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Reseñas de libros

Historia de una escalera / La noche no se acaba / Condenados

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Autor del libro: Antonio Buero Vallejo / Faustino González Aller; Armando Ocano / José Suárez Carreño. (Edición de Gregorio Torres Nebrera.)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2005. (Serie: Premios Lope de Vega, nº 2). 303 págs.

La colección Premios Lope de Vega, fruto de un acuerdo entre el Excmo. Ayuntamiento de Madrid y la Asociación de Directores de Escena, pretende ofrecer completa la edición de todos los textos que han obtenido el máximo galardón en cada una de las ocasiones en que el certamen fue convocado, desde que fuera instituido allá por 1932, es decir, en pleno periodo republicano; y, al igual que sucedió con la aparición del volumen dedicado a las tres primeras obras premiadas, lo primero que hay que hacer es agradecer la iniciativa del Ayuntamiento para recuperar parte de su propia memoria teatral que, en este caso, y por motivos además demasiado obvios, puede considerarse igualmente parte de la memoria teatral del resto del Estado, al menos durante el periodo de la Dictadura, dada la singular condición del teatro Español de Madrid durante todos estos años.

Por otro lado, es preciso reconocer el carácter nada conmemorativo que tiene la colección referida, peligro en el que es fácil sucumbir cuando las corporaciones municipales intervienen y que hubiese despachado el asunto con una colección de libros ofrecida bajo el reclamo de algunos títulos tan significativos como Historia de una escalera o Las bicicletas son para el verano y presentada con algunos textos protocolarios al uso que transitaran por diversos tópicos sobre los que no merece la pena insistir. Antes al contrario, ambas instituciones han acogido este trabajo como un proyecto de edición y de investigación rigurosos, que parte de la elección de los editores responsables de los volúmenes que han visto la luz hasta ahora, Eduardo Pérez-Rasilla y Gregorio Torres Nebrera, así como los de otros volúmenes que ya están en marcha, y que llega hasta el propio formato de la colección en el que destaca el generoso número de páginas y la correcta presentación. En este sentido, conviene subrayar la importancia que tiene para el teatro español encontrar un proyecto editorial como éste, necesario y coherente, en el que se advierten diversos rasgos comunes que, además de la oportuna elección de las ediciones ofrecidas y sus correspondientes notas críticas o aclaratorias, aumenta su valía gracias a los estudios preliminares que se ofrecen y que permiten destacar el valor intrínseco de cada una de las piezas, así como los contextos sociales, culturales y específicamente teatrales en que surgieron, la recepción crítica que sus estrenos tuvieron en la prensa de su tiempo y cuantas circunstancias ayuden a la mejor comprensión particular y colectiva de unos textos que, tomados en conjunto, trazan un recorrido por más de cincuenta años de teatro en España. Se debe considerar, con relación a lo anterior, que de algunos de los textos premiados no existían ediciones o que, caso de haberlas, se hacía necesaria una profunda revisión de las mismas desde planteamientos críticos y metodológicos actuales. En algún caso, por el contrario, se daba la circunstancia de que algún texto resultaba "de sobra conocido", con el peligro que esa afirmación entraña de dar por supuestas demasiadas cosas y de no replantearse algunas cuestiones que habían quedado establecidas como "lugares comunes". Además, la decisión de agrupar las piezas en ternas permite potenciar la percepción contextual por encima, sin ocultarlos, de los méritos o deméritos intrínsecos a cada una de ellas. De este modo, era muy interesante observar cómo convivían en el primer número de la colección, por ejemplo, Alejandro Casona y Antonio Asenjo; del mismo modo que no deja de ser un revelador maridaje el que vincula a Buero Vallejo con Suárez Carreño, como sucede en este segundo volumen. De esta manera, y por lo que se refiere a este tomo firmado por Gregorio Torres Nebrera, son varios los aspectos que, en el breve espacio de que disponemos, quisiéramos subrayar.

En primer lugar, cada uno de los tres textos editados lleva una adecuada presentación en la que se detallan, con gran aportación de datos, cuáles fueron las circunstancias en que los textos fueron escritos, presentados al concurso, premiados y estrenados, así como la respuesta que la crítica, favorable o desfavorable, dio a cada uno de ellos. La cantidad de reseñas de prensa aportadas, la oportuna selección y presentación de las mismas, pero, sobre todo, la lúcida lectura que el crítico hace de las mismas constituye uno de los principales valores de este trabajo al que, en conjunto, pudiéramos, tal vez, ponerle un par de objeciones de carácter menor y que no restan ninguno de los muchos méritos que encierra este trabajo, como el lector tendrá ocasión de comprobar por sí mismo. La primera de las apostillas tendría que ver con la conveniencia de precisar que un cambio introducido en las bases del premio, con relación a las tres primeras convocatorias, permitía prescindir del carácter obligatorio de ceñirse a géneros específicos en cada convocatoria -drama en verso, comedia o sainete-, lo que explicaba la presencia de tres piezas tan diferentes como las firmadas por Joaquín Dicenta, Alejandro Casona, Antonio Asenjo y Ángel Torres del Álamo, que aparecían en el tomo anterior. Las ediciones desde 1949 en adelante "liberaron" a los autores del corsé de los géneros por razones que ahora no vienen al caso, pero que contribuyeron a dar mayor coherencia al certamen, como muestran en su conjunto las tres piezas que aparecen en este tomo: Historia de una escalera, La noche no se acaba y Condenados. La segunda pequeña objeción que podríamos hacer se refiere al hecho de que, tal vez por tratarse de una colección vinculada a la ADE, podría esperarse una mayor atención y desarrollo sobre lo que fue el trabajo de dirección con que estas tres obras fueron estrenadas en su momento, en especial por tratarse de montajes dirigidos por Cayetano Luca de Tena, uno de los directores de referencia para estos años, y porque en ellos participaron espléndidos artistas, tanto en la interpretación como en la plástica. Incluso, por lo que a los textos dramáticos se refiere, uno de los aspectos más debatidos con relación al asunto de la autoría tiene que ver con la dificultad de los dramaturgos españoles para llegar a ser estrenados y, cuando esto sucede, con las circunstancias en que se han desarrollado las representaciones. Así las cosas, no ha sido menor la importancia del trabajo de dirección a la hora de influir en la suerte, no sólo de algunos textos estrenados, sino de las trayectorias creativas de muchos dramaturgos, por lo que eso aumenta, a nuestro juicio, la necesidad de incidir algo más en los lenguajes teatrales y en los códigos éticos y estéticos empleados. No obstante, somos conscientes también de cómo las limitaciones de espacio que acompañan a este tipo de publicaciones obligan, igualmente, a tomar decisiones que dejan fuera aspectos que, de otro modo, hubieran sido abordados por el editor, sin duda, con acierto.

Por lo que se refiere al estudio individual que acompaña a cada uno de los textos, es evidente la dificultad que entraña cada nueva edición de Historia de una escalera, en particular si debe situarse equilibradamente al lado de otros textos del periodo, por cuanto existen numerosas ediciones, estudios críticos y documentos en los que el propio Antonio Buero Vallejo dejó explícitos diversos pormenores. En nuestra opinión, lo más interesante del trabajo de Gregorio Torres Nebrera con relación a esta pieza estriba en el hecho de lanzar líneas de conexión con el pasado teatral y de no acentuar tanto la significación, que evidentemente tuvo la obra, con el teatro posterior. Así, es interesante ver en unas cuantas páginas noticias sobre los puntos de vista de autor y críticos, la importancia del tratamiento del tema del tiempo y de la construcción dramática, la alusión a la versión cinematográfica en la que intervino el propio Antonio Buero o la información sobre la cartelera madrileña de aquel año 1949; pero aún nos interesa más la relación que se establece entre este texto y el pasado teatral, en concreto con Federico García Lorca. También es significativa la importancia que tiene el estudio preliminar que acompaña a la segunda pieza, La noche no se acaba, por cuanto nos sitúa con precisión a los autores, Faustino González Aller y Armando Ocano, nos informa acerca de la prohibición que pesó sobre la obra poco después de su estreno, merced al sabio criterio de dos esposas de ministros, de la pobre recepción crítica que la obra tuvo en España y la magnífica acogida que recibió años más tarde en Alemania, donde la obra se representó con un llamativo éxito, la proximidad entre este texto y alguno de los más significativos de la poesía española de aquellos años, por ejemplo Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y, en general, los vínculos entre esta pieza y el pasado teatral reciente. Si un referente importante para la anterior era el drama de Federico García Lorca, para ésta lo constituían los autos sacramentales, una de las formas preferidas por la renovación teatral desde finales de los años veinte, con el teatro de Rafael Alberti o de Miguel Hernández, entre otros muchos, como ejemplos más populares. Finalmente, el estudio de Condenados nos permite conocer la gran aceptación de un escritor que acaparó en muy pocos años, probablemente los tres certámenes más importantes de su tiempo, el premio Adonais de Poesía, el premio Nadal de Novela y el premio Lope de Vega, de Teatro. También adquiere especial relieve el estreno de un texto que, en este caso, fue muy bien acogido por la crítica y que mostraba otra elección genérica, el drama rural, de gran significación con relación al pasado inmediato y, aún mayor, referida a un presente cuyo paisaje venía dibujado con los perfiles de las "revistas", ¿nos suena? No recibe en este caso poca atención el trabajo de dirección de esta obra que, como en las anteriores, realizó Cayetano Luca de Tena y, de modo particular, la importancia del trabajo plástico firmado por Sigfredo Bürmann, el gran escenógrafo que enlazaba también con la tradición escenográfica anterior a la guerra; por Vicente Viudes, uno de los más destacados escenógrafos y figurinistas de los años cincuenta y sesenta, y por un elenco en el que sobresalía el trabajo interpretativo de María Jesús Valdés.

Para concluir, cerramos estas páginas reiterando la necesidad que existía de abordar este trabajo editorial, según hemos pretendido sugerir, no sólo por las razones que proponíamos al comienzo, sino también por la obligación de recuperar la memoria sobre tantos nombres, tantos textos y tantos hechos que conviene identificar con precisión para saber hacia dónde queremos ir y de qué nos tenemos que alejar. En nuestra opinión, tal objetivo se cumple en este trabajo por el cual, por las muchas virtudes que encierra, también es justo felicitar a Gregorio Torres Nebrera, según tendrán ocasión de comprobar los lectores.

            Julio E. Checa Puerta

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