Artículos y noticias

¡Que vengan los cómicos!

2013-12-03

Por MF Vieites.

This disgusting feast of filth! ¡Este insufrible banquete de inmundicia!, así se podría traducir aquella frase, ya célebre, con la que Jack Tinker, crítico de teatro del Daily Mail, saludaba la obra primera de Sarah Kane, Blasted, que habría de convertirse en uno de los fenómenos teatrales de aquel año de 1995 y de toda la década, camino abierto hacia una dramaturgia nueva que ya afloraba en la obra magnífica de Andrea Dunbar, Rita, Sue and Bob Too, estrenada en el Royal Court en 1982 con dirección de Max Stafford-Clark, fundador de la compañía Out of Joint.

Kane, en su texto airado y rabioso, pero escrito con una técnica muy depurada, casi perfecta, muestra con aplomo y destreza la hipocresía en la que se había instalado la sociedad occidental en un momento en que en Europa prendía de nuevo una guerra alimentada con la indiferencia de los gobiernos y los balances comerciales de algunos importantes fabricantes de armas. En efecto, si las relaciones aberrantes entre un periodista con un pasado oscuro y un presente inundado de alcohol, y una joven que bien podría ser su propia hija, dan cuenta de la barbarie que atenaza la vida cotidiana, de la violencia extrema que ejercemos sobre el otro para satisfacer nuestros más delirantes deseos, la irrupción del soldado en la segunda parte es tanto un recurso dramático para intensificar esa idea central como una oportunidad de mostrar que todas las barbaries acaban por destruirnos a todas y a todos. Nadie está a salvo, ni nosotros, en nuestras cada vez menos confortables vidas.

Ese hombre predador y devorador que nos presenta Kane, y esa mujer predadora y devoradora que Caryl Churchill tan bien retrata en su obra Top Girls, sedientos de poder y riquezas, ansiosos por saciar sus ambiciones a cualquier precio, son quienes han copado en estos momentos las esferas del poder, llenándolas de inmundicia. Y si el baremo que el ministro Wert querría aplicar a los estudiantes para obtener una beca, nota media de 6.5, hubiese de aplicarse a la clase política, muchos de los habitantes de los altos barrizales del poder tendrían que volverse a sus casas, con lo cual al menos nos ahorraríamos ese espectáculo insufrible e inmundo que un día sí y al otro también inunda los plasmas, la página impresa de periódicos y tabloides, el mundo virtual, las ondas, las conversaciones, los monólogos del taxista... Don Ramón del Valle-Inclán ya no hablaría de esperpento, a buen seguro encontraría una palabra más precisa.

Y ante tanto despropósito, quien subscribe, habitante de esta tierra baldía para la inteligencia, enorme “waste land” para el simple decoro, no puede dejar de pensar en un espectáculo entrevisto hace ya muchos años, aquel Ñaque (o de piojos y actores), que Pepe Sanchis Sinisterra presentaba con su Teatro Fronterizo allá por 1980, si la memoria me acompaña todavía. Tomaba nuestro dramaturgo su pretexto de aquel magnífico volumen que Agustín de Rojas Villandrando tituló El viaje entretenido, publicado en Barcelona en 1624, y en el que, como bien es sabido, ofrece una precisa panorámica de los modelos de compañía que por aquel entonces operaban en España. En 1562 el pintor flamenco Pieter Bruegel el Joven fechaba un cuadro titulado “Feria con representación teatral”, hoy en el Hermitage de San Petersburgo, que ofrece una imagen plástica de enorme valor para comprender los usos y costumbres de aquellas compañías, sus formas de trabajar y los procesos de expresión y recepción escénica.

Pues bien, en esos documentos históricos, y en otros muchos que cabría invocar, podemos tomar conciencia de la épica y de la grandeza de una profesión, la teatral, sin la cual buena parte de nuestra civilización y de nuestra cultura no habría sido. ¿Qué habría sido de Grecia, de Atenas y de la Magna Grecia, sin su teatro, ese espacio público y privilegiado de análisis, confrontación y deliberación en torno a los grandes asuntos de la república? ¿Qué hubiera sido de la literatura universal sin la obra todavía retadora de Esquilo, de Sófocles, de Eurípides? Y llegados a esta España por la que tantos lloran y se lamentan, ¿qué habría sido de Cervantes, de Calderón, de Lope, de Moreto, de Alarcón, y de tantos y tantos insignes vates que hicieron de nuestra lengua común la patria más hermosa (la de las letras), sin los cómicos, sin esas gentes sufridas y animosas que Fernando Fernán Gómez tan bien retrató en su inolvidable El viaje a ninguna parte, la misma obra que un tabloide amarillento situó entre las 100 mejores novelas en español del siglo XX?

En estos momentos de gravísima tribulación y ante el despropósito generalizado en que nos ha instalado una parte importante de la clase política, sólo interesada en el lucro y el poder (y en el sexo salvaje y a escondidas, por lo que se va viendo y sabiendo, para desdoro de la sacrosanta familia romana) tal vez la única opción que nos quede para poner un poco de orden, concierto y rumbo en esta nave a la deriva, radique en proponer que los asuntos todos de la república sean cosa de la que se ocupen aquellos que detentan dos cualidades importantes: su conocimiento y su capacidad de emprender. Conocimiento como el que pueden aportar tantas y tantas personas que han dado muestras de su compromiso social y comunitario, como todos esos investigadores y científicos que dedican su vida entera al servicio común, inventando artilugios que solucionan todo tipo de problemas, promoviendo patentes, proponiendo soluciones para enfermedades todavía incurables. Todo ese capital humano que escapa de este país gobernado por mediocres, falsarios y corruptos. Sólo una clase cateta y obtusa, como la que nos gobierna, puede sentir tal desprecio por el conocimiento y la ciencia.

Emprendimiento como el que han mostrado las gentes del teatro, de la danza, de la cultura toda (también del cine), manteniendo vivos oficios, saberes y prácticas artísticas a pesar de todas las circunstancias que siglo a siglo impidieron su desarrollo, pues en España el arte y la creación cultural no han sido jamás alimento de poderosos y políticos, más bien todo lo contrario. Las gentes del teatro son, antes que cualquier otra cosa, emprendedores auténticos, pues día a día, mes a mes, año a año, buscan y rebuscan posibilidades para hacer y mostrar sus trabajos, para abrir caminos en un campo teatral que presenta enormes deficiencias si lo comparamos con el inglés, el alemán, el polaco… A pesar de que en España la convergencia con Europa es deficiente y deplorable en muchos ámbitos, especialmente en el campo de la música y las artes escénicas, los creadores escénicos siguen manteniendo con tesón su derecho, y su deber, a ejercer una profesión que, insisto, fue uno de los pilares del clima de excelencia cultural que vive España en el Siglo de Oro o durante la Segunda República. Mayor voluntad emprendedora, pese a la que está cayendo, imposible.

Sabios, en el sentido más noble de la palabra, y emprendedores, en el sentido de crear una riqueza que vaya mucho más allá de abultar la cuenta corriente, es lo que necesita España en estos momentos, y quienes nos gobiernan nada tienen ni de sabios ni de emprendedores, más bien lo contrario. Un número significativo de esos que denigran a los funcionarios o a los parados, por poner un ejemplo tópico, llevan toda su vida viviendo a cuenta del partido (que se nutre de lo que se nutre, como se va viendo y sabiendo) y del erario público, al no tener profesión ni conocida ni reconocida. Ellos y ellas son quienes han vivido muy por encima de sus posibilidades, sobre todo las intelectuales, de tan borricos que son.

Por eso creo que es preciso que vengan los cómicos, los becarios, las científicas, las bailarinas, los literatos, las cineastas, los pintores…, todas esas personas que, pese a todo, mantienen el pulso vivo de nuestra ciencia y de nuestra cultura, de nuestras vidas cotidianas, con sus espectáculos, su música, sus películas, sus bailes, sus libros, sus inventos, sus estudios… Que vengan y que demuestren, a todas esas voces que denigran su trabajo, su profesión, su compromiso y su honestidad, y de una vez por todas, que la inmundicia de quienes nos gobiernan es la inmundicia generada por ese sistema infecto y corrupto que ellos alimentan y les protege, una Bastilla pútrida.

Que vengan pues los cómicos, con sus historias sobre esta peste que padecemos, sobre las plagas que habitamos, para despertar de este sueño de insoportable indolencia.

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En legítima defensa

2013-11-28

Por Juan Antonio Hormigón.

The Rainmakeres el título de un filme de Francis Ford Coppola, estrenado en 1997. Se realizó a partir de la novela del mismo nombre de John Grisham, publicada en 1995. En España se tradujo como Legítima defensa, que define sólo algunos de los aspectos que dicha producción aborda. Entre los intérpretes figuran algunos sólidos actores estadounidenses, tan versados en la creación de personajes que denominamos “característicos”, es decir aquellos que muestran una tipicidad y especificidad que les aparta de los convencionalismos que casi siempre muestran los que entendemos por héroes galanes y doncellas enamoradizas. A este repertorio pertenecen desde Matt Damon, hasta Mickey Rourke, Danny DeVito, Jon Voight, Dean Stockwell, Danny Glover y varios más que aparecen en el reparto.

La historia trata de un joven abogado, Rudy Baylor, que logra un trabajo muy particular en la ciudad de Memphis. Poco después abre un bufete propio en compañía de un pintoresco personaje, Deck Shifflet, interpretado por DeVito, un lince en la indagación de desafueros empresariales. Al paso le surge una historia de una joven agredida por el marido: un bestia jugador de béisbol que la golpea con un bate de aluminio. Tras varios incidentes, el beisbolista arremete contra el abogado y en la pelea muere accidentalmente. La chica asume el hecho como suyo y lo define como defensa propia. Esta tesis, cierta desde luego, es aceptada por la fiscalía.

Sin embargo este conflicto es mucho menos relevante que el otro, el que me lleva a escribir estas reflexiones. Un muchacho que pertenece a una familia humilde, padece una leucemia particularmente agresiva. Su única esperanza estriba en que le hagan un transplante de médula. Los padres han estado pagando un seguro médico privado, no hay otra en los USA, desde siempre, pero ahora esta empresa se niega a  efectuar dicho tratamiento. Como quienes no la hayan visto preferirán desconocer los detalles, los callaré. Sólo señalo que el juicio descubre y muestra los procedimientos despiadados de los dirigentes empresariales, con su propietario a la cabeza, que sólo miran el lucro económico y en absoluto el bienestar de las personas, más bien las desprecian.

Este segmento de la película adquiere, visto ahora, una contemporaneidad inexcusable. El proyecto de ley de seguridad social presentado por el presidente Obama, intenta paliar en algo la conducta que supone convertir la sanidad en mercancía. Cuando un grupo minoritario del Partido Republicano de los Estados Unidos, el “Tea Party”, lleva a su país al cierre Federal durante casi dos semanas para bloquear la ley, haciendo uso de un chantaje obsceno y cerril, muestra claramente el jaez de esa derecha miserable y abyecta, que sólo cree de verdad en la cuenta de resultados y favorecer a los más ricos, no existe ninguna espiritualidad en su práctica por más que invoquen a sus dioses.

Durante el tiempo que pasé en Chile, pude ver los efectos causados por aquella “vía libre” a la privatización de la sanidad y la educación que la dictadura de Pinochet otorgó a los neoliberales fanáticos de Milton Friedman: aquellos que plantean que todo es mercancía, que todo se compra y se vende y quien pueda pagarlo que lo tenga y quien no, al avío. Peor es, claro está, que lo haya pagado durante muchos años y que cuando, por derecho, les corresponde utilizarlo, les espeten sin recato: ¿Tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema? Esto se ha dicho por parte de la viceconsejera de sanidad de la Comunidad de Madrid, sólo copio.

En Chile me describieron la situación con claridad. Un joven y su familia piden un crédito para que el chico o la chica puedan ir a la universidad. Una vez licenciado, trabaja durante veinticinco años para devolverlo. Es una forma evidente de sujeción al sistema apretando el gaznate, de control de las vidas de los ciudadanos haciéndolos reos de su dependencia. Otro amigo me contaba: tengo un seguro médico para mis hijos, mi mujer y yo. Me cuesta una barbaridad, pero cuando me tuvieron que intervenir tuve que pagarlo casi todo: mercancía y comercio, la educación y la sanidad como negocio.

Legítima defensa es por tanto un aviso a navegantes en nuestro país. Ante los procesos de privatización que aquí se llevan a cabo, la película es una terrible denuncia del negocio de la sanidad, peor aún cuando además ésta es corrupta, lo cual sucede con frecuencia: ¿Puede ser diferente si pretende ser negocio rentable? ¿No es constitutiva de la entraña intrínseca del sistema?

El director cede en algo: compone un final casi feliz; el culpable es detenido y encarcelado. La empresa se declara en quiebra. Los abogados no cobran, ¿pero qué pasa con los cientos de miles de personas que han pagado durante años a estos miserables que manejan la salud como negocio, y se ven ahora abandonados y humillados, con todo el dinero perdido y total desprotección?

Vemos aparecer en nuestras televisiones a ciertos personajes vestidos de forma impecable, bien afeitados, provectos de semblante la mayoría pero también los hay con el de jóvenes pijos en este bestiario mediático. Aseguran con aplomo que “no tenemos dinero para mantener nuestra sanidad pública”, uno de los mayores logros de la población española. Aseveran que todo va a funcionar mejor y será más barato para el país. Es una cantinela conocida: desprestigian los servicios públicos para privatizarlos, haciendo de los compradores poco menos que salvadores benéficos, cuando están haciendo un negocio de lucro inconmensurable. Cuando tal sucede, estamos contemplando a enemigos de la ciudadanía, así como de una parte substantiva de la democracia. Sólo son los terminales mediáticos de los desaprensivos que les pagan y que callan cuando los servicios privatizados muestran un descenso de calidad o prestaciones y son más caros.

Privatizar la sanidad, rebajar las atenciones en la educación, la ciencia y la cultura, a la que se está llevando a los límites de la consunción, es de una gravedad difícilmente mensurable para el futuro de España y los españoles. Los viejos salvapatrias de horca y cuchillo de antaño, van ahora de corbata de seda y diseño, son neoliberales que incluso se atreven a hablar de “virtud” sin que el rubor les invada.

La ciudadanía debe saber y actuar en consecuencia. De momento, estamos en condiciones de hacerlo utilizando los recursos que nuestra democracia, con todas sus imperfecciones que son muchas, todavía nos proporciona. Legítima defensa define entonces el derecho que nos une y concita para oponernos a esta demolición del estado de bienestar. Explicita nuestro derecho a recurrir contra el atropello social que padece este país nuestro; repito: nuestro, que no es su feudo ni su finca aunque en ocasiones lo parezca.

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De la desposesión

2013-10-01

Por MF Vieites.

 

Carne de yugo, ha nacido

más humillado que bello,

con el cuello perseguido

por el yugo para el cuello.

Miguel Hernández

 

Un cuatro de diciembre de 1972 el Presidente constitucional de la República de Chile pronunciaba un discurso ante la Asamblea de la Organización de las Naciones Unidas en el que denunciaba lo que, por entonces, era una amenaza y hoy se ha convertido en una realidad difícilmente cuestionable. Decía Salvador Allende: Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los Estados. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales -políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa del interés colectivo. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada.

En efecto, hoy ya no son los Estados quienes detentan la soberanía y gobiernan, sino la grandes corporaciones, que sólo buscan beneficios, lucro, poder, sometimiento. Hace poco un chileno de nombre Jorge Edwards, incapaz de entender lo que es una metáfora, escribía en El País, un siete de julio de 2013, un artículo titulado “El voto de los jóvenes”, en el que criticaba que dirigentes políticos, como Fidel Castro, estuviesen dispuestos a prometer la Luna, olvidando que la dictadura militar sanguinaria de Pinochet ofrendó el país entero a las multinacionales, y, como premio, miles de muertos. El huescufe Edwards, como heredero aplicado de la oligarquía chilena, aborrece “una educación igualitaria y gratuita” y proponía en su artículo “desmontar” y “de-construir” las razones de lo que denominaba “nuevo romanticismo”, que entendía perjudicial para la supuesta buena marcha de su país. Es decir, animaba a los intelectuales orgánicos de su clase privilegiada a cuestionar, atacar y subvertir los ideales de justicia, igualdad y libertad de un sector de la juventud chilena. Se trata de la desposesión de la esperanza, de sustraer la idea misma de un futuro mejor. Los señores quieren esclavos, súbditos.

Del mismo modo, un tal Wolfgang Schäuble, dicho Ministro de Finanzas de Alemania, publicaba en El País, un veinte de julio de 2013, un artículo titulado “No queremos una Europa alemana”, que supone un insulto a la inteligencia, pues sabido es, entre muchas otras cosas, que Alemania dejó de ser lo que él denomina “hombre enfermo” (sic.), gracias a un flujo enorme de exportaciones a países como Grecia, España o Portugal, alimentado con una política crediticia que permitió que tantas y tantas personas en Grecia, España o Portugal, comprasen coches, electrodomésticos y otros productos de manufactura alemana, lo que implicó una considerable provisión de fondos con los que hacer frente a los gastos de la reunificación. Como colofón necesario, la reducción de la deuda que reclama el tal Wolfgang no tiene otro objetivo que asegurar que los bancos alemanes, antes tan generosos, puedan recuperar ahora el dinero que nos prestaron para que les comprásemos sus productos, sus ingenierías. Y así, Alemania habrá hecho caja dos veces, pero, además, camina con paso firme y poderoso hacía la instauración del Cuarto Reich, sólo que ahora no será por la fuerza de las armas, ni eliminando a la población sefardí de Salónica (crimen por el que nunca podrán pagar, tal fue la barbarie), sino con el poder del dinero, con la coerción de los mercados, con el ojo del gran hermano que todo lo sabe como muestra la filtración de Edward Snowden. Pone Alemania en marcha, además, una nueva forma de desposesión: debilita las economías del sur y se apropia de jóvenes bien preparados en esos países a coste cero, privándoles de su capital humano. Pero el señor Schäuble, como la señora Merkel, no dejan de ser caballos de tablero, sargentos necesarios en Europa para un plan de mayor alcance.    

Las grandes corporaciones que denunciaba Allende han diseñado un plan global para aplicar en todo el planeta esa nueva estrategia de la desposesión, que en realidad supone el desmantelamiento de un sistema de pensamiento que tiene su origen en la Revolución Francesa y en la Ilustración, y que declaraba a los seres humanos como iguales. La posmodernidad, movimiento necrófilo en su insistencia en proclamar el “fin” de tantas cosas, supuso, en buena medida, el primer aldabonazo en la demolición de la discursividad de la modernidad y de sus mitos; pero, además, relativizando todos los discursos, todas las ideas, todos los principios, todos los valores, también apuntaló y justificó todas las perversiones que el lenguaje pudiera generar. En esa lógica “postie”, una conocida dirigente de la derecha extrema española se permitía el lujo de decir que su partido era el partido de los trabajadores, para poco después establecer que la dedicación a la cosa política fuese una actividad sólo asequible a los rentistas. Al tiempo, otra dirigente de la derecha extrema admitía y reclamaba la excepcionalidad para un proyecto monstruoso de reconversión de nuestro país en paraíso del juego, lo que supone, en buena medida, una suspensión del Estado de Derecho y de la Constitución en las instalaciones de un negocio privado, financiado con bienes públicos. Por otro lado, agrupaciones fascistas, franquistas y falangistas, se apropian del poema de Gabriel Celaya, “España en marcha”, para proclamar abiertamente su odio.

Los síntomas de esta estrategia global de desposesión aparecen por todas partes y afectan a todos los órdenes de la existencia. En cierto modo, se inicia en Chile, con la irrupción de Milton Friedman y del credo neo(ultra)liberal, lo que conduce a una privatización masiva del país que a día de hoy impide la igualdad de oportunidades, y, con ella, una mínima movilidad social. Un principio éste, el de la movilidad, que los Edwards, los Frei, los Aylwin, los Vargas, los Krauze…, y tantos otros serviles servidores del credo neo(ultra)liberal, consideran aberrante, amantes como son de una sociedad aparentemente abierta, pero profundamente dual. Y cuanto más dual sea la sociedad, cuanto menos imperen los principios de igualdad, fraternidad o libertad, más posibilidades tendrán las grandes corporaciones de lograr su objetivo, que no es otro que instaurar ese nuevo orden mundial que se diseña en Bohemian Grove, en Bildelberg, en Davos…, y que propone una sociedad neofeudal, asentada en la sumisión, la servidumbre y la obediencia, actitudes favorecidas por la pérdida masiva de derechos, un proceso que, como ya se nos dice sin sonrojo alguno, no ha hecho más que comenzar.

Pero tal vez lo que mejor defina esa estrategia de la desposesión sea la manera en que las clases dominantes intentan desprestigiar la acción política, para extender la idea de que “todos son iguales”, del “todo es lo mismo”, ya que “nada merece la pena”; una visión deformada de lo real que persigue la desmovilización efectiva de la sociedad, idea que resulta muy atractiva al antes citado Edwards, pues teme éste, en efecto, y mucho, que la movilización electoral de los jóvenes chilenos promotores de ese “nuevo romanticismo” suponga un freno al retorno de los seguidores de Pinochet al poder, del que siempre han disfrutado y que han usado a su antojo durante siglos.

En España el espectáculo no puede ser más dantesco, y las clases dominantes demuestran día a día, y con verdadero entusiasmo, carecer de otro principio que no sea el lucro personal o societario, abandonando todo principio ético, moral o religioso (pues dice el quinto ¡no mentirás!, y vaya si mienten). Parece como si hubiesen iniciado una campaña, sabiamente orquestada, con el fin de degradar y demonizar la actividad política, que debiera ser, como la etimología de la palabra nos indica, una actividad al servicio del buen gobierno en los asuntos todos de la ciudadanía. El desprestigio interesado de toda posibilidad de acción política, y la insistencia en la idea de que “es igual quien gobierne”, es lo que favorece que numerosas personas renieguen de la política, al haberse aceptado el principio de que toda la clase política está cortada por el patrón de la corrupción, del servilismo, del lucro, de la anomia intelectual, de la incapacidad extrema, del muy deficiente.

Y NO ES CIERTO. NO TODOS SON IGUALES. Pero gracias a la pertinaz mentira de que sí lo son (y MENTIRA es, por mucho que se la repita), emerge con fuerza otra forma de desposesión, cual es la de lograr (gracias, insisto, a la hegemonía de determinadas ideas asentadas en falsedades encubiertas y/o manifiestas), que un sector importante de la ciudadanía, que ya deja de serlo, renuncie a su derecho al voto, mientras las élites siguen votando para que nada cambie, para que todo siga igual, hoy como en el siglo XVIII. Y es que en España seguimos anclados en el Antiguo Régimen, seguimos instalados en la vieja sociedad estamental, la que permite que los que mandan hagan y deshagan a su antojo, según dicte su capricho o su andorga, y es que los señores existen cuando la mayoría decide asumir la condición de siervos. Y eso somos: un país de siervos, franquista hasta el tuétano, arrodillado ante el señor y la cruz.

¿Hasta cuándo permanecerá muda la escena, ante tanta infamia? ¿Es que en los escenarios no hay nadie?

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El IVA, pero no sólo el IVA

2013-07-01

Por Alberto Fernández Torres.

El informe que fue presentado el pasado mes de marzo, en un acto público celebrado en el Teatro Coliseum de Madrid, acerca de los efectos del incremento del IVA sobre los ingresos y la audiencia de las artes escénicas trajo consigo una alarmante sorpresa y tres positivas novedades.

La alarmante sorpresa no fue que, según el informe, estos efectos hubieran sido devastadores; sino que hubieran sido tan devastadores: una caída del 33 % en los ingresos netos y del 31 % en el número de localidades vendidas en el último cuatrimestre de 2012 respecto del mismo período del año anterior, con su correspondiente corolario en forma de reducción de puestos de trabajo, descenso de los ingresos por derechos de autor, disminución en las cuotas pagadas a la Seguridad Social, etc. La verdad es que era de esperar un drama, pero no una tragedia.

En cuanto a las novedades, al menos relativas, fue ver que en el acto de presentación del informe promovido por FAETEDA se dieron cita los representantes de una quincena de asociaciones profesionales, escenificando así un fuerte apoyo sectorial a las conclusiones del estudio; que la reivindicación del sector, en contra de lo que a muchos administradores públicos le gusta suponer y propagar, no estaba basada en argumentos cualitativos y en diversos “me parece a mí que”, sino en datos contrastables y elaborados por una institución experta; y que una de las principales conclusiones del estudio no fuera ya que la aplicación de un 21 % de IVA resulta una medida injusta, dañina, irracional y antisocial… sino, además, literalmente ineficaz y contraproducente en términos recaudatorios: en el cuatrimestre citado, la Administración consiguió del sector escénico unos ingresos por IVA de algo más de 6 millones de euros… pero incurriendo en una pérdida de recaudación fiscal de más de 9 millones en concepto de menores ingresos por IRPF, mayores costes de desempleo, menores ingresos por impuesto de sociedades, etc.

En fin, lo que era imaginable: con el IVA del 21 %, se ha hecho un pan como unas hostias a costa del sector y de la ciudadanía.

* * * * *

Cuenta la leyenda que un economista, llamado Arthur Laffer, tuvo la ocurrencia de pintarrajear hace 40 años una servilleta durante una cena mantenida con el jefe de gabinete del presidente Gerald Ford (otros dicen que con Dick Cheney, asesor del futuro presidente George W. Bush; bueno, tanto da). En ella, trataba de ilustrar a su contertulio de que hay un punto en el que un descenso porcentual de la presión fiscal da lugar a un incremento en términos absolutos de los ingresos fiscales, y viceversa.

Su dibujo tenía la forma de una limpia campana de Gauss, es decir, algo así como la silueta de la joroba de un camello. A la derecha del punto más alto de la joroba, el tipo impositivo sube, pero los ingresos absolutos disminuyen, porque el elevado tipo disuade más que proporcionalmente a los agentes que se ven afectados por él; a su izquierda, el tipo impositivo baja, pero los ingresos se incrementan, porque el moderado tipo incentiva más que proporcionalmente la actividad de los agentes afectados.

En todo caso, y para que se hagan ustedes idea del espíritu que anima a Laffer, añadamos que, a finales del pasado mes de mayo, el sujeto fue portada del diario “El Mundo” declarando que “un solo Gobierno lo ha hecho muy bien en España: el de Aznar”. No sé si me entienden.

Obviamente, cualquier análisis no lineal de los fenómenos físicos, sociales y económicos (es decir, cualquier análisis serio de los fenómenos físicos, sociales y económicos) pone en solfa la curva de Laffer. Pero es que, además, la curva de Laffer dice que “hay un punto” en el que lo anteriormente expuesto ocurre, pero admite también que es incapaz de señalar, de manera siquiera aproximada, dónde se encuentra ese punto. Vamos, que la curva de marras es tan útil cómo decir que en el mes de diciembre lloverá en España, aunque no sabemos ni el día ni la hora.

En todo caso, lo curioso que puede venir al caso de este rodeo un tanto pedante es que la curva de Laffer, esa receta liberal urdida para justificar las bajadas de impuestos, puede valer también para explicar por qué el brutal incremento del 8 % al 21 % en el IVA que se aplica actualmente a los espectáculos escénicos en España (efectuado, por cierto, por el Gobierno de un partido que se reclama más o menos liberal) ha tenido un efecto fiscal contrario al que se quería conseguir. Parece, en efecto, que el tipo impositivo se ha situado en esa hipotética parte de la hipotética curva en la que el incremento de la presión fiscal da lugar a un paradójico descenso de los ingresos fiscales (de todas maneras, no nos hagamos ilusiones: el Ministerio de Cultura dirá siempre que la recaudación por IVA se ha incrementado en más de 6 millones de euros gracias al tipo impositivo del 21 %… al margen de que el coste fiscal de esos 6 millones haya sido de 9 millones: poner dos cosas en relación no resulta ejercicio fácil ni para un político, ni para un economista ultraliberal).

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¿Hace falta decir que me sumo con todo entusiasmo y convicción a la exigencia de que se reduzca el IVA del sector escénico? Digo yo que no, creo que no y espero que no.

No obstante (y hablando así, sólo entre nosotros), advierto algún género de sombra en los argumentos que son subyacentes o que se han añadido a la reivindicación sectorial anteriormente mencionada. Me refiero, ante todo, a la sugerencia realizada de que el tipo del 21 % se baje hasta fijarlo en un 10 %, es decir, dos puntos por encima del que tenía antes del Real Decreto-ley 20/2012, de 13 de julio, que era de un 8 %.

Ya se me alcanza que la sugerencia se debe seguramente a la comprensible intención de formular una propuesta posibilista, pero lo cierto es que supone corregir una salvajada (21 %) para caer en un disparate (10 %), porque ya el 8 % anterior lo era. Como bien ha informado la propia FAETEDA, en estos momentos sólo Portugal (13 %), Finlandia (10%) e Italia (10 %), entre una muestra ampliamente representativa, compuesta por una docena de países de la eurozona,  aplican a la venta de localidades de teatro un IVA que iguale o supere el 10 %.

Yo no creo que el 21 % sea una medida injusta, dañina, irracional y antisocial. Lo que resultaba injusto, dañino, irracional y antisocial era el sistema impositivo que se aplicaba al teatro antes del 1 de septiembre de 2012; entre otras cosas porque, además, era excesivo, redundante y transmitía a la sociedad un concepto del teatro como mero bien de consumo. Lo que hay desde el pasado 1 de septiembre no es injusto, dañino, irracional y antisocial, sino simplemente una salvajada que transmite que el teatro es algo así como un bien superfluo o de lujo. Y por cierto, a fin de ser ecuánimes, recordemos que hubo varios Gobiernos socialistas que heredaron y mantuvieron sin pestañear ese sistema fiscal injusto, dañino, irracional y antisocial (según se ve, no me cansaré nunca de calificarlo como tal).

Que un Gobierno del PP trate al teatro como bien de lujo, mal está, pero es algo coherente con su ADN ideológico. Pero que un Gobierno socialista lo considerara un mero bien de consumo, no merecedor del IVA superreducido que se aplicaba a otras actividades culturales, resulta contradictorio con la ideología que ese Gobierno supuestamente mantiene (o con la supuesta ideología que mantiene, lo que ustedes prefieran).

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En cualquier caso, a riesgo de no resultar simpático, permítanme que vaya un poco más lejos. Por realista y constructiva que parezca, en la propuesta de volver al 10 % (de “volver”, nada de nada, porque seguiríamos sufriendo un incremento del IVA) parece agazaparse la ilusoria e incomprensible ambición de regresar a los “good old times” de antes de la crisis, como se decía hace un par de años en medios financieros. Digo ilusoria porque, de una vez por todas, conviene que seamos conscientes de que, después de no menos de seis años de crisis y recesión, en nuestro sector nada volverá a ser como antes (quizá mejor, quizá peor; pero, desde luego, nunca igual); y digo incomprensible porque ¿qué tenían de maravillosos los “good old times”, al menos para la mayoría de los profesionales del sector, que nos hace suspirar ahora con tanta nostalgia?

Añadamos algo más. Entre 2009 y 2011 (es decir, antes del 21 % de IVA), las artes escénicas ya habían perdido 40 millones de euros de ingresos y 3,5 millones de localidades vendidas. Digamos también que en el primer año d.c. (después de la crisis), los datos “macro” del sector mostraron un sorprendente aguante que no fue aprovechado, ni por propios ni por extraños, para abordar eso que los economistas llaman untuosamente “reformas estructurales”. Y acabemos mencionando que el propio informe encargado por FAETEDA reconoce que hasta un 40 % del descenso registrado en los ingresos durante el último cuatrimestre del año 2012 se debe a causas diferentes del incremento del IVA, descritas por cierto con bastante imprecisión.

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De modo que sí, que el IVA, pero no sólo el IVA. Bien está que el sector haga suya y común una reivindicación que no sólo es justa, sino eficaz. Pero no pensemos que el problema se agota ahí.

Dicen los economistas keynesianos —nada que ver con Laffer, ojo— que las reformas estructurales deben ser abordadas en tiempos de bonanza, porque las que se hacen en tiempos de crisis (que es cuando habitualmente se abordan), no las haces, sino que te las hacen. Ni en tiempos mejores, ni justo después del estallido de la crisis, cuando pareció haber unos meses de respiro, se hizo gran cosa al respecto; ahora se sufren las consecuencias.

No es fácil determinar cuáles puedan ser todos los “otros factores”, IVA aparte, que están haciendo que el sector se desangre desde hace varios años. Conocemos algunos muy relevantes: el descenso general del consumo privado, la reducción de presupuestos culturales, los impagos de ayuntamientos, etc. Sin embargo, rara vez metemos en la ecuación el que la ciudadanía no tenga la sensación de que el teatro esté siendo en estos años, al menos de manera generalizada, una vía para reflexionar sobre la crisis, sus consecuencias y sus posibles salidas; una vía para desvelarlas; y una vía para conseguirlas. Y, sin eso, su destino será convertirse a medio plazo, esta vez de verdad, en mero bien de consumo.

Bien está, ya se ha dicho, hacer de la reducción del IVA una causa común. Pero, si es sólo para tratar de volver a los “viejos y buenos tiempos”, para ese viaje sobran alforjas.

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De la condición postcorrupta

2013-04-15

Por Manuel F. Vieites.

Retomo la idea expresada por Jean-François Lyotard en su libro La condición postmoderna, para referir una condición que, si bien no es nueva, pues la corrupción de las conciencias y voluntades es tan antigua como la humanidad, sí al menos resulta especialmente preocupante en estos momentos. Y es que hasta hace bien poco por corrupta se tenía una conducta reprobable, criticable e incluso punible. La persona corrupta, o corruptora, no tenía un lugar en el cuerpo social, y, en ocasiones, se la consideraba una excrecencia evitable, repugnante. Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al, fue un ciudadano de los Estados Unidos de América que destacó como corruptor de personas de procedencia diversa, desde jueces a policías, sin olvidar a periodistas y editores de especial relevancia en aquel momento. Con todo, ni unos ni otros eran personas que la sociedad reconociese como ejemplos a seguir, si bien jamás han de faltar personas dispuestas a aprovechar una oportunidad, o a rumiar en silencio emulaciones notables de trayectorias deleznables. Georg Grosz retrató ese mundo con especial lucidez y virulencia artística.

Sin embargo, esa visión negativa de la corrupción ha ido variando a lo largo del último siglo, al punto de que iniciado el XXI la corrupción ya se acepta como una conducta posible, inevitable, y, por tanto, normal, necesaria, y crecientemente positiva. En la lógica de la valorización del término opera un argumento para no pocos incontestable: “si no coges la pasta, otro lo hará, así que espabila que sólo se vive una vez.” La muerte de Dios, berreada por Nietzsche y su cohorte actual de acólitos nihilistas descreídos de todo menos del parné, puede tener algo que ver en todo esto, porque el paraíso hay que montarlo en esta vida, y no en otra que ya se considera improbable; pero también la relativización de los valores tan aclamada por la condición postmoderna, nacida al amparo del deicidio del alemán.

De esa situación de aceptación de la corrupción como conducta inevitable, dan buena cuenta los sucesivos ejemplos de la ciudadanía votando. ¿Cómo es posible que en tantos lugares de Europa los políticos corruptos aumenten su popularidad y el número de votos siempre en función del número de corruptelas en las que se ven envueltos? Sencillamente porque sus votantes se identifican con esa conducta, la aplauden y, en el fondo, desearían ser partícipes de tanta dicha. Una parte importante de los votantes de Silvio Berlusconi lo son porque les encantaría ser, como él, ricos, poderosos, con buenas fincas, muchas “velinas” y mucho “bunga bunga”. Albert Camus, en su texto magnífico Calígula, ya mostraba con crudeza enorme las miserias de la condición humana y su disponibilidad para colaborar con la barbarie y la ignominia.

La condición postcorrupta es una deriva radical e inevitable de la condición postmoderna, en tanto ésta pone en tela de juicio y se afana en derruir de forma sistemática muchos de los valores en la modernidad, entre ellos la lectura dialéctica de la realidad, proclamando el fin de las ideologías. En esa dirección, una de las consecuencias evidentes de las sucesivas fiebres colectivas (y utilizo la palabra fiebre en su sentido de calentura y amodorramiento) que ha provocado la postmodernidad, ha sido la pérdida de un conjunto de discursos y conceptos nucleares de una idea de lo social y de la república que derivaban de los primeros pronunciamientos de la modernidad, especialmente con la Revolución Francesa, que proclama el ideal de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad.

Por todas partes se oyen voces, se contemplan presentaciones, se enuncian discursos y se elaboran proclamas, que buscan cuestionar, relativizar o derruir las ideas de libertad y de igualdad, y al mismo tiempo se propone la conducta corrupta como algo habitual, como algo consubstancial a la condición humana y con lo que hay que vivir. Por eso, los escándalos de corrupción ya no escandalizan en nada, como tampoco escandalizan a nadie el que los políticos “cantinfleen” para justificar lo que antes era injustificable pero ahora ya es admisible, lo que antes era reprobable y hoy acaba por ser deseable. Una sociedad que permite, perdona, aplaude o desea la corrupción es una sociedad postcorrupta, y España en el momento actual lo es; la España negra y atávica que ahora mismo se eleva sobre sus peores páginas parece ser la avanzadilla de un nuevo modelo de sociedad, que, derruidos los mitos de la libertad, de la igualdad o de la fraternidad, regresa a los tiempos anteriores a la Revolución Francesa para recrear un nuevo feudalismo en el que la única dialéctica posible está en el tener o no tener, de la que tanto y tan bien escribió Erich Fromm. Ese emporio del juego que se quiere instalar en Madrid y en Tarragona, por encima de cualquier normativa, es un buen síntoma de la deriva fatal de un país sin rumbo.

En todo el mundo se ha puesto en marcha un plan perfectamente calculado y calibrado que tiene como objetivo iniciar, desarrollar y asentar la desposesión, para que cada vez sean menos las personas que tengan, y cuando hablamos de tener nos referimos a derechos, e incluso a deberes: educación, sanidad, trabajo, vivienda, libertad, participación, voto, tiempo libre, ocio, ahorros… Y todo ese proceso de desposesión va acompañado de un proceso de domesticación y domestización de la cultura y del entretenimiento, que destaca por convertir la mediocridad y la frivolidad en tendencias dominantes, al tiempo que se asienta en formas de relación que van eliminando poco a poco las formas de sociabilidad asentadas en aquello que Jacbob L. Moreno definiera como encuentro cara a cara. Toni Cabré ha escrito una obra excelente, Navegantes, en la que da cuenta de los peligros que genera la proliferación de la comunicación virtual. El universo que algún día imaginó Phillip K. Dick en Do Androids Dream of Electric Sheep?, queda muy lejos, pues los referentes de esa nueva sociedad habrá que buscarlos más bien en el antiguo don del derecho gentes del que ya hablaba Tomás de Aquino en su Summa Theologiae para justificar y sancionar la esclavitud, partiendo de Aristóteles. Vuelvo a insistir en el hecho de que los espectáculos que se presentan cada año en Bohemian Grove, junto al rito denominado “Cremation of Care” (que habría que traducir por “cremación de la responsabilidad”), indican con claridad cómo los más poderosos del mundo anhelan una sociedad protofeudal en la que las masas son conducidas, como un rebaño, por sus líderes naturales; una cremación que supone la renuncia consciente ante cualquier responsabilidad por los actos cometidos, por las fechorías perpetradas, por la barbarie desatada.

Juan Ruiz, más conocido por ser Arcipreste en Hita, Guadalajara, señalaba en su día que “quien no tiene dinero no es de sí señor”, y subrayamos la importancia del vocablo “señor”, pues en el necesario ejercicio del tener que conduce a la condición de “señor”, todo es posible y todo justificable, también la corrupción, como nos muestra la historia nobiliaria o la más reciente de los nuevos ricos, pues para que uno tenga otros dejan de tener. El Diccionario de la Real Academia Española, utiliza términos y expresiones muy fuertes y rotundas, en el plano ético y moral, para explicar conceptos como corrupción, corromper o corrupto, si bien vistos en la perspectiva de la condición postmoderna los conceptos de ética y moral acaban por ser meros discursos en los que todas las interpretaciones y todas las inclinaciones son posibles. Todos los días oímos o leemos en tertulias, foros y columnas, las palabras de corruptos condenados en su día, que peroran sobre el bien y el mal cual ángeles primigenios e impolutos.

Y una de las cuestiones que más van a incidir en el pleno asentamiento de la condición postcorrupta, y en la sociedad que la consagre, es la pérdida de la idea de lo público, porque si lo público desaparece todo pasa a situarse en la esfera de lo privado, con lo que la idea de la responsabilidad ante el cuerpo social se desvanece, al tiempo que éste desaparece. En esa dirección caminan los jinetes del ultraliberalismo más radical, convencidos que la libertad individual para hacer y deshacer es un bien irrenunciable, sabedores de que esa libertad permite hacer y/o decir ahora una cosa y al momento la contraria, sin que ello suponga contradicción o mentira sino una simple manifestación de la sacrosanta libertad propia, una afirmación individual incluso frente a los otros (en los Estados Unidos de América pistola en mano). Y así la hipocresía deja de ser fingimiento y pasa a ser una palabra antigua que sólo denota adecuación a las circunstancias. El corrupto pasa a ser primero pillastre y en poco tiempo benefactor. En España abundan los ejemplos del tal tránsito. 

Ahora bien, una cosa es la condición postcorrupta y otra bien diferente el derecho a ejercerla, porque si bien en España campa a sus anchas una fiebre postmoderna que se ha asentado en diferentes ámbitos de la esfera pública, no todas las personas tienen la posibilidad de padecerla, en tanto una de las claves de estas condiciones post radica en la necesidad de contar con un público numeroso que con su aquiescencia e identificación garantice la continuidad de un espectáculo que no es simulacro, sino que es la vida misma. Sin embargo, para reducir al máximo la distancia entre espectáculo y espectador, los generadores de aquél siempre mantienen viva la esperanza de que cualquier espectador puede ocupar un lugar en el mismo, de ser un hermano más en la congregación. Por eso la condición postcorrupta es tan apetecible para tantos, porque se alimenta la posibilidad de que cualquiera se podrá subir al carro cuando menos se lo espera. Esa sería una de las razones de que algunos partidos políticos tengan tan gran número de afiliados, para estar a la que caiga. Y algo siempre cae.

En breve, los famélicos y sometidos seremos legión…

Revista ADE-Teatro, nº 145. Abril-Junio 2013.

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Mensaje del Día Mundial del Teatro 2013

2013-03-27

International Theatre Institute ITI.

World Organization for the Performing Arts.

 

Mensaje de Darío Fo.

 

Hace mucho tiempo, el poder tomó una decisión intolerante contra los comediantes al expulsarlos del país.

Actualmente, los actores y las compañías teatrales tienen dificultades para encontrar escenarios públicos, teatros y espectadores, todo a causa de la crisis.

Los dirigentes, por tanto, ya no están preocupados por controlar a aquellos que les citan con ironía y sarcasmo, ya que no hay sitio para los actores, ni hay un público al que dirigirse.

Por el contrario, durante el Renacimiento, en Italia, los que gobernaban, tuvieron que hacer un esfuerzo importante para mantener a raya a los Comediantes, pues reunían abundante público.

Se sabe que el gran éxodo de actores de Commedia dell'Arte tuvo lugar en el siglo de la Contrarreforma, que decretó el desmantelamiento de todos los espacios teatrales, especialmente en Roma, donde fueron acusados de ofender a la ciudad santa. En 1697, el Papa Inocente XII, bajo la presión de insistentes requerimientos del ala más conservadora de la burguesía y de los máximos exponentes del clero, ordenó la eliminación del Teatro Tordinona que, según los moralistas, había acogido el mayor número de representaciones obscenas.

En la época de la Contrarreforma, el cardenal Carlos Borromeo, que estuvo activo en el norte de Italia, se consagró a la redención de los 'niños milaneses', estableciendo una clara distinción entre el arte, como la máxima expresión de educación espiritual, y el teatro, la manifestación de lo profano y lo vanidoso. En una carta dirigida a sus colaboradores, que cito de memoria, se expresa más o menos así: "Los que estamos resueltos a erradicar las malas hierbas, hemos hecho lo posible por quemar textos que contienen discursos infames, para extirparlos de la memoria de los hombres, y al mismo tiempo perseguir a todos aquellos que divulgan esos textos impresos. Evidentemente, sin embargo, mientras dormíamos, el diablo maquinó con renovada astucia. ¡Hasta qué punto es más penetrante en el alma lo que los ojos pueden ver que lo que puedan leer de los libros de ese género! ¡Hasta qué punto más devastadora para las mentes de los adolescentes y niños es la palabra hablada y el gesto apropiado, que una palabra muerta impresa en un libro. Por tanto es urgente sacar a las gentes de teatro de nuestras ciudades, como lo hacemos con las almas indeseables."

Por tanto, la única solución a la crisis se basa en la esperanza de que se organice una gran caza de brujas contra nosotros y especialmente contra la gente joven que desea aprender el arte del teatro: Una nueva diáspora de Comediantes que, desde tal imposición, sin lugar a dudas provocará beneficios inimaginables por el bien de una nueva representación.

Traducción: Fernando Bercebal

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Un paradigma del sistema

2013-02-07

Por Juan Antonio Hormigón.

Gerardo Díaz Ferrán es un paradigma de lo que produce el sistema en su conjunto. Su imputación y arresto, una suerte de hundimiento en la profunda umbría del tánatos civil, se produjo por haber sido acusado de múltiples cargos que son bien conocidos, por lo que no voy a recrearme y enumerarlos de nuevo. Se añade a una larga lista en la que se incluyen los complicados en tramas de diversa factura y los que a título individual y/o con ayuda de otros, han montado auténticos mecanismos de expolio del erario público, fraudes fiscales, aprovechamiento doloso de sus connivencias con políticos venales, alzamiento de bienes, evasión de capitales, etc.

Lo de Díaz Ferrán adquiere sin embargo la condición de paradigmático por haber sido quien fue: presidente de la CEOE, la organización de los grandes empresarios, patronos o emprendedores, si se les prefiere llamar así, de España. Un individuo que fue elegido por sus congéneres de oficio en su Walhalla, y que se promocionó como dirigente máximo de la pandilla de empresarios prepotentes y rapaces. Los poderes políticos lo respetaban y sostenían sin pudor y rubor, tanto el PSOE como el PP. Un apoyo notable era el de Arturo Fernández, el presidente del empresariado madrileño. Persona de modales toscos y perfil de gañán trajeado, que no dudaba en su día en manifestar sus alabanzas hiperbólicas a Esperanza Aguirre por sus hachazos neoliberales.

Dos frases de Díaz Ferrán han quedado grabadas en la memoria de quien la tiene: “Para salir de la crisis hay que trabajar más y cobrar menos”, es la primera perla engastada en laureles de cinismo. La segunda: “La mejor empresa pública es la que no existe”. ¡Estupendo! De pronto, escucho en TVE a un economista energúmeno de la derecha tosca: “Díaz Ferrán no es un empresario, era un hombre que cultivaba las relaciones con políticos para sacar dinero, subvenciones y contratos… No era un empresario”. ¡Acabáramos! ¡No ganamos para sorpresas! Ahora resulta que no era un empresario… con lo cual el sistema ha cometido un error electivo pero no de substancia. El sistema siempre procura salir a flote, aunque en este como en otros casos, sea el que consiente y alienta su existencia, justamente porque es su substancia. Lo lleva en la masa de la sangre, que diría Unamuno.

Lo cierto es, digan lo que quieran los oportunos exculpadores de profesión, que este modelo de empresario que abomina de lo público porque quiere arramplar con todo el erario que le sea posible; “porque puede hacer el mismo servicio más barato”, dicen; es un personaje muy común. También lo tenemos en el teatro. Porque todo esto es únicamente para la obtención de beneficio personal o empresarial, no por interés general, y ese propósito se jalea y se elogia como un bien y una conducta ejemplar.

Por eso la supuesta baratura es tan sólo coartada que esconde la privatización y el negocio para lo que no debe ser tal. Así está sucediendo con la sanidad o la educación. Pero en el teatro igualmente. Un importante festival “externalizó” en su día la gestión. El empresario, para acrecentar su beneficio, sustituyó la plancha de escena de tres centímetros por otra de uno y medio. El problema surgió cuando se bailaba encima y en un salto de los que se hacen en ballet clásico -¿por qué saltarán si tampoco hace falta?-, el suelo se quebró y la bailarina sufrió una lesión seria. Pero los políticos concesionarios no exigieron responsabilidades a quien se ganó una perras disminuyendo la seguridad y la calidad en el trabajo.

Las famosas frases de Díaz Ferrán se completaban con el “todos sufrimos la crisis”, se lo oí decir, y de inmediato recabó comprensión para los pobres empresarios que lo pasan tan mal. Él se refería, claro está, a los grandes, a quienes le colocaron en la presidencia de la CEOE, no a todos los trabajadores que deben hacerse empresarios porque no tienen más remedio.

La expresión “todos sufrimos” ha hecho fortuna. Se repite una y otra vez para ver si alguien la cree, como si fuéramos tontos de baba. Pero ciertamente las capas populares y las clases medias, las que están pagando con sus impuestos la deuda bancaria y los desmanes de los grandes emprendedores, sufren en una escala que va desde el paro pertinaz hasta la reducción abrupta de sus sueldos y otras minucias. Pero los sectores de prepotencia económica, en absoluto: la venta de productos de lujo no ha descendido, ni sus bonos, ni sus festejos, ni su tren de vida. Y unos cuantos de esa casta se están haciendo de oro e incrementando sus fortunas.

Diaz Ferrán aparece en el imaginario popular incauto, como la imagen de quien se ha hecho a sí mismo. Son las mitologías que exhibe el sistema. Comenzó de cobrador de autobús a los doce años y acabó como gran empresario: copropietario y presidente de viajes Marsans. Hasta lo hicieron doctor honoris causa por la Universidad Miguel Hernández de Elche, ¡a dónde hemos llegado! Eso sí, el pasado 4 de diciembre, el Sindicato de Estudiantes de la UMH solicitó al rectorado que le retirara dicha distinción subrayando que no se podía "tolerar que se galardone a los culpables de la privatización y consecuente destrucción de la universidad pública desde la misma".

Su compinche Ángel del Cabo, fontanero de origen reconvertido en tiburón financiero y liquidador de empresas, es un caso parejo. Apariencia de señor solvente y de firme seriedad. Según dice su secretaria, una de sus frases predilectas era: "Haz lo que te digo o si no a la puta calle", cuando encargaba algo manifiestamente ilegal. La documentación que se le ha incautado es inaudita.

Estos personajes se nos han presentado como triunfadores, son los que han forzado la reforma laboral y esta aplicación de un neoliberalismo zafio y cruel, del que sólo se proyecta miseria humana, destrucción de bienes públicos que hemos creado gracias al esfuerzo de todo el pueblo, y sangrar implacables al erario público mediante procedimientos múltiples. Ellos se consideraban los más listos, pero esta vez los han pillado. No seamos optimistas que cualquiera sabe...

Por último, también ellos se consideraban liberales, de los que entienden el término como la libertad de hacer lo que les viene en gana para su propio beneficio. Al menos los cortejaban los políticos que así se definen, como si fueran benefactores de la ciudadanía y no quienes entierran sus logros sociales. Los que pretenden reducir el Estado al ejercicio de funciones de policía y defensa, pero poco más. Aunque ellos cobran pingües salarios del Presupuesto, con demasiada frecuencia con ignorancia notoria, pereza evidente e incompetencia en las funciones de las que son responsables. ¡Pobre liberalismo, en qué cenagal te han sumido los que tanto te evocan!

Díaz Ferrán y los que actúan como él, los que siguen su ejemplo, son la parte acerba y cruel, prepotente y desfachatada de esta sociedad y el sistema dominante. Son los que señalan a diestro y siniestro para ocultar sus débitos, sus oprobios y sus desmanes. Son los enemigos intrínsecos de la cultura porque su influjo puede hacer que los siervos se transformen en ciudadanos y acaben con su ignominia. A lo más compran cuadros para convertirlos en mera mercancía. Por eso me parecen el paradigma del sistema que padecemos.

 

Revista ADE-Teatro nº 144, Enero-Marzo 2013

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