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Reseñas de libros

Teoría y técnica de la escritura de obras teatrales

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Autor del libro: John Howard Lawson. (Traducción revisada por Alejandro Alonso)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2013 (2ª edición). (Serie: Teoría y Práctica del Teatro, nº 9). 438 págs.

John Howard Lawson (1895-1977) fue autor teatral, guionista cinematográfico y crítico. Fue también un hombre de izquierda, comprometido con causas como la Guerra Civil española, sobre la cual escribió dos guiones, Heart of Spain, dirigido por Paul Strand y Leo Hurwitz, y Blockade, dirigido por William Dieterle.

Estas actividades, así como su papel en la creación del Sindicato de Escritores Cinematográficos, lo llevaron a ser denunciado ante la tristemente célebre Comisión de Actividades Antiamericanas del Senador Mac Carthy, protagonista de la siniestra «caza de brujas» que azotó la industria cinematográfica norteamericana entre los años 1947 y 1953. Junto con otros dieciocho directores y guionistas, conocidos como «los diez de Hollywood», Lawson fue procesado y condenado a una multa y un año de prisión. Posteriormente se exilió a México.

La obra publicada ahora por la Asociación de Directores de Escena en su ya nutrida serie Teoría y Práctica del Teatro, es un trabajo publicado por Lawson en 1936 y reeditado en 1960, reedición para la que el autor escribió un largo prólogo con el propósito de actualizar los datos del estudio.

Teoría y Técnica de la escritura de obras teatrales es un libro ambicioso, que ofrece mucho más de lo que sugiere su título. Partiendo de la idea básica de que toda obra de arte, en este caso la obra dramática, establece una relación dialéctica con el contexto social en el que nace, Lawson hace un repaso a toda la evolución del teatro occidental, tanto en lo que se refiere a teoría teatral como en lo referente a la producción dramática, desde los griegos hasta el momento en que escribe.

Este análisis histórico, que ocupa más de la mitad del libro, no es una simple enumeración de nombres y obras ilustres. Lawson busca definir lo que caracteriza el teatro en cada época de acuerdo con la sociedad que le ha dado vida, y analiza los aciertos e insuficiencias de la teoría teatral en relación con ese mismo medio social. Así, sus elogios a Aristóteles no le impiden observar la incapacidad del gran filósofo para dar entidad psicológica y sociológica a los caracteres.

Especialmente interesado en analizar los principios ideológicos de cada época, el autor dedica buen número de páginas a exponer y discutir los principales sistemas filosóficos de cada época y sus implicaciones sociales. Esta discusión es especialmente amplia en lo que se refiere a las teorías psicológicas de finales del XIX y principios del XX, por lo que afectan a la visión de la actividad humana que ofrecen y cómo se transmite a los personajes de las obras dramáticas.

En la tercera y cuarta parte, La estructura dramática y La composición dramática, Lawson inicia el análisis de la obra teatral moderna, en consonancia con el título de su estudio. La idea clave para este análisis es el «conflicto de la voluntad», que, según el autor, es la base de toda obra teatral. Este conflicto lo lleva a definir la acción dramática y el clímax de ésta, ejes de toda la estructura, alrededor de los cuales se ordena todo el material literario y social que acarrea el dramaturgo mediante un proceso de selección.

La composición de la obra parte de estos principios para, de una forma deductiva, ir definiendo la exposición, la progresión, la escena obligatoria, el clímax, la caracterización y el diálogo. Un breve capítulo final, dedicado al público, muestra la ideología progresista del autor en su rechazo de un teatro clasista, dedicado solamente a las clases «cultas». De forma contundente, esta frase cierra el libro: «Un teatro vivo es un teatro del pueblo.»

El libro de John Howard Lawson está lleno de sugerencias, de claves interpretativas y análisis polémicos y escritos contra corriente. Es un libro riguroso y poco académico, que puede servir como revulsivo de muchas ideas preconcebidas.

Dos tachas se le pueden poner al libro, no obstante lo anterior. La primera es circuntancial: Lawson escribe desde un contexto muy preciso, la América de los 30. Las obras que cita son por ello, en su inmensa mayoría, comedias y dramas norteamericanos muy mal conocidos en nuestro país hoy en día y, cuando lo son, a menudo es a través de una adaptación cinematográfica (como The front page, de Ben Hecht y Charles Mac Arthur, conocida por las películas de Howard Hawks y Billy Wilder). Por consiguiente, resulta muy difícicl para una persona que no conozca profundamente el teatro norteamericano seguir con rigor los análisis y críticas, a veces muy pormenorizadas, de esas obras realizadas por Lawson.

El segundo reproche es más importante: desde su teoría del «conflicto de la voluntad» como base de la obra teatral y la rígida subordinación de los demás elementos a este principio, Lawson se muestra incapaz de comprender el teatro contemporáneo. No es de extrañar que su verdadero modelo sea Ibsen, a quien dedica muchas páginas y que sale a menudo a relucir con relación a las insuficiencias del teatro moderno. De esta incomprensión nacen el rechazo de O'Neill, o el estupor visible que lo embarga ante Esperando a Godot, obra que rompe todos sus presupuestos. Eso no significa que Lawson, con agudo instinto crítico, no vea la potencia de estas creaciones, pero se muestra incapaz de integrarlas en su sistema, creado para la «obra bien hecha», el perfecto drama ibseniano.

Fernando Doménech

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