Artículos y noticias

Nuria

2016-12-01

Por Juan Antonio Hormigón.

Conocí a Nuria hace muchos años. Yo dirigía entonces el Teatro de Cámara de Zaragoza y conversamos en una de sus giras en la ciudad. A partir de entonces asistí a rodajes como el de Laia, que ella protagonizaba, o acompañé las largas giras de Yerma por España, Europa y Estados Unidos. Mi mujer, Rosa Vicente interpretaba el personaje de María.

En estas idas y venidas, en los días en que recalábamos en puerto seguro, pude conocer a Nuria de muy cerca, tanto en su trabajo como en sus reacciones e inquietudes. Incluso un día me pidió que le recetara un antitusígeno porque los accesos de tos no le dejaban actuar. No siempre fui ecuánime en mi juicio, porque la juventud traiciona con frecuencia nuestra razón con sus demasías.

Sí entendí muy pronto que la pasión de Nuria por construir personajes que la envolvieran, que la cobijaran, que la escondieran, le acompañó a lo largo de su vida, puede que desde muy pronto. Quizá fue por un afán de protegerse, quizá porque no quiso hacerse ostensible a los demás tal y como era, sino como los otros esperaban que fuera. Los otros es un genérico en el que incluyo desde personajes de peso y de inmarcesible fatuidad con frecuencia, hasta plumíferos que hubieran deseado postrarse solícitos ante la diosa.

Cierto día en que comíamos en mi casa, Rosa alabó la última entrevista de Nuria que había aparecido en no se qué televisión. Ella sonrío casi benévola: “¿Pero cómo me dices esto, Rosa?”, vino a decirle, “yo nunca soy sincera, al menos del todo”. Agradecí sobremanera aquella declaración de principios que casaba muy bien con lo antedicho. Todos construimos nuestro o nuestros personajes públicos, pero Nuria ha hecho un arte también de esto por la perfección alcanzada.

Quizá el recuerdo más especial que tengo de Nuria, también el de mayor sinceridad sin duda, sea la confidencia que me hizo en cierta ocasión. Eran los amenes inacabables de la dictadura franquista. Llegué al Teatro de la Comedia cuando ya había comenzado la primera función, entonces había dos cada tarde. El jefe de acomodadores me dijo que Nuria quería verme, que fuera a su camerino. Esperé a que la representación concluyera, no creía oportuno molestarla en el intermedio que también siempre había.

Cuando llegué a su camarín estaba seria y algo alterada. Me confidenció que a través de Fuertes de Villavicencio, jefe de la Casa Civil del dictador, había sabido que estábamos, ella y yo, en una lista de cinco mil personas que había elaborado el Servicio de Información de la Presidencia del Gobierno, que dirigía el coronel San Martín. El objetivo de aquel listado era detener a todos los que allí figuraban a la muerte del dictador Franco y eventualmente, caso de producirse algún movimiento, ser fusilados. Nuria tenía un gesto de desolación y me repetía: "¿Pero por qué solo nosotros? De teatro no hay nadie más, ni siquiera esta...", me dijo un nombre que yo conocía bien y que hubiera sido plausible que figurara en ella antes que nosotros. Intenté tranquilizarla con el barrunto que teníamos en aquel tiempo de que éramos indestructibles, sólo más tarde pude comprender la gravedad de aquello. Felizmente, nunca más oportuno, la sangre no llegó al río.

Pasó algún tiempo. En los días de la larga agonía del dictador, vinieron a verme a Zaragoza, a donde me había retirado por prudencia, dos amigos. Me comunicaron que habían recibido del arzobispado de Madrid, regido entonces por Tarancón, fehaciente constancia de la existencia de la lista aunque reducida a tres mil nombres. Yo estaba entre ellos. Me recomendaban además que me desvaneciera lo más posible. No me atreví a preguntar por Nuria, que supuse habría sido prevenida igualmente. Sólo por gusto diré que el coronel San Martín fue condenado a diez años de prisión por participar en el golpe de Estado del 23 de febrero del 81, por el delito de rebelión militar. Quien a hierro mata..., que diría el evangelista.

Anécdotas aparte, aunque sean significativas, Nuria me pareció siempre una trabajadora constante, abundosa, contumaz. Con una perceptible ambición, que ella misma ha enunciado en su último discurso en Oviedo, al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Tal como dijo, fue el escenario quien se la confirió, al igual que la entrega y el apasionamiento. También señaló que el teatro se apoderó de ella. "Mi dueño es muy duro -aseguró-; me he lastimado muchísimas veces tratando de servirle. Aún lo intento. Pero él nunca dice, 'basta, para, basta ya, para, basta...'”. Es cierto. Nuria es admirable en este sentido. Cumplidos los ochenta, conserva su lucidez plena, aguza los instrumentos de su oficio y alcanza cotas de maestría. Hace no mucho quedé impresionado ante su interpretación en Incendios. Su presencia en la escena, su modulación tan personal unida a un control exquisito del tiempo, el gesto, el desplazamiento y la intención, convertían su trabajo en una epifanía.

A lo largo de su carrera, Nuria ha recibido numerosos galardones. Los más notables quizás fueron el Premio Nacional de Teatro (1986) o la Medalla de Oro del Gran Teatro del Liceo (2010). Este último sin embargo, el Princesa de Asturias, ha tenido el fulgor especial por ser la culminación de una vida de trabajo a la que le quedan todavía, eso esperamos, muchos momentos de esplendor. Igualmente porque nuestra compañera de oficio y de Asociación -pertenece a la ADE desde hace muchos años-, deseó compartirlo con todos sus compañeros de profesión. A la par valoró que el jurado haya reconocido su labor escénica en dos lenguas "amadas", afirmó: el catalán y el español. Pero además, eso creo, Nuria hizo que su personaje público expresara con sinceridad suma lo que pensaba y sentía la ciudadana Espert.

¡Gloria a Nuria!, tenía ganas de escribirlo alguna vez. A su tenacidad, su empeño, su empuje, su arrojo, su afán de superarse, su capacidad para vencer el miedo, su seguridad en el valor de lo que hace y ofrece, su desdén sonriente de la estupidez y quienes la ejercitan. Todo eso, estoy seguro, lo reúne nuestra querida Nuria desde el acantilado que habita o las playas donde recala, porque ella tiene algo muy propio e intransferible que crepita en el crisol de su personalidad.

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Discurso íntegro de Núria Espert Premio “Princesa de Asturias” de las Artes 2016

2016-12-01

El  21 de octubre de 2016, nuestra compañera Nuria Espert recogió de manos del rey Felipe VI el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2016 que, como ya dimos noticia en su día, le fue concedido el pasado 11 de mayo. La ceremonia, como es tradicional desde hace treinta y seis ediciones, tuvo lugar en el Teatro Campoamor de Oviedo. Las palabras emocionantes de Nuria Espert culminaron con sendos fragmentos de obras de Lorca y Shakespeare, con los que la actriz y directora de escena quiso honrar el arte del teatro y sus dos “lenguas amadas” en las que ha desarrollado toda su carrera: el castellano y el catalán. Reproducimos el discurso que pronunció para tan magna ocasión.

 

 

Majestades,

Autoridades,

Señoras y señores del jurado,

Amigos:

Este premio, esta distinción, ha sido para mí una gran alegría, ante todo, porque lo comparto con todos los compañeros de mi bellísima profesión: el teatro.

El teatro se apoderó de mí a los trece años. Me eligió. Al principio suavemente, pero en tres, cuatro años se había convertido en dueño absoluto de mi vida, de mis deseos, de mis sueños. Cada vez con más fuerza, con más exigencia. Hizo de mí una persona apasionada, ambiciosa, tan entregada que consiguió que yo no pudiera ser yo misma más que en el escenario, más que transformada en otra persona, no un personaje, una persona. Esas transformaciones no son nunca placenteras. Mi dueño es muy duro; me he lastimado muchísimas veces tratando de servirle. Aún lo intento. Pero él nunca dice basta, para, ya basta...

El Acta del jurado dice que represento un nexo de unión entre el clasicismo y la modernidad y que he construido mi carrera en mis dos lenguas amadas, el catalán y el español. Ambas cosas agradezco y me emocionan.

Y para hacer algo más que dar las gracias “me serviré” de dos genios: Lorca y Shakespeare. Ambos clásicos y ambos contemporáneos.

Comenzaré con Doña Rosita la soltera, de Lorca. Monólogo del tercer acto: Rosita tiene 45 años y habla, por primera vez ante su tía y el ama, de lo que ha sido su espera. La vuelta de su primo, de quien estaba enamorada y comprometida para casarse, durante 30 años.

“Me he acostumbrado a vivir muchos años fuera de mí, pensando en cosas que estaban muy lejos, y ahora que estas cosas ya no existen sigo dando vueltas y más vueltas por un sitio frío, buscando una salida que no he de encontrar nunca. Yo lo sabía todo. Sabía que se había casado; ya se encargó un alma caritativa de decírmelo, y he estado recibiendo sus cartas con una ilusión llena de sollozos que aun a mí misma me asombraba. Si la gente no hubiera hablado; si vosotras no lo hubierais sabido; si no lo hubiera sabido nadie más que yo, sus cartas y su mentira hubieran alimentado mi ilusión como el primer año de su ausencia. Pero lo sabían todos y yo me encontraba señalada por un dedo que hacía ridícula mi modestia de prometida y daba un aire grotesco a mi abanico de soltera. Cada año que pasaba era como una prenda íntima que arrancaran de mi cuerpo. Y hoy se casa una amiga y otra y otra, y mañana tiene un hijo y crece, y viene a enseñarme sus notas de examen, y hacen casas nuevas y canciones nuevas, y yo igual, con el mismo temblor, igual; cortando el mismo clavel, mirando las mismas nubes; y un día bajo al paseo y me doy cuenta de que no conozco a nadie; muchachas y muchachos me dejan atrás porque me canso, y uno dice: ‘Ahí va la solterona’; y otro, hermoso, con la cabeza rizada, que comenta: ‘A esa ya no hay quien le clave el diente’. Y yo lo oigo y no puedo gritar, sino vamos adelante, con la boca llena de veneno y unas ganas enormes de descansar, de quitarme los zapatos y no moverme más, nunca, de mi rincón.

Ya soy vieja. Ayer le oí decir al ama que todavía podía yo casarme. De ningún modo. No lo pienses. Ya perdí la esperanza de hacerlo con quien quise con toda mi alma, con quien quise y... con quien quiero. Todo está acabado... y, sin embargo, con toda la ilusión perdida, me acuesto, y me levanto con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta. Quiero huir, quiero no ver, quiero quedarme serena, vacía..., ¿es que no tiene derecho una pobre mujer a respirar con libertad? Y sin embargo la esperanza me persigue, me ronda, me muerde; como un lobo moribundo que apretase sus dientes por última vez.”

Y, para terminar, algo muy breve del Rei Lear, de Shakespeare. Son sus últimas palabras cuerdas antes de elegir la locura como única posibilidad de soportar el dolor.

Habla de los desamparados que viven día a día esa situación invivible en la que él se encuentra. Confiesa que nunca se ha preocupado antes por ellos.

“Pobres desamparats, on sigui que us trobeu,

Vosaltres que heu de soportar els embats

D’aquest temporal ferotge,

¿com us defensaran d´un temps així

Els vostres caps desprotegits,

Els vostres ventres famolencs

O la vostra roba plena de forats?

Que poc m’ha preocupat, fins ara, tot aixó!”

Muchas gracias.

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Mi querido Paco

2016-12-01

Por Juan Antonio Hormigón

La primera imagen que conservo de Paco Nieva lo sitúa en el Teatro Principal de Zaragoza, dando indicaciones a los técnicos respecto a la implantación de los elementos escenográficos de El rey se muere. Llevaba para la ocasión unas botas de caña alta ajustadas con cordones a la pantorrilla, chaleco abotonado y una especie de capotillo sobre los hombros. La instantánea me trae a la memoria algo granate y en diversos tonos marrones todo lo demás. Los técnicos de entonces lo miraban con una mezcla de sorna y asombro, era 1964. Yo, con los veinte años de un chico de Zaragoza, que sólo había llegado hasta Biarritz y Bayona con mis padres años atrás, tenía una sensación de sorpresa y susto a partes iguales. Estaba descubriendo el mundo, así es.

José Luis Alonso me lo presentó en un momento de pausa, pero apenas cambiamos dos palabras. Antes me había dicho que era alguien con mucho talento, que venía de fuera, no supe muy bien de dónde. Pero me lo contó de forma muy llana, tal y como habló siempre conmigo José Luis, sin grandes alharacas ni considerándolo "el mejor del mundo", expresión tan común después para ensalzar a cualquier mindundi al que se pretende metamorfosear en genio.

Estas imágenes me vinieron a la memoria con claridad, cuando la noche del jueves, 10 de noviembre, recibí la noticia de su fallecimiento, de su dulce extinción podríamos decir. Detrás vino de volada un torrente copioso de situaciones diversas, lances variopintos, desde los muy exquisitos hasta los más pintorescos. Paco era un hombre muy culto, con la cultura asumida como algo consubstancial al ser y la existencia; viajero y viajado; disfrutador de la vida y los saberes. Donde recaló, supo mirar y observar su entorno y extraer deducciones no contaminadas por los clichés ni los lugares comunes. Fue siempre de conversación amena y casi siempre chispeante. Tenía un gran sentido del humor, siempre refinado e inteligente. Aborrecía la zafiedad, aunque era sencillo en el trato y le pirraban algunas manifestaciones populares, siempre asumidas en su acepción más literaria.

A aquella primera imagen siguieron muchas. Es difícil olvidar aquel día en que a mí y a mi mujer, Rosa Vicente, nos leyó su adaptación de la novela dialogada de Galdós, Casandra. Fue una tarde en su casa de la colonia del Niño Jesús, un enorme espacio diáfano casi en penumbra, con luces indirectas de lámparas modernistas y la de un flexo similar que caía a plomo sobre el libreto mecanografiado. Paco leía muy bien, un poco como se hacía antaño pero con todo el honorable embeleco que sabía desplegar. Finalizado el rito, hablamos durante horas, lo cual era siempre una experiencia apasionante. En ese mismo lugar, me contó quien había estado presente, que se celebró alguna reunión de la Junta Democrática del sector cultural.

También asistí a su lectura de Sombra y quimera de Larra, en el que se conocía en el María Guerrero como "el despacho de José Luis". La escenificó Morera. Asistí a todos los ensayos y al concluir cada día, Paco, Morera y yo, con alguien más que se añadía, nos íbamos a comer algo y conversar, bien sobre el curso del montaje o bien divagando sobre cuestiones varias. Aquel periodo conversamos mucho. Yo le he tenido mucho afecto y él a nosotros. Digo a nosotros porque a Rosa la llamaba "la mañica" y a mi hija Laura "su nieta". Conservo también la imagen de Paco sentado en mi estudio con Laura de pocos meses sentada en sus rodillas. Muchos años después le regaló dos dibujos preciosos, cosa que no hizo nunca conmigo. Pero sí ha escrito cosas sobre mí en el terreno intelectual, que muy pocos han hecho.

Es imposible sintetizar las conversaciones y lances de toda especie que mantuvimos o en los que participamos al unísono. Hablamos no poco de arte y literatura en lo que compartíamos preferencias similares, y por supuesto de teatro. Siempre el teatro estuvo en el centro de nuestras inquietudes. Pero también de política, de historia o, simplemente, de la condición humana. Con Paco todo diálogo no era ocioso a la par que placentero. Sé que mi conocimiento personal sólo significa una parte de lo que fue, que tuvo una vida ancha fructífera en otros ámbitos, otros países, otras circunstancias. Pero son algunos recuerdos y sensaciones lo que aquí reseño, tan sólo eso.

Fue miembro fundador de la ADE en 1982 y ha permanecido en nuestra alianza y fraternidad hasta ahora mismo. En 1999 recibió el Premio Segismundo por el conjunto de su producción, que se concede por votación de todos los asociados. En 2005 publicamos en nuestra colección Literatura Dramática Iberoamericana un conjunto de obras breves, una teatralogía satírica, con el título de Misterio y Festival. Fue a propuesta del propio Paco que me propuso que si nos parecía bien, le gustaría que apareciera en nuestras Publicaciones. Siempre que le solicité una colaboración para nuestra revista nos la dio de buena gana.

En la platea del Teatro María Guerrero, con el féretro que albergaba sus restos en el escenario, Juanjo Granda me contó lo acaecido en el último periodo. Hace cuatro meses inició un progresivo desmoronamiento, perdió peso de forma notable y se fue apagando a ojos vista. Fue un proceso de consunción paulatina que desembocó en caquexia. Lo mismo que le sucedió a Valle-Inclán aunque el origen fuera muy distinto. El iba a verlo cada semana y pudo comprobarlo. Aquel día se durmió por la tarde y ya no se despertó, por eso lo he calificado de dulce extinción, también de tránsito apacible.

Tenía noventa y un años. Seguía aquí pero a mi entender, hace tiempo que ya no estaba entre nosotros. El reloj vital vaticinaba que estaba a punto de pararse. En cierto modo algunos sabíamos que el tiempo era llegado, lo que nada quita al dolor de la pérdida, a que constatemos con este quebranto siempre abrupto, que nos abandonan quienes nos precedieron, de quienes aprendimos y con los que disfrutamos del placer de la conversación o la reyerta templada, de la confidencia o el saber, de coincidir en mucho o debatir por lo menos.

Y sobre todo nos queda su obra, tan rica, tan varia, tan múltiple, tan plena y enigmática a la par. Este breve testimonio que aquí dejo, sólo tiene el propósito de dejar de urgencia mi querencia, mi admiración y mi respeto, hacia el amigo, el compañero, el maestro desaparecido. En breve dedicaremos un bloque monográfico aquí mismo a lo que hizo, a lo que supuso, a lo que significó para muchos de los que hacen teatro y para muchos otros que fueron lectores o espectadores de su literatura, de su plástica o de sus escenificaciones. A ello me emplazo y os convoco.

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El franquismo que no cesa. El dedazo

2016-10-01

Por Manuel F. Vieites.

 

Perdóneme el auditorio
si ofende mi claridad

Violeta Parra, Yo canto a la diferencia

 

Vivimos en un país profundamente franquista, en el que todavía anidan normas, principios y valores de la España más rancia, más retrógrada, más tradicionalista, más conservadora, más carpetovetónica, y, en efecto, más posmoderna en tanto decididamente premoderna y preconstitucional, que lo constitucional implica darse constitución y aplicarla para el bien común. Y lo mismo cabe decir de Cataluña, amigo Romeva, como le explicaba aquel periodista de la BBC que le sacaba los colores con la corrupta familia real catalana y el partido de las sedes embargadas, el mismo que utiliza la vieja treta franquista de quebrar empresas para eludir responsabilidades penales o económicas.

Una de las pruebas más relevantes es el elevadísimo grado de tolerancia a la corrupción que manifiesta la sociedad española, que se ríe con sorna de países en los que un cargo público dimite cuando cobra una dieta de 100 libras que no le corresponde, cuando es multada por tener una tasa de alcoholemia del 0.2, o cuando copia partes de una tesis doctoral. He ahí un ejemplo evidente de todo lo que nos separa de Europa, distancia que ha aumentado más si cabe cuando dos partidos como PP y C’s firman un documento que rebaja hasta lo indecible el listón de la corrupción, que la blanquea y la convalida, y que también afecta a otros partidos, insistimos, que tienen sedes embargadas o numerosos cargos, militantes y allegados imputados. Si en España se aplicasen los criterios que rigen de forma consensuada en países que tantas veces se ponen como ejemplo a seguir (Finlandia, Alemania, Noruega, Suecia, Islandia…), muchos partidos quedarían en cuadro, afortunadamente para el bien común.

Si en España no se hubiese hecho un uso inadecuado de fondos públicos construyendo autopistas que nadie usa o aeropuertos sin aviones, realizando obras con enormes sobrecostos que se dedican a engrosar tantos y tantos patrimonios fraudulentos, haciendo de la mordida una práctica habitual, llevando dineros a quintales a paraísos fiscales, o imitando los modos de la Mafia o de la Camorra en la gestión de lo público, España sería un país sin déficit y con un superávit nada despreciable. Si en España se explotasen los recursos naturales vinculados con las energías renovables, en pocos años llegaríamos a una autonomía energética que haría prescindibles los combustibles fósiles, por mucho pesar y congoja que ello pudiera causar al Tejano Fingido, a Felipe Cortijos o a Juan Luis de la Prisa, y a los intereses corporativos que defienden frente a los de todo un país.

¿Cómo es posible que España sea tan proclive y tan tolerante con la corrupción? Sin duda por la misma razón que los italianos e italianas votaban con fervor idólatra a Silvio Berlusconi, pues querían ser y vivir como él. Y tantos años de absolutismo borbónico, instaurado por Fernando dicho el séptimo –aquel que laminó una de las mejores constituciones de la época, la española de 1812 (tan poco celebrada en 2012, tan silenciada siempre)–, y medio siglo de franquismo y tardofranquismo tantas veces brutal, nos llevan al momento actual, en el que la corrupción parece ser un estado consubstancial al ejercicio de la política y a la conducta institucional de los partidos. Porque el poder que la política otorga, y el pueblo delega, no sirve para promover el bien común sino para buscar el beneficio propio, para beneficiar a los amigos, y, como dijera un conocido político, luego imputado por acoso sexual, “para forrarse”. Para mandar y hacer saber.

Mandar, no buscar el bien común, esa es la clave. Porque si la clave fuese el bien común jamás tendríamos aeropuertos sin aviones, cajas de ahorros esquilmadas y quebradas, desfalcos en empresas públicas, autopistas privadas rescatadas con dinero público, mordidas del tres o del cinco por ciento, privatizaciones de saldo de empresas públicas estratégicas, externalizaciones de servicios públicos que implican incrementos sobresalientes de costos y sensibles mermas en su calidad, burbujas como la del ladrillo, despidos en diferido, discos duros sin información pero formateados hasta la saciedad y la suciedad moral…, o tantos y tantos nombramientos a dedo.

Porque, mal que nos pese, el uso del dedo para el otorgamiento de empleos y dignidades también es otra de las herencias del absolutismo fernandino y franquista, que consagra el principio de arbitrariedad y de discrecionalidad, que es muestra de poder omnímodo y lleva implícito un alto grado de servilismo por parte de la sociedad que acepta que esos modos de hacer sigan funcionando en el siglo veintiuno. La pasión por el dedo y el dedazo fue norma imperante en el franquismo, pero lo sigue siendo en el tardofranquismo en que seguimos instalados. No olvidemos que el exministro Juan Ignacio Wert –uno de los peor valorados de la historia reciente del país con una nota muy próxima al “cero patatero” del Tejano Fingido y promotor de una LOMCE que ahora ya nadie quiere derogar a pesar de ser ley de educación más propia del siglo XIX y muy inferior a la Ley Moyano–, en su día planteó la posibilidad de que los rectores o rectoras de las universidades públicas no fuesen elegidos por la comunidad educativa, sino nombrados a dedo por una comisión creada ad hoc y en consecuencia claramente politizada. El Pilar los cría y ellos se juntan.

El dedo o el dedazo no es el procedimiento más adecuado para nombrar cargos de cierta responsabilidad, especialmente en el ámbito de la gestión cultural, pues la misma arbitrariedad a la hora de nombrar se utiliza a la hora de cesar, y en España somos muy dados a celebrar con cava el nombramiento discrecional y protestar airadamente en las redes por el cese igualmente discrecional. Y no es lo más adecuado por razones varias, entre ellas la necesidad de transparencia que debe acompañar tales procesos, por higiene democrática, y sobre todo por respeto al sector de que se trate, sea el museístico sea el de la danza. Todo ello para lograr además la necesaria homologación con otros países que debieran ser ejemplo a seguir y donde prima el concurso público, por muchas variantes que puedan darse en su formulación práctica. Para ser civilizados, ilustrados, europeos.

El concurso público tiene muchas ventajas, si además sus bases se elaboran para garantizar la libre concurrencia, la transparencia, la igualdad de oportunidades, y para potenciar el mérito y la capacidad. Y entre ellas está el que finalmente suponga un contrato entre la administración y las personas elegidas, que obliga a las partes, especialmente en ámbitos tan importantes como el seguimiento, la supervisión o la evaluación, procesos que nada tienen que ver con las conocidas injerencias de la clase política en la gestión cultural, sino con el adecuado desarrollo y la mejora permanente de aquello que una determinada persona o colectivo decidió presentar a un concurso público y que en buena medida se comprometió a hacer. Pues en el ámbito de la gestión y la creación cultural es demasiado común el que las personas operen en función de lo que le dicte su genio, ajenos a cualquier consideración que no sea la explosión exponencial de su excelsa creatividad, y por eso a nivel teatral estamos donde estamos y somos lo que somos en el universo mundo, copiando mal de Alemania o imitando peor las maneras de Quentin Tarantino, por no hablar de Enrique IV. Aunque en esa posición tenga mucho que ver el hecho de que en España insistamos en mantener una aporía teatral cual es la de que los teatros no sean espacios ocupados por los trabajadores y trabajadoras del teatro, es decir, que los obreros y obreras del teatro no tengan acceso a los medios de producción, que diría Carlos Marx.

Cuando se decidió que la dirección del Centro Dramático Nacional, de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, del Teatro Español o del Centro Dramático Galego, entre otros casos, fuese objeto de concurso público, se estaba reconociendo la necesidad de prescindir de la discrecionalidad, pero sobre todo de potenciar la autonomía en el ámbito de la gestión y de la creación, aunque en el caso del Español sigamos sin saber las razones reales del cese de su director, pues la invocación a la “pérdida de confianza” no deja de ser una muestra palpable del nivel en que el franquismo anida en nuestras mentes y condiciona nuestras conductas, incluso en la mal llamada nueva política. Nuevas formas, viejos intereses. La vieja cantinela.

El hecho de que desde diferentes sectores culturales se siga permitiendo que el nombramiento a dedo o gracia del poderoso, siga funcionando como si tal cosa, es una prueba contundente del grado de inmadurez democrática de que esos mismos sectores hacen gala, aunque de forma implícita y un tanto inconsciente. Y en esa “inconsciencia”, en esa escasa concienciación, y en esa nula “conscientizacion” (por usar palabras de Paulo Freire) está una de las causas de tantos de nuestros males. En el fondo todos aspiramos a que un día nos toque ese dedo redentor, incapaces de hacer valer lo que somos, lo que tenemos, lo que valemos. Pues como escribió Luis de Góngora y Argote, “Ándeme yo caliente y ríase la gente”. País de siervos, recua de mendicantes. 

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La conjura

2016-10-01

Por Juan Antonio Hormigón

 

Hace muchos años ya, lo he contado anteriormente, me reuní en Montevideo con Atahualpa del Cioppo. Aún se mantenía enhiesto como un ciprés que le hubieran nevado la cúspide. Fue en el restaurante El Águila, junto al Teatro Solís, donde se asentó durante años Margarita Xirgu. Nos acompañaba Dervy Vilas, responsable por aquel entonces del Galpón, que me vino a recibir y me acompañó un buen rato.

El restaurante El Águila era un lugar emblemático de la urbe. Un espacio con fragancias de antaño, maderas nobles, paredes de colores discretos y grandes balcones esbeltos por los que entraba la luz de la plaza de la Independencia. Colgaban de sus dinteles estores blancos de algodón sin apresto, que se desperezaban sensuales atizados por la brisa. Todo aquello tenía un aroma  de aderezo viscontiniano en cuyo centro estábamos los tres, con poca gente en derredor, en aquel salón amplio, discreto y apacible. “Aquí me traía a comer mi abuelo”, me dijo Atahualpa con un leve dejo melancólico que era a un tiempo nostalgia y regocijo. El pasado nos acecha en ocasiones, aunque para ello sea preciso tener conciencia reflexiva y memoria diligente. El pasado, el de su infancia, se le venía a los ojos al pronunciar su evocación.

Dervy guardaba un silencio afable, estaba junto al maestro con el que inició su andadura en el teatro y no ocultaba su respeto y admiración. Yo quería ante todo escuchar a Atahualpa que estaba en su ciudad, en su mundo, en el solar de sus recuerdos y sus combates en la escena, en la política y la vida. Y el ciprés nevado estaba locuaz. Siempre fue locuaz allí donde estuviera, pero aquel día fue particularmente generoso en su discurso. Hablamos de muchas cosas, qué duda cabe, pero lo que me llamó con mayor fuerza la atención fue la cuestión de la compra de las conciencias de algunos intelectuales, que hubiera dicho Brecht, remitidas ante todo al territorio latinoamericano. No en vano él había sido en buena medida, el introductor del pensamiento escénico del alemán en Latinoamérica.

Tuve oportunidad de estar frecuentemente con Atahualpa durante el exilio de El Galpón en México. Coincidió con los meses que pasé allá escenificando la obra de Gorki, Los veraneantes. Siempre lo encontré muy expresivo manifestando sus opiniones, aunque, al mismo tiempo, con ese habla cálida, respetuosa y ponderada, esa gestuación suave a la par que rotunda y evidente, esa educación exquisita de que siempre hizo gala. Pero en este mediodía, vuelto ya a su casa con las maletas rebosantes de proyectos, su seguridad y su elocuencia habían crecido. Fue entonces, al hilo de sus comentarios sobre la instrumentalización de los intelectuales por las clases dominantes, cuando mencionó los Protocolos de Santa Fe.

Nada dije pero era la primera vez que oía hablar de aquellos protocolos, que en un primer momento me sonaron a los de Sión, desde luego a conjura. “Mire Hormigón, me dijo un tanto solemne, allí está escrito lo que debe hacerse con los intelectuales para traerlos a su bando y neutralizarlos”. Repito de nuevo que yo no había oído hablar de todo aquello, pero comprendí que se trataba de algo de importancia.

Durante bastante tiempo me fue imposible encontrar aquellos Protocolos tan especiales e incluso me olvidé a ratos de su existencia, pero una y otra vez la elocuencia de Atahualpa me resonaba en la memoria como el aleteo de un recordatorio lacónico. Nunca encontré aquellos escritos impresos, aunque debieron estarlo. Al fin internet me ofreció la posibilidad de leerlos.

 

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Los mentados Protocolos eran en realidad conocidos como Documentos de Santa Fe. El nombre se debía al denominado Grupo de Santa Fe, en referencia a la capital del estado de Nuevo México. Dicho grupo junto a la Heritage Foundation, eran responsables de la elaboración de dicho material. Su objetivo consistía en orientar, con pretensiones de imponer, ideológicamente la política de Estados Unidos hacia América Latina. Su vigencia fue de cuatro a seis años, así que además de “Santa Fe I”, que se hizo en mayo de 1980, en plena era Reagan, el “IV” apareció en el año 2000, cuando se entronizó Bush hijo. No tengo noticia de que se hicieran más aunque, lo más lógico, es que se cambiara el formato.

En el Grupo de Santa Fe destacaba el historiador y diplomático ultraconservador Lewis Arthur Tambs, de notoria influencia sobre Bush padre y editor de “Santa Fe I”. En cuanto a la Fundación Heritage, brindaba entonces un amplio apoyo público en cuanto a la investigación política. Fundada en febrero de 1973, contaba con un presupuesto de gastos de 61 millones de dólares. Su misión era la de formular y promover políticas públicas conservadoras basadas en los principios de la libre empresa, gobierno limitado, libertad individual, los valores tradicionales americanos, y una fuerte defensa nacional.

La evocación de Atahualpa se remitía a “Santa Fe I”, documento suficientemente explícito que abordaba diferentes cuestiones relativas a las acciones políticas e incluso represivas a desarrollar en Latinoamérica, con el fin de frenar los avances progresistas en el continente. No hay que olvidar que cuando se redactó, seguían existiendo dictaduras sanguinarias en Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Perú. Cuando se produjo la conversación aludida en Montevideo, quedaban tan sólo la de Chile y Paraguay. Todas ellas en mayor o menor medida, siguieron los criterios operativos del Plan Cóndor: un modelo de terrorismo de Estado que instrumentó el asesinato y desaparición de miles de opositores, la mayor parte pertenecientes a la izquierda política. Está documentado que la CIA coordinó los diferentes grupos operativos y proporcionó equipos de tortura y asesoramiento en la materia. Los llamados Archivos del Terror, descubiertos en Paraguay en 1992, dan la cifra de 50.000 personas asesinadas, 30.000 «desaparecidas» y 400.000 encarceladas (Los Archivos del Horror del Operativo Cóndor: www.derechos.org).

No hay que obviar sin embargo que “Santa Fe I” era igualmente un ataque frontal contra la política que quiso llevar a cabo el presidente James Carter, así como el sector más coherente del Partido Demócrata estadounidense. Los posteriores lo fueron igualmente contra Clinton. No deja de ser sintomático que en el capítulo “derechos humanos”, se reprochara a Carter su ataque a los gobiernos dictatoriales por sus notorios abusos en la materia, a los que los redactores denominan “gobiernos amigos”. Quede bien claro de qué y cómo se hablaba.

“Santa Fe I” era un documento analítico y político, que en sus entregas posteriores ha definido la acción de las administraciones estadounidenses en Latinoamérica y ha influido poderosamente sobre el Departamento de Estado del país. A la vista de los acontecimientos históricos desde entonces, no se han limitado solamente a dicho territorio. El documento proponía desde la instalación de gobiernos obedientes a los intereses de los USA, con poca capacidad de gestión y dirigidos en buena medida por asesores enviados al efecto, hasta la de utilizar la lucha contra el narcotráfico para fortalecer la presencia militar estadounidense y financiar a grupos paramilitares. En la clave del arco se citaba la promoción de reformas económicas neoliberales, que facilitaran la inversión de las trasnacionales estadounidenses en América Latina y debilitara las economías y empresas locales.

Consideración aparte merece lo relativo a los intelectuales. “Santa Fe I” proponía debilitar la posición de los intelectuales críticos o de izquierdas, así como dar tribunas, elogios, difusión y remuneraciones a aquellos favorables a sus políticas e ideario. No menos esfuerzo se hacía en acabar con las formas de cultura tradicionales para acentuar la influencia de la cultura y costumbres estadounidenses, incluso coadyuvar a la propagación de religiones evangélicas fundamentalistas de sello estadounidense como freno a las corrientes religiosas de calado reivindicativo, o para neutralizar segmentos movilizados de la población en contra de las políticas neoliberales, mediante la beneficencia y la sublimación espiritual.

El pasaje dedicado a los intelectuales, aquel en el que insistía Atahualpa en el ágape laico de El Águila, es el que merece para nosotros una atención especial. Corresponde al Punto F del documento, dedicado a “Educación”:

 

“La educación es el medio por el cual las culturas retienen, transmiten y hasta promueven su pasado. Así quien controla el sistema de educación determina el pasado o cómo se ve a este tanto como al futuro. El mañana está en las manos y en las mentes de quienes hoy están siendo educados.

Estados Unidos no debería tratar de imponer su propia imagen a Iberoamérica. Ni el pluralismo liberal ni la democracia wilsoniana se han exportado exitosamente. Sin embargo, deberíamos exportar ideas e imágenes que alienten la libertad individual, la responsabilidad política y el respeto a la propiedad privada. Debe iniciarse una campaña para captar a la élite intelectual iberoamericana a través de medios de comunicación tales como la radio, la televisión, libros, artículos y folletos, y también debe fomentarse la concesión de becas y premios. Puesto que la consideración y el reconocimiento son lo que más desean los intelectuales, tal programa los atraería.

El esfuerzo norteamericano debe reflejar los verdaderos sentimientos del pueblo norteamericano (...) Estados Unidos debe proporcionar la voluntad y la filosofía que se hallan detrás de las políticas concretas, si es que el continente americano va a sobrevivir y a prosperar”.

 

No es necesario que forcemos nuestra sagacidad para percibir hasta qué punto se han puesto en marcha las iniciativas que el documento contempla. El IV, dirigido contra el presidente Chávez y su proyecto bolivariano, sirvió de hoja de ruta al golpe de Estado de 2002 en Venezuela y sigue aplicándose hasta hoy mismo. Respecto a los intelectuales es sólo cuestión de ver, escuchar y constatar.

 

3

Observando lo que ha sido nuestra historia cultural en los últimos años, me reconcome más de una vez la inquietud de que los designios de “Santa Fe I” han tenido larga práctica en nuestros lares. Observando las designaciones a cargos de responsabilidad, tanto artísticos como de gestión; premios que se crean con dotaciones suculentas y a quiénes se conceden; a quiénes se da voz, se promueve y se halaga; qué formas estéticas o conceptuales se pretenden imponer y cuáles denostar; cómo se admite, con la cerviz gacha, que la cultura ya no debe ser un servicio público y un bien común, sino simplemente una mercancía más y un negocio, no tengo por menos que reconocer que las tareas allí expuestas se han implementado con holgura. Muchas de estas cuestiones están rodeadas del aroma o el hedor, depende de la ideología pituitaria, que se erige en señal denotadora de su origen en las prédicas inicuas de Santa Fe. Podríamos considerar que padecemos una conjura.

Hemos podido observar en estos años actitudes que han sufrido cambios notorios. Antiguos radicales que vociferaban latigazos de palabra y laringe en contra de todo, que a todo enviaban a los infiernos del entreguismo, que a cualquiera le colocaban el remoquete de revisionista o caduco o inservible, se mutaron de pronto en conspicuos defensores de la quimera neoliberal y al ideario del imperio en sus estratos más zafios y deleznables. Hemos visto conversos de toda laya emerger como setas feraces en la política, la información, la gestión en la empresa pública o la cultura, etc.

No obstante, donde la incidencia de los designios y artimañas emanados de "Santa Fe I" tiene una presencia más dañina, es en todo un curioso segmento de individuos que dicen sentar plaza en la izquierda, que así se definen sin pudor, pero mantienen posiciones políticas y actuaciones de absoluto seguidismo de los dictados estadounidenses. Así ocurrió en España, sólo es un ejemplo, con ocasión de la primera agresión estadounidense contra Irak o contra Yugoeslavia, que fueron apoyadas reverencialmente por estos que se definían como la izquierda. Así ha sucedido y sucede en numerosos casos, en que la misma obediencia se repite una y otra vez, avalada tan sólo por lo que propalan los medios de comunicación que ofician de grandes trujumanes de la noticia mendaz en aras de la conjura. Lo que sí creo necesario subrayar, es que no mantener posiciones antiimperialistas supone el menoscabo de la soberanía nacional, así de simple. Una cosa es tener aliados y otra someterse a quienes creen ser los amos.

El objetivo final del sistema es utilizar este procedimiento para inducir que una gran parte de la masa social carezca que capacidad crítica o de valorar adecuadamente los acontecimientos. Y como consecuencia para hacer realidad la paradoja de convertir a la ciudadanía en simples vasallos, que cuando obedecen y en ocasiones incluso cuando protestan, actúan a favor del sistema y en contra de sus propios intereses. Para conseguirlo, las indicaciones de "Santa Fe I" respecto a la doma de intelectuales, la utilización contumaz de informadores falaces, aunque no pestañeen al hacerlo, para difundir los acontecimientos no como son sino como ellos precisan que sean, juegan un papel decisivo.

Paralelamente y en consonancia con sus dictados, aunque nadie lo cite, se ha procedido con denuedo a mantener en las catacumbas, en los aledaños de la exclusión, a quienes no se pliegan a sus designios. Como controlan el poder ya no es cuestión de eliminarlos ni encarcelarlos, podrían convertirse en emblemas del martirologio y saben que ese es asunto que escapa con frecuencia a sus designios. Se les recluye en espacios chicos, se evita al máximo que pueda difundirse su pensamiento, sus escritos, sus realizaciones, etc.

Mucho de ello depende de los medios de comunicación que dictaminan con mano de hierro lo que se difunde, adquiere mayor ámbito de existencia, o no. Así vemos publicitadas y halagadas mediocridades que tienen para ellos la virtud de servir a sus intereses, que contribuyen a construir convicciones y mentalidades acordes o cuando menos acríticas y obnubiladas en la mayoría del cuerpo social. La finalidad no es otra que convertir a los individuos en seres amorfos, sin capacidad de analizar ni contrastar, obedientes y cándidos seguidores de lo que ellos dicen como voz de los segmentos dominantes, para reducirlos a la categoría de siervos y crean que son ciudadanos.

 

 

4

De aquel ágape laico en Montevideo, me queda la imagen magistral de Atahualpa como un ciprés enhiesto y nevado. Recuerdo ciertas cosas y he olvidado por completo otras. No sé lo que comimos ni bebimos, por ejemplo. Pero  guardo vivamente en la memoria unos estores cimbreando como velas blancas con la brisa, la luz hermosa del mediodía en la primavera austral y las palabras venerables como emanadas de antiguo augur, que de tiempo en tiempo me vienen a la memoria como una requisitoria histórica, una llamada de atención y un emblema moral.

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El amor a los posibles. El porvenir de la política será cultural o no será

2016-07-01

Por Olivier Py.

Director del Festival de Avignon 2016

(Traducción: Cristina Yáñez)

 

No se hace la revolución en solitario. Los grandes cambios, las revoluciones son siempre consecuencia de fuerzas colectivas favorecidas por el viento de la historia,  pero ¿cómo vivir cuando ese viento enmudece? ¿Cómo vivir cuando la política está sin esperanza y olvida el futuro? ¿Cómo vivir cuando las ideas dejan de tener valor, cuando la sociedad está desgarrada, atemorizada, reducida al silencio? ¿Cómo vivir una vida digna cuando la política solo es artimañas de los políticos? Cuando la revolución es imposible, queda el teatro. Las utopías esperan allí días propicios, las fuerzas innovadoras todavía inventan en él un mañana, las voces de paz y de igualdad no se pronuncian allí en vano. Cuando Hamlet ve la imposibilidad de la revolución, convoca al teatro para hacer allí una revolución de teatro que diga que todo es aún posible, que hay que reanimar el deseo de los días embriagados de porvenir.

Es en el teatro donde preservamos las fuerzas vivas del cambio a escala individual. Frente a la desesperanza del político, el teatro inventa una esperanza política que no es sólo simbólica, sino ejemplar, emblemática, encarnada, necesaria. La política es demasiado bella para dejársela a los políticos cuando éstos tan solo albergan en su corazón el deseo de mantener sus privilegios de clase. Y el primer signo de la dimisión política de los políticos es siempre la ruptura del compromiso cultural. Sí, la cultura es incuantificable y su necesidad traspasa en tal medida la legitimidad económica, que huye de los hombres sin esperanzas.

Esta desesperación política no nos impide, sin embargo, creer todavía en el futuro. Creer en el futuro cuando las fuerzas históricas son contrarias, es quizá la mejor definición de la cultura. Pues la política no es la fría gestión de realidades sino la puesta en práctica del amor al presente y al otro.

Tenemos el deber de resistir y el deber de insistir. Tenemos este deber hacia las generaciones que vienen, pues culturas milenarias pueden ser destruidas en una sola generación. Insistimos: el porvenir de la política será cultural o no será. La educación es la cultura que comienza y la cultura la educación que prosigue; insistimos: el nexo intergeneracional pasa por la cultura y es uno de los fundamentos de la ciudadanía. Y no necesitamos ningún dios si creemos en la trascendencia de lo colectivo y si aprendemos a afirmarlo en nuestras vidas.

Cuando Jean Vilar imaginó un pacto entre los artistas y la república, supo abrir un refugio a los deseos utópicos, a los encuentros entre diversidades y al amor a los posibles.

Insistimos, con exigencia intelectual, con la creencia en la inteligencia del público, en el compromiso del artista, en la conciencia del poeta. Deseamos encarecidamente que el triste espectáculo del mundo y de nuestra impotencia, encuentre una contradicción sobre la escena hecha de admiración y de coraje.

La sala de un teatro es, en sí misma, una representación de la ciudadanía. Sólo hay que observar la espléndida ágora de la Cour du Palais des Papes para obtener la imagen más bella de nuestra sociedad y encontrar allí arquitectura de esperanzas. En Avignon vencemos a la fatalidad. El público, su fervor, su sed espiritual oponen a todos los determinismos un deseo a lo desconocido y a lo no previsto. No, no sabemos lo que traerá el futuro… La cultura es diferente a la erudición que cree saber, al análisis material que pretende saber y a la falsa autoridad del pragmatismo que afirma saber.

Ser político es creer en el hombre. Los artistas nos ofrecen buenas razones para creer en el hombre, encarnan la voz del pueblo que rechaza un mundo privado de sentido y nos recuerdan que el éxtasis y la esperanza son una elección.

Sí, insistimos, si los poderosos ya no creen en la cultura, es que ya no creen en la soberanía del pueblo. Eso es lo que Jean Vilar vino a decir en Avignon y lo que sin descanso seguiremos diciendo a lo largo de esta 70ª edición.

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El ser dialéctico

2016-04-01

Por Juan Antonio Hormigón.

Hace pocos días al salir de un estreno teatral, encontré a una persona que ocupa un lugar sobresaliente en la cultura española e internacional. Además de su altura intelectual por sus muchos saberes, goza de un prestigio en su dedicación habitual que le hace ser, en mi opinión, el maestro más relevante en su terreno. Es persona a la que respeto y con la que comparto una larga amistad, que se traduce en las conversaciones que mantenemos de cuando en vez al salir de los teatros.

Como en otras ocasiones hablamos ese día de la situación española, de sus disyuntivas e incoherencias. Antes de despedirnos me espeto: "A nosotros nos consideran amortizados". Le respondí que en mi discurso del Acto de entrega de Premios de la ADE, había recogido una afirmación que Antonio Machado puso en boca de Mairena: "Toda nueva generación ama y odia a su precedente". Y añadí: "Me temo que ahora en muchos casos no queda nada de amor". "No lo dudes -corroboró-. Nos consideran amortizados e incluso nos desprecian".

Con el paso de las horas, aquellas expresiones enunciadas con tono sombrío  y perentorio, me martilleaban insistentes desde el pozo del recuerdo. He podido comprobar en numerosas ocasiones cómo individuos que fueron apoyados, guiados, incluso formados en su día por profesores o colegas mayores, muestran cuando crecen esa actitud deleznable de que hablo. Ya no son jóvenes ahora, puede que no lo fueran nunca y sólo llevaran el disfraz, carecen de una autoritas legítima, pero han tocado poder y han manejado el presupuesto público en algunos casos y se permiten manifestar ese desprecio, una obstrucción terne hacia sus mayores, la creencia de que ellos van a inventarlo todo, hasta convertirse en algunos casos en auténticos miserables. Muchos son viejos de mente antes de cumplir la edad. Era sabedor de todo esto pero nunca pensé que mi ilustre amigo se sintiera igualmente víctima de semejante trato.

Saliendo de los círculos profesionales, las cosas no son mejores. Numerosos cargos públicos o responsables políticos participan de la misma opinión. Cacarean sin cesar que hay que proteger a "nuestros mayores", pero quieren mantener bien al margen a todos aquellos que tienen todavía mucho que aportar, mucho que hacer, mucho que enseñar. Se creen no pocas veces los creadores de todo, ellos son los regeneradores, los más inteligentes, los únicos que quieren cambiar el mundo, los únicos que tienen una honestidad inquebrantable, los únicos tocados por la fortuna para ser los campeones del cambio de los cambios (frase huera donde las haya). Nada de lo que antes se ha hecho parece tener valor a su parecer. Sin embargo el cómputo de sus ideas, de sus propuestas, de sus programas, no muestra aportaciones contrastables ni sus acciones son consecuentes con programas de cambio y progreso que vayan más allá de gestos, apariencias anecdóticas y frases hechas. Quizá es todo lo que saben hacer y no quieren la compañía de nadie que pueda hacerles sombra: es lo que puede deducirse que piensan.

En el terreno cultural estas cuestiones tienen una importancia mayor, por estar la cultura necesitada de formulaciones y acciones que le devuelvan o refuercen su condición de bien público y la liberen de ser considerada una simple mercancía, con todo lo que ello supone. Fatalmente venimos de unas concepciones que gran parte de la derecha política y buena parte de la izquierda comparten con una transversalidad, esta sí, inquietante; participan de un criterio parejo: la cultura es una mercancía más que sólo es tenida en cuenta en función de los réditos materiales, dinero, vamos, que reporta. Lo demás pueden ser silencios ominosos o palabritas encantadoras según venga al caso, pero casi nada existe en cuanto a planteamientos coherentes, soluciones precisas y acciones concretas.

Las palabras de mi ilustre y sabio amigo no eran una queja, nada de eso, sino una constatación: la de un hondo desánimo ante la absurda pérdida de valor de la experiencia, el conocimiento y el sentido de la responsabilidad en aras de la quimera de lo nuevo y de lo joven, como si fuera una razón en sí y no enunciara uno de los más perniciosos comportamientos del individuo: la ambición ciega. Y sin embargo, no dudo que lo sepa, nadie podrá privarnos del la acción y el placer de escribir, de componer, de pintar, de diseñar, de dirigir teatro o cine, de coreografiar, etc., buceando en el pozo de nuestra memoria y conocimientos, buscando el perfeccionamiento y la maestría, al margen de las famas casuales emanadas de banalidades populacheras que nada tienen de popular en su sentido más noble.

Pero quizá, mi querido amigo, mis palabras sean sólo ensoñaciones y anhelos y realmente el desprecio pese sobre nosotros. Arnold Hauser en su Historia social de la literatura y el arte, establece la diferencia entre el hombre realista y el hombre dialéctico. Nosotros y todos los que con nosotros creen en el valor en sí de los seres humanos, no en lo que aparentan o propalan, pertenecemos a la segunda estirpe.

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Apocalípticos e interesados

2016-01-31

Por Alberto Fernández Torres.

Hace ya unas cuantas semanas, la publicación de los datos que suministra periódicamente la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD) sobre las ventas de los principales diarios impresos volvió a generar abundantes y tópicos comentarios sobre la muerte inminente de los medios de prensa, fatalmente afectados por la irresistible ascensión de los medios digitales.

Obviamente, el adjetivo “tópico” se acaba de aplicar en su significación exacta, es decir, en el sentido de que se trata de comentarios muy extendidos o empleados, y no tratando de sugerir que sean falsos de manera absoluta. En efecto, como casi siempre suele suceder, el tópico tiene en este caso una base incuestionable: la constante pérdida de lectores que vienen sufriendo los diarios impresos (estimado en más de 60.000 ejemplares diarios en el último periodo de doce meses analizado en el aludido informe de la OJD) parece guardar una relación de causalidad, y no de mera correlación, con la creciente audiencia de los medios de información digitales. Y no se adivina aún su final…

Bueno, en realidad, sí. Un buen número de profesionales y expertos considera que el final inexorable de tal proceso será la desaparición de esas publicaciones; si no por extinción física, sí al menos por dramática caída en la mera curiosidad arqueológica o en una atención social extremadamente minoritaria, por no decir irrelevante. Parafraseando a Jean Ferrat, podríamos decir que, para esos observadores, el provenir de los diarios impresos están en los museos.

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Si nos permitimos un poco de reflexión y de visión histórica (dos actitudes que no están de moda y que, por ello, resultan bastante impopulares, lo sé), seguramente llegaremos a la conclusión de que este mensaje profético sobre la muerte de los medios impresos recuerda poderosamente a otros funerales que se vienen convocando desde hace décadas: el cine acabaría con el teatro; la televisión acabaría con el cine y con la radio; el DVD acabaría con el cine y con la televisión; el “big data” acabará con las encuestas; y los medios digitales (no ya los diarios digitales, sino también los diversos canales de las redes sociales: Facebook, Twitter, etc.) acabarán con todo lo que se ponga por delante… Vamos, el famoso éxito de los Buggles (“Video killed the radio star”) elevado a género apocalíptico.

¿Hay lugar para la ironía? ¿Es cuestionable que, si no a la muerte, la irrupción de esos nuevos medios y canales de comunicación, fuertemente apalancados en avances tecnológicos que han sido socializados con extremada rapidez, ha conducido a que los medios preexistentes queden muy acusadamente relegados?

Sin embargo, perder la hegemonía no es lo mismo que morir y quedar desplazado no es lo mismo que desaparecer.

Dejando aparte cualquier ironía, parece bastante claro que las “irrupciones” anteriormente mencionadas, y aun otras que el lector puede aportar con toda seguridad sobre la base de una reflexión histórica más cuidadosa, lo que han hecho ha sido más bien reestructurar el “mix” de medios y conducir a una sustancial modificación en el planteamiento y funcionalidad de los medios preexistentes, pero no a la precipitada instalación de piras funerarias.

* * * * *

En todo caso, el asunto parece más importante que una mera cuestión de vida o muerte (de vida o muerte de determinados medios o actividades culturales, entiéndase). En este entorno apocalíptico, se produce una peligrosa operación de ocultación o escamoteo intelectual en la que “lo que (aparentemente) se pone en juego” deja en un segundo plano, de manera no del todo espontánea o inocente, “lo que (de verdad) está en juego”.

A finales del pasado año, Javier Errea, un periodista y experto en comunicación, presentó en Pamplona un libro, “El diario o la vida”, que aborda de manera particularmente sagaz la cuestión de la muerte de la prensa, entre otras cuestiones, y que le dio pie a la formulación de más de una acertada ironía; por ejemplo: “el periódico de papel no va a morir; no entiendo la obsesión por matarlo”.

Pues bien, en ese mismo acto, el ilustre patafísico Carlos Grassa vino a decir (empeoro seguramente sus palabras, que me llegan por vía indirecta) que lo que está en cuestión con el imparable desarrollo de las redes sociales no es una lucha entre el periodismo tradicional y un nuevo periodismo, sino un combate entre la textualidad (representada, aunque no exclusivamente, por el periodismo tradicional) y la “oralidad escrita”, es decir, la tramposa y peligrosa transmutación en texto de la mera oralidad directa, espontánea y repentinamente transcrita: en definitiva, un endiosamiento excluyente del “escribir como se habla”; es decir, “escribir mal” y, por tanto, con el riesgo de no poder generar idea, pensamiento, información o conocimiento alguno.

Y, si esto cabe decir los cambios en la función de los emisores, no es de menor calado lo que le puede estar ocurriendo a los receptores. El elogio del “periodismo espontáneo y democrático” (el que supuestamente se vehiculiza a través de las redes sociales y un número más que apreciable de los medios on line) frente al “periodismo autocrático y manipulado(r)” que supuestamente promueven los medios tradicionales esconde casi siempre la confrontación entre un modelo referencial de periodismo (o de comunicación, en general) que pone el acento en la inmediatez, la concisión, el mensaje único, la impresión personal, la espontaneidad, el cuestionamiento de la jerarquía informativa, la relativización del contraste entre fuentes, el “storytelling”, la adhesión, la lectura apresurada, el (aparente) olvido instantáneo, etc. frente a otro modelo referencial que pone (o dice querer que se ponga) el acento sobre la actualidad, la concentración, el dato, la reflexión, el contraste de fuentes, la diversidad de géneros, el contexto, la extensión, la interrelación, la ponderación, etc.

Y si el lector cree que los atributos que se acaban de exponer como característicos del primer modelo son esencialmente negativos o se han enumerado con intención peyorativa, está muy equivocado. La cuestión no es la supuesta bondad o maldad intrínseca de uno u otro modelo, sino el contraste entre los resultados que se desean conseguir con la aplicación de uno u otro modelo.

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En todo caso, lo más importante, a mi juicio, no es el mayor o menor grado de razón que pueda haber en la descripción de esa confrontación, sino el hecho, a mi juicio incuestionable, de que tal confrontación existe y es “lo que está en juego”.

Dicho de otra manera y por extensión, “lo que está en juego” en el proceso de reducción de las ventas de los diarios impresos y de incremento espectacular de la audiencia de los medios y canales on line no es si los primeros van a desaparecer (o van a desaparecer prácticamente) por efecto del predominio de los segundos, sino las modificaciones radicales (con consecuencias no menos radicales) que este predominio está generando en la manera en la que se desarrollan actualmente los procesos de comunicación, en la manera en la que se elaboran los mensajes, informaciones y contenidos desde el lado de los emisores y en la manera en que todos ellos son percibidos y asumidos por parte de los receptores. Unas modificaciones y unas consecuencias que, además, se extienden más allá del estricto campo en el que aparentemente se desarrollan.

Lo ilustraré con una hipótesis que expuso nuestro compañero José Gabriel López Antuñano en una reunión del Consejo de Redacción de esta revista celebrada hace ya un par de años. Dijo entonces José Gabriel que la puesta en escena de una conocida obra de un conocido escritor moderno en un conocido espacio madrileño, parecía sometida a una aceleración que, a su juicio, solo podía responder a las expectativas, hábitos y actitudes de un público cada vez más acostumbrado y más influido por los procesos de recepción que exigen e imponen los medios digitales.

Difícilmente podría estar más de acuerdo con él. Creo haber notado ese mismo proceso de aceleración en una parte sustancial de los espectáculos que he visto desde entonces, sometidos a una especie de “horror vacui” que elimina pausas y silencios, que acelera parlamentos y diálogos, que sustituye el dramatismo por la agitación, el humor por la verborrea…

Otro ejemplo a modo de hipótesis (o viceversa). Sin duda, el fenómeno del microteatro tiene que ver sobre todo con los condicionantes económicos de la crisis, con la creciente tendencia al consumo de ocio multicultural, con el eterno atractivo el teatro cómico, con la fascinación que ejerce la proximidad entre intérprete y espectador…, pero quizá también con el creciente gusto por lo breve, por lo inmediato, por lo conciso, por lo concentrado, por lo instantáneo, por lo rápido…

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Dejo para el cierre, a modo de final abierto, la más que fundada sospecha de que, en la trastienda de la visión apocalíptica que nos habla de funerales y entierros para determinados medios y formas de relación comunicativa o cultural no hay solo un error de cálculo, sino sobre todo un error calculado.

No es que los medios impresos o cualquier otro canal de comunicación previo estén a punto de morir, sino de que alguien o “alguienes” están muy interesados en matarlos para conseguir una ocupación más rentable de determinados campos culturales.

Atienda el lector a lo que señalan Evgeny Morozov o Jaron Lanier sobre la expansión nada neutral de los medios digitales, o lo que apuntan Tim Harford, Kaiser Fung o David Hand sobre los efectos de la nueva ideología generada por el “big data” y nos daremos cuenta que, cuando se analiza “lo que de verdad está en juego” en todos estos procesos, no hay lugar posible para la inocencia...

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