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Reseñas de libros

Actrices españolas en el siglo XVIII. María Ladvenant y Quirante y María del Rosario Fernández

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Autor del libro: Emilio Cotarelo y Mori. (Prólogo de Joaquín Álvarez Barrientos)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2007. (Serie: Teoría y Práctica del Teatro, nº 27). 384 págs.

Una de las líneas de trabajo en los estudios teatrales de los últimos años se ha venido centrando en la recuperación de la literatura dramática escrita por mujeres, pero también en la larga estela femenina que abarca el complejo mundo de la escena. Así, junto a esa importante literatura teatral femenina, también han aparecido trabajos que abordan aspectos que van desde el personaje dramático femenino hasta la labor de las directoras de escena. Sin embargo, tal vez el aspecto más llamativo e importante de la presencia y la participación de mujer en el terrenos del arte dramático, es decir, su labor como actriz, a pesar de su considerable peso a lo largo de la historia del teatro español y de los grandes nombres que van desde la Guerrero a la Xirgu, ha permanecido en un segundo lugar, como si aún estuviese vigente esa vieja condición maldita que sacude el oficio del actor, mucho más acusada cuando se trata de una mujer.

Por estas razones, ya resulta muy satisfactoria la reedición de dos de los textos más emblemáticos del erudito don Emilio Cotarelo y Mori, María Ladvenant y Quirante. Primera dama de los teatros de la Corte y María del Rosario Fernández “La Tirana”. Primera dama de los teatros de la Corte, dedicados, precisamente, al mundo de la actriz en unos tiempos convulsos y de fuertes transformaciones para el arte de Talía y la nueva consideración profesional y social del mundo del actor. Mucho más cuando se trata de obras que continúan siendo de cita y consulta obligada para el estudioso de ese período de la cultura teatral española, pues las observaciones y los juicios de Cotarelo, a pesar del paso del tiempo y sus lógicas limitaciones, han envejecido muy poco, tal vez debido en esencia a la impronta de modernidad que respiran sus perspectivas, a caballo entre la erudición más rigurosa y positivista, y una interpretación, aunque muy discreta, también muy correcta de aquellos momentos y dos de sus protagonistas más conocidas, brillantes y populares en el mundo de la escena: María Ladvenat y Quirante y “La Tirana”.

Además, esta reedición de los dos textos en un libro único -todo un acierto- añade el interés de la buena guía de lectura que nos ofrece el profesor Joaquín Álvarez Barrientos, quien nos da las coordenadas de las aportaciones del erudito Cotarelo, en el contexto del combate teatral de la Ilustración, por un lado, y de los estudios de erudición filológica e histórica, de corte positivista, donde se concretan los trabajos de don Emilio, por otro. Un contexto intelectual y académico presidido por la omnisciente figura de don Marcelino Menéndez Pelayo, quien aporta la modernidad de un punto de vista que se aparta de la perspectiva del texto literario y su autor (los dos elementos básicos de la escuela positivista), para adentrarse así en ese complejo y difícil, pero también “mal visto”, mundo de los actores y la materialidad de la escena. En esta misma línea ahí quedaban sus otras aportaciones al mundo de la tonadilla escénica, la zarzuela, el teatro breve.

En este sentido, el desafío de Cotarelo resultaba atractivo y valiente, pues dentro de la escuela filológica a la que pertenece, Ilustración y teatro no eran precisamente dos perspectivas que gozaran de mucho prestigio y “buena prensa”, y mucho menos cuando éste acercamiento se iba a realizar a través del mundo material de la representación, la puesta en escena, y, más específicamente, a través de dos actrices. Un desafío, entonces, que otorga a su erudita mirada una curiosa mezcla de cierto carácter conservador (ahí están sus otros trabajos sobre los textos teatrales de los Siglos de Oro), con un aire innovador, a veces incluso provocador. Y es ahí donde reside la modernidad de estos trabajos y su sentido actual: el considerar el teatro como algo más que un texto literario.

Porque conviene no olvidar que no siempre el actor y su entorno profesional han gozado de la misma estima, por no hablar de los altibajos que han caracterizado su consideración social a lo largo de la historia del teatro. Y es precisamente en los momentos en los que Cotarelo detiene su atención, donde podemos encontrar un punto de inflexión importante, un antes y un después en lo que respecta a sus funciones sociales y su estatus profesional, pues para los ilustrados el teatro era otra cosa muy diferente a la fiesta del Corral de Comedias. El teatro debía ser un espejo de las sociedades civilizadas, y sus actores debían someterse, en coherencia con las también nuevas funciones de la escena, a esa especie de depuración clasicista y cívica que sacude todo el movimiento neoclásico. A partir, pues, de la Ilustración empieza a cambiar el estatuto del actor, como portador también de las ideas educativas que debían desprenderse de la escena. El actor, al igual que la escenografía, los repertorios de obras o lo espacios teatrales, se tenía que ajustar a las nuevas coordenadas que interpretaban la actividad dramática como una actividad pública, cívica y política.

Es en este contexto donde desarrollan sus azarosas carreras dramáticas las dos extraordinarias cómicas que, con ciertos aires novelescos, dan vida al relato historiográfico de Cotarelo, que pasan a convertirse, dada la emergente fuerza de la escena, en dos buenas intérpretes de su tiempo, pues además de encontrarse en el mismo centro del combate ideológico en torno al teatro, también aportaban una respuesta original como iconos y símbolos del carácter autóctono de la ilustración española y los modos más étnicos de la mejor herencia del teatro como entretenimiento, muy a pesar de los preceptos y las prevenciones moratinianas.

Todos estos problemas que hablan de una época del teatro muy activa, acompañados de una copiosa documentación de archivo y biblioteca de primera mano, otorgan a esta reedición de Cotarelo un valor muy oportuno en unos tiempos actuales, donde el mundo del teatro y el mundo de la mujer han reclamado la fuerza y la presencia que, a pesar del silencio académico, han tenido a lo largo de todos los tiempos. Cotarelo parecía intuirlo, y su acercamiento a esos dos mundos así lo certifica, inaugurando unas líneas de investigación que, hasta esos momentos, apenas habían merecido atención alguna. En cierto sentido, Cotarelo parecía haber cogido el testigo de aquellos hombres de la Ilustración en su intento de contribuir también a la dignificación de un mundo -el de los actores- entonces condenado a los infiernos, como manda la mejor tradición de nuestros preceptistas y moralistas, y que gracias a esta nueva iniciativa editorial de la Asociación de Directores de Escena, vuelve a la actualidad de la mano de otro agudo investigador del mundo del actor, el profesor Álvarez Barrientos, quien, como entonces Cotarelo, vuelve a lanzarnos el guante en un gesto de desafío algo teatral más propio de nuestras cómicas ilustradas.

Alberto Romero Ferrer

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