y el veterano general reciclado en Presidente hubiera posiblemente padecido una situación incómoda.

¿Por qué J. M. Aznar se ha convertido en un imitador de G. W. Bush? ¿Por qué ha apoyado sin reservas ni límites todas sus decisiones y actuaciones por muy arbitrarias, contrarias a derecho o destructivas que fueran? Freud se ocupó con cierta amplitud de los comportamientos propios de la neurosis obsesiva, que quizás pudieran ofrecer algunas explicaciones, pero exigirían un hilado muy fino y no es éste momento ni lugar para acometer su relación. Sí resulta pertinente sin embargo preguntarse por los intereses de Aznar. ¿Cuáles son? ¿Qué le ha llevado a actuar así en los dos últimos años? Tras el tono conciliador de su primera legislatura, la segunda se ha visto marcada por la crispación, aspereza, el desprecio y la prepotencia respecto a buena parte de la ciudadanía, que no participaba de sus planteamientos ni actuaciones. Como intérprete de su personaje siempre ha exhibido limitaciones notables: Cuando está serio trasmite una solemnidad acartonada y despectiva, cuando sonríe sobrecoge por lo que su rictus parece traslucir. Todo esto se ha acentuado en su último periodo de gobierno. ¿Por qué?

España ha caído en el dominio de las apariencias sobre el valor de lo que cada uno hace merced a su trabajo. No cuenta nada la preparación para un cargo concreto, sobre todo en el terreno cultural, sino tener la desvergüenza de aceptarlo aunque no se sepa nada de la materia o se carezca de las capacidades para desempeñarlo. El pavo de Bush se ha convertido en el totem que ejemplifica la lenidad de los tiempos que corren. Los cargos públicos de todos los órdenes se ejercen con alguna frecuencia como cosa propia, al margen de toda responsabilidad respecto al significado de lo público, con arbitrariedad suma que permite trastear con los amigos aunque nada tengan que ver con la materia que se aborda. Lo que no se considera es el valor del trabajo bien hecho, del conocimiento y el saber o de los proyectos que no buscan la exclusiva desolación mediática.

Todo esto sucede aquí y ahora en nuestro país y el señor Aznar tiene algunas responsabilidades al respecto. Quienes pretenden sucederle debieran huir de las palabras huecas y proponer proyectos consecuentes para la resolución satisfactoria de dichos problemas, que hastían al mundo cultural y desde luego al del teatro.

A muchos quizás les suene a algo antiguo lo que voy a decir, pero el señor Aznar, en mi opinión, ha lastimado o puesto en entredicho la honorabilidad de España con ese seguidismo obsesionado por Bush. Diré de inmediato que quienes niegan nociones como honorabilidad o dignidad, no hacen sino cosificar a los individuos y creer que todo puede comprarse con dinero. A lo largo de mi vida he procurado mantener este principio que aprendí de mi padre, que no tenía ninguna filiación nobiliaria, sino que trabajó con ahínco toda su vida hasta cumplir los ochenta años. He intentado transmitirlo a mi hija, creo que con fortuna, lo cual no hace sino afianzarnos en nuestra condición de seres humanos. No todo puede hacerse por dinero ni venderse por dinero, aunque la vida española nos inclina cada día a creer lo contrario. El pavo de Bush tiene largos tentáculos. Otra vez ¡Memento!