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Reseñas de libros

Trabajo dramatúrgico y puesta en escena. (Volumen I y II)

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Autor del libro: Juan Antonio Hormigón.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2002. (Serie: Teoría y práctica del teatro, nº 2). 323 (vol I) y 910 págs. (vol. II). (2ª edición revisada y ampliada)

De todos es sabido que Juan Antonio Hormigón viene a ser un hombre-orquesta en el seno del teatro español: presente en todos los frentes, desarrollando un papel activo en congresos, coloquios y encuentros referidos al arte dramático, organizador y animador infatigable de innumerables manifestaciones; lejos de ser un orador de palabras bonitas como se suele dar en los medios artísticos, su elocuencia está deliberadamente enfocada hacia la acción. Tras haber contribuido decisivamente a la creación de la ADE, hace maravillas desde allí como directivo y como editor. Hasta donde yo sé, esta empresa es única en su género dentro del teatro europeo, ya sea por las informaciones que proporciona, por los dosieres que edita, por el saber que difunde o por el repertorio que pone a disposición de los creadores: gracias a la ADE el retraso que España había adquirido en lo que concierne a la teoría y la práctica del teatro ha sido ampliamente aliviado a lo largo de una veintena de años. Y lo que más me admira es la extraordinaria regularidad del trabajo emprendido, cuando tantos y tantos proyectos editoriales se agotan al cabo de algunos años. Confío en que se me perdone el hacer este elogio de la ADE desde la propia revista de la Asociación, pero creo que esta publicación desempeña un papel central en la carrera y en el pensamiento de Juan Antonio Hormigón, pensamiento que la imponente obra que acaba de reeditar nos invita a abordar.

En efecto la originalidad de este libro titulado Trabajo dramatúrgico y puesta en escena responde a su doble objeto: de una parte Hormigón ha querido proponer una teoría sólidamente argumentada sobre la puesta en escena y el trabajo dramatúrgico, y de otra, revisar su propia andadura en el mundo del teatro, desde el momento en el que siendo un joven estudiante de medicina en la universidad de Zaragoza se hizo cargo del teatro universitario, hasta los años de madurez, años durante los cuales ha añadido a sus muy numerosas escenificaciones (todas ellas repertoriadas e ilustradas en el segundo volumen de este libro) un trabajo académico de alto nivel en la RESAD: una de las escuelas de arte dramático más inteligentemente concebida entre las europeas y mejor provista de recursos materiales. De todo ello se deriva una considerable obra escrita (piezas dramáticas, adaptaciones, ensayos, investigaciones eruditas, ediciones, etc.) que refuerza su producción artística de forma casi natural. Obviamente no es este el lugar de censar detalladamente los materiales propuestos en lo que yo llamaría una autobiografía teatral, donde la acción nunca se separa de la reflexión, donde una inmensa cultura ilumina la ambición estética, donde la teoría se nutre con aportaciones de la historia y de la práctica familiar de múltiples saberes literarios, filosóficos y científicos. Para ilustrar al lector, simplemente esbozaré la trayectoria general de cada uno de estos dos volúmenes, intentando caracterizar las orientaciones del trabajo de Juan Antonio Hormigón y las especificidades que creo descubrir en su proceso.

Como ya he indicado, el primer volumen está dedicado a la teoría teatral, con frecuencia bajo un enfoque brechtiano, tal y como el título del libro indica sin ambages. Se trata de una suerte de compendio sobre la puesta en escena, indisolublemente ligado por Hormigón al trabajo dramatúrgico. Tras haber mostrado el nacimiento y el desarrollo de la función atribuida al director de escena en Europa, y más tardíamente en España, se centra en definir el concepto de dramaturgia y la inscripción del trabajo que ésta implica en la práctica teatral, y por consiguiente en la sociedad. Así Hormigón llega a proponer una metodología y a describir el campo de la actividad del dramaturgo partiendo de la lectura del texto, la cual engloba el movimiento, el espacio y la sonorización, y se sobreentiende que lo esencial y más difícil de su intervención tiene que ver con la dirección de la interpretación de los actores, tomados individualmente y en su conjunto. De ahí pasa el autor a cuestiones más controvertidas sobre la formación de los directores de escena, considerada en muchos países como algo que se debe adquirir “sobre el terreno”, con la práctica, sin convertirla en objeto de una formación específica. Por hablar únicamente del caso francés, que conozco bien, el primer intento de formar directores de escena se remonta a hace tan sólo cuatro o cinco años, y todavía se lleva a cabo de un modo itinerante, junto a maestros elegidos cada año a través de Europa, sin conceder importancia a la adquisición de saberes propiamente intelectuales. Para terminar, Juan Antonio Hormigón propone una puntualización magistral titulada Condiciones y atributos del director de escena. E incluso da muchas claves para situar su pensamiento y su trayectoria artística.

Al contrario de los modelos actuales, Hormigón no cree (o se interesa poco) por los auto-proclamados genios que anteponen su sensibilidad y los impulsos de su ego a la hora de abordar el escenario. Afirma alto y claro que el director de escena debe emplear su inteligencia, su espíritu crítico y su cultura para poner en marcha las experiencias que se ha preocupado de entrojar desde los inicios de su formación, ya se trate de conocimientos literarios, históricos, lingüísticos, psicológicos, o del indispensable bagaje técnico que ha aprendido a dominar. Más raras y difíciles son las otras condiciones preconizadas: la capacidad de imponerse (liderazgo) a todo su equipo –artistas de diversas disciplinas, técnicos y sobre todo actores- no ya en cuanto jefe sino en tanto que federador, convenciendo a cada uno mediante el resplandor de una autoridad natural, de la exactitud de las opciones elegidas. No le están permitidos narcisismo alguno ni complejo de superioridad de ningún tipo, así como, ninguna “ambición patológica”. Obtiene su prestigio de su capacidad de organizar y conducir el proceso del trabajo escénico, tal como está llamado a desarrollarse en el tiempo, con todos sus componentes. Hay que añadir que la preeminencia que se reconoce al director se plantea a la medida de la responsabilidad que asume, y dicha responsabilidad no es nada si no se hace cargo, primero y quizás sobre todo, del actor, cuya fragilidad y cuya inconstancia y cuya inagotable riqueza humana no ignora Hormigón.

El segundo volumen de Trabajo dramatúrgico aporta bajo una forma biográfica, por decirlo así, que excluye toda confidencia y cualquier referencia a la intimidad del autor, una ilustración de la teoría expuesta en el tomo I que se apoya en la carrera de Juan Antonio Hormigón. No resulta indiferente, por ejemplo, saber que fue estudiante de medicina y que sucumbió al amor al teatro desde los diecinueve años. Porque –ya es hora de decirlo- lo que hay entre Hormigón y el mundo de la escena es una verdadera historia de amor, por la que sin duda Juan Antonio ha sacrificado mucho mientras hacía camino, pero gracias a la cual también ha aprendido mucho sobre sí mismo, sobre la sociedad, sobre la política, sobre el compromiso militante, sobre la importancia del trabajo en equipo. Baste decir que se relatan aquí las experiencias vividas por el autor y que se describen con precisión sus principales escenificaciones, que son la ilustración viva de su pensamiento, con el apoyo de buenas fotografías. Esta larga y apasionante relación nos muestra, por ejemplo, al autor deslumbrado con ocasión de un viaje a Londres en 1965, ante las representaciones del Berliner Ensemble, y luego con su descubrimiento en Nancy, a lo largo de un año de estudios, del pensamiento de Brecht y de la historia del teatro popular. Le vemos pasar del teatro universitario, donde había aprendido de pasada lo que era la censura, a las giras por pueblos y la decisión de tomar a su cargo el Teatro de Cámara de Zaragoza en 1966, y después a la fundación de la Compañía de Acción Teatral, en 1975; no cabe duda de que fue a partir de esta fecha cuando inició su acercamiento al mundo institucional, marcado por sus relaciones con el ministerio de Cultura y con las autoridades universitarias, esperando la fundación de la ADE en 1982. Supongo que el lector conoce mejor la continuación de la aventura de Juan Antonio Hormigón según se desarrolla a partir de esa fecha. Por lo tanto no me entretendré en este punto.

En definitiva lo que se desprende con más nitidez de este libro, que es a la vez la cima de un saber y el trazado de un itinerario, es una formidable lección de energía. Para Hormigón el teatro está entroncado con la vida, o tal vez más exactamente con el escenario del mundo. Él mismo lo eligió a la par como una disciplina, un placer y un combate. El teatro ayuda a reflexionar sobre el mundo y ofrece medios para representarlo, es decir, recomponerlo, mover sus componentes hacia nuevas configuraciones, iluminar sus puntos ciegos: en eso es fuente de placer y de utilidad colectiva, sea cual sea el registro en el que se ejerce (desde la relectura de los clásicos hasta los ensayos más contemporáneos). De ahí la consigna de lucidez que impone Hormigón y que quiere decir actividad de la inteligencia, apoyada sobre una multitud de saberes incansablemente actualizados y desarrollados, dominio de la imaginación, la cual también se enriquece en un recorrido sin fin, precisión y riqueza, y finalmente la observación del mundo tal y como va y de la sociedad tal y como funciona. Con toda seguridad los maestros de este licenciado en medicina son Meyerhold y Brecht, tendiendo uno y otro hacia un realismo renovado, abierto a los logros de la ciencia y mucho más creador de imágenes y de ideas que observador inerte de lo que es. A pesar del tiempo transcurrido, que ha confortado su independencia intelectual, y de las cabriolas de una modernidad en perpetuo cambio, Hormigón ha continuado siendo un militante cultural que no se resigna ni al orden establecido ni a la pereza que empuja a tomar las cosas como vienen. Como estudiante quiso reformar el teatro universitario. Como director, ha trabajado por federar la profesión. Como profesor, participa en la renovación de los contenidos y los métodos de enseñanza. Como editor, su objetivo consiste en hacer progresar el conocimiento del teatro en su país. Lo que acarrea la adhesión y mantiene el interés en estos dos volúmenes es la amplitud y la fuerza de dicha ambición, incluso si encontráramos aquí material para observaciones y debates (en la historia de la dramaturgia, que ciertamente es un invento alemán, el papel desempeñado por Lessing puede estar sobreestimado con respecto a Diderot; los problemas correspondientes a la definición y a la historia del servicio público están simplemente apuntados, bajo la única luz del Piccolo Teatro de Milán; a veces hay transcripciones aproximativas de nombres extranjeros...). Pero no son más que naderías en un libro que resulta una contribución importante a la estética teatral y que merece ocupar un lugar escogido en la bibliografía de esta disciplina. Además aporta, como se habrá entendido, un testimonio esencial sobre la historia del teatro español desde 1960 hasta nuestros días, tal y como fue vivida por uno de sus actores, como una práctica social y cultural, como el lugar de un debate estético y tal vez como la punta de lanza de una renovación artística en un país que había entrado en movimiento.

 Robert Abirached

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