Volver al listado de reseñas

Reseñas de libros

Así va el mundo

Ver la ficha de la publicación

Autor del libro: William Congreve. (Edición y traducción de Antonio Ballesteros González)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2002. (Serie: Literatura Dramática, nº 58). 249 págs.

Hubo un tiempo en que los ingleses eran maleducados, groseros, amigos de diversiones brutales y de historias truculentas llenas de violencia, sangre y horror. Era la época en que Shakespeare, Marlowe, Ford y Webster surtían los teatros de fábulas espantosas escritas para poner los pelos de punta a un público heterogéneo y ansioso de emociones fuertes.

¿Cómo y cuándo pasaron a ser como Phileas Fogg, serios, estirados como un palo y con una pizca de humor que les hace mirar el mundo desde la distancia de una ironía subterránea? La respuesta, si es que la hay, está en la época de la Restauración, aquel final del siglo XVII, en que, tras la tragedia de la guerra civil y la experiencia de la dictadura de Cromwell, con su consiguiente cierre de teatros dictada por el puritanismo triunfante, se impuso una sociedad frívola, imbuida de una visión hedonista de la vida. Los comediógrafos, que volvieron entonces a llenar los teatros abiertos tras el paréntesis puritano, levantaron acta notarial de todo ello.

William Congreve (1670-1729) fue el más importante de los dramaturgos ingleses de la Restauración. Su obra, de gran trascendencia en el desarrollo del teatro inglés y, por tanto, de todo el teatro europeo, resultaba, hasta hoy, casi inencontrable en España. Por eso la traducción de su obra capital, The Way of the World, que ofrece la ADE en la traducción de Antonio Ballesteros, es un acontecimiento de primer orden en la edición de textos teatrales en nuestro país.

Así va el mundo, título que Antonio Ballesteros ha preferido al más plano y literal de El camino del mundo, se estrenó en 1700. Fue la última obra de Congreve, que, a partir de entonces, se dedicó a la política como miembro del partido Whig. Se trata, por tanto, de una obra de madurez, la más acabada del estilo del autor y la más representativa de lo que significa su teatro. Es una comedia de enredo, en la tradición de algunas comedias de Calderón, como Mañanas de abril y mayo, alguna de las de Rojas Zorrilla, como Abre el ojo, o El amor al uso, de Antonio de Solís. Es decir, una comedia en donde los personajes principales viven el amor como una diversión no demasiado diferente de la caza mayor, un deporte para clases ociosas en donde se busca únicamente el obtener más piezas. Los galanes Fainall y Mirabell son de esta especie, pero también entre las mujeres encontramos auténticas campeonas de la seducción, especialmente la protagonista, Millamant, que, desde su propio nombre (Mil-amantes) ya nos dice quién es. Estamos ante los precedentes del libertinaje dieciochesco, camino en el que Congreve va mucho más lejos que los precedentes españoles que hemos citado, porque los personajes de Calderón, Rojas y Solís son solteros, pero entre los de Congreve ya encontramos algunos casados, que no por ello renuncian a sus costumbres. Estamos, pues, ante un teatro más moderno, un teatro que anticipa todo el juego amoroso del vaudeville y que resulta mucho más creíble que las comedias del Barroco.

Hay, además, un aire de modernidad en el mundo de Congreve por la gran importancia que tiene el dinero. Los personajes, ricos, por supuesto, están siempre pendientes de las herencias, de los gastos, de la posibilidad de ganar y perder. No por casualidad la obra comienza con una partida de cartas entre Fainall y Mirabell y acaba con la argucia de éste último para impedir que su amigo despoje de todos sus bienes a su esposa. Es un mundo asquerosamente monetario y atento a todo lo que signifique ganancia. Es ya nuestro mundo.

Antonio Ballesteros ha realizado una traducción impecable, con la precisión y la elegancia que necesita un texto donde abundan las frases ingeniosas:

SRA. MARWOOD.- La verdad, es una aciaga circunstancia de la vida que el amor haya de morir antes que nosotras, y que el hombre haya de sobrevivir al amante tan a menudo (p. 119).

La traducción de Antonio Ballesteros tiene la claridad y la sencillez de los escritores del XVIII, el aire de un Moratín más distante y menos moralista. Toda la ironía de Congreve está en la prosa ilustrada y pulida de esta versión, que nos depara, así, nuevos motivos de goce.

Antonio Ballesteros sigue, además, empeñado en que sepamos del teatro inglés tanto como los naturales de aquel reino. Como es ya normal en las obras editadas por él, la introducción sobrepasa con mucho su función de introducir al lector en la obra que se presenta para constituirse en una panorámica completa del teatro inglés del momento. De esta manera, gracias a su edición de Lástima que sea una puta los lectores tuvimos ocasión de ilustrarnos acerca del teatro isabelino. En este nuevo caso el editor nos introduce en un mundo mucho menos conocido para el lector -e incluso el estudioso- español: el teatro de la Restauración. Tras la lectura de estas amenas e ilustrativas páginas, al lector sólo le queda un deseo: que la ADE publique pronto -en edición de Antonio Ballesteros, por supuesto- alguna obra de Sheridan para conocer el teatro inglés del siglo XVIII.

Fernando Doménech

Volver al listado de reseñas