Artículos y noticias

Queremos ser europeos. De la crisis en las artes escénicas

2010-12-01

Por Manuel F. Vieites.

Ahora que de nuevo asoman los fantasmas de la intervención en varios países, la sensación de vacío aumenta y por doquier se anuncian recortes, reconversiones, reducciones…, acciones todas ellas que llevan delante el prefijo «re-», que en castellano sirve para indicar repetición, con lo que estaríamos hablando de nuevas medidas que tienden a reducir el gasto, las plantillas, las ayudas, los conciertos… Curiosamente, mientras buena parte del sector productivo contempla con mirada incrédula un futuro incierto, que hace apenas unos años anunciaba una bonanza eterna, algunos sectores, como el del balompié, siguen con el habitual dispendio de dineros y voces vocingleras, mientras las arcas del Estado siguen esperando las deudas millonarias que esas sociedades han contraído a lo largo de estos años, en ocasiones dejando de pagar muchísimo más de lo que a una empresa o a un particular le puede suponer un embargo definitivo e irrecurrible. Es una vergüenza, pero también es un síntoma de la deriva que ha tomado este país.

No hablaré de los sueldos de los jugadores y directivos, que también podría, pero sí comentaré el hecho de que ante partidos transcendentes esos chicos reclamen el apoyo de la afición, la muchedumbre en la grada y la voz agria, bronca y ronca, como si ellos, los que juegan, no cobrasen cantidades impronunciables por hacer su trabajo…, una forma bien chusca de entender la productividad. Finalmente, todos los demás tendremos que hacer lo mismo, y en mi caso, cuando entre en clase pediré al alumnado gritos de apoyo, vítores y pancartas, todo para que yo pueda realizar mi mejor desempeño profesional, para motivarme. Otra vergüenza, que fomenta una apuesta por unos valores más que cuestionables. 

Con todo, aquí y allá, asoman iniciativas, desde el Gobierno de España o desde los gobiernos de las Comunidades Autónomas, que formulan pautas de fomento de determinados sectores productivos, en función de su dimensión estratégica, de su importancia para eso que se denomina tejido productivo. No hace mucho el Gobierno de España proponía medidas en defensa de la minería, un sector que se acaba y que no tiene solución de continuidad, y que sin embargo hay que mantener a toda costa, para no perder tantos puestos de trabajo, los de los actuales trabajadores y los puestos por crear todavía. Diversos Gobiernos Autónomos anuncian ayudas a fondo perdido para apuntalar sectores de su economía que sienten irrenunciables, y así se prima la compra de coches, la construcción de barcos, la promoción del comercio, o la venta de vinos. Se debiera favorecer, especialmente, el sector primario, para garantizar nuestra independencia alimentaria, pero la clase política sabe poco del campo.

Analizando esas medidas de apoyo, de promoción y fomento que se impulsan, podemos leer lo que nuestros gobernantes piensan del país, de la comunidad, del ayuntamiento; considerando los sectores que atienden, observamos que en la mayoría de los casos falta un plan estratégico no sólo para saber cómo incentivar la economía, sino para explicar qué se entiende por tejido productivo y qué sectores configuran ese tejido, cuáles son decisivos, cuáles presentan potencialidades, cuáles debilidades y cuáles son prescindibles, porque también hay sectores que mejor sería no tener.

La clase política se llena la boca, esperemos que sólo sea la boca, hablando del hecho, por otra parte evidente desde hace tanto, de que es necesario crear otro modelo productivo, basado en sectores de actividad que permitan aunar crecimiento, competitividad y sostenibilidad. Se ha hablado mucho, por ejemplo, de la sociedad del conocimiento, y de las ventajas que ese conocimiento podría traer para diversificar la producción y para hacerla más competitiva. Sin embargo, la inversión en educación o en investigación no conoce esas cifras que sí se dan en otros países. Y vuelvo a lo del balompié y a esa deuda astronómica. Pan y circo.

Se ha escrito multitud de veces que, desde hace tiempo, la Unión Europea viene explicando la importancia de que en España se potencien sectores vinculados con la creación y la difusión cultural; sin embargo, la cultura jamás ha sido un sector estratégico de nuestra economía. Es más, cuando la crisis amenaza con acabarlo todo, la cultura es el ámbito en que mayores reducciones, recortes y reconversiones se producen. Se opera como si la cultura no fuese un sector productivo, lo cual dice muy poco de nuestra clase política. Claro que tampoco se puede decir mucho, mírese por donde se mire.

La cultura debiera constituir un sector valioso de nuestra economía, sobre todo para diversificar, enriquecer y potenciar ese tejido productivo alternativo que pueda dar mayor sostenibilidad a ese nuevo modelo del que tanto se habla pero en el que tan poco se hace. La creación literaria, el teatro, el cine, la danza, la música o las artes plásticas…, constituyen pilares básicos para desarrollar ese modelo, pero también son fundamentales en la conformación, conservación y proyección de nuestro patrimonio, en sí mismo una fuente de riqueza; e igualmente para imaginar un turismo diferente, que de la misma manera aporte un valor añadido a nuestra geografía.

Nada se ha hecho desde el gobierno central, y menos desde los autonómicos, para potenciar el mantenimiento del sector, para apuntalar su pervivencia en tiempos tan aciagos. A la mente nos vienen medidas tomadas en otros tiempos y países, en los que la intervención del Estado sirvió para salvaguardar sectores estratégicos. Franklin Delano Roosevelt apoyó un proyecto como el Federal Theatre en tanto suponía mantener un sector que se consideraba fundamental en la cultura norteamericana, y que empleaba un número importante de creadores, de los que la nación no podía prescindir porque formaban parte de su fuerza renovadora.

El hecho de que no sólo no se haga nada, sino que además por todas partes las ayudas a la promoción y la difusión cultural disminuyan, nos da una idea no sólo de la consideración que del sector cultural tiene la clase dirigente, sino del estado en que éste se encuentra, fruto de una política equivocada y errática, pero sobre todo poco atenta a su estructuración y vertebración. Lo dijimos antes y lo repetimos ahora: este ciclo se ha terminado, se necesita una política cultural de corte sistémico, si es que queremos que el sector desarrolle todas sus potencialidades, que son muchas, también para generar los recursos que refuercen su sostenibilidad. ¿En qué consiste una política cultural sistémica? Muy sencillo, para el ámbito de las artes escénicas léanse nuestras Bases para un Proyecto del Ley del Teatro. Aunque, vamos a ver, ¿acaso quien decide embarcarse en la gestión cultural, por ser nombrado o cooptado, no debiera saber algo de política y organización de ese territorio? Pues no, la realidad nos muestra que no, y así nos va.

Y hablando de ayudas a la promoción y la difusión cultural, ya va siendo hora de que las gentes de la cultura (como ellas mismas se denominan) comiencen a argumentar en su defensa y en la defensa del sector, si es que de verdad creen en él y no están de paso. No se puede seguir admitiendo que cuatro “opinadores” desde la caverna, poco profesionales por cierto, berreen en contra de las dichas ayudas y admitan muchas otras, no sólo sin rechistar, sino con alborozo y regocijo. Ayudas directas o indirectas que van a los medios de comunicación, a la Iglesia (y estamos en un Estado no confesional), a la visita del vicario del Vaticano, a la enseñanza privada, a la sanidad privada…, a tantas empresas privadas en suma, por no hablar, insisto, de la amnistía fiscal que padecen los clubes de eso que denominan balompié, o de algunas recalificaciones de terrenos que permiten hacer caja, incrementar el gasto y aumentar la deuda. Increíble pero cierto.

La crisis se ceba en las artes escénicas. Las producciones se reducen al mínimo y la distribución parece ya una tarea imposible, incluso así, con elencos casi imposibles. Habrá quien diga que es una forma de aventar el sector, para separar la paja del trigo. Falso. Al final nos quedaremos incluso sin trigo y tal vez lo único que quede en el cedazo sean los negros granos del Claviceps purpurea. Ya se ven, y amenazan.

Nos gustaría que las artes escénicas, y la cultura en general, se considerasen como un sector estratégico de nuestro tejido productivo, y que pudiesen desarrollar todas esas posibilidades que van desde la generación de empleo a la puesta en valor de nuestro patrimonio material e inmaterial, sin olvidar su contribución a la generación de bienestar como sector que ofrece posibilidades para un ocio diferente, más atento a la dimensión humana del ser. Tal y como ocurre en países de nuestro entorno, como Alemania, Finlandia o Chequia. Ni más ni menos.

En fin, que queremos ser europeos, también para lo bueno…

Revista ADE-Teatro nº 133 (Noviembre-Diciembre 2010)

Leer más

Lo que podemos perder

2010-09-01

En poco más de dos décadas, España se vio privada de un tejido asociativo que se había destacado de forma importante en la construcción de redes de ciudadanía, que fomentaban la participación y la implicación de los más en los asuntos de la república. Aquellas asociaciones, ateneos, y entidades con las denominaciones más variopintas, jugaron un papel importante en el crecimiento de un tejido social y cultural que apoyó con denuedo la presencia del teatro independiente. Debemos recordarlo. Curiosamente, el desarrollo de la democracia vio su desaparición, y no tanto porque sus funciones hubiesen prescrito o caducado, sino porque la desidia y la indiferencia de las instituciones acabó por imposibilitar su consolidación, ante la falta de apoyos. Pero, ahora más que nunca, el movimiento vecinal y el movimiento asociativo y cultural constituyen pilares necesarios en una democracia participativa, pero también en la construcción de tiempos y espacios para que la ciudadanía pueda ocupar su tiempo libre, o su tiempo en el paro, con propuestas que frenen procesos de alienación y exclusión, proyectos de barbarie diseñados con la perfidia de la ley del mercado. 

Ahora que por fin admitimos que llega la crisis, y parece que llega para quedarse, sería bueno que los gobernantes calibrasen con un cierto rigor los efectos de algunas medidas que en apariencia sirven para contener el gasto y fomentar el ahorro, pero que pueden terminar por destruir el escaso tejido con que cuentan algunas manifestaciones artísticas y culturales, sectores importantes de nuestra economía que también contribuyen a crear riqueza, bienestar y patrimonio material e inmaterial. Cabría pensar en otras medidas de ahorro y contención del gasto, que puede que permitieran liberar activos para fomentar la actividad en sectores estratégicos, como la industria de la automoción, la investigación y el desarrollo, las energías renovables, o la creación y difusión cultural.

 Lejos quedan las directivas de la Unión Europea en las que se insistía en las potencialidades de la creación y la difusión cultural en la formación de tejido productivo y en el desarrollo de nuevos bancos de empleo. Pero están todavía próximos estudios diversos realizados en diferentes países, que nos advierten de la transcendencia de ese sector de la creación y la difusión para generar riqueza. No hace tanto, un prestigioso profesor emérito de la Universidad de Vigo declaraba que la cultura y el turismo constituyen en Galicia un sector económico de primera magnitud, con unas potencialidades aún por desarrollar en tanto no se han establecido sinergias entre sus diferentes subsectores: turismo, patrimonio y artes escénicas, por ejemplo.

  

La crisis amenaza el tejido escénico

 A pesar de todo, las artes escénicas siguen vivas y activas, generando en muchas ocasiones una imagen de marca para el país, para una ciudad, para un pueblo o una comarca. Las compañías tratan de mantener su actividad a duras penas, los teatros procuran mantener el cartel, en tanto aquí y allá se suceden los festivales que llenan de algarabía las calles próximas a la sala de espectáculos. Es la magia de esas artes que sólo son posibles con el concurso del público, que crean marcos de encuentro, de relación, de reconocimiento.

 Pese a tantas crisis como han padecido y al hecho probado de que en España sea poco menos que imposible hablar de sistema teatral (habría que hablar de un sistema en proceso intermitente de construcción), las artes escénicas, con sus creadores todos, mantiene vivo el pulso de una relación con sus públicos que parece no decaer, pues tal vez en estos tiempos aciagos, en lo económico y en el debate de ideas, los públicos precisen todavía más ese espejo en el que mirarse y confrontarse, en el que hallar respuestas, con el que reír y llorar.

 Con todo, la crisis y muchas de las medidas que se toman para paliarla -o eso se afirma-, ponen en riesgo, y esta vez de forma dramática, la pervivencia de las artes escénicas. Las cifras que se manejan, en cuanto a funciones canceladas o a rebajas en el precio de una contratación, son preocupantes. Ya no sirven los argumentos, tantas veces utilizados, de que la crisis podría servir para eliminar competencias, clarificar panoramas, o evitar intrusismos. En estos momentos, la crisis amenaza con convertir el campo de las artes escénicas en un páramo, con destruir de forma definitiva el poquísimo tejido escénico existente. Un tejido que será difícil recuperar, pero que, además, supone la base sustentadora de cualquier sistema. Es probable que de seguir, sólo queden cuatro o cinco teatros, en algunas capitales, algún circuito de ámbito local o autonómico y una red estatal mermada y deficitaria en variables múltiples. Algunas empresas (de mercancías teatrales) medrarán, a eso están y eso esperan (mientras se frotan las manos), pero muchas otras, las compañías de teatro, habrán de echar el cierre. Eso ocurrió en los Estados Unidos de América tras la razzia del Sindicato Teatral, y el sistema sólo se recuperó a finales de los años cincuenta, cuando de nuevo el teatro floreció en toda la Unión gracias a las compañías residentes, hoy más activas que nunca.

 Cuando desde esta Asociación proponíamos la necesidad de una Ley del Teatro (mejor de las Artes Escénicas) lo hacíamos conscientes de que la vertebración del sistema, la consolidación de tejido, es una poderosa herramienta para potenciar la dimensión de las artes escénicas como servicio público, pues el bienestar de la ciudadanía también se mide por la calidad y diversidad de la oferta cultural, artística, recreativa. Cuando proponíamos que, al igual que en toda Europa, los teatros debieran ser espacios de creación y difusión, gestionados por creadores y no por mercaderes, lo hacíamos conscientes de que el sistema teatral tiene una capacidad no explorada en nuestro país para luchar contra la precariedad en el ejercicio profesional de las artes escénicas y para garantizar cotas de estabilidad similares a las de otras profesiones, para convertir los teatros en espacios abiertos y llenos de vida teatral. Pero también lo hacíamos sabiendo que esa lucha podría determinar un salto cualitativo de proporciones enormes en la mejora de la calidad de nuestras creaciones escénicas y en la generación y consolidación de públicos. Hablábamos de un modelo que funciona en Inglaterra, en Alemania, en Francia, en Finlandia…, y por eso en estas páginas en tantas ocasiones hemos reclamado la convergencia teatral con Europa.

  

Neoliberalismo versus política teatral de lo público

 No comprendemos entonces cómo en una reciente conferencia de Directores Generales de Cultura celebrada en Madrid, el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música parece delegar su representación y su alocución al plenario en personas provenientes del sector empresarial que en los últimos años han destacado por su insistencia en la gestión privada de la cultura pública, por su defensa del mercado global, por su indiferencia ante el arte. No es concebible que en estos momentos la preocupación más declarada de los responsables del INAEM radique en la internacionalización, idea con la que ya andaban Juan Carlos Marset y Xavier Marcé en sus encuentros sevillanos en tiempos en los que las líneas programáticas del INAEM ya se escribían en agencias privadas (como ahora parece que sea), cuando en España tenemos tantos problemas concretos que afectan a la visibilidad de las artes escénicas entre sus usuarios más inmediatos. Tampoco entendemos lo que puedan tener que decir personas que reniegan de la idea de vertebrar el tejido teatral y aborrecen fomentar la diversidad y la pluralidad, y que peroran ante personas que sí provienen de países en los que el teatro es un bien cultural de uso público ajeno a los avatares de la lucha política. Curiosamente, con tales ponentes ante audiencias tan informadas, España aparece en el concierto de las naciones europeas como el país con la política más neoliberal en materia de artes escénicas, como el país que quiere exportar propuestas para derruir lo público potenciando lo privado.

 Véase la foto. No hace falta ser experto en teorías de la comunicación para comprender la semiología de la imagen. En pocas palabras, la foto muestra quién se siente apocado y quién exultante, quién dice y quién escucha, quién propone y quién ejecuta. Admitiría la foto un análisis más enjundioso y acerbo que tal vez nos obligase a modificar el título de este editorial para que se ajustase más a la realidad de los hechos. No lo hacemos por respeto institucional.

  

La sostenibilidad del sistema escénico

 El INAEM camina por derroteros sumamente peligrosos, como lo hacen otras administraciones autonómicas y locales más interesadas en la dimensión crematística de la cultura, frente a esa otra visión más estructural y que apuesta más por la sostenibilidad del sistema escénico. Y en este viaje, tal vez sin retorno, hay personas, algunas, más bien pocas, que saben lo mucho que pueden ganar, y otras, muchas otras, que no parecen ser conscientes de lo mucho que pueden perder. Los cantos de sirena conducen a donde conducen.

 Lo que podemos perder es una idea de teatro como un ejercicio colectivo de creación y difusión, frente a un modelo empresarial asentado en la ideología, caduca y conservadora, de la industria cultural. Lo que podemos perder es aquella idea de un teatro independiente, libre y plural, conectado con la sociedad, con capacidad para transformar, con una pulsión crítica y emancipadora, como espacio de encuentro y deliberación para toda la ciudadanía. Podemos perder pues esa idea del teatro como república, como cosa pública en el sentido más amplio del sintagma.

 Y a todos compete la defensa de esa idea plural del teatro. Es hora de que las gentes del teatro sepan defender un sector que es fundamental en una economía diversificada, en una cultura que destaque por la diversidad de manifestaciones, para una idea de ciudadanía asentada en principios republicanos. Frente al mercadeo, a la mercancía, y a todo el recetario neoliberal que impregna a quienes gestionan lo público y a quienes desde lo privado se ofrecen para gestionarlo, dando por sentado que es imposible una gestión pública de lo público (una de las falacias más proclamadas), deberemos saber defender un modelo de sociedad basada en principios tan antiguos como la solidaridad, la fraternidad, la igualdad…, y las luces, esas luces que a algunos parecen faltar.

 

Junta Directiva de la Asociación de Directores de Escena de España

Revista ADE-Teatro nº 132 (Septiembre-Octubre 2010)

Leer más

La deificación de los mercados

2010-07-01

Por Juan Antonio Hormigón.

Espero de su recto entender que ustedes comprendan mi perplejidad. Habituado al escudriño de las contradicciones, pocas cosas podían sorprenderme, pensaba. No ha sido así, ¡qué le vamos a hacer! Nos sentimos acosados por la desazón y la zozobra, sumidos en paradojas inverosímiles respecto al origen de nuestros males, inmersos en las tinieblas de no saber lo que nos pasa pero sufrir sus consecuencias implacables. Este sentimiento se acentúa, al cerciorarnos de la sensación de impotencia para reaccionar en que el común se debate.

El sistema –ya sé que se trata de un eufemismo- en su vertiente neoliberal, es decir la entregada rabiosamente a la depredación y el expolio de los ciudadanos, los recursos y la naturaleza, tuvo un absceso crítico hace algún tiempo, fruto de sus ambiciones desmedidas en el marco desregulador en que las realizaba. Ese fue en realidad el fondo de reptiles de la era Bush.

Los gobernantes sacaron pecho y llegaron a hablar de la “reforma del capitalismo”, a fin de establecer sistemas de regulación y control en el sistema financiero y en otros órdenes, que impidieran que lances parecidos volvieran a producirse. En definitiva, ante el cataclismo de la banca financiera acudieron a prestos a su rescate los gobiernos con dinero público, buscando salvar el sistema de la hecatombe.

Nada se reformó. Las solemnes reuniones de los países más ricos no consiguieron alcanzar acuerdos significativos, tejiendo resoluciones que construían un bosque de palabras huecas y retóricas. Pero el gran capital que opera en las sombras recónditas no estaba dispuesto a ver recortados ni un ápice sus privilegios, tan arraigados en su práctica. Más aún, se disponía a hacerles pagar con creces tamaña veleidad.

Sus economistas de casa y boca, grupos de periodistas a su servicio, determinadas agrupaciones políticas de filiación explícita o implícita, sacaron a la palestra todo su arsenal de admoniciones al respecto: disminuir el coste del despido hasta reducirlo al mínimo, bajar los salarios, responsabilizar a los sindicatos de lo que sucedía, decrecer los impuestos y agitar el término: “los mercados” como la nueva abstracción inmarcesible que gravita sobre nosotros y determina nuestra existencia, cual si fueran el poder y autoridad sumas. Las leyes de Atón, Brahma, Zeus, Viracocha, Yahveh, Dios, Quetzalcóatl, Alá o cuantos seres supremos se invoquen, han sido sustituidas por las leyes supremas del mercado, o “los mercados”, como ahora se les nombra con tonalidad grandilocuente. Todo ello alardeando de la economía como una ciencia exacta que posee normas y leyes intocables, muy por encima de cualquier decisión política.

Al unísono extendieronla especie también vejancona, de que lo correcto, lo ineludible era que todo debía privatizarse, incluidas la sanidad, la educación y la cultura, que pasen a ser consideradas simples mercancías. No se alude a la democracia porque la que así denominamos les sirve, pero su horizonte contempla siempre una dictadura implícita que garantice la imposición de sus planteamientos sin oposición, sin sindicatos -o que queden reducidos sólo al nombre-, y sin partidos que adopten actitudes de crítica al sistema dominante. No deja de ser significativo que los partidos neofascistas observen una decidida adhesión neoliberal o ultraliberal, en aquello que toca el conjunto de la economía. Así fue siempre, sólo que ahora ya no lo disfrazan con soflamas sociales como antaño.

También en el horizonte puede percibirse su ansia, contenida de momento, de forjar un nuevo esclavismo para las fuerzas del trabajo, con el disimulo habitual que tienen bien entrenado. Incluso franjas del ejército o la policía pueden privatizarse, como ya sucede en Estados Unidos. Lo que sí dominan es una buena parte de los medios de comunicación, mecanismo por el que difunden sus asertos como verdades reveladas y fomentan con éxito la alienación, el miedo y la desinformación de las multitudes inermes. Contemplar hoy de nuevo la película de Capra Caballero sin espada, constituye un ejemplo palmario de cómo los magnates del gran capital controlan la prensa (ahora también emisoras y televisiones), puestas a su servicio para encubrir sus corrupciones y denigrar con falsas acusaciones a todo aquel que osa oponerse o enfrentarse a sus desafueros.

Estos fieros embates modularon las opiniones de los menos avisados. La población, presa del pánico, cayó de rodillas ante la omnipresencia de los mercados que se presentaba como sustituto de la providencia divina. Muchos asalariados creyeron la memez, que iba acompañada de todos los ritos y subterfugios que utilizan los detentadores del poder económico real desde que los seres humanos supieron que el sol generaba vida, pero desconocían su naturaleza, y otros invocaron su control y designios para atemorizarlos. El miedo una vez más se generó como subterfugio. Me vienen a la memoria aquellas palabras de “El Filósofo” en la Primera Noche del Messingkauf de Brecht:

 “Multitud de los que sufren y corren peligros ignoran las causas de dichos sufrimientos y peligros. Quienes los conocen no son, sin embargo, poco numerosos. Y buen número de aquellos sabe incluso cantidad de cosas sobre los métodos de los verdugos. Pero menos numerosos son los que ven por qué métodos eliminar a los verdugos. La eliminación de los verdugos no tendrá éxito sino cuando los hombres conozcan en número suficiente la causa de sus sufrimientos y de sus peligros, sepan cómo suceden las cosas y qué métodos adoptar para eliminar a los verdugos. En consecuencia, es importante transmitir este saber al número más grande posible de gente”. Tarea fundamental que El Filósofo encomendaba al teatro.

En definitiva, los mercados sentenciaron e impusieron a los políticos gobernantes lo que había que hacer. Iban a pagar los de siempre, dejando a salvaguarda a los ricos y rechazando cualquier forma de impuesto progresivo. ¡Vivan los ricos!, hubieran podido proclamar con sobrada razón. Otra vez la máxima calvinista de que “la riqueza es una expresión de la gracia divina”, volvía a hacerse patente.

Es un absurdo culpar a los gobiernos de lo que sucede, de los ajustes, reformas y otras mandingas. Todo obedece a las órdenes supremas y concluyentes dictadas por los detentadores más altos y ocultos de los poderes económicos, del núcleo más diamantino del sistema. A los gobiernos se les podrá culpar de abandono de sus principios, de permitir que se esfume la independencia nacional, de ser los simples ejecutores de los designios del gran capital, todos por igual, pero no de aplicar medidas que les vienen dictadas, con el acompañamiento de chantajes directos, como en el caso de España, mediante maniobras especulativas y el miedo sembrado desde medios afines que aparentan informar a su servicio.

En todo este proceso, aquí en España, la oposición del Partido Popular se ha regido por actitudes muy alejadas de sus responsabilidades como entidad que aspira a la gobernación del Estado. Su obsesión, un tanto patologizada, por hacerse con el poder, le ha llevado a utilizar cualquier recurso para desprestigiar y denigrar al núcleo gobernante, no pocas veces “ad hominem”, en la persona de Rodríguez Zapatero. Cualquier ocasión o circunstancia le ha sido propicia. Con todo ello ha mostrado una notoria ausencia de criterios que respondieran al interés general, guiándose exclusivamente por sus implicaciones partidarias a corto plazo. Después de pasarse meses hablando de reformas en la contratación o en el presupuesto, cuando esto llega votan en contra y se dicen “los defensores de los trabajadores” (carcajadas). Su objetivo no era otro que provocar la convocatoria de elecciones anticipadas que les lleven al poder. En estricta ortodoxia neoliberal esto es un contradiós. Tampoco se comprende su ansiedad por llegar al gobierno en esta circunstancias, ¿qué es lo que buscan?

Lo que sigue es la patética soflama de todos los días contra todo aquello que ha costado tanto conseguir en el proceso civilizador. También la desinformación sistemática. Una periodista o lo que sea, titulaba: “La convocatoria de elecciones nos hará salir de la crisis” (carcajadas múltiples). Se ha recrudecido el ataque feroz contra los sindicatos, sin coto ni freno. No dicen que desaparezcan, tan solo que sean mansos y se pongan a las órdenes de los amos oscuros. Parece que un vértigo de irresponsabilidad les sacuda. El gobierno sucumbe y uno de sus ministros, vicesecretario además del PSOE, el señor Blanco, proclama: “En este país se ha acabado considerar que hay cosas que son gratis”. Al parecer poco importa que los ciudadanos con sus impuestos, sean quienes sostienen el sistema sanitario, el educativo, la protección social y una partecita pequeña de la cultura.

En este páramo, una leve luz: El diario Público (20-VI-2010) ha puesto nombre y foto a siete tiburones de las altas finanzas que han urdido el complot especulativo contra la economía española. Algo es algo. Tienen rostro y una piedra implacable en el cerebro al servicio de ganar dinero. Poco importa el sufrimiento del común. Esta es la naturaleza de un sistema que si no se cambia, tan solo genera inhumanidad. Ya pueden sonreír con suficiencia los Fernando Fernández, Pedro Schwartz, Bernaldo de Quirós y tantos otros. Lo suyo es ante todo ser los mamporreros del gran capital y de su inhumanidad.

Revista Ade-Teatro nº 131 (Julio-Agosto 2010)

Leer más

La España de Fernando VII

2010-04-01

Por Juan Antonio Hormigón.

El 9 de mayo de 1931 era sábado. Hacía menos de un mes que se había proclamado la República Española, y sin embargo aquella mañana se inauguró el Círculo Monárquico en la calle de Alcalá. Gran parte de quienes quisieron acabar con aquel monarquismo decrépito que había utilizado la Dictadura como última defensa, lo consideraron una provocación. Se produjeron algunos enfrentamientos en la calle entre republicanos y monárquicos. Un grupo numeroso intentó asaltar el edificio del diario ABC, que estaba protegido por la Guardia Civil.

Curiosamente aquella tarde en el Palacio de la Prensa se proyectó por vez primera en España El acorazado Potemkin, filme de Eisenstein, en la que era última sesión del Cineclub de La Gaceta Literaria. Para quienes no siempre recuerdan las contradicciones de aquellos años, conviene señalar que su proyección no volvió a ser autorizada hasta que gobernó el Frente Popular.

Aquella noche Valle-Inclán acudió como de costumbre a la tertulia que se reunía en la Granja El Henar. Varios contertulios, jóvenes algunos de ellos, le contaron los sucesos del día. Entre ellos se encontraba Francisco Pina (1900-1971), quien cuenta en su libro El Valle Inclán que yo conocí (México,1969), que el admirado escritor se atusó la barba con una media sonrisa y exclamó: «Pronto empezará la quema de los conventos».

Los reunidos quedaron en suspenso ante tamaña afirmación. Es posible que uno que otro pensara para sí: “¡Cosas del viejo!”, pero nadie chistó palabra. Puede que estuvieran más pendientes de la actitud levantisca y de terne ardor de cruzado que alentaba Pedro Segura, Cardenal Primado y amigo del depuesto Alfonso XIII, que ya clamaba por la Iglesia perseguida. Tras reunirse en Toledo con prelados y cardenales para establecer los planes de acción e impartir las consignas oportunas, iba a abandonar el país a la mañana siguiente para visitar al Papa, dijeron, puede que ante todo para salir de naja.

El lunes once, varios edificios religiosos de Madrid ardieron parcialmente. El desmán se atribuyó a elementos incontrolados, siempre es lo más sencillo y conveniente. Sin embargo no parece que fuera el pensamiento de Valle-Inclán. Caída la noche, alguno de los presentes en la tertulia de La Granja le expresa su asombro por su capacidad de zahorí adivinador de lo que iba a acontecer. Es fácil el barrunto de que el icono barbado volviera a sonreír con sus ojos tras los espejuelos, antes de replicar con calculada sencillez: «No hay en esto nada de extraordinario. Yo no soy adivino. Lo que pasa, sencillamente, es que conozco un poco la historia de España...»

¡Cuanta razón tenía usted, mi admirado Valle! –Me gusta llamarle así, como lo hacía Azaña en su intimidad-. Usted había escudriñado con sagacidad en nuestro siglo XIX y a donde el documento no llegaba, su alarde intuitivo trazó el resto. Valle-Inclán sabía que en estos casos el dinero compra con facilidad voluntades, no hacía falta mucho. Del mismo modo que se recluta al periodista o al “pensador” para que diseñen las opiniones pertinentes, se alquila al esbirro provocador o al incendiario para que actúe desencadenando desmanes que contribuyan a fraguar los intereses de quienes les pagan. Nunca escasean fanáticos ni obtusos que caracolean entusiasmados en la jarana, creyendo que hacen la revolución.

Él, Valle, lo había percibido demasiadas veces para que se le ocultara que las pérdidas materiales derivadas de los braseros matritenses, eran asumibles sin esfuerzo para los oligarcas del cereal y del olivo, que temían a la urgente reforma agraria; para la Iglesia, que temía perder el control omnímodo de las conciencias, las costumbres, la vida social e incluso el derecho; para algunos círculos financieros y militares –estos especulando tan sólo sobre sus soldados, como si les pertenecieran- y varios más. Todos ellos especímenes de la España que no estaba dispuesta a perder su poder, ni sus privilegios de clase y casta ¿Qué representaban unos miles de pesetas de entonces, a cambio de establecer una causa perceptible para pavor de la ciudadanía, a fin de combatir y derribar a la República? Valle-Inclán sabía bien quién había, como tantas veces, pagado a los incendiarios. Siempre que en la historia de España han despuntado momentos de progreso, han aparecido los oportunos incendiarios para impedirlo y forzar a costa de lo que fuera el retroceso. Las vidas, las humillaciones y la indignidad que provocaron era lo de menos. Es la herencia de Fernando VII que el general Franco llevó al paroxismo del crimen sistemático.

  

2

Ahora los incendios no son reales sino virtuales y diarios. Se enroscan en una campaña pertinaz en la que cualquier análisis o reflexión se sustituye por la invectiva, la descalificación, el desdoro y con frecuencia el insulto contra aquello que buscan destruir. Cualquier hecho, sea de calado profundo o trivial, sirve para el alarde. Se tergiversa la verdad, se arrojan cifras erróneas aunque esgrimidas como evidencias contundentes, se alude a leyes que no existen o que se interpretan como ellos quieren, pero sólo si les interesa, si van en su beneficio; de no ser así, no se las nombra o se las considera inútiles o despreciables. Todo vale para estos asalariados de los poderes fácticos de la extrema derecha.

En este ámbito hay que situar la atención desplegada en los encausamientos contra el juez Garzón. Contrae el ánimo de estupores la pasión con la que ellos han dictado ya las condenas, la descarada repulsa o difamación hacia quienes osan apoyarlo como si no tuvieran derecho a hacerlo, la desfachatez con la que muestran sus inquinas. Al fin y al cabo, Garzón tuvo el atrevimiento de iniciar una causa que implicaba al franquismo y sus desmanes y otra respecto a la trama de corrupción que conocemos como Gürtel, en la que chapotean cargos públicos del Partido Popular. Quieren hacérselo pagar.

El asunto Garzón, si es lícito hablar así, tiene una complejidad mucho mayor sin duda y explicita igualmente reyertas en el gremio judicial. No voy a decir nada al respecto, tan sólo señalaré si alguien ejerció como magistrado en el Tribunal de Orden Público, instrumento represivo de la dictadura franquista por el que muchos fuimos condenados, no puede considerar ofensa que se conozca dicho antecedente biográfico: que cada palo aguante su vela aunque esta sea negra. La cuestión a que esto nos conduce es la de reconocer que no todo se hizo bien en la Transición. Los procesos de desfasticización se llevaron a cabo en toda Europa con mayor o menor fortuna, y no fueron más allá por el cambio estratégico de los Estados Unidos de América del Norte al imponer sus planes de guerra fría. Aquí no lo hicimos y muchas cosas, demasiadas cosas quedaron intactas aunque estuvieran tintas de sangre y sufrimientos de muchos españoles.

Al margen de las consideraciones legales que se esgrimen por parte de la derecha, pensemos: ¿Qué pueden pensar en otros países del nuestro, cuando se admite a trámite y finalmente se encausa a un juez por el hecho de pretender investigar los crímenes del fascismo? ¿Qué opinión puede generarse cuando la demanda originaria correspondió a Falange Española, un grupo fascista y terrorista durante el periodo republicano, al que luego se unió el sindicato de extrema derecha Manos Limpias? Vivimos una época en que el cinismo destruye la ética más elemental de los comportamientos, pero también la dignidad de quien así actúa. Poco les importa.

No he dado nombres ni voy a darlos, sólo faltaría publicitarlos, pero en las últimas semanas hemos oído cosas que no corresponden a un país democrático porque están destinadas a la defensa implícita del franquismo. He visto en una cadena televisiva a un supuesto periodista  de treinta y dos años, sonreír con una mueca de desdén cuando se hablaba de las víctimas del franquismo, y afirmar que estaba harto de esa monserga. Claro que semejante sujeto evidenció a renglón seguido su ignorancia e incompetencia al calificar a periódicos como Le Monde, The Guardian, The New York Times o La Repubblica de ser “los que defienden a ETA”. Del mismo modo he escuchado a un supuesto intelectual de la extrema derecha establecer la diferencia entre los que siguen sus asertos, los ciudadanos, y “la plebe”: quienes no lo hacen y no se pliegan a sus fines. Eso sí es directamente el fascismo señoritil, de chulería y desprecio hacia la razón ilustrada.

En definitiva: la vieja derecha española, la que movilizó a los segmentos populares más ignaros con la colaboración de frailes broncos y montaraces, para imponer a la postre el absolutismo, la que ha proseguido siempre su empeño oscurantista a lo largo de nuestra historia, no está dispuesta a ceder un ápice en su poder y su control. Para ello no vacila en utilizar cualquier recurso y la mentira no es el más grave. Consideran que España les pertenece y que si no son ellos quienes tienen el poder político, los demás son intrusos que hay que eliminar. Por eso han estado desde hace años incluso contra Mariano Rajoy, que ya es estar.

 

 Revista ADE-Teatro nº 130 (Abril-Junio 2010)

Leer más

Jesús de Galilea va al teatro

2010-04-01

Por Manuel F. Vieites.

 En los países de nuestro entorno España acaso sea aquél que más destaque por el hecho, a todas luces insólito y casi inexplicable, de no ser los teatros la casa de las gentes del teatro, y en bastantes ocasiones por no ser siquiera la casa del teatro. Los teatros, salas y auditorios nunca han dejado de ser espacios para el trasiego de mercancías, ahora denominados productos o “funciones” dirigidos a los “clientes”, otrora espectadores. Y ello ha sido así desde mucho atrás. En efecto, hace mucho ya que Jovellanos o Moratín propusieron medidas para la reforma de los teatros y muy poco ha cambiado desde entonces. Los treinta y tantos años de democracia han visto la recuperación de espacios, pero las funciones que esos espacios deban cumplir no han variado un ápice. Siguen siendo espacios vacíos cuya única función es propiciar ese trasiego de espectáculos que vienen y van en ocasiones de forma un tanto aleatoria.

Estos treinta y tantos años de democracia también han visto cómo poco a poco en los teatros, salas y auditorios de toda España se ha ido aposentando un grupo de personas que tienen en común su escasa vinculación con el mundo de la escena pero que finalmente han conseguido convertirse en los gestores de la actividad escénica de los espacios referidos. Llámense programadores, técnicos de cultura o gestores culturales, también tienen en común el haber coincidido en las múltiples ediciones de algún “master de gestión cultural”, que suele tener como finalidad iniciar a un grupo de entusiastas neófitos en los arcanos de la economía de la cultura y la mercadotecnia. Con el título bajo el brazo, teatros, salas y auditorios han sido invadidos por titulados en las más variadas especialidades, donde han asentado sus reales con la intención de no irse jamás. A diferencia de las gentes del teatro muestran un corporativismo feroz, realmente atroz.

El ámbito de la acción cultural en las diferentes administraciones públicas (estatal, autonómica, local…) requiere más que nunca de un análisis racional para determinar ámbitos de actividad y considerar qué profesionales debieran ocuparse de cada uno de ellos. Tal como ocurre en la sanidad o en la educación, que, como la cultura, son importantes servicios públicos. Y ese análisis debe tener como finalidad última considerar en qué medida cabe desarrollar y potenciar eso que denominamos tejido teatral, que debiera ser la base sustentadora de un sistema teatral sólido, estable y sostenible. La situación actual del sistema teatral, derruido pero al que no ha llegado ningún Plan E, demuestra cómo la acción del modelo de la gestión cultural ha servido para minar o eliminar, cuando se ha podido, aquel tejido asociativo y cultural que a finales de los setenta todavía era un ejemplo de participación ciudadana. Ese, y no otro, era el campo en el que los técnicos de cultura debieran haber incidido de forma permanente para hacer ciudades de cultura y para potenciar las culturas de/y en las ciudades. Pero es obvio que esa línea de acción sociocultural implica un trabajo a pie de calle que ni los políticos consienten, porque el ejercicio de la ciudadanía les asusta en tanto evidencia su estulticia, ni los dichos gestores, programadores y técnicos consideran, en tanto lo otro es mucho más cómodo y divertido y además otorga un poder casi absoluto. En el fondo, son los amos del lugar y nada se trasiega sin su plácet y las debidas prebendas. Realmente patético. 

Y del mismo modo que los hospitales son espacios habitados por profesionales de la medicina, o en las escuelas encontramos gentes directamente vinculadas con las ciencias de la educación, los teatros se debieran convertir en la casa de las gentes del teatro. Porque el teatro no sólo se debe considerar lugar de paso y trasiego, sino marco permanente para la creación y la difusión teatral, que no sólo se vincula con los espectáculos sino con muchas otras actividades. Los teatros tienen que estar habitados por compañías de teatro, y los actuales gestores deben ocuparse de aquello que les compete, es decir, de esa gestión que se sitúa siempre en un segundo plano y que permite que los teatros funcionen en los niveles técnico o administrativo. Como en cualquier teatro europeo, en cada uno de los españoles debiera haber una compañía permanente o estable, con una dirección artística competente, y al lado del elenco artístico cabría hacer un lugar para todas esas personas que han ocupado un lugar que a todas luces no les corresponde, ni les favorece. Si son gestores culturales y quieren seguir estando vinculados a un teatro, pues que se ocupen de la gestión, es decir, que se ocupen de las cuentas, de la información, de la promoción, de la documentación y de muchas otras tareas que sin duda son fundamentales, pero siempre bajo la supervisión de la dirección artística del teatro. Lo demás, todo lo demás, debiera ser responsabilidad de las personas que saben de teatro, sea porque es lo que han estudiado, sea porque es de lo que se han ocupado a lo largo de su vida profesional.

Ello coloca, sin duda alguna, a los profesionales de las artes escénicas ante un compromiso histórico, que consiste en demostrar su capacidad para gestionar un teatro con criterios máximos de rigor y de excelencia. Y coloca a las escuelas superiores de arte dramático ante otra responsabilidad ineludible, como es la de proponer una titulación específica en gestión y dirección de espacios escénicos, o la de proponer un master propio en gestión y dirección de espacios escénicos y otras líneas de formación y actualización. Todos tenemos pues nuestras responsabilidades, y hemos de asumirlas sin demora. 

Recuerdo el episodio aquél en el que Jesús de Galilea expulsaba a los mercaderes en el templo para reclamar de las gentes del teatro que tomen conciencia de la necesidad de recuperar para las artes escénicas los espacios que por naturaleza les son propios. Así llegará el arreglo de los teatros y así tendremos, finalmente, un sistema teatral equiparable al de los países europeos más avanzados en el ámbito de las artes escénicas. ¿Quién no quiere ser europeo?

 

PD. Sabemos que en España hay gestores, programadores y técnicos que, a diferencia de la tendencia dominante, realizan un trabajo encomiable. Pero son excepción. Para ellos y ellas nuestro reconocimiento.

Revista ADE-Teatro nº 130 (Abril-Junio 2010)

Leer más

Terremotos e ignominias

2010-01-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

El terremoto de Haití nos ha arrojado a la cara las realidades de un tercer mundo famélico y contrito, sobre el que descargan, como en tantas ocasiones, los desastres. Los oráculos infames de la extrema derecha mediática dictaminaron hace unos días, que del estado de ese país tienen la culpa sus gobiernos. Ya saben la cantinela: los pueblos son brutos e ignorantes por infusa torpeza, no por quienes los mantienen en la ignorancia. Hemos recogido un artículo de Eduardo Galeano sobre ese trozo de isla caribeña que ilumina con crudeza lo que ha sido la historia haitiana.

El neoliberalismo salvaje y desregulado nos ha conducido al vendaval que llevamos padeciendo y que hemos dado en denominar “la crisis”, con esta afición por etiquetar de forma lacónica asuntos más complejos. Estamos ante una crisis, sí, pero del sistema económico y de sus falacias. Los políticos intentan aplicar, aquí y en todas partes, medidas que nada tienen que ver con la ortodoxia neoliberal, pero no se atreven ni por pienso a enunciarlas como tales. Medidas en cualquier caso que no abordan la raíz de los problemas.

Muchos de los que se denominan expertos en economía y los periodistas que por su nómina tienen el encargo de vocear dichos supuestos, no sólo no han reconocido nunca que esto sea así, sino que culpan aquí, en España, al gobierno existente de todos los males. Bien es verdad que como lo culpan de todo, desde las nevadas a la muerte de Manolete, su credibilidad no es precisamente grande. De todo menos de lo que deberíamos exigirle a un gobierno responsable que no es otra cosa que gobernar para las grandes mayorías, impedir los desmanes de los trileros del gran capital, de quienes sólo piensan en sus beneficios propios en detrimento de los intereses de la ciudadanía, de una educación y una sanidad esmeradas, de una decidida protección a la cultura y no a su versión industrial, etc.

En los días pasados, tras ese anuncio por sorpresa del proyecto de ascenso de la edad de jubilación emitido por el gobierno de la nación, había que ver a los neoliberales de casa y boca exultar de gozo, aparecer sonrientes en las cadenas amigas poniendo toda su batería de propósitos sobre la mesa. Los Fernando Fernández, Pedro Schwartz, Rodríguez Braun y otros, se explayaron en su reclamación de una rebaja de salarios, un aumento de la edad de jubilación, una llamada a los planes de pensiones privados –aquello que se hundió en Chile y otros lugares- porque la Seguridad Social amenazaba quiebra, dejar de gastar tanto en educación, sanidad pública y asuntos sociales, ya no digo en cultura.

El señor Fernández en particular, rector de la Universidad privada Antonio de Lebrija, con sonrisa de oreja a oreja espetó en Telemadrid: “Ya pueden ponerse como quieran o hacer huelgas o movilizaciones, hay que bajar los sueldos, acabar con el Estado de bienestar” y varias cosas más que son las habituales. Este caballero, economista principal del Fondo Monetario Internacional durante años, lleva adelante con denuedo una cruzada en este sentido. Valdría la pena establecer las conexiones entre lo que defiende y sus intereses inmediatos. Valdría la pena pero no es el momento ni el lugar.

Puede que las sonrisas se vayan helando, pero sería una inconsciencia deplorable no estar atentos a lo que pretenden y preparar las respuestas adecuadas. No es fácil percibir que detrás de todo se esconde el intento de un retorno al estado de cosas de hace un siglo o más, o el del franquismo sin ir más lejos, en que los trabajadores sin derechos daban rendimientos astronómicos a los empresarios. Cerrar los pasos a sus falacias con acciones concretas, justas y responsables, sí es una obligación ineludible del gobierno.

 

Revista ADE-Teatro nº 129 (Enero-Marzo 2010)

Leer más

Teatro, obra pública y Presidencia Europea

2010-01-01


Por Manuel F. Vieites.

Hemos de proceder de tal manera que no nos sonrojemos ante nosotros mismos.

Baltasar Gracián.

 

En el haber de Franklin Delano Roosevelt está sin duda la formulación de un modelo de acción política, que el denominó “New Deal”, y que estaba destinado a promover la actividad económica a través de una fuerte inversión pública para crear infraestructuras o promover servicios. Entre estos, estaban la educación pero también el teatro, y así en 1935 se pone en marcha el Federal Theatre Project que tenía como finalidad tanto combatir el paro entre los trabajadores de las artes escénicas como ofrecer diversión, educación y entretenimiento a muchas familias que carecían de recursos para poder acceder al consumo de bienes culturales. El bienestar consistía entonces en satisfacer necesidades diversas, desde las materiales a otras más relacionadas con el cultivo del espíritu. El teatro, para el equipo de Roosevelt era un sector estratégico de la economía del país, y en el teatro también cabía pensar en obra pública, tanto a través de la construcción de espacios como en la dotación de recursos para su pleno desarrollo. Teatro y otras artes escénicas como el ballet o la danza.

Acertó también el gobierno de Roosevelt en la elección de las personas que habrían de colaborar o dirigir proyectos al amparo de aquel proceso de descentralización. Entre ellas estaban su directora Hallie Flanagan, pero también Arthur Miller, Orson Welles, Elmer Rice, Susan Glaspell, Joseph Losey o John Houseman. Un conjunto de creadores con los que se construyó una de las más notables experiencias de promoción del teatro, que si bien fue rápidamente desautorizada y suspendida por el Congreso, supuso una demostración palpable de que la inversión pública en teatro siempre acaba de tener un retorno social, cultural y artístico incuestionable, porque al amparo de aquella experiencia se forjó una generación de nuevos actores y actrices, directores o dramaturgos, que habrían de potenciar una profunda renovación de la escena norteamericana.

La creación cultural también puede ser un sector estratégico y también puede ser potenciada desde la administración, porque genera empleo, riqueza y bienestar, pero también diversifica y refuerza un tejido productivo que destaca por su sostenibilidad. Múltiples indicadores han mostrado recientemente que pese a la crisis, el público de teatro no sólo se mantiene sino que aumenta. Incluso encuestas recientes nos vienen a decir, como recordaba Alberto Fernández Torres en estas páginas, que la reforma del teatro, su promoción en suma, es una de las acciones prioritarias que en materia cultural la ciudadanía reclama del gobierno.

No hace tanto, conocidas personas del mundo de la cultura, reclamaban del gobierno un cambio en su política cultural, amenazando incluso con llenar la Plaza del Rey. Debieran reclamar igualmente que el gobierno tomase buena nota de experiencias notables como la antes comentada, para entender (el gobierno) que las artes escénicas también debieran tener cabida en esos planes de fomento de la inversión pública para generar empleo. Hablo, claro está, del Plan E, que de nuevo quiere revitalizar la industria del ladrillo. En numerosas ciudades y pueblos del país se ven carteles enormes anunciando zanjas, alicatados, adoquinados, asfaltados, alcantarillas y otras mejoras de vías públicas. No están de más, ciertamente, pero también cabría imaginar que una parte de ese dinero fuese para educación y cultura, para potenciar la investigación, la creación o la difusión en los campos de la ciencia, las tecnologías, las artes; para crear incluso empleo estable en el campo de las artes escénicas. Con el Plan E se podrían haber creado algunas compañías residentes o estables en algunas ciudades del país. De nuevo el gobierno apuesta por una política crematística, asentada en el simulacro. 

El ejemplo del Federal Theatre le cae muy lejos a nuestros gobernantes y al conjunto de nuestra clase política, no tanto por la distancia temporal cuanto por la intelectual o la ideológica. Tanto en lo que atañe al diseño de programas para incentivar sectores productivos y estratégicos (y la creación cultural lo es) como en la elección de personas para desempeñar cargos de responsabilidad. Frente al mérito y la capacidad, en este país se apuesta por la capacidad trepadora y depredadora. Así nos va. Prima la potestas y se denigra la auctoritas. Y en este caso, bien cabría decir que “quod Salmantica non dat, natura non praestat”.

Y en estas se nos cae encima la Presidencia Europea y nos entra un cierto sonrojo pensando en lo ridículo que puede resultar que un país que está a la cola de Europa en tantas cuestiones se ponga ahora a organizar la casa común europea, cuando la suya propia está poco menos que destartalada. No acierto a imaginar qué pueden decir nuestras autoridades culturales en materia de artes escénicas, aunque a lo mejor todo eso sirve para que se enteren un poco de cómo andan las cosas en Francia, Inglaterra, Eslovaquia o Alemania y deciden copiar lo que allí ven, y además deciden copiar lo bueno, y no lo aparente. Pero no quisiera dejar de señalar que lo que se aplica al gobierno central es aplicable, salvo muy contadas excepciones, a gobiernos autonómicos, provinciales o locales.

El despropósito en que hemos vivido en los últimos años, con una política cultural inmovilista, conservadora y tradicionalista, ha dado como resultado el que en muchos órdenes de la acción cultural España no sea un referente en nada, salvo en las oportunidades y potencialidades perdidas, ignoradas, desconocidas. En el campo de las artes escénicas la situación no puede ser peor, y no parece que haya perspectivas de cambio. Suponemos que la Presidencia Europea permitirá hacer encuentros, congresos, seminarios, giras y otros fastos y eventos, para mayor gloria de lo efímero, del derroche y de la banalidad. Y al final de los seis meses veremos que la Presidencia ha sido, pero nadie podrá decir cómo ha sido, porque la realidad es que no será más que para que unos pocos viajen, practiquen idiomas y degusten viandas. Lo de siempre. Puro franquismo.  

No hace tanto, una “miembra” del partido de gobierno de España hablaba de una conjunción de astros que convertiría el mundo en poco menos que la nueva paraísa terrenala. Al final, la conjunción de astros acabará por no ser, y España habrá perdido una oportunidad más de hacerse respetar o simplemente de aprender. Recordando aquella magnífica obra que Ionesco tituló Rinoceronte, no dejo de pensar que el camino que llevamos es el de ser la nación del Perogrullo, el Reino de Estulticia. 

 

Revista ADE-Teatro nº 129 (Enero-Marzo 2010)

Leer más