Artículos y noticias

La inversión pública en la cultura

2014-12-12

Por Juan Antonio Hormigón.

La cosa es recurrente. Reconozco haber tratado en diferentes ocasiones esta cuestión, pero quizá nunca con el titular de cabecera. El término subvención se ha convertido en punto de referencia repetitivo para admonición de los neoliberales confesos de la derecha y de los que se llaman, para desgracia común, de izquierdas. Para ser blanco de invectivas y sospechas genéricas sin pizca de responsabilidad por parte de quienes las profieren.

Se busca presentar la subvención como un acto de beneficencia gubernamental, con frecuencia sujeto al capricho o las arbitrariedades de los poderes públicos, fruto de la magnanimidad de los gobiernos turnantes. Se busca relacionar este hecho tan sólo con la cultura o las cuestiones sociales, que los neoliberales presentan como prescindibles o algo peor, pero callan lo que se da a diferentes sectores de la producción y en ocasiones, para ácida irrisión de la concurrencia, a bancos o empresas en crisis que cuando ganaron todo fue para ellos. Criterios similares son fruto de las formas políticas de un país democráticamente insuficiente y atrasado.

En repetidas ocasiones hemos propuesto que el término subvención se sustituya de una vez por todas por el de “inversión pública”, sea en cultura o en las diferentes actividades en que esta tenga sentido y razón. Decimos inversión pública porque de eso se trata. O bien por pacto estatal o por política del gobierno, una serie de diferentes actividades de la vida social son consideradas como sectores estratégicos que deben contar con inversión pública para su mejor existencia y desarrollo. Las razones son diversas: asegurar las necesarias condiciones de vida de los ciudadanos, su formación, su desarrollo cívico integral, la preservación del patrimonio material e inmaterial, garantizar una vida digna a las clases populares, asegurar y potenciar el desarrollo de las expresiones artísticas, generar la investigación y la ciencia, incentivar algunas áreas de la producción, etc.

La inversión pública supone y expresa ante todo un compromiso del Estado y la voluntad y convicción política de un gobierno, en el desarrollo de unas actividades concretas. En consecuencia, la sanidad y la educación públicas dejan de ser una concesión, para constituir un derecho de la ciudadanía emanado de una obligación del Estado que los diferentes gobiernos administran y que, en ocasiones, pretenden destruir. Quienes desde la óptica neoliberal intentan acabar con ellas para convertirlas en mercancía y negocio, los periodistas y “expertos” que se dedicaron a decir que “no hay dinero para pagarlas”, son ante todo traidores al interés común y antipatriotas vendidos a los intereses del gran capital nacional y transnacional.

 

Aunque pocas veces se indica que sea así, otro tanto podría decirse de las formas de expresión cultural, el desarrollo científico y la investigación, la protección a la infancia o los dependientes, el sistema de pensiones, las nuevas tecnologías, la presencia y difusión de las culturas de España en el exterior, la promoción de medios de difusión veraces y democráticos, etc. En todos estos casos no hay que confundir la pertinencia de estos propósitos con la existencia de casos de corrupción o de prácticas viciadas que son fruto de incompetencias de sus responsables, así como de la falta de solvencia de los mecanismos de control que deben arbitrarse siempre.

Cada uno de estos capítulos necesita de políticas concretas que den sentido y eficacia a las inversiones públicas que a ellos se destinan. El campo de la cultura en particular, ha padecido una situación de permanente orfandad en todos estos años. La primera cuestión que sería preciso dilucidar es el sentido que se tiene de la cultura sobre la que es susceptible hacer una inversión pública. La cuestión es etérea. Hay problemas de ejecución y de proteger la calidad de lo que se ejecute, pero también de contenidos. Estos deberían incluir desde la conservación del patrimonio hasta todas aquellas expresiones que promuevan la conciencia crítica y cívica de los ciudadanos, pasando por las que contribuyan a la difusión de saberes o el desarrollo de aquellos aspectos humanos que son tributarios de los disfrutes estéticos. Pero también es necesario invertir al unísono en la preservación y desarrollo de las culturas populares.

Igualmente sería necesario establecer unas líneas de trabajo que propiciaran el robustecimiento de la producción cultural y sus vías de difusión, a fin de favorecer el mejor acercamiento a la ciudadanía. Esto se articula en programas culturales coherentes y asentados, que no sean un mero catálogo de frases hechas y lugares comunes. Pero deberían incluir la aceptación de que la cultura no es una mercancía, sino un bien necesario para el bienestar público e individual y además, por si fuera poco, un elemento sustantivo de la vida y salud democrática de la comunidad. Puede esperarse de ella, en ocasiones, que recupere recursos de quienes la disfrutan. Pero constituye un elemento anómalo y conceptualmente perverso, considerarla un negocio y deducir que su importancia o valor residen en su rentabilidad inmediata.

Diseñar las políticas culturales debiera ser una responsabilidad ineludible en el programa de los partidos políticos. Evitaríamos improvisaciones, incoherencias y, sobre todo, nos permitiría saber a qué atenernos. No sólo se trata de que crezca lo necesario la partida presupuestaria de cultura, sino de que se explique el sentido y finalidad de las inversiones que se llevarán a cabo. Ahora ya no es tiempo de demoras.

Y un repique final para los ascendentes rampantes a manera de reflexión: la juventud no debe ser nunca sinónimo de cultivar la idiotez. Quizá tengan estupendos economistas y sociólogos, pero hay cosas que tal vez no conozcan en toda su profundidad. El diseño, organización y gestión de la cultura en un país con el patrimonio y el capital humano de España, no puede ser fruto de la improvisación ni de lo que trajinen unos grupitos que tienen unas cuantas “ideicas” con lo que se les ocurre. Les pondré un ejemplo: una partida de ciudadanos conspicuos, sabios, ponderados y responsables, poco tendría que hacer a la hora de discutir de un problema sanitario complejo. Una tarea semejante corresponde a profesionales expertos en la materia. No todo puede ser fruto de algunas “ideicas” que se nos ocurren. Pues en la cultura sucede lo mismo, aunque pueda parecer cosa de nada a algunos. Porque de tanto caer en estas simplezas, así nos va.

Leer más

Muchos valemos más que uno solo

2014-10-03

 

Por Juan Antonio Hormigón.

 

Podría pasar el título por una afirmación de Perogrullo, por una banalidad, por una redundancia, y sin embargo día a día vemos que la tentación del solitario que desdeña los acuerdos o la solidaridad, se convierte en hábito de conducta de los seres humanos. Un filósofo de tanto calado como Hegel, propuso el estado más evolucionado de la conciencia de sí, como autosuficiente y capaz de absorber el conocimiento de la totalidad del mundo y el supramundo. Era una falsedad aunque él lo enunciara como certidumbre. Pero no es esto lo que más me inquieta.

El capitalismo ha creado un mito destemplado y casi obsceno como es el del individualismo, que rogaría que ningún reaccionario mostrenco de los que menudean por acá y por allá, quisiera confundir con los derechos y deberes sociales y políticos del individuo como ciudadano. Lo ha convertido en su substancia y lo promueve utilizando desde las historias de ficción en apariencia más banales, hasta las contiendas deportivas, por no hablar de los procederes económicos en los cuales se enaltecen como comportamientos deseables y del máximo valor el egoísmo, la insolidaridad, la competitividad rabiosa, la insaciabilidad por el dinero. En el origen de todas estas lacras está el individualismo, que en sus orígenes conceptuales apareció ligado a la economía política.

A fines del siglo XVIII, de ahí venimos, el egoísmo se enunciaba como virtud, como expresión suma del individualismo, como reconocimiento de sus derechos en la defensa y elogio de la codicia. Adam Smith en 1776, en suEstudio sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones, lo formuló en este sentido; no era el primero y más tarde, comprendiendo los peligros, relativizó su exigencia. Pero esta concepción que ha desembocado en el denominado “egoísmo moral o ético”, aunque suponga un contrasentido su enunciación, mantiene que sólo importa aquello que responde a los intereses del individuo y desdeña actitudes altruistas o de atención al bien común. En definitiva, ha estado históricamente ligada al capitalismo más atroz e inhumano hasta llegar al neoliberalismo, degradante y voraz del presente.

El colofón de tanto atiborramiento individualista, concluye en una mentalidad que en ocasiones alcanza a las propias capas populares, que acepta que sólo tiene valor aquello que da dinero, no dinero para vivir con dignidad sino para el enriquecimiento rápido e insaciable. Enriquecerse a cualquier precio constituye un objetivo dominante muy por encima del sentido social del trabajo bien hecho, del trabajo voluntario y solidario, que se considera una estupidez; de la dignidad y la honradez, teniendo por tontos a quienes las practican. Por eso no constituye el núcleo programático de la derecha política, sino de amplios sectores de la socialdemocracia y de formaciones políticas que se autodefinen de izquierdas.

En el ámbito de la creación artística, el individualismo fructifica con palmaria feracidad. Quizá la razón estribe en la confusión que se genera entre las condiciones específicas del trabajo artístico y la dimensión ciudadana de los sujetos de las prácticas artísticas. Con demasiada frecuencia esta confrontación desemboca en actitudes negativas.

Muchas actividades artísticas se llevan a cabo en solitario y muchas veces en soledad. El escritor, el artista plástico, el compositor, pueden realizar su tarea en un cierto aislamiento. Otros como los actores, los cantantes, los bailarines, los intérpretes musicales, los directores de escena o los realizadores cinematográficos, lo hacen integrándose en estructuras grupales de trabajo más o menos amplias, sujetas a procedimientos normativos bastante específicos. Hablamos de la situación actual porque no siempre ha sido así.

Es lógico que esta forma de producir genere una mentalidad que siendo tarea individual se enfanga con frecuencia en el individualismo. A ello hay que añadir una competitividad inmisericorde en el acceso al trabajo y también a las egolatrías que se generan. Todo ello es fruto a su vez de otra contradicción diferente en países como el nuestro, agudizada por la confrontación entre los impulsos silvestres y las posibilidades reales de desarrollar su trabajo.

Más allá de esta condición profesional específica, la dimensión cívica de los trabajadores artísticos, sus circunstancias formativas, el intercambio de experiencias, la capacitación continuada, la defensa de intereses profesionales, etc., exigen a los creadores artísticos la necesidad de unirse, por muy individual que sea la acción, de laborar juntos, de sentirse acompañados, de poder mantener un diálogo productivo con sus colegas. Más aún, de configurar frentes de acción en que se conquisten derechos, se mejoren sus condiciones productivas y adquiera mayor y más valioso sentido la proyección social de sus creaciones.

Llegados aquí podemos aseverar la pertinencia de la afirmación que preside este escrito: Muchos valemos más que uno solo. Porque muchos no es tan sólo fruto de la suma de unidades, sino, en este caso, un crecimiento exponencial que nos hará más fuertes, más visibles, más reconocibles y más necesarios.

Leer más

Florilegio de cuestiones varias sobre asuntos de peso

2014-07-08

Por Juan Antonio Hormigón.

 

Las elecciones europeas que se celebraron en España el pasado 25 de mayo, han producido canguelo entre buena parte de aquellos que han venido controlando la política, la economía y los medios de comunicación en nuestro país. Las formaciones políticas de la izquierda lograron un avance significativo y rotundo. Los partidos mayoritarios que han sido los ejes de la gobernación a lo largo de los años en que ha regido la Constitución de 1978, han quedado en su conjunto ligeramente por debajo del 50 por ciento. Canguelo es la palabra que mejor cuadra a lo que he observado en semblantes, gestos, tartamudeos, malas verónicas verbales, invectivas, destemplanzas, pérdidas de control de representantes políticos, asesores y tertulianos que protagonizan los tiempos menguados que vivimos.

 

1

El resultado más sorprendente ha sido el de una nueva formación denominada “Podemos”, que ha alcanzado un millón doscientos mil votos. Ha utilizado un lenguaje diferente al de otras formaciones y mucha comunicación electrónica. Practica habitualmente el asambleísmo, lo cual, se diga lo que se quiera, puede corresponder quizá al inicio de un proceso pero entraña riesgos futuros. Digo esto con prudencia, respeto y sabiendo de sobra que es una cuestión que a ellos y sólo a ellos compete decidir.

Se puede o no estar de acuerdo con sus propuestas, personalmente comparto muchas de ellas, la mayor parte. Pero, insisto, se puede estar en desacuerdo y argumentar en contrario. También respecto a otros. A estas alturas es lógico que así fuera tras tantos años de andadura “democrática”. Pero no; la España de la caspa y del oscurantismo, que se cree castiza porque utiliza el desplante y la chulería como únicos argumentos supuestamente raciales; la que se cierra cerril creyendo que unas concepciones fanáticas representan lo que para ellos es la “España eterna”, no pierde ocasión de manifestarse a través de algunos cargos públicos, empresarios, columnistas y tertulianos en términos sonrojantes.

El éxito electoral de “Podemos” ha traído aparejada una cantidad nada despreciable de descalificaciones puramente personales, “ad hominem”. El dirigente más visible de esta formación ha sido calificado de “el coleta”, se le ha recomendado que se lave el pelo, o se ha mentido sobre sus horas de trabajo o sus nóminas y se han dictaminado disensiones insalvables entre sus más connotados dirigentes. Algunos provocadores que se disfrazan de periodistas creen que todo vale y actúan de este modo. Actúan porque les deja quien les da cobijo y siguiendo órdenes de quien les paga.

Recuerdo en estas ocasiones un comentario que nos hizo hace muchos años a algunos estudiantes, un veterano profesor de la universidad de Zaragoza. Don Nicolás Ramiro Rico era granadino, fue parte del Consejo de Redacción de la Revista El Estudiante, creada por Jiménez Siles en Salamanca. Era catedrático de Derecho Político y en mi caso oficiaba como un maestro externo porque yo no estudiaba Derecho. Pues bien, en una ocasión se puso más serio que de costumbre y nos dijo: “Hay gente que no puede soportar que alguien lleve unos zapatos amarillos, ese es el origen del fascismo”. Podría haber añadido que eso era la falta de respeto, el encono, incluso el odio al diferente, porque en ello radica el germen de la casposidad ibera. Lo descubrí enseguida.

 

2

Uno de los riesgos que planean sobre nuestro futuro es quizá, que fructifica en segmentos numerosos de la población la idea de que las transformaciones que se precisan pueden ser fruto del espontaneísmo. Quienes en la actualidad propalan este dislate, sabiendo como saben que de ello nunca emanan actitudes firmes y coherentes, puede que estén llamados a ser sus primeras víctimas. Además responde con frecuencia a una actitud oportunista, que oculta los problemas que emanan de conductas de este tipo.

En 1902 en su libro ¿Qué hacer?, Lenin argumentaba brillantemente en contra del espontaneísmo que, según su análisis, sólo conducía al intento de resolución de cuestiones coyunturales, y en ningún caso a la fortaleza ideológica y organizativa necesaria para acometer la lucha por el socialismo. Curiosamente, particular importancia concede en sus reflexiones a una extensa cita de Kautsky.

Antonio Gramsci a su vez dedicó en 1931 un luminoso artículo a dicha cuestión,  “Espontaneidad y dirección consciente”, incluido en sus Escritos Políticos. En el mismo señala que “el elemento de la espontaneidad es característico de la «historia de las clases subalternas»”. Aunque entre la espontaneidad y la dirección consciente propone una interrelación dialéctica para que el fruto sea productivo, reflexiona sobre ello en términos que vale la pena explicitar:

“Descuidar -y aun más, despreciar- los movimientos llamados espontáneos, o sea, renunciar a darles una dirección consciente, a elevarlos a un plano superior insertándolos en la política, puede a menudo tener consecuencias serias y graves. Ocurre casi siempre que un movimiento espontáneo de las clases subalternas, coincide con un movimiento reaccionario de la derecha de la clase dominante, y ambos por motivos concomitantes: por ejemplo, una crisis económica determina descontentos en las clases subalternas y movimientos espontáneos de masas, por una parte, y, por otra, determina complots de los grupos reaccionarios, que se aprovechan de la debilitación objetiva del gobierno; para intentar golpes de estado. Entre las causas eficientes de estos golpes de estado, hay que incluir la renuncia de los grupos responsables a dar una dirección consciente a los movimientos espontáneos para convertirlos así en un factor político positivo”.

Halagar el espontaneísmo popular en los tiempos que corren y con toda la historia de luchas políticas y sociales que tenemos a nuestras espaldas, puede ser un acto irreflexivo e inútil. Pero también, lo que es peor, una añagaza de las clases dominantes para interferir en las propuestas de transformaciones reales. A pesar de la experiencia acumulada, muchas veces me pregunto si percibimos con claridad a dónde son capaces de llegar las clases dominantes cuando se trata de defender sus intereses, sus privilegios y el control de las naciones.

 

3

La mayor parte de los españoles propugnamos la democracia y concebimos las urgentes transformaciones que se precisan, a través de procedimientos electorales junto a movilizaciones o actuaciones que genéricamente podemos denominar cono hechos culturales. Los cambios de conciencia se generan a la par por las condiciones concretas en el sistema productivo que afectan al individuo, así como por el desarrollo intelectivo fruto de la formación y la adquisición constante de conocimientos. La educación y la cultura juegan por tanto un papel decisivo en la configuración de la conciencia tanto social como cívica.

Así las cosas, es comprensible que el ataque a la educación y la cultura, las públicas en particular, para convertirlas en mercancías con las que lucrarse mediante su privatización, forma parte de un plan preciso para hacer retroceder a la población a periodos que creímos superados. Se trata de restringir o impedir a sectores mayoritarios de la sociedad su disfrute, o de darles educación de mala calidad, dirigida exclusivamente a las necesidades de la producción que precisa el gran capital. Por lo que toca a la cultura, se dirige a la ciudadanía hacia el consumo de la mediocridad sensiblera y rancia, la banalidad estéril o directamente la bazofia, a la que se atreven a denominar cultura porque todo vale.

 

4

Alberto Garzón, economista de formación y diputado de izquierda Unida por Málaga, ha escrito un libro sobre la III República española. En la Casa del Libro de Madrid a principios de junio, hizo la presentación. Su discurso, que vi y escuché grabado en vídeo en su integridad, tenía ante todo una tonalidad pedagógica inapelable. Habló de la democracia y la política en la historia, así como de las contradicciones del presente y de esa República futura.

Sus palabras fueron sabias y sencillas, sin el menor rastro de populismo, sin la menor concesión al empleo de trucos mediáticos, de artimañas zalameras hacia el público que escuchaba. Su libro está escrito bajo el tono dominante de la razón consciente y de la necesidad de la dirección igualmente consciente de los procesos de cambio histórico. Y concretó, el profundo valor e importancia de la cultura para el proceso de cambio social.

 

5

Alberto Garzón en el exordio de su libro, planteó de forma directa y nítida el problema de la actual Ley electoral. Lo enunció para señalar su insuficiencia, lo que hace que la voluntad de los votantes se vea alterada fuertemente en el número de representantes obtenidos. Me produjo gran satisfacción escucharlo porque no es frecuente oír hablar de ello.

Es un tanto sorprendente el silencio que existe a este propósito. Sabemos que existen formaciones que lo han exigido en el pasado pero que ahora guardan silencio. ¿Por qué? Y sin embargo, la Ley electoral vigente es el instrumento prioritario para la supervivencia y preservación del bipartidismo. Reconozco que no entiendo cómo no se da una reclamación constante de esta anomalía. Gracias a su existencia, en las últimas elecciones generales el Partido Popular, con el 42 por ciento de los votos emitidos, que representaban el 37 por ciento de la totalidad del electorado, obtuvo una amplia mayoría absoluta en el número de escaños. Gracias a ello, una y otra vez se repite en los medios la tabarra de que al PP lo votó la mayoría de los españoles. Las formaciones políticas que enuncian regeneración y cambios en sus programas, debieran pronunciarse de modo contundente sobre la modificación de la ley electoral para que se respete de modo fehaciente la voluntad popular.

 

6

Por el contrario se habla mucho de listas abiertas y de primarias, con una insistencia digna de mejor causa. La lista abierta no es más que un mecanismo para que el elector pueda marcar el orden de los postulantes en su papeleta. Nuestras elecciones al Senado se configuran en una lista abierta y no podemos presumir de que el resultado reconforte. Por otra parte, las listas abiertas allí donde se han empleado, no alteran en mucho el orden propuesto porque son pocos los electores que lo modifican. En definitiva, sólo son un atributo más del elector que poco resuelven.

Lo de las primarias es harina de otro costal. Es más propio de plataformas electorales que de partidos políticos organizados. Los denominados partidos estadounidenses, son más plataformas que gestionan elecciones y configuran grupos de poder, que otra cosa. Es eso lo que se intenta introducir como moda y además darle el rango de instrumento salvador. Incluso algunos tertulianos, ¡quién si no!, exigen a los partidos que las pongan en práctica.

Pero todo este debate constituye una añagaza para eludir los problemas de fondo y además, un ataque sordo y voraz contra la propia constitución de los partidos como elaboradores de propuestas que someter a los votantes, a la par de ser instrumentos organizados que permitan la consecuente aplicación de sus programas. Desleír es una forma bien conocida de ejercitar una destrucción paulatina.

Una cosa es que exista una democracia interna, flexible y amplia en el seno de las formaciones políticas y otra bien distinta que sufran descalificaciones porque un candidato no emane de una elección en que participe quien quiera. Cabe preguntarse: ¿Y en dónde queda entonces el valor y el sentido de los militantes, de quienes constituyen y piensan un partido como propuesta programática? Pero los tertulianos y quienes los dirigen, saben bien que ese camino conduce a la nada y ese, y no otro, es su objetivo.

 

7

El término “pueblo” puede servir para todo. La reacción más negra o los orates románticos no dudan en mencionarlo y atribuirse su representación. El voto fue un mecanismo que se introdujo para saber lo que el pueblo opinaba realmente. Pero el término pueblo expresa muchas veces la masa inerte, aborregada, inmovilista, en la que se producen de tiempo en tiempo motines que no provocan transformaciones reales. La historia es prolija en estas historias. Por eso, lo que es justo y preciso es hablar del “pueblo organizado y articulado”, lo cual representa una garantía de acción coherente y eficaz. La organización es un instrumento para transformar y construir, siempre que no la controlen mafias o intereses extraños. O los medios de comunicación, convertidos en instrumentos canalizadores de intereses de grandes corporaciones, se crean con el derecho a dirigirlo y manipularlo.

 

8

Nunca he visto tanta gente que proclamando tener un alma republicana, apoye la monarquía. En la vida política oficial como en la arqueología o la cosmología, hay misterios insondables. También lo es que algunos trileros se disfracen de cargos y ex altos cargos de la cosa pública. ¡Cuánta perplejidad!

 

9

En diciembre de 1870 se estrenó en el Teatro del Circo, sito en la Plaza del Rey de Madrid, y que ocupaban “Los Bufos de Arderius”, la zarzuela en tres actos titulada El Potosí submarino. La música era de Emilio Arrieta y el libro del entonces corrosivo García Santisteban. El espectáculo tenía un gran despliegue escenográfico y de vestuario, pero además era lo más opuesto a un simple entretenimiento. Contaba la historia de un gran estafador de cuello blanco y frac impecable, llamado Misisipí, al que entre burlas disparatadas y lances inverosímiles, va descubriendo y cercando un joven marinero apellidado Cardona. Al final, éste se dirige al malhechor y al público con estas palabras:

 

 “Que alguna vez

comprendan estos malvados

que hay en los hombres honrados

el valor de la honradez.

Si a altos puestos se encaraman

e insultan con su osadía,

es sólo por la apatía

de los que honrados se llaman.

¡Arriba los hombres buenos,

no amilanarse jamás!

¿Por qué, si somos los más,

dejar que triunfen los menos?”

 

Un final muy escénico. El teatro, en ocasiones, es lugar de reflexión en donde se habla por derecho.

Leer más

150

2014-04-22

Por Jorge Urrutia.

 

Éste que tiene el lector entre las manos es el número ciento cincuenta de la revista de la Asociación de Directores de Escena de España. Si se hubiera publicado un número anual, el primero habría aparecido en 1864. Hubiera coincidido, pues, con la creación de la Primera Internacional, lo que no hubiese venido mal pues coincidirían ambas en la lucha por unas concretas conquistas sociales y laborales. De hecho, el primer número de lo que aún no era una revista, sino un Boletín, así llamado, de cuatro páginas, se abría con un artículo de Juanjo Granda titulado “El director de escena. Aprendizaje de un oficio”.

No se trataba tan sólo de defender la importancia del director de escena, sino que establecer claramente sus responsabilidades y su situación laboral y, por ende, contractual. Pronto, surgió la preocupación por historiar dicha función en el teatro español, llegando a publicar algún número francamente memorable. No hay modestia alguna en estas palabras porque, como miembro del Consejo de Redacción de la revista, creo que es justo que nos sintamos orgullosos de los logros obtenidos, el primero de los cuales es la continuidad de esta publicación.

Pero el primer número no apareció en 1864, porque la revista no es anual. Apareció en 1985 y coincidió, por lo tanto, con otra manifestación de internacionalismo, aunque de distinto signo: el ingreso de España en la Unión Europea. No fue éste un hecho aislado, sino que formaba parte, de forma especialmente destacada, de un afán modernizador del país, que comprendía una política cultural de nuevo cuño. Así, el número dos del Boletín (publicado casi un año después del anterior, lo que da idea de la dificultad del alumbramiento) iniciaba sus páginas con un artículo de Adolfo Marsillach titualado “Una compañía Nacional de teatro clásico”.

Si el actor es importante para la revisión de nuestro teatro del Siglo de Oro, el director de escena es quien debe proporcionar el nuevo entendimiento de los textos que cada generación hace. La creación de la Compañía no podía, por ello, serle indiferente a la Asociación ni a su revista, en busca de una intervención razonadora y sabia en la cultura española contemporánea. Si Eugenio d’Ors dijese que lo que no es tradición es plagio, la búsqueda de la tradición y de su fuerza mantenida no puede faltar en la formación y el trabajo de los directores de escena que nuestro teatro precisa.

Pero esas nuevas lecturas de la tradición teatral exigen un público preparado, cuya competencia se haya formado a través de programaciones y espectáculos que compongan un panorama coherente, sobre todo en los teatros públicos, que siempre hemos defendido. Nada de extraño fue que, ya en el tercer número del Boletín, incrementado de páginas, pudiésemos leer un artículo de Lucila Maquieira titulado “La formación de espectadores”.

Aquellos tres primeros números de la revista, en 1985, marcaron ya tres temas fundamentales en todo el desarrollo posterior de la publicación: la profesionalización del director de escena, la afirmación del teatro público así como de una compañía nacional de teatro clásico y la formación de la competencia del espectador. Un muestra de coherencia mantenida a lo largo de ciento cincuenta números. Y es que lo que no es tradición, es plagio.

Leer más

Premios ADE 2013 - Ganadores

2014-02-18

PREMIOS ADE 2013

 

El día 18 de febrero de 2014, a las 19:00 horas en la sala Valle-Inclán de la Real Escuela Superior de Arte Dramático, tuvo lugar la Entrega de los Premios ADE 2013, convocados por la Asociación de Directores de Escena de España.

Los premios fueron entregados por Fernando Marín, Vicepresidente de AISGE; Jesús Campos, Presidente de la Asociación de Autores de Teatro; Rafael Ruiz, Director de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid; Luma Gómez, actriz; Ángel Fernández Montesinos, Presidente de Honor de la ADE; Eduardo Alonso, Presidente de la ADE, Juan Antonio Hormigón, Secretario General de la ADE y Cristina Yáñez, Vicepresidenta de la ADE.

 

 

La lista de premiados fue la siguiente:

 

Premio ADE de Dirección

Ganadora:

Helena Pimenta por La vida es sueño

Finalistas:

Paco Carrillo por Los Gemelos

Ignacio García por Marina

Alfredo Sanzol por Aventura!

Emilio del Valle por Antígona siglo XXI

 

 

Premio «Adolfo Marsillach» a una labor teatral significativa

Denis Rafter

por la relevante labor desarrollada a lo largo de toda su vida en la dirección de escena, la interpretación y la docencia teatral, así como por servir de puente cultural entre Irlanda y España.  

 

 

Premio de Honor de la ADE

Julio Castronuovo (a título póstumo)

por la relevante labor desarrollada a lo largo de toda su vida en la interpretación y la docencia teatral en un área especializada como es el mimo y la pantomima, así como en la dirección de escena

 

 

Premio «Joseph Caudí» de Escenografía

Ganadores:

Alejandro Andújar y Esmeralda Díaz por La vida es sueño

Finalistas:

Alicia Blas por Atlas de geografía humana / La rendición / Kafka enamorado (Ciclo “De la novela al teatro”)

Juan Sanz y Miguel Ángel Coso por Marina

 

 

Premio «Adrià Gual» de Figurinismo

Ganadora:

María Araujo por El lindo don Diego

Finalistas:

Paloma Bomé por Julio César

Nina Pawlowski por Llibertat!

 

Premio «Rogelio de Egusquiza» de Iluminación

Ganador:

Luis Perdiguero por Transición

Finalistas:

Juan Gómez Cornejo por Antígona

Pedro Yagüe por Constelaciones

 

 

Premio «Leandro Fernández de Moratín» para estudios teatrales

Ganador:

Juan Antonio Hormigón: El legado de Brecht. Madrid, Publicaciones de la ADE, 2012

Finalistas:

Rodolfo Cardona y Anthony N. Zahareas: Re-Visión del Esperpento Madrid, Publicaciones de la ADE, 2012

Gabriel Quirós Alpera:José Luis Alonso. Historia de la dirección escénica en España. Madrid, Ed. Fundamentos, 2013

Evangelina Rodríguez Cuadros:El libro vivo que es el teatro. Canon, actor y palabra en el Siglo de Oro. Madrid, Ed. Cátedra, 2012

César de Vicente Hernando: La escena constituyente. Teoría y práctica del teatro político. Madrid, Ed. Centro de Documentación Crítica, 2013

 

 

Premio «María Martínez Sierra» de Traducción teatral

Ganador:

Eladio de Pablo, por su traducción de Cielos de Wajdi Mouawad, (Oviedo, Ed. KRK, 2013).

Finalistas:

Juan Antonio Albadalejo e Isabel Hernández por sus traducciones de Don Juan o el amor a la geometría y Andorra, de Max Frisch. (Madrid, Ed. Cátedra, 2012)

Catuxa López Pato por sus traducciones de Máquina Hamlet e outras pezas de Heiner Müller. (Vigo, Ed. Galaxia, 2013).

Ana Schulz, por su traducción de Sincronización en Birkenwald: una conferencia metafísica de Viktor E. Frankl. (Barcelona, Ed. Herder, 2013)

Lydia Vázquez, por sus traducciones de Teatro libertino francés: La muerte de Agripina, de Cyrano de Bergerac y Franqueza y traición, del Marqués de Sade. (Madrid, Publicaciones de la ADE, 2012.)

 

 

Premio «José Luis Alonso» para jóvenes directores

Lucía Miranda por Perdidos en Nunca Jamás

 

Se entregaron también las Medallas de la ADE alos directores de escena:

Santiago Sánchez, Román Calleja, Antoni Mª Thomas, Francisco García-Muñoz, Ánxeles Cuña, Pere Fullana, Adolfo Díez Ezquerra, Joan Mª Gual, Sergi Belbel, Fernando Griffell, Carlos Herans y Manuel Ponce

por sus veinticinco años de pertenencia a la Asociación de forma continuada

 

Y las Tarascas de la ADE como reconocimiento al apoyo prestado a la ADE en el pasado año, a:

- Santiago Martín Bermúdez (Escritor y crítico musical)

- Centro Uruguayo de Madrid

Leer más

Defender la cultura y sus circunstancias

2014-02-14

Por Juan Antonio Hormigón.

Se defiende lo que se ha conquistado y se combate por lo que se desea, a lo que se aspira. Es un máxima simple, no supone ningún descubrimiento en el estudio de la conducta o de la filosofía política, pero expresa claramente lo que los seres humanos hacen con mucha frecuencia aunque no sean conscientes de ello. Los axiomas no por evidentes tienen menor calado.

Viene a cuento lo que digo del debate de la cultura de antaño y de ahora, rabiosamente de ahora. Por un lado de su sentido, de su significado, de su importancia capital para la condición humana, la forja de la conciencia civil, la democracia, el progreso y el desarrollo social. Por otro de su construcción, su impulso, su organización, su promoción para lograr mantenerla, cuidarla, favorecer la investigación, la creatividad y su acceso a los segmentos más amplios de la sociedad.

Por supuesto que me estoy refiriendo a lo que comprende la suma de expresiones ligadas a la producción artística, en su noción más amplia. Es decir, aquello que comprende la salvaguarda y conservación del patrimonio, lo cual incluye edificios o conjuntos rurales o urbanos, desde las catedrales a los teatros, los museos, las bibliotecas, los archivos, etc. A la par, todo aquello que se define como artes plásticas, música, literatura, artes escénicas, cinematografía, artes decorativas y populares y artes de la restauración. Sé que hay acepciones muy diversas para el término cultura, pero me centro en la que en líneas generales pertenece a nuestra noción colectiva.

En el capítulo de la gobernación, ocuparse de estos menesteres pasa por el diseño de una política cultural que establezca los fundamentos en los que se sustenta. A partir de allí deben establecerse las pautas organizativas, administrativas y presupuestarias que diseñen vías de actuación para que lo proyectado se lleve a efecto. Sin una política cultural correctamente diseñada, no existen actuaciones culturales consecuentes, con objetivos a corto y medio plazo, con capacidad de insertarse en el tejido social para constituirse como tejido cultural. Sólo entonces los presupuestos de cultura dejan de ser beneficencia y se instituyen como necesidad y derecho.

Vuelvo al axioma inicial. Hemos carecido de una política cultural de Estado y las formaciones políticas tampoco la han elaborado hasta la fecha con criterios rigurosos, aunque sólo fuera como proposición que aguardara a su puesta en práctica cuando alcanzaran la gobernación. Aquí no hay nada que defender, sólo nos resta combatir para que esa política cultural se diseñe y algún día se instaure. Pero no es una cuestión retórica sino de urgente necesidad. Puede que comencemos a comprenderlo cada día con mayor urgencia.

 

2

El modo de producción capitalista ha reducido siempre la cultura a simple mercancía, y ha intentado limitar sus funciones a las del entretenimiento, excusa para más altas misiones, el turismo por ejemplo, o coartada o boato de la clase dominante. Después se utilizó para el consumo masivo convertida en simple negocio bajo el epígrafe de industria cultural. La Escuela de Francfort, con Adorno, Horkheimer y otros al frente,analizó dicha problemática en términos contundentes, como mecanismo alienante que sólo busca la trivialización y el negocio. En suma: en su dimensión ideológica perversa y en su enfangamiento como mercancía.

Quizá la cuestión radique en que todos los procesos de producción de los hechos culturales dentro de la diversidad que hemos enunciado, precisan de una base material. Pero al mismo tiempo, su naturaleza en muchos casos les permite desarrollar aspectos críticos respecto al sistema. Igualmente que participando de las superestrucuturas ideológicas, poseen una notable conexión con el plano científico: de las ciencias humanas, claro, lo que coadyuva decisivamente a su condición ambigua y específica.

La asunción de estos planteamientos propicia, propició sería más correcto decir, hace mucho tiempo, los diseños políticos culturales tendentes a la paulatina eliminación de las imposiciones mercantiles sobre la cultura, incitándole a que se concentrara en la búsqueda de las calidades artísticas, la entidad de sus contenidos centrados en el progreso social y humano, así como en su valor en cuanto a su rentabilidad social, lo que exige consideraciones ante todo cualitativas más que cuantitativas. Dicha liberación es más asequible en aquellas formas culturales concentradas en la conservación patrimonial y en las que poseen procedimientos constructivos de raigambre artesanal, artes escénicas, música, en concreto. Las artes plásticas viven en este caso una evidente contradicción.

Es preciso subrayar que cuanto más se relaja la cultura a simple mercancía, más se ve disminuida en sus objetivos y responsabilidades, cayendo en la banalidad e incluso la estupidez. Evidentemente, lo cual es más grave, todo ello impregnado de las ideas de la clase dominante en los sistemas capitalistas. En ocasiones esta cuestión adquiere tonos de zafiedad evidente, pero no faltan casos en que se enmascara en formalizaciones estéticas que hacen menos diáfano lo que expresan, aunque lo que proponen o defienden es parejo. No obstante hay que señalar que la liberación del mercantilismo cultural no va acompañada de un cambio de tendencia, y son frecuentes las manifestaciones culturales que siguen impregnadas o son voceras de las ideas dominantes en el plano políticosocial.

Las políticas culturales coherentes y con fundamentos y objetivos han hecho posible la puesta en marcha de múltiples centros de creación y difusión, de planes de acción globales, de crecimiento de los públicos interesados. La estabilidad de los profesionales de la cultura que debe ser uno de sus objetivos, es consecuencia de una organización de la producción y del allegamiento de los recursos necesarios. Todo ello cobra mayor fuerza cuando es asumida como cuestión de Estado y se la preserva de los caprichos emanados de políticos versátiles, en ocasiones sin patria y sin conciencia.

 

3

¿Qué tenemos nosotros por lo tanto que defender? Hemos carecido de política cultural y ahora pagamos las consecuencias más graves. Hemos creído que entre el aumento de los presupuestos, poner parches aquí y allá y darse algunos caprichos, construíamos algo en la cultura, aunque en realidad no era  sino un edificio de tablas sin cimientos. Tampoco creábamos un verdadero tejido cultural, que nos es tan necesario y urgente.

Me conmueve la contundencia y la convicción que emana de las grandes manifestaciones de los enseñantes y los trabajadores del sistema de salud pública. La razón es muy simple: tienen algo que defender y luchan por ello. Los que acuden a las marchas han podido votar opciones diferentes o no hacerlo, pero les une a todos el mismo espíritu en defensa del bien social que constituye la educación o la sanidad públicas.

Las expresiones del mundo cultural en este terreno son muy diferentes. No tienen apenas cosas que defender. Nuestras iniciativas culturales públicas son muy selectivas. Tenemos museos excepcionales como el del Prado –que algún economista(?) neoliberal pidió que se privatizara-, grandes y pequeños archivos y bibliotecas, dependencias públicas como las Filmotecas, etc. Posiblemente muy pocos de los que allí trabajan participan de la defensa de la cultura. Nunca he tenido un cargo directivo en el teatro público y sin embargo lo he defendido con denuedo desde hace muchos años, mientras que muchos que disfrutaban de ellos como puesto o salario, jamás hacían nada en su defensa, como si no fuera su asunto. Tenemos edificios teatrales públicos pero la mayoría de ellos están cerrados, con actuaciones ocasionales y programaciones más que dudosas porque se encuentran sometidos a las horcas caudinas del mercado y a más cosas. En una palabra, no tenemos mucho que defender.

Defendemos la cultura en primer lugar como concepto, porque sabemos lo que representa para la vida social y para la existencia de un país, así como para la formación de la conciencia de sus ciudadanos. Pero lo que a nosotros toca es conseguir que se construya una cultura pública y no nos dejemos engañar por los que desde siempre han estado en su contra. No voy a hacer ahora casuística al respecto, pero sobran ejemplos, cuantiosos y esclarecedores, que muestran hasta qué punto ha habido gentes obsesionadas en que esto no fuera posible, poniendo por delante sus intereses inmediatos aunque fueran en detrimento del beneficio social y profesional. Y en esto tampoco han faltado los que poniendo cara de progresistas, han contribuido con uñas y dientes a que todo fuera igual en el terreno de la política de las artes. No debemos admitir que se aluda a los recursos, cuando hay países con economías de menos empaque que la nuestra que dedican recursos muy superiores a los de aquí en la promoción, práctica y difusión de la cultura. No para que existan intermediarios que hagan negocio, sino para crear cultura, conseguir estabilidad profesional y propiciar su difusión y expansión social.

La actitud combativa, luchar por algo que se aspira a conseguir, exige tener un proyecto coherente y un horizonte plausible, de no ser así todo queda en simple protesta, en ocasiones sin ton ni son, dominada por reivindicaciones circunstanciales y que en ocasiones no tiene mayor alcance que la protesta en sí misma. En el fondo nada se pone en causa, no existe ningún plan de construcción de algo diferente, se repiten expresiones cada vez más viciadas y vacías de contenido, se organizan alharacas que mucho tienen de festejo y de exhibición pero poco de actos fruto de convicciones profundas para alcanzar unos objetivos bien trazados.

Debemos tener la sinceridad de reconocer que se ha operado durante el periodo democrático con esta anomalía en el terreno cultural, porque sus agentes, y por ello entiendo a quienes trabajan en las artes plásticas, en el cine, en la música, en las artes escénicas, etc., no han exigido atención, respeto y soluciones reales; que no sean beneficencia ni caprichos, sino la instauración de sistemas productivos adecuados en el terreno cultural. La sociedad española en su conjunto, no hablo de las minorías que merecen encomio, no ha reclamado tampoco una cultura desarrollada porque su techo es muy bajo en la aspiración y sus necesidades escasas. No recuerdo quien dijo que en España hemos pasado de la sociedad sin libros a la sociedad de la televisión, ¡y qué televisión! Así estamos. Las formaciones políticas tenían la obligación de elaborar políticas culturales pertinentes y no lo han hecho. Algunos no lo harán nunca porque su programa secreto es que haya entretenimiento, o lo que ellos llaman así, y no cultura. Abominan de la cultura y tienen pavor a un pueblo culto que no se humille, que no se atemorice y que se arme de razones. Otros tienen la obligación histórica ineludible de hacerlo, si no quieren faltar gravemente a los fundamentos que dicen defender.

Las cosas no se consiguen de la noche a la mañana pero hay que trabajar para que lo sean lo antes posible. Hay que trabajar sabiendo hacia donde vamos y hacerlo con sabiduría y tenacidad. No es cuestión de refugiarse en mucho asambleísmo o de darse cariño y calor, sino de elaborar un proyecto consecuente y establecer plazos para su paulatino desarrollo y puesta en pie. Para eso es preciso mucha sabiduría e insobornable tenacidad. Nosotros desde la ADE quisimos en su día aportar algo específico a la cuestión con nuestro “Proyecto de Ley de Teatro”. Era sólo el inicio de un camino que debía ensancharse, quizás agrupar a todas las artes escénicas, y todavía quedarían otros segmentos que atender. Ahí está y quizás un día se aproveche.

Aviso: escribiré más sobre todo esto porque aquello que nos urge precisa de larga reflexión.

Leer más