Artículos y noticias

¡No nos defraude, por favor!

2004-04-01

 

Carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero, en la que expone algunas consideraciones sobre el arreglo de los teatros en España.

Entre la clase política se ha extendido la costumbre de situar sus textos y discursos fuera del contexto en que se emiten, y es así que se nos antojan ajenos a la realidad, como si quienes viven o pernoctan en la política tuviesen alguna prerrogativa para situarse por encima las contingencias del presente. Con bastante frecuencia la clase política realiza afirmaciones que curiosamente minan su credibilidad, lo que nos puede dar una idea de la escasa estima que parecen sentir por sus conciudadanos. Así, en campaña electoral es frecuente observar cómo se pierde toda noción de la realidad y se realizan promesas que sólo los incautos y los inocentes en grado sumo pueden aceptar. Pues ya sabemos que una buena parte de lo que anuncia, proclama y promete la clase política, se podría haber realizado si de verdad creyesen todo cuanto dicen. Y es que muchos de los que aspiran a iniciar o prolongar su carrera en la Corte, la han comenzado y desarrollado en sus ciudades, provincias y autonomías, pues es difícil encontrar hoy en día un solo partido político que no ejerza alguna cuota de poder, por pequeña que sea. Todos, de una forma u otra, la tienen, sea en un Ayuntamiento, en una Diputación o en una Comunidad Autónoma. Y bueno sería poder decir que allí dónde ejercen el poder esos próceres de las patrias, pues varias son las que habremos de considerar, han desarrollado esas ideas que nos proponen cuando nos piden el voto para trasladarse a la Corte. Es incomprensible e insostenible que anuncien que desde la Corte sí harán todo aquello que en sus ciudades, provincias o autonomías, no han hecho. Si grave es que el partido en el gobierno siempre anuncie que en la legislatura próxima se ocupará de los problemas que ha olvidado en la que termina, no es menos grave que la oposición olvide que muchas de las medidas que anuncia ya podrían haber sido implementadas allí donde ejerce mando y gobierno.

Es cosa digna de lamentar ese comportamiento irracional que cabría analizar desde diferentes perspectivas, de la sociológica a la psiquiátrica, pues no acertamos a entender cómo una persona puede prometer aquello que ha negado. ¿Cuáles son las diferencias en política cultural entre la Xunta de Galicia y la Junta de Andalucía? ¿En qué se diferencian las políticas culturales de Castilla-La Mancha y Castilla y León? ¿Dónde situar las diferencias si tomamos como referencia las políticas culturales de ciudades como Bilbao, Córdoba, Salamanca, Pontevedra o Tarragona? ¿Dónde las diferencias, insisto? ¿Las hay? Pues no..., y menos en el campo de las Artes Escénicas. Más allá de cuatro medidas populistas, o de algunos símbolos circunstanciales como una escuela municipal de teatro, un festival o un plan de animación teatral muy localizado, la sintonía entre los partidos que detentan el poder en esas y otras ciudades y comunidades es apabullante, al punto que podríamos afirmar que estamos ante un mismo programa. Y nos referimos a todo el arco parlamentario, sin excepciones, del Parlamento Español.

Hablamos, claro está, de políticas carismáticas, patrimonialistas, elitistas o centradas en la promoción de la recepción de los productos de la industria cultural para las masas y ajenas a los discursos que incluso desde la Comisión Europea, en la década de los setenta, potenciaron propuestas de democratización de la cultura y de democracia cultural; propuestas y programas de acción cultural que perseguían potenciar valores como la participación, la creatividad, el pensamiento divergente o la conciencia crítica, tan queridos a esa Escuela de Frankfurt a la que Usted, ciudadano Zapatero, se refiere con relativa insistencia, lo cual le honra, al menos intelectualmente. En la inmensa mayoría de los Ayuntamientos, Diputaciones y Comunidades Autónomas del Estado se han desarrollado políticas culturales claramente alejadas de esa mayoría integrada por las gentes del común, a las que hemos de sumar, infelizmente, las dinámicas de cierre de fronteras impuestas desde las Comunidades Autónomas, que en un ejercicio de endogamia difícilmente justificable han olvidado principios básicos del republicanismo o del federalismo, como la no centralización, la no dominación, la organización reticular del tejido social y cultural o el cosmopolitismo. Y es que incluso dinámicas propias del colonialismo más atroz se aplican desde discursos supuestamente anticoloniales. Paradojas del nacionalismo que ya explicaba décadas atrás Franz Fanon. La ideología, como señalaba Terry Eagleton, no se manifiesta en las palabras, que sólo son palabras, sino en la forma de ejercer el poder, en la manera en que se concibe la interacción social.

La cultura es un bien común con múltiples potencialidades y que puede contribuir a lograr los más diversos objetivos. Algunos muy queridos por Usted, como la consecución de una democracia participativa y deliberativa, sin olvidar que se trata de un sector fundamental para la creación de nuevos bancos de trabajo y de nuevas ocupaciones, especialmente relevantes para la juventud, otra de sus preocupaciones proclamadas. Y la cultura, su organización y pleno desarrollo, es una de las asignaturas pendientes de los países que integran este Estado, y del propio Estado, cuestión en la que también se deja sentir la falta de un proyecto claro de organización de la acción cultural que, en mi modesto parecer, debiera apostar, sin complejos, por un modelo federal en el que el Ministerio de Cultura, cada vez más necesario, tendría entre otras funciones la de establecer mecanismos para el diseño, coordinación y desarrollo de políticas interautonómicas o de dinámicas más globalizadoras, al margen de la cada vez más urgente acción exterior. El Ministerio de Cultura debiera ser, en efecto, un verdadero vivero de ideas, proyectos, iniciativas y programas orientados a establecer pautas de desarrollo del campo cultural y a establecer dinámicas de cooperación entre ciudades, provincias, comunidades, naciones y estados.

En el campo de las artes escénicas, todo está por hacer, pues más allá de la creación de instituciones, recuperación de espacios o desarrollo de algunas medidas de promoción, y debidas en su inmensa mayoría a anteriores gobiernos socialistas, no se ha sabido o no se ha querido elaborar y poner en práctica un programa de creación y desarrollo de tejido teatral, concepto que nace del estudio sistemático del sistema teatral. La idea misma del teatro como sistema nos sitúa en la convicción de que las políticas teatrales deben potenciar todos y cada uno de los elementos, estructuras y funciones que le son propios a esta milenaria manifestación artística. Entender el teatro desde la perspectiva de la organización sistémica supone, por ejemplo, considerar por igual la promoción del teatro comunitario y la creación de núcleos estables de producción en todas y cada una de las ciudades de más de cincuenta mil habitantes, normalizar las enseñanzas teatrales en todos los niveles educativos y crear una red organizada de festivales de teatro, incentivar la creación y formación de públicos y concebir la investigación escénica como un sector estratégico para el desarrollo de la renovación y la innovación. Hablar de sistema implica instalarse en una perspectiva integral y globalizadora, en aquello que Edgar Morin denominaba "lógica de la complejidad", otro concepto que no le resultará ajeno. Hace falta, claro está una Ley de las Artes Escénicas que regule su promoción como un verdadero servicio público y como un sector estratégico en el desarrollo sociocultural y económico, y en ese sentido tanto el Ministerio de Cultura como el de Educación, en lo que compete a la educación teatral, no pueden ni deben eludir su responsabilidad histórica.

Sabemos bien, estimado conciudadano, que la puesta en marcha de políticas culturales concebidas desde las perspectivas señaladas, orientadas a situar al teatro en el centro de la vida comunitaria, habrían de contribuir sin duda al fortalecimiento, diversificación y enriquecimiento de la esfera pública, ese otro concepto tan querido a Jürgen Habermas o Hannah Arendt, lo que incidiría positivamente a la mejora de la calidad de vida de la ciudadanía, sin olvidar las implicaciones que una esfera pública abierta a la deliberación puede tener en el desarrollo de la civilidad y de una ciudadanía cosmopolita, ideales sobre los que la profesora Adela Cortina ha escrito algunos libros sobresalientes, que Usted, por lo que sé, también tiene en mucha estima.

Pero se trata de mucho más que un cambio de rumbo. Es necesario un cambio de paradigma, tal y como lo entendía el profesor Thomas S. Kuhn. Abandonar la razón instrumental de la que nos hablaron Max Horkheimer, Theodor Adorno o Herbert Marcuse y apostar decididamente por la razón crítica, que como señalaba Karl Otto Apel insiste en el interés emancipador del conocimiento, y todos sabemos que el teatro, desde las primeras celebraciones escénicas de las culturas del Creciente Fértil o desde las aportaciones de la Tragedia Ática, ha constituido un singular instrumento para la construcción y gestión del conocimiento, un espacio para el debate, la deliberación y para la comprensión de la alteridad. De ahí que las artes escénicas puedan jugar un rol trascendental en la construcción de la república, tal y como la concibe y formula su admirado Philip Pettit y que tantas similitudes parece guardar con una nueva Ilustración.

Para ello precisamos de un gobierno conformado por ciudadanos y ciudadanas que destaquen por su virtud, sus saberes y su experiencia contrastada en la gestión republicana, por personas que, ajenas a esa moda tan extendida de "vestir el cargo", pretenden ejercerlo de verdad y en beneficio de todos. Precisamos también de un gobierno en el que los programas se sitúen por encima de los cargos y se desarrollen incluso a pesar de ellos. La improvisación es una técnica dramática que tiene muchas posibilidades cuando está adecuadamente planificada y orientada a objetivos concretos, pero en política puede dar lugar a los más diversos despropósitos. Lamentablemente, el campo de las artes escénicas ha padecido durante años la aplicación de políticas que por improvisadas, fragmentarias, unidireccionales, mecanicistas o economicistas, parecen haber tomado los axiomas más nefastos de la filosofía analítica americana. Por eso, más que hablar de cambio, y disculpe la insistencia, debiéramos plantear la necesidad de un verdadero grado cero, de un nuevo punto de partida que implique la llegada de la modernidad a nuestro teatro, pues lo grave es que en España, en materia de artes escénicas, pasamos del Antiguo Régimen a la Posmodernidad en apenas un suspiro. Reclamamos pues, ciudadano presidente, nuestro derecho irrenunciable a la modernidad y a la plena modernización del sistema teatral en su asombrosa y maravillosa heterogeneidad y diversidad.

En la noche del catorce de marzo de 2004, justo en el fragor de la victoria, y entre los vítores y chanzas de una emoción todavía contenida por el dolor del salvaje atentado terrorista del 11M, sonó una voz limpia y valiente: "¡No nos falles!". Y esa voz pasó a representar las voces de muchos ciudadanos y ciudadanas que en ese mismo momento pensaban lo que aquel joven anónimo supo verbalizar con claridad. Pues las elecciones, ciudadano Zapatero, no las ganó el PSOE, sino esos ciudadanos y ciudadanas que ese día decidieron ir a votar, esos compatriotas que aumentaron de forma substantiva el índice de participación y le ofrecieron a Usted una oportunidad para llevar a cabo un cambio de dirección y talante en tantas y tantas cosas. En esos electores que decidieron renunciar a la abstención y acudieron a las urnas, estuvo la clave de su victoria y la de su partido. Por eso, y por tanto como hemos padecido y llorado en los últimos años, tenemos el derecho y el deber de pedirle que no nos falle, que no nos defraude, pues hay mucho en juego. Sobre todo nos jugamos la posibilidad de seguir pensando que las utopías son necesarias, que los cambios son posibles y que todos tenemos derecho a un futuro mejor. También en el campo del teatro. Apoyos no le van a faltar, no lo dude; será cuestión de que los quieran buscar y los sepan mantener.

Revista ADE-Teatro nº 100 (Abril-Junio 2004)

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El pavo de Bush

2004-01-01

Por Juan Antonio Hormigón.

El mundo del teatro debe estar altamente reconocido al señor G. W. Bush, Presidente de los USA -utilícese para mayor énfasis la prosodia del sr. Trillo-, por la permanente utilización de procedimientos teatrales. Su presencia pública en discursos, ruedas de prensa o entrevistas protocolarias adopta casi siempre, como ya expliqué en otra ocasión, un estudiado escorzo, con su hombro y brazo derechos claramente proyectados hacia delante, el rostro casi frontal, la mirada indefinida y los labios fruncidos. Sus palabras siguen una cadencia pausada para que unos cuántos slogans calen en los oyentes como si fueran verdades reveladas. Sabe que diga lo que diga algunos las toman como si fueran la verdad, aunque sean flagrantes mentiras perfectamente documentadas.

La sacralización de la figura del Presidente como mediador político entre la divinidad  y los vasallos, tan repetidamente difundida por los medios de comunicación y el cine de consumo banal estadounidense, ha hecho de su figura una especie de personaje revestido de virtudes pontificias, de sabidurías omnímodas y soleras espirituales que van incluso más lejos que las que se atribuían los reyes absolutos. Ello explicaría por qué un alto porcentaje de sus habitantes cree todavía que Irak poseía armas de destrucción masiva o que su país guerrea sin denuvo a favor de la paz y la libertad. Se lo dijo un día el Presidente y ellos lo siguen creyendo aunque la realidad y las investigaciones demuestren lo contrario de forma concluyente.

Todos estos procedimientos teatrales que impregnan la vida política y la dimensión pública de tantos individuos en la esfera religiosa, de la comunicación, de los negocios, etc., en el caso de G. W. Bush adquieren una evidencia casi procaz. Con el rostro no hay casi nada que hacer, es difícil borrar la expresión que le adorna; el cuerpo sin embargo sigue unas pautas estrictas en su disposición espacial. En muchos momentos queremos adivinar los cabos que manipulan sus gestos cuidadosamente. Esperamos ver al trujumán que mueve sus articulaciones como hacen los expertos artífices con las marionetas de hilos.

Bush ha sido en este terreno un alumno tenaz, hace todo lo que le indican, pero no ha conseguido integrar lo que dice y lo que hace con una cierta verosimilitud. Cualquier observador mínimamente informado sabe de sobra que ese cuerpo y esa verbalidad son tan sólo la apariencia de quien ostenta una función pero no la ejerce. Las decisiones las adoptan otros, Cheney y Rumsfeld sin duda, pero como integrantes de los grupos económicos del complejo armamentístico y petrolero que propenden y pretenden el dominio del mundo y su explotación sin reservas para su propio beneficio. No consigue ser un actor sino una marioneta.

Para comprender la dimensión del esfuerzo realizado por G. W. para servirse de instrumentos escénicos en la representación del personaje del Presidente, basta observar las fotografías o grabaciones videográficas en que aparece fuera de contexto. Un periódico nacional ofrecía hace muy poco una imagen en la que se le sorprendía en un pasillo, leyendo un documento que otro individuo le mostraba. Mostraba su perfil izquierdo, el menos agraciado, sospecho. Embutido en sus gafas, con un ligero contrapicado en la toma, su imagen emanaba vulgaridad zafia y un descuido bien diferente al de las imágenes oficiales. Es lo que se observa también cuando le vemos con pantalones vaqueros y camisa a cuadros o en atuendos deportivos: Es ahí donde se trasluce a la perfección la tosquedad manifiesta, la puerilidad flagrante y la esplendorosa inanidad no disfrazada que le define.

Todo ello nada quita para que Bush sea un apasionado seguidor de los recursos escénicos. El momento más notorio sin duda, corresponde a su paseo radiante entre las tropas de ocupación que mantiene en Irak, el día de acción de gracias (se supone que tiene un dios a su medida a quien agradecerle sus proezas), enarbolando triunfante una bandeja con un enorme pavo. El ave convenientemente desplumada y asada, ofrecía un color espléndido, unos reflejos rutilantes de jugos exudados, una guarnición dispersada con mimo. G. W. se pavoneaba exultante con la ofrenda culinaria entre sus profesionales de la guerra que reían entusiasmados y aplaudían, como lo hicieron meses antes en el portaviones en que lo vieron disfrazado de piloto. Cosas de la disciplina.

Tuve la impresión de que se trataba de una puesta en escena cuidada con esmero por algún patriótico cineasta, cuyo objetivo era conseguir una foto que difundir por las agencias. Era evidente que se trataba de propaganda en estado pueril, destinada al consumo de esos individuos tan grandes y tan bienpensantes que se  creen todo lo que les dice y además lo ensalzan. Pero ciertamente teníamos el pálpito de estar ante una pura ficción, una apariencia hiperbólica y desmesurada.

A los pocos días se confirmó el supuesto: el pavo enorme, brillante y de tonalidad broncínea era de atrezzo. ¡Qué monumento al teatro el concebido por G. W. y sus asesores! Un poco antiguo, es cierto, pero de arraigada estirpe en los anales. A fines del siglo XIX, Emilio Mario puso en marcha en España la renovación que suponía abandonar los pollos de cartón, al igual que otros objetos como copas, platos, vasos, jarras, etc. del mismo jaez, por comida y utensilios reales. Lo mismo se hizo también en Francia y poco después en los Estados Unidos por los impulsores del naturalismo, que lo hubo. Sería mucho pedir que el amigo George estuviera al día en cuanto a procedimientos escénicos. En todo caso el recurso puede ser antiguo pero eficaz, pocos parecen preocuparse por lo que la evidencia supone.

¿Se imagina alguien a Cánovas, Clemenceau, Maura, Azaña, Churchill, De Gaulle, De Gásperi, Adenauer, Willy Brandt, Indira Ghandi, Ho-Chi-Min, Allende, Olof Palme y tantos otros, haciendo algo parecido? Un comportamiento así hubiera provocado  notoria escandalera, descalificaciones y convertido al protagonista en el hazmerreír internacional. Eran otros otras circunstancias, otra la medida del valor de los individuos, otra quizás la ciudadanía.

Pero el tiempo ha corrido, el pensamiento único y la globalización imperial traza sus normas para hacer que todo sea posible, que cualquier banalidad pueda enunciarse como sabio juicio o actiud heroica. Aquellos políticos eran, al margen de las coincidencias o distancias que tengamos con sus planteamientos, individuos con una idea de la gobernación, de los seres humanos e incluso de la historia en muchos casos. Todos ellos tenían responsabilidades de gobierno y pertenecían a la vieja Europa o habían sido formados en ella. Ahora al parecer no pasa nada, tal vez la excusa para hacer un chiste, pero ya estamos hartos de chistes y de los graciosos que los cuentan. Les hemos visto con demasiada frecuencia, como buenos borregos, acudir solícitos  a limpiar las botas de quienes fueran objeto de su bromilla, y después, si se tercia, votarlo.

Nadie con cierto nivel cultural, alguna información y una pizca de sentido crítico debería dejar de percibir la distancia que media entre la ficción aparente y la realidad. De no ser así la responsabilidad es suya.

2

J. M. Aznar, Presidente por unos días aún del gobierno de España, tras una de sus últimas visitas a las posesiones de G. W. Bush se ha explayado cristalino: Europa no comprende que Bush es un Emperador y sus razones son inmarcesibles para las pobres gentes que pueblan el viejo continente. El sí que sabe con quién debe estar y por eso alínea inequívocamente a España con las decisiones que tome, sin preguntar y sin fisuras, como mandan los cánones del vasallaje.

Son curiosas estas afirmaciones porque traslucen a las claras el alejamiento e incluso el desprecio que muestran hacia Europa como cultura y como proyecto. Algo similar han dicho los gobernantes polacos y ambos, dirigentes políticos de España y Polonia, lograron que no se firmara la Constitución europea. Por otra parte, todo Emperador tiene una misión imperial y un imperio tácito o explícito del que se considera amo y señor. Los últimos en hablar de imperio sin rebozo fueron los fascismos alemán, español, italiano, japonés, etc. La noción de imperio no ha gozado desde entonces de buenos auspicios, incluso en el miserabilista lenguaje "políticamente correcto", cuando menos desde el inicio de los procesos de aparente descolonización.

Con la audacia política que le caracteriza, J. M. Aznar viene a recuperar las antañonas ambiciones del Imperio joseantoniano, enunciadas en uno de sus himnos, Montañas nevadas: "Voy por rutas imperiales caminando hacia Dios". ¡Memento!, que diría Valle-Inclán siguiendo la tercera acepción del diccionario de la Academia.

Aquel gallego taimado, déspota y cruel, que sojuzgó a España durante cuarenta años inhóspitos, hizo gala de una astucia primaria pero calculadora cuando resistió las tentaciones de entrar en un conflicto bélico en el que la Alemania nazi y la Italia fascista parecían vencedores seguros. Hitler y Mussolini le habían enviado barcos, aviones, artillería y divisiones para que triunfara en su "cruzada" contra la República Española -la gasolina, eso sí, la sirvieron compañías estadounidenses-, pero no dudó en escurrir el bulto a la hora de embarcarse en una guerra.

Entre la "neutralidad" y la "no beligerancia", vendiendo wolframio a manos llenas a los nazis y reduciendo las partidas después, a tenor de las presiones de aquel inaudito embajador apellidado Hayes y de las promesas de Roosvelt de que nadie le quitaría lo que había conquistado por derecho de guerra; dejando campar por sus respetos a los agentes del servicio secreto alemán y de la Gestapo, y reduciendo después de forma drástica sus movimientos, escurriéndose siempre con sinuosidad de reptil para no adoptar ningún compromiso que no favoreciera sus intereses, acertó a mantenerse al margen de aventuras cuyo futuro, quizás adivinaba dudoso. Antes que ninguna otra cosa, y por supuesto de cualquier planteamiento sobre la gobernación de España que no fuera el reconocimiento de que se trataba de su feudo o finca particular, su objetivo supremo no era otro que el de seguir donde estaba a cualquier precio.

La visita de Eisenhower fue un baldón para el Presidente de los Estados Unidos y una amarga decepción para los demócratas españoles, pero ni aun entonces, aunque lamiera sus pasos y le entregara pedazos de nuestro país en forma de bases, se atrevió a llamarle Emperador. No hubiera estado bien visto y el veterano general reciclado en Presidente hubiera posiblemente padecido una situación incómoda.

¿Por qué J. M. Aznar se ha convertido en un imitador de G. W. Bush? ¿Por qué ha apoyado sin reservas ni límites todas sus decisiones y actuaciones por muy arbitrarias, contrarias a derecho o destructivas que fueran? Freud se ocupó con cierta amplitud de los comportamientos propios de la neurosis obsesiva, que quizás pudieran ofrecer algunas explicaciones, pero exigirían un hilado muy fino y no es éste momento ni lugar para acometer su relación. Sí resulta pertinente sin embargo preguntarse por los intereses de Aznar. ¿Cuáles son? ¿Qué le ha llevado a actuar así en los dos últimos años? Tras el tono conciliador de su primera legislatura, la segunda se ha visto marcada por la crispación, aspereza, el desprecio y la prepotencia respecto a buena parte de la ciudadanía, que no participaba de sus planteamientos ni actuaciones. Como intérprete de su personaje siempre ha exhibido limitaciones notables: Cuando está serio trasmite una solemnidad acartonada y despectiva, cuando sonríe sobrecoge por lo que su rictus parece traslucir. Todo esto se ha acentuado en su último periodo de gobierno. ¿Por qué?

España ha caído en el dominio de las apariencias sobre el valor de lo que cada uno hace merced a su trabajo. No cuenta nada la preparación para un cargo concreto, sobre todo en el terreno cultural, sino tener la desvergüenza de aceptarlo aunque no se sepa nada de la materia o se carezca de las capacidades para desempeñarlo. El pavo de Bush se ha convertido en el totem que ejemplifica la lenidad de los tiempos que corren. Los cargos públicos de todos los órdenes se ejercen con alguna frecuencia como cosa propia, al margen de toda responsabilidad respecto al significado de lo público, con arbitrariedad suma que permite trastear con los amigos aunque nada tengan que ver con la materia que se aborda. Lo que no se considera es el valor del trabajo bien hecho, del conocimiento y el saber o de los proyectos que no buscan la exclusiva desolación mediática.

Todo esto sucede aquí y ahora en nuestro país y el señor Aznar tiene algunas responsabilidades al respecto. Quienes pretenden sucederle debieran huir de las palabras huecas y proponer proyectos consecuentes para la resolución satisfactoria de dichos problemas, que hastían al mundo cultural y desde luego al del teatro.

A muchos quizás les suene a algo antiguo lo que voy a decir, pero el señor Aznar, en mi opinión, ha lastimado o puesto en entredicho la honorabilidad de España con ese seguidismo obsesionado por Bush. Diré de inmediato que quienes niegan nociones como honorabilidad o dignidad, no hacen sino cosificar a los individuos y creer que todo puede comprarse con dinero. A lo largo de mi vida he procurado mantener este principio que aprendí de mi padre, que no tenía ninguna filiación nobiliaria, sino que trabajó con ahínco toda su vida hasta cumplir los ochenta años. He intentado transmitirlo a mi hija, creo que con fortuna, lo cual no hace sino afianzarnos en nuestra condición de seres humanos. No todo puede hacerse por dinero ni venderse por dinero, aunque la vida española nos inclina cada día a creer lo contrario. El pavo de Bush tiene largos tentáculos. Otra vez ¡Memento!

 

Revista ADE-Teatro nº 99 (Enero-Marzo 2004)

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El ejército más culto del mundo

2004-01-01

 

Por Laura Zubiarrain.

De todos es conocida la preocupación cultural del ejército norteamericano. Como botón de muestra basta recordar el cuidado escrupuloso que tuvieron en Vietnam o Costa Rica con los bienes patrimoniales. Ahora lo han puesto nuevamente de manifiesto con la preservación de los museos iraquíes y otras minucias arqueológicas.

Sólo la ceguera antinorteamericana que invade a europeos en general y españoles en particular, puede hacernos creer que las destrucciones que se han producido o los robos y saqueos, tengan algo que ver con la extraordinaria, perfecta y civilizada máquina de exterminio del ejército estadounidense. O bien se trata de infundios o de daños colaterales, o bien de la acción de mafias organizadas con las que ellos no tienen nada que ver. Basta contemplar la efigie de soldados, oficiales y jefes, oírlos hablar y analizar los acontecimientos, para cerciorarse de lo que son y representan.

Algunos de sus detractores deberían sin duda documentarse menos y ver más la televisión. Se emite actualmente una serie en una cadena privada, JAG, que es un ejemplo preclaro en este sentido. Nos muestra el funcionamiento del sistema judicial en la marina. ¡Qué oficiales y jefes esos, masculinos y femeninos! Ellos son altos y fornidos, aunque hay alguno más bajito para compensar; ellas hermosas, sobre todo la coronel que se ocupa con frecuencia de la acusación, y que levanta oleadas de pasión controlada en su entorno. Todos llevan uniformes impecablemente cortados, son elegantes, corteses, de modales exquisitos, perfectos en el porte y en el decir. Son además, en sus actuaciones, responsables, justos, preocupados, amantes de la justicia y la libertad, respetuosos en extremo, fieles guardianes de los derechos (aunque nunca recuerdan Guantánamo). Además son humanitarios, levemente divertidos, levemente solidarios, levemente amigos, levemente amantes... La serie JAG, tan excelentemente realizada e interpretada por otra parte, es un prodigio de veracidad.

Pues bien, en su ansia permanente de cultura dicha máquina bélica nos ha sorprendido con un gesto halagador para estos humildes vasallos de la periferia del imperio. En cinco ocasiones el ejército de los Estados Unidos ha visitado la página Web de la ADE. ¡Qué decir que no parezca presunción por nuestra parte! Que gente tan preocupada por asegurarnos a todos su libertad, la imposición de sus formas de vida tan fructíferas y extraordinarias, su sentido de la existencia, su concepto de la igualdad para todos los pueblos que se someten a su dictado, su control militar del planeta y otras tareas de similar envergadura, se preocupe igualmente por conocer y profundizar en la Web de una Asociación de Directores de Escena, es algo encomiable y digno de elogio.

A pesar de restarle tan pocos días en su cargo, estamos seguros que el señor Aznar, no sé si denominarle virrey o pretor del Imperio en este trozo del planeta que algunos millones de personas llamamos España, se sentirá feliz con noticias como ésta. Esperamos igualmente que vea con orgullo que hayamos sido escogidos por tan glorioso ejército, al que ha rendido tan notables servicios y apoyado con tanto vigor, para su enriquecimiento cultural.

Lástima que sea ahora porque ¡YA SE VA!

Revista ADE-Teatro nº 99 (Enero-Marzo 2004)

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