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Reseñas de libros

El engañao / Ácido sulfúrico

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Autor del libro: José Martín Recuerda / Alfonso Vallejo. (Edición de José Gabriel López Antuñano)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2008. (Serie: Premios Lope de Vega, nº 14). 238 págs.

Como hemos señalado en otras ocasiones, la historia del Premio Lope de Vega es en buena medida un hilo sustancial de la trayectoria de la literatura dramática española contemporánea. Este volumen se convierte, una vez más, en buena prueba de ello y merece la pena felicitar de nuevo la iniciativa de la ADE y el Ayuntamiento de Madrid por esta serie que recupera las obras galardonadas. Si la publicación de algunas de ellas ha supuesto un auténtico descubrimiento, otras, como la que ahora nos ocupa, constituyen la oportunidad de valorar mejor algunos de los nombres que jalonan nuestra escritura teatral.

Los dos textos que se incluyen en este libro corresponden a la convocatoria del Premio en un año de trascendental significación histórica para España, 1975, aunque sea pertinente recordar que los organizadores apuraron hasta inicios de diciembre  -dos semanas después de la muerte del dictador-, para publicar las bases del concurso y el fallo del jurado se demoró hasta mayo del  año siguiente.

Con El engañao, José Martín Recuerda (Granada, 1926–Motril, 2007) se convirtió en el primer autor que ganaba dos veces el Premio Lope de Vega, tras haberlo obtenido en 1958. (sólo Ignacio Amestoy ha conseguido posteriormente este “doblete”: en 1981 con Ederra y en 2001 con Chocolate para desayunar). Si aquel Teatrito de don Ramón de finales de los cincuenta abordaba, dentro de unos parámetros realistas rayanos con el costumbrismo, la historia de unos personajes derrotados de antemano (véase el volumen 5 de esta misma colección), Martín Recuerda optó en esta ocasión por un asunto de corte histórico situado en la España de Felipe II, y un protagonista enfrentado a la estructura social e ideológica de su tiempo: el personaje de Juan de Dios –santificado en 1690- y sus empeños para fundar en Granada su hospital de desamparados. El episodio, pasado por el tamiz imaginativo y en ocasiones excesivo del autor, se convertía en “una denuncia política de la España de la dictadura, apoyada en políticos inclementes y clérigos acomodaticios” (p.16) En su fondo subyace el debate sobre la oposición al régimen, dividida entre la reforma o la ruptura, cuyas posiciones divergentes encarnan el santo granadino y su discípulo Antón Martín:

“JUAN.- Hay muchas maneras de hacer la guerra y ésta que yo hago, es una. [...] Me refiero a saber rendir a los demás con la verdad que lle­vo en mí. Ésta es mi guerra: el rendimiento secreto de ahora consistirá en que algún día sea creído y serán muchos reyes y poderosos los que alentarán nuestra vida.

ANTÓN MARTÍN.- (Reaccionando violento.) ¡No admito protección de reyes! ¡No admito más que lo que el hombre pueda hacer por sí solo!

JUAN.- ¡Pues admite mi lucha! Y confío, que sin violencia ni sangre, un día nos seguirán legiones de hombres. [...]

ANTÓN MARTÍN.- ¡No quiero razones divinas, sino humanas! ¡Las humanas las dan los hombres derramando sangre, que es la forma de llegar a la justicia!

JUAN.- Ni una sola gota de sangre.

ANTÓN MARTÍN.- ¡Eres un engañao! Para luchar hay que, de una vez, tirarse a la calle y hacer justicia con hombres y armas, asesinando a los que nos hacen mal.”

Una profusión de personajes apasionados, imbuidos por una idea, un sentimiento o una tortura interior, desfilan por las escenas del drama y conforman un gran retablo de presencias y voces a menudo desbocadas. La yuxtaposición de líneas de acción y un lenguaje de fuerte carga literaria son otras de las principales características de esta obra, estrenada varios años más tarde de recibir el galardón, en 1981, que no contó sin embargo con una buena acogida en su momento. Vista con la perspectiva del tiempo, parece pertinente afirmar que El engañao goza de las virtudes y también los defectos que recorren buena parte de la producción dramática de Martín Recuerda y que, por eso mismo, puede considerarse uno de sus títulos representativos.

Por otra parte, el accésit de aquel año apuntó certeramente hacia uno de los autores más singulares, independientes e imaginativos de nuestro teatro contemporáneo. Alfonso Vallejo (Santander, 1943) recibió con Ácido sulfúrico un impulso que se vería confirmado al ganar el galardón del año siguiente por El desgüace (editado en el volumen 15 de esta misma colección). Calificado en alguna ocasión como “autor-isla” por la dificultad para encuadrarle en una corriente o estética definida, la escritura dramática de Vallejo ha adoptado rasgos proteicos a lo largo de su fecunda trayectoria, aunque enfocada siempre en su “preocupación por el hombre, un ser concebido en libertad pero que se degrada paulatinamente en contacto con la sociedad de su tiempo” (p. 27).

Ácido sulfúrico desarrolla una fábula abierta a múltiples interpretaciones, en la que dominan rasgos estilísticos procedentes del expresionismo y del absurdo. La organización fragmentaria y la sucesión de peripecias ajenas al sentido de causalidad –características comunes al grueso de su producción-, dificultan la posibilidad de plasmar de manera sucinta el argumento de la obra, que parte del enfrentamiento del obrero Zuckerman y su familia contra los representantes del poder (político, religioso o policial) para concluir con el desmoronamiento total de la escena, como la metáfora de un poder y una sociedad que se destruyen a sí mismos. A caballo entre la farsa y la tragedia, los personajes se sustentan fuertemente en la realidad social al tiempo que se alejan de la reproducción mimética. Y su comportamiento patológico o la aparente incongruencia de muchos de sus diálogos – que rezuman a menudo humor y sarcasmo- no hacen sino poner de manifiesto la soledad, incomunicación o desestructuración de los individuos.

La edición que ha realizado José Gabriel López Antuñano contextualiza ambos textos, recogiendo especialmente las críticas publicadas en sus respectivos estrenos, que coincidieron en la cartelera madrileña en 1981 con la diferencia de apenas un mes y medio. En su desveladora introducción, además de presentar el conjunto de la producción dramática de los autores, López Antuñano realiza un análisis detenido de las características temáticas y formales de las obras publicadas, sin esquivar sus propias valoraciones. Especialmente ilustrativo resulta su estudio sobre la obra de Alfonso Vallejo, que se completa con una interesante y bien elaborada entrevista-cuestionario al autor. La pertinencia y agudeza de las preguntas encuentran un magnífico contrapunto en la riqueza de la personalidad creativa de Vallejo cuyas enjundiosas reflexiones sobre el sentido de su teatro, llegan a conformar algunas líneas de lo que podría denominarse su “poética”.

 Federico Martínez Moll

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