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Reseñas de libros

Ak y la humanidad

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Autor del libro: Halma Angélico. (Edición de F. Doménech)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2001. (Serie: Literatura Dramática, nº 33). 128 págs.

En el curioso y atrayente panorama del teatro republicano durante los tres años de Guerra Civil, la mirada hacia la cultura soviética, tan unida directamente a la revolución proletaria, fue casi obligada, como una manera de buscar, también desde la cultura popular que se despliega en esos meses en murales, periódicos y escenarios fijos o improvisados, la esperanzada ayuda militar y humanitaria del otro extremo europeo y mantener el referente de una revolución de izquierdas triunfante. De ahí que a lo largo del verano del 37 se celebrara tanto el primer aniversario de la revolución española como el vigésimo de la soviética, y se hiciese referencia a esa efemérides en casi todas las revistas del ámbito republicano.

El modelo del teatro y de la literatura soviética revolucionaria interesó a muchos. En la memoria de los teatros madrileños quedó el espectáculo que dirigió María Teresa León sobre la Tragedia Optimista de Vishnevsky, porque enfocaba la moral revolucionaria (desde el coraje decisivo de una comisaria que impone disciplina en donde no la había y logra una victoria donde se adivinaba la derrota inminente) en la moral de la resistencia española; y en el “Boletín de Orientación Teatral” la citada mujer de Alberti, a la sazón subdirectora del Consejo Central del Teatro, estaba convencida de que la escena debía ser -en aquellas circunstancias- “un servicio de guerra”, por lo que advertía acerca de los pobres argumentos de algunas compañías para justificar una programación de espectáculos frívolos o incluso deleznables: «Ya he oído frecuentemente lamentaciones sobre: el público no viene a las cosas actuales, el público no quiere alusiones a la guerra, el público quiere olvidar, y así, en esa atmósfera de sabotaje inconsciente, puede darse el caso de oírse por la radio anunciar una película dando, como su mejor cualidad, la de no tener nada que ver con la guerra que sostenemos».

Se publicaron estas palabras a comienzos del año 38, y en esa línea de evitar detestables espectáculos en los teatros madrileños durante los difíciles meses de guerra, se estrenó, en el mes de agosto del mismo periodo, la versión casi literal de un cuento del escritor ruso Jefim Sosulia a cargo de la escritora española Halma Angélico. Ha sido un notable acierto de ADE incluir en su colección “Literatura Dramática” la pieza AK y la Humanidad, responsabilizándose de su edición Fernando Doménech, a partir de la primera edición de Aguilar (1938).

Halma Angélico encontró en esta adaptación  su canto de cisne; pudo ser su mejor obra teatral, pero acabó convirtiéndose en un fracaso (originó una fuerte polémica en la prensa del momento que forzó a que fuese retirada por orden gubernamental a la semana de su estreno) que la llevó al total silencio como autora y a la renuncia de su militancia anarquista, pues fue desde las filas de la CNT desde donde menos se entendió, y más se atacó, esta adaptación que fue incluso motejada -injustamente- de plagio.

Lo cierto es que la diferencia de opiniones de la crítica con respecto a esta obra, amén de motivaciones políticas en el fondo, se puede justificar por lo distinta y hasta extraña que debía resultar la propuesta parabólica de Angélico, llena de simbolismos, de abstracciones ajenas, comparada con los contenidos de directa inmediatez que estos textos de un “teatro de urgencia” parecían exigir. Las programaciones que habían menudeado -fuera de las frivolidades que María Teresa León rechazaba y censuraba- sumaban piezas cortas claramente farsescas, en las que la burla, la desautorización y la esperpentización del enemigo era exigenciasine qua non, y todo ello servido con un lenguaje directo, sin concesión a la mínima abstracción comunicativa que pudiese interpretarse como sospechosamente ambigua. Pensemos en títulos al respecto de Alberti, Bleiberg, Pablo de la Fuente, Ontañón, Dieste, Sender, etc. Y cuando se aprovecha algún clásico -como fue el notable montaje de la Numancia  cervantina- es a cambio de maquillarlo debidamente, evitar todo lo que no se pudiese interpretar como un paralelo reflejo de las perentorias circunstancias que se vivían alrededor del teatro en donde se celebraba la representación: la escena como una tribuna desde la que recomponer la moral de resistencia y de victoria minada desde los pequeños sabotajes cotidianos de la Quinta Columna, el teatro como “un juego limpio”. Si en la tragedia cervantina se anunciaba la fatal destrucción de la ciudad hispana con el anuncio que hace un muerto redivivo, Alberti suprimía de un plumazo esa secuencia, que contravenía la moral de resistencia victoriosa que la obra quería insuflar; por el contrario, no se ahorraban ocasionales anacronismos para -cambiando a los romanos de Escipión  por las legiones mussolinianas- jalear la entonces reciente victoria republicana en tierras de Guadalajara.

¿Era eso lo que se proponía, y sobre todo, lo que se recibía desde la representación de esta fábula simbólica rusa trasladada por Halma Angélico a la escena del Español? Desde luego que no. Una abstracción corporeizada en la figura del dirigente y redentor AK, obsesionado por redimir -mejorar- la humanidad, mediante la drástica medida de suprimir, por el suicidio o la ejecución de Estado, a todo ciudadano superfluo, que -por el volumen de los expedientes acumulados en el gran armario gris- debía ser una enormidad. La historia debía resultar inquietantemente distanciada desde la escena que habitualmente se plegaba a urgencias preñadas de concreta inmediatez. Tal argumento -de indudables resonancias nazis, si  no cuando se escribió el cuento, sí cuando se versionó para la escena- corría el peligro de ser ambiguamente entendido, como así ocurrió, especialmente desde el lado correligionario de la escritora, según muy oportunamente documenta el responsable de esta edición. Ya Robert Marrast señalaba que esta pieza “cae en un maniqueísmo forzadamente ambiguo”.

Sin embargo, no estoy del todo con el mencionado estudioso francés -quien mejor ha estudiado el interesante y controvertido “teatro de guerra” en la zona republicana- cuando considera que Ak y la humanidad  sea obra de escaso valor dramático, “desmañada, mal construida, pueril”. Por el contrario, y teniendo en cuenta que en un noventa por ciento de la adaptación Angélico ha procurado verter lo más directamente posible el relato ruso del que partía, la pieza se concibe -teatralmente- con corrección y eficacia, pero -eso sí- teniendo en cuenta que estamos ante un teatro que muestra una propuesta ideológica con figuras que encarnan ideas más que personajes propiamente dichos: es una suerte de “auto sacramental” profano ( y no tan profano, en el fondo) que tampoco faltó en la época de guerra (ahí está el caso, por ejemplo, del aubiano Pedro López García, pero con un simbolismo más pegado al terreno de lo histórico inmediato).  En cualquier caso un más detallado análisis de la teatralidad de la obra de Halma Angélico se echa en falta por parte de Fernando Doménech, que hubiese completado así una introducción modélica, en la que puntualmente se nos facilitan dos datos de sumo interés: el texto del cuento de Sosulia -punto de partida- y la transcripción de las varias (y de muy diverso signo) críticas que recibió la obra -punto de llegada- en uno de los mejores trabajos de análisis de la recepción del “teatro de guerra” que conozco.

Pero, ¿cuál fue la aportación, la impronta personal de Halma Angélico a esta actualización del cuento ruso en las tablas de una época republicana que había conocido, entre otros logros, la reivindicación del papel de la mujer, con féminas como ella y otras varias? Justamente ésa, la de conceder a un personaje femenino -ausente en la nómina de figuras del relato original- el papel decisivo de ser corredentora de esa Humanidad que estaba condenada a ser diezmada por equivocadas medidas de “limpieza étnica”. Lo que en el cuento de Jefim Sosulia era simplemente la irónica sugerencia de que la Humanidad no tiene remedio, y su redentor AK se retiraba del mundo con amarga sensación de fracaso, aquí se torna aleccionadora esperanza de mejorar esa Humanidad no por el camino de la demolición severa e intolerante, sino por la de la comprensión, la solidaridad, la cultura, familia, el amor, y ese programa lo inculca en la mente del reformista AK su propia madre, el espectro de su propia madre (ella había sido una de las primeras víctimas de los procesos aprobados y sancionados por el imperturbable “Colegio de la Resolución Extrema”). Una mujer corredentora, salvadora a su modo -maternal, tierno, amoroso- de la Humanidad. Tal vez no estuviese muy lejos (feminismo personal aparte) de la solución de Halma Angélico el personaje de La Madre de Gorki (que por esa fechas adaptó también al teatro el ya citado Max Aub, aunque sin estrenarla) y una madre, plenamente identificada con las ideas revolucionarias y liberadoras del hijo, ya había tenido su eficaz papel escénico (¡con la Xirgu de soporte!) en el albertiano Fermín Galán del año 31. Y a lo mejor el primer actor y director Manuel González aprovechó el tirón del espectro liberador y solucionador de conflictos de una madre, apareciendo en la escena, reponiendo la Electra de Galdós cuando las presiones del sindicato cenetista lograron que la obra de Angélico fuera retirada de la escena.

De aquella aventura que le costó la carrera literaria a Halma Angélico, que la condenó al silencio (sobre ella también actuó -implacable- el “Colegio de la Resolución Extrema” anarquista), no había quedado ni apenas la memoria. Ahora -con esta reedición- el expediente vuelve a la luz para procurar su justa revisión. Ak y la Humanidad fue una rara avis teatral en un panorama escénico lleno de urgencias mediocres y de demasiados “gatos por liebres” que diría -que dijo desde El Mono Azul- María Teresa León.

Gregorio Torres Nebrera

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