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Las peculiares explicaciones del señor Lassalle

2012-12-03

Por Juan Antonio Hormigón.

Escribo este editorial poseído por el dolor del cercenamiento cultural que amenaza mi país. Me debato entre la cólera y la depresión y sé que debo evitar ambas. Quizá lo propio sería hacer una “carta abierta” al señor Lassalle, Secretario de Estado de Cultura, pero aunque a él me dirijo prefiero no hacerlo de ese modo. Cuando escribo estas líneas veo su rostro un tanto compungido y detrás emerge como un espectro el holograma del señor Montoro, tan sonriente y dicharachero como de costumbre, siempre preocupado por “levantar a España”.

Puede que el problema radique en lo que el señor ministro entiende por lo que es España y lo que pensamos de ello algunos millones de españoles. Porque el señor Montoro representa día a día tan sólo los intereses de aquellos a quienes dedica sus desvelos: los grandes bancos, las grandes fortunas, las grandes empresas nacionales y transnacionales, antiguos y nuevos socios personales, a aquellos avispados que buscan hacerse con la privatización de los servicios públicos, etc.

El señor Lassalle compareció el día 8 de octubre en la Comisión de Cultura del Congreso de los diputados, y allí expuso las líneas maestras del Presupuesto de la Secretaría de Estado, dentro de los Presupuestos Generales. Su intervención no fue banal ni frívola en ningún sentido. Es persona de solvente formación intelectual y no vacila en mantener actitudes intelectuales dignas, sobre las que hizo reiterado hincapié en su discurso.

Hay una suerte de axioma inicial en su intervención, que puede consultarse en el Diario de Sesiones del Congreso, y que comparto plenamente: “la cultura ni es un lujo ni es algo prescindible, sino que (…) es una necesidad cívica”. Bien es verdad que establece de inmediato algunos límites: “que, eso sí, cede ante otras más urgentes e imprescindibles de atender en estos momentos, como son las pensiones, los subsidios de desempleo o las becas”. La afirmación inicial queda relativizada de inmediato y podríamos argüir: ¿Se dedica a eso realmente el dinero que se recorta a cultura? ¿No existen otros segmentos menos incardinados es nuestro ser nacional para hacer recortes? Por último: ¿Por qué recortar y no incentivar?

La exposición del señor Lassalle fue a la par un rosario de justificaciones por los recortes, así como de referencias a la distribución del presupuesto en sus diferentes apartados. Pero también de propuestas un tanto enfáticas respecto a un cambio de modelo respecto a la incentivación cultural. En todo momento defendió que no eran razones ideológicas las que movían tanto recortes como cambio de modelo. No voy aquí a entrar en pormenores sobre el asunto pero me sorprende que un profesor como él de Historia de las ideas y de las Instituciones, ignore que la ideología es consubstancial al individuo, y define su consideración del mundo y sus formas de comportamiento. En cualquier caso, por muy elemental que dicha ideología pueda ser, se trata de una cuestión compleja tanto en su configuración como en su mecanismo de instigación sobre los actos de la persona, que con frecuencia son contradictorios.

En definitiva, y esto es algo notorio, el señor Lassalle se define a sí mismo como liberal, por encima de cualquier otra orientación política o ideológica, y ese rasgo lo considera además esencial para salir de la crisis. En su libro Liberales.Compromiso cívico con la virtud (Madrid, 2010), escribe: “ante la mayor crisis de las últimas décadas urge recuperar la virtud y los valores, una tarea para la que los liberales están mejor capacitados que nadie…”.

Seguro que esa afirmación orienta sus acciones como Secretario de Estado. No obstante confío que la alusión a la virtud, tan ligada al mundo de la Ilustración, no se refiera a su vertiente moral sino a la intelectual, la que se configura mediante la capacidad de aprendizaje, diálogo y reflexión en la búsqueda del conocimiento verdadero, tanto en su dimensión teórica como práctica. De no ser así podría propender al fanatismo, cosa que parece harto difícil habida cuenta de la condición intelectual y el hábito de tolerancia que supongo caracterizan al señor Lassalle.

Mucho habría que decir en torno al concepto de liberal, término cambiante desde el punto de vista histórico y de una versatilidad ahora evidente, según a lo que se aplique e incluso al territorio geográfico en que se emita. Pero no hablaré de eso ni de aspectos diferentes de su intervención, me centraré en aquellas cuestiones que afectan directamente a nuestro trabajo y al de otras entidades similares a las nuestras. Lo expuesto por el señor Lassalle pone en grave riesgo la existencia del leve tejido cultural que logró construirse a duras penas. Aunque planteara que “no hay más camino que afrontar con entereza cívica el contexto actual, dar la batalla a una realidad llena de dureza y dificultades, pero arrimar todos el hombro para sacar adelante el extraordinario talento creativo de España”. Mucho nos tememos que, como es habitual, unos pongamos el esfuerzo y otros sigan casi como siempre.

 

Las subvenciones nominativas

En consecuencia voy a centrarme en cuestiones planteadas por el señor Lassalle que afectan a muchos, y en particular a la Asociación de Directores de Escena de España. Sus comentarios más ácidos y acervos se dirigieron contra lo que denominó el “modelo de política cultural anterior”, supongo que atribuyéndolo a los gobiernos del PSOE. Un modelo, dijo, “inflacionado por inversiones planteadas -y lo digo así- a golpes electorales, sin contenidos sostenibles en el futuro, opaco en su financiación pública, deudor de clientelismos basados en subvenciones nominativas otorgadas sin ningún tipo de control ni transparencia, desasistido de redes de circulación, debido a la compartimentación competencial, y gravado por costes de gestión inflados por tutelas inaceptables de patrocinio político”.

Más adelante, al hilo de este asunto, añadió:

“Las subvenciones nominativas, cuyo largo listado era este en legislaturas pasadas (muestra un documento), y que evito tener que mostrar para que evidentemente algunos no vean el tactismo político presupuestario que caracterizó el trabajo de subvención que se desarrolló como política cultural y las directrices que marcaban estas en legislaturas pasadas, se subordina ahora a un modelo de subvención en concurrencia. El motivo de esta reorientación es que el régimen de subvenciones nominativas, que la ley establece como excepcional y extraordinario, se había generalizado”.

Contundente sin duda en sus juicios, el señor Lassalle dirigió sin embargo las baterías con fuego rasante, supongo que sin saberlo, hacia gobiernos sustentados por su propio partido, el PP, antaño. Le hablaré de nosotros: En 1998 planteé al Subdirector de teatro, Eduardo Galán, la conveniencia de establecer una subvención nominativa para la Asociación de Directores de Escena (ADE). Tras dieseis años de existencia y habiendo cumplido escrupulosamente con largueza los compromisos contraídos, consideraba que aquello era conveniente y necesario. Nos permitiría conocer el monto de la aportación del Ministerio, aumentar nuestra estabilidad y de ese modo diseñar de modo más preciso un programa de actividades y un presupuesto.

Galán, persona de teatro a la postre, me escuchó atento y me dijo que era un momento oportuno. Estaba de acuerdo con mi planteamiento pero además existía un contencioso con las ayudas del Ministerio en Cataluña que estará en la memoria de quienes lo padecieron, y este era un mecanismo para solventar el problema. Concluyó diciendo que lo iba a plantear y me respondería.

El director general del INAEM era en aquel entonces Tomás Marco, que además de soberbio compositor e intelectual sólido, conocía muy bien la estructura cultural y teatral alemana por haber vivido en aquel país. El Secretario de Estado de Cultura era Miguel Ángel Cortés, con quien mantuve posteriormente una excelente relación y que asistió e intervino en varios actos públicos de la ADE. Por último, la ministra de Educación y Cultura era Esperanza Aguirre y el Presidente del gobierno el señor Aznar.

Por cierto que un alto cargo ministerial me comentó algo que ahora conviene recordar. La señora Aguirre llegó al Ministerio con la intención de acabar con las asociaciones de los segmentos culturales por asfixia, negándoles las pertinentes contribuciones. La razón primaria era que se habían opuesto a la política cultural de su gestión en el Ayuntamiento de Madrid. Según testimonió el sujeto de la confidencia, todos le hicieron ver que no era conveniente ni apropiado, que esas entidades eran los interlocutores con los que tenían que hablar.

Al cabo de poco tiempo se concretaron algunas subvenciones nominativas entre las que estaban nuestra ADE, la Asociación de Autores de Teatro (AAT), la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE) y pocas más. Todas eran entidades sin ánimo de lucro, de larga trayectoria y probada solvencia, con dimensión nacional y proyección internacional.

Las subvenciones nominativas al menos en nuestro ámbito, han tenido un gran control y transparencia, y el Secretario de Estado debía saberlo. En todas se exigía la presentación el programa anual de actividades a realizar y un proyecto económico de gastos e ingresos previstos. Igualmente se incluía una “Memoria” de todo lo realizado el año anterior, los certificados de estar al corriente del pago de la seguridad social y las obligaciones tributarias. Así mismo había que justificar el gasto realizado mediante facturas legalizadas. En los últimos tres ejercicios las cuentas han debido presentarse auditadas. ¿De donde saca el Secretario de Estado su idea la “ausencia de control y transparencia”?

Desde 1999, a lo largo de catorce años, la ADE ha mantenido escrupulosamente sus compromisos derivados de la subvención nominativa. En todos los casos hemos hecho más de lo que figuraba en nuestro programa, porque a lo largo del ejercicio surgían nuevas posibilidades. Surgían porque existíamos. Sería muy conveniente que el señor Lassalle no olvidara este aspecto crucial de la cuestión. Nunca hemos tenido el más mínimo reclamo por estos ni otros motivos.

Nuestros recursos propios han cubierto una parte del presupuesto superior a la que usted plantea. Hemos pagado el IVA y el Impuesto de sociedades del que no fuimos eximidos. La subvención nominativa nos permitía asegurar nuestra existencia estable. Gracias a ello hemos desarrollado acuerdos y programas con otras entidades públicas, sociales y privadas para proyectos específicos. Incluso un relevante grupo empresarial español colaboró con nosotros, era una forma de mecenazgo que también favorecía a Juventudes Musicales o la Asociación Colegial de Escritores, por ejemplo. Desgraciadamente hace unos años, hubo un cambio de objetivos y todas las colaboraciones concluyeron. ¡Ay!

Desde antes, la ADE se había definido a su vez como una entidad que junto a su condición asociativa profesional y de cultura, había orientado su cometido como empresa cultural. En consecuencia, además de los desempeños propios de nuestra condición societaria, hemos mantenido relaciones internacionales amplias, desarrollado programas de formación, seminarios y encuentros de reflexión escénica, dieciséis congresos hasta la fecha, proyectos de investigación que han desembocado en publicaciones diversas, etc. Así mismo hemos contribuido al debate cultural y teatral, siendo las aportaciones de mayor calado el Proyecto de Ley del Teatro, que elaboramos y presentamos en 2006; y el Código ético para los directores de escena de 2004.

En otros aspectos de nuestra actividad, hemos creado puestos de trabajo directos de contrato permanente, otros muchos indirectos, además de trabajos de colaboradores puntuales. Pusimos en pie en su día, en 1989, nuestra editorial Publicaciones de la ADE, que cuenta con 225 títulos en sus seis colecciones. Muchos de nuestros libros se incluyen en las bibliografías de los estudiantes de arte dramático en España e Iberoamérica. Hemos aglutinado una biblioteca de más de 13000 obras individuales y revistas, especializada en literatura dramática y teoría, práctica e historia del teatro. Disponemos además de una página web rediseñada hace un año, y vamos a iniciar en breve la edición de libros digitales.

Por otra parte creamos la Revista ADE-Teatro, que cumple ahora 26 años de existencia y alcanza su número 143, con cinco entregas anuales. En 2001 le fue otorgada la “Medalla de oro” por un jurado internacional en la Bienal de Libros y Revistas de Teatro de Novi Sad, la más importante en su género a escala mundial. La revista es desde luego el emblema máximo de nuestra entidad, nuestro medio de expresión y nuestro espacio de estudio y reflexión.

Siento cierto rubor al verme obligado a exponer todo esto que es bien conocido y constatable, pero sus afirmaciones me llevan a pensar que usted desconocía estos pormenores, de otro modo, dada su probidad intelectual, estoy convencido que las hubiera matizado sin duda.

 

Las propuestas del Secretario de Estado

En el apartado de soluciones o propuestas, el señor Lassalle argumentó de modo parecido, aunque lo que propuso no fuera muy estimulante:

Primero:

“Con carácter general, el ajuste presupuestario plantea la necesidad de evolucionar hacia un sistema más transparente y objetivo de apoyo a la cultura. Se apostará por un apoyo económico a la cultura a través de un modelo de subvenciones en régimen de concurrencia”.

Segundo, que no es repetitivo por azar:

“Con carácter general y siguiendo la línea de reformulación del modelo que les exponía, se reconduce el sistema de concesión de subvenciones nominativas y se invita a las entidades anteriormente beneficiarias a participar en las convocatorias pero solo en régimen de concurrencia y cuando pongan en marcha consignaciones presupuestarias oportunas recogidas en el presupuesto para 2013”.

No quiero caer en ninguna “ofensa intelectual” como usted pidió a los diputados, pero utilizando un refrán castizo le diré que para este viaje no se necesitan alforjas. Se trata del sistema viejo y abierto a la arbitrariedad y puede que a mucha menor transparencia, con mayor posibilidad de caer en el amiguismo o el clientelismo político. La concurrencia general a que usted alude, priva de existencia estable a entidades que llevan muchos años demostrando su probidad, la entidad de su labor y el esfuerzo para llevarla a cabo.

Es encomiable su preocupación por la transparencia, señor Lassalle. Pero no es el mundo de la cultura el que más la precisa, menos aún porque las cantidades concedidas en esas subvenciones nominativas tan demonizadas por usted, son en líneas generales muy modestas, salvando algunas excepciones.Lo que no ha sido transparente en nuestra España es el funcionamiento de diferentes bancos y cajas, de entidades contratadas por partidos o administraciones públicas para el expolio del erario público, de subvenciones millonarias a otros segmentos de la economía, etc. Lo que también es cierto que las donaciones de empresas o particulares a partidos políticos, no pasan por el tribunal de cuentas… ¿No cree que convendría algo más de transparencia?

Tercero: En su respuesta al diputado de Izquierda Unida, señor Yuste, usted aseguró:

“Si usted echara un vistazo a todas estas subvenciones nominativas que han estado operando en este país, a instituciones y a fundaciones, que yo algunas ni las conozco, pero recibían su dinerito, como comprenderá, vamos a ahorrárnoslo, porque no sé si aquí existía realmente política cultural. A lo mejor inflaban la cifra, como las aldeas de Potemkin, pero no sé si realmente se estaba haciendo política cultural”.

Las palabras del señor Lassalle, no carentes de desdén, son injustas ante todo. Es preciso decirle que si existían instituciones o fundaciones que no cumplían con sus programas o estos no tenían la dimensión cultural requerida, era responsabilidad de los gobernantes controlar su fiel cumplimiento y establecer una ponderada valoración de los programas propuestos. Cuando el subdirector de teatro de aquel entonces, señor Galán, me pregunto qué es lo que quería, yo le respondí: “Que se nos valore por la entidad de nuestro trabajo”. Eso quisiéramos siempre y casi nunca lo hemos conseguido.

Por eso no considero lícito meter en el mismo saco a todas las entidades que tenían nominativas, como hace el señor Lassalle. Las hay posiblemente que tengan algún problema de los que apunta, pero el hecho de que no conozca a unas cuantas no puede ser causa por sí sola de su admonición. Quizá no lo sepa todo. Hay políticos y cargos públicos competentes y honrados: los hay honrados pero incompetentes; los hay competentes pero corruptos y los hay incompetentes y corruptos. Nuestro deber cívico es no confundirlos a todos y meterlos en el mismo saco, con el soniquete de que todos son lo mismo. Usted señor Lassalle, arroja la admonición y la sospecha sobre todas las nominativas sin ser capaz de establecer las diferencias. Como respeto su condición intelectual, debemos deducir que se debe a táctica política y no a ignorancia.

Cuarto: Casi en el mismo tono en otra respuesta:

“La mayor parte de las subvenciones nominativas y los gastos de fomento que le he descrito antes no van a las industrias culturales, iban a instituciones que no tenían mucho que ver con las industrias culturales”.

No sería nuestro caso, señor Lassalle, que al tener una editorial y una revista que comercializamos, entraríamos en el apartado de “industria cultural” tal como usted y otros denominan y a nosotros nos repugna hacer. Otras entidades no responden a ello y sin embargo merecen ser respetadas. La pregunta que debemos hacernos es si son necesarias, si sirven para constituir y mantener el tejido cultural.

Aprovecho para decirle que en los presupuestos presentados por usted, se conserva sin embargo la “nominativa” a la Asociación de Victimas del Terrorismo para “actividades culturales. Aparece reseñada en el apartado “Promoción y cooperación cultural”, valorada en 300.000 euros (este año fue de 370.000). No creo que el Secretario de Estado considere industria cultural a dicha entidad. Por otra parte, en el presupuesto del Ministerio del Interior, en el Programa 131M de la Dirección y Servicios de Seguridad y Protección Civil, se contemplan dos partidas, la 480 y 483, para subvenciones para asociaciones y fundaciones de víctimas del terrorismo, con 880.000 y 18.592.700 euros respectivamente. Los de la nominativa de cultura son para ellos una propina.

 

La réplica de las oposiciones

Los diferentes grupos de la oposición debían dar la réplica, e incluso, por qué no, proponer alternativas a las propuestas del Secretario de Estado. La lectura de lo que dijeron en el Diario de Sesiones, muestra a las claras que no fue así. Todos cayeron en generalidades, no opusieron ninguna cifra diferente ni ningún planteamiento conceptual distinto. Incluso aceptaron las comparaciones del presupuesto de cultura con Francia, porque seguramente lo desconocían. Esto de la cultura exige estudio y planteamientos igual que la sanidad o la educación. Lo más retrógrado es considerar que las cosas se producen de forma espontánea.

Con todo, el representante de Izquierda Unida intentó mantener la dignidad en su cuestionamiento. La de Convergencia y Unió se limitó a reclamar cuestiones locales, es lo habitual. El episodio insólito lo protagonizó Torres Mora, portavoz de cultura del Grupo socialista. Este diputado por Málaga pretendió hacer un discurso de fuste con referencias al “infierno” de Dante, creyó que bastaba con los lugares comunes habituales y las verónicas de un verbalismo pretencioso, y sobre todo se arrancó con el parágrafo que sigue:

“Estoy muy de acuerdo con lo de cambiar las subvenciones nominativas por subvenciones concurrenciales. Le felicito, le animo y me parece que ese es el buen camino y lo mismo que puedo estar en desacuerdo con usted en otras cosas, en esta estoy de acuerdo, y si encima tenemos que hacer de la necesidad virtud, pues hagamos virtud de verdad, y me parece muy bien, pero, ¡ojo!, no nos hagamos trampas en el solitario nosotros. Una cosa es que las subvenciones nominativas se transformen en concurrenciales y otra cosa es que desaparezcan. Esto es como lo de la materia, que ni se crea ni se destruye, sino que se transforma. Bueno, pues no, aquí desaparece. Una cosa es que se transformen las nominativas en concurrenciales y otra es que desaparezcan y ese es un detalle que en física sería relevante”.

De verdad que después de leer esto no tengo palabras. Dando muestras de una ignorancia supina, del desprecio al trabajo de mucha gente durante muchos años y del esfuerzo por construir tejido cultural, este individuo apoya sin más una decisión injusta y discriminadora, cuyo calado no sabe y cuya idoneidad desconoce. Tengo derecho a dudar de que se hubiera leído los presupuestos. Como ciudadanos quisiéramos saber si el PSOE maneja criterios parecidos, si el partido al que pertenece apoya esta conducta, porque es verdaderamente desolador. Leyendo estas palabras oigo con mayor nitidez los gritos de la calle: “¡Que no, que no nos representan, que no!” Ellos sabrán a donde quieren ir.

No se queje usted señor Lassalle, con una oposición así puede usted decir lo que quiera porque tendrá sólo las respuestas que marque el guión. Parece que la teatralidad de la política parlamentaria haya llegado al máximo de ficción y al mínimo de contenido.

 

Final

Mucho tendría que argumentarle respecto al mecenazgo, pero lo dejo para otra ocasión por la notabilidad que el tema tiene para usted. En definitiva, con el mayor respeto créame, me permito decirle señor Lassalle, que la distribución del presupuesto y las medidas que usted ha propuesto anuncian una auténtica masacre para la cultura española.

Desde hace muchos años vengo estudiando las formas de organización y financiación del teatro europeo y asistiendo a encuentros y festivales en Europa. En nuestra revista hemos dejado testimonios de todo ello. ¿Usted cree que la famosa “marca España”, como a ustedes les gusta decir, se potenciará algo con lo que nos propone? ¿Usted cree que el microteatro, con todo respeto hacia quienes lo practican, puede ser ejemplo del teatro español? El problema reside, ya lo expresé hace mucho tiempo, en que los que nos dedicamos al arte escénico seguiremos aquí y usted un día se marchará para ejercer otros desempeños, pero el daño que ahora se haga nos hará retroceder casi medio siglo y destruirá lo que se ha podido construir.

Nunca hemos querido ser aduladores de los responsables políticos. Ellos deben hacer su trabajo, entendemos, y nosotros el nuestro como parte de la sociedad civil cultural. Desgraciadamente los titulares de los cargos públicos han preferido casi siempre la adulación de gentes, en general, carentes de respetabilidad y solvencia. Nosotros hemos preferido mantener la reflexión y el análisis antes que la adulación banal. Creemos que de este modo cumplimos con nuestro deber intelectual y patriótico. Estas líneas están escritas con estas intenciones y a ello nos atenemos.

Revista ADE-Teatro nº 143, Diciembre 2012

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Perplejidad absorta

2012-10-15

 

Por Juan Antonio Hormigón.

 Lo reconozco y testifico: me siento a la par absorto y perplejo ante la situación que aqueja y en la que se debate España. Sé que no soy el único. He leído una carta que el filósofo Paco Fernández Buey remitió a Salvador López Arnal pocas semanas antes de morir, y que este transcribió en Público, en la que dice:“Sigo las novedades del mundo como puedo e intentando entender lo que dicen los economistas al respecto. La verdad es que cuesta entender este mundo y entenderles a ellos”. Mi perplejidad no es solitaria y me siento bien acompañado.

La producción cultural está inmersa sin duda en una sucesión de sinsabores, espinosos y acuciantes sinsabores, pero la mayor parte tiene su origen en los problemas económicos que nuestro país atraviesa. Por eso dilucidar lo uno nos lleva al mismo tiempo a tratar de lo otro.

 

1

La perplejidad es fruto de que me asaltan múltiples preguntas para las que no percibo apenas réplicas. La inicial que se me ocurre es tan simple como saber qué es lo que de verdad sucede y por qué. Posiblemente sea la que se hace gran parte de la ciudadanía de Europa, puede que incluso más allá, y por supuesto la española. Las grandes hecatombes de Grecia, Portugal e Irlanda, se vincularon a cuestiones concretas que afectaron a sus bancos como consecuencia de las estafas monstruosas de diferentes entidades financieras estadounidenses. También al estado de sus deudas. Esto se dijo al menos, puede que fuera algo más.

No debemos olvidar que algo debieron de percibir ciertos políticos, dando prueba de su perplejidad extremada en aquel momento, quienes llegaron a propalar, tal fue el caso de Sarkozy, que “había que reformar el capitalismo”. De algún modo se venía a reconocer o al menos diagnosticar, que nos encontrábamos ante una pavorosa y colosal crisis del sistema, es decir del capitalismo tal y como hoy se manifiesta, en el que la economía real queda sometida al dominio de la economía financiera, la que interesa y conviene a los estratos más conspicuos del gran capital.

Aquello se dijo pero nunca más volvió a aludirse a la cuestión. Sin embargo lo que nos dicen que denominemos “crisis”, ha proseguido y afecta duramente de forma directa a una serie de países entre los que se encuentra España. También en nuestro caso se cita la deuda pública como una razón de lo que nos sucede, pero ésta sigue siendo inferior a la de otros Estados europeos. Se cita menos la deuda privada, bancos, empresas y particulares, que es muy superior y más grave.

Todo ha desembocado en una política económica de la que se ha hecho portavoz y emblema a la canciller alemana Angela Merkel, quien ha hecho de la austeridad presupuestaria el paradigma de toda su ejecutoria, y que ha provocado una recesión económica, aumento del paro, caída de la producción y del PIB, etc., de proporciones memorables. Estos son los sarcasmos trágicos del fanatismo neoliberal.

Es elocuente la cólera de los ciudadanos al ver que los que en primera instancia aparecen como responsables de haber arramplado con dineros públicos en su provecho propio, siguen en sus casas tan orondos sin que nadie les obligue a devolverlo. Incluso algunos periodistas bien engrasados, ensayan justificaciones para sacarlos del ojo del huracán. Entre tanto esos mismos cargan con todo su bagaje argumentativo, que es corto y deleznable aunque repleto de expresiones de apariencia solemne, contra el alcalde de Marinaleda y el grupo de sindicalistas que llenaron de comida de urgencia unos carritos de súper, para entregar el fruto de su incautación a familias necesitadas. El valor material de esta requisa es irrelevante, pero lo presentan como un desafuero máximo un acto de pillaje, mientras los que se alzaron con millones de euros descansan en sus posesiones. El quid de la cuestión reside en que si cundiera el ejemplo el sistema, también en esto, haría aguas.

Oímos con frecuencia hablar de la gobernación como si se tratara de la economía familiar, otros la comparan con la de una empresa. Es otro de los trucos neoliberales para que la gente establezca comparaciones a partir de sus condiciones individuales, a las que el sistema ha empobrecido. Es una forma de implementar de forma deliberada la “estrategia de choque” que figura en sus manuales.

Pero la falacia hace su camino. Así puede plantearse la privatización de la sanidad, de la educación, de la cultura, desatender la investigación, afirmar que las empresas públicas son una ruina… Y se concluye con el axioma justificativo: No son rentables…, por eso hay que privatizarlas para que unos emprendedores generosos las conviertan en pingües negocios. Que lo pague la ciudadanía es una cuestión menor, al fin y al cabo llevan zapatos y antes no, antes fueron esclavos o siervos de la gleba y ahora hasta se les permite votar. ¿Cómo puede compararse la gobernación de un Estado con una empresa, si no es para implementar dicha maniobra contra el país? En esto ante todo, son un ejemplo de antipatriotismo pertinaz.

Hay no obstante economistas que se han esforzado por explicar lo que sucede. Tal es el caso de Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón, autores del libro Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España, aparecido en 2011, cuyo título expresa claramente sus intenciones. En el presente año han producido un nuevo volumen que prolonga sus planteamientos: Lo que España necesita. Una réplica con propuestas alternativas a la política del PP, editado por Deusto. Se podrá o no estar de acuerdo con el planteamiento de los autores, pero sin duda proponen acciones políticas y económicas a la situación existente.

Otro economista cuyas opiniones son reveladoras, es Juan Antonio Maroto, catedrático de Economía Financiera de la UCM. Sus propuestas son menos radiculares que las de los anteriores, pero no vacila en afirmar, por ejemplo, respecto al rescate bancario: “Los inversores, llevados de su codicia inherente a la rentabilidad del capital, nunca se van a calmar, salvo que se conozcan unas condiciones del préstamo que disuadan la especulación y el arbitraje entre las distintas deudas soberanas. Pasando en primer lugar por una valoración adecuada de la verdadera prima de riesgo de Alemania, que desde luego no es el 0%”.

Cosas de las que se han hecho le parecen un contrasentido que acentúa los problemas: “En primer lugar, estoy convencido de que la desaparición de las cajas de ahorros ha sido el primer error que se ha cometido en nuestro sistema financiero. Bien es verdad que con la responsabilidad de todos los que éramos clientes de las cajas, ya que nunca asumimos que éramos pequeños co-propietarios con nuestras libretas de ahorro”. En el mismo tono advierte de lo negativo que resulta la desaparición de las empresas públicas, aquellas que no son invenciones clientelares por supuesto. Respecto al origen del vendaval, no duda en referirse a la actitud de los Estados Unidos frente a Europa, “porque nos ve como un riesgo para el dólar y para su primacía en los mercados internacionales”.

Poco o nadade todo esto y de muchas opiniones más, fundamentadas y no delirios de tertulianos fanáticos y grotescos, tiene fácil cabida en los debates públicos o no se las escucha. Muchos políticos de la Restauración fueron ante todo agentes de la oligarquía del cereal y del olivo; ahora da la impresión de serlo de las multinacionales, los grandes consorcios financieros y más aún de quienes controlan estas instancias, cuyo interés intenta gobernar el mundo al margen de los procedimientos democráticos por muy manipulados que estén.

Ahora ya no basta con soñar en tomas del Palacio de Invierno, ya no hay ningún palacio de invierno en que radique el poder. Entre ocultamientos y sombras, el poder ha perdido rostro y sólo percibimos que los políticos no lo tienen en representación del pueblo, sino que el poder opera desde estratos incógnitos y los políticos obedecen sin saber quiénes son exactamente los que les mandan y de dónde emanan las órdenes. La ciudadanía está muchas veces absorta ante el espectáculo de la claudicación.

 

2

Cierta parte de lo que acaece en el mundo cultural tiene como responsables a muchos de los sujetos activos que pueblan su territorio. Unos más que otros desde luego, pero no puedo aquí hilar tan fino como para establecer las diferencias. No hablo de los recortes en inversión pública, cierres y desapariciones de líneas de programación, sino de cómo todo esto se produce en un marco de indefinición legislativa que deja expedito el territorio para que esto pueda llevarse a cabo con total impunidad.

Desde los segmentos definidos de la producción cultural, se ha creído y considerado durante largo tiempo que los poderes públicos practicaban una especie de beneficencia hacia el mundo de la cultura. Pocos eran los que lo consideraban como una parte sustantiva del Estado democrático y de la condición intrínseca del ciudadano, por lo que el Estado invertía en aras de convicciones profundas y con objetivos perceptibles de amejoramiento social y desarrollo de las capacidades de la ciudadanía, así como la búsqueda de su disfrute y perfeccionamiento.

No pocos se sintieron a gusto con esta situación. Unos, que se consideraban “creadores”, no querían “contaminarse” con debates sobre organización o economía de la cultura. Por otra parte, detrás de dicha etiqueta se esconden en ocasiones auténticos “delincuentes” culturales que utilizan cualquier subterfugio para aparentar y esconder su ignorancia e incompetencia, que anda en mancuerna con las de quienes les jalean.

Pero hubo también quienes de forma calculada y programática se negaron a concertar cualquier tipo de acción convergente para lograr que se instaurara un compromiso político y legislativo. Un alto cargo del Ministerio de Cultura me contó cómo en uno de los Consejos Nacionales que existen, una persona le espetó sin recato que no necesitaban leyes, que ya había demasiado control. Este mismo individuo meses después, habló conmigo para que hiciésemos presión para que se articulara una Ley que ordenara y legislara sobre el territorio en que trabajaba porque “era necesario”.

La cuestión radica en que cuando no se establece orden legislativo y lo que existe tan sólo es benevolencia o beneficencia de los poderes públicos, estos están en disposición de controlar los productos culturales o de cortar o reducir la inversión si vienen mal dadas o simplemente se prefiere dedicar los recursos a otra cosa.

La incertidumbre es más acusada todavía si constatamos la inexistencia de programas culturales de Estado, que los partidos políticos tampoco los tienen y por lo tanto cuando acceden a la gobernación, recurren a colocar al frente de los departamentos culturales a personas sin formación específica en la materia, que se limitan a aplicar criterios que emanan de su “buena voluntad”, de algo que han oído que se hace, casi siempre falso o coyuntural, o a seguir las “ideas predeterminadas” de algún/a listillo/a que suele causar verdaderos estragos. En muchas ocasiones, el capricho o el gusto personal sustituyen a una adecuada ponderación respecto a lo que la cultura significa y representa para que un país se sienta constituido y partícipe en sus objetivos.

La cuestión que ahora se plantea es dilucidar cuál es la frontera entre entretenimiento y cultura. Las expresiones artísticas deben serlo intrínsecamente. Por el contrario existen múltiples manifestaciones públicas que son entretenimiento y en absoluto cultura. Hay casos evidentes pero otros difíciles de deslindar. La cultura es también entretenimiento pero mucho más sin duda.

Desde hace años esta cuestión formulada con mayor amplitud y enfoques más pertinentes, ha constituido el centro de las inquietudes de mucha gente, al menos en el teatro. Es posible que fuera más efectivo hablar de las obras de cultura que tienden al disfrute y abren interrogantes al espectador sobre su condición y el mundo que habitan, y aquellas que son simple mercancía que se agotan en su propia exhibición y sólo buscan el beneficio económico. Pero también esta dicotomía tiene múltiples variantes que habría que solventar. Sí diré que es una cuestión substancial y que la última broma con la que nos podemos encontrar es que productos ínfimos, de nulo interés artístico y vaciedad absoluta, quieran erigirse y protegerse con la cultura como coartada. Demasiadas veces lo hemos visto ya.

 

3

¿Alguien se ve capacitado para cambiar los vericuetos, trampas y sanciones tiránicas del sistema existente en esta parte del mundo? ¿Existe un discurso político de alguien, me refiero ante todo a organizaciones constituidas, que quiera realmente transformar el sistema en esta parte del mundo? ¿Es perceptible, o al menos suficientemente perceptible este discurso entre los ciudadanos? ¿Estamos dispuestos a arrostrar los esfuerzos de una acción realmente transformadora? ¿Existe conciencia cívica de su necesidad? ¿Tenemos el valor cívico para decir la verdad respecto a lo que sucede, para señalar a sus responsables y exigir responsabilidades, para aceptar en definitiva la verdad y apoyar soluciones que apuesten por el bien común y no por el beneficio de los privilegiados?

Me asustan las respuestas que me doy y eso acrecienta mi perplejidad.

 

Revista ADE-Teatro nº 142, Octubre 2012

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Acerca de la conveniencia de debatir sobre el sexo de los ángeles

2012-10-01

Por Alberto Fernández Torres.

 

La oportunidad de escribir un artículo de opinión en nuestra revista sobre temas más o menos reivindicativos, como es el caso, permite adoptar dos diferentes puntos de vista: o hacerlo, según una visión de “dentro a fuera”, para manifestar lo que podrían o deberían ser las posiciones de nuestro colectivo profesional sobre temas de especial relevancia; o hacerlo, con una visión “hacia adentro”, para reflexionar sobre la mayor o menor pertinencia del contenido y forma de esas posiciones. Lo primero, por ocioso que sea decirlo, conduce a la crítica; lo segundo, a la autocrítica; o, al menos, a algún género de autocrítica.

Viene esto remotamente a cuento porque la pretensión de estas líneas es reflexionar levemente sobre algunos aspectos relacionados con las posiciones del sector (cultural y teatral) en relación con las causas y efectos de la crisis actual; y muy especialmente sobre la cuestión de la subida del IVA cultural, tomada más como ejemplo o síntoma que como núcleo central de la reflexión.

Puede estar seguro el lector habitual de estas páginas de que nada que yo pudiera decir en tono crítico sobre éste y otros efectos “no naturales” de la crisis debiera diferir significativamente de lo que él mismo estará ya pensando una vez que se le ha puesto el asunto ante los ojos. Por ello, adoptar la primera de las visiones apuntadas resultaría también ocioso. En consecuencia, y sin pretensión de que el intento nos lleve mucho más lejos, optaré por la segunda.

No forzaré el gasto de demasiada tinta para subrayar que, como es obligado, y con tal o cual matiz secundario, me sumo a las protestas que han sido formuladas de una u otra forma por profesionales del sector desde el pasado mes de julio en contra de la subida del IVA cultural. Sin embargo, hecho esto, dejemos un poco de hueco para algún pensamiento autocrítico por lo que pudiera valer, que ya se me alcanza que será poco.

El primero es que, aun cuando el mismo día en el que redacto estas líneas, un periodista publica en un diario de ámbito nacional el generoso comentario de que “el mundo de la cultura y el espectáculo inició una ruidosa campaña en contra de la iniciativa fiscal del Gobierno” de subir el IVA de la cultura hasta el 21%, lo cierto es que el “ruido” de la campaña está muchos decibelios por debajo del Apocalipsis que los propios empresarios del sector están vaticinando: el cierre de una de cada cinco empresas del sector, la destrucción de 4.500 empleos directos, la reducción de 530 millones de euros de ingresos y la pérdida de 43 millones de espectadores (se entiende que “de localidades”, salvo que la subida del IVA se capaz de aniquilar a la totalidad de la población española). Pues bien, si este cálculo es correcto, convengamos en que el “ruido” generado lo ha sido con bastante sordina, dada la manifiesta desproporción entre la intensidad de la protesta realizada y el destrozo anunciado de la medida.

El segundo es que la amenaza del Apocalipsis ha conducido a los empresarios de la industria cultura a solicitar una moratoria de seis meses en la aplicación de la subida del IVA. O sea que Armagedón, vale, pero en cómodos plazos; que acabe el mundo, pero en primavera; que la industria cultural quede asolada, pero después de Semana Santa. Bueno, de acuerdo, es verdad que los seis meses se sugieren “para que el Gobierno pueda reflexionar y volver a estudiar detalladamente el impacto que dicha medida supondría en los distintos sectores culturales”. Es decir, como si el Gobierno hubiera necesitado lo mismo o más para reflexionar sobre los impactos de otras medidas “anticrisis” que suponen un coste mucho mayor para otros sectores económicos y sociales. De nuevo, la desproporción entre el destrozo profetizado y la “contundencia” de la reivindicación planteada llama poderosamente la atención.

Y ésta (tercera reflexión) se propuso apenas 72 horas antes de que entrara en vigor la decisión de subir el IVA, circunstancia que transmitía a cualquier lector interesado o desinteresado el ineludible sentimiento de que, en radical inversión de la famosa frase que un filósofo dedicó a otro filósofo, la reivindicación estaba tan nutrida de entusiasmo como de falta de convicción. Vamos, que igual era justa, pero que ni sus propios promotores pensaban que iban a conseguir gran cosa formulándola.

Cuarta reflexión: estamos cayendo con toda ingenuidad en lo que un inteligente Premio Nobel de Economía bautizó como “efecto de anclaje”. Consiste éste en la tentación espontánea de la mente humana de iniciar sus argumentos partiendo de la primera cifra o hecho que se le pone entre los ojos. El Gobierno anuncia una subida del 21% y el sector asume ese porcentaje como amenaza real y pasa a considerar que el porcentaje de partida (8%, según y cómo) era una situación idílica o, como mínimo, tolerable. Menos mal que el Gobierno no amenazó con un 25%: entonces, un 15% nos hubiera parecido, a lo peor, razonable. Señores: ni 21%, ni 8%, ni gaitas. Considerar que un IVA del 8% para el sector cultural es un nivel “reducido” y benéfico es pasar a admitir como aceptable una situación que no debiera serlo (y que, de hecho, no lo era).

Y, bueno, eso de que el 8% es el IVA “reducido” del sector cultural… lo será para algunos. Lo dicho: según y cómo. Porque (quinta reflexión) no es tal el caso del teatro (ni, “sensu contrario”, el caso de otras “industrias culturales”, que gozaban de IVA por debajo del 8%), ya que el sector escénico sufre desde hace lustros una situación de discriminación fiscal negativa respecto de otros sectores culturales, por no hablar de dobles imposiciones y heterogeneidad de tipos, que debiera sonrojar a cualquier administrador de la cosa pública (fiscal o cultural) al que le guste considerarse progresista en la tertulia del Casino.

Un colega en estas lides me aconseja un poco más de mesura porque, al fin y al cabo, el objetivo fundamental era mostrar una posición común del sector cultural; y, por añadidura, existía el serio riesgo, aún no del todo aparcado, de que cualquier reivindicación sectorial en medio de la crisis fuera recibida por muchos de quienes tienen altavoces de opinión al grito de “éstos quieren lo de siempre: más dinero público”, lo que todavía no se ha producido.

Y yo creo que tal conformismo es bastante chato y no conduce más que a morir de pie (postura, sin duda, preferible y más noble que hacerlo de rodillas, pero que no evita el hecho de dejar este mundo). ¿Qué el sector ha reaccionado? Loado sea Dios. Pero ha vuelto a mostrar una incomprensible ausencia de habilidad –pues la capacidad intelectual para hacer lo contrario se le supone, por mor de su propio oficio– para liderar entre la sociedad española una reflexión sobre el papel de la cultura como elemento de modernidad y como factor positivo en el diseño de una salida a la crisis.

Hace pocos meses, desde una tribuna pública, otro colega por el que siento auténtico aprecio personal se felicitaba de que en la edición 2012 de Mercartes se iba a dejar de “hablar del sexo de los ángeles”, eliminando cualquier ponencia o mesa de debate, a fin de dedicar todo el tiempo a comprar y vender espectáculos, que es lo que hace falta para salir de la crisis, según él. Seguramente, me sentí un tanto aludido por el comentario, porque en una edición anterior yo había castigado a los asistentes con una ponencia en la que disertaba sobre el sexo de cerditos y murciélagos; pero, aparte de la estúpida vanidad herida, no pude dejar de considerar que hablar del sexo de los ángeles es una estupidez… salvo que uno tenga el objetivo de aparear ángeles; o sea que depende. Dicho de otro modo y en sentido inverso: que ponerse como locos a comprar y vender espectáculos igual está muy bien, pero para ello hay que saber y compartir conocimientos de marketing y comunicación. Es decir, reflexionar, debatir, pensar… Hasta del sexo de los ángeles, si el caso lo requiere.

No digo que Mercartes tenga la obligación de incluir ponencias, estudios o mesas de debate. Tanto da. Pero sí que, si uno de sus objetivos declarados es “expresar, por un lado, la indignación del sector por las últimas decisiones gubernamentales en materia fiscal y, por otro, la capacidad de iniciativa colectiva para asegurar la presencia de las artes escénicas en nuestra sociedad”, hacerlo sin reflexión y sin debate se me antoja complicado; o de resultados tan nutridos de indignación y entusiasmo, como carentes de visión estratégica y de utilidad real. Una indignación y un entusiasmo que podrán llevar a algunos a compartir el “brindis al sol” del Presidente de la Junta de Extremadura, decidido, ya veremos por cuánto tiempo, a compensar la subida del IVA de la cultura con un supuesto chorro de subvenciones, en un inefable ejercicio de política cultural que tendrá para él la enorme ventaja de no poder ser aplicado; y, para los demás, de situar el debate sobre la financiación de la cultura donde menos nos conviene que sea situado.

Pero no confundamos el dolor con la injusticia. Terminemos simplemente señalando que, en el límite, el asunto tendría que plantearse a la inversa. La cuestión no consiste (no debiera consistir) en advertir a autoridades y ciudadanos de los grandes perjuicios que las “medidas anticrisis” pueden causar al sector cultural; sino en demostrarles que el sector cultural, en el ejercicio normal de sus funciones, y si le dejan, puede hacer una contribución insustituible a la superación de la crisis. Sin embargo, para ello, ay, sería bastante conveniente razonar un poco más.

Revista ADE-Teatro nº 142 (Octubre 2012)

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La cultura y sus circunstancias

2012-07-15

Por Juan Antonio Hormigón.

 

Hay cuestiones sustantivas para el ciudadano como son la educación y la sanidad. Ambas configuran su existencia y le proporcionan formación y seguridad. Otras como la cultura, son constitutivas de la condición de ciudadano. Sirve para preservar su memoria, su identidad, su capacidad analítica y crítica, su conciencia cívica y propician la búsqueda de placer profundamente humanizador. La ciencia y la investigación por su parte contribuyen al desarrollo que mejorará directa o indirectamente la vida de los ciudadanos.

Todas ellas son bienes sociales cuya conversión en mercancía no hace sino desnaturalizar su sentido y su valor. Y en ello se debe cifrar siempre la defensa de la cultura y no caer en la trampa de los mercaderes que sólo la contemplan como una mercancía que se puede traficar, vender, o especular e incluso alardean de ello.

Nuestra opinión nada quita para que podamos considerar lo que los recursos culturales representan en relación al PIB del país. En 2010 era el 4 por ciento, aunque en 2011 descendió al 3,6, debido sin duda a la pérdida de inversiones. Nuestros países próximos ofrecen cifras algo diferentes. En Reino Unido supone el 9,6, en Francia el 7,5, en Alemania el 6,5 y en Italia el 5,9. Lo que entendemos aquí por “productos culturales” tienen una condición muy variada, y junto a los de clara filiación cultural hay otros que no pasan de mercancías a las que se incluye en este apartado más por su origen que por su condición.

Por eso, insisto, no debe ser sino la circunstancia y nunca la razón matriz del valor de la cultura. No confundir por cultura aquellas manifestaciones que solo emanan espectacularismo vano e insustancial, superficialidad enajenante o son una máscara que oculta simplemente productos que vender disfrazados a su conveniencia. En tanto que bien social, como la educación, la sanidad o la ciencia, su reducción a simple mercancía sirve de coartada a quienes pretenden condenarla a la barbarie del mercado, cuando su razón de ser emana de su valor intrínseco para la condición del ciudadano.

Cuando invocamos la inversión en educación, sanidad, ciencia y cultura por parte de los poderes públicos, no reclamamos una limosna o un acto de beneficencia, sino un derecho. Si algunas gentes en el terreno cultural no lo entienden así, es porque no creen que lo que hacen tenga que ver con la cultura, o porque están aterrados y piensan que siendo buenecitos tendrán su limosna. Pero no es menos cierto que hablo tan sólo de quienes con responsabilidad y eficiencia son sujetos de acción cultural, no de esa harka de petulantes presuntuosos que se consideran genios y carecen de la más mínima solvencia, profundidad y conocimientos.

 

 

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¿Qué podemos decir de los recortes en educación, cultura y ciencia, sino que nos hemos pronunciado repetidamente en contra? Pero debemos recordar que se han producido también en cultura y de esto no suele hablarse. Es la consecuencia directa de que exista un estado de opinión promovido por individuos interesados, de que la cultura es una mercancía y su ejercicio un negocio. Hace tiempo que insistimos en que el concepto de subvención que se viene utilizando como arma arrojadiza, sea sustituido por el de colaboración o inversión que es mucho más preciso.

¿Qué es lo sustantivo y constitutivo de una sociedad y qué lo accesorio, suntuario o banal? ¿Necesitamos comprar armas? Sin embargo el gobierno anterior firmó un contrato por treinta mil millones a pagar durante años, según declaración del actual Presidente del gobierno en el Congreso de los diputados.

¿Para qué necesitamos comprar armas los españoles si no es para alimentar a quienes las fabrican? ¿De quién tenemos que defendernos con artilugios sofisticados como los misiles cuya compra se ha gestionado o se ha realizado? Ya sé que también las venden fabricantes españoles, ¿pero es ése un negocio mínimamente ético? También sé que hay personas que piensan que lo de la ética es una idiotez y que lo importante es el negocio. Supongo que es justo decir que así nos va.

Hay muchas cosas que recortar antes que la educación, la sanidad, la cultura, la ciencia, la investigación, los sueldos básicos y las pensiones. Ha habido despilfarro en muchos terrenos, todos lo sabemos, pero no han sido en estos. Y por otra parte, ajustar no es recortar sino poder hacer lo mismo con un coste menor.

Una gran parte del teatro que se hace a lo largo y ancho de España, sufre las consecuencias de este tsunami cercenador. Nuestros colegas se sienten golpeados, tanto porque la cooperación se volatiliza como por la acumulación de impagos por representaciones realizadas. El mosaico de opiniones que a continuación sigue, es demostrativo de lo que sucede.

 

Revista ADE-Teatro nº 141 Julio-Septiembre 2012

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Ante el presente de nuestra cultura

2012-07-01

Por Jorge Urrutia.

 

El pasado 6 de junio de 2012, un grupo de creadores y de profesionales liberales, entre los que figuraban Fanny Rubio, Juan Genovés, Juan Antonio Hormigón, Antonio Roche, Marta Sanz, José Sanchís Sinisterra, Antonio Saura o Carmen Linares, apoyados por más de sesenta firmas, presentaron en Madrid un manifiesto en defensa de la cultura promovido por la asociación “Espacios de Intercreación-Creaciones sin Fronteras”. Levemente remodelado, se reproduce aquí el texto introductorio que leyó Jorge Urrutia.

 

 

Desde hace tiempo, la cultura sufre una serie de agresiones a las que en España, al contrario que en otros países europeos, nadie ha hecho de verdad frente.

Se ha confundido, incluso en medios de comunicación importantes, en museos, en academias, en universidades, en muchas editoriales, la cantidad con la calidad.

Se ha confundido el número con la democratización.

Se ha confundido la productividad económica con el pensamiento y la formación.

Y se ha confundido el partidismo con la crítica.

La cultura se vio, así, capitidisminuida en su importancia para la vida y el ser de un pueblo. Un pueblo que como el español, en todas sus particularidades de raíz histórica, se siente europeo e íntimamente unido, por lengua común y por costumbres, con Hispanoamérica. Una lengua que, con especial importancia en estos momentos, significa más para el producto interior bruto español que la fabricación de automóviles. Nadie, sin embargo, parece preocuparse porque se vendan menos libros, ni reclama ayudas o un plan renove destinado a las librerías.

Tampoco se pone coto al aplastamiento de nuestro cine o de nuestro teatro por espectáculos teóricamente globalizados. Si sabemos que el público elige, también sabemos que puede manipularse o educarse.

Creemos que la cultura está ligada a la educación y que, desde los primeros niveles escolares, hay que formar el gusto del niño, crear la base humanística sobre la que, luego, puedan asentarse los conocimientos técnicos. Sólo el humanismo salva a la técnica de la violencia y de la injusticia.

Pertenecemos a una tradición cultural que sigue teniendo una enorme fuerza creativa y que se integra, sin complejo alguno, en las líneas mayores de la literatura y del arte internacionales. La posible pérdida de prestigio de nuestra cultura, en la que algunos piensan, no se debe a la menor o mayor capacidad de los creadores, sino a un desánimo colectivo propiciado por políticas erróneas que han buscado más la espectacularidad que la expresión, y la dependencia más que la libertad.

Sabemos que el arte, la literatura y el teatro han sido siempre la expresión de un pueblo. Reivindicamos, pues, la noción de “pueblo”, que las políticas neo-conservadoras y cierto complejo de la izquierda casi han hecho desaparecer de nuestro léxico y de nuestro pensamiento. En el pueblo, concebido como conjunto interclasista, como tradición y como fuerza impulsora, radican el valor y la modernidad de una cultura.

Por mucho que nos conviniera, no se trata, ahora, de pedir dinero, porque la cultura se ha desarrollado siempre en España en medio de presupuestos insuficientes. Además, cuando los responsables políticos han querido ocuparse de la cultura, antes que establecer un sistema general que abriese posibilidades, han preferido construir grandes instalaciones ante las que fotografiarse y que hoy resultan imposibles de mantener. Edificios donde la reflexión, tan necesaria en el arte, llega a ser imposible. O bien, en la situación presente española, dedican esos edificios a actividades de campanario, que algunos llegan a alabar porque, aunque nada puedan aportar de válido, les permite resolver la economía diaria (que no es poco) y, como se dice hoy, “hacer curriculum”; es decir: sálvese quién pueda.

No es un problema ni de actitud política de unos u otros partidos (aunque, naturalmente, para unos la creación cultural sea más o menos importante que para otros), ni de dinero. Tampoco es ya solamente un problema de opción política, sino de autoestima, de exigencia y de decisión.

Es, sobre todo, una decisión ética. Esa ética que hoy brilla por su ausencia cuando los especuladores o los responsables económicos salen del banco que han hundido con indemnizaciones millonarias, o cuando un funcionario público, como un juez, puede creer que las reuniones oficiales deben hacerse en restaurantes o entornos de lujo. Mientras, las plazas de nuestros pueblos se llenan de obreros en paro y las calles de las ciudades se pueblan de mendigos.

En estos momentos de grave crisis social y económica la cultura puede y debe significar una balsa de salvación en la que navegar hacia un horizonte nuevo. Por eso es necesario hacer un llamamiento a la ciudadanía en general y a los intelectuales y otras personas ligadas a la cultura para que actúen, recuperen el espíritu crítico y salgan a la calle como creadores.

Defendamos la cultura como espacio de reflexión, como expresión popular, como manifestación de una ética de la vida, como defensa de una herencia histórica y de un patrimonio simbólico y como afirmación de una fuerza productiva. Recuperemos también el convencimiento efectivo de que pertenecemos a una cultura importante cuya pervivencia y prestigio están sobre todo en nuestras manos.

Escribamos, pintemos, organicemos teatro de urgencia, hagamos cine de estética militante, cantemos en pequeños locales, reencontremos la poesía recitada a grupos exiguos pero comprometidos. Hagamos, si es necesario, una cultura de resistencia, pero recuperemos la frescura de la libertad y de no deberle nada a nadie. Ganaremos la seguridad de que nuestra labor podrá calar en el cuerpo social, se hará uno con él y reencontraremos a un público que necesitamos y que nos necesita, aunque haya sido raptado por los efectos de la desidia y el abandono.

A los políticos pidámosles únicamente que, si siguen huyendo de la realidad,

si no ayudan con decisión a nuestra cultura, si no la creen importante, si estiman que, en momentos de dificultad económica, la cultura no es sino un maquillaje cutáneo, si —en su ignorancia— están convencidos de que las inversiones en cultura no son productivas, o si piensan dejarla también al albur del mercado multinacional, entonces, que se limiten a redactar una ley de mecenazgo que no piense sólo en facilitar un escape a las grandes fortunas y, sobre todo, eso sí, sobre todo, que nos dejen en paz, que nos dejen trabajar en paz.

Porque, como dijo el poeta, nuestros cantares no pueden ser un adorno.

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La herencia recibida y las excusas debidas

2012-04-01

Por MF Vieites.

 Las declaraciones recientes del Presidente de la Patronal (la misma que en su día sufragaba un estudio en el que se afirmaba que la inteligencia es cosa de genes por lo que el sistema educativo no está para garantizar una igualdad de oportunidades que las cunas niegan), pidiendo olvidar el día de la huelga general es muy sintomática de una forma de pensar muy asentada en los tiempos que corren y que se orienta a negar el pasado, porque el pasado es memoria, es historia, y las hemerotecas le pueden sacar los colores al más pintado. Ejemplo: ahora que el gobierno de España ha decidido conceder una generosa amnistía a los defraudadores fiscales, nos dicen que lo que en tiempos de Zapatero era ocurrencia y barbaridad supone a día de hoy medida necesaria para sacar a España de una bancarrota que, curiosamente, parece no tener relación alguna con aquella defensa a ultranza de la economía del ladrillo que tanto se promovió no hace tanto. Ese tipo de conducta es especialmente grave no tanto por la hipocresía implícita sino porque de forma explícita supone una burla ostensible a la ciudadanía, a la que quisieran extirpar la capacidad de pensar. En una sociedad del conocimiento se apostó por esa economía del ladrillo, mientras la investigación languidecía y ahora desaparece, con lo que se elimina la única vía para aumentar la competitividad, pues para ellos ésta última depende del trabajo a destajo, sin más.

Todo ello denota una determinada forma de pensar, un determinado modelo de conducta que en buena medida se basa en un argumento que jamás fue más allá de la célebre pregunta retórica, “Mire usted, ¿sabe usted con quién está hablando?”, pero que, al fin y a la postre, dominó la política española durante más de 150 años a lo largo de los pasados dos siglos. Una pregunta que refleja un modelo de pensamiento, la negación del otro y de sus razones, que en España nos sitúa de lleno en la sociedad estamental propia del Antiguo Régimen, y que a lo largo del siglo XIX y del siglo XX dio lugar a la emergencia en España de una cultura del señoritismo, en unos casos con señoritos premodernos y en otros con señoritos posmodernos, todos ellos amantes de las modernidades, que no de la modernidad. 

Los actos de celebración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, y todas las cosas laudatorias que en torno a la misma se han escrito, no dejan de ser una muestra de esa tendencia a negar el pasado y a negar la palabra. Porque ante tantas y tan bellas palabras, cabría hacer un simple salto temporal para ver dónde se situarían muchas de las personas que hoy rinden tributo a aquel texto si viviesen aquel momento y no éste. Muchos de los agentes que operan en la esfera pública actual hacen gala de un pensamiento claramente preconstitucional, es decir, contrario a cualquier constitución, por mucho que se envuelvan en banderas como las de la libertad o la democracia, y por eso, de haber vivido los acontecimientos de principios de aquel siglo nefasto, el XIX, se habrían situado claramente en las filas regalistas y habrían condenado la Constitución de Cádiz y perseguido de forma inmisericorde a tantos ilustrados que hubieron de padecer cárcel, exilio o ajusticiamiento. Lo mismo que hacen ahora.

Todos los males que padecemos en este país, tienen su raíz primera en aquella negación radical de la ilustración y de la modernidad que formularon las fuerzas tradicionalistas y conservadoras que han dominado la vida política española a lo largo del siglo XIX y XX, esas mismas fuerzas que convirtieron a España en un erial en tantos ámbitos de lo social, lo cultural, lo artístico, lo científico o lo económico. Aquella negación radical de la Ilustración supuso que España estuviese anclada en las estructuras del Antiguo Régimen, que en buena medida todavía permanecen vigentes en no pocas prácticas políticas de hoy mismo, como muestra la pervivencia de ese poderoso caciquismo cerril que todavía se practica y jalea (mi marido, mi cuñado, mi hijo, mi primo, mi señora…).

Es muy difícil hablar en España de la cultura del emprendimiento porque durante siglos las clases dirigentes han promovido la cultura del señoritismo, y mucho antes que la fiebre posmoderna declarase extinguido el mito de la sabiduría, en España ya se había declarado la guerra al conocimiento y el culto a la muerte, como perjurara Millán Astray en Salamanca, para solaz de tantos acólitos de la ignominia intelectual, o como testificara Gonzalo Fernández de la Mora en su visionaria obra El crepúsculo de las ideologías, para goce de quienes gustan de hacer las cosas “como Dios manda”.

Los años del trienio liberal, del sexenio revolucionario, de la Segunda República, junto a los que suman los gobiernos de González y Zapatero, significan muy poco comparados con los años en que gobernaron las fuerzas reaccionarias, conservadoras y tradicionalistas, esas que convirtieron a España en una reserva espiritual integrista, impermeable a tantos avances en tantos campos y a cualquier programa o idea de progreso. Por eso siempre fuimos, somos, furgón de cola.

Fuerzas que se han sumado al carro de la hégira posmoderna contra cualquier utopía, pues, en el fondo, el pensamiento posmoderno, al considerar que el pensamiento mismo no deja de ser un simple discurso sin validez moral o ética, y por tanto sin historia, y al proclamar la absoluta relatividad del discurso, acaba por subsumirse en el pensamiento premoderno, es decir, acaba por generar procesos de comunicación que no se basan en la lógica del discurso sino en la destrucción de cualquier lógica que el discurso pueda tener, sobre todo la lógica histórica, y por eso se hace tan común el decir digo donde decía diego, y viceversa, y convertir la frivolidad o la ignorancia en tendencia dominante. Por eso mismo en España se ha comenzado a generar una lenta pero imparable reivindicación de la dictadura del general traidor, y una perversa e implacable demonización del pensamiento ilustrado, del ideal de la modernidad. En realidad, España sigue anclada en los años más oscuros del siglo XIX, y la marcha general de la política del Estado no es más que un signo inequívoco de ese regreso al pasado. Esperemos que esa máquina del tiempo no se desajuste y acabemos en plena posguerra.

Ese anclaje en los tiempos del antiguo régimen, esa defensa de la sociedad estamental, esa apuesta por la perversión de la cultura popular para reconvertirla en suma de tópicos y tipismo, se deja sentir en la agresiva defensa que se hace de eso que llaman tauromaquia, que destaca, precisamente, por el uso de tantas malas artes para torturar un animal indefenso. Pero de la defensa agresiva se pasa ahora a la reivindicación de esa tauromaquia no ya como fiesta nacional subvencionada sino como patrimonio inmaterial, como bien cultural y como objetivo prioritario, eso quieren, de la UNESCO. Esa defensa aguerrida e integrista del mundo de la tauromaquia no es más que otro signo de ese retorno al pasado, a nuestro pasado más oscuro y más tenebroso.

Hablar ahora de las herencias recibidas como mecanismo de defensa ante la impericia manifiesta, no deja de ser un despropósito para aquellas personas que se sitúan en las filas de esos grupos políticos, familiares, o corporativos que han manejado a su antojo, y con la mayor ineficacia, los destinos de todos nosotros a lo largo de los dos pasados siglos. Su herencia ha sido nefasta, y por eso estamos donde estamos. A ver cuando empiezan a asumir su pasado y con él sus muchas responsabilidades en las aflicciones de eso que llaman patria queriendo decir finca.

¡Y a ver cuando piden perdón por tanta fechoría!

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En defensa de la cultura. Discurso del Secretario General en el Acto de entrega de Premios de la ADE 2011

2012-01-24

 

Por Juan Antonio Hormigón.

El sentido de este acto ha sido siempre el de propiciar un encuentro cívico y cultural con nuestros asociados y con la comunidad teatral en su más amplia acepción. También el de transmitir nuestras inquietudes, preocupaciones y expectativas. Es lógico que sólo aprovechen de ello quienes tienen la capacidad de escuchar. En estos tiempos de desolación, todo esto reviste mayor importancia.
Y a ello vamos:
Goya escribe en uno de sus Caprichos, el que titula “El sueño de la razón produce monstruos”, lo siguiente: “Cuando los hombres no oyen el grito de la razón, todo se vuelve visiones”. Desgraciadamente el grito de la razón suele ser escasamente escuchado y la legión de visionarios e ignorantes no vacila en asolarnos con sus delirios.
Los fundamentadores del pensamiento modernizador en España, los ilustrados, desde Feijóo a Jovellanos y Cabarrús, propusieron planes para la gobernación de España que buscaban la felicidad de sus gentes, convertirlos en ciudadanos libres y responsables, dotarlos de derechos y deberes cívicos, desterrar la ignorancia, el fanatismo y la superstición, promover desarrollos económicos opuestos a los privilegios monopolísticos derivados de la sociedad estamental, dotarnos de sistemas impositivos sobre la renta y no sobre los productos, etc.
A ellos añadiría el nombre de Ensenada, que si no nos dejó obras de reflexión y propuestas escritas, realizó una magna obra de gobierno basada en la inversión pública, que hubiera transformado España y creado riqueza, puestos de trabajo, desarrollo científico y seguridad en nuestras fronteras y aguas territoriales de haberse podido llevar a cabo por completo. No fue así, y la presión del embajador inglés articuló una conspiración con sus contrarios dirigida por Ricardo Wall, de ascendencia irlandesa, que le hizo caer. Su trabajo y sus esfuerzos fueron premiados con el destierro. Fue parte de la tragedia de nuestra historia patria.
Me he referido a los ilustrados no sólo para testimoniar su vigencia y el origen de nuestra modernidad, sino porque conmemoramos el centenario de la muerte de Jovellanos en el año que ha concluido, y uno antes el de Cabarrús. Nuestra revista ADE-Teatro dedicó un bloque monográfico a su figura, sobre todo en su dimensión escénica.
Pues bien, Jovellanos se ocupó en numerosas ocasiones de la instrucción e incluso a propuesta suya se redactaron en 1809, cuando era miembro de la Junta Central, las Bases para la formación de un plan general de instrucción pública. En esta como en otras aportaciones, la educación general concebida por Jovellanos había de ser pública, gratuita, universal, cívica, humanista y estética, opinión similar compartían los demás ilustrados.
He espigado unas cuantas afirmaciones de sus numerosos escritos sobre el tema:
“La principal fuente de prosperidad pública debe buscarse en la instrucción” (…) “la primera raíz del mal está en la ignorancia” “[...] toda la riqueza de la sabiduría está encerrada en las letras, [...], ¿cuál será el pueblo que no mire como una desgracia el que este derecho no se extienda a todos los individuos?”
“[...], abrid a todos sus hijos el derecho de instruirse, multiplicad las escuelas de primeras letras; no haya pueblo, no haya rincón donde los niños, de cualquier clase y sexo que sean, carezcan de este beneficio; perfeccionad estos establecimientos”.

Aquellos pensamientos formaron parte del cuerpo doctrinal de la Constitución de 1812. Detrás de ese documento había mucho de los planteamientos de Jovellanos en cuanto a la cuestión educativa. En su discurso preliminar se lee:
“El Estado, no menos que de soldados que le defiendan, necesita de ciudadanos que ilustren a la nación y promuevan su felicidad con todo género de luces y de conocimientos. Así que uno de los primeros cuidados que debe ocupar a los representantes de un pueblo grande y generoso es la educación pública. Esta ha de ser general y uniforme, ya que generales y uniformes son la religión y las leyes de la monarquía española. Para que el carácter sea nacional, para que el espíritu público pueda dirigir al grande objeto de formar verdaderos españoles, hombres de bien y amantes de la patria, es preciso que no quede confiada la dirección de la enseñanza pública a manos mercenarias, a genios limitados imbuidos de ideas falsas o equivocados, que tal vez establecerían una funesta lucha de opiniones y doctrina.”

¿Y por qué he hablado de la instrucción y de la educación? Porque nuestros ilustrados ya la concibieron como bien y servicio público, y también porque está directamente ligada a la cultura, al desarrollo cultural.
Enmarañados en la vorágine y el tumulto de la economía financiera, los que provocaron la crisis que padecemos y que nadie logra explicarnos con claridad, han pretendido que los ciudadanos se sientan culpables de lo que sucede. Muchos lo han creído y sufren, e interiorizan su sentimiento de culpabilidad y aceptan en silencio el sacrificio. Remedando a Valle-Inclán diría: en los momentos graves, al pueblo español siempre los poderosos le envuelven en el candor de sus falacias para condenarlo a sus inmensos y pertinaces sacrificios y sufrimientos.
En estos tiempos desolados, todo, también la cultura, está siendo víctima propiciatoria de los ajustes, vulgo recortes, presupuestarios. ¿Es justo que sea así? Sin entrar en la cuestión de fondo de si es éste el mejor medio para superar la famosa crisis y generar empleo, ¿es necesario recortar las aportaciones en cultura, y más concretamente en el teatro y la contribución a la edición de revistas culturales que son las que nos afectan?
Oímos hablar constantemente de inversión, beneficios, competitividad, rentabilidad como si de cualquier producto se tratara, y nunca del valor intrínseco de la cultura, de su sentido y significado para la vida, la salud y la estima de un país. Cuando se enuncian aquellas áreas que merecen una consideración especial se habla de la educación y de la sanidad. Nada más justo. Pero hay un silencio ominoso respecto a la cultura y a las realizaciones artísticas de todo tipo. Los políticos no se pronuncian o incluyen genéricamente las producciones culturales en el capítulo de la producción y el mercadeo general.
¿Pero a qué nos referimos cuando hablamos de cultura? De las muchas definiciones que existen, más de trescientas, citaré sólo algunos aspectos que me parecen relevantes:
- La cultura contiene y da continuidad a la memoria de la especie.
- La cultura es aquello que nos hace progresar en el proceso de humanización.
- La cultura es un elemento imprescindible en el desarrollo de nuestra civilidad.
- La cultura es parte constitutiva de nuestro ser nacional, aquello que nos otorga nuestra cohesión como comunidad de ciudadanos.
- La cultura es un  bien inmaterial que permite articular el sentido de la existencia

Y la noción de cultura nos remite de forma específica a las artes, y éstas utilizan procesos artesanales de formalización, pero al mismo tiempo a procedimientos de distribución y comercialización que en ocasiones pueden constituir algo similar a una industria, Pero son siempre estos procesos y no la naturaleza intrínseca de las prácticas artísticas a la que se puede adjudicar dicha denominación.
Todo ello provoca disfunciones graves. Las inversiones públicas en cultura son muy inferiores a las que existen en otros apartados de la producción. La automoción por ejemplo. No quiero fatigarles con cifras, pero Internet nos presenta páginas numerosas en que se ofrecen cuantiosos datos. Lo importante es afirmar que no es lo mismo recortar en terrenos que con frecuencia sólo han determinado el faraonismo y el dislate, que en la cultura como tal, que precisa de recursos públicos para existir porque se dirige a todos los ciudadanos y con extraordinaria frecuencia no se asienta en la obtención de beneficios directos. Los recursos que obtiene constituyen a menudo tan sólo una parte de sus presupuestos.
Lo que no es la cultura es mercancía, aunque haya mercancías que se disfracen y pretendan venderse como cultura. Algo que toma su apariencia o que se enarbola como reclamo, pero que es tan sólo una mercancía que se puede pignorar o vender a precios varios.
Estamos convencidos que a la cultura no le hace crecer y desarrollarse la competitividad sino el fomento. Este es un principio que nos parece que debe ser contemplado y afirmado en todo momento.
Josep Ramoneda en un artículo publicado en El País, el 15 de noviembre de 2008, en los inicios de estos tiempos de desolación, decía:
“La cultura de la crisis es la del individualismo salvaje, en que la competencia a muerte es la única regla, con la religión como consuelo y el miedo como instrumento paralizador. La política y la libertad han sido despedidas, camino del totalitarismo de la indiferencia”.

El artículo, cuya lectura les recomiendo, partía de la idea de que la noción de modernidad emanada de la Ilustración había perecido, sustituyéndose por un amasijo de conductas erráticas y con frecuencia miserables. En la que todo vale si es en aras del beneficio propio. Baste recordar el párrafo conclusivo:
“¿Qué tiene de extraño, en estas circunstancias, que los que viven la quimera insaciable del oro entiendan que todo está permitido y que no hay reglas ni principios ante la tentación del dinero?”

Cabarrús había dicho ya ha fines del siglo XVIII:
“El lujo es la peste de las buenas costumbres y de la virtud pública”.

Todo esto debieran ser motivos para el teatro en los tiempos que corren, si es que el teatro quiere cumplir con su naturaleza de alta cultura. En ello trabajamos cada día. Porque es nuestra obligación y también nuestra convicción, nosotros siempre estaremos por la defensa de la cultura.
Por lo demás, en este año la ADE, a pesar de los tiempos que transitamos, ha logrado realizar sus programas. Con más dificultades, reduciendo algunas cosas, prescindiendo de muchas, conteniendo cuestiones que no debieran ser contenidas, pero aquí estamos. Y espero, confío y deseo que aquí sigamos el año próximo.
Les deseo a todos que pasen una agradable velada y mis felicitaciones de antemano a los premiados. Salud.

Madrid, 23 de enero de 2012
 

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Entregados los Premios ADE 2011

2012-01-23

PREMIOS ADE 2011.

 

El día 23 de enero de 2012, a las 19:30 horas en el Teatro Pavón de Madrid, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, tuvo lugar la Entrega de los Premios ADE 2011, convocados por la Asociación de Directores de Escena de España.

Los premios fueron entregados por Cristina Santolaria, Subdirectora General de Teatro del INAEM; Humberto Vadillo, Director General de Cultura del Gobierno de Aragón; Ernesto Caballero, Director del Centro Dramático Nacional; Carlos Baztán, coordinador de apoyo a la creación del Ayuntamiento de Madrid; Carlos Castel, consejero de AISGE; Nuria Gallardo, actriz; Ángel Fernández Montesinos, Presidente de Honor de la ADE; Helena Pimenta, Presidente de la ADE y Juan Antonio Hormigón, Secretario General de la ADE.

El acto tuvo como prólogo la actuación del actor y director Denis Rafter que, bajo el título Interpretando a Shakespeare, recorrió algunos de fragmentos emblemáticos de la obra teatral del genio inglés.

 

La lista de premiados fue la siguiente:

Premio ADE de Dirección

JUAN PASTOR por El juego de Yalta

Finalistas:

ORIOL BROGGIpor Luces de bohemia

IGNACIO GARCÍA por El estreno de una artista y Gloria y peluca

BLANCA PORTILLO por La avería

DENIS RAFTER por La decisión de John

 

Premio «Adolfo Marsillach» a una labor teatral significativa

LIBRERÍA «LA CELESTINA»

Por su tenaz y relevante labor desarrollada a lo largo de 30 años en la conservación y difusión del patrimonio bibliográfico referente al teatro, tanto en ediciones antiguas como contemporáneas

 

Premio «Joseph Caudí» de Escenografía

Ex-Aequo:

DAVID FARACO por Danza de la muerte y

JUAN SANZ Y MIGUEL ÁNGEL COSO por El estreno de una artista y Gloria y peluca

Finalista:

MAX GLAENZELpor Tragedia

 

Premio «Adrià Gual» de Figurinismo

ELISA SANZ por La avería

Finalistas:

ALEJANDRO ANDÚJAR por Woyceck

NINA PAWLOWSKY por Un mes al camp

 

Premio «Rogelio de Egusquiza» de Iluminación

FRANCISCO ARIZA por El estreno de una artista y Gloria y peluca

Finalistas:

MARIA DOMÈNECHpor Tragedia

JUAN GÓMEZ CORNEJOpor Woyceck

 

Premio «Leandro Fernández de Moratín» para estudios teatrales

LAURA HORMIGÓN: Marius Petipa en España (1844-1847). Memorias y otros materiales.Madrid, Danzarte Ballet, 2010

Finalistas:

ENRIQUE HERRERAS:La tragedia griega y los mitos democráticos. Madrid, Biblioteca Nueva, 2010

ALFONSO SASTRE: Imaginación, retórica y utopía.Hondarribia, Hiru, 2010

GUADALUPE SORIA TOMÁS: La formación actoral en  España: la Real Escuela Superior de Arte Dramático (1831-1857). Madrid, Ed. Fundamentos, 2010

 

Premio «María Martínez Sierra» de Traducción teatral

LUISA GUTIÉRREZ RUIZ,por sus traducciones de Teatro finlandés para niños y jóvenes, de varios autores (Madrid, Publicaciones de la ADE, 2010)

Finalistas:

ELADIO DE PABLO, por su traducción deLitoral de Wajdi Mouawad, (Oviedo, KRK, 2010).

CRISTINA GÓMEZ BAGGETHUN,  por sus traducciones de Casa de muñecas y Solness, el constructor de H. Ibsen (Madrid, Nórdica libros, 2010)

INMA LÓPEZ SILVA,por sus traducciones deAs criadas / O balcón de Jean Genet (Vigo, Ed. Galaxia - Biblioteca ESAD, 2010)

 

Premio «José Luis Alonso» para jóvenes directores

ANTONIO CASTRO GUIJOSA por Fair Play

 

 

Se entregaron también las Medallas de la ADE destinadas a reconocer la trayectoria y labor cultural realizada a:

- Maríateresa Cattaneo

por su rigurosa y tenaz labor en el ámbito del hispanismo y muy en particular por sus extraordinarios estudios sobre Valle-Inclán, Lope de Vega, Calderón y el teatro español de los siglos XIX y XX.

- Fernando Urdiales (a título póstumo)

por su relevante labor como director de escena y de la compañía Teatro Corsario a lo largo de más de veinticinco años, realizada en todo momento con fundamento, criterio y un alto nivel profesional

 

y a los directores de escena Juan Pedro de Aguilar, Julio Castronuovo, Jorge Eines, Lucila Maquieira, Lluís Pasqual, Emilio Hernández y Horacio Rodríguez-Aragón

por sus veinticinco años de pertenencia a la Asociación de forma continuada

 

Y las Tarascas de la ADE como reconocimiento al apoyo prestado a la ADE en el pasado año, a:

- Rosa de Diego (Profesora de la Universidad del País Vasco)

- Antonio Ballesteros González (Profesor de la UNED)

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