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Reseñas de libros

Autoras en la Historia del Teatro Español (1500-2000). Volúmenes I y II

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Autor del libro: AA.VV. (Investigación dirigida por Juan Antonio Hormigón)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1996. (Serie Teoría y Práctica, nº 11). 1414 págs.

¿Han sido en España el teatro y la literatura dramática, como prácticas autorales, siempre manifestaciones masculinas? Las respuestas pueden ser variadas y, creo, inspiradas más en posiciones viscerales que racionales. Se dan, además, normalmente, prescindiendo de cualquier comprensión histórica. Si a los olmos no puede pedírseles peras, las épocas históricas no pueden juzgarse con valores ajenos o pretendidamente intemporales.

La función de la mujer en las sociedades católicas occidentales ha cambiado de modo radical a lo largo de este siglo y las bolsas de resistencia -tanto masculinas como femeninas- se deben más a hábitos antiguos que a verdaderos acontecimientos. El cambio, sin embargo, ha sido tan intenso que no ha dejado de provocar disfunciones. Pero tampoco hay que pensar que las manifestaciones femeninas han sido siempre feministas ni que los valores feministas pudieron ser en todos los momentos históricos iguales a los que se puedan defender hoy día. Esto último es así porque los valores se definen en cada circunstancia y tampoco se dieron siempre las mismas reclamaciones obreras, o nacionales o culturales, etc... Incluso planteamientos liberales y progresistas se han visto necesitados de alianzas estratégicas o tácticas con posturas conservadoras por mor de conseguir logros parciales.

Viene todo esto a cuento porque los dos volúmenes sobre Autoras en la Historia del Teatro Español (1500-1994), que ha publicado la ADE, pueden producir dos tipos de reacciones. La primera, y evidente, la de respeto y elogio por la documentación única que proporcionan, y a la que me referiré luego. La segunda de extrañeza y repulsa porque el teatro de mujeres que documenta y expone a la luz no es, ni mucho menos, siempre, exposición de visiones feministas del mundo. Por ejemplo: consultando el amplísimo  catálogo, amplísimo y detalladísimo, del que gracias a estos libros ahora disponemos, comprobamos lo que ya suponíamos, que el número de escritoras religiosas, monjas profesas en uno u otro convento, es muy elevado. Es natural que así sea. El teatro está ligado en el claustro tanto a la ceremonia religiosa como al ocio y resulta, así, doblemente gratificador al esfuerzo de la monja escritora, directora de la función o actriz. Pero no podemos esperar de los textos conservados -y ahora repertoriados- más de lo esperable: la asunción de las creencias compartidas y el entendimiento de la religión y de la sociedad que posibilitan la existencia de los conventos. No sería correcto renegar de ello porque, de no existir esa ideología no hubiéramos tenido los textos dramáticos. Sólo se escribieron porque las monjas existían y sólo se conservan en su mayor parte, porque las monjas o la organización eclesial existen. No les pidamos que defiendan las posiciones feministas de hoy, sólo pueden ofrecer lo que sus condiciones de nacimiento permiten.

Del mismo modo que mujer y feminismo no son causa y efecto indiferenciables, conviene observar que las características que habitualmente adscribimos a lo femenino no son sino componentes de una retórica. Pero, además, de una retórica que parte de otra retórica: la previa que surge de la definición de lo masculino.  Ahora bien, una retórica no es más que una serie de normas de construcción que emanan de una ideología y ésta sólo es una construcción determinada de la realidad. Femenino y masculino no son, en la mayoría de los casos y sobre todo, en el campo simbólico en el que se desarrolla la cultura, y por ello el teatro, sino efectos de lenguaje. Eso es lo que estos dos volúmenes han repertoriado: efectos de lenguaje sometidos a todas las correcciones que la sociedad y sus fuerzas han ejercido sobre el teatro y la literatura.

Autoras en la Historia del Teatro Español (1500-1994) recoge el teatro escrito (no nos olvidemos, el teatro en cuanto que existe como texto dramático) por mujeres. Y se incluyen en las páginas obras que nacen con una conciencia de la visión femenina del mundo y obras que asumen la mirada masculina. Y entre las de mirada femenina, obras que no discuten la función social de la mujer establecida en su tiempo y obras que la discuten. Porque estos libros no llevan a cabo una visión militante, sino científica. Y la investigación ha sido dirigida -¿por qué no?- por un hombre, Juan Antonio Hormigón. Me gusta destacar la presencia de Hormigón al frente de un equipo tenaz y exacto porque no es sino un paso más en el camino que el Secretario General de la ADE ha venido recorriendo durante toda su vida. Una labor a la que se podría aplicar la frase del poeta Rimbaud: "Le je est un autre." (El yo es otro). Un andar militante en el compromiso con la conciencia del otro y de lo otro, de la discriminación o del olvido.

El olvido de la literatura dramática y no dramática escrita por mujeres es evidente en el corpus habitualmente manejado por los estudiosos de la literatura española. Los Apuntes para una Biblioteca de escritoras españolas, de Manuel Serrano y Sanz buscó corregirlo en algo y ha sido guía de otros investigadores posteriores. Pero del mismo modo se ha olvidado la literatura obrera y la protestante.

Estos dos volúmenes pretenden abarcar la literatura dramática femenina y ofrecer, como es natural, buenas y malas escritoras, profesionales y "diletantes", feministas y machistas. Pero, sobre todo, desde el punto de vista científico y documental, nos proporcionan una bibliografía única en su género, absolutamente inhabitual, y sin parangón, hasta lo que se me alcanza, en las culturas próximas. Cada autora aparece con una breve biografía, un juicio estético general, los datos sobre las ediciones y estrenos (en su caso) de todas y cada una de las obras, argumento, comentarios individualizados y bibliografía histórica y estética. Son dos volúmenes producto de un trabajo que debería haber sido hecho por una universidad o un centro de investigación. La ADE vino a cubrir, afortunadamente, una clara y amplia laguna.

En el primer volumen descubrimos o redescubrimos autoras como Ana Caro, Francisca Navarro, María Cabañas, o María Rosa Gálvez y podemos observar cómo las mujeres, menos escolarizadas que los hombres, caían también menos en las garras de la retórica, ofreciendo textos más libres. En el segundo comprobamos como en el siglo XX, ha habido cambios. La mujer dramaturga está en mayor contacto con los hombres, tiene similares preocupaciones y, si se siente discriminada como género, no se siente así de forma individual. Modernismo y vanguardias integran por igual a mujeres y hombres. Resulta ocioso citar nombres que, bien desde la literatura más elitista o desde la proletaria, protagonizan la cultura española.

Es gratificante encontrar la atención justa en el segundo volumen, a personas como Ernestina de Champourcín, Halma Angélico, Irene Falcón, Carlota O'Neill o Carmen Conde. Claro que al basarse la obra en los nombres propios no destacan determinadas actividades y los centros que las acogieron, como el Lyceum Club Femenino, de tanta importancia.

Naturalmente, se trata de un trabajo inacabado. No porque pueda o no haber algún olvido, sino porque la escritura teatral no cesa y año tras año se hará preciso un tercer volumen. Quedan emplazados aquí Juan Antonio y sus colaboradores para que, el año 2001, nos entreguen el volumen que cierre la producción femenina del siglo. Después, esperemos que no sea preciso un cuarto tomo, que baste con hablar de la escritura teatral en España y estemos seguros de que nadie había quedado, por motivos de género, descartado.

En nuestras bibliotecas ha habido, hay, que hacer el hueco necesario para albergar los dos volúmenes ya imprescindibles de Autoras en la Historia del teatro Español. Y lo colocamos con orgullo en los estantes.

 

Jorge Urrutia

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