Artículos y noticias

Patrimonio y tejido cultural

2005-12-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Radio Clásica de Radio Nacional de España emite los domingos, a la una de la tarde, un programa excelente. Se titula "Las cosas de Palacios", habida cuenta que este caballero es quien lo diseña y realiza. Se trata de un bien articulado montaje de intervenciones breves y analíticas de la realidad cultural, con composiciones de las más diversas estirpes. Su objetivo es defender la denominada música clásica, lo que no le impide incursionar en los teritorios sonoros más diversos, a la par que establecer las pautas críticas de la situación cultural que atravesamos.

El pasado domingo 28 de noviembre, Palacios se centró en la pérdida de público en las salas de concierto. Las muchas y excelentes infraestructuras musicales que se construyen, pueden hacernos pensar -aseguraba- que estamos en el mejor de los mundos, pero los problemas siguen ahí, se agravan, y un día comprobaremos que se ha producido la catástrofe. Casi al concluir señaló: "España en el terreno cultural se encuentra en el vagón de cola europeo".

Aquella lacónica consideración me produjo un cierto latigazo espiritual. Después de tantos años de repetir alertas parecidas, alguien venía a decir lo mismo. Al referirse a un terreno específico como el musical, nos quitaba la venda respecto a un estado de cosas que suponíamos desde la ingenuidad que era más estable y sólido. Parece que no es así. En España queda casi todo por hacer para alcanzar el nivel del continente, en el teatro muy en particular.

Es frecuente escuchar los lamentos que se propalan aquí y allá, respecto a las dificultades de establecer relaciones fructíferas con el público. Quizás debamos comprender de una vez por todas que no podemos  seguir confundiendo el negocio del ocio con el disfrute cultural. Hay muchos interesados en que dicha confusión se sostenga y acreciente y la consecuencia es la pérdida de relación positiva con los públicos potenciales. Ese es uno de los peores síntomas de que seguimos instaurados en el vagón de cola. La obsesión por universalizar el ideal receptivo de la cultura según los criterios emanados de las cotas más altas de la televisión, es una añagaza de los más perversos enemigos de la cultura y hunde en los abismos de la frustración a los sujetos actuantes.

Por otra parte, el problema básico de la consolidación y crecimiento cultural pasa de forma indefectible por la cohesión y sostenimiento del patrimonio, así como por el desarrollo del tejido productivo y recepcion. Asentar el patrimonio no sólo supone la preservación del legado sino la continuidad de aquellas iniciativas estables que generan cultura. Crear tejido implica el crecimiento y distribución patrimonial en el territorio y su interrelación positiva y estimulante. Sorprende que los políticos que se ocupan de la cuestión, nada enuncien en este sentido, nada sepan y en consecuencia no construyen proyectos de gobernación coherentes. Parece que en esta cuestión vivamos al día, tratándolo como si fuera un problema de mercadeo minorista y no como  algo inherente a la entidad y condición civil de la ciudadanía.

Quizás únicamente por esta dejación y desidia puede entenderse que hace años hubiera planes para suprimir Radio Clásica, que fue salvada "in extremis" por una activa campaña de los oyentes. Que ahora haya rumores de cierre de la Orquesta de Radio Televisión Española, tras una larga y fructífera historia. Algo que sería impensable en cualquier país de los que viajan en los vagones de cabeza. Que no se hayan realizado apenas esfuerzos para establecer una sucesión de teatros públicos en toda España y se haya consolidado su estatuto para evitar que sean teatros de Corte o proyectos de índole diversa sostenida por dinero público. Podríamos seguir porque ejemplos no faltan.

¿Cuándo dejaremos de pensar exclusivamente en el negocio y creeremos seriamente en la cultura, en su consolidación patrimonial y el desarrollo de su tejido productivo y receptor? No hacerlo es lo que nos mantiene en el vagón de cola europeo.

 

Revista ADE-Teatro nº 108 (Diciembre 2005)

Leer más

Arde España

2005-10-01

Por Juan Antonio Hormigón.

Quizás el verano pueda parecernos un tanto arcaico y algunos encuentren este comentario obsoleto. Pensar así es caer en la trampa de la vorágine informativa que nos desinforma, del tumulto de voces que nos impide madurar las palabras y sus sentidos, de la acumulación de novedades que dejan paso inmediatamente a otras olvidando las anteriores y dejando de hablar de ellas. Las cosas son noticia cuando lo deciden los medios y dejan de serlo de igual modo, más aún si lo ordenan quienes les mandan.

La obligada ausencia de un desasosiego semejante nos impide responder de inmediato a lo que sucede, pero propicia como disyuntiva compensadora que podamos recoger aquello que en nuestra opinión la memoria debe conservar. Tan respetable es una cosa como otra, siempre que las hagamos con honestidad y coherencia.

La memoria emergente de este estío está teñida de llamas destructoras, de rostros ennegrecidos, de depredación inicua, irracional y perversa. España ha ardido de punta a cabo. Es una historia que se repite año tras año, que destruye nuestro patrimonio natural, que desertiza el territorio sin que al parecer sólo algunos se den cuenta de la barbarie que eso supone y del riesgo que entraña para nuestra propia supervivencia.

El terrible incendio de Guadalajara, no mayor que muchos otros que ha habido, tuvo la desgracia añadida de cobrarse la vida de un retén que combatía en su extinción. Sólo entonces el gobierno de la Nación sacó adelante un decreto que prohibía hacer fuego en el campo en todo el territorio. Esta medida rige desde hace muchos años en numerosos países europeos, mucho más húmedos y fríos que el nuestro.

La mentalidad desarrollista que se instauró en el último periodo del franquismo, no ha hecho sino crecer con los gobiernos de la democracia, llenar sus velas con el pragmatismo economicista: todo vale para ganar, acumular y enriquecerse. Estos principios poco tienen de ético pero ni tan siquiera de cristiano en su sentido lato, aunque para superar ese pequeño problema bien se puede recurrir al calvinismo a la gringa en cualquiera de sus manifestaciones. Al final llegamos al paradigma cotidiano: la posibilidad de construir unos cuantos adosados propicia cualquier iniquidad como incendiar los bosques, acabar con especies animales y ecosistemas, destruir el habitat en definitiva con  casi absoluta impunidad.

La mayor parte de la quema de España la ejecutan profesionales del incendio, incluidos algunos que sientan plaza en las brigadas de extinción. Aparte de contados casos de psiquismo extraviado, los otros están motivados por razones economicistas: recalificación de terrenos para urbanizarlos, materia prima barata para pasta de papel, pleitos atávicos de ganaderos, etc. Queda el caso de la barbacoa o la paella campestre, gobernadas por irresponsables que ignoran el riesgo que entraña esa costilla o cucharada de arroz si el fuego que precisan se descontrola.

En ocasiones nos asalta el barrunto de que España no se ha constituido como una comunidad de ciudadanos, sino como masa gregaria de siervos enriquecidos en poco tiempo. Avanzó en la senda de erigirse como tal en el primer tercio del siglo XX, y el franquismo socavó hasta los cimientos la noción de ciudadanía responsable para imponer un ordenancismo chusquero y una sumisión jerárquica incontestable. El largo periodo de democracia que felizmente disfrutamos, no ha logrado extinguir todavía dicha mentalidad en muchos, a pesar de los alardes que puedan hacerse.

España se ha caracterizado siempre por hacer las leyes cuando las catástrofes se han producido. Causa sonrojo la actitud de la oposición parlamentaria, cuyo partido detentó el gobierno de España durante dos legislaturas, reclamando ahora lo que ellos tampoco hicieron. Esto se produce en el ámbito político a cada paso: los que se oponen no generan proyectos de gobernación que proponer a la ciudadanía, se limitan a decir lo contrario de quien gobierna, sea correcto o no, y a demandar que se haga en pocos días lo que ellos tampoco hicieron cuando gobernaron. Quizás algunos de los profesionales de la política piensen que somos tontos y se nos puede seguir engañando con palabrería. Ciertas gentes se dejan engañar sin duda, y en conjunto no exigimos a los políticos ni a los cargos públicos que cumplan con su misión: ser honrados servidores del pueblo y emblemas de conducta que se erijan en referencias.

Pero España, mi país, un país en el que por razones familiares, laborales, culturales, afectivas, económicas, de disfrute y placer me siento gallego, catalán, vasco, aragonés, andaluz, extremeño, canario y de todas y cada una de las regiones que lo configuran, arde también por otras muchas causas y razones. Hay quienes en aras de un nacionalismo cateto se dedican a soñar con una fragmentación de retales que sólo es engendradora de decadencia. Se hiperbolizan diferencias anecdóticas convirtiéndolas en sustantivas, sin percibir las nociones reales de identidad. Se ignora la voluntad de la ciudadanía que percibe que no son esas las cuestiones que deben ocuparnos, etc.

En el debe de este gobierno, lo decimos una vez más, hay que anotar su inacción y su carencia de interés por la cultura, aunque se engolfe en los fastos pirotécnicos que son su antítesis. Un gobierno ilustrado debe saber discernir entre lo populista y lo popular, lo elitista y lo cívico, lo mercantilero y lo artístico, etc. Hacer de la cultura en definitiva algo intrínsecamente ligado a la cotidianidad de los ciudadanos. Tendría que preocuparles que tengamos la liga de fútbol más importante del planeta, seamos también los primeros en consumo de cocaína y ocupemos la última plaza en cuanto al rendimiento escolar de nuestros bachilleres. Problemas estos a los que hay que dar respuesta y hallar soluciones.

 

Revista ADE-Teatro nº 107 (Octubre 2005)

Leer más

Nueva Orleans: una cruel evidencia

2005-10-01

 

Por Antonio Urzainqui.

Hay ocasiones en que la naturaleza tiene manifestaciones que nos resultan crueles. Es una constatación de quienes los padecen, pero que no se sitúan en la lógica de los acontecimientos. Los seres humanos han ido conociendo mejor la causa y características de los diferentes meteoros y aprendido a detectarlos, prevenirlos y responder a su violencia. Hacer ésto sólo es posible cuando tratamos a la naturaleza con respeto y reconocemos que sus leyes no son las nuestras, y que nuestra defensa debe ser colectiva y los individualismos la agravan.

La Humanidad que todavía sigue observando la naturaleza, comprende las señales y sabe lo que anuncian. Los habitantes de algunas islas asoladas por el sunami, vieron horas antes como mamíferos y aves se alejaban de las costas y se dirigían al interior. Hicieron lo propio y salvaron sus vidas. Hemos visto imágenes sobrecogedoras de gente contemplando la ola gigantesca que avanzaba, sin moverse. Han contemplado tantas catástrofes en el cine y la televisión que aquello les parecía un espectáculo en directo. No lo contaron.

La ciencia nos ha permitido desarrollar mecanismos de detección y de seguimiento de terremotos, huracanes, maremotos, etc. También ha establecido unas pautas para reducir sus consecuencias. Las construcciones antisísmicas absorben en buena medida las convulsiones demoledoras de los estratos; una pronta noticia permite el abandono del terreno; un pararrayos atrae la descarga terrible y la conduce a tierra, etc.

Pero a veces las comunidades, las formas de vida, la presunción de dominio, hacen que se olviden estos principios. Se construyen ciudades por debajo del mar, se disputa al océano su territorio, se invaden ríos y torrentes con construcciones, se alteran los protocolos de seguridad, se obra con negligencia y falta de personal. En el origen de todo está el dinero; el dinero no para vivir con holgura sino para obsesionarse con la posesión, con el poder, con la ambición que crece como un cáncer hasta destruir cualquier sentimiento humanitario.

Lo sucedido en Nueva Orleans se ha convertido en una macabra metáfora de lo podrido e inicuo de un sistema, que hace de las lacras antedichas exaltación y sinónimo de virtud. No voy a insistir en aspectos relativos a la masacre que allí se ha producido porque se ha dicho tanto, que resultaría redundante. Se ha responsabilizado al grupo de poder de la presidencia de no haber firmado el convenio de Kioto y sufrir las consecuencias, de carencia de planes de emergencia, de evacuación, de respuesta ante la destrucción masiva, de recorte de fondos para reforzar los diques de una urbe que en su setenta por ciento se ha construido varios metros por debajo del nivel del mar, etc. Se ha dicho -¡ahora!- que los soldados hacían falta allí y no en Irak, como los recursos que a ello se destinan.

Todo este rosario de invectivas podría resumirse en algo que en estas páginas se dijo hace tiempo: la primera víctima del gobierno estadounidense es su propio pueblo. De pronto mucha gente que se ha creído lo que el cine hecho propaganda les muestra y lo que tantos pequeños esbirros de su poder airean, han visto con escándalo que era mentira. Nueva Orleans contenía enormes bolsas de miseria similares a la de los países más deprimidos, tasas de violencia, de drogadicción, de desapariciones, escalofriantes. Es lógico que los providencialistas hayan invocado súbito la variante del castigo divino a tanto desastre, pero hay que joderse con esa divinidad aludida que se lleva por delante a los pobres, a los desamparados, a los más débiles y deja que la procacidad de los responsables quede impune.

En su primera aparición, las palabras iniciales de Bush fueron: «Estamos luchando contra el terror...» Al parecer nadie le había cambiado el soniquete de tanta palabrería huera, ni informado que el «Katrina» era un huracán, no un grupo cualquiera de terroristas. Parece un boxeador sonado, nunca me ofreció otro aspecto. Una madre cuyo hijo soldado murió en Irak, quiere que le reciba este sujeto para responderle cuando le diga defendiendo la democracia y la libertad, que miente. Ya es mayoría la proporción de ciudadanos estadounidenses que están contra la guerra de Irak y de Nueva Orleans. ¿Quién estaba en lo cierto cuando millones de ciudadanos de todo el mundo se manifestaron contra esa barbarie y las consecuencias que ha provocado?

Los reaccionarios de nuestro tiempo que con frecuencia tanto invocan la democracia, la entienden simplemente como forma de elegir un caudillo. Consienten que haya un periodo para la reyerta, que no el debate, y luego le otorgan al vencedor -sean cuales sean los medios utilizados- poderes casi absolutos. Consideran el diálogo y el acuerdo como una debilidad y exigen un «liderazgo fuerte» como garantía de que el dominio de los que dominan seguirá siempre igual. Muchos estadounidenses quisieran que su presidente fuera como el que oficia en El ala oeste de la Casa Blanca, pero cuando eligen lo hacen por su antítesis, que ha llegado a extremos patéticos y paródicos con un tal George W. Bush. Las primeras víctimas son ellos y en ocasiones sólo lo alcanzan a comprender a través del dolor.

Revista ADE-Teatro nº 107 (Octubre 2005)

Leer más

El agrio aroma de la traición

2005-07-01

 

Por Laura Zubiarrain.

Hace unos días, un colega de una entidad de gestión cultural de las que existen en España, nos dijo sin ambages: "el Gobierno nos ha traicionado". En su opinión, las gentes de la cultura merecían ser tratadas de otro modo, con más respeto y consideración por parte del Gobierno. Pero ante todo debía haber respondido a las expectativas generadas en circunstancias tensas, cuando gran parte del mundo cultural se movilizó contra la guerra o mostró su desacuerdo con la opacidad y ausencia de iniciativas del ministerio del ramo en la pasada legislatura.

Todos creaíamos que iba a producirse un cambio de actitud, de comportamiento por parte de los responsables de los diferentes departamentos, que se generarían proyectos en el ámbito cultural y las líneas de acción, habría una participación activa de la sociedad civil cultural, etc. No ha sido así, más bien todo lo contrario, y el estupor nos invade día a día. En muy diferentes ámbitos de la cultura se repite con insistencia que parece que todos los enemigos se hayan reunido en el Ministerio de Cultura.

Quizás el Presidente del Gobierno esté mal informado, pero es cierto que las decisiones primeras fueron suyas. Ignoro si ha concedido el valor que tiene la declaración de editores y libreros pidiéndole que asuma las cuestiones de cultura y educación. ¿Se ha preguntado por qué? Sabe por ejemplo ¿cómo se han formado las comisiones que han dictaminado sobre el interés y proyectos merecedores de cooperación? Conocemos algunas y es sonrojante que se llame a "cualquiera", sin ninguna idea de lo que va a tratar, y que éste o ésta se permita emitir opiniones contundentes sin conocer el asunto al que se hace referencia. Nunca antes se había llegado a algo así.

La dimensión de este asunto es mucho mayor que la simple decepción y el escepticismo que cala en los sujetos culturales. Todo esto le pasará factura si no es capaz de corregirlo de inmediato. Lo sabemos por experiencia. La cuestión no consiste en recibir en la Moncloa a ilustres agentes culturales como Bisbal y adláteres, ni asistir a cenas frías con determinadas gentes que por el momento es mejor no citar para evitarnos el sonrojo, ni asistir al Festival de Mérida para que la cámara  lo recoja con propiedad. Todos sabemos que no tiene demasiado interés por la cultura, pero es obligación suya gobernar bien y cumplir las expectativas que abrió. Será una lástima que una vez más la cultura, no el espectacularismo, salga herida y maltratada de este envite y se engrose el número de quienes decidan no votar de una vez por todas.

Revista ADE-Teatro nº 106 (Julio-Septiembre 2005)

Leer más

Memoria del Vietnam

2005-07-01

 

Por J. Urzainqui.

Lo terrible de las guerras no son tan sólo los muertos, inválidos y destrucciones que provocan, sino sus secuelas. Algunas se prolongan a lo largo del tiempo tanto en el plano moral, como psicológico, físico, económico, etc. Así ha sido a lo largo de la existencia humana en este planeta, pero se ha acentuado en el último siglo merced a la utilización de armas de destrucción de carácter nuclear, químico o bacteriológico.

El pasado 26 de junio, la 2 de Televisión Española dedicó su espacio La noche temática al recuerdo de la guerra de Vietnam, sus consecuencias posteriores y el presente de aquel país. Se presentaron una serie de documentales muy bien elaborados, que analizaban diferentes aspectos de lo sucedido en el sureste asiático desde fines de los años cincuenta hasta casi hoy.

Quizás muchos y en particular los más jóvenes, hayan olvidado ya aquella querra inicua, como todas las que determina la agresión imperialista, pero fueron muchas las lecciones que nos dejó, las movilizaciones que produjo, las pasiones que encendió. Incluso creímos que se iniciaba un periodo de esperanza en que las actitudes belicistas pudieran ser desarmadas por la voz de los ciudadanos; desgraciadamente luego hemos visto, merced a la apatía, traiciones y abjuración de principios de tantos, que aquello era tan sólo una ilusión.

En la guerra de Vietnam sucumbieron cincuenta mil soldados estadounidenses y tres millones de ciudadanos del país agredido entre combatientes y población civil. Los primeros, a los que habría que añadir muchos más heridos e inválidos en grados diversos, provocaron una honda crisis moral en Estados Unidos. La mayor parte sin embargo no fue consciente de la magnitud de la carnicería y destrucción que sus gobernantes habían causado. Algunos lo descubrieron más tarde, cuando testimonios, documentos y flagrantes mentiras utilizadas como justificaciones de la agresión, salieron a la luz.

Vietnam padece además las consecuencias del agente naranja, utilizado por el ejército estadounidense para labores de desfoliación de la selva unido a los bombardeos masivos que llevaron a cabo. La catástrofe ecológica que todo ello ha provocado tardará un siglo, según dicen, en ser reparada. La flora selvática autóctona ha quedado arrasada en buena parte del país. Con ella han desaparecido los elefantes, tigres y demás especies que habitaban en ella. A esto hay que añadir la supervivencia y aumento de las tasas de dioxina, fruto letal del agente naranja, en las aguas de las zonas afectadas por los bombardeos. Su ingesta provoca alteraciones en la cadena de ADN y en consecuencia, la aparición de diversas malformaciones, tumores, etc.

Los documentales ofrecían imágenes terribles de fetos inviables, de niños sin miembros, con deficiencias notorias, etc. La masacre de aquella guerra de agresión se ve prolongada muchos años después por esta barbarie silenciosa: la ciencia puesta al servicio de la destrucción acarrea estos pavorosos desastres. Sin embargo ante situaciones similares que se han producido en diferentes ocasiones, los gobiernos parecen olvidarse de todos estos hechos y se refugian en el soniquete de los "aliados incondicionales".

Cierto número de estadounidenses que se movilizaron de forma contundente contra la guerra de Vietnam, denuncian ahora las consecuencias de todo aquello. Los estudios científicos corroboran la espeluznante contaminación por dioxinas que ahora padece. Pronto tendrán que hacer lo mismo con Irak, porque cuando sepamos lo que realmente ha sucedido, desde las mentiras de las que se sirvieron la pandilla de las Azores hasta las masacres, torturas y salvajes procedimientos utilizados, una vez más tendremos que reconocer que al imperialismo hay que combatirlo por amor a la humanidad, como dice el Don Juan de Molière.

 

Revista ADE-Teatro nº 106 (Julio-Septiembre 2005)

Leer más

Palabras y hechos

2005-04-01

 

Por Laura Zubiarrain.

El director de esta revista me ha pedido que sea yo quien se ocupe de hacer el comentario referente a cuestiones relativas a la sociedad y el mundo que nos rodea. Me ha confesado y lo ha hecho también a otros colegas, que está aburrido de lo que ve, fatigado de lo que sucede, desanimado ante la situación existente. Dice estar convencido de que de nada sirve mantener la lealtad cívica en defensa de un correcto funcionamiento de la democracia. Las palabras y las aseveraciones se las lleva el viento, asegura, y sólo nos queda la sensación una vez más de un hondo fracaso en el terreno cultural cuando menos.

Comparto muchas de las convicciones de mi querido amigo pero creo que todavía es posible que algo cambie, porque de no ser así tendremos colapso o catástrofe por muy subterráneas que se produzcan. Entiendo eso sí, que después de muchos años de combatir buscando una luz al final del túnel, sienta una decepción honda al ver cómo marchan las cosas y cómo la oscuridad es cada vez mayor.

Dicho esto voy a cumplir con mis obligaciones y evocar algunas cosas que hemos escuchado en los últimos tiempos. Da la impresión oyendo las afirmaciones de algunos políticos o columnistas de nuestro país, que las palabras han perdido todo su valor y cualquiera puede decir lo que le dé la gana, esgrimir afirmaciones contrarias al sentido común, sin asumir las mínimas responsabilidades y siendo jaleado y mantenido por sus adláteres como si de un héroe se tratara. No hay que olvidar que aquella chulería falangista que se presentó como prototipo de lo hispano aunque supusiera la sumisión incondicional a aquel personaje de la guardarropía grotesca y cruel que habitó El Pardo, se ha mantenido subyacente en los comportamientos de quienes presumen de firmes y enérgicos sin razones que sustenten lo que aseveran. He aquí algunas perlas:

El 9 de marzo próximo pasado, el presidente del Gobierno acudía a petición propia al Senado. Tras un tremendo barullo que apenas permite oír su discurso, la senadora del PP por Valladolid, María Mercedes Coloma, acusa a los socialistas de ser "los mayores dictadores de la historia de España". El presidente de la Cámara alta Javier Rojo, le pide que retire afirmación semejante; la senadora se niega. ¿Sabe la señora Coloma lo que es una dictadura? Un elemental silogismo nos permite deducir que según ella en el siniestro periodo franquista el grado de libertad que existía era mayor que el de ahora.

Una afirmación de este tipo ofende a la inteligencia y a la cultura general, descalifica a cualquiera para ocupar un cargo representativo, sin embargo nadie ha pedido su dimisión ni le ha sugerido que dimita. Puede que haya sido felicitada por los suyos por la contundencia de su admonición. Los socialistas se sintieron no obstante más afectados por la exigencia de que fuera cesado Peces Barba. ¿Qué es lo importante aquí?

Los Estados Unidos de América del Norte es el  país que más armas vende y fabrica. El primer rubro de su economía es justamente el comercio de armas. El gobierno español decide vender a un país latinoamericano, la República de Venezuela, unos barcos de vigilancia costera y aviones de transporte. A la administración estadounidense le parece muy mal, posiblemente quisieran ser ellos los que lo hicieran y mejor aún si fuera material defectuoso. La derecha española política y mediática pone el grito en el cielo: quien les escuche pudiera pensar que se está armando un ejército para una revolución continental. Algunos no dudan -en este caso no fue la señora Coloma- de calificar al presidente de Venezuela de dictadorzuelo. Y así suma y sigue.

Dado el entusiasmo que un sector políticosocial de la derecha hispana se suma a los dictados estadounidenses, hasta hacerlos aparecer a los ojos de la opinión pública como sus simples agentes, cabe preguntarse qué entienden por independencia nacional. Parece que su política exterior se limite a convertirnos y ejercer de humildes vasallos. ¿Por qué en cambio se les llena la boca invocando un patriotismo que sólo es sumisión al gringo? ¿Cuántas elecciones tendrá que ganar el presidente venezolano para que cuando menos le reconozcan como surgido de las urnas? ¿Quizás como en el caso anterior, el golpista Carmona que prohibió en unas horas partidos y sindicatos, cerró las televisiones públicas y comenzó una persecución a cargos representativos emanados de unas elecciones, es en su opinión un individuo más respetable? ¿Ha informado alguien a la ciudadanía de cómo es la televición y la prensa de aquel país, de la situación de los diferentes partidos políticos, de la situación social existente, etc.? Sería aleccionador y se evitaría seguir en constante desinformación permitiendo que se digan ciertas cosas tan a la ligera.

Noche de las elecciones en el país vasco. El señor Acebes, número dos del PP, afirma contundente ante las cámaras: "Rodríguez Zapatero es responsable de la presencia de ETA en el parlamento vasco". Lo dice y ni se inmuta. José María Aznar lo repite el día 19 de abril aunque utiliza la expresión "ha posibilitado". Parecen creerlo realmente. Otra vez las palabras convertidas en despropósito y utilizadas con una irresponsabilidad que escandaliza.

Ese inusitado personaje que atiende por Ignacio Villa y ejerce de director de informativos de la COPE, explicaba de este modo el día 18 de abril en la primera de TVE, la agresión de un grupo de falangistas de extrema derecha a Santiago Carrillo, Santos Juliá, María Antonia Iglesias y otros asistentes al acto de presentación de un libro: "La culpa es del gobierno socialista que los ha provocado al quitar la estatua de Franco". Si no fuera nauseabundo sería inefable. La presencia del deplorable estatuón ecuestre al parecer no causaba el sonrojo y el desagrado de ingentes masas de ciudadanos democráticos.

De todos modos la cuestión reviste en esta ocasión mayor calado. Con argumentos similares se ha intentado por algunos explicar el levantamiento militar de julio de 1936: los generales se sintieron provocados y tuvieron que reaccionar. Al igual, claro está, que los latifundistas, la gran banca y la pequeña burguesía agraria del norte de Castilla. Para no provocarles, silogismo al canto, lo mejor es dejarles que el país sea suyo, que no se les ganen ningunas elecciones porque en otro caso tendrán que reaccionar con viril contundencia, decían en los viejos textos fascistas hispanos que algunos añoran al parecer. Lo mejor es que campen a sus anchas y la ciudadanía obedezca sin rechistar. ¡Qué viejos sueños!

Son éstas tan sólo unas perlas de los despropósitos verbales escuchados en las últimas semanas. Hablar de moderación supone ante todo saber el valor de las palabras y de lo que expresan y actuar consecuentemente. No es lícito en democracia producirse con un lenguaje de energúmenos, plagado de lugares comunes y demagogia elemental y pretender que los ciudadanos que hacen un correcto uso de la razón los tomen en serio. Les salió antaño tan bien aquello de "¡Váyase, señor González!", que muchos han olvidado ya en qué consiste hacer política. Desgraciadamente otros más que dicen pertenecer a diferente postura política, aunque sean de la misma en verdad por sus actitudes, hacen lo propio. Algunos ni tan siquiera se lo plantearon nunca, matar fue la única política que hicieron.

¡Qué personajes para un esperpento y cuántos argumentos para excelentes comedias!

Quebrar este nudo gordiano corresponde a la ciudadanía, exigiendo que se cumplan los enunciados propagandísticos electorales y negando su voto a quienes energumenizan el lenguaje hasta convertirlo en un riesgo para la convivencia pacífica. ¿Pero quién moviliza al pueblo para que se reconozca ciudadanía?

Revista ADE-Teatro nº 105 (Abril-Junio 2005)

Leer más

¡No toque esa fregona!

2005-04-01

 

Por Manuel F. Vieites.

En los últimos años no son infrecuentes las noticias relativas a un supuesto conjunto de objetos, o desechos, que, confundidos con desperdicios, acaban en el cubo de la basura. Ocurrió en Londres y en Frankfurt, pero también en otros lugares de los que no consigo acordarme. El servicio de limpieza entra en una sala, ve unas mondas de plátano que perfilan una trayectoria que la recorre en diagonal para terminar en una mesa en la que hay un montón de papeles arrugados (“¡Vaya gente! ¡Con lo que les costaría echarlos en la papelera...!”, que permanece vacía..., piensa el trabajador con desgana). El servicio de limpieza, que para eso está, lo recoge todo, limpia la mesa y el suelo, y deposita la basura en la bolsa que va en el carro y de ahí irá a parar al contenedor cuyo contenido engullirá el camión que todas las noches traslada nuestros desperdicios a un lugar apartado...  Y todo eso ocurre sin que nadie sea consciente de que se acaban de cargar una obra de arte titulada “Aralar ppRO”.

Un día después, la noticia asoma poderosa entre las páginas de cultura de varios diarios nacionales e internacionales que incluyen la imagen de un artista desolado ante la pérdida de su obra y una declaración breve en la que muchos otros artistas solidarios piden más respeto para los creadores. La polémica es tal que la dirección del museo emite un comunicado en el que, lamentando lo ocurrido, anuncia que han exigido a la empresa de limpieza que en el futuro sólo admita personal debidamente cualificado, que demuestre haber hecho un master en “arte contemporáneo, tardocontemporáneo, neocontemporáneo, transcontemporáneo y poscontemporáneo”, al objeto de distinguir entre una papelera con desechos que sólo es una papelera con desechos y nada más y una papelera con desechos que sí es algo más, una obra de arte preciada y mundialmente valorada. La impericia de determinados trabajadores y trabajadoras llega al extremo de que una conocida pareja de artistas con residencia con vistas a Central Park [y les prometo que no hablo ni de Muñoz Molina ni de su señora (de cuyo nombre tampoco me voy a acordar, ¡mecachis y recórcholis!)], sitúa en la entrada del pisito una de esas creaciones fronterizas que ha causado más de un disgusto a esas sombras que tienen la desdicha de tener entre el servicio, a esas tres laboriosas personas que proceden del sur del Río Grande y que en su estulticia y su ignorancia no saben distinguir entre una palangana con agua sucia que sólo es una palangana con agua sucia y nada más y una palangana con agua sucia que sí es algo más, esa obra titulada Volga por la que la divina pareja ha pagado más de 50.000 dólares en una conocida galería de Tribeka.

Y es que nuestros hermanos en la lengua, pobres, esos latinoamericanos enjutos y tristes, que apenas poseen papeles de residencia, no tienen posibles para matricularse en un curso en arte contemporáneo en la Tisch School of the Arts de la New York University. Y medio les cuento el disgusto que atenazó la vida de otro famosísimo artista que acabo en urgencias cuando una de esas “latinoamericanas incultas”, como él las llamaba a la entrada del hospital, tiró a la basura un par de zapatos viejos, pintados de amarillo chillón, que el “señor de la casa” tenía depositados, como por descuido, sobre un pedestal de metacrilato en una mesita auxiliar del salón, justo al lado de otro pedestal más alto donde hay colocado un pantocrátor románico auténtico, pintado con pintura fluorescente  y que crea unos efectos que “te c**** por la pata cuando podemos luz negra”. Y en este último caso, digamos que hablo de Madrid.

Hace unos días, en un museo de arte contemporáneo del noroeste, muy pero que muy chic, en el que se hacía la presentación de un trabajo artístico basado en nuevas formas y lleno de gente muy puesta y guapa, no se me ocurrió otra cosa que tocar una fregona, que yo pensaba que era una fregona pero que no era una fregona (¡claro está!). Y entonces un guarda jurado, entre cachas y doctoral, me dijo, muy en voz baja, sin apenas moverse, pero con un hilo de voz sibilino e hiriente, eso de “¡No toque esa fregona!”, para luego inquirir con desprecio: “¿no sabe lo que es un ready-made, animal?”. Luego se me acercó uno de los responsables de la sala, cocktail en mano y cara de pocos amigos, y me temí lo peor, por un momento incluso creí que acabaría en comisaría. Me invitaron a abandonar la sala mientras una parte de la concurrencia comentaba con sarcasmo y carcajadas contenidas mi metedura de pata al tomar por fregona lo que no era fregona. Días después, mientras entraba en una cafetería, oigo el comentario socarrón de Berta Solorzano, una señora muy puesta en esto del arte, que le dice a un colega, otro que sabe mucho de lo mismo, “mira, creo que ese que entra, fue el animal que casi se carga la instalación del performador Pete Jabo Contreras...”.

Y todo esto, esa corriente de estulticia canonizada, tiene mucho que ver con el teatro, con tendencias que van y vienen y siempre asoman a la espera del momento más oportuno para convertirse en dominantes, o al menos en alternativas posibles. El auge de los denominados “performance studies” en países como los Estados Unidos de América y sus aliados en su cruzada contra la vieja Europa y algunos de sus valores, va acompañado de un auge similar de las prácticas que esos estudios documentan y analizan, prácticas muy heterogéneas en sus tipologías y en los lenguajes que utilizan y que si hace algunos años se ofrecían como productos acabados en sí mismos, ahora se van introduciendo poco a poco en las practicas escénicas y teatrales más convencionales, sobre todo asociadas a aquellos espectáculos que buscan el escándalo, el titular de prensa o la irritación del espectador, pues sus ideadores saben que esa es la mejor estrategia comercial para iniciar una carrera hacia el estrellato. En muchas ocasiones estamos ante simples ejercicios de banalidad, construidos a partir de la espectacularización de los más diversos motivos, muchos de ellos de una simpleza y de una ignorancia que sobrecoge. Claro que, como dicen Richard Schechner y colaboradores desde The Drama Review, con creciente insistencia, los tiempos cambian y las formas escénicas evolucionan en un mestizaje permanente con otras formas artísticas. Con todo, debemos recordar que esa carrera alocada hacia el futuro también caracterizó a movimientos artísticos de tiempos no muy lejanos, que apostaban, como ahora, por una dimensión formal que curiosamente negaba cualquier mensaje, o la posibilidad misma del mensaje, y que se centraba en los aspectos más lúdicos de la creación, la contemplación o la participación en la recepción, y que convertía al espectador en una especie de turista divertido, cómplice y extasiado ante el juego de colores y formas, de sonidos y sílabas, de movimientos y ruidos..., “ante las asociaciones libres que las imágenes provocan en la mente de los espectadores, liberados por fin del dogma y de los discursos artísticos totalitarios”. Ahora sabemos cómo y por qué se potenció todo aquello y quien lo pagaba..., pero, ¿hay todavía alguien que paga a alguien que se deja pagar? Pudiera ser, pues hay muchas formas de pagar esos favores, como dar cinco conferencias al año en cinco puntos del planeta y recibir medio millón de dólares en cada empeño, o vender dos cuadros o hacer tres instalaciones por la misma cantidad. En arte, esa banalización extrema de la innovación, del mestizaje o de la experimentación es la mejor arma de la reacción neoconservadora. Y para ellos, siempre habrá tontos útiles, radicales inconscientes y aprovechados de variado pelaje dispuestos a entrar al trapo.

Todos sabemos que la teatralidad de puede manifestar de muy diversas formas y el propio concepto de teatralidad puede variar con el paso del tiempo, pero en su esencia se supone que el teatro implica un proceso de comunicación entre un actor y un espectador como explicó en su día Grotowski, un proceso que implica además un proceso que se articula en dos planos, el del personaje y el del actor, dando lugar a una doble enunciación. Todo lo demás es espectáculo que habría que agrupar bajo la denominación posible de “acción escénica” en cuanto se trata de una acción, de una ejecución que se presenta en un espacio que se convierte, en su totalidad o en parte, en escena. Algunas propuestas incluso suponen una continuidad de aquellas visiones animadas que se ofrecían en las barracas de feria, en tanto tenían como finalidad la presentación de “fenómenos” de la naturaleza o la ciencia, desde un ser humano con tres piernas hasta elefante con dos trompas o un autómata. Y no hablamos de los espectáculos teatrales breves que también se ofrecían en ferias y otras celebraciones populares sino de esa especie de “tableaux vivants” que asombraban y sobrecogían por su impacto visual. En esa dirección podemos considerar trabajos de Guillermo Gómez-Peña o Marcel.lí Antúnez y de esa legión de performadores y performadoras que reclaman la formulación de un nuevo canon. Trabajos que muy de vez en cuando tienen una fuerte dimensión crítica y muestran direcciones posibles para una teatralidad renovada o radicalmente diferente, pero que en muchas otras ocasiones no dejan de ser simples ocurrencias embaladas con el ropaje del arte conceptual.       

No se trata de poner puertas al campo, ni de coartar la libertad de cada quien a hacer lo que le viniere en gana, siempre que sepa, entienda y practique aquello de que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro, sobre todo la del espectador. Se trata más bien de situar y justificar los discursos artísticos, por relativos que sean, o precisamente por eso. Hace bastantes años, cuando la Bienal de Venecia se dedicaba a consagrar y airear a los cuatro vientos boberías e insensateces, los que contemplaban entre escépticos y cabreados aquel espectáculo eran tachados de antiguos, de retrógrados, de ignorantes, de reaccionarios... Hace muy pocos años los azorados responsables de esa misma Bienal nos sorprendían a todos proclamando un lema bien significativo: “más ética y menos estética”. Pues eso..., o, cuando menos, un poco de todo.

Por cierto, y hablando de antiguos..., ese era el calificativo que siguen utilizando Cheney, Bush y Rice para hablar de Europa, donde Europa quiere decir tradición, entendida como opuesta a lo nuevo o a lo novísimo, siendo esto último un valor en alza representado justamente por los Estados Unidos de América. Esa era la apuesta de muchos futuristas italianos, deslumbrados por la fugacidad del instante y las combinaciones aleatorias. Una buena parte de aquellos ideadores de proclamas aparentemente incendiarias acabaron donde acabaron..., dando vivas a Don Benito.

 

Revista ADE-Teatro nº 105 (Abril-Junio 2005)

Leer más

Cultura y acción cultural

2005-01-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

La Escuela Nueva fue una sociedad creada en 1911 por el historiador y maestro de futuros investigadores, Manuel Núñez de Arenas. Sus objetivos aparecen implícitamente enumerados en la definición fundacional: «Asociación de Cultura, formada por profesores y literatos, que se inspira en las necesidades y tendencias de la Casa del Pueblo, donde tiene su domicilio.» Intelectuales provenientes de campos ideológicos dispares, participaron en sus cursos y debates, entre ellos Jaime Vera, Fernando de los Ríos, Besteiro, Leopoldo Alas (hijo), José Ortega y Gasset, García Quejido, Américo Castro, García Morente, Rafael Urbano, Fabra Ribas, Meliá, Araquistain, Adolfo A. Buylla, L. Bejarano, Cossío, Tomás de Elorrieta, María de Maeztu, Pablo Iglesias, Torralba Beci, Unamuno, Largo Caballero, R. Carande, Azaña, Morato, Alvarez del Vayo, Luzuriaga, etc.

Las intenciones de Núñez de Arenas y de su inspirador, el neurólogo socialista Jaime Vera, eran las de construir una alternativa cultural amplia, abierta, polémica y creadora frente a las corrientes arcáicas o caducas. En la conferencia inaugural escrita por el anciano doctor, uno de los primeros intelectuales que se adhirió al PSOE a finales del pasado siglo, aseguró:

«La transformación social no se engendra directamente por la cultura. Se engendra por la aplicación de la cultura. Y la aplicación de la cultura es acción inteligente, pero acción... No basta con la marcha natural de las cosas, debemos conocer la marcha natural de las cosas para propulsarlas con la acción...»

Estas palabras, como todas las afirmaciones con meollo, enjundia y convicciones en su substrato, siguen teniendo indudable operatividad. No basta con enunciar la cultura, vienen a decirnos, sino que es necesario transformarla en acción cultural para que sirva de herramienta transformadora de la sociedad. Lo que Vera no dice, quizás porque lo da por supuesto, es que algo así nace de la convicción, se articula mediante proyectos y programas, se propone mediante pautas instrumentales y funcionales y tiene un horizonte de objetivos: la esperanza de cualquier acción política consecuente y progresista.

2

Siempre confiamos en que un cambio político debe traer aparejadas modificaciones positivas y constructivas en el ámbito cultural y teatral. No me refiero a un frívolo cambiar por cambiar, que en ocasiones puede ser sinónimo de vuelta atrás, sino a transformar los conceptos,  las formas de organización, el modo de tomar las decisiones, etc.

El candidato a la presidencia del gobierno Rodríguez Zapatero, destapó el tarro de algunas esencias en su discurso de investidura. Ninguno de sus predecesores había dedicado tanta atención y espacio al enunciado cultural. Pero además y con expresión decidida, planteó  otra forma de gobernar. Es una cuestión ésta sobre la que ha vuelto en repetidas ocasiones. Quizás  incluso haya conseguido implantarla en algunos ámbitos de la gobernación, de eso no tengo duda, pero no en otros muchos y no parece que en ningún caso en la cultura. Todavía en su último discurso parlamentario respondiendo al Lehendakari Ibarretxe, recordaba algo elemental en una democracia pero tan necesario de que se repita entre nosotros: nadie puede tomar las decisiones de forma arbitraria o unilateral, siempre existen otros organismos que relativizan e impiden la adopción de comportamientos autoritarios.

El autoritarismo no supone el ejercicio de la autoridad legítima, imprescindible para que los caminos se amplíen, sino la arbitraria y prepotente toma de decisiones sin diálogo ni explicación de los antecedentes y razones por las que se adoptan. Observando lo que sucede en el ámbito cultural tenemos la impresión de que los enunciados del Presidente no son desarrollados de forma adecuada por los cargos intermedios que deben aplicar los criterios emanados de la presidencia. Esto no puede sino preocuparnos en sumo grado porque está arruinando las expectativas que se abrieron en su día.

A nuestro modo de ver, la cuestión estriba en el correcto enunciado de la definición de las condiciones que deben ostentar y las responsabilidades que deben asumir los cargos públicos, así como las relaciones que es necesario articular entre el gobierno y la sociedad civil para que se aúnen de modo fructífero y constructivo. De estas cuestiones se habló mucho hace unos meses en los círculos relacionados con la cultura, aunque al parecer sirvió de poco tanto entonces como ahora.

Una de las lacras heredadas del franquismo que sobrevive pertinaz en nuestro país y  lastra, cuando no impide, nuestro desarrollo democrático, es el mantenimiento de los conceptos dominantes en aquel periodo sobre esta materia. Así se acuñó una forma de actuar en que el desempeño de estos cargos estaba ligado exclusivamente al control de sus superiores, a la discrecionalidad personal de quien lo ostentaba y al nulo contacto con la sociedad civil, por muy incipiente que fuera, que se sustituía por relaciones individuales con amigos, conocidos o grupos de poder, con frecuencia, empresarial. Bajo ese sistema autoritario, discrecional e indiscutido, hasta podían permitirse algunos la apariencia de ser liberales. Aunque las personas puedan ser otras, si no se modifican dichos procedimientos la situación seguirá siendo la misma en su fundamentación y la tendencia al autoritarismo y la arbitrariedad, bien por ignorancia bien por torva ambición, seguirá pendiente de nuestras cabezas. Las tentaciones de prepotencia o desdén que generan son incompatibles con los comportamientos democráticos más elementales. En ningún país europeo de tradición democrática las cosas se producen de este modo.

Aún a riesgo de ser contumaz en el empeño, quisiera invocar una vez más la cuestión de la sociedad civil, en particular la cultural y más específicamente la teatral. Ello supone que la sociedad se articula en entidades representativas. Hablar con un individuo no supone hacerlo con un segmento social agrupado en aras de unas convicciones y también de unos intereses y objetivos. Este diálogo entre gobierno y sociedad civil para avanzar en proyectos de gobernación, realizaciones y reformas estructurales es uno de los procedimientos más atractivos y ecuánimes que pueden desarrollarse para llevar a cabo transformaciones que tiendan hacia la justicia y la igualdad de oportunidades.

En ocasiones caemos en la trampa de creer que España fue siempre lo que nos legó el franquismo: sencillamente no es verdad. Los avances que se dieron en este sentido durante la Segunda República, nos pasan con frecuencia inadvertidos. Les pondré un ejemplo: He reconstruído las instancias que intervinieron en el nombramiento de Valle-Inclán como Director de la Academia de Bellas Artes en Roma. Se emitieron cinco informes de otras tantas entidades culturales, a partir de las cuales la Junta de Relaciones Culturales del Ministerio de Estado, elaboró un informe conclusivo. Sólo entonces se hizo el nombramiento de Valle-Inclán. España sí había comenzado una auténtica modernización, sólo que el franquismo fue desolador.

La ADE ha querido asumir siempre su condición de ser sociedad civil. Podría enunciar lo que nuestra entidad ha hecho en diversos campos, a veces con carácter exclusivo, pero entiendo que son bien conocidas. Más importante sin duda es nuestra aspiración a ejercitarnos como un intelectual orgánico, como decía Gramsci, en el ámbito de la acción cultural. Y eso desde nuestra condición asociativa es un reto permanente.

En aras de estos principios podemos exigir -que no pedir: somos ciudadanos no vasallos- el diálogo constructivo con las administraciones. Tarea ímproba al parecer si no existe voluntad para ello. Pero dialogar no es simplemente hablar. Se puede hablar por hablar sin que sirva para nada y eso me ha sucedido ya muchas veces. Dialogar supone saber sobre qué, para qué, con quiénes, con qué objetivo y si lo concluido va a tener incidencia en la decisión. Lo demás es charla insustancial, como hubiera dicho en ocasión como ésta Manuel Azaña.

Son muchas y de notable calado las cuestiones que nos inquietan. Las de mayor urgencia a nuestro modo de ver pasan por la elaboración de un plan nacional e integral para el teatro, que configure un programa de acción de gobierno a corto, medio y largo plazo. Que no sea un simple enunciado de intenciones sino una propuesta de la administración que pueda ser discutida por las entidades representativas de la sociedad civil teatral y que estructure sus vías y plazos de aplicación. En segundo lugar por la revisión del concepto de propiedad intelectual respecto a la autoría de la escenificación. Por último, dentro de la inminencia, el sentido, responsabilidades, titularidad, organización, objetivos programáticos, relaciones con la sociedad civil, optimización de recursos, etc., de los teatros.

3

Hace algún tiempo, una persona joven y estudiosa me hablaba de un libro que iba a publicar, en el que analizaba el teatro como forma de conocimiento. Sentí una curiosa vibración cuando me lo dijo. Durante años enuncié con estos mismos términos uno de los más importantes sentidos del hecho escénico. Después dejé de hacerlo, un tanto aburrido ante la esterilidad y porque el panorama que tenemos a la vista nos obliga a movernos en propuestas de mínimos. Aquello me llevó nuevamente a considerar la problemática de la Ilustración española. El desprecio a la Ilustración que ha habido en nuestra historia ha sido casi una constante que se ha desbocado en el presente, en aras del dinero como valor máximo y supremo, que puede justificar todas las indignidades. La defensa de la Ilustración de entonces y de ahora es un objetivo en el que la ADE se ha comprometido desde hace tiempo en foros muy distintos, nacionales e internacionales.

Concluiré: Lo que no tiene sentido, lo que no nos causa ningún placer, lo que pensamos que es una pérdida de tiempo que no nos merecemos es vernos abocados a llenar la Plaza del Rey de colegas vociferantes pidiendo que se nos escuche. Parece que sólo así caen en la cuenta algunos de que existimos. Es un absurdo y un despropósito. Supone constatar que se gobierna de forma contraria a las planteadas por el Presidente del Gobierno.

Proclamamos nuestra voluntad de diálogo constructivo y sólo encontramos un pétreo muro de silencio más macizo que nunca. ¿A quién sirve una actitud así? Desde luego no a la cultura ni al teatro, ni a usted tampoco señor Presidente. Más bien lesionan su crédito ante un segmento significativo de la ciudadanía, y el respeto que sus palabras y hechos nos producen las más de las veces. ¿A quién entonces? Usted, señor Presidente, debería hallar respuesta a esta pregunta. Pero en cualquier caso, usted más que yo debería reflexionar seriamente sobre las palabras de Jaime Vera.

 

Revista ADE-Teatro nº 104 (Enero-Marzo 2005)

Leer más

Las razones del otro

2005-01-01

 

Por Manuel F. Vieites.

En los últimos veinticinco años España ha vivido un indudable proceso de mejora, y con ella, con España, los pueblos, comunidades y lenguas que la conforman. Muy pocos países federales del universo mundo pueden ofrecer techos competenciales tan altos, como los que disfrutan nuestras comunidades autónomas, algunas incluso gozando de privilegios evidentes y sumamente rentables, de los que otras carecen, como fueros y conciertos, lo que no deja en muy buen lugar su idea de solidaridad y de convivencia armónica entre los pueblos. Con todo, la transformación ha sido evidente, en muchos casos inapelable.

Pero no es menos cierto que ese proceso de modernización ha ido acompañado de un proceso paralelo de involución en la conciencia democrática, lo que ha supuesto que, en no pocas ocasiones, el paso adelante fuese corregido con algunos pasos hacia atrás, y eso se deja ver también en el campo de las libertades individuales, en el derecho a la libre expresión o en el ejercicio libre del voto. En algunas comunidades incluso, la libre expresión es todavía un privilegio de unos pocos, de aquellos que tienen la capacidad de ordenar o recomendar la eliminación física, el asesinato en suma, del que abandona el rebaño o no lo sigue. Ante esa situación, un sector de la clase política está dando muestras de una considerable inmadurez y de una frivolidad sin límites. No pondré ejemplos por respeto a las personas implicadas y por evitar comparaciones que pueden resultar opinables y ofensivas, pero nuestra clase política debiera reflexionar seriamente sobre el sentido del ejercicio de la política, entendida ésta al menos como un acto de servicio a la ciudadanía.  

Una madre, de nombre Pilar Manjón, con la voz quebrada para siempre por la pérdida irreparable e injustificable de un hijo, ha sido quien ha puesto los puntos sobre las íes al preguntar a los parlamentarios y parlamentarias, a sus líderes, bufones y comparsas: "¿de qué se reían señorías?". El espectáculo que día a día nos ofrece la clase política es un síntoma de que en algunas cuestiones este país todavía está anclado en las estructuras del Antiguo Régimen. Cuando el debate parlamentario deja de ser debate y se convierte en un trajín de voces e insultos, de descalificaciones y bravatas, de chantajes y amenazas, queda muy poco margen para aquello que debiera ser: la deliberación. De ello escribía Adela Cortina este verano en El País, señalando las dificultades de llegar a convertir la deliberación en pauta de conducta cotidiana entre una ciudadanía que sólo lo será en tanto sea capaz de debatir, deliberar y consensuar. Entretanto seremos masa, una masa informe al frente de la que va una manada de borricos, los mismos borricos que jalean, patean, insultan y vociferan en el Congreso de los Diputados y Diputadas, en los Parlamentos Autonómicos, en las ruedas de prensa o en las comisiones de investigación, incluso en aquellas en las que se están analizando cuestiones tan graves como la venta de favores políticos o la pérdida de vidas humanas tras un atentado salvaje, como todos los atentados. Y entonces debemos reclamar nuestro derecho a vivir fuera del rebaño, y a que ese derecho se respete, se pueda ejercer y no se demonice.

En diciembre de 2004, el Partido Nacionalista Vasco, y sus socios de gobierno, conseguían aprobar los presupuestos de la comunidad autónoma gracias a un fallo en el dispositivo electrónico que habilita el ejercicio del voto de los parlamentarios y parlamentarias. La votación, a pesar del recuento visual de los votos de uno y otro signo, no se repitió, lo que dice muy poco de la voluntad democrática del Presidente de la Cámara, el Sr. Atucha.  La sonrisa abierta, ¡por una vez!, del Sr. Ibarreche y de su vicepresidenta, nos envolvía una y otra vez en la misma pregunta: ¿De que se reían? El hecho tiene una gravedad máxima porque estamos ante un auténtico pucherazo, que dice muy poco de las convicciones democráticas de un grupo de políticos que ahora amenazan con un referéndum. Al margen de las mentiras del Sr. Ibarreche, que afirmaba su voluntad firme y decidida de no apoyarse en los votos de los violentos, y ante una cuestión tan capital como la que se somete a referéndum, ¿está garantizada la limpieza del proceso y del recuento? Pero, además..., ¿cómo es posible hacer campaña política en una consulta tan trascendental y en una comunidad en la que los disidentes son aislados, tratados como escoria, insultados, y van acompañados de escolta policial para evitar que los pateen o "paseen", como en los peores tiempos de la dictadura franquista, como ocurría con los judíos en Europa Central o con las personas de color en los estados racistas del sur de los Estados Unidos? Pues yo también me he sentido judío, negro o ser inferior en Euzkadi, en más de una ocasión.

El Sr. Ibarreche habla de diálogo y se expone ante las cámaras para proclamar esa voluntad de hablar, y es entonces cuando su lenguaje corporal lo delata, porque su rostro, su cuerpo y sus manos ofrecen toda una riada de contenidos latentes y emergentes que asoman en sus gestos, mientras sus palabras articulan otros mensajes. Dice tender la mano, y dice "mano" en efecto, pero al hacerlo la palma de su mano no se abre sino que tras una breve apertura se contrae y en su gesto la palma se dobla hacia dentro, en tanto los codos se doblan y el tronco se echa hacia atrás, lo que implica que sus extremidades superiores se retraen, acompañando el alejamiento del tronco y su distancia con la cámara. Así, el sintagma "mano tendida" va acompañado de un mensaje corporal opuesto, como queriendo decir que el diálogo debe entenderse como una invitación a asumir sus posiciones. El Sr. Ibarreche no asume una posición corporal abierta, sino cerrada, pues su cuerpo, sentado en una silla con respaldo, se cierra como en un abrazo. Me reservo la idea que pueda tener de ese abrazo.

Argumentos para una crispación, que alientan unos y otros, los nacionalistas de uno y otro signo, que intentan sumarnos a sus rebaños, para aumentar la confrontación, para llegar tal vez a conflictos verdaderos y verdaderamente irresolubles. Y en estos momentos, no puedo evitar recordar aquella canción de Brassens, La mala reputación, que cantaba Paco Ibáñez y recuperaban Loquillo y Los Trogloditas hace años. Y decían: "En la fiesta nacional / yo me quedo en la cama igual / que la música militar / nunca me supo levantar". Ahora comprobamos que en realidad hay gente que flipa con la música militar, con las banderas, las fronteras, las fiestas y las selecciones nacionales. Como flipaba Franjo Tudjman el dictador croata colaborador en su tierna juventud de las fuerzas nazis, hasta que su sobresaliente capacidad de supervivencia lo llevó a sumarse a los partisanos de Tito. Sorprende, realmente, antes y ahora, el crédito concedido en su día a Tudjman, a quien tanto admiraba y jaleaba una buena parte de nuestros parroquianos esencialistas, en especial el hijo del requeté. No deja de ser un disparate que con todos los problemas que hay en la calle, en el barrio, en la empresa, en la ciudad, en el campo..., y que afectan gravemente a la calidad de vida de tantos ciudadanos y ciudadanas, a tantas personas que malviven en el umbral de la pobreza o en la más absoluta pobreza, un sector significativo de nuestra clase política se pierda en debates esencialistas propios del siglo XIX. Y ya no mentamos muchos otros problemas, los que viven la mayoría de los habitantes de este planeta. ¿Para qué...?           

No se trata de sembrar alarmas, como lo hace la oposición y la prensa irresponsable, la del sindicato del crimen y sus allegados, sobre todo aquella que callaba cuando Franco reinaba en sus redacciones, pero sí de considerar el punto en que nos encontramos para evitar aventuras que tal vez no tengan vuelta atrás, pues tan grave puede ser declarar el estado de excepción o suspender la autonomía vasca como insistir en una vía de libre asociación que parte literalmente el cuerpo social del País Vasco y lo divide en dos mitades, una de las que se condena inmediatamente al ostracismo o se invita a emigrar (y eso se llama, lisa y llanamente, movilidad étnica). Es posible, pero nada deseable, que todo esto desate una espiral de crispación y de violencia verbal que puede echar al garete todo lo que se ha conseguido en estos veinticinco años. Y en ese sentido, el Sr. Ibarreche es muy listo, buen aprendiz de hecho del jesuita hijo del requeté, y nos recuerda que para no resolver el problema a tortas, mejor dialogar siguiendo el gesto y la dirección de su mano, lo cual no deja de ser un chantaje que finaliza con un comentario, tan velado como alucinado, al uso de la violencia. ¡A tal grado de despropósito se ha llegado en el desvarío identitario! La nota cómica, y un tanto esperpéntica, la ponía el Sr. Carod Rovira, en plenas navidades, con su acto de desagravio al cava catalán y a los excelentes vinos que produce esa tierra, y que la gente sensata, y con el poder adquisitivo suficiente, ha seguido consumiendo con sumo placer.

Iniciamos así un año que, en lo político, va a resultar sumamente complejo y complicado y no estaría de más que la clase política aprendiese a vivenciar, como en el teatro, las razones del otro, lo que en el caso de las fuerzas nacionalistas de uno y otro signo implica abandonar el uso abusivo del nosotros, pensar el vosotros y entender el ellos. Hace muy bien José Luis Rodríguez Zapatero proponiendo diálogo y deliberación, y los dirigentes y militantes del nacionalismo vasco y sus allegados, en un ejercicio de cristiana humildad, también debieran hacer examen de conciencia, como manda su Santa Madre Iglesia y el Padre Ignacio, para ver hasta dónde han llegado con su Estatuto, que les sitúa en una relación prácticamente federal con el Estado, y todo lo que les ha aportado una Constitución que, con sus defectos, ha servido para transformar y modernizar España y a todas y cada una de las comunidades autónomas que la integran, pero sobre todo a Euzkadi, desde su economía al proceso de recuperación y normalización lingüística. Y tanto en tan poco, en veinticinco años. Ojalá la negación incomprensible de ese presente no suponga la destrucción del futuro de todas y todos: el suyo, el vuestro y el nuestro. ¡Máis sentidiño, please!

 

Revista ADE-Teatro nº 104 (Enero-Marzo 2005)

Leer más

El ruido y la furia. Tres experiencias aparentemente inconexas acerca de la sustitución del sentido por el impacto sensorial de los efectos especiales

2005-01-01

 

 

Por Jaume Melendres.

En el curso de una reciente conversación con una niña de siete años de elevado coeficiente intelectual, entusiasta de Harry Potter, le pregunté si había entendido el argumento de la última película consagrada a este personaje, una historia que, a mí, me había parecido incomprensible debido a las complicadas idas y venidas de sus protagonistas por el túnel del tiempo. Ella me miró sorprendida y, después de un instante de vacilación (las preguntas de los adultos son maletas de doble fondo), contestó: “No del todo, pero me gustó porque pasé mucho miedo”.

Más recientemente todavía, en un debate en torno a Santa Joana dels escorxadors (Santa Juana de los mataderos), dirigida por Àlex Rigola y representada en el Teatre Lliure de Barcelona, un espectador -en nombre propio y en el de su esposa, sentada en silencio a su derecha- lamentó que la música sobrepuesta a la palabra actoral les hubiese impedido en muchas ocasiones oír el texto de Brecht pese a sus esfuerzos por escucharlo. Una de las actrices atribuyó este déficit al hecho desafortunado de hallarse en el sector de la platea opuesto a la zona del escenario donde los actores hablaban casi siempre, pero esta (a todas luces frágil) explicación técnica fue rápidamente aplastada por el responsable de la banda sonora con un argumento de verdadero calado filosófico: “Este es un espectáculo polisígnico”, dijo desde su impecable atuendo de dj, “y lo hemos hecho para que pueda entenderse incluso sin el texto”.

Al preguntar, más recientemente aún, a un creativo de publicidad si la extraña y creciente dificultad que yo experimentaba para entender un número cada vez más elevado de spots televisivos se debía a mi escasa conexión con la sensibilidad posmoderna o a la incompetencia narrativa de sus autores, obtuve la siguiente respuesta: “Ni lo uno ni lo otro. Hemos superado el viejo recurso de las mujeres sexys  enseñando los muslos desde el escote al bajarse del coche. Ahora construimos historias confusas para que usted no las entienda y vea el anuncio muchas veces, tratando de desentrañar un sentido oculto que en realidad no existe”.

 

Revista ADE-Teatro nº 104 (Enero-Marzo 2005)

Leer más