Artículos y noticias

Por una Ley Orgánica de Enseñanzas Artísticas Superiores

2008-04-01

Carta a los Reyes Magos.

Por Manuel F. Vieites.

Comienza una nueva legislatura y retomamos el género epistolar. En esta ocasión, ya no nos dirigimos al ciudadano Presidente. Nuestra carta es para los Reyes Magos, pues si su relato pierde fuerza con la edad, también, por lo mismo, adquiere nuevos sentidos. En nuestro caso, en ellos identificamos todo lo que pueda llegar por arte de birlibirloque, pues serían como el azar, la casualidad, esa fuerza ciega que, de repente, provoca que lo que no tendría que ocurrir, ocurra. Como si el cóndor que bate sus alas en las cumbres de los Andes provocase una reacción en cadena por la que, en un día de tormenta, un alto cargo, hombre o mujer, entrase en una librería, y, a la espera del claro en el vendaval, reparase en esta revista, ADE-Teatro, y, a la vista del número 118, cayese en la cuenta de que está pendiente el arreglo de los teatros en España.

Es difícil aprobar la ejecutoria de ministerios, consejerías y concejalías (los tres poderes), a la vista del estado lamentable de nuestro sistema teatral (en lo estatal, lo autonómico o lo local), si lo comparamos con Francia, Alemania, Reino Unido… Alguien dirá que en esos países hubo, y hay, otra tradición. Por eso mismo, la acción política debería haber estado orientada a construir aquí una tradición similar. No fue así, y por eso, una legislatura más, seguimos en la misma posición y mantenemos nuestras convicciones. No nos mueven intereses personales o corporativos, sino el bien de las artes escénicas; converger con Europa, convertir estas artes en fuente de bienestar, riqueza, empleo, y promover la creatividad de nuestros artistas, la que llena las carteleras de los teatros. Una vez más, reclamamos lo evidente. Queremos ser europeos.

Esta primera carta a los Reyes Magos (Birlibirloque, Azar y Casualidad) nace de una preocupación sentida en un sector de nuestro sistema teatral: el de la educación teatral superior. En el mes de febrero de 2008, la prensa se hacía eco de una noticia que provocó consternación e incredulidad en los centros superiores de enseñanzas artísticas. Se planteaba la posibilidad de que la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA), fundación dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia, autorizase que alguna universidad privada implantase estudios de grado en Arte Dramático, lo que supondría un grave incumplimiento de lo que establece la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación, en su artículo 58. De aprobar esos estudios de grado, el Ministerio de Educación y Ciencia sería el primero en conculcar sus propias normativas.

Sabemos de casos peores, sin que haya pasado nada. Puede ocurrir de nuevo, sin que nadie muestre el más mínimo arrobo, lo que demuestra que las enseñanzas artísticas han sido abandonadas a su suerte, tal vez porque en determinados ámbitos, el Ministerio de Educación y Ciencia no ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Ahora, ante la formación del nuevo gobierno, el Partido Socialista reconoce, por fin, que no siempre ha sabido aplicar el principio republicano de seleccionar los cargos públicos a partir del mérito, la capacidad y el compromiso. Esa renuncia se ha dejado sentir en el Ministerio de Cultura y en el de Educación y Ciencia. Los resultados están a la vista.

Lo que ahora puede ocurrir es que las universidades, las públicas y las privadas, comiencen a ofrecer las titulaciones en Arte Dramático, Diseño, Conservación y Restauración, Danza o Música, entrando a competir con los centros que, tradicionalmente, se han ocupado de las mismas. Sólo que la competencia es, a todas luces, desleal y desigual, porque los medios y recursos con que cuentan las universidades son exponencialmente superiores a los de esos centros, que siguen funcionando como institutos de secundaria. Sirva un ejemplo. En muchas universidades se están elaborando nuevos planes de estudio adaptados a lo que establece el Real Decreto 1393/2007, y ese diseño curricular se prima económicamente, en ocasiones con cantidades generosas. Ese mismo proceso se tendrá que hacer en los centros superiores de enseñanzas artísticas, en algunos casos ya se ha hecho, pero sin apoyo económico. Veamos otro. Las tres universidades públicas que tenemos en Galicia han contado en los últimos años con cantidades ingentes de dinero para todo tipo de gastos, algunos de dudosa justificación, y piden más. La financiación universitaria sigue siendo un saco sin fondo, mientras otros centros estratégicamente más importantes, como los de formación profesional, entran en una situación de declive, al desaparecer los fondos estructurales procedentes de Bruselas.

Para quienes no lo tengan claro les propongo una visita al programa educativo del Partido Socialista y verán como el espacio dedicado a las universidades supone un tercio del total. También les pido que vean el dedicado a las enseñanzas artísticas superiores, en la página 139. Si el interés se mide en número de caracteres, verán que el que despiertan estas enseñanzas en el Partido Socialista es mínimo. Una vez más hemos de explicar que si centramos nuestro análisis crítico en el programa del PSOE es porque es el partido que nos va a gobernar durante los próximos cuatro años. Cuando gobernaba el PP, hicimos lo mismo y respondo por lo escrito.

Decíamos que los centros superiores jamás podrán competir con la universidad. La vía que, a buen seguro, abrirá la ANECA y el Ministerio supondrá el cierre progresivo de aquellos. Sólo algunas escuelas y conservatorios resistirán el envite, pero la mayoría habrá de cerrar. La razón de esa autorización anunciada, no es otra que la necesidad de aportar horas de docencia a unas facultades que, de tanto multiplicarse, se han quedado sin alumnado, o la necesidad de las universidades privadas de aumentar su negocio con paquetes en los que por el precio de uno se ofrecen dos o tres títulos.

Hace algún tiempo publicamos en estas páginas un artículo en el que pedíamos al Gobierno, y al Ministerio de Educación y Ciencia, la promulgación de una Ley Orgánica de Enseñanzas Artísticas Superiores, que, en consonancia con el espíritu y la letra del Espacio Europeo de Educación Superior, determinase con claridad el carácter superior de centros y enseñanzas, y la delimitación de aquellas enseñanzas superiores a impartir en las universidades y las enseñanzas superiores a impartir en los centros superiores de enseñanzas artísticas. Pedíamos el estricto cumplimiento del espíritu y la letra de Bolonia. Algún alto cargo del Ministerio calificó la propuesta de “inviable”, mientras otras voces señalaban, con orgullo, que la LOE venía a solucionar el viejo contencioso de unas enseñanzas que, como todos saben, han sido maltratadas y despreciadas por unos y otros, a pesar de la LOGSE, porque no se quiso ir más allá.

El problema sigue ahí, tanto que algunos partidos lo recogían en sus programas. No todos, claro, pero al menos aparecían menciones explícitas en los de los dos grandes partidos, que debieran intentar alcanzar un acuerdo que permitiese cumplir lo que establece el Espacio Europeo de Educación Superior. Pero el problema puede complicarse con algunas medidas llegadas recientemente a la prensa, como la de crear un Ministerio de Innovación, que se ocuparía de la investigación y su relación con la enseñanza superior. Por ese camino, y como ya ocurre en Galicia, los centros superiores de enseñanzas artísticas se verán privados de la posibilidad de acceder a los programas de Investigación, Desarrollo e Innovación, al no estar reconocidos como centros de investigación. No hace mucho solicité mi inscripción en el Registro de Investigadores de Galicia, en mi condición de Doctor, y me fue denegada al no pertenecer a un organismo investigador reconocido y registrado. Pero luego, la LOE señala que los centros superiores, y su profesorado, serán competentes en la investigación de las disciplinas que les son propias. Claro que sí, pero siempre y cuando los costos de la investigación corran por cuenta del usuario.

Hay quien pide calma, quien reclama mayor comprensión, señalando que todo acabará por llegar. Seguramente, pero por el camino que llevamos seguramente algunos estaremos criando malvas cuando todo eso llegue…, si llega. Lo mismo se decía cuando la LOGSE, que todo acabaría por llegar, que la equiparación estaba al caer… Y pasó lo que pasó: desde 1990, año de la LOGSE, a 2006, año de la LOE, pasaron dieciséis años sin que nadie en el MEC moviese ficha, más allá de los Reales Decretos para fijar las enseñanzas. Lo mismo puede ocurrir con el Espacio Europeo de Educación Superior. Es decir, nada. Aunque también se puede llegar al despropósito de exigir a los centros superiores el cumplimiento de los requisitos señalados en el Real Decreto 1393/2007, en cuanto a verificación y acreditación de titulaciones, o en cuanto a procesos de evaluación externa. En ese caso, los centros superiores serían superiores en cuanto a los deberes, pero de secundaria en cuanto a los derechos. Una cantinela ya conocida.

Los programas de los dos grandes partidos no aportan nada nuevo. El Partido Popular propone lo ya sabido: “posibilitaremos la incorporación de las enseñanzas artísticas superiores a la universidad,de acuerdo con el marco del Espacio Europeo de Enseñanza Superior.” El mensaje es claro, y es legítimo que cada quien defienda su punto de vista. En nuestro caso, en su día, también pensábamos que la universidad podría ser una buena opción. Ahora, ya no. Claro que, al final, parece como si el gobierno actual quisiese asumir de forma indirecta el programa popular, potenciando las enseñanzas artísticas superiores en las universidades. Al hacerlo, estaría resolviendo el problema de los centros superiores con la mayor eficacia posible: suprimiéndolos. Es como si quisiésemos acabar con el hambre en el mundo eliminando a los más necesitados, o con una enfermedad eliminando a los que la padecen.

En su programa, el Partido Socialista no va, infelizmente, en otra dirección. No tiene dirección, a pesar del DREAM TEAM. Lo dicho en su programa viene a ser lo ya escrito en la LOE, lo ya sabido, todo lo que tiene relación con el Espacio Europeo de Educación Superior y que se puede convertir en cantinela para no hacer nada o en la mejor arma para disolver la red pública de centros superiores de enseñanzas artísticas y transferir esas enseñanzas a la universidad. El peligro es real. 

Lo que nos provoca una mayor consternación, es saber que el Partido Socialista nada perdería, y mucho ganaría, si asumiese el espíritu de la letra que acabamos de reproducir. Y el espíritu de esa letra habla, fundamentalmente, de “equiparación”. La clave está en cómo se puede realizar esa equiparación. Entendemos que el nuevo gobierno debería promulgar una Ley Orgánica de Enseñanzas Artísticas Superiores.

Hablamos de una Ley Orgánica que establezca la competencia exclusiva de los centros superiores en los estudios tradicionalmente asociados a los mismos, como la universidad la tiene en los suyos; que determine que los centros superiores de enseñanzas artísticas puedan ofrecer estudios de grado y postgrado, que conducirán a títulos oficiales de grado y postgrado en las enseñanzas que les son propias a esos centros, en tanto los estudios de grado y postgrado se cursan en los centros integrados en el Espacio Europeo, y Español, de Educación Superior. Títulos de postgrado que incluirán el Master en Artes y el Doctorado en Artes. Unos títulos que se podrían expedir desde los Institutos Superiores de Enseñanzas Artísticas, u organismos similares, de cada comunidad, o desde sus Consejerías de Educación.

Una Ley Orgánica que equipare al profesorado, en su jornada laboral, en sus retribuciones, en las condiciones de acceso a la función pública, en las competencias docentes e investigadoras, y en las obligaciones y derechos que de todo ello se derive. Una Ley que cree, en consecuencia, el cuerpo de profesorado de centros superiores de enseñanzas artísticas. Una Ley que equipare al alumnado y le permita gozar de las mismas ayudas de que gozan alumnos y alumnas que cursan estudios similares: becas, bolsas de estudios, residencias, movilidad, estancias de formación para posgraduados, compra de ordenadores, préstamos, prácticas en empresas…. Una Ley Orgánica que equipare a los centros en infraestructuras, equipamientos, recursos, instalaciones, financiación, medios materiales. Y que establezca unas plantillas adecuadas de personal de administración y servicios, para que muchas de las labores de carácter administrativo o técnico sean realizadas por personal específico y no dependan del voluntarismo, siempre presente por cierto, de un profesorado apto para todo tipo de menesteres.

Se trata de una medida que a nadie perjudica pero que beneficiaría a los usuarios directos de la Ley y a muchas otras personas. En realidad, lo que se propone afecta a un número relativamente reducido de títulos y que en nada invade el campo de la universidad: arte dramático, diseño, música, danza, restauración y conservación... Y en lo referente a los títulos, y a sus exigencias, está claro que la inclusión de los centros superiores en el Espacio Europeo de Educación Superior supondrá que los títulos que los centros impartan, y los propios centros, se habrán de someter a los procesos de verificación y acreditación establecidos en el Real Decreto 1393/2007. Y ello permitirá que también los títulos de postgrado como el Master en Artes o Doctor en Artes cumplan los requisitos de calidad que cumplen en estos momentos las universidades.

No caerá esa breva, lo sabemos. Tampoco hay higuera. Por razonables y razonadas que sean nuestras propuestas, los intereses en el Ministerio son otros, y van en la dirección de proteger los privilegios de la institución de la que proceden y a la que retornan los que deciden el futuro de la enseñanza en España. Así nos va. Y no por falta de ideas, ni de personas capaces de llevarlas a la práctica, con rigor y responsabilidad.

Como ven, majestades, no les pido oro, ni incienso, ni mirra, ni tampoco una semana en Cartagena de Indias. Les pido una Ley que nos abra la posibilidad de trabajar más y mejor, en beneficio de todas y de todos. Les pido una Ley que permita que las enseñanzas artísticas se conviertan también en un motor de progreso y de bienestar. Para crear riqueza, material e inmaterial, con las culturas.

Pues nada más. Buenas noches…, y buen viaje.

 

Revista ADE-Teatro nº 120 (Abril-Junio 2008)

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La legislatura fenecida

2008-01-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Parece que casi todo el mundo ha estado de acuerdo a la hora de buscar un calificativo a la pasada legislatura: ¡¡¡Horrible!!! Lo hemos escuchado repetido una y otra vez por parte de sus protagonistas y de la ciudadanía. Los diputados y periodistas ante todo, que se han visto implicados en este clima de reyerta y desdoro, parece que hablen de algo que no va con ellos, que ha sido inducido por algunos entes malignos y perversos.

I

Efectivamente la legislatura ha sido horrible en todos los sentidos y podríamos decir que ridícula de no ser porque nos referimos a un asunto de extrema importancia en la vida española: el funcionamiento del poder legislativo. Desde la primera convocatoria electiva de Cortes en 1810, cada periodo democrático se ha visto clausurado por la fuerza de las armas junto a la intriga civil, o desfigurado por usos reprobables de fraudes electivos, cortapisas al voto o la representación, limitaciones legislativas debido a las prerrogativas reales, etc.

En cada una de estas ocasiones en que parecía que España podía ensanchar sus horizontes y avanzar por el camino del progreso, aparecían diputados capaces de interpretar con brillantez, competencia y resolución las contradicciones de su presente y así mismo generar proyectos transformadores. Desde aquellos fundadores del constitucionalismo español como Argüelles, Muñoz Torrero, el tempranamente malogrado Mejía Lequerica, Toreno, Manuel José Quintana, Canga Argüelles, Alcalá Galiano, Miguel Antonio Zumalacárregui, Antillón, Juan Nicasio Gallego, Calatrava y tantos más, podemos establecer una extensa nómina de diputados ilustres e ilustrados. Algunos de sus discursos son de una estimable calidad literaria y expresan un elevado pensamiento político.

No importa que sus propuestas fueran derrotadas no pocas veces, como fue el caso del proyecto de reforma agraria expuesto por Flórez Estrada en 1836 frente al defendido por Mendizábal, que no tuvo más apoyo en el Congreso que el del diputado Pepe Espronceda. Todo ello constituye la constatación de que los diputados fundamentaban su acción en sus convicciones y saberes, y tenían la gallardía de defenderlos aunque ello les condujera al abandono y la amargura. Gracias a ello podemos colegir que quizás España hubiera sido un país distinto de haber salido triunfantes no pocas de las propuestas que sucumbieron en la cámara.

La pobreza de formulaciones, de tono, de actitudes de que han hecho gala la mayoría de los componentes de la Cámara Legislativa en la pasada legislatura, han sido poco edificantes sin duda. El clima de reyerta tabernaria que han tenido no pocas veces los debates, por llamarlos de  algún modo, han sido palmariamente demostrativos. En esto han sido partícipes casi todos los grupos pero se han distinguido en la zafiedaz los del Partido Popular y Esquerra Republicana y alguno en menor medida del PSOE.

Si lo lleváramos a nuestro terreno, aquella intervención de la vicepresidenta de la Comisión de Cultura, Carmen Juanes, en un debate en Comisión sobre la proposición de los Populares para que el Gobierno presentara a la Cámara un Proyecto de Ley del Teatro, pasará a los anales del debate cultural parlamentario como una suma de inexactitudes, desconocimientos y notorio cinismo político. Poco importa que la triste diputada por Salamanca redujera su participación a la lectura del papel que le pasaron quienes entonces desgobernaban el Ministerio de Cultura. En nuestra condición de ciudadanos podemos exigir a los diputados la formación y el discernimiento necesarios para ocupar dignamente su escaño.

II

No obstante, todo esto ha sucedido con un Presidente de las Cortes como Manuel Marín, un político ilustrado, de mucha experiencia, ponderado y ecuánime. Su labor ha sido cualquier cosa menos fácil y bien podíamos la ciudadanía reconocerle su áspera y no pocas veces desazonada entrega. Ha tenido roces incluso con el PSOE, grupo político al que pertenece. En su discurso de despedida expresó su disgusto por el tono de la legislatura fenecida a la que calificó de “dura”, reclamando para el futuro “más consenso y sentido del límite”.

Marín se define a sí mismo como una persona muy cartesiana, que cree en el orden y en el método, así como alguien que mantiene la independencia de criterio. Tal vez por ello su frustración era grande: tenía encomendada la tarea de reformar el Reglamento de la Cámara Baja y no lo ha conseguido, o más bien se lo han escamoteado.  Sin ninguna ironía, en su intervención del 6 de diciembre con motivo del aniversario de la Constitución, deseó que en la próxima legislatura se “vuelva a la política con mayúscula”. No me resisto a señalar que a este acto no asistieron representantes de los partidos ERC, PNV, BNG, EA y NB por su desacuerdo o quizás rechazo, de la Constitución. Esta actitud es reveladora igualmente de actitudes bastante cínicas, dado que sí parecen estarlo en la percepción de sus elevados emolumentos que la Constitución contempla y el erario público sufraga.

Isabel Kreisler resumía así la cuestión: “Manuel Marín lleva cuatro años apelando al respeto a los ciudadanos para evitar que las imágenes que prevalezcan de esta legislatura sean la de Solbes desgranando los Presupuestos ante un hemiciclo estrepitosamente vacío, o la de Pujalte insultándonos a todos. No es seguro que lo haya conseguido, pero su empeño en dignificar el debate parlamentario y desasilvestrar a sus señorías no ha pasado desapercibido. Gracias.” (El País, 20/1/2008).

Es evidente que nuestro país precisa reformas urgentes en este terreno. La primera de todas la de la Ley Electoral, que todos sabemos por qué se formuló como está pero que no sirve actualmente para reflejar con cierta justicia las opciones políticas de los españoles. Igualmente el Reglamento de las Cortes, para que se incentiven debates más vitales y participativos, como fueron antaño o lo son en otros países. En tiempos pasados se censuró y señaló con encono al diputado absentista. Hoy sería higiénico tender a la desaparición del diputado borreguil. Me refiero al que asiste a los plenos, vota aburrido lo que le marca con el dedo el portavoz como si estuviera en primaria, atiende a sus asuntos, mantiene el móvil abierto, envía o recibe mensajes, obedece a quien orquesta los abucheos, no escucha los argumentos sino que actúa con la fanática obcecación de un hincha de fútbol, y con igual énfasis siempre está de acuerdo con lo que le ordenan y a eso se reduce su acción parlamentaria.

III

Todo lo anterior no ha dejado de ser sino el corolario de las actitudes mantenidas durante los últimos cuatro años por el Gobierno y la oposición. Tras las últimas elecciones de marzo de 2004 que dieron la mayoría relativa al PSOE y, en consecuencia, la posibilidad de formar gobierno, una parte del PP indujo el diseño de una estrategia de confrontación. Extendieron la especie de que los votantes habían sido manipulados y aquel triunfo era fruto de aquello. En cierto modo carecía según ellos de legitimidad. A lo largo de toda la legislatura aunque de forma más acusada en los dos primeros años, se percibía el latido de esta recriminación en la conducta de este grupo y en sus acciones e intervenciones.

Todo ello se ha traducido en una larga e incontenible serie de reproches, descalificaciones, acusaciones e insultos si al caso venía. En líneas generales sin presentar pruebas ni establecer los límites que exige la confrontación política civilizada y aún más el buen gusto. Todo ello unido a una obsesión que se diría enfermiza por culpar de todo lo acontecido, fuera lo que fuera, al Presidente del Gobierno, Sin embargo no parece que hubiera ninguna pasión patológica en tamaño proceder, sino diseño táctico que reinterpretaba aquel “¡Váyase, señor González!” que Pedro Arriola ideó para Aznar.

Por lo que al Gobierno toca, cumplió adecuadamente con el retorno de las tropas de Irak -hubiera sido impensable no hacerlo-. Se aprobaron algunas leyes de diverso calado que había propuesto el PSOE en su campaña. Pero cayó igualmente en trampas que hoy sus adictos califican de ingenuidades, pero que parecen algo más preocupante.

Las cuestiones más delicadas y en las que se ha mostrado mayor debilidad han sido ante todo aquellas que se relacionaron con los nacionalismos. En primer lugar por su deseo justificado de acabar con el terrorismo, lo que le llevó a sucumbir a la ambigüedad y hacer cálculos erróneos respecto a con quién se jugaba los cuartos. En segundo por las alianzas que tuvo que establecer. No basta con que un partido sea legal para convertirlo en socio o sustentador de un gobierno. Parece necesario que haya coincidencias notorias, coherencia en la lealtad y límites en las exigencias para que un acuerdo de ese calado prospere. De no ser así se pueden producir situaciones equívocas e incluso chantajes, y el Gobierno los padeció sobre todo en los dos primeros años de legislatura.

Nada de lo acontecido debería ser olvidado. Ese clima de confrontación irrefrenable, de martilleo continuo de consignas que eran enunciadas desde la cúpula del PP y eran repetidas hasta la saciedad por los periodistas afines, la destemplanza frecuente de no pocas intervenciones socialistas que caían en otra trampa: la de meterse en la refriega, todo son baldones a lo que debiera ser una actividad política propia de un país dotado de una democracia madura. He tenido frecuentemente la certidumbre de que todo gira obcecadamente más en torno a la cuestión del poder y lo que conlleva, clientelismo incluido, que al desarrollo de proyectos que emanan de nociones y convicciones respecto a la condición humana o a la idea de sociedad.

Gobernar debiera ser esto último y no dedicarse tan sólo a la simple satisfacción de los gustos de la plebe creyendo que en ello consiste ser popular o socialista. La propia idea de pueblo no es tan sólo el enunciado de una suma de individuos, sino de una colectividad que posee nervio cívico y horizonte de superación y desarrollo. En España existe, pero se obstinan en ocultarlo para que el populacho se enseñoree de la apariencia.

IV

Al arriscado y bronco devenir de la pasada legislatura, ha contribuido de modo ostensible la actuación de determinados personajes en los medios de comunicación, tanto en la prensa como en la radio y la televisión. Algunos programas y tertulias, incluso aquellas planteadas con cierto rigor y buscando el equilibrio de opiniones y tendencias, se han visto con frecuencia desbordadas por cierta gente que con absoluta desvergüenza se han dedicado a propalar hechos carentes de fundamentación o inicuas falsedades. No pocas veces han sido simples portavoces de consignas de partido. En general la extrema derecha mediática ha aprovechado la menor posibilidad para hacerlo así, pero también otros afines al Gobierno han repetido como papagayos afirmaciones elaboradas directamente en los despachos o criptas oficiales.

En la estrategia de la tensión generada por parte de algunos “rapsodas de la demagogia” para provocar una cierta desestabilización social, cuanto más agria y levantisca mejor, estos individuos han jugado un papel relevante. Para conseguirlo, no se han parado en barras y no han tenido freno ni por la responsabilidad de su oficio ni por el buen gusto exigible. Han procedido sin medida a insultos, descalificaciones, contundentes afirmaciones carentes de prueba fundamentada, magnificación de cualquier indicio como si de algo cierto se tratara, etc.

En estos casos, la simple opinión aunque sea un disparate o fraseología contumaz con añoranzas del antiguo régimen, se ha pretendido presentar como información. Esta presión mediática golpeando tenazmente un segmento de la ciudadanía, ha conseguido que éste se incline hacia las más perversas y reprobables incitaciones que pueden darse en democracia. Su banalidad sin límites, sus calificativos desconsiderados e infundamentados se lanzan al ruedo y jamás se retiran, aunque la realidad demuestre lo contrario. Recoger el rosario de necedades y estupideces que han salido de sus bocas o sus manos, ofrecería un prontuario de lo que es la extrema derecha española en la actualidad.

Sin embargo este tipo de actuación no se realiza de forma benemérita, como proyección de un fanatismo irreductible. Es un negocio. Muchos de estos “comunicadores” perciben emolumentos millonarios. Los asistentes a las tertulias perciben jugosas compensaciones. Las audiencias se fidelizan mediante dichos procedimientos lo cual redunda en beneficio de los medios en que colaboran y que, lógicamente, actúan con notoria complicidad.

Todas sus intervenciones tienen un nexo común. Un hecho determinado motiva una nómina de respuestas en la que se repite la misma opinión, sólo varía la dimensión de los calificativos. Es fácil percibir que existe una estrategia de coordinación entre ellos. ¿De dónde sale? Imagino reuniones tempranas en las que se lanzan las consignas que deben propalarse, pero quizás todo quede reducido a mensajes de móvil o a la obediencia de un jefecillo que marca el rumbo a seguir. Esta estrategia tensional lesiona gravemente en cualquier caso, tanto el sosiego institucional y el quehacer democrático, como la convivencia entre los españoles. Ni el trabajo de la oposición ni el ejercicio de la crítica que se atribuyen como derecho ontológico, son eso.                                                      

V

Al iniciarse el periodo previo a la campaña electoral “oficial”, el panorama ha cambiado radicalmente. Una catarata de promesas ha caído sobre la ciudadanía. Unos devuelven dinero de los impuestos, otros hablan de cientos de miles de nuevas guarderías y millones de puestos de trabajo, además de las variadas menudencias que les vienen a mano. La hosquedad sórdida del oprobio deja paso a la locuacidad de la quimera. Nadie va a responsabilizarse plenamente de lo que dice y lo que es peor, en la barahúnda mediática que les rodea los ciudadanos olvidarán pronto todo esto y volverán a caer en la trampa de idénticos despropósitos dentro de cuatro años. Puede que fuera suficiente exigir al político que así hace que explique cómo y selle un compromiso.

No deja de ser revelador que el aspirante a la nominación demócrata en Estados Unidos, Barak Obama, diga a sus partidarios que propone un cambio profundo en la sociedad americana y que por tanto éste no será ni fácil ni rápido. Es una demostración de sensatez. Aquí nos hace falta mucha sensatez y ponderación, pero cuando lo que domina es lo sensacionalista sobre la verdad, lo fullero sobre lo responsable, lo fantasioso sobre lo cierto, la pirotecnia sobre el trabajo serio, los discursos argumentados tienen poco crédito y no lo tendrán hasta que los ciudadanos no los reclamen y exijan otra forma de hacer política.

No esperamos mucho por lo que respecta a la cultura y menos al teatro. Silencio tras silencio. Quizás algún partido se decida a incluir en su programa alguna de las iniciativas de fondo que tan urgentes son en el campo de las artes escénicas. De lo escuchado hasta la fecha no se deduce que sea así. Pero cuando menos, las gentes de la cultura debían reclamar en quién piensa el candidato para ocupar el Ministerio de Cultura, a fin de evitar desagradables sorpresas como la que nos dio el Presidente del Gobierno al elaborar su primer Consejo. Todavía sigue sin dar una explicación convincente del por qué de aquello.

Cada cual vote según crea o entienda o que lo haga en blanco, pero que vote como ciudadano y como tal no se conforme tan sólo con echar una papeleta, sino que se proponga impedir que nadie pueda ejercer sus responsabilidades con impunidad. ¿Cómo hacerlo? Puede que haya que reformar más cosas en nuestra democracia.

 

Revista ADE-Teatro nº 119 (Enero-Marzo 2008)

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La mirada incrédula

2008-01-01

 

Por Manuel F. Vieites.

Y de nuevo llega marzo. Pero ahora marzo de 2007. Cuatro años después de aquel 14M, en que se disparaban tantas expectativas. Cuatro años después de oír la voz que clamaba “¡No nos decepciones!”. Una voz que, con tantas razones y cautelas, nos situaba ante la posibilidad de la frustración.

En la misma lógica republicana que entonces se invocaba, lo normal ahora sería que el equipo electoral del ciudadano Rodríguez Zapatero tratase de trasladar a la ciudadanía los proyectos que se quieren desarrollar para la mejora de las condiciones y las perspectivas de vida de todas y todos nosotros, votantes y no votantes; porque los menores, los residentes o los ilegales también debieran contar.

Lo que ocurre es que los equipos electorales saben bien dónde se juega la partida, es decir, la mayoría suficiente. Eso nos lleva a pensar que lo que realmente interesa es atraer esa masa de votantes que se consideran críticos para voltear la balanza en una dirección u otra. Sabemos que las gentes de teatro, y sus votos, poco o nada cuentan, porque unos miles de votos en nada son decisivos en lo que está en juego, que nada tiene que ver con una democracia participativa o deliberativa, pero sí con una democracia representativa, que es a lo que están. Por eso, son tan difíciles de aceptar las referencias a Pettit y al republicanismo. También era difícil de tragar el patriotismo constitucional de J. Mª Aznar, y así lo dijimos (y otros y otras…, callaban).

Lo bueno sería lo otro, es decir, entender que el teatro también es un sector que, como los restantes, hay que atender, en tanto forma parte de la acción de gobierno, como bien de cultura, según la Constitución en vigor. Lo otro, en definitiva, no es otra cosa, al menos para nosotros, que el pleno desarrollo de un sistema de creación y difusión cultural, como es el teatral, a partir de un plan de vertebración y estructuración; pero no para defender intereses particulares como los que pasean por despachos, foros y congresos, los que se dicen amigos y compañeros de partido, a veces incluso presumiendo de carné. A diferencia de los que aspiran a convertir el sistema teatral en un negocio, en su negocio, nosotros no estamos en esto por la pasta ni por la plata. Nace de un convencimiento, político e ideológico, de que el teatro es un bien cultural, una manifestación artística y cultural, que se hace cada vez más necesaria para construir una sociedad más tolerante, plural, abierta, libre y solidaria. Seguimos pensando que el teatro es la más republicana de las artes, la más comunitaria, en tanto se vincula al desarrollo de la comunidad, en muy diferentes niveles, también en el económico, creando riqueza, tejido productivo y puestos de trabajo.

No estamos en esto por la plata ni por el mercedes, como tampoco lo estamos por el complemento de destino que cabría sumar a nuestro sueldo de funcionarios una vez lejos de la dirección general, de la subdirección, o del equipo de asesores y asesoras… Estamos por lo otro, por el teatro. Pasarán pues los directores y directoras generales, los subdirectores y subdirectoras, los asesores y las asesoras, y seguiremos con lo nuestro, con lo de siempre. Y ellos y ellas volverán a sus vidas, y su paso por el mundo de la cultura habrá sido tan efímero como sus obras. Nada en el haber, mucho en el debe, infelizmente.

Porque para las artes escénicas han sido cuatro años que en nada se han diferenciado de los cuatro años anteriores, para sonrojo de muchos, incluido el de quien subscribe, que para eso votó por quien votó. Nada ha cambiado y todo sigue igual, aunque no faltaron voces que querían incluso que las cosas fueran a peor. Y podrían haber ido, ciertamente, si determinadas cosas se hubiesen consumado. Menos mal que el cese llegó a tiempo, aún a pesar de quienes se afirmaban en el despropósito. Y en ese asunto allá cada cual con su conciencia y con lo dicho o declarado. Habrá quien afirme que, después de todo, las cosas tampoco han ido tan mal, pero entonces habría que dejar clara la perspectiva desde la que se habla. Yo mismo no debiera afirmar que las cosas han ido mal, situado en el plano estrictamente personal; incluso podría decir que en lo que a mí misma mismidad concierne, han ido de perlas. Pero en el nivel colectivo, o comunitario si se quiere, en el arreglo de los teatros, en suma, las cosas han ido rematadamente mal, y ahí es donde debemos ser capaces de alejarnos de nuestra circunstancia personal y movernos en un plano más general. ¿Cabría preguntar si ha habido, en política teatral, una sola medida de fomento estructural que se pueda considerar en el haber del gobierno, más allá del baile de nombres y nombramientos? ¿Una sola medida en el campo del arreglo de los teatros? Y hablamos de “arreglo de teatros” no por amor a la retórica sino por reclamar una reforma estructural del sistema teatral que se defiende de antiguo, desde Jovellanos o Moratín.

Bueno, en realidad sí ha habido una buena noticia. La inclusión de una asignatura de contenidos teatrales en el Bachillerato de Música y Artes Escénicas. Pero la medida pierde calado, a pesar de su importancia, si pensamos en que el expediente de la regularización de las enseñanzas teatrales sigue sin resolverse, y lleva camino de eternizarse. A diferencia, de lo que ocurre en Europa, o en América del Norte. Y en ese campo, en el de la convergencia con Europa para las enseñanzas artísticas, las posibilidades eran muchas, sobre todo considerando su escaso coste, político, social o económico. En realidad eran todo eran ventajas, y satisfacción universal de los usuarios y usuarias. Pero…

Cuatro años después, ya no cabe dirigir carta alguna al ciudadano presidente. Menos aún al ciudadano candidato del otro partido con posibilidades, al colocado de J. Mª Aznar, porque en este caso me puede invocar al primo, o al cuñado..., y a ver entonces que hacemos. No cabe hablar del arreglo de los teatros, ni invocar la mentalidad republicana, por mucho que Pettit se pasee por Madrid…, para acompañar en la foto, claro está. Los hechos están a la vista. Incluso el encuentro de Sevilla, fraguado al calor de un supuesto cambio, aumenta la decepción. Nuestra mirada no puede ser positiva, pues ante lo que vemos y oímos sólo cabe la incertidumbre cuando no la incredulidad.

Se ha perdido una legislatura, al menos en el plano colectivo, en el plano del desarrollo del campo teatral, de su vertebración, de la promoción de todos los elementos que integran su globalidad, de forma ponderada y equilibrada. Se han perdido cuatro años que tal vez con otros programas y otras personas habrían servido para iniciar un camino que probablemente ahora consideraríamos irrenunciable. Y el gobierno, en su conjunto, y los responsables de cultura del gobierno y del partido debieran pensar detenidamente cuál es el balance que pueden presentar para que la ciudadanía entienda que en el campo teatral se ha hecho algo. Y luego debieran pensar muy detenidamente si es que en el campo teatral les interesa hacer algo, porque a lo mejor la respuesta es no y siendo así, y diciéndolo así, todos sabríamos a qué atenernos.

La palabra teatro es escasa, casi inexistente, en el vocabulario empleado por los más altos responsables del gobierno y del Ministerio de Cultura, como lo es en el discurso de los otros partidos. Y eso debe hacernos reflexionar a todos, pero, en primer lugar, debiera ser un motivo de reflexión para el propio gobierno y para el grupo político que lo sostiene, o para los que aspiran a ser gobierno. Todos sabemos lo importante que puede ser una televisión cultural, la Ley del Cine o la promoción de la industria audiovisual, y nos alegramos de que el gobierno camine en la dirección de promover las industrias culturales. Pero ello no impide que se apoyen otras expresiones artísticas que, sin ser industrias, pueden hacer importantes aportaciones en la generación de riqueza y bienestar, en la creación de puestos de trabajo y en el desarrollo comunitario. Y todo esto no lo decimos nosotros, lo viene afirmando la Unión Europea, y así se hace, por ejemplo, en diversas publicaciones del Consejo de Europa desde finales de los setenta.

La Asociación de Directores de Escena ha presentado recientemente un documento que contiene un conjunto de medidas para el gobierno de los teatros que debiera ser motivo de consideración y de reflexión para nuestros representantes, o para quienes aspiran a serlo. No son medidas que nazcan de la reivindicación gremial o corporativa sino que tratan de incidir en todos y cada uno de los ámbitos de eso que hemos definido como sistema teatral. Tras la presentación de nuestra propuesta de unas bases para una Ley del Teatro, estas medidas vienen a complementar aspectos normativos que para nosotros son fundamentales. Son medidas que nacen, además, de una observación atenta de lo que ocurre en nuestro entorno, en todos esos países con los que debiéramos converger.

Y en esa dirección, la observación del entorno, tal vez no estaría de más que el Partido Socialista, en ese afán por mejorar su programa electoral, también en el campo de la mejora de los teatros, se rodease de personas de reconocido prestigio llegadas del exterior. Si es que de verdad se quiere convertir el teatro en un sector estratégico en el ámbito de la creación y la difusión cultural, como lo es en muchos otros países, desde Alemania a los Estados Unidos de América.

Si la creación de ese nuevo DREAM TEAM es una buena noticia, a la vista de la incapacidad de los ciudadanos y ciudadanas españolas para aportar ideas, la incorporación al equipo de expertos en políticas teatrales la convertiría en excelente. Sería magnífico que el programa teatral fuese una suma de todas las buenas prácticas que se han desarrollado en el mundo. No tenemos la más mínima duda de que así tendríamos un programa maravilloso en el que, con un poco de Inglaterra, otro poco de Canadá, esto de Francia, eso de Alemania, y aquello otro de Hungría o Chequia, se pondrían en marcha líneas de activación teatral de tal calibre que en pocos años nuestro sistema estaría felizmente irreconocible. Y entonces sí que habría convergencia teatral con Europa, porque se estarían aplicando políticas europeas.

No podemos perder otra legislatura, porque el modelo actual de política teatral está agotado. Sería deseable ese Pacto por la Cultura varias veces reclamado desde estas páginas, que permitiese y sustentase un Pacto por el Teatro, de forma que muchas de esas propuestas y desarrollos que se vienen realizando en toda Europa o en América del Norte desde hace decenios se pudiesen aplicar finalmente en España con independencia del partido en el poder. En ese caso estaríamos ante la evidencia de que el teatro sí sería entendido como un bien cultural y como un servicio público.

No debemos perder otra legislatura. Por eso es hora de que los partidos políticos, en un ejercicio necesario de responsabilidad democrática, asuman la obligación ética de mostrar a la ciudadanía aquello que tienen intención de hacer en los diferentes ámbitos de la acción de gobierno. En educación, en sanidad, en economía, en cultura. Y en el caso de la educación y la cultura deben señalar lo que piensan hacer en el campo de lo teatral, para que todos nosotros, hombres y mujeres, podamos decidir libremente aquello que vamos a hacer con nuestro voto y, posteriormente, poder reclamar promesas o aplaudir hechos. Pero no es que como ciudadanos y ciudadanas no nos interesen otros ámbitos de la acción de gobierno, que sí nos interesan, y mucho. Pero el campo teatral agrupa a muchas personas, desde los estudiantes de arte dramático a los propios creadores escénicos. Y es lógico que todas esas personas quieran y deban saber a qué atenerse porque los programas de acción de gobierno pueden contener signos de esperanza o de decepción. Así, la creación de una compañía residente en cada ciudad de más de cien mil habitantes generaría, como poco, más de mil puestos de trabajo directos, lo que para el sector sería una noticia excelente. Así, la promoción de las enseñanzas teatrales en primaria y secundaria permitiría crear no sólo un número muy elevado de puestos de trabajo para los titulados en arte dramático, sino generar nuevas dinámicas de creación y difusión cultural en los centros y en sus entornos. Así, la promoción de la animación teatral permitiría crear no pocos puestos de trabajo sino potenciar líneas de desarrollo comunitario en barrios, pueblos o aldeas basadas en la participación y la recuperación de la idea de comunidad… Sumando, sumando…, podemos llegar a más de cinco mil puestos de trabajo.

Como vemos, no estamos ante una cuestión baladí. Por eso, desde aquí les emplazamos, a todos ellos, y sin excepción. Definan sus programas de educación, animación y dinamización teatral, y decidan igualmente sus programas en materia de política teatral. No olviden que ese es su trabajo, proponer para que nosotros podamos decidir. Propongan…, porque algunos hemos decidido que, al menos en materia teatral, queremos ser europeos.

 

Revista ADE-Teatro nº 119 (Enero-Marzo 2008)

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