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Reseñas de libros

A la sombra de las luces

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Autor del libro: Fernando Doménech y Juan Antonio Hormigón. (Artículos de Fernando Doménech y Juan Antonio Hormigón)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 1992. (Serie: Literatura Dramática Iberoamericana, nº 8). 115 págs.

Por tercer año consecutivo, la ADE ha afrontado la puesta en escena de un texto propio -la drama­tización de un debate sobre aspectos teóricos de la práctica teatral- con motivo de la entrega de los premios anuales de la Asocia­ción.

La realización de estos tres montajes -Los aprendices de brujo, Batalla en la residencia y, ahora, A la sombra de las luces- ha despertado, hasta donde he podido detectar, reac­ciones dispares. Desde quienes opinan que se trata de una experiencia sugerente, hasta quie­nes la con­tem­plan con marca­da ironía. Desde quienes tratan de averiguar si este ejercicio puede tener alguna funcionalidad que vaya más allá del mero diver­timento, hasta quienes están íntima­mente convencidos de que, en el fondo, es una muestra más del narcisismo innato a todo director que se pre­cie. Desde quie­nes creen que la exhi­bición pública de tales montajes tiene interés, hasta quienes juzgan intolerable que una fun­ción de aficiona­dos ocupe duran­te tres días un local teatral de la capital.

En principio, nada que objetar. Cuando alguien somete un proyecto a la luz pública, ha de partir de la base de que las reacciones pueden muy bien no adaptarse a las intenciones que lo han animado. Por añadidura, es más que probable que algunos de los propios protagonistas de estos montajes hayan aceptado participar en los mismos por las motivaciones personales más diversas, incluido el secreto y egoísta placer de volver a ejercer, o de ejercer por primera vez, una actividad -la interpretación- que para muchos es poco más que un recuerdo de los años mozos.

Pero, en segunda instancia, ¿nada que objetar? Mora­lis­tas, como el que estas líneas suscribe, seguramente opinarán que en un sector y un país que atraviesa tan delicados momen­tos los recursos humanos y materiales han de ser utilizados con manifies­ta prudencia. Y que, si sólo de un divertimento, de arropar unos premios anuales o de satisfacer el ego se trata, la ADE bien podría montar su cosa para estricto solaz de sus afiliados, en petit comité y sin más derroches ni alha­racas públi­cas. O, mejor aún, organizar uno de esos partidos de solteros contra casados, que tantos lazos fraternales suelen estrechar.

No, en el sentido ha de ser otro. Francamente, ni sin­tiendo el menor de los aprecios por la profesión de director, o por quienes aquí y ahora la ejercen, debiera caber en cabeza de nadie que hombres y mujeres que peinan ya canas en el sector teatral puedan dedicar tanto tiempo y esfuerzo única­mente al complaciente ejercicio de demos­trarse lo ingeniosos y autosu­ficientes que son.

Pero es que, además, el asunto va más lejos. En efecto, ni siquiera pensar que la intención de la ADE es de lo más honesta, y sus resulta­dos, en cambio, lite­ralmente condenables y prescin­di­bles (o sorprendentemente atractivos, tanto da), zanjaría la cuestión. Lo alarmante no es opinar o no que estos montajes sean fruto de la prepotencia. Lo alarmante es que no merezca ni más líneas, ni mayores conside­raciones, la posibi­lidad de que haya otro sentido último que los anime y justi­fi­que.

Aquí, hasta el afán de muchos profesionales de la prensa por elaborar el comentario sobre estas puestas en escena -en algunos casos, con la loable intención de dignificarlas- en la forma de una crítica convencional, como si de un espectáculo comer­cial se tratara, contribuye objetiva­mente a su frivoli­zación. No. En mi opinión, seguramente errónea, el asunto no consiste en disertar sobre si tal intér­prete grita mucho o poco, sobre si tal otro debiera mostrar más o menos emotivi­dad, sobre si el espectáculo es más o menos discursi­vo, o sobre si el montaje es más o menos teatral (?).

Por el contrario, quiero creer, en mi ingenuidad, que no es lo mismo que un director opine que «es erróneo considerar la sentencia final como elemento justificativo de toda la obra», a que interprete tal afirmación sobre un escenario; que no es equivalente que un director crea que es preferible «la intensifi­cación de la palabra al lujo escénico», a que exponga tal argumento sobre las tablas frente a un personaje que le escucha; que no es igual disentir de que el teatro haya de ser «una recrea­ción y un alivio de las molestias de la vida públi­ca, y del fastidio y las impertinencias de la privada», a tener que asumirlo como personaje y rechazarlo, a la vez, como profesional.

Si, como afirmara Goldoni, «el arte oculta el estudio bajo la apariencia de naturalidad», hay que conceder que, mientras no se demuestre claramente lo contrario, A la sombra de las luces  -como antes lo fueron Batalla en la Residencia y Los aprendices de brujo- es ante todo un estudio. Una forma diferente y colectiva de reflexionar sobre su propio oficio que los profesio­nales de la ADE se proponen a sí mismos y proponen al espectador interesado (no nos engañemos: estos montajes ni se ofrecen, ni atraen primordialmente a un público indiscriminado).

Si admitimos que una de las grandezas del teatro es, entre otras, «liberar el tormento de una verdad», «convocar a un pensa­miento», promover una forma de desvelación de la realidad esencialmente diferente a la que procuran otras disciplinas intelectuales u otras prácticas artísticas, enton­ces debemos admitir la posibilidad de que estos montajes sean, ante todo, una forma curiosa y diferente -pero no inútil -- de profundi­zar en el conoci­miento de la práctica teatral. Y debiéramos, quizá, reflexionar sobre ello.

Por añadidura, parece asimismo obvio que la asunción temporal de otras tareas dentro de un espectáculo puede ayudar a que un director obtenga ricas y necesarias experiencias para su práctica, mitigando el pernicioso aislamiento funcional que amenaza toda especialización. Lo cual constituye una nada despreciable segunda derivada de esa reflexión colecti­va.

No tengo ánimo alguno de magnificar lo que no es, en definiti­va, más que una experiencia puntual. Pero pienso humildemente que tal es, o debiera ser, el sentido de esta propuesta escénica que anual­mente organiza la ADE. Y que lo demás, con todo respe­to, no es sino querer alimentar pobres rencillas; o pretender descubrir, en un parti­do de solteros contra casados, un apañado centrocam­pista para el Atlético de Madrid.

Alberto Fernández Torres

 

 

Me sorprendieron muchas cosas la noche que asistí a la representación del GOLDONI que nos regala este año la Asociación de directores. En primer lugar, quizá cronológicamente, la afluencia de público. No es fácil ver la Sala Olimpia rebosante de humanidad, y menos aún lo sospechara yo al señuelo de un espectáculo sobre Goldoni. ¿Qué garantías tenemos de que no se trate más que de otra pía conmemoración centenaria? Pero allí teníamos una respetable cantidad de respetable movida por esa misteriosa antena cuyo funcionamiento no han conseguido todavía explicar los científicos.

Al leer el programa, no dejó también de sorprenderme la larga nómina de actores y colaboradores que se habían prestado, un año más, a trabajar por amor al arte en el montaje. En estos tiempos de convenitis aguda, donde nadie se agacha si no lo especifica claramente su contrato, me parece reconfortante que un grupo postinero de artistas se avenga a dedicar su tiempo y su esfuerzo a una actividad sin fines de lucro, pero además de verdad.

Pero lo mejor de todo fue la alta calidad artística del trabajo ofrecido. No soy crítico, ni pretendo serlo, pero creo que pasé una de las mejores noches de teatro que he disfrutado este año. El «collage» que han realizado Hormigón y Doménech es, de por sí, una excelente pieza teatral, que va más allá de la habitual «dramaturgia» al uso. Se trata, digo, de una pieza de arte mayor, que merece la misma consideración que un texto «de autor». Ahí es nada ensamblar con tanta inteligencia los diversos fragmentos de discursos de unos y otros, salpicados con alguna interpolación ingeniosa, y conseguir crear un apasionante y polémico encuentro entre algunas de las personalidades más brillantes de la Ilustración, y algunos de sus adversarios. Que el público pueda acceder a lo nuclear de ese debate en tan solo hora y media me parece ya un desafío, pero que además lo haga «deleitándose» raya en la maestría.

Los autores no se han limitado a cortar y encolar, sino que han sabido elaborar los materiales conceptuales en el plano significante, han tratado de hallar «la forma de la expresión» y han conseguido efectos memorables que culminan en un golpe de teatro extraordinario cuando en medio de la sesuda discusión se levanta Juan Jacobo Rousseau, presa de uno de sus ataques paranoicos y lanza una serie de invectivas que sacuden la severa contención burguesa de la parroquia. A partir de este incidente, sabiamente llevado por los dramaturgos en una hábil mezcla de inteligencia y humor, quedará abierta la espita de las pasiones que estallará jocosamente en el clímax de la pieza, con el mutis tumultuoso de casi todos los invitados, recreando irónicamente un procedimiento que es habitual en la obra de Goldoni. El debate queda interrumpido, las ideas expuestas flotando en nuestras cabezas, pero la imagen que Hormigón y Doménech nos proponen es demoledora y nos sitúa frente a los límites que constreñían el pensamiento de la época.

Y de rebote, uno tiene que preguntarse por los límites que condicionan hoy el pensamiento contemporáneo. ¿Cuáles son las respuestas que buscamos ahora los hombres y mujeres del teatro? ¿Cuál es el lugar del teatro mismo en nuestra sociedad, si es que tiene alguno? Las voces de Diderot, de Schiller, de Garrick, del propio Jovellanos nos lanzan, de la mano de Hormigón y Doménech, dardos envenenados. Confieso que, como espectador, me sentí angustiado por momentos, al comprobar qué pocas respuestas podemos ofrecer ante tantas cuestiones cruciales.

Pero, además de este placer, digamos, intelectual, me sorprendió también la elegancia de la puesta en escena, sobria, eficaz, armónica. Los decorados que Simón Suárez ha apañado con retales de otras producciones, y que parecen pensados con toda intención para esta pieza. La interpretación, desigual, naturalmente, pero siempre entregada y cordial. No esperaba, sinceramente, tanta calidad, tanto talento, tantas ganas de hacer teatro en una ocasión como esta, un poco «de circunstancias», y al salir del teatro, con el regusto en la boca, pensaba que Goldoni pocas veces habrá sido tan bien homenajeado, y que este espectáculo debería rebasar el marco para el que ha sido creado y llegar a públicos más amplios, y me lo imaginaba al aire libre, en la Plaza del Duomo, con el pueblo veneciano escuchando tan sorprendido como yo, estas reflexiones sobre su gran autor nacional que vienen de lejos...

Fermín Cabal

 

Volver a la Ilustración. También en el teatro. Algunos desconfían de la fórmula y hablan de falta de teatralidad, de discursos hilvanados que se suceden en el escenario y aturden o confunden hasta el aburrimiento a un público que apenas puede seguir el hilo de la discusión, ya que la trama es sólo teórica, o casi sólo. Y, sin embargo, el espectáculo era una gozada. Y lo era precisamente por aquello que algunos le critican. Porque es hermoso oír los textos encarnados: teatro de ideas que habla precisamente del teatro y que reconstruye a través de los propios testimonios un modo de pensar, una época y unos orígenes. Y hace falta y me emociona en un país donde tan poco lugar queda para la teoría -sobre todo en el ámbito teatral- y donde se menosprecia la palabra y la reflexión, mientras se potencia un tonto y nulo teatro de «acción», a partir como diría Lessing, de una paticorta lectura de Aristóteles, de fórmulas acartonadas y mal trasladadas, que llevan a no salir de la comedia burguesa, el sainete o la comedieta, que ahora se llama pomposamente de situación por influencia de la TV y las series. Carpintería lo llaman. Situaciones paradójicas e intranscendentes, construidas a partir de un fácil truco teatral que enfrente -el maldito conflicto- a un personaje con otro personaje e introduzca un sorprendente giro a su vida o a sus afectos. Cuanto más disparatado y burdo, más eficaz.

Pero el teatro es rito y ceremonia, tiene la grandeza del gesto encarnado y la palabra potente y soberana. Y ante tanto texto ramplón, ante tanta evidencia, resonaba impecable y soberbia la palabra de Goethe, la de Diderot o la del propio Lessing, llenando los oídos con su música y sus ideas, con su contundencia y sus vacilaciones, haciéndonos pensar. Y uno podía dejarse llevar como ante una sinfonía en aquel coro de voces enfrentadas.

Buena idea la de ADE de perpetuar como homenaje y rito esas representaciones anuales que van construyendo una historia del teatro y sobre todo de las ideas sobre el teatro, del clima cultural donde se gestan, con sus ingenuidades y sus destellos. Es un hermoso modo de conmemorar, hacer que la palabra tome cuerpo -en el teatro estamos- y lo tome precisamente aposentándose en directores y actores, en un juego múltiple de guiños al espectador, que por otro lado, en esas representaciones restringidas y entre amigos, es también inevitablemente cómplice. Alarde de dirección y de dramaturgia el esfuerzo realizado para que esos textos no queden muertos, sino vivos en esa obrita engarzada con sabiduría por Juan A. Hormigón y Fernando Doménech: A la sombra de las luces. Era difícil, pero lo han conseguido y la obra, hecha de retazos de los grandes textos de los filósofos y hombres de teatro de la Ilustración, queda ya ahí como testimonio y como fuente imprescindible para el estudioso y todo aquel que quiera ahondar en una época y en un modo de ver y de pensar. Los autores han hecho un trabajo riguroso y, al mismo tiempo, ágil con el pretexto de una representación de Goldoni en casa del señor de Voltaire. Espacio mágico -aula celeste- a donde nos traslada la sobriedad de los trajes y la belleza de una escenografía de Simón Suárez, que nos sumerge en un mundo dual de sombras donde resuena la palabra. Todos juntos de pronto, licencias del teatro, el gran Garrick, el indómito alemán, el joven Schiller, Rousseau con sus pequeñas neuras paranoicas, Diderot con su ironía demoledora, Jovellanos tan cauto y doctrinal... Siguen siendo gigantes y uno podría permanecer horas y horas escuchándoles debatir, intercambiar ideas y frases ingeniosas, porque su mundo sigue siendo el nuestro y los dilemas que debaten sobre el hombre, la moral, la existencia, la política o el teatro siguen tan vivos como hace dos siglos en una sociedad donde las luces tienen a apagarse.

Y era también conmovedor y hermoso ver a los colegas -que están siempre a este lado del escenario con la batuta de la dirección- jugándose el pellejo como actores, con dignidad y saber hacer, con cierta torpeza y cierta modestia de neófitos, suplida enseguida con la galanura del que ama aquello que hace y sale victorioso de la empresa. Rito y ceremonia del teatro que merece la pena renovar año tras año, como recordatorio y como tributo. Momento de reflexión colectiva, que no vale juzgar con los lentes paticortos de una crítica desdeñosa y preocupada siempre del «no es eso». Teatro dentro del teatro y juego de espejos, donde todos podemos reflejarnos. Enhorabuena.

Lourdes Ortiz

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