Artículos y noticias

En attendant La Pepa

2011-12-30

Por M. F. Vieites.

En breve España tendrá la oportunidad de celebrar el bicentenario de su primera Constitución, promulgada un 19 de marzo de 1812 por las Cortes Generales reunidas en Cádiz en representación de un pueblo al que se quería soberano y que dejaría de serlo con la vuelta de Fernando de Borbón, apodado el séptimo, quien eliminó de raíz y sin miramientos cualquier brote democrático, decretando con regia autoridad penas de prisión y destierro para las mentes más ilustradas. Hay historiadores que señalan la poca atención que se ha prestado a un texto constitucional que fue tomado como ejemplo por otros países, y que se adelantaba en cien años a la idea de una “commonwealth” hispana, idea que tan bien supo explotar la corona británica. Los amantes de pasadas glorias imperiales harían bien en prestar atención a esa oportunidad perdida, aunque la norma no sea de su agrado en tanto cuestionaba la sociedad estamental que todavía defienden a dentelladas discursivas.

Aquel estallido de libertad, propiciado por la generación ilustrada, daría lugar a numerosos informes orientados a la mejora substantiva de numerosos ámbitos de lo que ya se sentía como “cosa pública”, siendo uno de los más destacados el de la educación. Así, el poeta y dramaturgo Manuel José Quintana presentaba en 1813 un Informe que supone la primera tentativa de organización de un sistema educativo público, universal, uniforme y gratuito, siguiendo propuestas de otros ilustrados famosos como la del francés Nicolás de Condorcet, autor de un célebre Rapport sobre la instrucción pública en 1792. Aquel espíritu informará las aportaciones sustantivas de la Institución Libre de Enseñanza, que tanto trabajó por una regeneración democrática jamás conseguida. La iglesia católica, integrista y cerril, siempre estuvo en contra, en la acera opuesta.

Con la vuelta de Fernando de Borbón, dicho el séptimo, España inicia una de las etapas más negras y funestas de su historia, que tendrá momentos cumbres durante el reinado de Isabel de Borbón, tenida por segunda. ¿Qué hubiera ocurrido si el tal Fernando hubiese apostado por aquellas tímidas reformas liberales? El mundo, sin duda alguna, sería otro, porque aquel acto de derogación de las libertades y de afirmación absolutista supuso la continuidad en España del antiguo régimen y la desafección natural de las colonias que en breve serían republicas. Ramón María del Valle-Inclán, sujeto de enorme mérito, escribió estampas tan memorables como reveladoras de aquella época en su magnífica novela La corte de los milagros. El esperpento.

La decisión de Fernando de Borbón, adjetivado séptimo, fue secundada por una parte de la sociedad española, que persiguió con especial saña y virulencia a liberales e ilustrados, en algunos casos con un odio fuera de lo común, y sirva el ultraje sufrido por el cadáver de Francisco Cabarrús, desenterrado, quemado o arrojado al Guadalquivir, como muestra de la intolerancia de quienes sólo están dispuestos a dar por buenas sus ideas. Es la misma saña que asoma por las fauces de quienes reclaman ahora la entrada en prisión de José Luis Rodríguez Zapatero, por crímenes insospechados, pero se niegan a condenar los crímenes documentados del franquismo, porque, en el fondo, nunca han dejado de ser franquistas, y es que el franquismo en España es una forma de ser, una patología de la conducta para la que no hay tratamiento conocido. Los relatos hagiográficos del dictador, dictados sin el más mínimo sonrojo, aumentan día a día, como aumentan los altoparlantes de la derecha extrema, de la extrema derecha y de la extrema derecha extrema, con su odio irracional al otro, a ese otro que no incluyen en ese “nosotros” racial, religioso y político.

Se suman así dos episodios fundamentales en nuestra historia reciente. Fernando de Borbón, tenido por séptimo, elimina de raíz la posibilidad de una monarquía constitucional de signo progresista, y Francisco Franco se rebela y traiciona el orden constitucional que por su honor había jurado respetar y defender. Y así se suceden y agolpan los años de la ignominia, de la vergüenza y del atraso; del profundo atraso económico, social o político que todavía hoy padecemos y que condiciona negativamente nuestro futuro. Un atraso que es un fiel indicador de que el bien común jamás ha sido un objetivo prioritario de quienes durante tantos años han manejado a su antojo nuestros destinos en beneficio propio. Reina estulticia, que diría Ricardo Mella.

No hay más que asomarse a las páginas del libro de Francisco Sánchez-Blanco, La mentalidad ilustrada (Taurus, 1999), para tomar conciencia del difícil camino que iniciaron los novatores y los ilustrados en España con la finalidad de asentar la modernidad en nuestro país. Una modernidad que en muy pocas ocasiones ha sido, y que cuando llevaba camino de serlo se ha transformado en pura posmodernidad. Es como dar un paso adelante y doscientos atrás. La peripecia de la ciencia médica frente a la escolástica teológica es realmente sorprendente, pero igualmente deprimente. Somos lo que somos en función de lo que fuimos y de lo que no fuimos.

En breve iniciaremos ese año del bicentenario de La Pepa, aquella Constitución que pudo haber transformado España de forma substantiva y ofrecer un futuro muy diferente a sus habitantes. En cierta medida nuestra historia no ha dejado de ser una lucha permanente entre los que le declararon su amor y los que le juraron odio eterno. Una y otra vez, a lo largo del siglo XIX, y en la Segunda República, se intentó recuperar aquel espíritu que animaba una de las más fecundas generaciones que ha dado España, con Aranda, Campomanes, Jovellanos, Cabarrús, Olavide, Moratín, que no eran precisamente amantes de la revolución sino simples reformadores, promotores de una modernidad necesaria… Pero una y otra vez las fuerzas de la reacción se levantaron airadas para mantener su estatus, su posición, sus prebendas y canonjías. Hasta hoy, y ahí siguen, vigilando la heredad.

Pronto habrán pasado doscientos años, y seguimos esperando a Pepa. Entretanto el fascismo crece, y se apresta a la venganza.

Leer más

Malos textos, malos actores Reflexiones inútiles sobre el 20-N

2011-12-30

Por Alberto Fernández Torres.

Romeo matará a Teobaldo, Otelo estrangulará a Desdémona, Edipo se arrancará los ojos, Falstaff morirá de pena y Godot no llegará nunca… Esto lo sabe cualquier aficionado al teatro medianamente informado, incluso antes de que se desarrollen los hechos sobre la escena. Conoce la trama, sabe el final, no espera sorpresas.

Cierto, a veces los trabajos de dramaturgia se ubican en los límites de las posibilidades del texto y transforman Verona en una pizzería, desvelan una pulsión homosexual de Yago por Otelo o ponen al malvado Bolingbroke un par de pistolas. Pero los aspectos esenciales de la fábula y del desenlace rara vez se ven modificados.

También hay excelentes representaciones sobre brillantes fábulas nuevas, es verdad; pero, como han demostrado los especialistas, todas ellas terminan por ser variaciones felices de un número relativamente limitado de modelos fuertemente codificados.

Entonces, si sabemos trama y desenlace, ¿a qué acudir al teatro? Conocemos también la respuesta: porque interesa más el “cómo” que el “qué”. Porque un buen Otelo no se parece a ningún otro buen Otelo; y, desde luego, porque ningún buen Otelo se parece a un mal Otelo. Porque nos importa el trabajo diferenciador y distintivo de todo buen intérprete; porque confiamos en la sagacidad del director; porque esperamos mucho de la pluma del buen autor que vuelve sobre las mismas tramas; porque aguardamos con interés cualquier nueva solución escenográfica… Y, cuando nada de esto se produce, ni la conocida fábula ni el repetido final nos consuelan. Ya ni siquiera pateamos. Nos volvemos bostezando a casa…

La “pieza” del 20-N tenía un final conocido. No podía ser otro. Sin duda, en las elecciones siempre se pueden producir sorpresas, pero no es muy normal. Se dirá el lector, por ejemplo, que en unas elecciones muy reñidas se suelen producir resultados inesperados. Pero lo cierto es que la mera condición de ser muy reñidas autoriza a acoger sin sorpresa alguna cualquier resultado que se produzca, por lo que nada puede tener éste de inesperado. En todo caso, el 20-N tenía un resultado esperado y hasta justo, si es que en política cupiera hablar de justicia. Esperado, “porque” lo anunciaban desde meses antes las encuestas, esa herramienta que ya no sabemos si refleja la realidad o la precondiciona, en un mundo en el que la certidumbre determinista se ha visto ampliamente reemplaza por la certidumbre probabilística; y justo, porque lo es que sufra una derrota sonrojante un partido político que ni quiso gestionar la crisis como progresista, ni supo hacerlo como conservador.

Por ello, es difícil suponer que un número suficientemente de “espectadores” –salvo los militantes especialmente comprometidos con sus partidos o los seguidores de las opciones políticas minoritarias- acudiera al “estreno” del 20-N con la expectativa de encontrarse con alguna trama inesperada o con un sorprendente final. Lo fundamental del libreto ya estaba desvelado: ganaría de calle Rajoy y perdería por goleada Rubalcaba. Lo único que podía salvar la función –y es que los aficionados al teatro somos de un optimismo a prueba de bomba— era que el “cómo” resultara tanto o más importante que el “qué”. Es decir, que en medio de una crisis económica, social y política sin precedentes cercanos, los dirigentes de los dos partidos mayoritarios –y sus propios partidos— cogieran el toro por los cuernos y, a falta de poder ofrecer sorpresas en el desenlace, lo hicieran en la puesta en escena, brindando al espectador un debate de incuestionable altura política que hiciera concebir a éste la esperanza, quizá vana, de que hay una tenue luz al final del túnel.

Pues… fuese y no hubo nada. Como dos personajes en busca de autor, Rubalcaba y Rajoy se encontraron sin papel y, lo que es peor, se prestaron a interpretar sin tenerlo. El primero ni pudo ni quiso tener discurso propio: difícilmente podía comprometerse ahora a hacer cosas que no había querido hacer como ministro muy destacado del anterior gabinete; malamente podía enmendar la plana a su antecesor y conmilitante sin generar una crisis de identidad entre sus propios seguidores; imposible pergeñar otro discurso económico que no fuera precisamente el de su adversario sin molestar a la Merkel y “generar incertidumbre en los mercados”. Su discurso fue un balbuceo. Y ya se sabe que el refrán popular recuerda que más vale ser mudo que tartamudo.

Eso debió pensar Rajoy. Y calló. Calló hasta la extenuación. Jamás vieron los tiempos un esfuerzo tan sobrehumano por no decir nada. No tuvo más discurso que el que los espectadores, “los mercados” y sus adversarios quisieron adjudicarle. Era obvio que desde el Gobierno no hará otra cosa que aplicar las políticas de austeridad que reclaman Bruselas, Berlín, París y los “expertos financieros”; pero también resultó obvio que no tenía la menor intención de confesar un mensaje tan poco ilusionante desde el punto de vista electoral. Para interpretar la famosa y exitosa obra Sangre, sudor y lágrimas, del conocido autor británico Churchill, hay que tener un coraje que el líder del PP nunca tuvo y seguramente jamás tendrá. Se limitó a mantener el resultado para pasar a la siguiente ronda, como hacen los equipos conservadores en los partidos de vuelta de las eliminatorias de la Copa cuando han conseguido un resultado ventajoso en la ida.

Así pues, el primero, al verse sin papel propio, optó por una pésima improvisación en la que difícilmente se podía advertir coherencia alguna. El segundo, renunciando a declamar cualquier papel que pudiera ser el suyo, optó por el mutismo, en la confianza de que los espectadores no supieran dilucidar si se trataba del silencio de los inteligentes que gestionan sabiamente un gran mensaje o el de los estultos que simplemente no tienen nada que decir.

¿Y el resto? Un montón de opciones minoritarias cuyo único discurso era asegurar que sus personajes no eran ninguno de los dos fastidiosos protagonistas, a ver si caía algo. Y cayó, desde luego. A base, insistamos, de un no-discurso: no somos el PSOE, no somos el PP. Su trabajo fue deplorable, como el de esos intérpretes de reparto que, pudiendo reclamar por una vez un papel relevante en la función, prefieren escudarse en la pésima labor de los protagonistas para que, por contraste, la crítica y hasta el público los traten con benevolencia. Lo consiguieron. Flor de un día. Que les aproveche.

Malos textos, malos actores… hasta malos títulos. “Pelea por lo que quieres” revela la impotencia o la cobardía de quien prefiere aludir a un conflicto de patio de colegio (“pelear”), en lugar de asumir una valiente confrontación, ay, políticamente incorrecta (“luchar”); y de quien antepone el egoísmo (“lo que quieres”) al interés general (“lo que hace falta”). En cuanto al otro, “Súmate al cambio” no pasaba de ser un “mix” entre el slogan de la Comunidad de Madrid y un concepto rescatado… ¡de la exitosa campaña socialista de los años 80! (“el cambio”), lo que prueba lo efímero que resultan los contenidos de los lemas electorales cuando ya no hay nada real que los soporte. Bueno, al menos el título del PP tenía algún sentido…

¿Y la cultura? Vergüenza da decir nada. Cuidado: no porque fuera una vergüenza cómo se vieron tratados los temas culturales en los programas electorales de los partidos (que lo fue) o porque resulte lastimoso que la cultura no sea desde hace tiempo un tema que merezca la atención del debate político (que lo es), sino porque da vergüenza traer a colación un asunto que no parece interesar a nadie. Ni siquiera a los espectadores (y así les va: malos textos, malos actores, malos títulos… y hasta mal público).

Quienes tengan la curiosidad (que no otra cosa) de rastrear cuáles eran las propuestas culturales de los diferentes partidos, se encontrarán con referencias vagas a la Ley del Mecenazgo, al estilo del día de la marmota; promesas de promover un cambio de modelo de negocio mediante el simple refuerzo de iniciativas ya existentes, en obvio atentado a la mera lógica formal; falsos dilemas entre subvenciones y patrocinios, como si las primeras y los segundos estuvieran vinculados por alguna misteriosa relación de mutua exclusión; mucho propósito de internacionalización, seguramente por la convicción de que es imposible arreglar nada de lo que hay dentro de las propias fronteras; solucionar el desempleo del sector mediante un convenio marco, lo que viene a ser como tratar de curar un cáncer con una cataplasma; mejorar la fiscalidad de los cafés musicales, un objetivo loable, pero que recuerda el viejo principio de Peter que aconseja solucionar lo secundario cuando no se puede abordar lo principal; guiños a la iniciativa privada, para que no se diga, con una compleja formulación en la que se adivina la cobardía de no querer hablar de la privatización de espacios públicos… A fuer de ser justos, lo único que parecía medianamente coherente era una mención del partido de Rosa Díez (UPyD) a una mayor eficiencia en la gestión de las ayudas públicas y a la apertura de vías alternativas de financiación. Vago, impreciso, superficial, ambiguo, sospechoso, vaya usted a saber…, pero formalmente razonable, puestos a comparar.

Que la cultura no interesa a los partidos políticos era cosa sabida; que éstos no tienen la menor intención, sea cual sea su confesión ideológica, de convertirlo en un tema de interés y relevancia social también lo es; que todos parecen dispuestos a enviar a la ciudadanía el mensaje de que la cultura es cosa superflua, a la que no merece la pena dedicar mayor atención, especialmente en momentos tan críticos como el actual, resulta evidente. Pero, ¿era necesario cebarse una vez más en ello? Para la historia quedará la impresión de que el desprecio por la contribución potencial de la cultura a la creación de ciudadanía, a la promoción de la actividad económica y a la consolidación del Estado del Bienestar fue una de las pocas cosas de interés general en las que todos los partidos políticos lograron ponerse de acuerdo…

Una trama previsible, un final sabido, unos pésimos actores, una mala puesta en escena, unos mensajes manoseados, muchos temas maltratados… Todos los aficionados al teatro sabemos cuál es el resultado inevitable de esta combinación: una mala función. Y todos sabemos también quién será la víctima: el público.

Leer más

De la muerte de la modernidad al fin previsible de la democracia

2011-11-15

Por MF Vieites. En 1976, Erich Fromm, autor de aquel libro memorable, El miedo a la libertad, publicaba el que vendría a ser una especie de testamento ético y político, un volumen titulado ¿Tener o ser? En este trabajo, el profesor alemán, vinculado inicialmente a la Escuela de Frankfurt, en la que militarían las mentes más preclaras del pasado siglo, señalaba la posibilidad de reconstruir los cimientos de la civilización y de construir una sociedad nueva a partir de un hombre nuevo, ese que antepone el ser al tener, lo que implica una relación diferente con el entorno y hace posible lo que se denomina “desarrollo sostenible”.

Sin embargo, en el inicio de un nuevo siglo, tal vez el más transcendental para el futuro de la “humanidad”, todo parece indicar que la modernidad haya llegado a su fin y con ella la idea misma de democracia como gobierno del pueblo. Los principios y valores sobre los que desde la Ilustración se ha venido construyendo la discursividad política se evaporan, y todo parece indicar que la sociedad poshumana esté a la vuelta de la esquina, asentada en la más descarada y descarnada plutocracia.

La estudiada apuesta por un modelo de vida asentado en un tener a toda costa, y cuanto más mejor, trae, como podemos ver, consecuencias funestas, porque finalmente la alienación del hombre en relación con ciertos bienes de consumo es enorme y su reificación de sujeto en objeto es consecuencia de una preocupante dependencia de ciertos bienes de consumo, alentada por la depredación del otro. La crítica que a la industria cultural formularan en su día Adorno y Hoekheimer, otrora muy criticada por sus veleidades marxistas, no ha perdido validez, y gana enteros cada día que pasa, ya que algunos hechos recientes, como lo acontecido con esa empresa multinacional comandada por un australiano, muestran bien a las claras en qué manos está la información, pero también el entretenimiento, y no hay más que conectar la pantalla del televisor para ver como ese orden mundial que se alienta, se asienta sobre instintos básicos que tienen más que ver con la naturaleza animal del ser que con su naturaleza humana, con una consciencia libre. Lo trágico es que nadie se sorprenda de que una corporación mediática tenga en su nómina a miembros de los cuerpos de seguridad, numerosos parlamentarios, algunos jefes de gabinete o conocidos ex mandatarios.

Finalmente, la industria cultural y la lógica del capitalismo tardío han permitido una concentración de poder en muy pocas empresas, lo que favorece que la elaboración de productos para el consumo se asiente en unos valores y no en otros, en unas ideas del ser humano y en unos fines de vida y no en otros. La domesticación y la “domestización” del ocio y del tiempo libre conducen necesariamente a la alienación y a la reificación del ser, convertido en simple objeto receptor, en consumidor de “bienes basura”. No hay más que ver la tendencia dominante en creación audiovisual, en narrativa, en ensayo, e incluso en teatro, para ver como esa tendencia obedece a una estudiada orientación que no persigue otra cosa que el imperio de un pensamiento único, débil y dócil. Un pensamiento débil, tantas veces asentado en la pura estulticia, y del que ahora hacen gala dirigentes y paseantes varios, pues la caída del mito de la sabiduría implica el ascenso del mito de la ignorancia, porque lo que realmente marca tendencia es la ignorancia.

Esa apuesta por el “tener” bienes materiales, mando y posición, que no conocimiento, ha hecho mella sobre todo en nuestra clase política, en nuestra clase dirigente, que anhela poder económico y poder político y lo anhela a cualquier precio, incluso haciendo de la mentira, la hipocresía, la doble moral y la muerte de la historia, las herramientas con las que blindar posiciones, que unos y otros defienden a capa y espada ante cualquier crítica externa a su clase. El hecho de que la ciudadanía perciba o sienta que el tercer gran problema del país sea su clase dirigente, es una muestra bien clara del tamaño del desatino.

La clase política, con sus actitudes, con sus proclamas y sus olvidos, y con sus variables varas de medir, también alimenta esa sociedad nueva y posthumana en la que el ser se limita a ser un simple engranaje de un sistema que para su correcto funcionamiento no precisa más que sujetos que asuman de una vez por todas su condición de objetos. Y la clase política con sus juegos de poder muestra como su verdadero deseo no es otro que la cosificación de un ser que deja de ser ciudadano para convertirse en súbdito. Su propuesta es que pasemos a ser ganado que va y viene, que muge o calla, que pace, se reproduce y muere.

A los promotores de un nuevo orden mundial basado en la concesión de las necesidades mínimas de subsistencia (techo y comida) a cambio de la renuncia a los mitos de la modernidad, les interesa sobremanera potenciar una clase política con esos valores, en tanto esa clase política y no otra es la que interesa mostrar como referente global. Interesan políticos corruptos, mentirosos, hipócritas y desmemoriados, como interesa que su gestión, por inadecuada que sea, sea avalada por una masa cada vez mayor de personas, porque esa complicidad les iguala, a los postulantes y a sus votantes. Y es que no hay mejor forma de desacreditar la democracia, ni mejor estrategia para desacreditar el voto, pues quien vota a un corrupto en buena medida aprueba la corrupción y cuantos más corruptos gobiernen mayor nivel de tolerancia con la corrupción, desde la más artera a la que opera con guante blanco. En España el nivel de degradación de la vida política y de la clase política ha llegado a extremos insospechados, ante la pasividad o el aplauso de un sector nada despreciable de la población.

Italia también puede ser un buen ejemplo de dónde cabe situar el umbral de un nuevo ciclo político, en el que tal vez sean las corporaciones las que tomen el mando a nivel local y global, para garantizar justamente unos niveles mínimos de supervivencia a la población a cambio de la cesión sin concesiones de la soberanía. En estos momentos ya se vislumbra en el horizonte la posibilidad de que sean los mercados y sus corporaciones (con nombres y apellidos), las corporaciones que controlan y manejan los mercados, las que se pongan al frente de los Estados para garantizar la supervivencia de las economías y varios presidentes de bancos nacionales, en algunos países, han mostrado donde sitúan sus fidelidades. Justo aquí, en España, tenemos un buen ejemplo.

Cada día se anuncian desastres posibles, quiebras probables, desahucios previsibles, incendios varios, desastres locales y catástrofes regionales, lo que acabará generando en la población (me resisto a hablar de ciudadanía) un grado tal de inseguridad y un miedo tan visceral que en breve estaremos dispuestos a aceptar lo que se nos ofrezca en aras de una cierta tranquilidad: alimento, techo, vestido y televisión. No es casualidad el que en todas partes se anuncien medidas drásticas para recortar o minimizar la representación de los sindicatos, medida previa a substitución del contrato social por el contrato de servidumbre.    

No podemos olvidar que las mismas agencias que en estos momentos están poniendo en riesgo de quiebra países de media Europa y con esa quiebra adueñándose de su soberanía y de su independencia, fueron las mismas que alentaron con sus informes positivos una burbuja financiera que supuso la quiebra de numerosos bancos y entidades, que, pese a todo, han retomado su negocio transfiriendo el pago de la crisis a los comunes mortales. ¿Y si todo ello no fuese sino el inicio de un plan para la gobernanza corporativa mundial?

Los ejecutivos de esas empresas, y de los bancos quebrados y reflotados, cobraron substanciosos despidos, como substanciosos son los sueldos que cobran los políticos españoles, en muchas ocasiones muy superiores a los del Presidente del Gobierno, y muchos de ellos siguen en el negocio sin sonrojo alguno. Sería muy ilustrativo comprobar quienes están detrás de cada una de esas agencias, y analizar sus conexiones con algunas organizaciones internacionales como la Trilateral, el Foro Bildelberg, el Foro Davos u otras más opacas, que las hay. En España sería interesante saber quiénes cobran de qué y a cuento de qué, porque la estructura piramidal de la sociedad estamental medieval precisa peones en todos los tramos de la escala. La clase política no deja de ser así la correa de transmisión de otra clase, la de los dueños del planeta, que día a día insisten en desmontar todos y cada uno de los mitos de la modernidad, pues su deseo no es otro que retrotraernos a la época medieval.

No hace tanto la Confederación de Empresarios, a través del Instituto de Estudios Económicos, presentaba un informe “Educación y Formación Profesional” en la que se ponían sobre la mesa cuestiones vinculadas con la genética y la educabilidad. No deja de ser curioso que en el estudio haya participado un catedrático de sociología formado en los Estados Unidos de América, al amparo de las teorías más neoconservadoras que en algunas ocasiones se dan la mano con la fiebre creacionista, tan alentada en Fox News y en el Tea Party. El presidente de la patronal anunciaba que las propuestas derivadas del informe no serían bien recibidas “por todo el mundo”, pero señalaba la senda a seguir por una clase política que cada día es más dependiente de los dictados del “tener” y en obedecer a quienes mandan en realidad.

Esa propuesta de la CEOE se asienta en el cuestionamiento de los mitos fundamentales de la Ilustración y de la Modernidad, entre ellos el de la igualdad o el de la fraternidad. Mitos que son cuestionados una y otra vez desde la prensa amarilla, desde las tertulias radiofónicas o televisivas y desde la raíz de una discursividad posmoderna que muestra finalmente su deriva más reaccionaria y tradicionalista. El último gran mito, el de la libertad, en breve será cuestionado cuando el ser humano finalmente deba renunciar a las pocas cuotas de libertad que le quedan para poder satisfacer sus necesidades más básicas: alimento y morada. Las peores pesadillas de George Orwell o de Aldous Huxley se harán por fin realidad. ¿Y nosotros…? ¿Seguiremos callados…? ¿Permanecerá muda la escena ante lo que se avecina…? Tal vez en movimientos como el 15M esté nuestra única esperanza. Por eso, en estos momentos, alentar la rebelión supone alentar la democracia.

           

Leer más

Millonarios solidarios

2011-10-01

Por Antonio Urzainqui.

 

Durante años, desde los inicios de nuestra reinstauración democrática, se ha venido reclamando una Ley electoral que refleje de forma fehaciente el voto popular en las consultas electorales. Nunca ha habido tiempo para hablar de ello en el Congreso de los diputados. Se ha inducido siempre la larga cambiada de proponer llevarla en el próximo programa electoral. Se trataba de posponerla a toda costa. El interés de los dos grandes partidos y de algunas formaciones de signo nacionalista, primaba abiertamente sobre el bien general y la justicia democrática. Ahí seguimos.

La presión de lo que se denomina eufemísticamente “los mercados”, que no son sino el capitalismo financiero especulativo, ha hecho que esos mismos partidos mayoritarios -en aras de la ley electoral existente-, lleguen a un rápido acuerdo para consagrar en la Constitución el tope de endeudamiento y la constitucionalización, lisa y llanamente, del neoliberalismo voraz. Subrepticiamente se busca imponer una pérdida paulatina del estado del bienestar y reducir por vía de apremio los derechos sociales de los asalariados.

Muchas son las voces alzadas en contra. Unas provienen del propio PSOE, otras de las formaciones de izquierda, de los sindicatos y otras entidades sociales. El movimiento de los indignados, como es lógico, adopta una postura indignada. Se equivocan quienes piensan que esta movilización social es flor de un día. Lo que hemos visto es solo la punta del iceberg de una indignación creciente de la población que no encuentra los cauces apropiados para expresarse, o que grupos avispados e interesados buscan que no los encuentre.

Para lograr estos propósitos se precisa y es conveniente la idiotización popular. La condición de ciudadano se aviene mal con prácticas similares, porque las cuestiona y protesta por ello. Hay que crear ídolos de barro y motivaciones estúpidas para la plebe. De ahí el auge de los programas deportivos en los medios de comunicación de masas, dedicados a que el individuo proyecte sus penurias en reyertas de clubes o en glorias nacionales pasajeras, desviándole de aquella problemática que constituye la razón de sus males. Un pueblo que no sabe leer, que no encuentra en la cultura la nutrición imprescindible de su ser social, está destinado a la esclavitud, aunque sea con coche y televisión, que son herramientas que contribuyen a los propósitos de los amos.

La cuestión de la deuda se mantiene con frecuencia en la nebulosa de lo genérico. Es el ariete utilizado para la propalación del miedo entre la población. Se quiere instaurar la especie de que todos somos culpables. Lo cierto es que nuestra deuda estatal está por debajo de la de muchos países de Europa y que es la de los consorcios, empresas y entidades privadas la que constituye la parte del león en este caso. Se sabe y se dice, pero se obvia casi siempre aludir a ello porque no conviene. Hay que crear la opinión de que hemos gastado en demasía en lo público, lo cual es cierto sólo en parte, en aquello que se refiere a gastos suntuarios, a visitas estruendosas, a innecesarias remodelaciones, etc., para obviar que es el descontrol de lo privado antes descrito lo que provoca la situación imperante.

Lo que resulta evidente es la sumisión de los gobiernos a los dictados del capital financiero especulativo. No saben o no quieren establecer los pertinentes mecanismos de control. Hacen dejación de su soberanía, que es la de la ciudadanía que los elige mediante procesos electorales, en beneficio de entidades sin rostro que no son fruto de procedimientos electivos sino de su condición de poseedores. Al día siguiente de adoptar una de sus medidas contundentes contra la población, lo que esperan ante todo son las bendiciones de Moody’s u otras de las llamadas agencias de calificación, auténticos vertederos especulativos que fueron en buena medida responsables de los fraudes gigantescos que surgieron en el inicio de esta turbamulta llamada crisis, Lehman Brothers y otros, dado que sus informes tan reverenciados ahora, nada dijeron de la naturaleza de dichos negocios.

Es paradigmático que hayan sido grupos de millonarios en Estados Unidos de América del Norte, Francia, Italia y Alemania, los que hayan reclamado pagar más impuestos para reducir la deuda pública y “solidarizarse” con la situación de sus países. Todo comenzó con un llamamiento del multimillonario estadounidense Warren Buffett, para que a él y a otros como él se les suban los impuestos para contribuir a los esfuerzos de austeridad. Seguidamente los Patriotic Millonaires, un grupo de magnates y artistas que ganan más de un millón de dólares al año, solicitaron al presidente Obama, al senador demócrata Harry Reid y al líder republicano John Boehner que aumentaran los impuestos a quienes ganaran más de un millón de dólares al año, "por la salud de nuestras cuentas y el bienestar de los ciudadanos".

Este grupo selecto en cuanto a riqueza, justificaba su petición de modo fehaciente: "Estados Unidos puede pagar las deudas y construir para el futuro o no hacerlo y condenarnos a perder nuestro potencial". Es fácil deducir que ellos veían más lejos que sus políticos. La propuesta de que los ricos paguen más para reducir el déficit publico, ha sidorechazada por los republicanos. El doctrinarismo neoliberal conduce a tamaños despropósitos.

En Francia un grupo de millonarios a su vez, entre los que figuran entre otros el presidente de L'Oreal y su máxima accionista; los patrones de la petrolera Total, el grupo hotelero Accor, el alimentario Danone, el banco Société Générale, el operador de comunicaciones Orange, la aerolínea Air France-KLM, el fabricante automovilístico PSA Peugeot-Citröen, el presidente de Veolia Environnement, el del grupo de servicios financieros Fimalac o el ex patrón de Renault, han firmado un manifiesto en el que aseveran: "Somos conscientes de habernos beneficiado plenamente de un modelo francés y de un contexto europeo a los que nos sentimos muy unidos y que queremos contribuir a preservar".

Los firmantes proponen que se les aplique un impuesto que tenga "proporciones razonables", a fin de "evitar efectos económicos indeseables como la fuga de capitales o el crecimiento de la evasión fiscal". ¡Oído cocina! Por otra parte aseveran  que ese impuesto "no es la solución en sí misma" y piden que se inscriba "dentro de un esfuerzo más global de reforma, tanto de los gastos como de los ingresos". El Gobierno francés aprobó un impuesto extra a tal efecto, del 3%.

En Alemania un colectivo de cincuenta millonarios ha promovido igualmente un manifiesto. Los firmantes aseguran que su contribución voluntaria podría acabar con el problema de déficit en el país y darle una nueva imagen solidaria a la nación, donde el 70% de la riqueza esta en poder del 10% de la población, y donde las estadísticas oficiales señalan que, cada año, los sectores de menos ingresos observan con impotencia cómo se acercan al umbral de la pobreza.

Uno de sus promotores, Dieter Lehmkuhl, un médico jubilado, fue más explícito y señaló a los máximos responsables: “Es una vergüenza la situación política a la que hemos llegado. Somos los ricos los que pedimos pagar más impuestos ya que los políticos no hacen su trabajo”. En una entrevista para TVE añadió: Hay que evitar que los "ricos continúen haciéndose más ricos y sean siempre los mismos los que deban pasar por caja para el pago de los impuestos". Según parece sin embargo, la propuesta fue rechazada por los tres partidos que integran la coalición de gobierno, que recibieron el apoyo de la poderosa confederación de Industrias del país, BDI.

Ante esta serie de pronunciamientos cabe preguntarse por la razón de fondo que los anima. Puede creerse en el sentimiento solidario y el deseo de repartir más equitativamente las causas contributivas, es cierto, pero hay algo más sin duda. Estos multimillonarios no son nada tontos, conocen la historia y sus traumas, algo que ignoran al parecer muchos políticos profesionales. Ellos saben muy bien que tensar las situaciones puede provocar trastornos y traumatismos en la esfera social que iría en detrimento de sus intereses. Que abriría opciones nada deseables para ellos. Vale más ceder algo para preservar lo más. Saben bastante más que los políticos que creen servirles.

En España parece que ninguno de nuestros millonarios piensa así. El magazine de El Mundo publico la lista de los cien españoles más opulentos. Los millones son de euros. Los primeros de la lista eran:

- AMANCIO ORTEGA: 15.774 millones. Preside Inditex (59,29%) y tiene el 10% de NH, el 5% del Banco Pastor y el 5% de Agbar.

- RAFAEL DEL PINO: 6.784 millones. Accionista mayoritario de Ferrovial (58,31%), participa en Dinamia (5,59%).

- ROMÁN SANAHUJA: 5.265millones. Presidente de Sacresa. Principal participación: Metrovacesa (39,61%).

- JOSÉ MANUEL ENTRECANALES: 5.132 millones. Presidente de Acciona, de la que controla el 60% de sus acciones.

- ESTHER KOPLOWITZ: 5.003 millones. Máxima accionista de FCC.

- ENRIQUE BANUELOS: 3.205 millones. Presidente y consejero delegado de Astroc Mediterráneo, la inmobiliaria de moda.

- LUIS MANUEL PORTILLO; 3.433 millones. Presidente de Inmocaral. Participaciones en los bancos españoles más importantes.

- JOAQUÍN RIVERO: 2.560 millones. Presidente de Metrovacesa. Compró Gecina, una gran inmobiliaria francesa.

- ROSALÍA MERA: 2.297 millones. Cofundadora del imperio Zara, se vuelca en programas sociales. Sus valores: Inditex (6,99%), Riofisa (5%) y Zeltia (5%).

- JESÚS DE POLANCO: 2.331 millones. Máximo accionista del Grupo PRISA (64,36%).

- JUAN MARCH:  2.292 millones. Copresidente de la Banca March junto a su hermano Carlos, con participaciones en Acerinox, ACS o Prosegur.

- EMILIO BOTíN: 1.896 millones. Presidente del Grupo Santander.

- BAUTISTA SOLER: 2.219 millones. Máximo accionista del Valencia C.F., con una participación del 16,79% en Metrovacesa.

- LUIS F. DEL RIVERO: 1.777 millones. Presidente de Sacyr Vallehermoso (13,74%), con el 20% de la petrolera Repsol.

 

Ninguno de ellos hasta cien, ha respirado ni se ha sentido aludido por lo manifestado por sus colegas europeos. Quien sí lo ha hecho es el PP, que ha confirmado que no llevará en su programa electoral una subida de impuestos que grave a los ricos. Su portavoz, Esteban González Pons, aseguró que supondría "dejar escrito que no tienes ni idea de cómo salir de la crisis”. A esta actitud podemos adjudicarle diferentes adjetivos, todos ellos denostadores.

No deja de ser sintomático que las palabras de Pons tengan alguna coincidencia con las que ha escrito la especialista en temas económicos del The New York Times, Catherine Rampell, refiriéndose al manifiesto de los millonarios alemanes: “Es una noble propuesta, supongo. Pero los problemas fiscales no pueden ser atajados con donaciones de la gente rica. Probablemente los millonarios no puedan ser gravados con un impuesto a los ricos solamente por serlo. Lo que hace falta es una base tributaria más amplia.” Lo cual equivale a proponer que se creen nuevos impuestos que graven a la mayoría, para que los ricos lo sigan siendo cada día más.

Dice el candidato socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, que se propone llevar el impuesto a las grandes fortunas a su programa electoral. Visto lo visto y siendo malos malísimos, podríamos pensar: ¿Tan seguro está de que no puede vencer?

El respeto reverencial hacia los ricos ha sido siempre un lugar común en la vida española. De igual modo la rapacidad e insolidaridad de la mayor parte de los integrantes de dicha secta. Pero los gobiernos están para gobernar, para establecer un régimen contributivo justo y equilibrado a las ganancias. Aquí todos los asalariados pagan porque se detraen de las nóminas los dineros. Que las grandes fortunas tuvieran que contribuir con algo más no sería una hecatombe, pero su amenaza no es otra que se llevarán su dinero a paraísos fiscales. Ahí comienza y termina su patriotismo, aunque se les llene la boca invocando a España en las tertulias y diarios de la derecha normalita y en la extrema. Este cinismo es el que indigna a mucha gente, y con razón.

Erns Prost, millonario integrante del grupo alemán, declaró igualmente a TVE “que las deudas del Estado hipotecan el futuro de las próximas generaciones”. Seguidamente comparó el comportamiento de las élites financieras para con la sociedad con una forma moderna de esclavitud. En esto coincidimos plenamente: escrito está.

Revista ADE-Teatro nº 137 octubre 2011

Leer más

La canción (triste) del pirata

2011-10-01

Por Ignacio García May.

 

Uno: España

Dícese de la única monarquía europea en la que el ciudadano no tiene derecho a ser informado verazmente de las cuentas, más que dudosas, de la CasaReal; país en el que los ayuntamientos no pagan lo que deben porque se han gastado los presupuestos sin que se sepa en qué, ya que tampoco lo han hecho en las partidas que oficialmente les correspondían; democracia en la que se reducen cada vez más las prestaciones sociales mientras los parlamentarios, de derechas e izquierdas, se alían para impedir que se les moderen a ellos sus escandalosas prebendas; sociedad en la que los propios ciudadanos no sólo permiten este tipo de situaciones sino que con frecuencia incluso las aplauden. Conviene recordar esta definición nacional antes de ponerse a debatir sobre piratería y derechos de autor. Porque creemos, y hacemos creer, que la nuestra es una democracia utópica en la que de pronto, e inexplicablemente, surgen determinadas y arbitrarias manifestaciones del mal cuando, por el contrario, lo que sucede es que vivimos en una sociedad que padece muy serias deficiencias democráticas y posee, a cambio, una muy arraigada querencia por el caciquismo. O dicho de otro modo: la piratería no constituye, en este marco, excepción alguna, sino que es la consecuencia lógica de un nefasto modelo social. Cualquier reflexión seria sobre el tema debe partir de aquí.

 

Dos: Opinando

Sigamos: dado que uno de los rasgos típicos de las falsas democracias como la nuestra es la de confundir (a propósito) el debate con la opinionología, resulta que a día de hoy absolutamente todo el mundo está hablando sobre la piratería y los derechos de autor desconociendo, en la inmensa mayoría de los casos, los más elementales fundamentos del problema, y prodigando, como es lógico, monumentales tonterías e incluso auténticas falsedades. Que esto lo haga el españolito de a pie, ése que, acodado en la barra de la cervecería, mezcla a voz en grito religión, política, huelgas de controladores y gambas con gabardina, es deplorable pero típico. Lo grave es que se detectan idénticas carencias entre profesionales de la política, de la información, y de las propias profesiones culturales, que deberían estar mejor enterados antes de juzgar. La natural consecuencia de esta situación es un batiburrillo en el que nada se entiende y en el que, por tanto, resulta imposible solucionar nada.

 

Tres: Artistas

Y no hay que ser doctor en filosofía para comprender que un problema sólo puede ser resuelto si de entrada se ha formulado correctamente. El de los derechos de autor no lo ha sido. El asunto de la piratería no afecta en absoluto al arte y a la cultura, como se suele insistir, sino a las industrias del arte y de la cultura, que son cosa bien distinta. El valor puramente artístico (en el sentido clásico del término) de una película, de una canción, de una obra de teatro, es independiente de si se paga por ellas o no. De hecho los productos más pirateados suelen ser los menos artísticos (en ese mismo sentido invocado previamente) si bien también son los más lucrativos desde el punto de vista industrial. En cualquier caso, para el autor la obra es el producto de su oficio; esto es, su medio de vida, por lo demás perfectamente legítimo e inequívocamente definido y regulado como tal, y cualquier intento por arrebatárselo es un robo o una estafa. Dicho esto, creo que los profesionales han sido en parte culpables de no haber explicado bien su causa: en su afán algo pomposo por presentarse ante el mundo como ARTISTAS (cosa que, de hecho, y aunque parezca paradójico, muchos de ellos no son) han olvidado que lo importante era defenderse como PROFESIONALES (lo cual son, o al menos deberían ser).

 

Cuatro: El rencor

Así pues, el arte es de todos, pero los beneficios industriales que se derivan de él pertenecen indiscutiblemente a sus legítimos propietarios, los autores. Es muy significativo que este principio, tan sencillo, e incuestionable en EEUU, Alemania, Francia, Reino Unido y otras naciones cultas, resulte tan difícil de inculcar en la sociedad española, tradicionalmente envidiosa e ignorante. Es, por cierto, asombroso el rencor que destilan algunas cartas al director que hemos podido leer estos días en los periódicos: individuos que no conocen en absoluto a los artistas les atacan como hienas repitiendo todo tipo de insidias que han mal aprendido en cualquier foro. En nuestro país se celebran abiertamente la chapuza, la chulería y la picaresca, pero se mira con suspicacia cualquier esfuerzo intelectual, sobre todo si encima puede llegar a generar dinero. El frutero jamás os regalará un kilo de manzanas e incluso es probable que os meta en el paquete, a escondidas, las frutas más deterioradas, que vosotros habréis pagado como buenas; sin embargo ese mismo individuo percibirá como algo normal y cotidiano que se le obsequien unas entradas para el teatro o que pueda descargarse gratis una película en el ordenador. Y hasta montará en cólera si os atrevéis a comparar ambas cosas.  

 

Cinco: Justiprecio

Quienes cuestionan el derecho de autor (que son muchos) alegan que debería pagarse al artista una sola vez por su trabajo; “como se hace con todo el mundo”, dicen. Se nota que los defensores de esta idea saben más bien poco de la realidad laboral. El problema esencial del justiprecio en el producto artístico es que es imposible establecerlo a priori. Si yo vendo por veinte euros una canción y luego esa canción genera millones, es evidente que, como autor, se me ha pagado injustamente. Pero si exijo que se me abonen diez millones en previsión del futuro éxito de la canción y luego ésta no se vende en absoluto, también se habrá producido una injusticia. Aceptando este punto de partida, el autor hace algo que, por lo demás, no tiene nada de extraño porque se trata del mismo procedimiento que adopta cualquier empresario independiente: asumir el riesgo de cobrar un porcentaje de venta. Si la obra genera fortunas, ganará mucho; si no, no ganará nada. Es alarmante que el mal llamado “colectivo de internautas”, compuesto, presuntamente, por una mayoría de gente joven y más o menos libertaria, adopte en este tema una postura tan cercana al ultracapitalismo que permitió, por ejemplo, al editor Hertzel hacerse millonario con las obras de Julio Verne sin pasarle jamás un solo céntimo de derechos de autor. Demostración, ésta, de la ignorancia y de la ensalada ideológica que suele acompañar a ese tipo de neorrevolucionarios informáticos.

 

Seis: Modelos

Es obvio que Internet ha alterado la noción de los derechos de autor: hace tan solo veinte años nadie podía prever que una canción escrita en España pudiera escucharse un minuto después en Australia. Esto hace necesaria una revisión muy a fondo, tranquila, meditada, de la legislación sobre estas cuestiones, pero en ningún caso constituye la patente de corso (y nunca mejor dicho, ya que hablamos de piratería) para que cualquiera haga cualquier cosa con el producto de las industrias culturales. Por otra parte, el cambio mayor no es el de la velocidad de la comunicación, sino la forma en que se ha modificado en nuestro modelo social la idea de la privacidad. El internauta, que en sus blogs revela de sí mismo intimidades inauditas, y que es capaz de llamar amigos a ese ejército de perfectos desconocidos con los que se conecta a través de Facebook, parece creer, por eso mismo, que dichos espacios forman parte de su privacidad, y opera en consecuencia utilizando en ellos las películas y la música que previamente ha adquirido y que legalmente es suya. Confunde, por supuesto, el derecho a escuchar o visionar sus dvds y cds todas las veces que quiera en la auténtica intimidad de su hogar con la falsa privacidad de la red. La sombra del Hermano Mayor (que, por cierto, es la traducción correcta del Big Brother Orwelliano) es alargada.

 

Siete: No

A esto se le suma ese otro cáncer del populismo contemporáneo que es el principio del “todo gratis”, en el que se ha educado a toda una generación con la connivencia de unos adultos dispuestos a cualquier cosa con tal de no tener que ocuparse demasiado de sus hijos. Por cierto que dicho principio recuerda la vieja estrategia de los traficantes de droga en los colegios: regalar la mercancía para crear adictos y poder recaudar más adelante con la seguridad que origina dicha adicción. Idea que a su vez abre especulaciones más preocupantes sobre las estructuras, engañosamente simples, de la piratería. Esa generación que no conoce la palabra “no” porque nadie se ha tomado el trabajo de enseñársela constituye la base (aunque no la totalidad) del enorme colectivo que considera la regulación de los derechos “un atentado contra su libertad”. Como se desprende de semejante discurso, también ignora lo que significa la libertad, pero en todo caso la responsabilidad del desaguisado es de quienes no supieron enseñárselo y que ahora lloran por ello.

 

Ocho: Valoración

La piratería empieza, pues, en la infravaloración, cuando no el abierto desprecio, del producto artístico o cultural. En el tablero de información sobre actividades extraescolares de un colegio público cercano a mi casa leí la siguiente nota redactada por la dirección del centro: “inglés, 30 euros; clases de guitarra, 20 euros; fútbol, 25 euros; clases de teatro, gratis para todo el que se apunte”. Sobran comentarios. Cabe señalar que no sólo los piratas (y los profesores de aquel colegio) cultivan la mencionada infravaloración: lo hacen también algunos que ni siquiera son conscientes de ello, como por ejemplo esos actores que regalan constantemente entradas del espectáculo en el que están trabajando, pasando por alto el hecho de que con ese acto roban (y esta es la palabra correcta) el dinero del autor. “¡Cómo te pones por una entrada!”, se indignan cuando se les llama la atención. Pero da igual una entrada que cien: toda catástrofe empieza en los pequeños detalles. No nos olvidemos, en este repaso, de esos “creadores” famosos que durante años han invitado públicamente a la juventud a piratear. Se trata, en todos los casos, de actores, escritores, cantantes, que pueden permitirse esta actitud ridícula y pretendidamente sediciosa porque ganan mucho con su presencia mediática pero quizá no tanto con sus derechos de autor.  Si a alguien le resulta extraña la idea formulada en esta última frase le invito a releerla y meditar sobre ella recordando las palabras de Hamlet: en otro tiempo esto sería una paradoja, pero hoy es cosa probada.

 

Nueve: Consumo

También se esgrime entre los enemigos de los derechos de autor la idea de que toda la cultura contemporánea es copia, y que por tanto no es lícito reclamar la obra como propia. Ciertamente las implicaciones de este comentario darían no ya para un artículo, sino para todo un congreso. Llamemos la atención sobre el hecho de que nuevamente se esgrime aquí (desde posiciones teóricamente libertarias) un razonamiento puramente mercantilista: el valor de la obra lo establecería su presencia en el mercado, o, en este caso concreto, su deflación. Pero lo más interesante es que los mal llamados piratas, que en última instancia no son sino consumidores, (aunque, claro, el término “pirata” tiene resonancias más heroicas que el de “consumidor”)  se fingen, al proponer este argumento, inocentes de su propia responsabilidad en la constitución de dicho mercado. Como si éste no hubiera sido construido también y sobre todo por y para ellos. Este adanismo, esta persistente reclamación de inocencia que últimamente se ha extendido como la pólvora por todos los sectores sociales, es quizá lo más peligroso del fenómeno que estamos viviendo: de pronto nadie se siente responsable porque todos se consideran, de una forma u otra, víctimas. El mal está siempre en otra parte. Pero después del siglo XX nadie tiene derecho ya a la ingenuidad política: las cosas no se hacen solas.

 

Diez: La codicia

Es, por lo demás, cierto que las más poderosas empresas culturales practican una política codiciosa que justifica la animadversión, no ya de los piratas, sino de cualquier persona honrada: su búsqueda de beneficios supera lo razonable para entrar manifiestamente en lo rapaz. Por eso no resulta extraño que ni las multinacionales del cine ni las de la música despierten la compasión o la simpatía de ciudadano alguno, sea, o no, pirata. Pero el perjudicado final en este aborrecimiento es el autor, ya que la maquinaria laberíntica de las grandes empresas se encargará, a su debido tiempo, de minimizar sus propias pérdidas a costa de los beneficios del creador y, muy probablemente, sin que éste llegue a enterarse. Sabido es, por ejemplo, que a un escritor, sobre todo si está vinculado con una editorial poderosa, le resulta virtualmente imposible conocer el número exacto de libros vendidos, información que la editorial restringe y hasta adultera argumentado todo tipo de vagas excusas. La dolorosa paradoja final: si el arte se encuentra entre las creaciones más sublimes del ser humano, las industrias del arte suelen contarse entre las más rastreras.

 

Once: El escándalo

En este contexto, la explosión del escándalo SGAE llega justo a tiempo para acabar de dinamitar cualquier posibilidad de sensatez en el asunto de los derechos de autor. Demasiado a tiempo diríamos, si nos dejáramos llevar por un impulso conspiranoico. La forma en que los medios están mezclando estos días ambas cuestiones es sencillamente indecente pero ya resulta imposible detener la bola: ante la opinión pública, (que, de todas formas, ya pensaba así antes) el affaire SGAE establece fuera de toda duda la naturaleza perversa y mafiosa de las sociedades de gestión así como la depravada catadura de los autores, esos tipos indignos que pretenden vivir, ¡ay!, del cuento y de las subvenciones. Que no haya confusión alguna: la intervención de la policía me parece justificada y oportuna y, como ya he expresado en otros medios, aplaudo tanto la detención y castigo de los culpables como el proceso de limpieza general y hasta de refundación de la institución que parece haberse puesto en marcha con todo esto. Ahora bien, me niego a que todo ello oscurezca otros datos igualmente esenciales para comprender el cataclismo en el que estamos metidos. Para empezar, el hecho de que la famosa “mala imagen” de la SGAE no es únicamente el resultado de sus propias y cuestionables estructuras y maquinaciones, sino también el producto de una elaboración consciente por parte de los grandes grupos de comunicación nacionales que, sin que lo sepa esa misma opinión pública aparentemente tan preocupada por estas cosas, deben millones en derechos de autor que… ¡se niegan abiertamente a abonar! O la circunstancia de que no es sólo la SGAE la que se ha quedado el dinero de los autores sino también, y sobre todo, los ayuntamientos (¡De todas las siglas políticas!) que han tenido el cinismo de utilizar la mala reputación de la institución para camuflar su propia estafa a la ciudadanía: véanse, como paradigmáticos, los episodios de Zalamea o Fuente Obejuna, que los periodistas aún hoy siguen citando como ejemplo del “codicioso afán recaudatorio” de la SGAE cuando eran los respectivos consistorios los que se habían embolsado durante años los derechos, no ya de las obras citadas, sino de casi cualquier actividad artística celebrada en esas localidades. O la artimaña sentimental de criticar a la SGAE por cobrar en presuntas “actividades benéficas” cuando son los promotores de dichas actividades los que tienen la mala costumbre de regalar por su cuenta lo que no les pertenece, esto es, los derechos de los artistas implicados1. Y finalmente, aunque sólo por no alargarnos demasiado, la pintoresca y muy española coyuntura de que muchos de los supuestos cobradores de la SGAE que se han presentado aquí y allá exigiendo que se les abonara tal o cual dinero, ni siquiera pertenecían a la sociedad… sino que eran simples pícaros, aprovechándose del río revuelto.

 

Doce: La restauración

Se ha acusado a los autores de no haber hecho nada durante los muchos años que ha durado la descomposición dentro de la SGAE. Es una acusación razonable y, cabalmente, sólo puede decirse que corresponde a cada cual revisar el estado de su conciencia. Sin embargo, y dado que la pauta del mundo contemporáneo parece ser el cinismo, aportaré aquí una respuesta a la medida de los tiempos: si los autores no han, no hemos, reaccionado antes al affaire SGAE, quizá sea porque sus oscuros procedimientosno difieren en absoluto de los de las otras grandes empresas, de los bancos, de los partidos, de los propios gobiernos. Resulta difícil establecer parámetros morales cuando resulta que las mismas acciones forman parte del bien o del mal según quien esté implicado en ellas. Y así volvemos al principio. España: dícese de la monarquía… etc. No basta con combatir la piratería. Es el país entero el que hay que restaurar. Lo otro no es más que una pendencia de café. Una tradición española más dañina que la de los toros pero que nadie, mira por dónde, ha pensado en prohibir.

Julio de 2011

Revista ADE-Teatro nº 137 octubre 2011

 

Nota

1 De la utilización fraudulenta del concepto “benéfico” en no pocas actividades sociales y culturales españolas (y no españolas) podríamos empezar a hablar y no parar. Pero basta recordar el soberbio Plácido de Berlanga para darnos cuenta de que la cosa viene de lejos.

Leer más

¿Y si todo fuera mentira? El predecible ascenso de los nuevos brujos

2011-07-02

Por MF Vieites.

 No hace tanto, noviembre de 2006, que Warren Buffett, especialista en amasar dinero, afirmaba ante la prensa, The New York Times, la existencia de las clases sociales y la pervivencia de la lucha de clases, confirmando finalmente que era la suya, la de los ricos, la que estaba ganando. No vendría a contradecir las tesis de Daniel Bell, de Francis Fukuyama, de Gonzalo Fernández de la Mora o de Jean-François Lyotard en torno al fin de las ideologías, de la historia y del pensamiento crítico, sino a confirmarlas, en tanto lo que todos ellos afirman y defienden es la lógica del capitalismo global que ha desarrollado un nuevo relato que a todas luces se presenta e impone como el nuevo dogma: la ineludible tiranía del mercado. Aquí no hay relativismo que valga.

Resulta curioso que la crítica posmoderna a los grandes relatos se oriente fundamentalmente hacia los derivados de la modernidad ilustrada, nunca hacia los generados por la modernidad liberal, defendida por Karl Popper en sus tesis sobre la denominada “sociedad abierta”, base de una auténtica sociedad dual. Hace tiempo que Pierre Bourdieu exponía en su conocido estudio La distinción, cómo el capital escolar o cultural de la persona deriva de su posición en el espectro social, lo que viene a mostrar en qué medida el capital económico conforma a los otros dos. La exclusión y la pobreza tienen causas económicas, de clase.

En efecto, los ricos son los que ganan, y no sólo eso, ganan incluso cuando en su afán de ganar nuevas cotas de mercado provocan crisis que acaban pagando los que menos tienen. Las hemerotecas están llenas de ejemplos de cómo aquellos ejecutivos que provocaron la quiebra de tantas entidades financieras hace unos años, abandonaron sus cargos con cuantiosas indemnizaciones, y sin rubor alguno. Un dato reciente y tal vez colateral pero muy indicativo apunta en esa dirección: la venta de berlinas y coches deportivos de lujo en España, según un reputado diario de noticias, vive momentos de verdadero esplendor en medio de la crisis general del sector y la activación del sector de segunda mano en muchos frentes.

Es curioso que agencias que valoran y prorratean nuestro futuro, cada día más incierto, y que hacen negocio con sus fluctuaciones, las de nuestro futuro, o que instituciones como el Fondo Monetario Internacional, no supiesen que la crisis se estaba desatando, mientras los gobiernos vivían ajenos a la necesidad de regular los mercados para evitar lo que finalmente ha ocurrido: en la actualidad son las fuerzas que gobiernan los mercados las que se han situado por encima de los gobiernos, dictando e imponiendo su ley. Se habla del Club Bilderberg pero es probable que haya otros foros y grupos que hayan tenido mucho que ver en este proceso imparable de empobrecimiento global que conlleva igualmente la disminución de cotas de participación de la ciudadanía. Los ataques constantes y permanentes a los sindicatos y el interés por laminar la sociedad civil apuntan en la dirección del objetivo más preciado, que no es otro que, por utilizar las palabras de Antonio Gramsci, generar una sumisión global legitimada por los propios sometidos. Durante muchos años se ha señalado que los países del socialismo real eran émulos del mundo recreado por George Orwell en su obra 1984, pero tal vez ese mundo horrendo sea más parecido al que ahora se está organizando, un nuevo orden mundial marcado por el asentimiento ante la reificación de todo. Por todas partes se ven signos de cómo se están deconstruyendo mitos como el del conocimiento, de la libertad o de la igualdad, en una estrategia mediática en la que intervienen muy diversos medios. Y cada día aumenta el dominio de Estulticia, de una cultura alienante para las masas que no persigue otra cosa que la reificación del ser, su conversión en objeto, y con ella la aceptación definitiva de la dominación.

Como ya señalamos en otra ocasión, en el libro de Jacob Hacker y Paul Pearson, el titulado Winner-Take-All Politics: How Washington Made the Rich Richer - and Turned Its Back on the Middle Class, considerado en los Estados Unidos de América como una de las aportaciones del siglo, se analiza una tendencia que se genera en los años setenta y que consiste simplemente en lograr el control absoluto del poder ejecutivo, del poder legislativo y del poder judicial, por parte de las fuerzas económicas para utilizarlos en su beneficio. La lucha de clases de Buffett. Los resultados están a la vista de todos. No olvidemos, por ejemplo, que la familia Bush tiene empresas petrolíferas, y el modo en que los beneficios de éstas se han incrementado con la invasión de Irak y con la aprobación de la explotación de las reservas naturales de Alaska. El Estado al servicio del lucro corporativo.

Hay numerosos datos que vienen a confirmar la existencia de una gran alianza que tiene como objetivo el dominio global. Una de sus estrategias consiste en la vuelta atrás en las políticas educativas orientadas a favorecer que la escuela sea un elemento capaz de generar una igualdad de oportunidades real. Los ataques permanentes que sufre la enseñanza pública, la reducción de los ciclos de formación (como la desarrollada desde Bolonia) son muestras fehacientes de que la hoja de ruta se orienta hacia la instalación de un nuevo sistema educativo en el que el principio básico sea la segregación y el copago. La insistencia de tantas personas “de bien” en la importancia del “cheque escolar” para favorecer la supuesta “igualdad” y el derecho de los padres a elegir en “libertad” el centro de sus hijos, pero con la financiación del Estado, es una muestra más de las perversiones del lenguaje, y de los usos interesados que esas personas de “bien” están dispuestas a desplegar para alcanzar su objetivo, que no es otro que regresar a la sociedad estamental y piramidal. La verticalidad que defendía Karl Popper frente a la horizontalidad que reclamaba Habermas.

El problema, para nosotros, los humanos de a pie, es que todo ese nuevo orden se está construyendo sobre grandes mentiras, que se articulan haciendo un uso perverso del lenguaje, mentiras que permiten generar un simulacro mundial, lo que nos puede dar una idea de la catadura moral de quienes organizan la operación. Recordamos ahora aquellas “armas de destrucción masiva” en manos de Irak, que amenazaban con destruir el planeta, cuando la realidad es que entre los proveedores de armas a Irak estaban los Estados Unidos de América, Inglaterra o España. Pues bien, ese nuevo orden mundial que se preconiza consiste en una fabulación universal de personas que se consideran a sí mismas gentes de bien, amantes de la tradición y de los valores emanados de la tradición judeocristiana, y que como tales acuden en las fiestas de guardar a los templos de su comunidad presentándose como ciudadanos respetables, acompañados de amantísimas esposas, aunque todos ellos atentan un día sí y otro también contra el mandamiento en el que su dios les ordenó no levantar falsos testimonios, es decir, en el que les prohibió mentir. No referiré otras faltas de respeto a la ley de su dios, y de todos conocidas, pero tal vez debamos recordar la gesta inmunda de Marcial Maciel, fundador de la Legión de Cristo y tan amado de Juan Pablo II, gesta de violación y barbarie que se ha visto y se ve multiplicada todos los días por las mismas personas “de bien” que acuden a ritos varios fingiendo una piedad suprema.

Nada tiene que ver todo esto con el teatro, por cierto, pese al uso indebido de la palabra para referir conductas en las que las gentes “de bien” simulan hacer una cosa, cuando en realidad están haciendo otra. En teatro existe una convención mediante la cual aceptamos una realidad creada en escena, mientras que en la vida real no existe esa convención. Decir que la clase política hace mucho teatro no supone más que aceptar que mienten como bellacos, lo cual es impropio de personas que se quieren servidores públicos. Pero sería bueno, por el bien del teatro y por su buen nombre, no usar ese símil para referir esos usos y costumbres impropios de personas “de bien”. No hacen teatro, simplemente mienten. “Estudiado simulacro”, que cantaba La Lupe.

Para todas estas personas la mentira, el insulto y el falso testimonio se han convertido en la principal estrategia, lo que, como decíamos, nos informa de su catadura moral y de su indecible hipocresía. Es tal la acumulación de hipocresía, avaricia y lujuria, que en algunas de sus conductas observamos cómo se han situado más allá del bien y del mal, como si las leyes y normas que gobiernan las vidas de los humanos ya no tuviesen valor para ellos. Son los nuevos sacerdotes, los servidores del becerro de oro, los nuevos brujos que manejan la magia del mercado para mayor gloria de su verdadero dios: lucro y poder. Caminamos a marchas forzadas hacia nuevas formas de totalitarismo que se asentarán en el control que unos pocos van a ejercer sobre las vidas de la inmensa mayoría, lo que sin duda generará nuevos modos de una esclavitud más sofisticada. Incluso muchas estrategias de supuesta lucha contra la pobreza no persiguen otra cosa que cambiar pan por libertad. Ese es el caso de la organización denominada The Independent Institute, curioso nombre, en el que milita la flor y nata del neoliberalismo más ultramontano.

En España la situación es dantesca pues parece como si habitásemos el Infierno de Dante. La mentira y el insulto desaforado se han convertido en España en la estrategia global de todos aquellos que apuestan decididamente por la sociedad dual, aquella que tan bien organizó el dictador Francisco Franco con la ayuda de la España negra, la misma que cegó el progreso durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. Bastantes medios de comunicación y una parte importante de la clase política, de esa clase política que ahora se apresta a tomar el poder, insisten una y otra vez en la necesidad de caminar en esa dirección, la vuelta a la sociedad dual, y por eso, por ejemplo, odiaban la LOGSE, tal vez la Ley de Educación más progresista que hayamos tenido. Poco importa que a veces sus discursos parezcan ser otros, pues cuando anuncian la necesidad de recortes y de control de gasto ya sabemos bien en qué van a recortar y qué gastos nunca van a controlar. Recordemos que muchas empresas de muchos poderosos, los mismos que hoy reclaman medidas liberalizadoras, han aumentado sus emporios gracias a una contratación de obra pública (o privada encubierta) que en muchas ocasiones aumentaba exponencialmente sus costos, incluso cuando su utilidad era más que cuestionable. Véase el aeropuerto de Castellón, disparate jaleado y justificado por la prensa de derechas sin un atisbo de arrobo.

Es la hipocresía y la obscenidad de quienes se envuelven en la bandera de la “democracia” y al mismo tiempo desprecian la democracia, de quienes dicen defender a los trabajadores y luego reclaman el despido libre. Los mismos que jalean esas nuevas formas de escribir la historia, que finalmente acaban por convertir a Francisco Franco en un demócrata y a Manuel Azaña en un tirano. Lo ocurrido con el Diccionario de la Real Academia de la Historia nos muestra cómo la evolución histórica en España se podría resumir como la transición entre el franquismo y el neofranquismo, y es tal el frenesí de las nuevas hornadas de franquistas confesos que en muchos medios ya se hacen panegíricos para mayor gloria del sanguinario dictador y de sus muchos cómplices y secuaces.

Un tal Fernández, que gobierna el Banco de España, pide los españoles esfuerzos y sacrificios ante una crisis que no han provocado, mientras cobra del erario público un salario que causa espanto y que le genera un plan de pensiones que en nada se compadece con sus demandas de austeridad y contención del gasto. Y volvemos a lo que antes decíamos, hay personas que se sitúan en otra dimensión, “iluminados” que están por encima del bien y del mal. En una situación similar están otras personas que sin el mínimo sonrojo reclaman austeridad y buen gobierno cuando acumulan cargos y salarios que superan con mucho la nómina que recibe, por ejemplo, el Presidente del Gobierno. Curiosamente parece que el tal Fernández sea en realidad quien gobierne los destinos económicos del país, pues todos los días reclama del gobierno medidas y más medidas que suponen un incremento permanente del paro y la perdida constante de derechos sociales, cuando se decía que esas medidas “liberalizadoras” generarían el efecto contrario. De nuevo las mentiras, y es que una sociedad dual es mucho más fácil de manejar. Cuanto mayor sea el número de parados y cuanto menor sea su poder de negociación, más posibilidades tendrá el capital de imponer su ley. Y una parte importante de la clase política está al servicio del capital, como nos muestran los expresidentes del gobierno de medio mundo, contratados por las mismas corporaciones a las que tantos servicios prestaron. 

España tiene muchos problemas, que la crisis ha agravado de forma considerable. Y entre esos problemas está sin duda el de una clase política que día a día da muestras de no estar a la altura de lo que la situación demanda. La mayoría de los partidos están instalados en el despropósito y el desatino, tal vez porque en sus dirigentes pese más la carrera personal que el servicio público. No es de extrañar que la clase política sea una de las mayores preocupaciones de una ciudadanía que cada vez lo es menos, porque el concepto de ciudadanía se opone al de servidumbre e implica la existencia de derechos y deberes, y al paso que vamos aumentarán los deberes y se laminarán los derechos. Y, como decía Gramsci, con el beneplácito, es decir, con el voto, de la mayoría.

Llega pues la esclavitud. Arturo UI, ¿recuerdan? Y ante eso sólo cabe la rebelión, una rebelión total y global. Tal vez  el 15M sea el comienzo.

Leer más

Obscenidad

2011-07-01

Por Antonio Urzainqui.

El Diccionario de la RAE define obsceno (del lat. obscēnus) como “Impúdico, torpe, ofensivo al pudor”. Es una palabra que proviene del latín, obscenus, que significa a su vez “repulsivo, detestable”. Posiblemente dicho término deriva de ob caenum, literalmente “de la basura”. A pesar de su connotación primaria a la esfera sexual, sigue conservando la acepción de “asqueroso” e incluso “desfavorable”, como “beneficios obscenos”, “hechos obscenos” o “la obscenidad de la guerra”.

La vida política y social española nos depara  actitudes y comportamientos que solo al calificarlos como tales, adquieren la dimensión justa de lo que son. Ese fue el caso que vivimos hace unas semanas. Una potencia militar envía un comando de élite superlativa a que penetre en otro Estado supuestamente soberano, sin tan siquiera informar a sus autoridades. Una vez allí buscan un lugar previamente establecido, lo asaltan y matan a una determinada persona buscada desde hace tiempo. Las autoridades del país que ejecuta ese acto de piratería, siguen las operaciones por televisión desde la sala de reposo de su mansión presidencial.

El país era cuestión eran los Estados Unidos de América del Norte y el ejecutado ese personaje tan repetido como desconocido llamado Bin Laden. Porque todo huele a podrido en esta Dinamarca de la obsesión petrolera, de las grandes estafas financieras, del control de las conciencias por el miedo y los medios de comunicación, etc. Todo produce la impresión de que las apariencias ocultan una realidad mucho más sórdida y procaz: la de la defensa de sus intereses y su poder, o la eliminación de un fantasma que ya no era útil.

Si obsceno es ese comportamiento que, una vez más, arrastra por todos los estercoleros del planeta los principios del derecho internacional y del respeto mutuo entre la naciones, no le van a la zaga las reacciones surgidas aquí entre la casi totalidad de los agentes mediáticos. Ellos tan bien pensantes, tan pulcros en la invocación del Estado de derecho, sobre todo si se trata de poner coto judicial o policial a la detección y procesamiento de sus corruptos afines, salieron en tromba para aplaudir el hecho y justificarlo. Utilizaron todos los epítetos imaginables para incensar y enaltecer tamaño desmán.

No me gusta dar el nombre de ninguna de estas gentes pero esta vez no hay más remedio. Un tal Alfonso Rojo, periodista según parece, afirmó con voz tonante: “Yo le hubiera dado (a Bin Laden) un tiro en las pelotas y luego dos en la cabeza”. De expresiones de este jaez están llenas las crónicas fascistas o simplemente las de la chulería barriobajera. Hermann Tertsch, otro que tal baila, con su rostro de malencarada superioridad, aseguraba que lo mejor es que lo hubieran eliminado porque así ya estaba hecho y se evitaba “tener manifestaciones ante las embajadas estadounidenses de todo el mundo”. Una molestia innecesaria. Obscenas son estas y otras afirmaciones, dichas sin rubor alguno y en el calor de la refriega.

En síntesis: los adalides del estado de derecho, los que se revisten de la capa pluvial de la defensa de los derechos individuales, se envainan el derecho cuando conviene; cuando conviene sobre todo a los intereses estadounidenses, o israelíes, o de la OTAN, etc., en fin, ustedes ya saben.

A renglón seguido, muchos miles de ciudadanos se manifiestan en toda España reclamando una democracia más limpia, más real, más operativa para el bien de los ciudadanos. Después se aposentan en la Puerta del Sol y otras plazas de ciudades españolas para plantarse y aseverar que existen y deben ser escuchados. Y ahora sí, algún espécimen gubernamental y la misma harka mediática sale a la palestra con brío para reclamar en nombre del Estado de derecho que se les disuelva, que se les arroje a las tinieblas infernales del antisistema, que se acabe con “ese espectáculo”. Obscenidad evidente y supina la de los que así hacen.

Para desesperación de los agoreros de desmanes, el denominado movimiento del 15M ha tenido a lo largo de estas semanas un comportamiento ejemplar. Ha protagonizado un pronunciamiento cívico en el que la defensa de una democracia real, o simplemente menos ficcional, ha estado en el centro de sus proclamas. Fuera de España han sido muchos los que se han asombrado ante un acto de rebelión pacífica como este.

Cuando se celebraron las últimas elecciones generales, desde estas páginas denunciamos la radical burla democrática que representaba la ley electoral. Muchas voces distintas y el propio Consejo de Estado exigieron o recomendaron vivamente que se cambiara. Los dos partidos mayoritarios, para eso sí, se han puesto de acuerdo y cerraron filas: no hay ningún cambio. ¡Faltaría más!

La ley electoral es algo más que simple matemática. Tal como existe en la actualidad constituye el mecanismo ejemplarizador para que los votos no se traduzcan en los escaños justos que representarían esas opciones: una obscenidad. Sirve para instaurar mayorías artificiosas y no reales, que son invocadas a voz en cuello por los vencedores del envite para asegurar que “la mayoría de los españoles está con nosotros”.

Por otra parte, esta Ley se instauró de forma provisional, a la espera de que después el Congreso dictaminara una normativa mas justa. Algo similar ocurrió es los Estados Unidos con la elección presidencial. Lo que vota el ciudadano revierte en dar todos los votos electorales de un estado a uno de los candidatos, los que han sido minoría se quedan sin representación alguna. También fue una decisión circunstancial, fruto de unas elecciones primigenias en un vasto territorio y se aseguró que iba a cambiarse de inmediato. Ahí sigue. Mucha gente pide su revisión, pero ahí sigue. No es sólo al mecanismo político a quien interesa, más bien este traduce los intereses del sistema y sus taumaturgos en la sombra.

En los programas sobre la transición que hizo Victoria Prego en su día para TVE, escuché una curiosa información. Hablaban de la formación del Príncipe y contaron como de pasada, que un grupo de prohombres, muchos de ellos franquistas en su origen pero reciclados hacia el formalismo democrático en su versión más instrumental, aconsejaron al joven aprendiz de rey que se autorizaran todos los partidos políticos. Ante las dudas regias respecto a lo que sucedería con la izquierda, la respuesta fue preclara: “Eso es cuestión de la Ley electoral que se establezca”. El susodicho lo sabía bien, lamento no recordar el nombre. El caso es que Herrero de Miñón, uno de sus diseñadores, no tuvo reparo en afirmar que se redactó con el intento de minar las capacidades de movilización electoral del PCE en las primeras elecciones. Y ahí quedó también, porque les convenía. Democracia sí pero hasta un punto y hasta donde convenga a los intereses que quienes realmente ostentan el poder.

La Ley electoral que tenemos es una obscenidad de principio y de uso. Ha consagrado un bipartidismo que no refleja las tendencias políticas, ideológicas y sociales de la sociedad española. El movimiento del 15M con su heterogeneidad y sus pronunciamientos difusos, quizá tenga un horizonte finalista dudoso si no logra integrar su fuerza indignada en vías de acción efectivas. Pero como síntoma es revelador: muestra el malestar de una parte importante del cuerpo social que quiere que no le tomen el pelo con añagazas tramposas. Las fuerzas políticas mayoritarias harían bien en tomarse en serio esta cuestión, porque puede ser el primer ensayo de una rebelión cívica de insólitas proporciones.

Claro que conviene no olvidar que lo que se exige es un cambio de la ley electoral que haga efectiva la proporcionalidad y la representatividad, no que la disminuya. Me vino la duda cuando oí en tertulias cavernarias a hombrones y damas de la jauría retrógrada, reclamar con tesón un cambio de la ley para constituir distritos uninominales, elegidos por mayoría simple a una vuelta. Otra vez el ejemplo británico, como hiciera Cánovas en la Constitución de 1876, redactada por Alonso Martínez. Sé que parece de política ficción o argumento de novela, pero conviene no desterrar la idea de que la derecha económica y social sea quien ha urdido este movimiento, que puede que le haya desbordado. Es curioso que su ansia para extender de forma subrepticia el mensaje de no votar o hacerlo en blanco, haya servido para que la derecha política se alce con el triunfo electoral y el bipartidismo se consolide. Respeto considerablemente el voto en blanco siempre que se le ponga a trabajar, sólo entonces. Cuando menos es algo que deberíamos meditar.

Lo dicho hasta aquí no quita que la vida española no ofrezca numerosos ejemplos contumaces de obscenidad reiterada:

Es obsceno convertir el debate político en una sucesión de descalificaciones e insultos. Con ello se logra sustituir el debate de ideas y proyectos por simples peleas de barra de bar entre personajillos irresponsables. No sólo destrozan su crédito, sino que reducen la política a una bazofia irresponsable.

Es obsceno el comportamiento de quienes votan a notorios imputados en delitos de corrupción y a notorios corruptos aunque no estén imputados. Algunos de los que les dan la papeleta deben pensar: ¡Quién fuera como ellos!

Es obsceno el comportamiento de los políticos a los que se descubre implicados en casos de corrupción, se desvelan sus conversaciones telefónicas al respecto y otros documentos, y con voz tonante y gesto impertérrito niegan todo, se hacen los ofendidos y aseguran encontrarse en un Estado policial.

Es obsceno emplear mentiras ostensibles, hacer acusaciones sin pruebas fiables cuya falsedad se descubre antes o después; decir una cosa o lo contrario, según convenga, con el fin de oponerse a todo. Esa forma de hacer política es de una manifiesta obscenidad.

Es obscena la desvergüenza de algunos de los grandes depredadores de empresa, que van a la Moncloa a reclamar otro comportamiento económico y tienen una deuda contraída muy superior, pero mucho, mucho, a la del Estado.

Es obsceno asegurar que lo importante es tener un trabajo aunque sea por un sueldo ignominioso. Nos permite constatar que para ellos, empresarios y sus periodistas y tertulianos a sueldo, el horizonte del esclavismo constituye un deseo irrefrenable.

Es obscena la incompetencia e ignorancia de algunos cargos públicos colocados allí por sus partidos, sobre los que no se ejerce ningún control ni se remiten a un programa que deban respetar. Los ciudadanos, que en ocasiones tiene competencia y sabiduría, se convierten en víctimas propiciatorias de tamaños irresponsables.

Y es obsceno, en fin, cómo algunos incompetentes notorios del mundo del teatro, ignorantes supinos, son elevados a los altares de la fama por algunos gacetilleros igualmente incompetentes, y los políticos los aplauden y los presentan como geniecillos de la escena. Claro que cuando tienen que actuar a pecho descubierto fuera del corrillo que dominan, se les descubre el pastel.

Existen muchas más cosas y aquí y ahora que tienen el marchamo de la obscenidad. Las dejo abiertas a su sano juicio.

Leer más

La ADE y la crítica teatral

2011-05-15

Por Manuel F. Vieites.

Hace algunos años en una rueda de prensa celebrada en el Auditorio de Galicia, Santiago de Compostela, asistí a un espectáculo verdaderamente sorprendente, protagonizado por una de esas personas que concibe el periodismo como chismorreo, como habladurías de patio de vecinos, algo a lo que ya muchos medios, mal llamados de información, están acostumbrando a los más, con lo que la esfera pública se está convirtiendo en un enorme despropósito en el que abundan chafarrinadas y trampantojos para solaz de la afición que, emocionada, no pide más madera, sino más carne, más sangre y más cornamentas. Estamos a un paso de la Italia del “bunga bunga”.

En aquel aciago día, una supuesta reportera de un diario supuestamente serio formulaba a Peter Brook una pregunta que poco o nada tenía que ver con las artes escénicas, y más, mucho más, con el chismorreo. El maestro inquirió a la intrépida exhibidora de tamaña sabiduría si no tenía cosas más interesantes que preguntar, ante la vergüenza ajena de muchos de los presentes, que no salían de su asombro preguntando por lo bajo qué quién era la poseedora de tan enjundioso verbo, pues, por lo demás, la susodicha se paseaba entre cajas y en la platea como si fuera la mismísima encarnación de Talía.

No es la única, hay mas, incluso abundan, para sonrojo de muchas otras personas que hacen un trabajo notable e incontestable. No hablamos de los críticos, pues; hablamos de personas totalmente ajenas al mundo de teatro, con muy poco conocimiento de las artes escénicas, a quienes, a lo sumo, se les permite publicar crónicas y reportajes, pero que, por lo mismo, se presentan como si hubiesen ejercido la crítica teatral desde siempre, cuando a lo más que han llegado es a publicar noticias que bien cabría tomar en consideración para mostrar qué es lo que ni siquiera es información teatral. En ocasiones incluso cabría utilizar esos trabajos para enseñar a los futuros críticos qué es lo que no cabe hacer en el ejercicio de la crítica.

Son muchas las personas que en España ejercen la crítica teatral, y no sólo en los diarios de algunas capitales (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao…). Son muchos los espacios en los que esa crítica se publica y no sólo en los diarios de las dichas capitales, sino también en otros diarios, pero igualmente en semanarios, revistas de análisis cultural y político o en medios mucho más especializados. Considerar la crítica teatral, e incluso la literaria aplicada al campo de la creación dramática, como patrimonio de alguno de los citados medios, puede ser una insensatez, porque incluso en la red existen páginas con formato diverso dedicadas a crear espacios alternativos por los que fluyen ideas y propuestas muy atinadas.

La crítica de teatro es plural, y ofrece muchos registros y formatos discursivos. Tan legítima es la reseña que se publica en The New York Times como algún enjundioso análisis que podemos leer en The Drama Review. Se puede visitar el “theatreblog” del diario The Guardian para ver como las voces de los unos conviven con las de los otros. También se puede ver, a modo de ejemplo y sólo de ejemplo, la página de Matthew Freeman. Nadie puede pues arrogarse el título de crítico en perjuicio de otros y en beneficio propio, porque para empezar habría que preguntarse de qué hablamos al hablar de crítica y de qué al hablar de información. Cosas diferentes que no son lo mismo pero que requieren formación.

De lo que no hay duda es que en la Asociación de Directores de Escena de España hay una sección de “teatrología” en la que se agrupan personas muy variadas que tienen en su haber una larga trayectoria en el análisis crítico de espectáculos, en muy diferentes medios de comunicación y en muy múltiples revistas especializadas. Algunas son personas reputadas en tal oficio, su firma es de referencia en estudios referidos a las artes escénicas en España y sus trabajos figuran reseñados en muy diferentes investigaciones. No daré nombres, pero la simple lectura de los asociados y asociadas en la sección de “teatrólogos” puede poner sobre la pista al más despistado. Diré también que la crítica teatral, o de espectáculos, es materia objeto de docencia y aprendizaje en un buen número de escuelas de arte dramático de España, y no pocos asociados de esta casa ejercen como docentes en tales menesteres en las dichas escuelas.

Tal vez uno de los mayores logros de la Asociación de Directores de Escena de España haya sido lograr esa pluralidad de asociados, que permite que en muy diferentes tiempos y espacios esta asociación pueda celebrar encuentros, seminarios, congresos y otras actividades que destacan por la visión integral que se ofrece del hecho escénico, al punto de que la asociación destaca precisamente por no ser un órgano corporativista, sino más bien una institución de la sociedad civil que se precia de su defensa de las artes escénicas desde una visión global de las mismas, ajena a cualquier pulsión corporativa. Una buena muestra de ello son sus Bases para un Proyecto de Ley del Teatro, que tantas personas todavía debieran leer para saber de qué hablamos, y para que ellas mismas sepan de lo que hablan al hablar de ciertas cosas, y puedan hablar con propiedad de las Bases..., al menos.

Esta revista, que es una de las mejores revistas de teatro del mundo, y a las hemerotecas teatrales me remito y también remito a los incrédulos, es un buen ejemplo de cómo la asociación ha sabido crear espacios de encuentro, comunicación, reflexión y debate que para sí quisieran otras muchas entidades y agrupaciones, nacionales y extranjeras. Pero también es un espacio de reflexión sobre espectáculos y creadores escénicos, de información y divulgación sobre las mil y una cosas que convergen en lo teatral, si bien el discurso utilizado no sea el que le es propio a la columna de un periódico; y todo ello desde el respeto, la tolerancia y el apoyo a la divergencia, pues sabemos bien que el pensamiento divergente está en la base de la creatividad, tan vinculada con la serendipia, que no conviene confundir con la ocurrencia: diferencia entre caos y desbarajuste.

La Asociación de Directores de Escena de España se ha convertido, con el paso de los años, en una especie de “casa común” de gentes del teatro que, más allá de sus legítimos intereses personales, defienden un interés general, el pleno desarrollo del sistema teatral, campo en el que todos los ejercicios profesionales han de ser posibles y han de gozar de pleno reconocimiento y legitimación, entre ellos el ejercicio de la crítica teatral, ámbito al que esta revista ha dedicado varios de sus números. Y por ello, a lo largo del presente año, esta Asociación presentará un “código deontológico” que más allá de orientaciones prácticas, metodológicas o teóricas que pueda contener, también sirva para promover el pleno desarrollo de una más de las muchas profesiones que en España todavía esperan su necesaria normativización y normalización. Todo ello sin ánimo exclusivista, tan sólo como un necesario ejercicio de posicionamiento, propio y además exigible, en una entidad que cree en la sociedad civil, en la pluralidad y en la tolerancia. En beneficio de todos y de todas, de la crítica y del teatro, también de unos medios de comunicación que quisiéramos menos amarillos o amarillistas.

Hay quienes dicen que en la Asociación de Directores de Escena de España no hay personas que ejerzan la crítica, y hay quienes les hacen caso. Me pregunto entonces qué he estado haciendo yo todos estos años en Faro de Vigo, periódico en el que vengo escribiendo crítica literaria y de espectáculos desde principios de los noventa. ¿O es que una página en Jeu tiene más valor que una plana en Faro? En fin…

 

Revista ADE-Teatro nº 135 (Abril-Junio 2011)

Leer más

Próxima estación, el mercado. El (in)evitable ascenso del neoliberalismo teatral

2011-05-15

 

Por Manuel F. Vieites.

Hace algunos años en una rueda de prensa celebrada en el Auditorio de Galicia, Santiago de Compostela, asistí a un espectáculo verdaderamente sorprendente, protagonizado por una de esas personas que concibe el periodismo como chismorreo, como habladurías de patio de vecinos, algo a lo que ya muchos medios, mal llamados de información, están acostumbrando a los más, con lo que la esfera pública se está convirtiendo en un enorme despropósito en el que abundan chafarrinadas y trampantojos para solaz de la afición que, emocionada, no pide más madera, sino más carne, más sangre y más cornamentas. Estamos a un paso de la Italia del “bunga bunga”.

En aquel aciago día, una supuesta reportera de un diario supuestamente serio formulaba a Peter Brook una pregunta que poco o nada tenía que ver con las artes escénicas, y más, mucho más, con el chismorreo. El maestro inquirió a la intrépida exhibidora de tamaña sabiduría si no tenía cosas más interesantes que preguntar, ante la vergüenza ajena de muchos de los presentes, que no salían de su asombro preguntando por lo bajo qué quién era la poseedora de tan enjundioso verbo, pues, por lo demás, la susodicha se paseaba entre cajas y en la platea como si fuera la mismísima encarnación de Talía.

No es la única, hay mas, incluso abundan, para sonrojo de muchas otras personas que hacen un trabajo notable e incontestable. No hablamos de los críticos, pues; hablamos de personas totalmente ajenas al mundo de teatro, con muy poco conocimiento de las artes escénicas, a quienes, a lo sumo, se les permite publicar crónicas y reportajes, pero que, por lo mismo, se presentan como si hubiesen ejercido la crítica teatral desde siempre, cuando a lo más que han llegado es a publicar noticias que bien cabría tomar en consideración para mostrar qué es lo que ni siquiera es información teatral. En ocasiones incluso cabría utilizar esos trabajos para enseñar a los futuros críticos qué es lo que no cabe hacer en el ejercicio de la crítica.

Son muchas las personas que en España ejercen la crítica teatral, y no sólo en los diarios de algunas capitales (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao…). Son muchos los espacios en los que esa crítica se publica y no sólo en los diarios de las dichas capitales, sino también en otros diarios, pero igualmente en semanarios, revistas de análisis cultural y político o en medios mucho más especializados. Considerar la crítica teatral, e incluso la literaria aplicada al campo de la creación dramática, como patrimonio de alguno de los citados medios, puede ser una insensatez, porque incluso en la red existen páginas con formato diverso dedicadas a crear espacios alternativos por los que fluyen ideas y propuestas muy atinadas.

La crítica de teatro es plural, y ofrece muchos registros y formatos discursivos. Tan legítima es la reseña que se publica en The New York Times como algún enjundioso análisis que podemos leer en The Drama Review. Se puede visitar el “theatreblog” del diario The Guardian para ver como las voces de los unos conviven con las de los otros. También se puede ver, a modo de ejemplo y sólo de ejemplo, la página de Matthew Freeman. Nadie puede pues arrogarse el título de crítico en perjuicio de otros y en beneficio propio, porque para empezar habría que preguntarse de qué hablamos al hablar de crítica y de qué al hablar de información. Cosas diferentes que no son lo mismo pero que requieren formación.

De lo que no hay duda es que en la Asociación de Directores de Escena de España hay una sección de “teatrología” en la que se agrupan personas muy variadas que tienen en su haber una larga trayectoria en el análisis crítico de espectáculos, en muy diferentes medios de comunicación y en muy múltiples revistas especializadas. Algunas son personas reputadas en tal oficio, su firma es de referencia en estudios referidos a las artes escénicas en España y sus trabajos figuran reseñados en muy diferentes investigaciones. No daré nombres, pero la simple lectura de los asociados y asociadas en la sección de “teatrólogos” puede poner sobre la pista al más despistado. Diré también que la crítica teatral, o de espectáculos, es materia objeto de docencia y aprendizaje en un buen número de escuelas de arte dramático de España, y no pocos asociados de esta casa ejercen como docentes en tales menesteres en las dichas escuelas.

Tal vez uno de los mayores logros de la Asociación de Directores de Escena de España haya sido lograr esa pluralidad de asociados, que permite que en muy diferentes tiempos y espacios esta asociación pueda celebrar encuentros, seminarios, congresos y otras actividades que destacan por la visión integral que se ofrece del hecho escénico, al punto de que la asociación destaca precisamente por no ser un órgano corporativista, sino más bien una institución de la sociedad civil que se precia de su defensa de las artes escénicas desde una visión global de las mismas, ajena a cualquier pulsión corporativa. Una buena muestra de ello son sus Bases para un Proyecto de Ley del Teatro, que tantas personas todavía debieran leer para saber de qué hablamos, y para que ellas mismas sepan de lo que hablan al hablar de ciertas cosas, y puedan hablar con propiedad de las Bases..., al menos.

Esta revista, que es una de las mejores revistas de teatro del mundo, y a las hemerotecas teatrales me remito y también remito a los incrédulos, es un buen ejemplo de cómo la asociación ha sabido crear espacios de encuentro, comunicación, reflexión y debate que para sí quisieran otras muchas entidades y agrupaciones, nacionales y extranjeras. Pero también es un espacio de reflexión sobre espectáculos y creadores escénicos, de información y divulgación sobre las mil y una cosas que convergen en lo teatral, si bien el discurso utilizado no sea el que le es propio a la columna de un periódico; y todo ello desde el respeto, la tolerancia y el apoyo a la divergencia, pues sabemos bien que el pensamiento divergente está en la base de la creatividad, tan vinculada con la serendipia, que no conviene confundir con la ocurrencia: diferencia entre caos y desbarajuste.

La Asociación de Directores de Escena de España se ha convertido, con el paso de los años, en una especie de “casa común” de gentes del teatro que, más allá de sus legítimos intereses personales, defienden un interés general, el pleno desarrollo del sistema teatral, campo en el que todos los ejercicios profesionales han de ser posibles y han de gozar de pleno reconocimiento y legitimación, entre ellos el ejercicio de la crítica teatral, ámbito al que esta revista ha dedicado varios de sus números. Y por ello, a lo largo del presente año, esta Asociación presentará un “código deontológico” que más allá de orientaciones prácticas, metodológicas o teóricas que pueda contener, también sirva para promover el pleno desarrollo de una más de las muchas profesiones que en España todavía esperan su necesaria normativización y normalización. Todo ello sin ánimo exclusivista, tan sólo como un necesario ejercicio de posicionamiento, propio y además exigible, en una entidad que cree en la sociedad civil, en la pluralidad y en la tolerancia. En beneficio de todos y de todas, de la crítica y del teatro, también de unos medios de comunicación que quisiéramos menos amarillos o amarillistas.

Hay quienes dicen que en la Asociación de Directores de Escena de España no hay personas que ejerzan la crítica, y hay quienes les hacen caso. Me pregunto entonces qué he estado haciendo yo todos estos años en Faro de Vigo, periódico en el que vengo escribiendo crítica literaria y de espectáculos desde principios de los noventa. ¿O es que una página en Jeu tiene más valor que una plana en Faro? En fin…

 

Revista ADE-Teatro nº 135 (Abril-Junio 2011)

Leer más

No a la guerra

2011-05-01


Por Laura Zubiarrain.

Hace años cuando eran tiempos de la barbarie perpetrada en Irak, gritamos a voz en cuello: “No a la guerra”. Hoy, cuando asistimos a otra acción que quiere presentarse como violencia justiciera y necesaria, gritamos de nuevo: “No a la guerra”.

Es evidente que las circunstancias de antaño y de ahora son distintas. Lo de entonces fue un acto de piratería a gran escala, con desprecio de las leyes internacionales, fruto de mentiras hoy descubiertas y demostradas, y amparado tan sólo en la fuerza y la rapacidad insaciable de quienes promovieron la invasión y de quienes movían los hilos de las decisiones desde su abstracto Olimpo de señores del mundo.

Lo que ahora sucede presenta como aval un acuerdo favorable del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en el que algunos países, no obstante, se abstuvieron y otros, como Alemania, se colocaron al margen de la decisión. España pudo hacer lo mismo pero no fue así.

Una vez más hay que decir que entre lo decidido y lo actuado media un mundo: el que nos lleva de la prevención al ataque. La resolución hablaba de establecer una zona de exclusión aérea que impidiera los ataques de la aviación gubernamental para preservar la vida de los civiles. La realidad sin embargo ha sido muy diferente. Se han producido bombardeos y lanzamiento de misiles contra objetivos diversos y con frecuencia alejados de los frentes. Se han atacado fuerzas de tierra, incluso ha habido ocasión, como se acostumbra, de que haya habido muertos civiles, daños colaterales en la jerga bélica: ¿Qué harían esas pobres gentes colocándose donde no debían con la exclusión de por medio? Tampoco han faltado las víctimas por el fuego amigo, sigue la jerga: vamos, que se han llevado por delante a los que se suponía iban a proteger.

¿Pero quiénes son los suyos? ¿Quiénes son los que tienen su centro de operaciones en Bengasi? Nadie logra darnos razón consistente pero seguro que alguien lo sabe bien. Nada de lo sucedido aunque parezca lo contrario, ha sido fruto espontáneo y casual.

Pero la denominada coalición internacional ya ha hecho su elección. Se han constituido en apoyo firme de los rebeldes de Bengasi. Dieron un paso y ahora deben mantenerlo aunque se acumulen errores y situaciones que serían sarcásticas si no dejaran un rosario de cadáveres a su paso. Ya hablan de enviar fuerzas terrestres. Siempre hacen lo mismo.

En esta ocasión el plan ha sido diseñado con orden, aunque resulta demasiado evidente. Las revueltas surgieron por doquier en los países árabes pero la de Libia se atendió con particular cuidado y toma de postura. Ahora barrunto que sucederá lo mismo en Siria. ¿Recuerdan que eran los que estuvieron a punto de ser invadidos tras la masacre de Irak? Hace unos días en una tertulia televisiva, un periodista se preguntaba por qué habían hecho la campaña de Libia cuando en otros lugares los acontecimientos eran similares o más graves. Otro contertulio con gesto sorprendido respondió: “La verdad, no sé por qué lo hemos hecho”. ¿Era tontería o estupidez? Elijan ustedes pero sobre todo no se crean lo que escuchan porque todo está calculado para darnos la imagen que se desea en función de los intereses de los amos del mundo, y crudamente alejada de la objetividad de lo que sucede.

Esto es sólo una breve reflexión sobre un asunto mucho más complejo. Un comentario que nos sirva para decir nuevamente, con la misma contundencia de siempre: NO A LA GUERRA DEPREDADORA.

 

Revista ADE-Teatro nº 135 (Abril-Junio 2011)

Leer más

Ver más recientes12