Un pacto por la cultura
por Juan Antonio Hormigón
En diferentes ocasiones desde estas mismas páginas,
hemos señalado las deficiencias existentes en el terreno cultural
en España y su notable disparidad con los países de la Unión
Europea de la que somos parte. En muchos de ellos y en el teatro en particular,
las transformaciones tendentes a la instauración de instituciones
de filiación pública se produjo hace mucho tiempo, bien como
consecuencia de sus estructuras y desarrollo histórico, bien como
proyecto de Estado que establecía un diseño global que se
debía construir a lo largo de etapas sucesivas. En nuestro país
las cosas han caminado de forma muy distinta: nunca se formuló tan
siquiera un proyecto global desde las instancias gubernamentales y tan sólo
se produjeron algunos episodios puntuales, tendentes en mayor medida a refundar
lo heredado que a proponer un diseño estructurador y organizativo
global para las artes escénicas.
No en todos los campos es similar la situación. En terrenos como
la música, se han creado por ejemplo numerosas infraestructuras sólidas
e interconectado cuando menos los procedimientos formativos a las nuevas
demandas. No ha ocurrido así en otros como el teatro o la danza,
en donde las insuficiencias son notorias y lacerantes. No vamos a hacer
aquí un análisis pormenorizado de las diferentes prácticas
y procesos culturales, sino tan sólo a señalar las grandes
carencias conceptuales, estructurales, formativas y organizativas que padecemos.
No se trata de una cuestión derivada tan sólo de quien gobierna,
sino de la inexistencia de programas coherentes que planteen un objetivo
definido para la cultura por parte de las formaciones políticas que
aspiran a convertirse en sujetos gubernativos, sin olvidar la falta de iniciativas
emanadas de la sociedad civil que debiera cuando menos plantearlo.
La situación existente nos hace recordar procedimientos propios del
siglo XIX, por lo que toca a la promoción de cargos públicos
o puestos de gestión y dirección artística. Es frecuente
que se designe a personas carentes de la necesaria competencia y de los
conocimientos y capacidades exigibles y constatables, que tienen tan sólo
o básicamente en su haber ser amigos o estar a mano de quien les
nombra. En ocasiones la razón puede consistir en tener una cierta
proyección mediática, que en los tiempos que corren es garantía
de cualquier cosa menos de solvencia. Todo ello se hace sin que medie responsabilidad
ninguna ante nadie, más allá de coyunturas casuales debidas
al espasmo repentino de alguien que tenga más poder y disienta por
algo que le moleste. Nadie da cuentas de lo que ha hecho o explica los por
qués de una decisión o reconoce que se ha equivocado.
La ausencia de programas constatables tiene consecuencias más graves
todavía al producirse cambios de gobierno, aunque sea el mismo partido
quien lo hegemonice. En repetidas ocasiones hemos percibido una modificación
total de actitudes y criterios por parte de quienes entran respecto a los
salientes, sin que medie en ello un cambio programático sino la pura
arbitrariedad personal de quien ocupa el cargo correspondiente, que con
frecuencia además nada sabe de la cuestión. Si esto es así
cuando se trata de la misma formación, qué decir cuando son
los opositores quienes acceden a la gobernación. Sólo perdura,
en ocasiones a duras penas, aquello que está administrativamente
instituido.
La cultura en su conjunto y el campo de las artes escénicas en particular,
malvive asediado por estas arbitrariedades, la inexistencia de un horizonte
perceptible y la explicitación de unas sendas por donde transitar.
La ausencia de programas definidos por parte de las formaciones políticas
para el teatro en su compleja globalidad, la débil y en ocasiones
efímera institucionalización, la ausencia de pactos políticos
que garanticen la estabilidad de los proyectos y definan los objetivos de
futuro, confieren una precariedad permanente a las artes escénicas.
Es como una enfermedad cronificada que acaba siendo aceptada como algo normal,
y cuya atención se suele entregar a quienes nada saben en cuanto
a la interpretación de su sintomatología, su diagnóstico
o su terapia.
La primera reivindicación que deberíamos proclamar es que
seguimos esperando que el teatro sea tomado en serio por parte del gobierno
nacional, así como por los autonómicos y locales. Que se le
deje de seguir considerando como una simple mercancía, una quincalla
obsoleta, una molestia de la que sólo se acuerdan cuando precisan
algunos rostros para que digan algo que les interesa o adornar ciertas movilizaciones
y se le trate con respeto, no sólo hacia quienes lo hacen sino también
hacia la ciudadanía que lo asume. Pero además que se le considere
un bien de cultura, un componente del patrimonio material e inmaterial de
los pueblos que coadyuva a la construcción de su conciencia democrática,
plural, tolerante y solidaria, es decir a su civilidad. Añadiré
que actualmente en las declaraciones de las instituciones europeas, se le
define como sector estratégico en numerosos campos, desde el económico
al socioeducativo.
Todo ello nos lleva a formular la urgencia de que se articule un Pacto por
la cultura entre las diferentes formaciones políticas que implique
e involucre a los poderes públicos, los agentes sociales propios
del sistema teatral y todas las instituciones, organismos o entidades, directa
o indirectamente vinculados con el campo de las artes escénicas.
Un Pacto que propicie y permita acometer proyectos legislativos, consolidación
creciente de los presupuestos y que establezca grandes líneas de
actuación en los ámbitos local, comarcal, autonómico
y estatal.
Un Pacto por la cultura implica en primer lugar un acuerdo de las formaciones
políticas respecto a su valor intrínseco como bien público,
así como elemento substantivo en la generación de una conciencia
democrática y cívica. Igualmente su consideración como
sector estratégico de la economía, la educación y el
desarrollo de la persona. Son estos principios fundamentadores ineludibles.
Todo ello implica la convergencia y compromiso para salvaguardar el patrimonio
cultural, tanto material como institucional; la preservación de los
proyectos e iniciativas que posean entidad e importancia constatable y el
establecimiento de criterios objetivos y transparentes en la valoración
de aquellos que existen y los de nueva creación.
No pensamos en la elaboración de un programa común de todas
las formaciones políticas y sociales, sino de desterrar de los hábitos
políticos que la cultura sea moneda de cambio, en ocasiones utilizada
de forma rastrera y miserable, en los debates, confrontaciones e incluso
en los "pactitos", lo cual aún es más lesivo. En
consecuencia, un Pacto supone establecer una líneas de acción
comunes en la institucionalización de la cultura en sus diferentes
campos, a fin de establecer unas pautas de acción compartidas y un
horizonte de desarrollo claro y ostensible.
Por lo que a nosotros toca, la existencia de un Pacto debe suponer igualmente
la consideración respetuosa de todos aquellos que intervienen en
la actividades escénicas. Que se les deje de considerar ciudadanos
de segunda por lo que respecta a sus profesiones, que cese la marrullería
de propiciar esa especie abyecta que convierte al mundo del teatro en un
territorio de mendicantes, de vagos y de irresponsables. Opiniones así
causarían sonrojo colectivo de la ciudadanía y respuestas
contundentes en los países europeos. Desconocer a estas alturas la
complejidad que entrañan las prácticas teatrales, sigue alimentando
la supervivencia de la herencia histórica que nos tuvo marginados
de las corrientes organizativas de la cultura instauradas en nuestro continente.
Ahora eso ya no es excusa sino síntoma de las insuficiencias que
padecemos. Ese desdén en ocasiones no es explícito, pero flota
en la mirada de muchos cargos públicos cuando se refieren al teatro.
Pero al mismo tiempo y en aras del respeto que reclamamos, los poderes públicos
y la sociedad civil cultural a través del Pacto por la cultura, deben
establecer un sistema de asunción de responsabilidades. Que no se
pueda nombrar a cualquiera para un cargo público del ámbito
cultural sino a personas con probada competencia, conocimientos, capacidades
y convicción en un proyecto de futuro. Que los responsables de las
instituciones públicas culturales cumplan escrupulosamente con sus
compromisos de diseño programático, gestión y dirección
para el que han sido nombrados. El sistema de consejos y patronatos al frente
de las mismas, debe garantizar su adecuado cumplimiento.
A su vez, que los agentes culturales asuman la responsabilidad que supone
su ejercicio profesional, su formación continuada, su respecto a
las normas contractuales y a los códigos deontológicos que
deben regir las diferentes practicas artísticas, formativas, investigadoras,
directivas, de gestión, etc. Que unos y otros estén sometidos
a procedimientos de buenas prácticas y control de calidad. El Pacto
por la cultura debe garantizar que nadie que no esté capacitado,
que sea fruto del capricho de un responsable público de cualquier
nivel o del azar mediático, encuentre cobijo en las instituciones
públicas para mostrar su insolvencia o "aprender", para
eso existen lugares adecuados.
Desde el espacio específico de la sociedad civil cultural que la
ADE representa, instamos a las formaciones políticas con toda corrección
a la par que firmeza, a que construyan una zona de consenso estratégico
de Estado respecto a la cultura, con la firma de un Pacto que nos permita
comprometernos tanto a los agentes culturales como a los ciudadanos en la
construcción del futuro. Para nosotros este sí sería
un acto de verdadero patriotismo.
Las trece rosas
por Florencia Idiáquez
El episodio de "Las trece rosas" es uno de los
sucesos más tenebrosos y repugnantes de la inmediata postguerra española.
En aquellos siniestros meses posteriores al fin de la guerra civil, la detención
del responsable en Madrid de la JSU provocó el arresto en cadena
de un numeroso grupo de muchachos entre los que había trece chicas.
Siete de ellas eran menores de edad. Algunas pertenecían a las Juventudes
Socialistas Unificadas, otras eran simplemente emisarias. Lo que sí
compartían todas era su defensa de la República, su antifascismo
y su deseo de alcanzar una sociedad más libre y más justa.
Aquellas trece muchachas al igual que sus compañeros masculinos,
fueron salvajemente torturados siguiendo las técnicas que la Gestapo
había enseñado a los franquistas, que incluían las
descargas eléctricas. Fueron condenados a muerte el 3 de agosto de
1940 en un juicio militar sumarísimo, por "auxilio a la rebelión
militar". Sería algo grotesco de no ser expresión del
odio y la venganza que mostraban en toda su repugnante y siniestra ejecutoria
sus verdugos, aquella mehala de criminales que se adueñó de
España lanzando contra la ciudadanía las armas que custodiaban
para su defensa.
Al amanecer del día 5 todos fueron fusilados en las tapias del cementerio
del Este. En primer lugar los cuarenta y tres chicos, después las
trece rosas. Una de aquellas jóvenes, Julia Conesa, dejó una
carta escrita a su madre, con letra insegura y sentimientos de la más
alta nobleza, que siempre me ha sobrecogido, en la que pedía: "Que
mi nombre no se borre en la historia". Sabía que sólo
se muere del todo cuando eres olvidado y todos ellos merecen un constante
recuerdo. Las trece rosas eran Carmen Barrero Aguado, Martina Barroso García,
Blanca Brissac Vázquez, Pilar Bueno Ibáñez, Julia Conesa
Conesa, Adelina García Casillas, Elena Gil Olaya, Virtudes González
García, Ana López Gallego, Joaquina López Laffite,
Dionisia Manzanero Salas, Victoria Muñoz García y Luisa Rodríguez
de la Fuente.
Esta historia estremecedora sobrecogió en su día a quienes
leímos las primeras crónicas que se publicaron. El periodista
Carlos Fonseca publicó en 2004 un minucioso relato y ha sido igualmente
motivación de diferentes novelas e incluso a un espectáculo
de danza teatro de la compañía "Arrieritos". Ahora
Martínez Lázaro ha comenzado el rodaje de una película
reconstruyendo dicho episodio. Un hecho así nunca debió suceder
pero tampoco puede olvidarse. ¡Bravo por Martínez Lázaro!
Una historia como ésta hubiera podido ser ocasión de una gran
obra literariodramática. Quizás la exigencia de un gran reparto,
el que no permite tratar cualquiera de las variantes temáticas de
pareja, parejita o parejaza, que no haya lugar para que aparezca algún
drogata mísero, etc., hayan sido elementos disuasorios. La existencia
de una institución teatral pública, ocupada en la preservación
de la memoria y alentada por el humanismo patriótico y democrático,
hubiera podido alentar un proyecto así. Algo pasa porque no lo tenemos.
Galicia somos todos
por Laura Zubiarrain
El terrorismo tiene muchos rostros. Unas veces se explicita
con explosivos, otras con el incendio de los bosques o la contaminación
de las aguas. A veces sólo se les llama ingeniería financiera
o accidente. No pocas veces los terroristas de Estado aplican ese nombre
a quienes se resisten a ser dominados, expoliados o reducidos a la condición
de vasallos silenciosos de sus felonías.
Del terrorismo incendiario Galicia tiene memoria y este último verano
ha vivido días terribles que han destruido un patrimonio forestal,
que es de todos. La ciudadanía puede especular pero nada sabe de
quiénes se esconden detrás de este desastre, provocado con
cuidadosa planificación para destruir. No parece que sus autores
puedan limitarse a unos cuantos personajes que pertenecen al ámbito
de la patología psiquiátrica, sea por causas ciertas o como
resultado de personalidades psicopáticas que hacen del fuego su ajuste
de cuentas personal contra alguien, aunque es la comunidad quien lo sufre.
La agresión planificada responde a grupos organizados, enmascarados
y motorizados. Sólo así se explica la amplitud y perversa
aparición de los focos incendiarios. No se pueden sembrar vientos
porque se recogen tempestades. El eucalipto no es especie autóctona
de Galicia y su introducción masiva obedeció a criterios de
crecimiento rápido y comercialización beneficiosa. Cámbiese
ese criterio pero no por ello, por el mismo principio bárbaro y pueril
de la limpieza de sangre, hay que pegarle fuego a los montes. La introducción
de especies autóctonas u otras que se considere utilizables por razones
ponderadas, debiera obedecer a criterios ecológicos y de biodiversidad
forestal y no a causas políticas. Me aterra pensar que el futuro
de la gobernación pudiera estar en manos de gentes con una mentalidad
tan fanática, simplista y oscurantista como la de quienes propalaron
el incendio del bosque de eucalipto como purificación.
Pero quizás sólo existan intereses económicos bastardos
tras el desastre. Casi siempre es así. ¿Puede hacerse algo?:
creo que sí. Hubo que esperar a que una barbacoa abandonada a su
suerte en un rincón de Guadalajara causara un cataclismo, para que
se prohibieran los fuegos en el campo, algo habitual e implantado en los
países de la Europa húmeda desde hace mucho tiempo. Ahora
habría que analizar de una vez por todas los límites de la
propiedad privada de los bosques en relación al bien común.
¿Donde radican los límites de la propiedad y qué obligaciones
entraña su posesión? Las leyes de rango mayor siempre condicionan
a las de alcance menor. Cualquier legislador clásico e ilustrado
estaría conforme con que el bien común está por encima
del derecho de propiedad, aunque este principio se transgreda frecuentemente
por la patológica obsesión del beneficio rápido y a
cualquier precio. Es la mentalidad que ha forjado el imperialismo en esta
fase de depredación absoluta de la vida.
Nada puede hacerse a cualquier precio y un bosque debe ser cuidado y mantenido
o revertir legalmente en bien común. Porque la tierra se tiene en
usufructo pero es de todos los que la habitamos. Un campesino gallego decía
a la televisión ante un bosque quemado que todo estaba calcinado,
que habían desaparecido conejos, zorros jabalíes y cientos
de caballos que viven en libertad se habían abrasado en una trampa
del terreno. Concluyó con una frase que me produjo un hondo estremecimiento:
"Ahora en el monte sólo hay silencio". Es el silencio de
la muerte, que se manifiesta de muchos modos en cada minuto, en ese desprecio
a la naturaleza que ha acabado por embaldosar los jardines. Por eso ahora
más que nunca debemos recordar que Galicia somos todos los españoles,
para admirarla, para defenderla y para protegerla. Convendría no
olvidarlo cada uno desde el lugar en que vive y desde sus quimeras individuales.
La guerra de siempre
por J. A. Hormigón
Don Santiago Ramón y Cajal escribió en la
revista España el 5 de febrero de 1915: "Para mí, la
raza humana sólo ha creado dos valores dignos de estima: la Ciencia
y el Arte. En lo demás continúa siendo el último animal
de presa aparecido". Luis Bello reproducía estas desesperanzadas
frases en un artículo aparecido en El Pueblo Gallego de Vigo, el
12 de septiembre de 1928, en el que comentaba el Pacto Kellogg, firmado
en París el 27 de agosto. Por vez primera posiblemente, las grandes
potencias acordaban un documento en el que rechazaban la guerra como instrumento
de la política internacional, la consideraban ilegal y se comprometían
a rechazarla.
De poco sirvió aquello: siete años más tarde la Italia
fascista invadió Abisinia sin otra razón que apropiarse de
tierra; uno más tarde se inició la guerra civil española
tras un fallido golpe de Estado, sin otra razón que la defensa de
los privilegios de terratenientes y mandos militares africanistas; once
después, la Segunda guerra mundial, cuyas razones eran ante todo
la disputa por la posesión de tierra y materias primas que garantizaran
la hegemonía de los agresores.
"El último animal de presa aparecido" decía Ramón
y Cajal, a lo que habría que añadir: pero sin la nobleza y
límites de los grandes depredadores que cuánto más
lejos pueden guarecerse de la especie humana mayores posibilidades de subsistencia
tienen. No existe ningún gran depredador salvo el hombre, que dedique
buena parte de sus esfuerzos a la invención de útiles y artefactos
cada vez más mortíferos, para dirigirlos contra individuos
de su propia especie, contra las infraestructuras que le permiten mejorar
su vida y contra la naturaleza cuya conservación y mejora constituye
una de sus obligaciones prioritarias. ¿De veras creen quienes así
hacen que Dios -en el que dicen creer y a quien invocan con diarréica
asiduidad- los colocó en el planeta para enriquecerse a cualquier
precio y para destruir, contaminar y degradar todos sus ecosistemas? Por
supuesto que se podría argüir el principio calvinista de que
"la riqueza es una demostración de la gracia divina", que
tanto bien ha hecho a los capitalistas estadounidenses blindando sus conciencias
a cualquier requisitoria ética y que ha llegado a impregnar tantas
mentes en muchos otros lugares, incluso a escala popular, aunque desconozcan
su origen. Pero tamaña superchería sólo debe servirles
para aplacar brevemente sus insomnios porque carece de fundamento veraz.
Las guerras que se han seguido produciendo tras aquel pacto Kellogg, nombre
del Secretario de Estado estadounidense que lo firmó en nombre de
su país, siempre han sido fruto del afán de posesión
y de dominio de zonas ricas en materias primas estratégicas, a la
par que en lo que la guerra representa como negocio en sí misma.
A veces esto aparece crudamente al desnudo por parte de quienes las desencadenan,
otras se disfraza de fanatismo religioso o nacionalista, que son los más
frecuentes. Quienes se defienden no tienen otra opción que combatir
o humillarse, por eso es tan triste el futuro que nos espera de seguir así
las cosas.
La última agresión del gobierno de Israel contra Líbano
descubre con ejemplaridad nauseabunda todos estos aspectos. Hacía
demasiado tiempo que los fabricantes de armas no vaciaban sus arsenales,
los plazos se acortan, y quien las suministra a Israel es la industria americana
a la par que la propia. No olvidemos que el primer rubro de la economía
estadounidense es la venta de armas a su propio gobierno, pagadas con los
impuestos de su ciudadanía, y a otros países. Lo demás
ha sido sólo depredación para hacer un delirante exhibicionismo
de fuerza invocando la ley suprema de ser superiores. En Líbano el
objetivo prioritario ha sido la destrucción de infraestructuras estratégicas,
sanitarias y de comunicación del país, así como castigar
a la población civil, que quizás cometió la osadía
de tener simpatías por Hizbolá. Esto lo sabe desde todo aquel
que quiere ver hasta Amnistía Internacional, que lo ha dicho alto
y claro.
Seguiremos igual mientras no se modifique la actitud de los gobiernos europeos
y la ONU cumpla con su misión. Habitualmente la percibimos como un
oropel decorativo. Israel se situa por encima de todas las instancias internacionales
porque sabe bien que todas ellas son inoperantes, mientras ellos disfruten
con la protección inequívoca de sus patronos: Los Estados
Unidos de América del Norte.
Sin embargo, en ocasiones, las cosas no resultan tan sencillas. A los muertos,
una vez más, nadie podrá devolverlos a la vida, pero el ejército
israelí que confiaba en un paseo militar se ha encontrado con vientos
de desastre. Pueden destruirlo todo con las armas ultramodernas que le entregan
sus patronos, pero su territorio ya no es impermeable ni sus jóvenes
reclutas supermanes sino muchachos tan vulnerables como cualquier ser humano.
Ninguna noticia es ya buena ni afable en esta historia, pero muchos debieran
comprender que las catástrofes últimas aparecen de forma repentina
y parece que no queramos darnos cuenta. Sentirse superior es la mejor manera
de caer desde la altura y darse un morrón histórico.
Hemeroteca
El 29 de abril de 1922 un pequeño diario, El Progreso,
publicado en una ciudad entonces diminuta como era Pontevedra, incluyó
en su primera plana un editorial contundente en la denuncia del imperialismo
estadounidense respecto a los pueblos de centroamérica y Cuba. El
diario se autocalificaba como "independiente" y se situaba en
su línea editorial en el centro derecha.
Este artículo demuestra un tono crítico respecto a las acciones
internacionales de los Estados Unidos en América Central, que resulta
esclarecedor de las opiniones existentes. Aquel pasado planeará siempre
sobre el presente. Olvidarlo supone una irresponsabilidad o una complicidad.
Obviamente no faltan ahora periodistas al servicio de algún que otro
aparato de propaganda o inteligencia estadounidense, una derecha en que
en ocasiones prima el seguidismo a los desmanes estadounidenses sobre los
intereses del país en que nacieron y una izquierda, una izquierda
a la violeta, ¡santo cielo!, fabricada con famosos de pacotilla, figurillas
ignorantes que recitan consignas y políticos de oportunidad, que
no tiene remedio.
América para los... yanquis
El Progreso de Pontevedra, 29 de abril de 1922
El triunfo no
es el éxito sino la coherencia en la conducta.
(Fragmentos de un discurso)
Por Alfonso Guerra
El pasado 27 de abril se llevó a cabo la entrega
del Premio «Fernando Abril Martorell» por la Concordia, a Alfonso
Guerra. En el curso del mismo, el premiado pronunció un discurso
de sumo interés tanto en el plano político como en el del
recuerdo y en su propia experiencia vital. Recogemos aquí los pasajes
más significativos de dicha intervención.
[…] Permitidme ahora una chanza ¿Cuántos
de los presentes si hace algunos años les hubieran anunciado que
asistirían a un homenaje de entrega del Premio de la Concordia a
mi persona habrían reaccionado con sonoras carcajadas o con gestos
de incredulidad? ¿Tanto he cambiado yo? ¿O tal vez algunos
han despertado del ensueño en el que los había envuelto un
malhadado cliché de mi personalidad?
Siempre me consideré un moderado, entendiendo el concepto como el
perfil ideológico de quien jamás acepta dogma alguno, quien
considera más importante poseer criterio propio en minoría
que participar de consignas arropado por la mayoría.
Mi trayectoria recorre el camino que en palabras del profesor Elías
Díaz va de la Institución a la Constitución. Del espíritu
de los hombres de la Institución Libre de Enseñanza (1876),
Giner de los Ríos, Bartolomé Cossío, Antonio Machado,
Fernando de los Ríos hasta la Constitución de 1978, el pacto
de la sociedad española consigo misma para probar un acuerdo general
para la convivencia. Los protagonistas principales de aquel hallazgo histórico,
el consenso, fueron los ciudadanos de España que descubrían
el valor de la libertad y empujaban a todos a consolidarla. Algunas individualidades
tuvieron también una participación especial. Citaré
sólo algunos nombres que no agotan la nómina: Adolfo Suárez,
Felipe González, Santiago Carrillo, el Cardenal Tarancón,
el Rey Juan Carlos y Fernando Abril Martorell. […]
No creo que mi actividad merite el premio pero recibirlo me ayuda a creer
que pertenezco a esos espíritus libres que desde la Institución
a la Constitución combatieron día a día por construir
una España libre, democrática, laica, moderna, pionera, abierta
y progresista.
A vuestra deferencia quiero contestar con algunas confesiones. Para mí,
importa, más que la doctrina que cada uno profese, la honradez con
que se viva. Aquel que, equivocado, lo sienta de manera limpia me parece
más auténtico que el cínico que abraza la posición
acertada. Es el legado moral que puede entregar una persona lo que caracteriza
la autenticidad. El triunfo no es el éxito, sino la coherencia en
la conducta.
Esta ha sido mi divisa en la vida. El balance es positivo para mí.
Y otra vez volvería a vivirla si tuviera oportunidad para ello.
Creo que soy un inconformista, pero no de mi realidad sino de la que me
rodea. No soy un rebelde descontento con las condiciones personales sino
un revolucionario en el sentido original de la palabra, aquel que quiere
cambiar las cosas no para la mejora personal sino para ayudar a los demás.
El legado que me importa es el legado moral, un pensamiento cargado de cultura
pero que apuesta por las cosas vivas, es un equilibrio del saber y del vivir
que me proporciona la serenidad necesaria para afrontar los problemas como
parte de una evolución que tiene historia y hace futuro. Cada uno
de nosotros como una individualidad en una larga fila que viene de lejos,
de la que somos deudores y que seguirá desarrollándose después
de nosotros.
Es la serenidad que nos hace ver con claridad que los viejos trucos de contraponer
reforma y revolución quedan superados por una decisión moral,
apoyar reformas irreversibles que acerquen a la humanidad a un estado de
satisfacción inconformista.
Porque no existe una doctrina, sea esta política, filosófica
o religiosa, que valga más que la dignidad de la persona. La lucha
por la dignidad de cada persona es un objetivo superior, es el combate principal
de la actitud del hombre social.
La lucha por los derechos de la persona supera el tradicional enfrentamiento
entre el hombre de naturaleza y el hombre social, entre don Quijote y Leviatán,
entre Cervantes y Hobbes.
Yo, como el maestro Bobbio, he aprendido a respetar las ideas ajenas, a
detenerme ante el secreto de cada conciencia, a comprender antes de discutir,
y a discutir antes de condenar. Y puesto que estoy en vena de confesiones,
hago todavía una, tal vez superflua: detesto a los fanáticos
con toda mi alma.
Estos principios moderados pero claros, flexibles en la política,
intransigentes en la moral marcan mis observaciones sobre el funcionamiento
político y económico del mundo actual. Constato que el sistema
capitalista ha sido el único que ha tolerado la democracia, no es
que ligue democracia con capitalismo pero aquella sólo ha soportado
a este sistema. Sin embargo muestro mi preocupación por la mercantilización
que el capitalismo produce sobre bienes no sólo materiales sino espirituales
y me interrogo sobre si no está convirtiendo el capitalismo en mera
mercancía los votos de los ciudadanos, si no estará el capitalismo
produciendo la degeneración de la democracia.
Estamos sometidos a un ataque a la lógica de la política,
es decir, la lógica de los valores, a cargo de la lógica económica,
es decir, del cálculo y la ganancia. ¿Pero es que debemos
anteponer a las necesidades de las personas, la exigencia de los mercados?
Las necesidades de las personas son los derechos de los ciudadanos que históricamente
evolucionaron desde la condición de esclavo a la de súbdito
y desde ésta a la de ciudadanos. Hoy la globalización económica
exige otra transformación: la que convierte a los ciudadanos en meros
consumidores. Así el ataque, el cerco, se dirige contra el Estado
constitucional, aquel en el que los derechos no pueden ser considerados
como mercancía.
Asistimos a un torneo entre el poder público y el poder privado en
el que éste está fijando las reglas de la economía,
de la política, de la paz y de la guerra, siempre bajo el principio
del beneficio de unos pocos mediante la explotación -¿se puede
todavía utilizar esta palabra?- o el aprovechamiento de muchos. De
hecho somos testigos impotentes de una crisis del Estado constitucional
cuyas consecuencias pueden ser inimaginables.
Tal vez cada uno de los participantes en esta Cena de la Concordia no tenga
plena conciencia de lo que él o ella pueden hacer para acabar con
este estado de cosas, con este desorden ético que domina el mundo,
para propiciar un mundo más libre, más justo y más
pacífico. Tal vez cada uno de nosotros no sepamos qué podemos
hacer, quizás podamos hacer poco, pero nuestro testimonio, el testimonio
de cada uno de nosotros, acaso pueda multiplicarse en el mundo en actitudes
muy amplias de rebeldía ante la injusticia y el atropello.
Mi modelo es el maestro de la conciencia, el hombre exigente con su propia
conciencia, aquel que es capaz de dedicar, de desperdiciar, su vida en la
búsqueda de la verdad y de la justicia. Se cumplen ahora cuatrocientos
años de la aparición de Don Quijote de la Mancha.
Lleva cuatrocientos años cabalgando por las junglas y las tundras
del pensamiento humano, y ha crecido en vitalidad y estructura. Ya no nos
reímos de él. Su escudo es la compasión, su estandarte
es la belleza. Representa todo lo amable, lo perdido, lo puro, lo generoso
y lo gallardo. La parodia se ha hecho parangón. (Nabokov)
Por una
Ley Orgánica de la Enseñanza Artística Superior.
En defensa del espacio europeo de educación superior.
Por Manuel F. Vieites
Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
[Francisco de Quevedo]
En este artículo se presentan algunas cuestiones
relativas a lo que pueda, o a lo que deba ser, el futuro de la enseñanza
teatral superior, considerada en el ámbito general de las enseñanzas
artísticas superiores y en el marco europeo de educación superior,
en consonancia con lo establecido por la Declaración de Bolonia y
en sucesivos Comunicados (Praga, Berlín, Bergen), disponibles en
la página web del Ministerio de Educación y Ciencia. Lo hacemos
así por entender que, a la vista de los resultados, en todo el proceso
de elaboración de la Ley Orgánica de Educación, y en
el camino anunciado para reformular la Ley Orgánica de Universidades,
no se han dado los pasos adecuados para garantizar normativas capaces de
hacer frente a la complejidad del mundo educativo y sus problemas. Los resultados,
conocidos en un caso y anunciados en otro, son preocupantes, pues en lo
que atañe a la educación artística superior seguimos
con los mismos problemas que tantas voces han comentado en los últimos
años, desde la promulgación de la LOGSE.
Una vez más la educación artística superior sigue situada
en un espacio inadecuado a su carácter, pues si resulta superior
en la titulación que ofrece y en las responsabilidades que habrán
de asumir centros y profesorado, ocupa el territorio de las enseñanzas
medias en cuestiones sustantivas, como se refleja en la ordenación
que de dichas enseñanzas se hace en la LOE. Esa bipolaridad provocará
numerosos problemas a los centros, al alumnado y al profesorado. Como muestra
de lo que se avecina, baste con mencionar el párrafo del artículo
46. 2, en el que se anuncia que la evaluación de las enseñanzas
artísticas superiores "se hará en el contexto de la ordenación
de la educación superior española en el marco europeo",
lo que implica que el nivel de exigencia será el mismo que se aplique
a las universidades, pero ni los centros ni su profesorado cuentan con sus
infraestructuras, medios y recursos.
Entendemos que las cosas se deben hacer de otro modo y creemos que aún
estamos a tiempo de resolver algunas problemáticas que pueden condicionar
el desarrollo de la creación, la formación y la investigación
teatral en España. Este artículo no pretende otra cosa que
plantear esas cuestiones y ofrecer soluciones, defendiendo la necesidad
de un gran acuerdo que permita resolver un contencioso que limita el desarrollo
del sistema teatral. Lo hacemos desde una posición constructiva:
conociendo los obstáculos y las dificultades que puede haber en el
Ministerio de Educación y Ciencia para ir más allá
(debido a los conflictos de intereses que se pueden dar entre departamentos),
agradeciendo la disposición y el trabajo ingente realizado por algunas
personas que, en buena medida, participan de lo que se propondrá
a continuación, y siendo plenamente conscientes de que en esta deliberación
cada uno debe desempeñar, de la forma más atinada y eficaz,
el rol que le corresponde.
Presupuestos iniciales. La Ley Orgánica
2/2006, de 3 de mayo, de Educación, publicada en el Boletín
Oficial del Estado un jueves 4 de mayo de 2006, no parece el vehículo
más adecuado a la hora de alcanzar algunos objetivos que a estas
alturas debieran ser irrenunciables, sobre todo considerando la necesaria
confluencia en el espacio europeo de educación superior. A la vista
de lo establecido en la LOE, la educación artística superior
española sigue ocupando el territorio cedido por la LOGSE, si bien
ahora las responsabilidades de los centros y del profesorado aumentan, sin
que lo hagan en igual medida las competencias. En el espíritu y en
la letra, la LOE no va más allá de lo que se afirma en su
preámbulo, donde leemos que determinadas enseñanzas artísticas
"tienen carácter de educación superior y su organización
se adecua a las exigencias correspondientes, lo que implica algunas peculiaridades
en lo que se refiere al establecimiento de su currículo y la organización
de los centros que las imparten". Tan sólo eso..., y nada más.
En efecto, una lectura atenta de la LOE nos muestra que las diferencias
con el articulado de la LOGSE son mínimas, más allá
del reconocimiento del citado marco europeo, referencias que acaban por
introducir en la LOE contradicciones irresolubles, como las contenidas en
el párrafo anterior.
Entendemos que las enseñanzas artísticas superiores debieran
haber quedado fuera de la LOE pues ese no es su lugar, y así se ponía
de manifiesto en un conocido trabajo del profesor Antonio Embid Irujo editado
en 1997. Partiendo de aquel informe, y de los estudios que posteriormente
se realizaron en comisión en el Ministerio de Educación y
Ciencia, que daría lugar a un informe similar, fechado en 1999, y
considerando el tantas veces mentado espacio europeo, el gobierno podría
haber dado una solución definitiva al problema, evitando crear uno
nuevo, que se suma a otros ya antiguos y que inciden en lo mismo: la imposibilidad
de que las enseñanzas artísticas superiores lleguen a ser
aquello que la Ley les obliga a ser.
En esa dirección, el Capítulo VI de la LOE, que se ocupa de
las enseñanzas artísticas, debiera presentar otra redacción
para regular, en exclusiva, las enseñanzas elementales y profesionales.
Seguramente haya quien piense y defienda que esa redacción ha resultado
positiva porque ha permitido que las enseñanzas artísticas
superiores no se incluyesen entre las universitarias, un peligro real que
en el caso de arte dramático hubiera conducido a su "filologización"
y deglución por parte de algunos departamentos universitarios en
situación de manifiesta reducción de su docencia, debido al
descenso dramático en su alumnado. Es evidente que ese peligro existía
y debemos expresar nuestro agradecimiento a las personas que desde el Ministerio
de Educación y Ciencia, o desde fuera del mismo, impidieron que eso
sucediese. Pero el problema no es achacable a quienes obraron con sensatez
y buen criterio, con el afán de provocar males menores y evitar los
mayores. Insisto en el reconocimiento que nos merece su trabajo. No daré
nombres. Todos sabemos a quién me estoy refiriendo.
El problema deriva tanto a un conflicto de voluntades como de una planificación
insuficiente. Entendemos que se debiera haber hecho un estudio previo de
las enseñanzas superiores no universitarias y analizar las aportaciones
del informe Embid Irujo o las conclusiones del grupo de trabajo del Ministerio
de 1999. Teniendo esos informes en cuenta y las referencias a la "ordenación
de la educación superior española en el marco europeo",
el Capítulo VI de la LOE se habría redactado de otra forma.
Así, las referencias a las enseñanzas artísticas superiores
hubieran terminado en el Artículo 45. 2, pues en función de
su definición establecida en el apartado c), bastaría con
añadir en 45. 3 que "la ordenación de las enseñanzas
artísticas superiores se realizará en el marco de la Ley Orgánica
de la Educación Artística Superior" (LOEAS). En realidad
no habría que llegar tan lejos, porque el legislador atento a la
problemática que señalamos, y deseoso de soluciones, no pasaría
del artículo 3. 3, donde establecería que las enseñanzas
que ofrece el sistema educativo son las que se citan, pero distinguiendo
entre (a) las enseñanzas artísticas elementales y profesionales
y (b) las enseñanzas artísticas superiores, para luego, en
3. 7, establecer, que "la enseñanza universitaria y la educación
artística superior se regulan por sus normas específicas".
Todo ello aligeraría un articulado que, como veremos, supone un corsé
para el desarrollo real de normas de rango superior.
De la ordenación de las enseñanzas
superiores. En un momento en que tanto se habla del espacio europeo
de educación superior, ¿qué sentido puede tener el
que unas enseñanzas, las universitarias, se regulen en la Ley Orgánica
de Universidades, y las otras, las artísticas superiores, en otro
marco que no es superior? En buena lógica, el lugar adecuado para
las enseñanzas artísticas superiores es un marco superior
que agrupe todos los títulos de grado y postgrado. Por eso, en su
día señalamos que más que una Ley Orgánica de
Universidades el actual gobierno debiera acometer una Ley Orgánica
de la Enseñanza Superior.
Sabemos, y ahí estarían los verdaderos problemas, que esa
posibilidad podría provocar reticencias o rechazo en los rectores
de las universidades y en sectores de las mismas, pero el legislador debe
trabajar en función de las necesidades del conjunto de la población.
Con todo, creemos que una buena negociación, llevada con rigor y
equidad, concluiría con un acuerdo entre las partes, sobre todo porque
los rectores de universidad son personas sensatas, razonables y dialogantes.
Un acuerdo que contemplase cuestiones como las siguientes:
a) Se consideran enseñanzas superiores aquellas
que conducen a la obtención de un título de grado y de postgrado.
b) Las enseñanzas superiores conducentes a los títulos de
grado se imparten en las universidades y en los institutos superiores de
enseñanzas artísticas, según el catálogo de
titulaciones específicas establecido para cada institución
y que se citan en los correspondientes anexos.
c) Las universidades y los institutos superiores de enseñanzas artísticas
podrán organizar sus respectivas ofertas de estudios de postgrado,
incluyendo los estudios de doctorado, en función de sus titulaciones
específicas.
d) La educación superior española se definirá, se ordenará
y se evaluará en el marco del Consejo de Coordinación de la
Educación Superior.
e) La ordenación, estructura y funcionamiento de las universidades
y de los institutos superiores de enseñanzas artísticas se
regulará mediante desarrollos legislativos específicos, a
partir de lo establecido en la propia Ley Orgánica de la Educación
Superior.
Entiendo que el haber hecho las cosas de esta forma hubiera
evitado las múltiples contradicciones y disfunciones que provocará
el desarrollo de la LOE en la necesaria consideración de las enseñanzas
artísticas como superiores, pues en la práctica todo indica
que serán SUPERIORES por la titulación que ofrecen, y MEDIAS
en cuanto al funcionamiento de los centros en que se imparten, con todo
lo que eso implica en relación con autonomía, infraestructuras,
equipamientos, profesorado y un largo largísimo etcétera…,
tan largo como el quebradero de cabeza que provocará. Basta con leer
la LOE para tomar conciencia de cómo regula de forma precisa la ordenación
de las enseñanzas, el funcionamiento de los centros y la provisión
de profesorado y sus cuerpos, con lo que el margen de maniobra para desarrollos
ulteriores es sumamente limitado. La única posibilidad, como se establece
en el artículo 107. 3, se relaciona con la coordinación de
los centros que ofrecen estas enseñanzas, si bien esas propuestas
organizativas habrán de atenerse a todo lo establecido en la LOE,
como ley de rango superior.
En realidad los problemas que la LOE presenta tendrían fácil
solución a poco que mediase la voluntad política suficiente
y las oportunas negociaciones con las universidades, que seguramente no
tendrían mucho que objetar a que los centros superiores de enseñanzas
artísticas pudiesen formar a sus propios doctores y doctoras, cumpliendo
lógicamente la legislación vigente, porque de no ser así
(como algunos centros pretenden), lo que se lograría sería
la devaluación del título de doctor, y debemos entender la
legítima preocupación de las universidades. El título
de doctor nada tiene que ver con la creación, como creen no pocos
docentes de centros superiores, sino con la investigación y cuando
hablamos de investigación se impone la lógica del método
científico, y en ese territorio, el de la ciencia, por mucho relativismo
que invoquemos, hay toda una serie de pautas y normas que seguir, gusten
o no.
En todo caso, y ante las dudas y temores que pudieran surgir en torno a
las medidas tendentes a fomentar la equiparación de todas las enseñanzas
en el espacio europeo de educación superior, no debemos olvidar que
el actual gobierno no duda en dar pasos adelante cuando está convencido
de lo que propone y ahí tenemos las medidas para garantizar cuotas
de género en los consejos de administración. ¿No cabría
exigir la misma determinación en cuestiones tan importantes y que
afectan a tantos ciudadanos y ciudadanas? ¿A quién perjudica
el que en España se elabore una LOEAS en consonancia con el espíritu
de Bolonia?
Desde el gobierno central y desde algunas comunidades autónomas se
considera que la equiparación de la educación artística
superior se logrará mediante la creación de un marco común
para agrupar esas enseñanzas, marco que podría tomar la denominación
de institutos superiores de enseñanzas artísticas, si bien
la organización y el funcionamiento de los centros superiores y de
los aspectos más sustantivos de su funcionamiento aparecen claramente
regulados en la LOE, con lo que el margen de actuación es mínimo
y se limita a la coordinación administrativa. Esos institutos ni
siquiera serían competentes en la negociación de convenios
con las universidades para la organización de los estudios de postgrado
(y doctorado). Según el artículo 58. 2 y 5 de la LOE, la negociación
corresponde a las Comunidades Autónomas y su aceptación a
las universidades. Queda así en entredicho uno de los pocos, y siempre
supuestos, avances de la LOE, pues la organización de los estudios
de postgrado no es competencia de los centros superiores sino una posibilidad
sometida al arbitrio de las universidades.
De los denominados "institutos superiores".
La idea de tales instituciones emana de las personas que en los últimos
años se han ocupado de buscar un marco autónomo para las enseñanzas
artísticas, en función de sus características singulares.
Se formula con absoluta claridad en un informe del profesor Antonio Embid
Irujo, que propone la creación de una institución educativa
superior con personalidad jurídica propia y con capacidad para ordenar
y estructurar sus enseñanzas y todos sus procesos académicos
y administrativos, desde la gestión de sus recursos hasta el desarrollo
de planes de estudio. En esa dirección, un Instituto Superior funciona
a través de unos estatutos que emanan de un Claustro y garantizan
su autonomía. Un informe elaborado por una comisión convocada
desde el MEC, y hecho público en 1999, señala la misma dirección.
Luego volveremos sobre ambos informes
No son estos los institutos superiores que se proponen desde la LOE, porque
esta Ley lo único que puede proponer es la creación de unidades
administrativas de gestión de recursos comunes a los centros superiores,
incluido, por supuesto, el profesorado. El camino que se inicia con la LOE
parte de una regulación previa que limita considerablemente cualquier
desarrollo posterior, porque las enseñanzas y los centros que habrán
de impartirlas ya están perfectamente ordenados y estructurados.
Lo único que cabe hacer es crear un órgano para su coordinación
general, es decir, adscribirlos a una especie de subdirección general.
Ese es el camino que han seguido algunas Comunidades Autónomas, como
la de Aragón, que publicó la Ley 17/2003, de 24 de marzo,
que regula la organización de las Enseñanzas Artísticas
Superiores. En esta Ley, la primera que se aprueba en España, no
se parte, en ningún momento, ni en su espíritu ni en su letra,
del modélico informe el profesor Antonio Embid Irujo. Lo que nos
muestra la Ley 17/2003 es su escaso margen de maniobra, porque la LOE lo
regula prácticamente todo, desde las normas de acceso del alumnado,
hasta el funcionamiento de los centros o el acceso a la función docente.
Los aspectos más substantivos ya están determinados, y los
institutos superiores acaban siendo un negociado de centros.
Todo esto se puede ver con mayor claridad, si cabe, en la "propuesta
de Anteproyecto de Ley de Ordenación de centros y creación
del Instituto Superior de Enseñanzas Artísticas de la Comunidad
Valenciana", documento hecho público el 7 de junio de 2006.
Curiosamente en el preámbulo del mismo, luego de analizar los desarrollos
legislativos relacionados con las enseñanzas artísticas, y
entre ellos los establecidos en la LOE, sus redactores señalan que
"los esfuerzos aún se revelan insuficientes, ya que los estudios
artísticos superiores se rigen con criterios de enseñanza
secundaria, siendo los títulos equivalentes a los universitarios."
Además de criticar lo que luego se acepta, se ha de notar la permanente
referencia a los estudios universitarios, un lenguaje que convendría
superar para hablar de estudios de grado y de postgrado, conforme a las
directrices europeas en materia de educación superior.
El articulado del anteproyecto elaborado en la Comunidad Valenciana muestra
sus debilidades desde el primer momento y así en su artículo
primero ya se establece que el Instituto Superior de Enseñanzas Artísticas
de la Comunidad Valenciana será una "entidad autónoma
de carácter administrativo". Entre los objetivos del citado
ISEACV tienen especial relevancia los relativos a la "coordinación
entre los centros" y el "establecimiento de fórmulas de
colaboración con las Universidades Valencianas". No debe extrañar,
en consecuencia, que las universidades cobren un considerable protagonismo
en la organización de las enseñanzas de grado y postgrado
como se proclama en el artículo 58. 4 de la LOE, y así se
recoge en el artículo 4. b) de la propuesta de ISEACV, en el que
se propone compartir "recursos, servicios y organización en
las enseñanzas comunes", lo que acabará por incorporar
determinadas áreas de docencia a los departamentos universitarios.
Avanzando en el articulado de la propuesta de anteproyecto del ISEACV, podemos
concretar todavía más su carácter de subdirección
general si consideramos su estructura orgánica. El Presidente y los
Vicepresidentes son cargos políticos y no académicos, pero
lo mismo ocurre con su director, de quien se dice que "será
designado por el Consell de la Generalitat Valenciana" y que el nombramiento
podrá recaer "entre altos cargos de la Consejería competente."
Es decir, que el director general es un cargo de libre designación,
no elegible. Pero el carácter político, administrativo, y
no académico, del "instituto" queda patente en la conformación
del "consejo de dirección", donde curiosamente no están
representados todos los centros adscritos al mismo y donde la mayoría
política se impone a la reducida representación académica.
La propuesta tiene, infelizmente, un aroma de otros tiempos, y ese aroma
se puede percibir con total claridad si comparamos las atribuciones del
"consejo de dirección" y las pocas prerrogativas que dejan
a los centros superiores en aplicación de su mermada "autonomía
de gestión".
Se trata de una propuesta de anteproyecto que encoge el alma y que hace
que se disparen las convicciones democráticas de cualquier ciudadano.
Viendo la dimensión del despropósito mejor sería dejar
las cosas como están, porque el futuro es verdaderamente aterrador,
en tanto el ISEACV se convierte no ya en una "subdirección general"
sino en un "espacio de gestión" al que puede asomar la
incompetencia de turno por el simple hecho de ser primo de, tener un determinado
carné o por servicios prestados…
Puede resultar muy edificante comparar el documento emanado de las Cortes
de Aragón y el que se ofrece desde las Valencianas, para ver hasta
que punto los dos son sumamente intervencionistas, los dos parten de la
visión gerencial y administrativa de los institutos superiores y
los dos establecen el control político de una institución
que debiera tener una mayor dimensión educativa, académica
e institucional. Existen algunas diferencias de matiz entre uno y otro,
pero ambos suponen la creación de una subdirección general
de enseñanzas artísticas con el envoltorio de institución
autónoma. Cabría hacer un análisis más detallado
de toda la legislación generada en Aragón y de la que se anuncia
en Valencia, pero ese análisis, a un tiempo crítico y comparado,
ocuparía más tiempo del que disponemos. Me limito a señalar
sus aspectos más discutibles e insisto en ese carácter administrativo,
que no académico, de los ISEAs propuestos; un carácter que
tal vez venga determinado por los desarrollos de la LOE y su reglamentación
de la enseñanza artística superior, lo que deja, insistimos,
muy poco margen de maniobra. Con todo, no debemos olvidar que la creación
del Instituto Aragonés de Enseñanzas Artísticas Superiores
se propone en 2003, y su orientación es un claro indicio de que,
con LOE o sin LOE, la institución que se proyectaba era muy diferente
a la propuesta por Embid Irujo o por la Comisión Técnica del
MEC.
Si hubiéramos de determinar los puntos oscuros de ambos desarrollos
de ordenación de las enseñanzas artísticas superiores,
diríamos que se trata de propuestas de gestión administrativa
de los centros, que limitan su autonomía, que no resuelven los grandes
problemas heredados de la LOGSE y recreados por la LOE, y que en nada contribuyen
a la puesta en valor de las enseñanzas. No dudamos que la ubicación
de todas las enseñanzas superiores en un mismo departamento, en esa
"subdirección general" con rango de "instituto",
podría traer algunos beneficios colaterales, que, con todo, no se
derivan del nuevo marco, en tanto se podrían lograr igualmente partiendo
del marco actual con una gestión eficiente, de calidad. Así,
el fomento de la investigación (una de las grandes bazas aducidas
en defensa de los actuales ISEAs), pasaría por reconocer que los
centros superiores de enseñanzas artísticas son centros de
investigación, incluyéndolos en los correspondientes catálogos,
e incluyendo a sus investigadores en los censos existentes. Un simple decreto
permitiría aumentar la autonomía de los centros para poder
realizar convenios de colaboración con instituciones, organismos
y otras entidades. Ahí tenemos la amplia autonomía de que
gozan los Centros Integrados de Formación Profesional como ejemplo
a seguir. Pero seguimos situados en el territorio de las Enseñanzas
Medias, no en el de las superiores. Estamos, en consecuencia, fuera del
marco europeo, en fuera de juego.
Del informe del profesor Antonio Embid Irujo y
del informe del MEC. El catedrático de la Universidad de
Zaragoza lo definía así: "Informe sobre la conveniencia
de promulgar una Ley Orgánica Reguladora de la Organización
en Régimen de Autonomía de las Enseñanzas Artísticas
en España". Está fechado en 1997 y su redacción
obedece a una petición de la Asociación Española de
Centros Superiores de Enseñanzas Artísticas. Después
de un detallado análisis de las posibilidades para regularlas, académica
y administrativamente, se propone en anexo un "Borrador de Ley Orgánica
reguladora de la organización en régimen de autonomía
de las Enseñanzas Superiores Artísticas en España".
El antes mencionado "Informe de la Subcomisión de estudio de
los modelos de centros superiores de enseñanzas artísticas",
emanado del MEC en mayo de 1999, también incluye un anexo en el que
se propone un modelo de desarrollo que contempla, como en el caso anterior,
los aspectos más sustantivos del problema: estructura de los centros,
régimen jurídico de los mismos, ordenación de las enseñanzas
y régimen y estatuto del profesorado. Dos trabajos escritos con rigor,
coherencia y responsabilidad que para nada han orientado la creación
de los ISEAs actuales. Seguramente porque ese no es el modelo que ahora
se defiende, pero también porque ese diseño modélico
es imposible con la LOE.
Como se señala en el preámbulo del Borrador de Ley Orgánica,
elaborado por el profesor Embid Irujo, se acude al modelo de la Ley Orgánica
de Reforma Universitaria, para que las equivalencias sean, de verdad, a
"todos los efectos". Y así se propone en el articulado
del borrador, considerando aspectos tan esenciales como los estatutos y
los órganos de gobierno de los ISEAs. Frente al modelo de Aragón
y Valencia, aquí se imagina y desarrolla una institución académica
que funciona como cualquier otra institución de educación
superior europea: con estatutos, claustro, junta de gobierno, departamentos,
centros y cargos unipersonales. Se da una similitud evidente con la universidad,
pero no podía ser de otra forma en tanto dos instituciones superiores
tienen más semejanzas que diferencias. Así, el claustro es
el máximo órgano de representación de la comunidad
educativa, que integra profesorado, alumnado y personal de administración
de servicios, presidido por el rector.
En los modelos de Aragón y Valencia el máximo representante
del ISEA es el Presidente del mismo, cargo que corresponde, en buena lógica
política que no académica, al "Consejero del Departamento
responsable de Educación". En el caso de Valencia, todavía
se contemplan dos vicepresidencias: "el Secretario Autonómico
y el Director General competentes en materia de universidades y formación
superior de la Comunidad Valenciana". Si en el caso de esta última
comunidad el cargo de director del ISEA es de libre designación,
en el caso del modelo aragonés, la Ley 17/2003 especifica que el
director del IAEAS será el director general responsable de las enseñanzas
artísticas; es decir, tenemos director general por partida doble.
Pero además el director del IAEAS debe asumir unas funciones que
exigen un trabajo a pie de obra que a la larga implicarán la delegación
de las mismas en algún subdirector o jefe de servicio. Por eso insistimos
en que, en vez de "instituto superior", debemos hablar de subdirección
general.
La propuesta de Embid Irujo suponía, en la práctica, la promulgación
de una LOEAS que equiparaba ISEAs y universidades. Por eso, en numerosas
ocasiones se habló de una "universidad de las artes", símil
que reflejaba con claridad el espíritu del informe. Ese debiera ser
el punto de partida y de llegada, para lograr que estas enseñanzas
se sitúen en régimen de igualdad en el espacio europeo de
educación superior, toda vez que ya resulta imposible, y seguramente
innegociable, la reformulación de la Ley Orgánica de Universidades
y su transformación en Ley Orgánica de la Educación
Superior. Esto último sería lo sensato, pero sabemos que las
prioridades son otras.
En consecuencia, proponemos la consideración de los dos citados informes,
uno incluso emanado del propio Ministerio, para la promulgación de
una LOEAS, que, en sus "disposiciones derogatorias", modifique
cuanto se ha dicho de la LOE. De hecho, el Borrador de Ley Orgánica
contenido en el informe Embid Irujo, incluía una disposición
final primera que establecía la "modificación de la Ley
Orgánica General del Sistema Educativo", para dejar sin efecto
normas anteriores. El trabajo ya está hecho; sólo falta, como
en tantas otras cosas, voluntad política o, tal vez, un poco de sentido
común.
Del profesorado. Con independencia de
que el éxito de la enseñanza artística superior dependa
de la interacción de diferentes variables, el profesorado es un elemento
esencial para garantizar niveles de calidad en la docencia, la investigación,
y la creación, campo a menudo olvidado pero importante, porque los
centros superiores deben ocuparse del desarrollo de procesos de creación,
a modo de "practicum", como ejemplificaciones del ejercicio profesional
de sus titulados. En consonancia con el carácter superior de las
enseñanzas, parece razonable reconsiderar el estatuto del profesorado
de los centros superiores de enseñanzas artísticas, en lo
que atañe a aspectos varios, desde los relativos al desempeño
de funciones de docencia, creación e investigación hasta los
retributivos.
Una vez más, la LOE cierra las puertas a cualquier posibilidad de
desarrollo de un nuevo estatuto, en tanto establece en su Título
III, Capítulo II, el profesorado de las distintas enseñanzas,
incluidas las artísticas superiores, como podemos comprobar en la
lectura del Artículo 96. Para las enseñanzas artísticas
siguen existiendo los cuerpos de Profesores de Música y Artes Escénicas
y de Catedráticos de Música y Artes Escénicas, equivalentes,
a todos los efectos, a los de Profesores de Secundaria y de Catedráticos
de Secundaria. Las equivalencias "a todos los efectos", no se
establecen con la educación universitaria, sino con la secundaria.
Seguimos en el territorio de las ENSEÑANZAS MEDIAS.
La promulgación de una LOEAS, implicaría la creación
de un cuerpo de Profesores de Institutos Superiores de Enseñanzas
Artísticas, e, igualmente, de un cuerpo de Catedráticos de
ISEAs, además de considerar otros tipos de profesorado como el asociado,
el visitante o el especialista. Es decir, la gama de puestos se adaptaría
a las necesidades de docencia e incluso de la investigación, lo que
redundaría en beneficio del conjunto, pero, sobre todo, del alumnado.
Esa es una posibilidad que la LOE ha negado ya con su reglamentación
y curiosamente los dos modelos de ISEA antes mencionados poco o nada dicen
del profesorado, por la simple razón de que nada cabe decir, más
allá de lo establecido por la LOE. Ahora bien, ¿es posible
reclamar que un profesorado con un estatuto generalista, equiparado al de
secundaria en todos los aspectos de la función docente, asuma las
competencias del profesorado universitario, a todos los efectos, es decir,
en cuanto a docencia, actualización permanente e investigación?
¿Dispone el profesorado de los centros superiores de enseñanzas
artísticas de infraestructuras, equipamientos, recursos y medios
para asumir esos compromisos? ¿Percibe un salario suficiente?
Veamos un ejemplo. En mi incorporación a la Universidad de Vigo,
en marzo de 1997, como profesor asociado, se me ofreció un despacho
con teléfono y ordenador, una tarjeta magnética para hacer
fotocopias, un carné de profesor universitario que permitía
el acceso a todas las bibliotecas del sistema universitario del Estado y
además facilitaba la solicitud de préstamo interbibliotecario,
y mi departamento me asignó una cantidad suficiente para adquirir
todo tipo de materiales para la docencia y la investigación. Un año
después hube de presentar mi producción científica
a evaluación, y una vez finalizado el proceso mi departamento me
comunicó que tenía a mi disposición una cantidad importante
de dinero de la que podría disponer en función de unos parámetros
muy vinculados con la docencia, la actualización y la investigación.
Pude asistir a varios congresos, en los que presenté ponencias o
comunicaciones, visitar varios centros de investigación para realizar
trabajos de documentación, e incluso hacer una pequeña estancia
investigadora en el Graduate Center de la City University of New York.
¿Son esos los recursos que se van ofrecer al profesorado de los centros
superiores de enseñanzas artísticas? Todos sabemos que no,
por lo que resultan sumamente preocupantes documentos como el elaborado
en la Comunidad Valenciana, en tanto pueden llegar a exigir que el profesorado
cumpla con unos parámetros "universitarios" en cuanto a
docencia e investigación y en su evaluación, sin tener un
estatuto profesional similar ni contar con los mismos medios. Hay que ser
conscientes de la trampa que se puede tender al profesorado de los centros
superiores en tanto se les puede acabar considerando profesores "universitarios"
sin serlo, porque no olvidemos que hasta ahora la única equivalencia,
la única equiparación a "todos los efectos", es
la del título (y la de organización de los estudios). Ni los
centros en su estructura y funcionamiento, ni los recursos y presupuestos,
ni el profesorado, están equiparados a "todos los efectos".
E insisto en que esa equiparación "a todos los efectos"
sólo podrá llegar en el momento en que se promulgue la LOEAS.
Mientras no sea así, todo lo que se diga o proponga puede acabar
por ser como el paño que le hicieron a un rey unos burladores, como
le contaba el buen Petronio al Conde Lucanor. En efecto, podemos quedar
en cueros, si es que no lo estamos ya. En relación con el profesorado,
el profesor Embid Irujo trataba la cuestión con una lógica
envidiable, pues señalaba que, en función de la legislación
vigente, habrán de ser los propios institutos superiores, las comunidades
autónomas y el Estado los que determinen los "cuerpos docentes
regulados en la legislación básica aplicable", señalando
además que los funcionarios docentes debieran tener plena capacidad
docente e investigadora, una equiparación a todos los efectos con
los de la universidad, que además se aplica a los procesos de selección
y contratación propuestos en el capítulo segundo de su Borrador.
Las referencias a las funciones de docencia e investigación implican
que todos aquellos profesores y profesoras que deseasen coordinar o dirigir
equipos de investigación, al menos en aquellos proyectos de investigación
financiados con fondos de programas de investigación, desarrollo
e innovación (I+D+i), deben poseer el título de doctor, porque
esa es una condición de carácter universal en cualquier proyecto
de promoción del conocimiento. Lo mismo ocurre en la organización
de programas de doctorado, que deben ser impartidos por profesorado doctor,
como ocurre en cualquier ámbito académico que imaginemos.
Estamos ante un reto que el profesorado de los centros superiores debería
asumir con rigor y responsabilidad pues también así se demuestra
y defiende el carácter superior de las enseñanzas artísticas.
No podemos quejarnos de la paja en ojo ajeno sin ver la que se acumula en
los nuestros. La excelencia educativa, y la calidad, también se defienden
con los programas y las líneas de investigación de los departamentos
y de los centros, pues son parámetros universalmente admitidos en
la evaluación de las instituciones educativas superiores.
En conclusión. Nos resistimos
a pensar que sólo nos quede el desaliento, el desamparo o el desengaño;
que no debamos imaginar un futuro diferente. Llegarán los "institutos
superiores", se crearán algunos cargos de libre designación
para alegría de fieles y acólitos, pero los centros seguirán
siendo los mismos, con los mismos problemas y dificultades, aunque también
pudiera ser que los problemas, dificultades y exigencias aumenten. Y en
ese panorama, pese a todo, deberemos seguir trabajando porque la razón
está de nuestra parte, y esto último no lo decimos nosotros,
se afirma en la Declaración de Bolonia.
Por eso no renunciamos a dejar por escrito un deseo de mejora. Se trata
además de formulaciones realistas y sumamente pragmáticas
nacidas del sentido común y realizadas por personas que quieren un
futuro mejor para nuestro sistema educativo y para sus beneficiarios y usuarios
y que lejos de vivir en mundos de ensueño trabajan día a día,
y a pie de obra, para que las cosas funcionen de la mejor forma posible.
Por eso, nos atrevemos a decir cuanto decimos y a reclamar cuanto reclamamos.
Pero, al tiempo, también brindamos nuestra colaboración abierta,
sincera y desinteresada a los responsables del Ministerio y de las Comunidades
Autónomas para, entre todos, iniciar un camino que a medio plazo
nos lleve a un territorio diferente, aquel en que la educación artística
superior pueda desarrollar todas sus potencialidades, que son muchas.
Bibliografía
EMBID IRUJO, Antonio. Informe sobre la conveniencia de promulgar una Ley
Orgánica Reguladora de la Organización en Régimen de
Autonomía de las Enseñanzas Superiores Artísticas en
España. Madrid: Asociación Española de Centros Superiores
de Enseñanzas Artísticas, 1997.