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Reseñas de libros

La bella durmiente / José Barbacana

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Autor del libro: Jerónimo López Mozo
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2015. (Serie: Literatura Dramática Iberoamericana, nº 71). 234 págs.

Pocos dramaturgos españoles contemporáneos cuentan con una trayectoria tan dilatada y tan constante como la de Jerónimo López Mozo. Comenzó tempranamente a escribir para la escena en la década de los sesenta. Eran los años en los que se estaba gestando el teatro independiente y en los que una nueva generación de dramaturgos irrumpía con propuestas de lenguajes diferentes del realismo, sin renunciar por ello a un discurso crítico contra  la dictadura y contra el modelo social y económico que imponía el capitalismo. Las influencias de algunas de las corrientes que alentaban el teatro europeo y americano influyeron sobre esta generación de dramaturgos que trataba de buscar nuevos caminos estéticos. Es relevante la impronta brechtiana, pero también se advierte la huella de autores como Dürrenmatt, Max Frisch, Peter Weiss, Beckett, Genet, Sartre, etc., o de grupos como el entonces mítico  Living Theatre. El teatro documento, la farsa política, el teatro de acción social, el happening,  el teatro ceremonial, la alegoría o la parábola son algunas de las posibilidades que se ofrecen a esta generación incipiente. Las invitaciones a la práctica de la escritura compartida, o incluso colectiva, y a la participación en procesos abiertos de creación  son aspectos que ayudan a entender las líneas estéticas seguidas por los entonces jóvenes dramaturgos.

Los años de la Transición política llevan consigo, entre otras consecuencias, una convulsión en el ámbito de la escena. Muchos de los dramaturgos de la generación a la que me refiero se sienten preteridos y algunos abandonan la tarea o la continúan desde una inconformista –o a veces desesperada- marginalidad. Otros siguen componiendo textos dramáticos  y, sin renunciar a sus principios estéticos ni a sus convicciones, tratan de acompasar su teatro a una sociedad que cambia vertiginosamente. No es una tarea fácil la de encontrar un lugar en un teatro que camina por derroteros muy diferentes. Sin embargo, Jerónimo López Mozo ha continuado escribiendo tenazmente durante décadas, ajeno a cualquier componenda, explorando temas diferentes o revisitando motivos ya tratados, experimentando con nuevas formas de construcción dramática o retornado modelos probados. Pero ha mantenido siempre sus compromisos con la libertad y la dignidad del ser humano, con la denuncia de los abusos intolerables por parte de los poderosos, con la exigencia de una  ética personal y colectiva y, también, con una escritura exigente y pulcra, con un buen hacer que dimana de su responsabilidad como dramaturgo y como intelectual. El resultado es un amplio elenco de textos de notable belleza y un buen número de publicaciones y de premios, aunque, como un síntoma más de las anomalías que aquejan a la escena española, su presencia sobre los escenarios sea exigua y desproporcionada a la cantidad y a la calidad de sus textos. Es difícil entender por qué dramas fundamentales como Eloídes o Ahlán no han conocido todavía el estreno. 

Se publican ahora en ADE dos de sus últimas entregas: La bella durmiente y José Barbacana, con un cuidado prólogo de la hispanista italiana Manuela Fox, una de las más reputadas especialistas en la obra del dramaturgo. Ninguno de los textos ha conocido todavía el estreno. La bella durmiente permanecía inédito hasta su publicación en este volumen y José Barbacana había sido recogido en la revista norteamericana Estreno, dedicada monográficamente al teatro español contemporáneo, en  2015, en el que se conmemoraba el cuadragésimo aniversario de la revista.

La bella durmiente cuenta demás con una “Nota sobre este cuento de cuentos para adultos y algunas sugerencias para el maestro de ceremonias”, firmada por el propio López Mozo, en la que explica la génesis de esta obra y menciona algunos de los referentes principales que se han manejado, entre ellos algunos cuentos infantiles tradicionales (Cenicienta, Hansel y Gretel, Blancanieves y los siete enanitos, Caperucita roja o La bella durmiente), pero también las tres novelas gráficas de Max Ernst. Entre los cuentos y las novelas gráficas el dramaturgo advierte una relación que explora en el drama. El protagonista de La bella durmiente, Francis, educado en la lectura de estos cuentos -de ambigua e inquietante interpretación-, confunde la realidad con la representación que esos cuentos ofrecían y vive un singular itinerario de aprendizaje sentimental y sexual que culmina con la frustración, el fracaso y el envejecimiento (¿prematuro?), con el hallazgo de lo que el mundo tiene de sucio y de decepcionante. Francis, mal  orientado e incapaz de distinguir la realidad de la invención, acomete sin saberlo un proceso que lo destruye como ser individual y social. Es un drama singular en la producción de López Mozo, muy diferente temática y formalmente de la línea que suelen seguir muchas de sus obras anteriores. Es relevante la presencia de lo onírico y de lo freudiano y también su diálogo con el libro de Bruno Bettelheim. Psicoanálisis de los cuentos de hadas, elementos señalados por Fox en su prólogo,  pero cabría también establecer una relación con los dramas de princesas de Elfriede Jelinek, singularmente su obra homónima, y tal vez no fuera descabellado pensar en una  analogía con el Peer Gynt, de Ibsen o El viaje de Pedro el afortunado, de Strindberg. Se trata en cualquier caso, de una obra compleja y brillante, sugestiva y difícil, que invita a la aventura de la escenificación.

José Barbacana resulta más fácilmente reconocible en el itinerario de López Mozo. Se trata de una obra inequívocamente política, en cuya concepción y composición advertimos la influencia de Brecht -explícitamente citado en el texto- y también alguna semejanza con otras obras del propio autor, por ejemplo, Ahlán, Bajo los rascacielos o El olvido está lleno de memoria. Con la primera coincidiría en el la utilización de una escena que sirve como pórtico del drama entero, recurso de naturaleza brechtiana; con la segunda, en su condición de fábula política; con la tercera, en la propuesta de una serie de claves relativas a los personajes y a las situaciones que el lector o el espectador pueden o deben tratar de reconocer. En  José Barbacana muchas de esas alusiones a los nombres de los personajes son transparentes: En José Barbacana, presidente del gobierno, reconocemos a Mariano Rajoy; en Joan Vázquez, presidente de la patronal, a Joan Rosell; en Pablo Saviola, asesor, a Pedro Arriola; en Ada Tebas, a Ada Colau; en Margaret, a Margaret Thacher; etc. Otros son más ambiguos en lo que a una adscripción concreta de su nombre se refiere, pero no en cuanto a lo  que representan. La misma designación de Barbacana y su confección como candidato ideal a la presidencia de un gobierno que conviene a los poderes establecidos resulta inquietante y demoledor a un tiempo en el drama de López Mozo.

El dramaturgo propone en José Barbacana un vívido y ácido retrato de la situación política y económica de España durante los años de la segunda década del siglo XXI, en el que las clases dominantes se han servido cínicamente de la coyuntura económica para asfixiar a las clases más desfavorecidas, para desmantelar el edificio público -construido con los esfuerzos de todos- y para restringir drásticamente las libertades democráticas. José Barbacana pone de manifiesto el obsceno desparpajo con que el partido político en el poder y las cúpulas del empresariado, la banca y la iglesia han urdido una trama destinada a preservar sus privilegios y a humillar económica, política y moralmente a buena parte de la ciudadanía española, hasta el punto de privarla -de facto- de esa condición de ciudadanía. Se trata de un texto  valiente, de ágil construcción y de sugerentes posibilidades. López Mozo recupera al personaje de Vagal, una suerte de alter ego del autor, que aparecía ya en alguna obra anterior y que aquí  desempeña la tarea del maestro de ceremonias y convoca a los personajes o encarga a los actores diferentes desempeños no sin que estos, en ocasiones, se rebelen contra la autoridad de un Vagal que oscila entre ente la energía y el deseo de  conciliación. En su prólogo, Fox relaciona el procedimiento con el que emplea Pirandello en Seis personajes en busca de autor y la asociación resulta pertinente, aunque cabría también, y de nuevo, emparentarlo con el teatro de Brecht.

                                                                                              Eduardo Pérez-Rasilla

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