Artículos y noticias

Bush, la voladura del Maine y su amigo del alma

2004-11-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Mucho se viene hablando y especulando tras la victoria de G. W. Bush en las elecciones de los Estados Unidos de América del Norte. Nada de todo ello empaña ninguna de las certidumbres que teníamos en torno al personaje y su gobierno. Obtener más votos que el candidato Kerry no modifica el hecho de que la invasión de Irak fuera un hecho ilegal, ejecutado al margen de las Naciones Unidas y con la manifiesta oposición de la ciudadanía mundial. Tampoco altera el que la invocación de la existencia de armas de destrucción masiva se haya demostrado falsa. Igualmente viene a negar que otros países las tienen -Israel y ellos mismos en particular- y no son bombardeados y masacrados. También otros países atropellan, niegan derechos fundamentales o asesinan a diestro y siniestro a sus vecinos -Israel en particular- y nadie los invade.

Una victoria electoral no elimina la criminalidad internacional de las actitudes y decisiones de Bush y su gobierno. Una criminalidad que no se ejercita en primera persona apretando el disparador de un arma, sino ordenando a decenas de miles que lo hagan. Sólo el cinismo atroz puede guardar silencio o ejercitar el olvido ante la existencia de los presos de Guantánamo, las torturas en las prisiones iraquíes controladas por los americanos, la repugnante altanería de un ejército cobarde como no ha habido otro en la historia, que utiliza las armas más sofisticadas contra los resistentes de Faluya -es un ejemplo-, armados con morteros ligeros y kalashnikovs, etc. y se vanagloria de heroísmo.

Son muchos los analistas que han manifestado sin rebozo en los últimos meses que Bush y sus mesnadas constituyen la extrema derecha de su país. No es algo nuevo pero nunca se había afirmado de forma tan explícita y por tanta gente. Ya es hora de que llamemos las cosas por su nombre: al pan, pan y al vino, vino.

El hecho cierto es que el número de votantes estadounidenses que apoyaron su reelección fue mayor que el de los que lo hicieron por el candidato demócrata, de cuyas caracteríticas y propuestas no voy a hablar ahora. Diré cuando menos que parecía un individuo bien educado y bastante culto, lo cual ya es mucho si lo comparamos con quienes ocupan la presidencia o los ministerios en Washington. Es decir que una mayoría de habitantes de los Estados Unidos de América del Norte se han pronunciado a favor de una opción de extrema derecha. Cuando esto se da en otros países suele ponerse el grito en el cielo por parte de los gobiernos y la ciudadanía democrática. Cabe pensar que todos aquellos que se alegran de la reelección de Bush participan de idéntica opción.

Matices y reacciones

Han sido igualmente curiosas, divertidas o patéticas, según se mire, las reacciones que se han producido. Ciertos columnistas, tertulianos y políticos en activo se ha mostrado exultantes ante un triunfo que consideran como propio. Da la impresión en algunos casos que quieren arrojarle a la cara al electorado epañol que no hicieran lo mismo en su día. Posiblemente piensen las diferentes agencias estadounidenses y el Departamento de Estado que estos comentarios podrán paliar el descrédito que padecen en el mundo. Puede que una vez más se equivoquen. Sin duda pagan bien a quienes colocan a su servicio, ¿pero de qué crédito y prestigio disfrutan en sus respectivos países quienes escriben o hablan en términos similares?

No es caso de responder con razones al fanatismo fascistoide de algunos columnistas convenientemente disfrazados de liberales a ultranza, ni de entrar al trapo en debates imposibles en que se niega lo evidente. Sí es interesante por el contrario aludir a una actitud expresada en términos bien distintos, que viene a decirnos que en realidad Bush ganó por muy poco, que Estados Unidos está menos dividido de lo que parece y que sobre todo, la ciudadanía que le ha dado su voto no apoyaba a la extrema derecha ni al fanatismo religioso que Bush representa. A este criterio responde un artículo de Emilio Lamo de Espinosa, director del Real Instituto Elcano, publicado en el diario El País el 16 de noviembre pasado. Da unas cifras que buscan fundamentar su propósito, método que no pocas veces oculta tras los guarismos entecos la verdad, siempre más compleja.

No obstante la palma se la han llevado las reacciones de algunos políticos a los que sólo les faltaba gritar a pleno pulmón: "¡Hemos ganado!". Cualquier detalle ha servido para extender entre la ciudadanía española la idea de que Bush no respondía a la llamada de pura cortesía del Presidente Rodríguez Zapatero, porque ahora nos iban a castigar por haber retirado las tropas de Irak, no incluir su bandera en el desfile de las fuerzas armadas y ejercer en fin la soberanía nacional a cuya defensa y cuidado debe empeñarse el gobierno.

Después ha irrumpido la táctica de crear y difundir el miedo. Todo vale una vez más. Los americanos son un elefante y nosotros una mosca que los hemos irritado. ¡Ya podemos atarnos los machos! Van a retirar su apoyo político respecto a Marruecos, van a dejar de comprar barcos a los astilleros españoles y zapatos y otras desgracias parecidas. La consecuencia es que pronto habrá más de un millón de trabajadores en paro. Primero lo dijeron algunos políticos, después lo airearon ciertos comentaristas. Al final un pobre taxista me lo contaba como gran novedad que acababa de oír en la COPE.

¿Cuál es el problema? La cuestión que se dilucida una vez más no es sólo de España sino de Europa, de la que nuestro país forma parte. Un sector de la derecha española más recalcitrante a cuyo frente se encuentra el señor Aznar, amigo del alma de Bush según ha dicho, ha olvidado al parecer el concepto de la dignidad nacional. En cualquier caso no deja de ser indicativo que en las conclusiones del último congreso del PP, la primera que se enuncie sea reforzar y ampliar la alianza con los Estados Unidos. ¿Debe ser esa la primera preocupación de un partido político de dimensión nacional, y en consecuencia un instrumento vertebrador de la sociedad española? En mi opinión no, desde luego.

Quizás por todo ello sea necesario subrayar que la actitud del Presidente Rodríguez Zapatero en este asunto, de la que muchos españoles nos sentimos orgullosos, nos ha devuelto la dignidad como país y como pueblo. No es comprensible que se haga cuestión de que no se invite a la bandera de un país en el desfile de nuestras fuerzas armadas, y lo haya sido la de Francia por razones de conmemoración histórica. ¿Por qué no decir lo mismo de la de China, Suecia, México o cualquier otra? Aceptar el cararácter ineludible de dicha presencia es considerar que somos unos lacayos o siervos de esa administración y de lo que hoy representa. Muchos no estamos dispuestos tampoco a aceptarlo.

Es preciso recordar un hecho que a algunos puede parecer irrelevante pero que en mi opinión no lo es: tras el triunfo de Bush más de cien mil norteamericanos han mostrado su intención de marcharse al Canadá y cambiar de nacionalidad. No desean vivir donde mande ese sujeto, aseguran. En términos cuantitivos puede pensarse que no son muchos, pero como síntoma parece un dato expresivo de la opción de una parte de la ciudadanía estadounidense respecto a lo que allí sucede. Muchos otros opinan lo mismo aunque no se vayan. Esos estadounidenses merecen todo nuestro respeto, aunque su porvenir sea por el momento sombrío.

El Maine como excusa

Quienes con tanto ardor y sumisión atacan la decisión del gobierno respecto a la invasión y destrucción de Irak, deberían repasar algunos acontecimientos que afectaron nuestras relaciones en el pasado y que tienen una palmaria similitud con el presente. La historia de España nos ofrece un ejemplo de "casus belli" inventado por parte de los Estados Unidos, para justificar la declaración de guerra contra nuestro país y su invasión de Cuba. Se trata del Maine.

Todo comenzó en octubre de 1897 cuando el republicano McKinley sustituyó al demócrata Cleveland, partidario de la neutralidad respecto a los conflictos de terceros, en la presidencia de los Estados Unidos de América del Norte. El nuevo embajador de Estados Unidos, Woodford, presentó un ultimátum a Sagasta, Presidente del gobierno español: Si no se restablecía la paz en Cuba, "ellos intervendrían".

La concesión de la Autonomía a Cuba y de una amnistía general (7-XI) no frenaron como era de suponer las operaciones de los independentistas cubanos. Las intenciones estadounidenses eran claras, aunque estos datos se han sabido más tarde. En enero de 1898 el Subsecretario de Marina de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, entregó al presidente McKinley un informe sobre la estrategia naval a seguir en caso de una intervención militar en Cuba. Su plan preveeía el bloqueo marítimo de la isla y el envío de una escuadra volante para atacar las Canarias, La Coruña, Santander, Cádiz, Barcelona y otros puertos españoles.

Respondiendo a la estrategia de provocación, el 25 de enero el acorazado "Maine" llegó al puerto de La Habana para salvaguardar, según dicen, la vida y los intereses de los estadounidenses que viven en la isla. Se trataba de una de las unidades más modernas de su flota. Hace su entrada en el puerto en zafarrancho de combate. Su presencia es considerada como "anormal" por parte del gobierno español y está plagada de "irregularidades legales".

La actitud provocadora va a completarse con una fanatizadora campaña de prensa que alcanza su paroxismo en el New York Journal, diario propiedad de Hearst, el que inspiró el personaje de la película de Orson Welles Ciudadano Kane. El 26 de enero titula en primera plana: "Por fin, la bandera de los Estados Unidos en La Habana". El periódico que tiraba en aquel momento 150.000 ejemplares, sube ese día a 300.000.

A lo largo de los días siguientes el New York Journal procede a una campaña de intoxicación y agitación, con titulares de primera plana alarmantes, para fanatizar a las multitudes del país y exaltar lo que ellos entienden por patriotismo. Se decía entre otras cosas que los soldados españoles atacaban hospitales, violaban mujeres, envenenaban los pozos de agua potable o daban de comer a los caimanes prisioneros de guerra. Sirva este titular como ejemplo: "Los soldados españoles tienen la costumbre de los toreros, les cortan las orejas a los prisioneros cubanos y las guardan como trofeos".

El 8 de febrero el embajador estadounidense Woodford propone a la Regente comprar la isla de Cuba por 300 millones de pesetas, más un millón de comisión para los intermediarios españoles que eran, al parecer, un comerciante tabaquero, Ramón García, y el marqués de Valdeiglesias, director del periódico conservador y monárquico La Epoca. El embajador le sugiere además que sería conveniente sustituir a Sagasta como presidente del Consejo de ministros para que todo fuera más fácil.

El 9, el Bucanero, un supuesto yate registrado como "barco de recreo" que es en realidad un gran buque con casco de acero y artillado con ocho cañones, propiedad de William Randolph Hearst, fondea en el puerto de La Habana junto al Maine. Permanece anclado setenta y dos horas y durante este tiempo se produce gran circulación de tripulantes entre este barco y el Maine. Por si fuera poco, el día 12  al abandonar el Bucanero el puerto de La Habana entra en el mismo el torpedero estadounidense Cushing.

El 15 de febrero, martes de Carnaval, a las 21:39, se produce la explosión del acorazado «Maine». Perecen 266 marinos. Aunque las autoridades españolas no tienen nada que ver con el incidente y parece más bien que se ha producido en el interior del buque, determinados medios periodísticos, políticos militaristas y belicistas así como los consorcios armamentísticos estadounidenses, inflaman de forma inmediata a la opinión pública estadounidense para llevarlo a la guerra. El 17, antes de que se reunan las comisiones de investigación ni haya declaración oficial, el New York Journal titula en primera página: "La destruccion del Maine fue obra del enemigo". Ofrece además una recompensa de 50 000 dólares a quien dé pistas sobre el autor de la explosión. Nadie pudo darlas y nunca se cobraron.

Al día siguiente, los titulares del New York Journal son contundentes: "Guerra... Seguro. El Maine destruido por españoles. Se descubre el agujero que demuestra la explosión de un torpedo". No existía hasta entonces ningún informe oficial, pero en el propósito agitacional había que convertir el supuesto en certidumbre. Para rematar la faena, el periódico comienza a obsequiar a sus lectores con "El juego de la guerra contra España". Consistía en una baraja de cartas y fichas de las escuadras de los dos países. Es fácil deducir que los procedimientos no han cambiado.

El gobierno español propone una investigación conjunta o un arbitrio internacional que determine las causas de la voladura del Maine. Nada que hacer, la propuesta es rechazada por el gobierno de Estados Unidos inducido por Theodore Roosevelt, belicista inflamado, Subsecretario de Marina y decidido partidario de ir a la guerra contra España. El 23 de febrero, el New York Journal que alcanza el millón de ejemplares de tirada, titula en primera página: "Así está hundido el Maine. La nación americana conmocionada por la fiebre de la guerra". Las informaciones son una pura fabulación.

Al infierno con España

Al grito de Al infierno con España, Recordad el Maine, que se utiliza en los carteles propagandísticos, Hearst y el New York Journal promueven la recluta en todo el territorio de Estados Unidos de 300 000 voluntarios para una guerra contra España en Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las Islas Carolinas. Compra igualmente un carguero que proyecta conducir al canal de Suez y hundirlo, para impedir el paso de la escuadra española que acudía a las Filipinas. La acción no llegó a realizarse porque los buques españoles volvieron grupas para defender las ciudades y costas que pretendía bombardear la flota americana.

El 19 de marzo, una resolución conjunta de las dos Cámaras del Congreso estadounidense autoriza al presidente McKinley a utilizar la fuerza, y obligar a España a abandonar sus territorios de América. Así mismo impone un ultimátum: si antes del 23 de abril España no ha ofrecido una respuesta satisfactoria, los Estados Unidos utilizarán la fuerza sin posterior aviso.

Los diferentes episodios que condujeron a esta resolución responden a un diseño preciso. La ubicación del Maine en el puerto de La Habana era en sí misma y en aquellas circunstancias un acto de provocación, al que las autoridades españolas respondieron con estricta cortesía y tacto. La voladura del acorazado constituía la gran excusa, el "casus belli" para desencadenar el conflicto. La operación tiene una perfecta similitud con el falso incidente del golfo de Tonkín, que justificó para ellos los bombardeos de Vietnam del Norte, o la tenencia de armas de destrucción masiva en Irak en fechas bien próximas. Sólo los nazis para justificar las invasiones de Checoeslovaquia y Polonia se atrevieron a tanto.

De forma convergente se orquestó antes y al unísono una campaña de intoxicación informativa, demonización y odio a España de gigantescas proporciones. Esa fue la tarea de Hearst y su New York Journal. En cierto modo constituyó el gran ensayo general de todo lo que se ha venido haciendo después. Se falsearon sistemáticamente las informaciones, se inventaron atrocidades, se dieron por ciertas cuestiones sometidas a investigación reservada y se exaltó un "patriotismo" elemental, rastrero, fanático, transmutado en simple impulso irracional de venganza. Para conseguir esto todo valía, con absoluto desprecio de la ética más elemental.

No sólo fue cosa de Hearst, aunque fuera el más dedicado a esta operación. La primera película con argumento que se hizo en Estados Unidos este año llevaba el significativo título de Rasgando la bandera española. Tenía una duración de poco mas de un minuto y tres únicos planos: en el primero, una bandera española ondeaba al viento; en el segundo, unas manos blancas arrancaban la bandera; en el tercero, las mismas manos la sustituían por la bandera estadounidense. Tuvo un enorme éxito de público. Lo cuenta José Antonio Plaza en su libro "Al infierno con España". La voladura del Maine (Madrid, 1997).

Quedaban por fin los intereses de los fabricantes de armas y de la política expansiva estadounidense representada por el partido Republicano, que abandonando la neutralidad de Cleveland necesitaba una guerra y extender su control al Caribe. El mecanismo de apariencia democrática con las dos cámaras del Congreso reunidas para darle al presidente el poder de utilizar la fuerza, es también similar al de otras muchas ocasiones. Así se hizo recientemente con Bush, para que a partir de una falsedad ahora demostrada, como fue hace más de un siglo la del Maine, pudiera invadir Irak y matar, porque toda guerra implica muerte y destrucción.

El 19 de abril los Estados Unidos declararon la guerra a España. Sólo intervinieron cuando las tropas y recursos españoles en Cuba y Puerto Rico estaban al borde del colapso. Su intención real era apropiarse de ambas islas y todo lo que hicieron desde su desembarco estuvo destinado a neutralizar la presencia de las fuerzas independentistas cubanas, a reducirlas a unidades de apoyo y, finalmente, a desarmarlas una vez que izaron su bandera de las barras y las estrellas.

Las verdaderas causas de la explosión del Maine

La comisión estadounidense creada en 1898, aseguró que la explosión del Maine se había causado desde el exterior, por la acción de una mina. España no había ejecutado la voladura, pero era responsable por no haber proporcionado la adecuada seguridad. La española negó cualquier responsabilidad y aseguraba que la deflagración se había producido en el interior.

En 1911 se procedió a reflotar los restos hundidos del buque y una segunda Comisión  investigadora procedió a estudiarlos. El gobierno español no quiso participar en ella alegando que "sólo serviría para enconar viejas y dolorosas heridas". Sus conclusiones ratificaban la existencia externa de una mina, unida a una acumulación de gases entre el casco y la cubierta protectora cuya expansión violenta  produjo los destrozos internos.

En 1975 una tercera Comisión dirigida por el almirante Hyman Rickover, director de la División de Energía Nuclear de los Estados Unidos, llevó a cabo un estudio más completo y sistemático de fuentes, informes y restos, con la utilización de técnicas de análisis muy sofisticadas. Las conclusiones fueron sorprendentes e implacables: "la explosión del depósito de municiones A-14-M provocó todos los daños en el Maine". La causa era por tanto de naturaleza interna y se debía a una única deflagración. Su origen: el incendio de la carbonera A-16, situada junto al pañol de municiones, cargada de carbón bituminoso que por llevar más de tres meses y medio almacenado era susceptible de una combustión espontánea, de lo que existían antecedentes en otros barcos de la Armada estadounidense.

Respecto al caso que nos ocupa, tenemos derecho a pensar que la combustión de la carbonera pudo ser "espontánea" o "provocada". Cualquier agente, gubernamental o privado, pudo inducirla. El trasiego que se produjo desde el Bucanero de Hearst, fondeado a su costado, los días anteriores a la explosión, abre más aún dicha posibilidad. Quizás algunos piensen que constituye una desmesura mantener que alguien puede asesinar a sus compatriotas para lograr sus deseos. Creo que desconocen la mentalidad psicopática de este tipo de individuos, dispuestos a cualquier cosa para conseguir sus objetivos y saciar sus intereses. Gentes así no iban a dudar ni vacilar por el hecho de que perecieran 266 de sus compatriotas, muchos de ellos marinería de color, si con ello podían forzar una guerra que les interesaba y convenía en planos diversos. También esto se ha llevado a cabo muchas otras veces, aunque no se diga.

Colofón

No se trata de recordar el pasado para amamantar rencores, pero no podemos olvidar episodios como éste que iniciaron un camino utilizado con frecuencia por las administraciones estadounidenses, que afectó directamente a nuestro país. Cuando sus gobernantes han hecho otro tanto en Irak, lo mínimo que podemos hacer es recordarlo cuando está en juego nuestra propia dignidad.

 

Revista ADE-Teatro nº 103 (Noviembre-Diciembre 2004)

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Pensar el futuro..., y construirlo

2004-11-01

 

Carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero, en la que expone algunas consideraciones sobre el arreglo de los teatros en España (y IV).

 

“Pensar en el futuro que podemos tener”. Esa hermosa frase estaba contenida en un artículo que publicaba Pascual Maragall en El País el 2 de marzo de 2002, con el título de “Creer en nosotros mismos”. Lanzado en su carrera hacia la Presidencia de la Generalitat, el líder socialista catalán proponía arriesgar, con “cautela y con ambición a un tiempo”, para construir un futuro diferente. Sin embargo, algunos hechos demuestran que cuando la clase política habla de futuro los ciudadanos y ciudadanas no sabemos exactamente a qué se refieren, con lo que no sabemos si echar mano al bolsillo, tapar los ojos o taponar las orejas. O hacer todo a un tiempo porque la indignación puede tener efectos secundarios.

Si se trata de pensar y construir el futuro, para todas y todos, no entendemos como el Sr. Maragall sitúa al frente del Departamento de Cultura de su gobierno a una persona que, en muy pocos meses, se ha granjeado una considerable contestación en los sectores que justamente podrían ser ambiciosos y cautelosos a un tiempo, en las personas que llevan años trabajando por pensar y hacer posible ese futuro, esa República que ya no veremos (“parole, parole, parole...”). Al final de todo este recorrido, la conclusión es clara: el Sr. Maragall ha hecho realidad su sueño de ser Honorable President (con permiso del llavero de Carod Rovira) y ha convertido en presente su futuro (¡enhorabuena!), pero la Cultura, con el Forum incluido, sigue siendo un campo abonado a las arbitrariedades, los despropósitos y la involución. Estamos así ante hechos que muestran, por desgracia, que la cultura no deja de ser un mero apéndice en la acción política, un simple adorno, un campo abonado a la creación de museos o la celebración de efemérides, y en el que no se ha querido ni se ha sabido ir más allá de lo evidente: el impacto mediático y el efecto escaparate. Se lo decía en mi primera carta y se lo repito de nuevo: las diferencias con el partido conservador, más allá del talante (¡y no siempre!) son mínimas o inexistentes en bastantes casos.

Arbitrariedades y despropósitos. Fernando Ónega iniciaba un artículo titulado “Tacaños ante los libros”(La Voz de Galicia, 11/09/2004) con un párrafo que debiera llevarle a la reflexión: “Este gobierno nos va a volver majaras. Por improvisaciones, globos–sonda, reflexiones personales y ocurrencias diversas, suscita debates que duran 24 horas, desconciertan al gobierno y regalan discursos a la oposición”. La gravedad del asunto radica en que con tanta metedura de pata asistimos al espectáculo de que significadas personalidades y simpatizantes del régimen franquista, que todavía quedan, se lanzan como tiburones contra la carnaza. El sindicato del crimen, que ahora agrupa a un número mayor de plumillas, saca pecho en defensa de la democracia y el esperpento alcanza límites insospechados. Franquistas declarados, cabeceras colaboracionistas del terror franquista o esa caterva de torquemadas reconvertidos que encontramos en la prensa amarilla salen en defensa de una democracia en la que ni creyeron antes ni creen ahora. Hay una canción de Sabino Méndez, que cantaba Loquillo, que describe bien esa situación. Se titulaba “¿Donde estabas tú en el 77?”. La mayoría estaba todavía llorando al Caudillo, después de haberse pasado la primera parte de los setenta con la cabeza escondida como avestruz, y conspirando. Los había en la extrema izquierda, claro, como el portugués Durão Barroso, aquel universitario extremista y maoísta, martillo de herejes de la calaña de Álvaro Cunhal, que ahora se apresta a ocupar el cargo de Primer Ministro de la Unión Europea si bien un tanto desmejorado tras la pérdida de “Monseñor Buttiglione”. En España hay ejemplos para dar y tomar.

En verdad parece que su gobierno parece decididamente empeñado en dar argumentos a la derecha para hacer oposición. Justo a la mitad de agosto, llegaban las fotografías de las señoras ministras y se desataba una polémica innecesaria. Las ministras del gobierno que Usted preside nos sorprendían con un reportaje insubstancial en una revista pija que mayormente lee la gente decididamente pija y convirtiendo Presidencia de Gobierno en una pasarela igualmente pija, mientras Berlusconi por fin se decidía a mostrar su verdadero rostro: el de un bucanero sonriente y bronceado que se ha cobrado el mejor de los botines, el mismo Estado. A cualquier ciudadano amante de la República le debe preocupar lo segundo por lo que pueda pasar o ya está pasando en el universo mundo, pero a Usted le debiera preocupar especialmente lo primero, como nos preocupa a muchas personas que, desde una posición republicana y de izquierdas, entendemos que la acción política debe ser un ejercicio de responsabilidad y compromiso ético, ajena al culto a la frivolidad que caracterizó la ejecutoria pública y privada de un número importante de personas vinculadas a los dos últimos gobiernos de Felipe González. “Desconcertante, torpe y frívolo”. Así calificaba el “posado de las ministras” la periodista María Antonia Iglesias (La Opinión de A Coruña, 22/08/2004), autora de La memoria recuperada y nada sospechosa de ser ni submarino ni paquebote del PP. “Innecesario y torpe”, insistía, señalando que suponía dar “carnaza a la derecha”.

Más allá de esas polémicas interesadas, que señalaba la otrora jefa de los servicios informativos de la TVE con Felipe González, y que azuzan y azuzarán los que no dejarán pasar una para debilitarle a Usted, a su gobierno y a su partido, creo que el hecho tiene una cierta transcendencia por el  subtexto que las fotografías nos proponen. Estamos ante una emergencia de contenidos, deseos, expectativas, frustraciones..., todas ellas latentes y que nos dicen mucho de los por qués, los cómos o los para qués de ciertas cosas, de ciertas actitudes e incluso de ciertos nombramientos. Las imágenes no están exentas de una considerable tonalidad frívola que no casa muy bien con las tareas, compromisos y retos que tiene ante sí el gobierno de la nación (sea del color que sea), en el que las ocho ministras tendrían mucha leña que cortar. Ocho ministras en un gobierno presidido por una persona como Usted, que reconoce una deuda intelectual con las propuestas de Philip Pettit. Entenderá que quienes hemos leído su libro Republicanismo, el de Pettit claro, y algunos otros volúmenes sobre el tema, no acabemos de encontrar su conexión con esa línea de pensamiento, más allá de la retórica del discurso; entenderá que a la vista de los hechos esa conexión se torne inexplicable.

Cualquier persona puede hacerse las fotos que estime oportunas, pero cuando esa persona tiene responsabilidades políticas derivadas de una elección popular, no debe olvidar los compromisos del cargo que ocupa. Creo que a los ciudadanos y ciudadanas les debiera importar un rábano las preferencias de las ministras en el tema de los modistos y modistas (eso debiera formar parte de su vida privada, que ellas, curiosamente, insisten en hacer pública), pues lo que debiera preocuparles es el trabajo de esas mujeres en cuanto ministras. Y así llegamos al meollo de la cuestión, a la obra de William Shakespeare de la que ya hablamos en otro momento: Much ado about nothing (Mucho ruido y pocas nueces). Me temo que una de las características de su gobierno sea la de hacer uso indiscriminado de los fuegos de artificio, de los juegos florales y del ruido mediático, y esto último lo pudimos ver este verano en un programa realizado y emitido por TVE1 en el que la Señora Vicepresidenta del Gobierno entonaba una loa laudatoria a los logros de su gobierno que resultaba patética y en cuyas palabras no dejaba de asomar una y otra vez el sonsonete “trajimos a las tropas de Irak”. Y mientras la señora vicepresidenta repicaba con lo de “las tropas de Irak”, por esas mismas fechas, El País se hacía eco del manifiesto en el que once intelectuales reunidos en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo reclamaban una “cultura de calidad” y criticaban abiertamente muchas de las decisiones tomadas recientemente desde el Ministerio de Cultura, entre ellas el nombramiento de personas sin “la preparación profesional adecuada”. ¿No sabe Usted, señor Presidente, que uno de los principios del republicanismo es proponer para el gobierno de la República a personas sin tacha y dedicados al bien común, renunciando además al trato de favor y escuchando los consejos y opiniones de quienes le rodean? ¿A qué se deben determinados empeños centrados en determinadas personas?  Entre esos doce valientes estaban Juan Goytisolo, Vicente Verdú, Jorge Herralde, Rosa Olivares, Francisco Jarauta o Ernesto Caballero. El hecho de que a pocos meses de iniciada la actual legislatura arrecien las críticas en relación con la política cultural del Ministerio de Cultura, nombramientos incluidos, es un indicativo de que la estrategia en la acción del gobierno parece centrarse más en lo adjetivo que en lo substantivo, como si lo importante fuese el envoltorio y no la forma y el contenido. La moda, Sr. Presidente, no deja de ser un envoltorio, y eso lo saben bien las gentes de teatro que aprecian el valor de un buen actor o una buena actriz, si bien en este gremio también hay personas para las que los cortinajes, los faralaes y la azabachería lo son todo. Mientras tanto los investigadores e investigadoras, esa miríada de personas anónimas que dedican los mejores años de su vida a mejorar nuestra calidad de vida, sumidos en el más atroz desamparo y en ocasiones en no poca penuria económica, reclaman ayudas mínimas que no llegan, pese a tanta y tanta promesa. No le aburriré con la situación de la “investigación teatral”, pero esa es otra de las muchas urgencias de un sistema que tal vez haya llegado ya a un punto de no retorno, situación ante la que desde el Ministerio no se ha sabido ni ha querido elaborar un informe diagnóstico para arbitrar las medidas necesarias para su mejora y su pleno desarrollo. Ese manifiesto firmado en Santander no deja de ser un grito desesperado que no ha encontrado más respuesta que algún gesto despectivo y los comentarios típicos de los que carecen de otro argumento que la negación de la realidad cuando ésta no les gusta: “ya están los de siempre quejándose”. Eso mismo se hacía y decía desde las filas del Partido Popular.

 

La excepción y la regla

 

Pero el pasado verano nos dejaba otra polémica mucho más substantiva, en la que Mario Vargas Llosa criticaba con dureza el concepto y la práctica de la “excepción cultural”, siguiendo los dictados de los cursos de verano celebrados por la FAES, de la que es un activo militante el intelectual posmoderno Luis Alberto de Cuenca, ahora consejero áulico y protegido de la Ministra de Cultura (¡Vivir para ver!, que no dijo Federico Trillo, pero que podría haber dicho para decir lo mismo que dijo). No debemos olvidar el hecho de que el término “excepción cultural” se integraba en alguna de las frases estrella que Vd. pronunció en su discurso de investidura y que la Ministra de Cultura también ha utilizado en alguna ocasión. Con todo, la crítica de Vargas Llosa es perfectamente comprensible e incluso asumible en tanto la “excepción cultural”, formulada en abstracto, no deja de ser una medida proteccionista que puede derivar en simple endogamia, pero que además considera la cultura desde posiciones reduccionistas que ya no se justifican.Una versión actual de la “excepción cultural” la practican los agricultores franceses que vuelcan los camiones de tomates murcianos en las autopistas de toda Europa. No olvidemos que cuando Jack Lang invoca el principio de la “excepción cultural” lo hace como protección a las culturas francesas en lengua francesa, en una lucha feroz por la hegemonía frente a las culturas de expresión inglesa.

La cuestión de fondo está tanto en la “excepción”, que denota un estado de ausencia de normalidad y que es un síntoma evidente de disfunciones socioculturales, cuanto en el modelo o los modelos de política cultural que se pretenden implementar y que siempre remiten a modelos sociales, económicos y políticos. La excepción cultural sólo tiene sentido en una sociedad que considera la cultura como algo “excepcional”, lo que nos indica que en realidad la solución no vendría tanto por apostar por esa excepcionalidad sino por convertir lo que ahora es excepción en regular, habitual, cotidiano, lo que exige una nueva forma de entender la cultura y, por ende, la sociedad. Y en lo tocante a los aspectos fiscales, financieros o económicos de la tal “excepción”, siempre resulta mejor declarar la creación cultural y sector estratégico de la economía y actuar en consecuencia y de forma consecuente. Aquí volvemos, si usted quiere, a Pettit, porque hablar de modelos culturales también implica hablar de modelos de sociedad, y está claro que la excepción cultural nace de modelos económicos liberales y ultraliberales, y en ese marco el argumentario de Vargas Llosa es inapelable. La idea de construir una república, en tanto que res publica, exige repensar y reformular muchas cosas, entre ellas la cultura, que se debiera entender como espacio de creación, comunicación y participación de modo que la ciudadanía convirtiese lo que es “excepción” en habitus y capital. No es lo mismo hablar de “excepción cultural” que declarar que la creación y la difusión cultural constituyen un sector estratégico en el proyecto sociocultural y en el proyecto económico del gobierno.

Y en esa dirección, ¿qué modelos de política cultural se contemplan desde el Ministerio? Más allá de cuatro simplezas, un par de boutades y alguna ruidosa y aparatosa salida de pista (con cristalería incluida), nada se ha dicho. Volvemos al problema del vestuario y de los pases de moda: se ha hablado de envoltorios, pero para nada se han sentado las bases de un plan de acción cultural que permita lograr unos objetivos y formular otros de forma permanente, como consecuencia de los que se van cumpliendo. Es aquí donde los ministros y ministras y los directores o directoras generales deben mostrar su valía y competencia, donde es necesario oír su voz, pues su vida privada, insisto, es lo de menos. Y es aquí justamente donde nada se dice. Veamos, con todo, alguna otra cuestión relativa a la excepción cultural y a la necesidad de superar ese modelo y apostar por otras líneas de trabajo, por otro paradigma.

Hablaba antes de que se trata de un modelo que entiende la cultura desde posiciones reduccionistas. En efecto, por una parte hay una visión muy patrimonialista de la cultura, en tanto se orienta a fomentar la creación y la difusión de aquello que se ha llamado la “alta cultura”, pero ahora también apuesta por los productos derivados de lo que se denomina “industrias culturales”. Es decir, se trata de potenciar los bienes y productos culturales creados por un grupo reducido de ciudadanos que tienen carisma, o ese don gratuito que las musas conceden a algunas personas para beneficio de la comunidad, con lo que la segunda característica que apunta la excepción cultural es la de las políticas carismáticas. Patrimonialismo y carisma, dos características de las políticas más conservadoras, tanto en su acepción política de tradicionalistas como en su otra acepción, la de conservar y mantener inalterable el patrimonio. Políticas que nada tienen que ver con el ideal republicano, que más que apostar por las excepciones y mantenerlas, entiende que habría que construir utopías posibles y hacer del ejercicio de la ciudadanía, en tanto participación y corresponsabilidad, el bien más preciado para los individuos y las comunidades libres.

Verá Usted, Sr. Presidente, el martes 24 de agosto de 2004, Adela Cortina publicaba en El País un artículo titulado “Democracia deliberativa” en el que presentaba, con la brillantez que la caracteriza, cuestiones de considerable interés para cualquier persona interesada en la educación social, en la acción cultural y en la construcción de una sociedad más libre, justa y solidaria. Divulgadora en España de los trabajos de los diversos autores vinculados a la Escuela de Frankfurt (aquellos que reclamaban o reclaman todavía una revisión crítica del ideario ilustrado), los trabajos de la profesora Cortina son una referencia obligada en campos como la ética, la educación o la política. Curiosamente algunas de las aportaciones más substantivas que se han hecho en los últimos años en esos campos, como la idea de deliberación o la del propio republicanismo, tienen su raíz en Grecia, la civilización donde el teatro constituía no sólo una manifestación artística sino, y antes que cualquier otra cosa, un instrumento de conocimiento, un recurso para el estudio de la alteridad y de los otros y una escuela de ciudadanía. El teatro, en tanto espacio, constituía el ágora principal de la ciudad, y de ahí su capacidad; por eso precisamente, la ciudad había previsto el acceso de los ciudadanos sin recursos. Se dice que fue Pericles el que creó esa especie de “impuesto escénico”. El teatro era un sector estratégico en aquella república.

 

Un pacto por el teatro

 

En la actualidad no podemos hablar de “impuesto escénico” pero sí se pueden tomar otras medidas que permitan, como hemos repetido tantas veces, aumentar la visibilidad del teatro, situarlo en el centro de la vida comunitaria y multiplicar el “capital teatral” de la ciudadanía. Y para ello, mucho más que invocar la excepción cultural, se precisa iniciar un nuevo ciclo, con ideas nuevas para hacer frente a problemas ya viejos y se necesita definir un programa de acción de gobierno centrado en aquellos ámbitos que se consideran fundamentales para el desarrollo integral del sistema teatral. Y como ya apuntamos en otro momento se hace igualmente necesario trasladar esos programas, propuestas e ideas a los diferentes ámbitos de la administración, en ese gran Pacto por el Teatro que agrupe a las instituciones estatales, autonómicas y locales, y que necesariamente implique a otros ministerios e instituciones y a otros ámbitos de decisión como el europeo. Lo cual implica crear marcos de encuentro, deliberación y consenso.

Un Pacto por el Teatro que pudiese tener su concreción en un Plan Federal de Teatro desde el que formular una serie de objetivos mínimos y una serie de actuaciones centradas en los campos trascendentales: la formación, la creación, los públicos, la distribución y la exhibición, la gestión de los teatros públicos, la animación, la coordinación y la cooperación interautonómica e internacional, la proyección exterior... Un Plan Federal de Teatro capaz de trascender e ir mucho, muchísimo más allá, de los intereses no siempre legítimos de determinados agentes sociales, incapaces de entender el teatro desde una perspectiva global y compleja, y de superar las deficiencias diversas de la propuesta de Plan General de Teatro que se impulsó y desarrolló desde el INAEM en la pasada legislatura, con el plácet de no pocos supuestos compañeros de viaje del actual gobierno. La función del Ministerio, la responsabilidad del INAEM no reside únicamente en limitarse a gestionar su ámbito competencial (y habría que ver por qué tipo de gestión se apuesta), sino en generar discurso, crear espacios de encuentro y establecer pautas de debate que permitan desarrollar y poner en marcha una nueva política teatral, iniciar un nuevo ciclo para las artes escénicas a través de ese Plan del que todos, sin excepción, saldremos beneficiados, porque la creación de un tejido teatral sólido, rico y diverso, en todo el territorio del Estado, y partiendo de principios como la no–centralización y de conceptos como el de sistema, permitiría que las artes escénicas recuperasen un mayor protagonismo y su verdadero espacio en el centro de la esfera pública. Y en el impulso y el desarrollo de ese Plan es dónde debieran centrar sus fuerzas y sus esfuerzos los actuales responsables del Ministerio de Cultura y del INAEM.

Entienda, Señor Presidente, que nada tenemos contra las preferencias de esas personas en el terreno de la moda ni contra su pasión compulsiva por el viaje o por vestir y viajar el cargo y aprovechar así las múltiples plusvalías no dineradas que comporta. Tan sólo nos preocupa que hagan su trabajo y que lo hagan medianamente bien (¡que para eso les votamos!), pues algunos ya no aspiramos a que consideren principios básicos como la deliberación o el diálogo, que debieran ser la norma de su gobierno en todos y cada uno de los ministerios, en todos y cada uno de sus departamentos, de todas y cada una de las personas con responsabilidades en el territorio de lo público. El diálogo obligado con los agentes sociales para entre todos buscar caminos de mejora del actual estado de cosas en la república (disculpe que utilice su retórica, pero son sus palabras). Y tenga en cuenta que, en el fondo, la acción deliberada de “no recibir”, de “no convocar” de no crear marcos de “deliberación y diálogo” ante una situación caótica como la que padecemos en el territorio de las artes escénicas tiene implicaciones muy diversas. En primer lugar denota un talante que contradice todo cuando Usted ha venido predicando desde su llegada al poder, en el partido y en el gobierno; supone un miedo al diálogo y al intercambio de ideas que puede ser un indicio de lo que no pocos suponemos: la falta de programa; indica falta de hábitos de organización del trabajo y en la planificación de las agendas; anuncia modos y maneras que fueron propios del período anterior y que tal vez sigan instalados en los mismos departamentos con diferentes partidos; deteriora gravemente el tejido asociativo y sus posibilidades de encuentro, debate y deliberación; se traduce en una carga de profundidad contra cualquier tentativa de análisis y de propuestas de mejora. ¿De verdad interesan las artes escénicas a esas personas?

Sé perfectamente que Usted no ha leído ninguna de estas cartas, pero tampoco era esa mi intención ni abrigué en ningún momento semejante expectativa. También sé que los responsables de las artes escénicas tampoco les han prestado atención alguna, pero tampoco esperaba que concitasen el más mínimo interés, pues soy consciente de que sus preocupaciones son otras.

Todo esto no es más que un brindis al sol, pero al menos nuestra conciencia quedará tranquila por haber dicho en su momento lo que creíamos que este país necesita: una política teatral vertebradora, capaz de crear tejido teatral y orientada a convertir el teatro en un referente sociocultural para toda la comunidad. Pues con y desde el teatro también se piensa el futuro... y se construye. Un futuro para todas y todos, y para el teatro.

Esta es, por tanto, mi última carta por ahora, pero no se librará de mí fácilmente...  En breve iniciaremos en estas mismas páginas una serie de artículos sobre aspectos básicos de política teatral y para 2005 le enviaré un libro sobre política teatral que escribo en estos momentos y que llevará una dedicatoria todavía por dilucidar: “Para ZP, con afecto. (No) (Nos) defraudó”.

 

Revista ADE-Teatro nº 103 (Noviembre-Diciembre 2004)

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Amor al teatro, amor a la cultura

2004-11-01

 

Por Javier Alfaya.

¿Realmente alguien esperaba que el afortunado cambio de mayoría parlamentaria que ha permitido que nos saquemos de encima -temporalmente al menos- la pesadilla del Aznarato, iba a suponer un cambio radical en la política cultural del Estado? Yo creo que las gentes de la cultura debemos hacernos a la idea: la educación y la cultura son como las “Marías” de la enseñanza media y superior en otros tiempos: dos asignaturas molestas y más bien innecesarias porque el Sistema -sí, el Sistema- apenas las necesita como no sea para lavarse de cuando en cuando la cara.

Creánme, cada vez soy menos radical, cada vez creo más en las reformas pactadas, negociadas hasta el agotamiento de las partes en conflicto. Pero aún así... El Sistema está ahí, monstruoso y devorador, rompiendo las barreras del desarrollo sostenible, cada vez más necesitado de esa perversión que se llama consumismo, que es imparable, devoradora, ademenciada, cuyas consecuencias, cada día que pasa, están acercando más al género humano a una catástrofe absoluta.

¿Alguien cree que en ese mundo a la vista, en ese mundo cuyas formas de poder se basan en gran medida en  una concepción puramente utilitaria de la enseñanza y que cuando alguien descubra que es más beneficioso para los grandes negocios una Humanidad analfabeta, centenares de teóricos formados en sabe dios qué universidades escribirán sesudos libros sobre la necesidad de que interioricemos la idea de que pensar es un lujo que nuestras sociedades ya no pueden permitirse, va a haber gobernante que se tome en serio esto de la cultura? Y  de manera especial en un país como el nuestro en donde tantos y tantos gobernantes han pensado, a veces en secreto, otras a voces, que aquello de que “cada vez que oigo la palabra cultura tiro de pistola”, es una verdad incontrovertible.

Lo tremendo es que sí hay dinero para la cultura, a veces -permitidme decirlo- excesivo.

Trataré de explicarme: ¿ha habido en España alguien que se haya parado a pensar que con una racionalización del gasto público en cultura, limpiada ésta de fastos, conmemoraciones, necesidades de salir en la foto y un largo etc., utilizando con sensatez y sentido de la responsabilidad el dinero público, la cultura podría recibir una verdadera ayuda e incluso puede que hasta ahorráramos dinero colectivamente? ¡Daría tantos ejemplos...!

Daré uno, minúsculo, si se quiere, pero que me ha conmovido especialmente: en mi tierra natal, en Galicia, conocí un precioso mini-festival de música clásica en el que se combinaba una rigurosa dimensión pedagógica con una excelente programación de conciertos. Su coste era, gracias al sacrificio de quienes lo hacían, ¡de tres millones de pesetas!. Se lo cargaron las instancias oficiales porque no era rentable en términos, dígamos, políticos. Llenaría de ejemplos semejantes unas cuantas páginas de esta  revista, que es una revista de reflexión y de lucha. Un día cualquiera, si me lo permiten, hasta lo hago.

Muchas gracias.

 

Revista ADE-Teatro nº 103 (Noviembre-Diciembre 2004)

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El oficio de ministro

2004-09-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Yo quería escribir un editorial que llevara por título: "El día en que Indalecio Prieto salió a comprar el Vogue". No voy a hacerlo y no por falta de ganas ni por alguna otra exigencia. Mi intención era ubicar en el salón de conferencias del Congreso de los diputados los entes ectoplásmicos del político socialista, entonces ministro de Hacienda, y de Valle-Inclán, rememorando un conciliábulo que tuvieron allí el 20 de julio de 1931. No se conocen con seguridad las cuestiones que trataron. Surgieron algunas especulaciones, como es lógico. Al día siguiente el ABC se hizo eco de los rumores señalando que la tenida "tal vez estuviera relacionada con un posible ofrecimiento por parte del Gobierno al Sr. Valle-Inclán de una alta representación diplomática en América". Nada se supo después sin embargo; o bien no lo hubo o el escritor gallego consideró que no debía aceptarlo.

Nuestros dos personajes iban pronto a visualizarse y a entablar un diálogo con una diputada, socialista se dice ella. Ni don Inda ni Valle comprenden nada de lo visto en el cuché. Sería el momento destinado a un diálogo chispeante y sarcástico. Llega después otro diputado que representa un segmento de los que convierten los problemas de la vida privada de un segmento de la población, en la preocupación central y máxima de la sociedad, todo ello para ocultar sus desmedidas ambiciones de poder.

El escritor le dedicaría a la dama el mismo comentario que le hizo a Jorge Rubio en La Granja El Henar,  a la hora de la siesta, el 25 de agosto de ese mismo año: Señora, "se abren ante usted abismos de ignorancia". El político por su parte pensando en la historia de su partido, preguntaba a la madre de la patria si ante aquel despliegue de fotos que acababa de ver no había habido una interpelación del grupo parlamentario socialista, y constataba con otra su estupor: ¿"Qué significa ahora ser ministro"?

Valle y Prieto se alejaban finalmente Carrera de San Jerónimo abajo camino de nada. Más tarde, en los espacios etéreos donde reposan y chismean sin agobios los ectoplasmas, De los Ríos, Largo Caballero, Araquistáin, Zugazagoitia, Negrín, María Lejárraga y algún otro escuchaban el informe de don Inda. Todos coincidían en que si alguien no lo remediaba pronto, habría que refundar el partido. Besteiro, a lo lejos, se limitaba a sufrir y murmurar que había que rendirse, quizás a la evidencia pero visto lo visto nunca se sabe.

De todo eso y de más quería escribir y no lo hago. Mi opción como dislate ante ciertas cosas que suceden era ya la del sarcasmo, pero podría interpretarse como frivolidad o tener que sufrir como respuesta esa actitud que consiste en no comentar los hechos, sino refugiarse en los lugares comunes de lo políticamente correcto para impedir el análisis. Es evidente constato, que alguien está capacitado para el ejercicio de una función por sus conocimientos y capacidad de trabajo y organización, al margen de que sea hombre o mujer, negro o blanco, heterosexual u homosexual, etc. Cuando no es así caemos en el favoritismo o la estupidez, tan frecuentes en la historia de España. Una cosa es promocionar, apoyar, favorecer la igualdad de oportunidades de los ciudadanos al margen de su género o sus opciones privadas, otra muy distinta ofrecer un puesto público de responsabilidad a quien no esté capacitado para ello.

En consecuencia, a mí lo que ahora me inquieta es la pregunta que Indalecio Prieto se hacía en mi ficción nonata: ¿Qué significa ahora ser ministro en España? Es evidente que sólo la decantación histórica ha ido definiendo las funciones ministeriales. En el pasado, el gobernante, fuera rey o caudillo, se rodeaba de consejeros que ejercían alguna función siempre bajo la capa de su señor. El Estado poseía una organización simple y elemental, inexistente en aspectos que hoy son capitales en su configuración. Los monarcas absolutos transfirieron el gobierno a los validos, que de forma un tanto ligera consideramos con frecuencia primeros ministros. Algunas funciones, como la hacienda, comienzan a ser atribuidas a personas concretas que serían una especie de protoministros.

Lógicamente no son más que recordatorios rápidos de una cuestión bastante más compleja. Lo que pretendo es llegar a los periodos constitucionales en mayor o menor medida, que son los que proyectan pautas sobre el presente. En unos casos la jefatura del gobierno es designada por el jefe del Estado como consecuencia de la relación de fuerzas parlamentarias, aunque no siempre; en otros es directamente el parlamento quien elige a uno entre los candidatos que puedan presentarse.

Los regímenes presidencialistas funden o confunden según se mire, las funciones de jefe del Estado con las del gobierno, para conseguir una capacidad ejecutiva mayor. En el fondo limitan extraordinariamente la democracia, porque tienden a un bipartidismo absoluto que no refleja la complejidad de las sociedades. Existe sin embargo una tendencia que quiere hacer de los presidentes del gobierno elegidos por los parlamentos, una suerte de visorreyes electivos a la manera adoptada por los estadounidenses, que sacralizan y confieren poderes absolutos a sus presidentes aun a costa de perder la propia substancia democrática. Esta especie de exágesis del hombre providencial al que se entrega el porvenir de la nación, refleja de forma expresa en ocasiones la ensoñación de la dictadura, la querencia por el cónsul que ha de guiarnos en la situación de  peligro o dificultad porque nosotros, como ciudadanía responsable, no somos capaces de hacerlo.

En todos los gobiernos sin embargo, sea cual sea su origen, se da esa división ministerial que expresa la organización del Estado en diferentes departamentos y desarrolla programas políticos en áreas de actividad específica. Dicha estructura define las responsabilidades del Estado y también las preferencias programáticas de los gobiernos por unas u otras. Cuando el presidente de un gobierno escoge un ministro, se supone que busca a alguien que es conocedor de su materia en cuanto a objetivos políticos, que tiene capacidad para el diseño programático, la gestión, la dinamización y la coordinación, no sólo de las propias actividades que su departamento genera sino de aquellas que emanan de la sociedad civil en cualquiera de sus expresiones, a las que debe desbrozar caminos e inducir su desarrollo y labor productiva.

Un ministro traduce un programa de gobierno que su presidente propone y que el consejo hace suyo mediante mutuo acuerdo. Un programa que expresa en el plano de la acción para un periodo concreto, el del partido o partidos que lo sustentan en el Parlamento. Su ejercicio no puede ser fruto de la improvisación; no debe considerarse el más sabio en las materias que le ocupan sino el que mejor puede servirlas; tampoco está allí para dar gusto a sus preferencias personales o caprichos claros u oscuros, ni para colocar a sus amistades o a las de otros aunque no estén capacitados para asumir el cargo que se les encomienda. Su oficio implica escuchar, dialogar, comprender, analizar y establecer a partir de ello las pautas de acción o corregirlas.

La sabiduría y preparación que un ministro precisa no es siempre de carácter académico, o al menos no sólo. Indalecio Prieto de quien hablábamos antes, fue Ministro de Obras Públicas en dos gobiernos consecutivos de la Segunda República, presididos ambos por Manuel Azaña. Su composición incluía republicanos y socialistas. Su desempeño abarcó desde mediados de diciembre de 1931 a septiembre de 1932. Prieto carecía de estudios universitarios pero poseía una gran inteligencia y una enorme astucia y capacidad política. No obstante en el gobierno provisional fue Ministro de Hacienda y al frente de las obras públicas hizo un trabajo encomiable. Posiblemente supiera poco de la materia pero conocía sus limitaciones y lo que era urgente y necesario. Era consciente del problema que padecía España con sus sequías cíclicas, una escasa capacidad de producción eléctrica, la ausencia de territorios de regadío y, en consecuencia, una agricultura extensiva de bajo rendimiento.

Prieto reunió en su entorno a los más prestigiosos y competentes ingenieros hidráulicos del momento, y les instó a que confeccionaran un plan hidrológico a medio y largo plazo que cambiara la faz de España. No pudo realizarlo ni tampoco sus sucesores, sobre todo a consecuencia de la guerra civil, pero la construcción de pantanos que el franquismo llevó a cabo y que tanta gracia amarga nos hacía a muchos, era la aplicación de aquel plan que los facciosos vencedores se encontraron en los cajones del ministerio.

La historia de España nos ha ofrecido sin embargo ejemplos bien distintos. Podemos establecer una larga lista de ministros que representan todos los vicios y ligerezas imaginables, todas las sinrazones que podamos intuir y cuya ejecutoria fue lamentable. Nuestra esperanza  consiste siempre en que un gabinete en su conjunto y los ministros uno a uno, respondan a los parámetros enunciados. Son nada más que los propios de una sociedad democrática desarrollada, respetuosa con la condición de ciudadanía, que desea ser eficaz, que tiene objetivos y se toma en serio la gobernación: parece que aún nos falta mucho para llegar a eso. Bien es verdad que la cosa va por barrios. No deja de ser curioso que en los ministerios económicos no haya titulares de los mismos ni altos cargos que sean mujeres. ¿No las hay capacitadas o alguien presupone que con las cosas serias e importantes no se juega, con las otras qué más da?

Como remate diré que del mismo modo que el presidente del gobierno es responsable del nombramiento de los ministros de su gabinete, estos lo son de los altos cargos de su departamento. Sus errores y deficiencias son igualmente los suyos. Sus incompetencias y sus actitudes también. De todo ello se deriva la acción de gobierno y eso es lo que deberían percibir los ciudadanos. Nada de todo esto es cuestión de talante, sino de programas, de modos de comportamiento, de decisiones adecuadas, de gestión solvente. Algo que es exigible para cualquier gobierno, pero más aún cuando dice ser la izquierda y representar tus propias convicciones.

La España ilustrada existe, no es una quimera ni utopía, ni depende tampoco del talante. Sin embargo se percibe con dificultad tras una selva mediática que dice lo que quiere y no lo que realmente es, que miente si es necesario en aras de los intereses y objetivos de sus propietarios y del sistema que sostienen, y que oculta tras la bazofia la realidad del país. De eso hablaré otro día.

 

Revista ADE-Teatro nº 102 (Septiembre-Octubre 2004)

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Nociones básicas de geografía

2004-09-01

Carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero, en la que expone algunas consideraciones sobre el arreglo de los teatros en España (III).

 

Iniciado el nuevo curso político, en el que nos vamos a jugar no pocas cosas debido a la tendencia compulsiva de ciertas personas de su entorno a entender la acción política como un juego mediático, llega la hora de ir concretando algunas de las ideas que podrían contribuir a mejorar la situación de los teatros en España. Para comenzar me gustaría plantear cuestiones previas que tienen particular relevancia por cuanto algunas de sus actuaciones como Presidente y las declaraciones públicas de los responsables del ámbito cultural de su gobierno, contradicen el espíritu plural y de diálogo que se le supone al gobierno y chocan frontalmente con la praxis pasada y presente de aquellas personas que tienen la responsabilidad y la obligación de potenciar el cambio en el que Usted tanto insiste.

Comenzaremos por una cuestión que le atañe particularmente, relacionada con su proclamada voluntad de diálogo con la sociedad civil y con los diferentes actores que la conforman. Una fotografía reciente daba cuenta de un encuentro en el que se rodeaba de conocidas personas del mundo de la denominada "música ligera", entre las que destacaba el semblante y los rizos de David Bisbal. El encuentro le honra por cuanto supone abrir y airear los salones de la Moncloa, pero me parece insuficiente por cuanto Usted ha elegido un sector muy determinado de ese campo cultural que es la creación musical. Determinados gestos son sintomáticos de principios y valores, y la citada fotografía podría ser leída desde diferentes perspectivas, incluida la mediática, pues no es lo mismo departir con los citados artistas para conocer la situación de la industria musical, que convocar, para lo mismo, a Loquillo, a Miguel Ríos o a Fermín Muguruza, por ejemplo. La instantánea daría una idea clara de lo que Usted entiende por sociedad civil, del rol que está dispuesto a conceder a la deliberación y de los criterios para elegir a los agentes sociales que debieran participar en la misma. Comprenderá entonces que su elección preocupe, porque son muchos, muchísimos más, los que no estaban y seguramente debieran estar. En esa dirección, su gesto incluso podría llevar a pensar que sus continuas referencias a la ciudadanía no dejan de ser un simple recurso retórico para un discurso que, por seguir a Louis Hjelmslev, se centra Usted más en la forma de la expresión que en la substancia del contenido. ¿Qué se buscaba: un encuentro con músicos o una foto de portada? De seguir los mismos parámetros y criterios en el campo de la creación teatral, la fotografía tal vez ratificase el rumbo que está tomando la política teatral de su gobierno y que provoca inquietud e incertidumbre. Alguien podría llegar a pensar que lo realmente importante es la foto, en tanto el discurso y los programas pasan a un segundo plano. Una actitud claramente contraria a los principios republicanos que Usted tanto repetía no hace tantos meses y que no debiera abandonar.

Las consultas, el diálogo y la deliberación deben convocar a los diversos actores que conforman la sociedad civil. Como Usted comprenderá, algunos de los actores y de los agentes sociales de ese vasto campo de creación cultural que son las Artes Escénicas (y de los individuos que los integran), no podemos permanecer callados ante los indicios de una catástrofe posible y que se detecta tanto en lo que se hace mal, sin razón aparente, como en lo que no se hace. En mi caso, no callé cuando la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales publicaba en 1995 el estudio de Eduardo Galán, Reflexiones en torno a una política teatral, con prólogo de José María Aznar y con la colaboración de Juan Carlos Pérez de la Fuente; tampoco callaré ahora. Otros callaron e incluso colaboraron activamente con el Partido Popular en muy diversos frentes, lo que podría indicar que puestos, favores y prebendas son más importantes que las ideas. Por mi parte, ya que no puedo reclamar ese derecho a ser oído que a otros sí concede, ejerceré mi deber cívico de señalar algunos principios básicos para desarrollar una política teatral orientada al desarrollo integral del campo y que se articularán en una serie de trabajos que verán la luz en los próximos números de esta revista, mientras otros se presentarán en formato de libro.

Queda mucho por hacer. Por eso asombra esa querencia por descubrir Mediterráneos de la que hace gala la Ministra de Cultura. A principios del mes de julio y desde São Paulo anunciaba poco menos que la demostración de la cuadratura del círculo en cuanto a políticas culturales, y proclamaba urbi et orbe el desarrollo de un nuevo paradigma de política cultural para el mundo mundial. La gravedad del asunto no radica en que la Ministra insista en esa tendencia a situarse en otra realidad y que tanto nos recuerda aquella obra de Shakespeare titulada Much a do about nothing, sino en que parece desconocer la existencia de paradigmas de acción cultural, potenciados en su día desde la UNESCO, que ya se han desarrollado en países de nuestro entorno (como la democratización cultural o la democracia cultural) y que en la práctica son todavía desconocidos en España, por no hablar de una gestión cultural desarrollada con y para la ciudadanía, como proponía Toni Puig en un trabajo de 1997 publicado en el volumen colectivo Animación Sociocultural y editado por Ariel. Esas políticas culturales que se definen como "nuevas" o incluso como "radicalmente nuevas", y que en el fondo constituyen revisiones de paradigmas conocidos, no dejan de ser papel mojado o simples juegos de artificio, sobre todo cuando se formulan por personas que en su ejecutoria pública nada han hecho por impulsarlas sino todo lo contrario y cuando no se concretan en los correspondientes presupuestos.

¿Dónde hemos de buscar la praxis que justifica las recientes formulaciones teóricas e incluso algunas propuestas programáticas del Ministerio de Cultura y de su responsable actual? Y pregunto dónde, porque Carmen Calvo viene de una Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en la que presumiblemente debiera haber desarrollado muchas de las ideas que ahora promueve desde el Ministerio o desde un marco tan importante como el Forum Cultural Mundial de São Paulo. De no ser así, su discurso no deja de ser, como diría Derrida, una "narración" más, una fabulación improbable que se nutre de principios formulados con anterioridad, como el de la diversidad o el de la excepción cultural, y que remiten a líneas de actuación que precisan de la concurrencia previa de programas aún por implantar en España. Y lo que es peor, su discurso no resulta creíble.

El Mediterráneo es uno de los primeros mares conocidos por la Historia. No hay necesidad de descubrirlo, ni de inventar otros mares pues la cartografía general del planeta se completó hace tiempo. Y otro tanto ocurre con las políticas culturales y teatrales. Existe bibliografía abundante en la que se explican, con todo lujo de detalles, modelos de acción cultural que en España, en su conjunto, todavía son novedad. Como ejemplo podríamos analizar el modelo de difusión teatral imperante y que, salvo los casos específicos de Madrid, Barcelona o Valencia, se basa en una distribución aleatoria, puntual y circunstancial, de función casi única, y por lo tanto ajena a cualquier principio de exhibición intensiva y extensiva, orientada a la creación, consolidación o fidelización de públicos. Otro tanto podríamos decir del modelo de creación teatral, pues la mayoría de las capitales de provincia y de los núcleos de más de cincuenta mil habitantes, carecen de unidades estables de producción. Se consagra así el modelo de ciudad receptora frente al modelo de ciudad creadora; y este último modelo podría condensar muchos de los principios que sustentan la idea de la diversidad cultural en tanto se trataría de potenciar por igual la idea de una ciudad para el teatro y la necesidad de promover los teatros de la ciudad. 

Curiosamente, algunos de esos libros fueron editados en los años setenta por el Ministerio de Cultura. En uno de ellos (La desmitificación de la cultura, 1979), Finn Jor proponía líneas de actuación de fácil aplicación y que contienen ideas que ahora sustentan la Carta de São Paulo suscrita en el Forum Cultural Mundial Brasil 2004. Infelizmente, muchas de las propuestas contenidas en aquellos estudios e informes, que en buena parte provenían de la UNESCO, fueron ignoradas por los sucesivos responsables del Ministerio de Cultura. El gran drama que padecemos en España (en sus autonomías, provincias, capitales, comarcas, ciudades, pueblos...), al menos en el ámbito de las Artes Escénicas, es que modelos de acción cultural básicos, como los estudiados por Emiliano Fernández Prado en su estudio La política cultural, siguen ausentes de la praxis política y basta con analizar los presupuestos de cultura de las diferentes administraciones para constatar esa triste realidad. ¿Cómo puede la "cultura" convertirse en un factor de desarrollo comunitario, de promoción sociocultural y de creación de riqueza material e inmaterial, cuando no es más que un simple adorno para programaciones específicas y muy puntuales?

En ese sentido desde el Ministerio de Cultura y desde el gobierno central, cabría desarrollar estrategias y líneas de actuación orientadas a transformar ese estado de cosas, colaborando con unos y deliberando con otros, pero siempre señalando vías para convertir las Artes Escénicas, en tanto que patrimonio cultural singular de utilidad pública, en un factor de desarrollo humano y crecimiento económico.     

Para eso no necesitamos, de momento, paradigmas universales e innovadores en política cultural y teatral. Necesitamos que se formule y desarrolle un programa de normalización de las Artes Escénicas y que en su formulación, puesta en marcha y evaluación continua, participen los agentes sociales, en un proceso de diálogo y deliberación en el que el bien común se sitúe por encima de los intereses sectoriales; incluso por encima de los que, desde el propio Partido Socialista y a título individual, alientan políticas neoliberales y de privatización y destacan por la defensa del monopolio escénico, por no hablar de quienes promueven la frivolidad, el absentismo laboral, la dejación y el despilfarro, fantasmas de un pasado demasiado reciente, que tanto perjudicó la trayectoria del Partido Socialista. Visto lo visto, vuelve la "beautiful people".

Una de las funciones del Ministerio de Cultura, y en particular del INAEM, consiste en definir las líneas generales de un proyecto que tenga entre sus objetivos la creación de tejido teatral, la potenciación de las Artes Escénicas como un factor de desarrollo comunitario y un aumento substantivo de capital teatral entre la ciudadanía. Y la complejidad del problema exige una respuesta programática integral y global, que se puede articular desde la formulación de una política teatral asentada en las aportaciones de la Teoría General de Sistemas. Porque la diversidad a la que tanto alude la Ministra de Cultura no sólo se detecta entre pueblos o culturas sino que es un rasgo distintivo y diferencial de las Artes Escénicas pues hay que hablar de teatros, de públicos, de estéticas, de tendencias... (siempre en plural), lo que exige, en el territorio común que habitamos, la colaboración y la coordinación interministerial, interautonómica y entre muchas otras instituciones y organismos. Más que lanzarse a solucionar los problemas del mundo mundial, la Ministra de Cultura, con su corte de colaboradores y expertos, debiera ser capaz de proponer soluciones para recuperar un sistema teatral moribundo.  Los principios teóricos, programáticos o metodológicos que sustentan la Carta de São Paulo, firmada por la Ministra de Cultura, podrían contradecir lo que ha sido su praxis al frente de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y para nada concuerdan con algunos de los nombramientos realizados en el Ministerio, también en el INAEM. Por eso no podemos dejar de hablar de una querencia preocupante por los "fuegos artificiales", pues si para algunas personas puede resultar particularmente estimulante que Madrid sea la sede en 2005 de un Congreso Mundial de Ministros y Ministras de Cultura, por el impacto universal del evento, para otras resulta especialmente grave esa búsqueda compulsiva del escaparate, en tanto síntoma de un modo de hacer política marcado por la exuberancia de la carpintería escénica, por la pobreza de la interpretación y por la ausencia de una teoría avalada por la praxis (y viceversa). 

Nada tengo contra la citada Carta de São Paulo. Es más, a pesar de su naturaleza un tanto etérea y de su falta de concreción programática, que evita la asunción inmediata de compromisos y la provisión de recursos monetarios, cualquier persona de bien la subscribiría en su totalidad, sobre todo porque en algunas de sus ideas más claras y substantivas se deja sentir el peso de aquella pedagogía crítica que formulaba Paulo Freire en los años sesenta y setenta. Pero de entrada no es más que una declaración de buenas intenciones. El problema radica en que las cartas, los documentos, los manifiestos y todos esos actos de lenguaje, o narraciones, sólo son papel mojado cuando no se substancian en la praxis y no van acompañados de la correspondiente memoria económica. Y en nuestro caso la praxis, pasados los primeros cien días de gobierno, no va por buen camino. Es más, se presienten malos tiempos para las Artes Escénicas, sea por la ausencia de programa sea por la voracidad de los enemigos de lo público y de la república. Por eso es tan importante que nuestros gobernantes abandonen el limbo y dejen de flotar. Tienen que aterrizar, tomar contacto con la cruda y dura geografía de lo real, ponerse ropa de faena y empezar a trabajar. No se trata de descubrir el mundo, sino de construir la república, nuestra república, en cada aldea, en cada pueblo, barrio, ciudad... Sólo así podremos aspirar a construir un nuevo mundo mundial.

Revista ADE-Teatro nº 102 (Septiembre-Octubre 2004)

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El retorno de los dioses

2004-07-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Todo cambio de gobierno y más si se ha producido tras la mutación de una mayoría parlamentaria de signo político diferente, conlleva relevos múltiples en todos los escalones de los estratos gubernamentales. Los cargos políticos de libre designación son sustituidos en su totalidad o casi, por otros que pertenecen al partido o la coalición triunfante. Si se trata de realizar el programa de un partido forjado a partir del estudio de las diferentes áreas de gobierno, el conocimiento de los canales administrativos y la elaboración de proyectos para su mejora y desarrollo, es lógico que se busque a las personas más idóneas para su aplicación.

Para desgracia nuestra, en la práctica esto no suele ser así. Los partidos políticos han hecho paulatina dejación de sus responsabilidades en tanto que pensadores orgánicos de la gobernabilidad y de un proyecto social específico, para convertirse en clubes electorales. No hacen política, tan sólo aparentan hacerla mediante la exaltación de unas cuantas expresiones altisonantes.

Un partido debe saber cuando menos que estar en la oposición no consiste en decir de forma sistemática lo contrario del que gobierna, sino hacer un seguimiento minucioso de lo que se hace, introducir los elementos críticos que derivan de sus propios planteamientos y proponer  soluciones alternativas que pasarán a convertirse en proyectos de gobierno. En definitiva: estar preparados para gobernar.

Cuando no se hace así, se suplanta en realidad el estudio, el análisis, la conceptuación y elaboración programática, así como la búsqueda de los equipos más solventes y capacitados para su aplicación, por el delirio publicitario y la apariencia vana. La improvisación se convierte en tales casos en norma. Resulta pintoresco descubrir, cuando esto sucede, que se comienza a diseñar cuando se alcanza el gobierno o que una vez alcanzado se hace lo contrario o algo bien diferente de lo que se dijo. Por eso quizás se encuentran en ocasiones casos puntuales en que en nombre de un gobierno de izquierdas puede hacerse en determinados departamentos una política conservadora, arbitraria o caótica; mientras que con uno de derechas puede igualmente darse algún caso puntual en que se adopten posturas ilustradas y civilmente responsables que responden a una substancia progresista. Esto suele producirse únicamente en territorios colaterales al núcleo central de la gobernación, sólo que en ocasiones son tan notoriamente visualizables como la cultura.

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Cuentan las crónicas y yo lo recuerdo sin todas las precisiones que es sencillo localizar, que a mediados del siglo XIX llegó a Madrid de sus pagos extremeños un joven dispuesto a comerse el mundo a cualquier precio. Atendía por Adelardo López de Ayala y traía bajo el brazo una comedia para estrenar: Un hombre de estado. Como picaba alto y quería que se la hicieran en el Teatro Español se puso al habla con un paisano o amigo, no recuerdo bien, secretario a la sazón del Conde de San Luis (Luis José Sartorius), ministro de la gobernación y persona de confianza de Narváez: mandaba entonces con vara alta el Espadón de Loja. El secretario se empleó a fondo y logró que el Conde accediera a que la obra se representara: fue el primer hito madrileño de Adelardo.

Lo demás es historia casi corriente. Medró en los salones oportunos. Valle-Inclán lo llamaría en La corte de los milagros "el gallo polainero"; y dando un sesgo a su moderantismo ingresó en la Unión Liberal, en donde se puso al servicio del "partido americano" que pugnaba por el mantenimiento del esclavismo en Cuba. Fue, exempla docent, ministro de Ultramar con el gobierno provisional del general Serrano tras el triunfo de la Revolución de septiembre de 1868, "La Gloriosa", lo era en el último del reinado de Amadeo de Saboya y se mantuvo en el primero de la Restauración. Fue diputado cuanto quiso y Presidente del Congreso. Triunfó en el teatro hasta el punto que cuando se estrenó Consuelo (1870), el sagaz y severo Clarín llegó a afirmar: "ha nacido un nuevo Calderón".

Hoy sólo nos acordamos de sus obras los estudiosos de la literatura dramática y algunos historiadores. Nada quedó de sus hazañas salvo el recuerdo de sus pillerías, pero fue alzado en su tiempo a los altares de la gloria nacional. ¿De quiénes cobró y a quiénes pagó para llegar a la cumbre literaria con tan breve bagaje? Rebusquen en su entorno y lo deducirán facilmente, aunque no tengamos los documentos que lo demuestren ni sepamos todo de los entresijos de su biografía.

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Este anecdotario, con lances diversos y las lógicas variantes, se ha repetido en numerosas ocasiones en la reciente historia de España. Quizás se esté dando ahora mismo. El problema de la cultura y el del teatro en particular es una de las cuestiones pendientes y no resueltas desde los tiempos que denominamos "la Transición". Es cierto que el Presidente del Gobierno le ha dedicado en su discurso de investidura más espacio que ninguno de sus predecesores. Sus palabras fueron elocuentes y no nos cuesta ningún esfuerzo compartirlas porque coinciden con mucho de lo que hemos escrito en estas páginas. La duda estriba en que los hechos las corroboren y Éstos parecen caminar por sendas bien distintas. Estamos aburridos y fatigados de oÍr palabras y palabras sin que nada cambie y todo siga igual: los mercaderes suplantando a los sujetos de la creación y producción cultural; el saber y el conocimiento desdeñados y sustituidos por la apariencia petulante y la arrogancia ignorante; unas pocas "deidades" de guardarropía elevadas a los altares láicos de la genialidad a las que se inciensa sin control ni tino, y para los que parece no existir responsabilidad ninguna que les afecte.

En nuestro teatro por ejemplo, resta todavía por hacerse la elemental transformación que deslinde con claridad su condición de servicio público y bien de cultura de su existencia como simple negocio y mercancía, a fin de que ambas dimensiones y prácticas no se confundan y ambas tengan su ámbito de actuación y su especificidad. El teatro no posee per se la condición de servicio público. Hay uno que por sus fundamentos, organización productiva y objetivos lo es; hay otro que se postula como producto mercantil, busca exclusivamente el beneficio material y simplemente no lo es. Las confusiones en este terreno sólo generan la ambición de un grupo reducido de empresarios que ven en ello la posibilidad de ir al copo.

En segundo lugar no se ha puesto en marcha la gestación y consolidación de auténticos teatros públicos institucionales. Los que ahora existen son en buena medida teatros de Estado, o de Autonomía, o de Municipio. Un teatro público es ante todo una institución que tiene el objetivo de mantenerse sean cuales sean los equipos que se turnen en su dirección, que acumula una experiencia y una historia propia, así como un conjunto de saberes, documentación y materiales que inciden de un modo u otro sobre su presente. Una institución que se inserta en un marco de fundamentos y objetivos generales.

El órgano competencial es el Consejo de la institución, que recibe diferentes nombres según los países o los modelos político-administrativos que se adopten. En él están representados los organismos políticos que lo sustentan, así como entidades de la sociedad civil a través de sus representantes cualificados. El Consejo tiene algunas competencias inexcusables: nombrar al director de la institución; aprobar el presupuesto anual en el que se incluyen sueldos del personal estable y accidental, cuantía de las producciones, actividades paralelas, etc.; sancionar el estado de cuentas de la institución al concluir el ejercicio, comprobando el correcto aprovechamiento de los recursos; y aprobar el plan de acción de cada temporada. Igualmente plantea el pliego de condiciones del director que establece las responsabilidades y tareas que debe llevar a cabo.

Todo director que se postula debe presentar un Proyecto, que explicita los fundamentos, pautas y objetivos de su propuesta, que expone las líneas básicas del repertorio, de la relación con los espectadores, etc. Algunos de estos proyectos han merecido su publicación. Cuando la Asociación de espectadores del Teatro de la Comedia de Ginebra propuso que se nombrara director a Matthias Langhoff, éste redactó un extenso estudio con un análisis pormenorizado de la institución y un amplio repertorio de propuestas. Finalmente no ocupó el cargo pero sí publicó su informe con el título Le Rapport Langhoff. Projet por le Théâtre de la Comédie de Genève (1987). En la actualidad, los teatros catalanes que dependen de las instituciones exigen cuando menos que exista un proyecto por parte del director al que puedan remitirse.

Denomino teatros de Estado, en ocasiones son lisa y llanamente cortesanos, a aquellos en que la propiedad pública del espacio arquitéctonico y la completa financiación de sus actividades, determina su total control sobre los mismos. El director es nombrado directamente por los responsables políticos y sólo ante ellos es responsable. Un procedimiento así es el que se instauró en España en el franquismo y no se ha modificado en absoluto. Ello abre las puertas a la discrecionalidad, a la arbitrariedad, a la improvisación o al puro y simple capricho en los nombramientos, con total obscuridad respecto a los contratos que se establecen, a las responsabilidades que se asumen, al proyecto que se va a llevar a cabo, a los equipos de trabajo, etc. Pudiera parecer un despropósito, pero es lo que sucede por muy preconstitucional y cortesano que parezca.

Cuando lo que se pretende, pongo por caso, es entregar un teatro y unos recursos a un director (?) "para que haga su obra" -como declaró en público un director general  del INAEM hace algunos años ante más de doscientas personas del mundo teatral -, asistimos a la consolidación del teatro de corte, preconstitucional, al servicio de las "divinidades", en detrimento del teatro como servicio público dedicado al desarrollo de la cultura escénica, el  incremento y capacitación de los espectadores/ciudadanos, y a la consolidación y maestría de las profesiones escénicas. En ocasiones no es ni tan siquiera su obra, sino sus caprichos. Se ha ocultado deliberadamente la fraseología de un progresismo vacuo y superficial, conla ausencia de actitudes progresistas constatables a través de la práctica, las formas organizativas, la competencia profesional, la dedicación, el repertorio, etc. Algo más a tener en cuenta: no confundir el progresismo o la vitalidad crítica con el snobismo, cosa que suele suceder en estos pagos.

Por todo ello he afirmado que un teatro público institucional, con su Consejo o Patronato que le confiere autonomía de funcionamiento y le exige responsabilidades ante el mismo, tiene poco que ver con un teatro de Estado. Así son los teatros públicos, con sus lógicas variantes, en los países europeos. Nosotros somos una excepción que en ocasiones es harto difícil de explicar a nuestros colegas extranjeros. Incluso en el caso de la Comédie Française, cuyo estatuto se ha mantenido con algunas variantes desde su origen, se propusieron soluciones similares. No obstante hay que decir que se trata de un modelo único, casi una reliquia del pasado, que no existe en ningún otro país ni en la propia Francia, que posee unas características que son inherentes a su nacimiento y su historia y que sería absurdo pretender imitar.

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No corren buenos tiempos para el teatro como bien de cultura, aunque lo sean para el negocio del teatro en forma de musicales y otras hierbas. Lo peor sin embargo es una especie de sordo silencio respecto a cuestiones que todo indica que no se quieren abordar. El heliógrafo del sur nos comunica que el Centro Andaluz de Teatro va a desaparecer. Se hacen nombramientos en los teatros públicos con la misma arbitraria impunidad de siempre. No se presentan proyectos, se desconocen las condiciones de los contratos cuyas claúsulas debieran ser de dominio general; no se garantiza la dedicación exclusiva; se contempla la percepción suplementaria de escenificaciones, diseños escenográficos o de vestuario sobre sus honorarios como directores de la institución; no existe un pliego de condiciones que exprese de forma pública y transparente cuáles son las obligaciones a que se comprometen, etc. Todo esto es absolutamente común y habitual en cualquier teatro institucional europeo, gobierne quien gobierne, sea la derecha o la izquierda, porque se trata de una práctica que instaura un elemental e irrenunciable sistema de garantías. En este caso seguimos idénticos procedimientos a los que se utilizaban durante el franquismo, y al parecer son muchos los que han venido haciendo y hacen esfuerzos titánicos para que no se modifiquen.

La gobernación de la cultura no es patrimonio de nadie a título personal, ni se puede proceder como si se tratara de un cortijo en propiedad. No debe ser territorio abonado para los caprichos de quien quiera que sea, para la adopción de decisiones "a lo divino" carentes de compromiso alguno con los programas político-culturales, por muy débiles que sean, con la ciudadanía para la que se gobierna, con los sujetos de la acción cultural y con las organizaciones que configuran su sociedad civil.

Es ésta una cuestión que nos atañe, en la que nos sentimos implicados por nuestra propia condición asociativa, como profesionales del teatro y como ciudadanos responsables de un Estado democrático de derecho. Por una vez tendremos que expresarlo con claridad: si no tenemos interlocutores reales y veraces para abordar un proyecto global respecto al sistema teatral, si no existe voluntad política para llevarlo a cabo, pasaremos a la acción. El Presidente del Gobierno debería meditar que fue la capacidad de acción de muchos ciudadanos a través de las palabras y presencias pacíficas, la que propició su advenimiento.

Revista ADE-Teatro nº 101 (Julio-Septiembre 2004)

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Las tropas bien, pero..., ¿qué hay del resto?

2004-07-01

 

Segunda carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero, en la que expone algunas consideraciones sobre la Educación  y la Cultura en España.

 

Hace unos días, en un mitin celebrado en la ciudad de Vigo, señalaba Usted, ciudadano presidente, que las tropas ya estaban en casa y se congratulaba por haber cumplido una promesa electoral. ¡Solo faltaría! Se trata de una de las promesas clave en su victoria electoral. El no cumplirla le habría privado del crédito que le otorgamos el catorce de marzo. Y digo “otorgamos”, porque muchas gentes de teatro le votaron, le hicieron campaña y pidieron el voto para Usted y su partido, tales eran las necesidades de regeneración e higiene en este país. Por eso, ahora, nos vemos obligados a mantenernos vigilantes para que no se produzcan los despropósitos de otras épocas en que se frustraron tantas ilusiones y utopías. No faltarán los que reclamen para Usted esos cien días de cortesía que el PP no le ha concedido en un comportamiento desleal e  indigno. Nuestro caso es diferente. Nos preocupan determinados gestos, determinadas decisiones que no auguran nada bueno y queremos decirlo. Es más, entendemos que es nuestra obligación. Callar sería hacernos cómplices de un fracaso que muchos le desean y vaticinan. Nosotros no. Le deseamos lo mejor, por el bien común, por el bien del arte, de la cultura, del teatro.

Se ha dado Usted cuenta, y muy pronto, de que cumplir esa promesa de retorno de las tropas era fundamental. Claro que sí, pero el regreso se vio turbado por una serie de actos, discursos y homenajes que no venían a cuento y que encogió el alma de algunos de sus votantes. Lo mismo ocurre con otras actuaciones de los suyos, y sobre todo con tanta declaración y aclaración, réplica y contrarréplica. La cuestión de número aplicada al género, por ejemplo. El asunto no radica en nombrar el mismo número de ministros que de ministras, sino poner al frente de los ministerios y departamentos varios a las mujeres más sabias y capaces. No se debe confundir la equiparación de géneros con el uso indiscriminado de flores, floreros y florones (en ellas y ellos). En esa dirección, el ejercicio del poder debería ir acompañado de tanta discreción como seriedad, dejando a un lado pulsiones varias que a menudo conducen a rectificaciones inmediatas o a polémicas innecesarias y estériles. El ejercicio del poder debe ser especialmente sensible en el caso de los inevitables ceses, procurando que la substitución de las personas se produzca con cordialidad y generosidad, ¡con urbanidad y educación!. Se trata de principios republicanos que Usted y alguna colaboradora suya han olvidado de buenas a primeras, lo que podría ser un indicio de que su apuesta por el republicanismo era poco sólida y que el poder, mal que nos pese, sí le podría llegar a cambiar.

La renuncia a nombrar a las más sabias y capaces en todos los casos ya se deja sentir en la marcha de los asuntos de la República, pues el alto grado de improvisación en campos trascendentales como la Educación o la Cultura demuestra no sólo que había poco programa sino que las personas al frente de los respectivos ministerios no se han tomado la molestia de actuar con la responsabilidad debida ni de informarse debidamente antes de anunciar determinadas medidas. ¿Cómo es posible que a estas alturas no sepan Ustedes qué hacer con la LOCE, cuando su obligación, su deber, era saberlo incluso en la época en que eran oposición? La convocatoria de un comité de debate en torno a la LOCE no debería haber impedido que el Gobierno, desde el primer momento, hiciese públicos los aspectos más importantes de su acción futura. De nada sirve que recurramos ahora a la vieja justificación de recordar la carrera universitaria de determinadas personas, como si la carrera docente o académica fuesen una garantía de excelencia en la gestión política.

Nos preocupa enormemente la Educación y la Cultura, ciudadano presidente, pues son pilares básicos para desarrollar el cambio que nos permita enfrentar con garantías de éxito la construcción de la República y de un mundo libre, justo y solidario. Son dos ámbitos de la acción política en los que los gobiernos tienen mayor margen de maniobra y en los que pueden mostrar y demostrar esa voluntad de transformación que Usted no cesa de proclamar, pero que no termina de substanciarse a través de la acción de gobierno. Y si todavía es pronto para mostrar hechos, se podría al menos mostrar el programa que pretenden aplicar, e iniciar ese desarrollo a través de la creación de equipos de trabajo con ideas y con la capacidad para implementarlas. Mas la ausencia notoria de ideas y de equipos en el campo específico de la cultura demuestra, por desgracia, las enormes carencias de un programa realizado con muy poco orden, dudoso concierto y escaso acierto, ajeno a cualquier consideración estratégica relacionada con ese ideal republicano que Usted, supuestamente, tanto valora.

En el campo de las Artes Escénicas causa estupor, dolor y vergüenza ajena la pobreza de los planteamientos esgrimidos por asesores y expertos, que demuestran una visión parcial, incompleta y sumamente reduccionista del mismo. Pero también muestran un cierto desconocimiento del mismo. Así, entre las 74 medidas que anunciaban en su día en el campo de la cultura, la número 25 hacía referencia a la elaboración casi inmediata de un “Plan Estatal de las Artes Escénicas” a partir del hecho de que supuestamente existe un borrador “que se encuentra prácticamente terminado”. El del Partido Popular, por cierto, con una clara deriva economicista impulsada por las productoras privadas. ¿De verdad se puede dar por terminado ese borrador? ¿Están hablando en serio? ¿Se puede hacer un Plan con un borrador? ¿De verdad creen que ese documento sirve, siquiera como borrador, para elaborar un Plan Estatal de las Artes Escénicas? Me imagino que se trata de un error de redacción, de un lapsus o incluso de una errata, porque de no ser así estaremos ante uno de los primeros despropósitos de su gobierno en el ámbito de la planificación cultural y puede afectar gravemente al desarrollo de las Artes Escénicas. En ese documento de las 74 medidas hay varias referencias a propuestas que se terminarían en el  “primer año de legislatura”, lo que muestra una cierta premura por hacer determinadas cosas que, sin embargo, exigirían poner en marcha más estrategias de debate y deliberación y un poco más de tiempo. Honestamente, se han dejado llevar por la razón instrumental y se han olvidado de la razón dialógica y de la razón crítica a las primeras de cambio. Debe Usted entender, ciudadano presidente, que ese tipo de conducta nos lleva a temer lo peor, y nuestra inquietud nace de nuestro compromiso crítico con un gobierno al que tenemos que exigir un cambio de rumbo en el modo de entender y hacer política. Porque en el fondo su victoria es, ante todo, nuestra victoria. No lo olvide.

Formular una medida como la número 21, “Creación y/o desarrollo del Currículo de Enseñanzas Artísticas”, supone incurrir, de entrada, en varios errores de concepto y redacción, lo cual no tiene justificación cuando pensamos que los programas los elaboran “expertos” de varios campos del saber, la educación y la cultura. ¿Qué expertos? ¿No sería mejor decir “plan de normativización y normalización de las enseñanzas artísticas”? Primero hay que hablar de “normativización” para determinar de qué enseñanzas hablamos, qué áreas de expresión consideramos, qué disciplinas y asignaturas académicas substantivas individualizamos y en qué niveles educativos las vamos a situar. Luego hay que diseñar un plan de “normalización”; es decir, un plan de implantación, desde la Educación Infantil a la Universidad, sin olvidar la necesidad de solucionar de una vez y para siempre la situación paradójica de las Escuelas Superiores y dotarlas de un marco institucional que permita el pleno desarrollo de todas sus potencialidades como centros de docencia e investigación. Y todo eso debe ir acompañado de la necesaria memoria económica, que permita su aplicación, pues sabemos que parte del fracaso de la LOGSE se debió a una financiación más que insuficiente. Pero igualmente grave resulta la formulación de unas “ideas fuerza” en las que late una pulsión crematística, e incluso populista, que resulta difícilmente justificable en un programa de progreso basado en principios republicanos.

Lo mismo podríamos decir de la formulación de principios como la “excepción cultural”, que no dejan de ser hermosas palabras fuera de contexto y carentes de sentido. Porque todo texto, todo discurso, requiere su contexto para resultar no sólo creíble o verosímil, sino posible. La “excepción cultural” de nada sirve si antes no se ponen en marcha planes específicos de fomento de la expresión, la creación, la difusión y la recepción cultural. Son cuatro procesos básicos pero fundamentales que hay que desarrollar en toda su complejidad para convertir el teatro, la música, la literatura, la televisión de calidad o el arte en elementos constitutivos del imaginario sociocultural de la ciudadanía, sin olvidar que también resulta igualmente necesaria la construcción y defensa de una nueva esfera pública y de una sociedad civil plural, solidaria y tolerante, asentada en una visión nueva de la ciudadanía, entendida desde la participación, el compromiso y la corresponsabilidad en la construcción republicana. Hay que comenzar a hablar, señor presidente y señora ministra, de los “no-públicos” que es tanto como hablar de “no-ciudadanos”, lo que es más grave todavía. Y todo ello implica hablar, siguiendo a Pierre Bourdieu, de “capital escolar”, de “capital cultural” o de “capital teatral”; implica diseñar, en suma, un verdadero programa de alfabetización cultural y teatral, ideas de las que hemos hablado en diversas ocasiones. Tiempo habrá después para la excepción cultural, pues la causa del teatro, o de la cultura, debe comenzarse por los cimientos, jamás por el tejado.

En el fondo, al considerar su programa de acción de gobierno en el ámbito de la Cultura, y más concretamente en el campo de las Artes Escénicas, nos encontramos ante un problema científico, pues en el diseño de las políticas culturales y en la planificación cultural también cabe tener en cuenta los grandes paradigmas cosmológicos que analizaba Mario Bunge en un trabajo reciente, Crisis y reconstrucción de la filosofía, y en el que apostaba decididamente por el sistemismo, un modelo que parte de la Teoría General de Sistemas y que puede tener especial relevancia en el estudio e interpretación del campo teatral y en el diseño de políticas culturales y/o teatrales. Y esa visión sistémica de la realidad, se puede y debe complementar con la “lógica de la complejidad” sobre la que Edgar Morin ha escrito interesantes ensayos, y con la teoría crítica de la modernidad que, frente a tirios y troyanos, sigue defendiendo Jürgen Habermas. Pero la esencia del problema consiste en establecer un modelo de cultura, lo que implica definir previamente un modelo de sociedad, para no correr el riesgo de reivindicar al mismo tiempo, y sin el menor asomo de arrobo, el patriotismo constitucional, con todo lo que eso implica, y la radicalidad conservadora de la involución posmoderna por la que tanto apostó en su día una ministra de cultura socialista, de cuyo nombre no he de acordarme (por más que quiera) y que formaba parte de su último equipo de expertos. Como señalaba Terry Eagleton en su iluminador trabajo, La idea de cultura, estamos ante un campo abonado de considerables y complicadas complejidades por lo que ni la improvisación ni la frivolidad parecen ser estrategias apropiadas en su consideración desde la esfera de la acción política.

Las tropas están en casa finalmente y la mayoría le manifiesta su aprobación por la palabra cumplida. Pero ahora queda todo lo demás, que no es poco. Ahora toca gobernar y en el gobierno de los teatros hay cosas que comienzan a preocupar y mucho. El caso del INAEM es sintomático y preocupante, por todo lo dicho y oído, pero sobre todo por lo que no ha sucedido, ni se ha visto ni se ha oído. La improvisación salta a la vista. La designación de José Antonio Campos como Director General, un funcionario de probada solvencia en la gestión pública, quizás sea la mejor salida ante la ausencia de personas e ideas, lo que reviste especial gravedad porque evidencia la falta de un programa vertebrador, estructural, sistémico. Su conocimiento del organismo autónomo incluso puede ser una forma de garantizar mayores dosis de diálogo y consenso ante los conflictos y problemas, de muy diverso orden, que se avecinan. Pero a día de hoy, cuatro de junio, el organigrama del INAEM está sin completar, lo que nos viene a indicar que aquellos equipos de sabios y expertos no hicieron los deberes, e incluso asistimos al esperpento de supuestos nombramientos alentados en los medios por algún propio y no pocos extraños. En este caso, los deberes consistirían en hacer las provisiones y previsiones necesarias para que un equipo de personas al frente del que se situó Usted, con la aspiración de ganar las elecciones, pudiese formar gobierno. Y cuando digo formar gobierno, hablo tanto de nombrar ministros y ministras como de crear equipos en todos los sectores y estructuras de la administración; equipos como el que nos gustaría ver al frente del INAEM y que ya no veremos, por mucho que se quiera hacer de la improvisación virtud. Los nombramientos llegarán, por supuesto, pero difícilmente contaremos con ese equipo cohesionado, sólido y con un proyecto propio, bien elaborado y estructurado, capaz de sentar las bases de un programa teatral que de una vez por todas sitúe a las artes escénicas en el mismo centro de la vida comunitaria, en un signo distintivo de la República. Esa improvisación puede llevar a que se aplique una política teatral conservadora.  Amigo presidente, Usted, pese a lo que diga en mítines y otras celebraciones, ha comenzado por hacer lo más fácil, por traer unas tropas que la mayoría quería en casa, pues sabía que la medida no le iba a suponer coste político alguno sino mucha admiración, incluso en el exterior. Ahora le queda lo más difícil; ahora tiene que gobernar y hacerlo para y con la ciudadanía. Ponga a sus ministros y ministras a trabajar; pídales que se olviden de la galería y de la clá y que se ocupen más de sus ideas que de sus ropajes, pamelas, aceites, pelucas, pucheros y abalorios; recuérdeles, en fin, que las ideas se muestran a través de la palabra y de la acción, lejos de los titulares. Y para terminar, dejaremos constancia, una vez más, de nuestra voluntad de trabajar por la causa común del teatro, desde el respeto y la colaboración leal, y de nuestra decisión firme de no sucumbir a silencios cómplices e irresponsables. Volveremos en otoño.

 

Revista ADE-Teatro nº 101 (Julio-Septiembre 2004)

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Teatro: Ni está, ni se le espera

2004-07-01

 

Por Alberto Fernández Torres.

Una costumbre quizá no escrita, pero sobre la que se escribe bastante, señala que en política no es caballeroso juzgar el arranque de un nuevo Gobierno hasta que no pasan 100 días. En el momento de escribir estas líneas, hace sólo 64 que el PSOE ganó las elecciones y sólo 32 que Rodríguez Zapatero fue investido como nuevo Presidente. De modo que seguramente no es caballeroso hacer un juicio de sus primeras intenciones. Pero cuando las intenciones o los síntomas resultan evidentes, es irresistible la tentación de echar fuera de la boca la verdad que amarga. De modo que, ya que no podemos ser caballerosos, seamos al menos claros y leales.

Las intenciones que se someten a reflexión no son otras que las que el nuevo Gobierno parece albergar en materia teatral. Y la impresión es que no alberga casi ninguna, lo que ya es albergar bastante, al menos por omisión.

Es muy posible que estas pocas líneas hayan generado ya en un lector avisado una mueca de fastidio: “Ya están los del teatro quejándose de que se les ningunea”. Es comprensible que muchos observadores se cansen de que “los del teatro” insistamos una y otra vez, en tono vagamente victimista, de la falta de aprecio a la que es sometida de manera insistente por parte de los administradores públicos la aportación de nuestro trabajo a la vida cultural, social y política (sí, política). Pero pueden estar seguros de que su cansancio no es precisamente menor que el que nos genera a nosotros ese estúpido menosprecio.

 

El Quijote

El 13 de abril de 2004, el nuevo Presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, pronunció ante el Congreso de los Diputados el tradicional discurso de investidura.

En él, señaló que la nueva llegada del PSOE al poder había sido “la expresión de un deseo colectivo imparable: la  voluntad de cambio”, una voluntad de cambio “preñada de exigencias” a la que el nuevo Gobierno quiere responder abriendo “un tiempo nuevo en la vida política de España” en el que se asegure “el protagonismo ciudadano a que todos tenemos derecho en una sociedad tolerante, laica, culta y desarrollada como debe ser la nuestra”.

Por consiguiente, resulta intelectual y políticamente legítimo tratar de rastrear en un discurso semejante cuál es el papel que se asigna a la cultura en general (y, llegado el caso, al teatro en particular) en la construcción de esa sociedad “tolerante, laica, culta y desarrollada”.

Tres vías hay para hacerlo. En primer lugar, detectar en qué medida los referentes culturales son considerados como elementos significativos en la construcción de ese discurso. En segundo lugar, en qué medida el vector cultural se encuentra integrado en las medidas o estrategias políticas expuestas en el mismo. En tercer lugar, qué se dice, en concreto, si se dice algo, en materia de política cultural.

Por lo que se refiere al primer aspecto mencionado, ha sido en su momento subrayada la extensa mención contenida en el discurso del nuevo Presidente a la conmemoración del cuarto centenario de la primera edición de El Quijote. Dos párrafos situados prácticamente al término del mismo se centran en este evento, al que se califica de una “ocasión excepcional” para promover “las culturas, las historias y las lenguas de España”.

Sin duda, se puede y debe compartir el entusiasmo por el libro de Cervantes que subyace en estos dos párrafos. No obstante, lo cierto es que resulta difícilmente imaginable cómo promover las “lenguas de España” a través de un libro escrito en una sola de ellas o cómo compaginar esa posibilidad de promover las culturas españolas cuando se reconoce a renglón seguido que la “perenne actualidad” de la obra de Cervantes “reside en el alcance universal de esa aventura, humana más que española, en la que pueden verse reflejados los seres más que los países, las personas y los colectivos de cualquier momento”.

Digamos que este entusiasmo por El Quijote, sincero y compartible, se queda en el umbral intelectual que supone el reconocimiento de su supuesta universalidad, lo que no es precisamente un criterio diferenciador respecto de lo que han asegurado comentaristas de muy diversa condición política e ideológica.

Hay otra mención cultural en el discurso de investidura, pues el candidato asegura al final del mismo que desea establecer “en palabras de Cervantes, un gobierno de meollo y de sustancia”, pero obviamente se trata de una cita genérica más que de una referencia significativa en materia de política cultural.

Así pues, los referentes culturales apenas tienen presencia o función en la construcción de la veintena de páginas que ocupa el discurso de investidura.

 

La ausencia

Con respecto al segundo aspecto, a saber, la eventual integración del vector cultural en las políticas que se desean desarrollar, la orfandad es parecida.

Cinco son los ejes del programa de Gobierno anunciado por Rodríguez Zapatero en su discurso. En el primero, dedicado a la renovación de la vida política, se menciona el respeto a la singularidad cultural de las Comunidades Autónomas y el “apoyo más decidido a dos grandes acontecimientos de carácter cultural protagonizados por nuestros dos mayores Ayuntamientos: el Fórum de Barcelona y la Candidatura Olímpica de Madrid”.

El segundo y el tercer eje del programa (política exterior y política económica) no contienen referencia alguna a la cultura, salvo de manera muy indirecta este último, pues se hace una breve mención a la sociedad de la información y otra mucho más extensa a la educación, temas de naturaleza cultural en el sentido socioantropológico, si se permite la expresión, pero no en el sentido sectorial o industrial.

Pero esta omisión que, dado el carácter de estos dos ejes, puede considerarse más que comprensible, lo parece bastante menos cuando se repite en el cuarto eje, dedicado nada menos que a las nuevas necesidades sociales, y en las cuales el tema cultural no parece integrado, pues vuelve a brillar por su ausencia.

Tampoco hay mayor suerte con el quinto eje, pues el vector cultural no es tenido en cuenta en “el desarrollo y extensión de los derechos civiles y políticos, y del valor de la igualdad”, qué le vamos a hacer.

 

La envolvente

Sin embargo, se produce a continuación una agradable sorpresa en el desarrollo del discurso. Una vez terminada la exposición acerca de los cinco ejes políticos inicialmente anunciados, el  candidato afirma que “una convivencia avanzada se construye y asegura con la cultura” y declara su intención de hacer que “la cultura se sitúe en la esfera de las cuestiones de Estado”. De esta forma, podría parecer que la cultura, sin ser un eje de política en sí mismo ni estar realmente integrada en ninguno de los cinco ejes del programa de Gobierno, sería una especie de envolvente general del mismo.

A continuación, la intervención de Rodríguez Zapatero dedica cinco párrafos a esta envolvente, que se quedan en tres si eliminamos los dos consagrados a El Quijote.

El primero de esos tres párrafos señala que su gobierno “va a hacer de nuestra cultura la gran embajadora del mundo; de nuestro patrimonio artístico, intelectual, humano...”. El segundo añade que “para el Gobierno de España la cultura no merece ser tratada como una mercancía más”, puesto que “no es un objeto mercantil puro”, lo que justifica la aplicación de un “principio de excepcionalidad cultural que defenderé a rajatabla”. Por último, el tercer párrafo se extiende implícitamente sobre este principio, advirtiendo de que “el nuevo Gobierno será beligerante en la promoción y en el apoyo a las creaciones culturales españolas” con el objetivo de que “el producto del genio y el talento de nuestros cineastas, de nuestros músicos, de nuestros artistas, de nuestros creadores, sea disfrutado en España y se esparza por todo el mundo”.

Seguramente no es de recibo querer sacar mucha punta a una intervención de política general, pero tampoco lo sería pasar por alto la idea subyacente a estas afirmaciones sobre la cultura.

En primer lugar, se detecta en ella una concepción de la cultura como activo, como reflejo de la riqueza intelectual y artística del país (“embajadora del mundo”), y no como ejercicio o disfrute que contribuye a la generación de mejores ciudadanos y a la cohesión social en torno a valores democráticos y progresistas. Una concepción, por lo tanto, más patrimonial que social, que encuentra su reflejo en la naturaleza de los escasos hechos singulares de carácter cultural que se citan en la intervención (Fórum, Juegos Olímpicos, El Quijote).

Seguidamente, se expone con insistencia la convicción de que la cultura no es una mercancía, afirmación sin duda de talante progresista, pero teñida un si es no es de cierto idealismo. Porque el problema no es que la cultura esté siendo tratada en este país como mercancía, sino que ni siquiera está siendo tratada como mercancía. Esto es especialmente grave en terrenos como el teatro, que no ha recibido generalmente de la Administración ni el tratamiento propio que se debe dar a un servicio cultural público, facilitando un acceso universal sujeto de manera sistemática a criterios de democratización y rentabilidad social y cultural, ni el tratamiento propio de una mercancía cultural, impulsando la consolidación industrial, tecnológica y económica del sector que la produce y el desarrollo del mercado que la debe sustentar.

Por último, que se nos permita una razonable dosis de paranoia. En el listado consagrado a la protección del “producto del genio y el talento”, hay tiempo para mencionar a cineastas y músicos, pero todo lo demás queda bajo el paraguas de una doble consideración (artistas y creadores) que o bien es redundante (pues cineastas y músicos lo son) o bien es restrictiva (pues una malévola interpretación no enumerativa, sino respectiva, parecería sugerir que sólo cineastas y músicos lo son).

 

El problema

¿Hay motivo para el sarcasmo o la suspicacia? ¿No es un exceso extraer tantas conclusiones de un discurso de naturaleza tan genérica? Pues fíjese que sí, pero fíjese que no.

Por un lado, sería pueril negar que el nuevo Gobierno ha despertado una extraordinaria ilusión de cambio entre la mayoría de los electores y que ha hecho promesas y gestos de sensibilidad que abren esperanzas respecto de su capacidad de adoptar una mentalidad abierta y obrar en consecuencia respecto de cualquier fenómeno social.

Pero, por otro, lo cierto es que las primeras declaraciones y decisiones de la nueva titular de Cultura siguen de manera ordenada los mismos criterios implícitos en el discurso del nuevo Presidente (al menos, no se podrá decir que, en materia de cultura, el nuevo Gobierno no trata de cumplir lo que promete), lo cual abona la sensación de que el sector teatral tiene algún motivo de inquietud.

Hallamos en esas declaraciones menciones a lo que se va a hacer en el Instituto Cervantes, Museo Reina Sofía, Museo del Prado, Sociedades Estatales, etc.; a que “la cultura, en el mercado, tiene frío”; a que  se tendrá “un afecto especial” para la industria del cine; a que se desea reducir el IVA de libros y CD (cosa esta última deseable, pero prácticamente imposible en el marco de la Unión Europea, mientras que no se dice nada del IVA que se aplica al teatro en España, sistema que las autoridades comunitarias, mire usted por dónde, vienen objetando desde hace años); a que habrá una Ley de Excepcionalidad Cultural que, aunque “no sólo afectará a los productos audiovisuales”, no genera otros comentarios que los referidos a los productos audiovisuales...

En definitiva, nuevamente una concepción fundamentalmente patrimonial, una crítica indefinida al tratamiento mercantil de la cultura, una clara orientación hacia la protección de las industrias culturales más consolidadas (cine, música y libro) y un sistemático olvido del teatro.

De acuerdo, hay en todas estas líneas mucha impaciencia, mucha paranoia, mucho canto plañidero de un sector que se empeña en compararse (en importancia y tratamiento) con las grandes industrias culturales, cuando no merece tal por su menor dimensión económica y relevancia social. Conviene, sin duda, ser más pacientes y más ecuánimes, dejar pasar tiempo, ver en qué se concretan las declaraciones, ponerse a la cola,...

Pero no es eso. Lo decisivo no es saber si este nuevo Gobierno va a hacer mucho o poco, bueno o malo, generoso o cicatero, en materia teatral. Lo decisivo es saber si este nuevo Gobierno cree o no que el teatro español tiene el talento, la fuerza y el potencial suficiente para ser un elemento relevante en la construcción de esa “sociedad tolerante, laica, culta y desarrollada” que con tanto entusiasmo se reclama.

Si cree que sí, habrá enviado una seña cultural y política de importancia no precisamente menor a la sociedad que lo ha de juzgar y habrá trazado una línea de demarcación de importancia aún mayor respecto del pasado.

Si cree que no, si cree que el teatro no puede ni debe sumarse al proyecto de edificar “un nuevo protagonismo ciudadano”, entonces quien tiene un problema intelectual, cultural y político no es sólo el teatro español, sino también el propio Gobierno.

 

Revista ADE-Teatro nº 101 (Julio-Septiembre 2004)

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Suma y sigue

2004-04-01

 

Por Juan Antonio Hormigón.

Confío que me concedan el placer e incluso el derecho de sentirme feliz ante la presentación del número 100 de la Revista ADE-Teatro. No es frecuente que una publicación periódica cultural ni antes ni ahora, haya recorrido una senda tan larga y es lógico que a mí, a quienes conmigo colaboran y a la Asociación de Directores de Escena que la promueve, nos llene de legítimo orgullo y nos provoque una honda satisfacción.

1

Las revistas culturales fueron siempre en España de vida efímera. Algunas de títulos tan resonantes como Don Quijote, Revista Nueva, Electra, Germinal, Helios, La Pluma, Hora de España, Acento Cultural y cientos más, tuvieron una vida muy breve o relativamente corta. Casos hubo en que muchas de estas publicaciones tan sólo tuvieron una o dos entregas; otras por el contrario llegaron a sesenta, setenta y abandonaron a la postre.

Las razones de su finalización son diversas. Posiblemente en la mayor parte de los casos se haya debido a dificultades económicas o a la pérdida del apoyo de la entidad que las sustentaba. También podemos reseñar decisiones administrativas de censura por razones políticas o morales, o al "suicidio" como respuesta a asedios de esa especie. No han sido en cualquier caso las únicas razones. Con cierta asiduidad percibimos como causa el agotamiento intelectual del proyecto o las desavenencias surgidas entre los componentes del núcleo mentor de la revista. No es difícil suponer que el cansancio o la falta de tesón en el empeño, hayan podido acarrear igualmente la liquidación de aquello que fue motivador en su día y se ha convertido en molestia en el presente.

Con las revistas específicas dedicadas a las artes escénicas las cosas fueron similares. El El Teatro, por ejemplo, que tenía enorme interés y cuidado compositivo, con un impresionante despliegue fotográfico, se inició en octubre de 1900 y concluyó en abril de 1904. Una nota al final de la última entrega anunciaba la defunción y anunciaba un próximo retorno una vez superadas las dificultades. El Arte del Teatro, su continuadora en cierto modo, no llegó a los tres años de existencia, de 1906 a 1908. Comedias y Comediantes duró algo más de cuatro. La revista El Teatro publicada en los años cincuenta, tuvo una vida corta aunque su contenido fuera de muy buen nivel. Ni Yorick ni El Público, ni Estudis Escènics, ni Pausa,  llegaron tampoco a hacerse centenarias.

Justo es decir que ha habido otras como España, La Esfera, Revista de Occidente, Indice de Artes y Letras, Cuadernos Hispanoamericanos, Insula, etc. que han superado con mucho el centenar de entregas. En todos los casos el proyecto tuvo o sigue teniendo una clara y sostenida definición, pero ha contado igualmente con un adecuado soporte financiero de índole pública o empresarial. También entre las revistas de teatro podemos reseñar a Primer Acto, que ha alcanzado ya el número trescientos; toda una proeza.

2

Quizás pudiera establecer ahora una rápida asimilación con alguno de los ejemplos citados, pero no es mi intención hacelo. Las peculiaridades del proceso seguido por nuestra publicación le confieren características propias que no sólo definen su ámbito intelectual, sino también su especificidad.

Como ya he contado en otras ocasiones, lo que hoy es la Revista ADE-Teatro nació como un Boletín que constaba en su entrega inicial de cuatro hojas. Ese fue su número 1, del que me acuerdo con alguna frecuencia cuando reflexiono sobre el camino recorrido, y que aún a pesar de su parca extensión contenía aspectos programáticos concluyentes respecto a lo que queríamos hacer. A partir de ahí el proceso fue de expansión paulatina en el plano formal, pero sobre todo de definición y consolidación de una línea editorial y de un Consejo de redacción  No fue tarea sencilla como es fácil suponer. Incluso fue necesario en un principio motivar las colaboraciones de unos y otros. Algún número de los iniciales me vi en la obligación de redactarlo casi por completo, pero muy pronto conseguimos la progresiva contribución de diferentes colaboradores.

En este sentido debo recordar que ADE-Teatro emana de la Asociación de Directores de Escena de España, que la sustenta y en la que difunde el contenido de los encuentros de estudio y análisis sobre las actividades escénicas que promueve. Esta interelación inscrita en una dialéctica intensa y permanente, ha producido resultados fructíferos.

Desde muy pronto sin embargo, propuse que la publicación tuviera su propia autonomía determinada por su Consejo de redacción. Este se fue constituyendo a partir de un núcleo inicial integrado junto a mí por Carlos Rodríguez, Inmaculada Alvear, Laura Zubiarrain, Rosa Briones y Alejandro Alonso, al que se sumaron bastante pronto Eduardo Pérez-Rasilla y Fernando Domenech. Carlos Rodríguez se convirtió poco después en Redactor Jefe y más tarde propuse a Jaume Melendres que oficiara de subdirector. Andando el tiempo, Alberto Fernández Torres, Jorge Urrutia y Yolanda Pallín entraron a su vez en el Consejo, pasando Nathalie Cañizares a ser Secretaria de redacción. No mucho después esta fue sustituida por Inmaculada de Juan, que desempeña desde hace años ya dichas funciones. Sólo en fecha más reciente se han incorporado Manuel Vieites, que llevaba colaborando activamente en la revista desde mucho antes, y Angel Martínez Roger. A todos ellos hay que añadir una amplia nómina de redactores asociados y de colegas de diferentes autonomías que permanecen atentos a las cuestiones que pueden ser interesantes para nosotros, además de un extenso listado de colaboradores.

Capítulo aparte merece la labor Tomás Adrián, creador del diseño gráfico de la revista desde sus inicios hasta la fecha, así como del conjunto de publicaciones de la ADE. La imagen, la distribución de los materiales, la articulación de textos e ilustraciones, el concepto gráfico general corren a su cargo. Su concurso ha sido decisivo a lo largo de nuestra historia, introduciendo cambios sustantivos o sutiles en las diferentes etapas, y estableciendo la interpretación justa de lo que la temática proponía en cada caso.

Desde hace años, la Revista ADE-Teatro ha alcanzado la periodicidad de cinco entregas anuales con una media de doscientas cuarenta páginas en cada una de ellas. Nuestro objetivo fue desde siempre compaginar la información y análisis sobre cuestiones de actualidad escénica, con estudios de historiografía, teoría o técnica del teatro. Desde que fue posible hacerlo, insertamos una abundante cantidad de documentos fotográficos, para que cuando menos ofrecieran el referente icónico del objeto que tratamos.

Creemos firmemente que sólo en la medida que tenemos opiniones sobre el mundo y criterios respecto a lo justo y lo injusto, es posible hacer teatro en su plenitud contemporánea. En consecuencia hemos prestado atención en nuestras páginas a las cuestiones nacionales o internacionales que afectan directamente a la civilidad, a la democracia, a la justicia y a la paz. En estos tiempos de guerras ilegales, nos hemos pronunciado frontalmente contra las guerras de agresión. En las circunstancias escabrosas en que se ha visto envuelta España por las acciones del último presidente del gobierno, lo hemos denunciado con toda la energía de que somos capaces. Todo ello no es fruto del adorno sino de la convicción. Consideramos que no se puede hablar de teatro de forma endogámica, al margen de las contradicciones sociales, del devenir histórico o de los padecimientos y esperanzas de los seres humanos o los pueblos y queremos ser fieles a dichos presupuestos.

El ingreso de ADE-Teatro en la Asociación de Revistas Culturales de España acrecentó nuestra presencia tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Quedó garantizada la participación en numerosas ferias del libro, en otras de carácter monográfico y abrimos nuevos puntos de difusión en Latinoamérica. El programa de compra de suscripciones que promueve la Dirección General del Libro, ha propiciado a su vez que nuestra publicación figure en los fondos de más de seiscientas bibliotecas españolas así como en las de los institutos Cervantes.

Por todo ello debo expresar mi gratitud a todos aquellos que han colaborado en nuestras páginas, más atentos a participar y enriquecer este proyecto cultural que es ADE-Teatro que a cualquier consideración de orden material. Muy en particular a todos los integrantes del Consejo de redacción, incluidos aquellos que hace tiempo lo abandonaron por problemas personales. Con ellos y con su concurso, las reuniones en que definimos cada una de nuestras entregas han sido de una gran altura intelectual y nos han permitido diseñar concienzuda y sopesadamente su contenido. Muy especialmente debo referirme al concurso de Carlos Rodríguez e Inmaculada de Juan, que contribuyen con su constancia y profesionalidad en la coordinación de cada entrega, a que estas lleguen a buen puerto.

No quisiera olvidar en estas líneas que sirven de pórtico a nuestro número 100 de ADE-Teatro, ofrecer mi agradecimiento personal e institucional a todos aquellos que colaboran en este número respondiendo a la incitación que a cada uno de ellos hice. Son amigos y seguidores de nuestra Revista, pero ante todo se trata de personalidades de la crítica, la investigación, la literatura dramática, las profesiones escénicas o la docencia de incontestable relevancia personal, reconocidos a escala nacional e internacional. Nos sentimos honrados y conmovidos por lo que dicen y por venir sus reflexiones de quienes vienen.

3

Este largo viaje que se inició en 1985, lo emprendimos con un equipaje tan ligero que era casi imperceptible. Ha habido que optimizar los recursos en todo momento y buscar soluciones imaginativas. Los servicios culturales de países como México, Polonia, Venezuela, Eslovaquia, Puerto Rico, Cuba, Alemania, Gran Bretaña, Islandia, Francia, Serbia y la Comunidad Europea, han colaborado a lo largo de nuestra andadura de forma diversa, pero siempre constatable, en la elaboración de monográficos o en su publicación. Lo mismo podemos decir de algunas comunidades autónomas españolas como Valencia, Andalucía, Aragón, Castilla León y la Diputación de Barcelona, lo que nos permitió elaborar monográficos sobre todas ellas.

Durante años hemos desarrollado un programa con el Instituto de la Mujer del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, para publicar la obra de una escritora española contemporánea. Así pudimos insertar textos de Ana Diosdado, María José Ragué, Teresa Gracia, Carmen Resino, Mercedes León, Garbi Losada y Antonia Bueno. Lamentablemente este año dicho proyecto y otros más han sido suprimidos por sorpresa y sin explicaciones por decisión de la última directora de dicha entidad, la depredadora Miriam Tey, a la que poco tendrán que agradecerle nuestras escritoras.

Pensando en lo que la ADE lleva realizado en diferentes campos, de lo que nuestra Revista puede representar de forma objetiva, causa cierto rubor la cicatería exhibida por el INAEM en los cuatro últimos años. Se trata desde luego de una legislatura para olvidar por múltiples razones, también por esta. Lo avanzado en la anterior ha sufrido un estancamiento rotundo. Nos preguntamos con frecuencia si existe un sentido de Estado al valorar lo que significan aquí y ahora entidades como la nuestra y otras similares, para la vertebración y la cultura de nuestro país.

Estamos dominados por el mundo de la apariencia, sobre todo en el terreno cultural, y el reconocimiento del trabajo bien hecho es poco relevante. Percibimos nombramientos para cargos de responsabilidad en los que es difícil establecer los fundamentos que los determinan, más allá de las amistades que puedan existir entre quien les nombra y ellos mismos. Ignoramos a qué compromisos deben responder y cuál es su programa. Quizás por ello, porque nosotros sí buscamos el trabajo bien hecho y no la apariencia ni las fanfarrias vacuas de las operaciones de mercado, debemos seguir reclamando la consideración objetiva y no el subjetivismo ni la venalidad del gobernante.

Este número 100 de la Revista ADE-Teatro aparece en plena transición gubernamental tras las elecciones de marzo. Deseamos lo mejor al nuevo gobierno y esperamos que no nos defraude, porque en el campo de la cultura y en el del teatro en particular, está casi todo por hacer en cuanto a organización y diseño de estructuras y vías que propicien y potencien el trabajo y las capacidades de los individuos e instituciones. De todo ello seguiremos hablando y vamos a estar muy atentos. Quede hoy sólo nuestro brindis porque llegamos al centenar.

 

Revista ADE-Teatro nº 100 (Abril-Junio 2004)

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No a la guerra, no al terrorismo

2004-04-01

Por Laura Zubiarrain.

Los terribles sucesos acaecidos en Madrid el pasado 11 de marzo y sus secuelas posteriores, nos han llenado de pesadumbre e incluso de zozobra. No hay que buscar excusas a semejantes reacciones: nunca había padecido nuestro país en tiempos recientes, desde la última guerra civil cuando menos, un embate violento de semejantes proporciones contra la población.

Estar contra el terrorismo, que no debiera ser confundido con las formas de combate y defensa de un pueblo cuando es sometido a la ocupación y la agresión, es algo de lo que deseamos quede constancia fehaciente en estas páginas. Pero al mismo tiempo es imprescindible plantearnos las raíces del problema, la lógica cultural de quienes actúan, los caminos más adecuados para superarlo y suprimirlo.

Una gran parte del pueblo español lo ha entendido claramente al proclamar tras los atentados del 11 de marzo su ¡no al terrorismo!, su ¡no a la guerra! Hemos descubierto de repente un pueblo español con un nervio cívico y una ponderación de los hechos de extraordinaria altura. Nada tiene que ver con esa imagen ficcional y deteriorada que las televisiones suelen construirnos con frecuencia para hacernos creer que somos un país de infranormales. No es así, aunque todo seguirá oculto de nuevo otro buen rato.

Las causas del terrorismo son varias y diversas. Guerras de agresión y depredación como la emprendida por Estados Unidos en Irak, no hacen sino acrecentarlas. Sobre todo porque la propia guerra y la ocupación en cada uno de sus lances, constituye un acto de terrorismo de Estado de proporciones gigantescas. Bush y Sharon, sus seguidores y adláteres, no entienden otra cosa que la demostración de fuerza y matar. Los cuatro mercenarios estadounidenses muertos en Faluya, son "vengados" con bombardeos indiscriminados sobre la población. Cuando esto escribo, se cuentan ya más de quinientos muertos, muchos de ellos niños y mujeres como es habitual.

Esta banda de extrema derecha que detenta el gobierno estadounidense, este grupo de agresores, obsesionados por el poder y el petróleo, no podrán nunca acabar con el terrorismo con métodos semejantes. Sólo lo alimentarán. Sojuzgar y humillar conduce siempre a la desesperación y eso, en determinadas culturas, propicia la inmolación. Nunca han entendido nada y no van a aprenderlo ahora. A gente así hay que apartarla con urgencia, como primera medida, de cualquier responsabilidad de gobierno.

Quizás haya suerte y veamos pronto a Bush respondiendo ante un tribunal internacional, a él y sus secuaces, por los desmanes cometidos y los crímenes que de ellos se derivan. En el de la historia está ya sobradamente condenado y como decía un diario español hace unos días, la foto de las Azores se incluirá en los libros de historia como ejemplo iconográfico de las decisiones criminales.

Nuestro no al terrorismo se une por ello a nuestro no a la guerra, que suele ser otra cara de la moneda.

 

Revista ADE-Teatro nº 100 (Abril-Junio 2004)

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