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Reseñas de libros

Palabras encadenadas

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Autor del libro: Jordi Galcerán
Madrid: Publicaciones de la Asociación de la ADE, 1999. (Serie: literatura dramática iberoamericana, nº 24). 111 págs.

El acuerdo de edición alcanzado entre la Asociación de Directores de Escena de España y el Institut del Teatre de la Diputació de Barcelona no puede ser más ventajoso para las partes pues si la Asociación de Directores de Escena ve incrementado el número de textos que ofrecer a sus asociados y al público lector en general, la institución catalana cumple con una de sus funciones fundamentales, que no es otra que potenciar la difusión de la dramaturgia propia. Estamos pues ante una iniciativa sumamente transcendental para la promoción de las dramaturgias peninsulares y no estaría de más que otras instituciones (centrales y periféricas) siguiesen el ejemplo, pues no hay duda que figurar en el catálogo de una colección de la Asociación de Directores de Escena es una garantía de que el texto llegará no sólo a las manos de sus receptores primarios, lectores y lectoras, sino también a las de aquellos y aquellas que pueden convertirlo en pretexto para un nuevo proceso de creación artística.   

Fruto de ese acuerdo, nos llegan ahora estos dos textos escritos por dos autores que forman parte del multiforme y complejo universo de la dramaturgia catalana contemporánea, en la que parece que la experimentación formal va cediendo terreno ante la necesidad de contar historias en las que, además de fragmentación,  juegos y ejercicios de estilo, se presenten hechos humanos con un mayor o menor grado de significatividad. No se trata tanto de una renuncia al significante, cuento de una revalorización de los contenidos: la exploración de lo formal implica una sabia construcción de significados si se quiere evitar el peligro de crear estructuras sin otro valor que el envoltorio que las justifica. Y en todo aquel proceso de sacralización de la forma podríamos documentar textos que aspiraban, sin conseguirlo, a la transcendencia como muchos otros que no pasaban del más simple y chabacano divertimento. Efluvios de una fiebre posmoderna que poco a poco, y por fortuna, va remitiendo.

El texto de Toni Cabré (Mataró, 1957) se podría explicar e interpretar desde su propio título pues lo que asoma en el interior son diversas historias de amor y desamor entrelazadas a partir de una estructura poliédrica, creada a partir de una tríada inicial integrada por dos hombres y una mujer. Tríadas que se conforman con el monólogo inicial, en el que el primer hombre, frente al «yo» y al «tú», muestra a un «otro» que también es compartido por el segundo hombre y que termina por desplazar a la mujer que comparten ambos. La «empresa» se convierte así en el principal objeto de deseo y en causa de una lucha por el poder en la que todos, tarde o temprano, acabarán por perder pues el destino del macho dominante también consiste en convertirse en macho dominado y abandonado. Y en esa lucha aparecen las múltiples miserias que abonan la cotidianeidad de los poderosos, de aquellos que luchan de forma obsesiva por el poder, por situarse, a cualquier precio, en la cúspide de la pirámide. Ambos hombres resultan finalmente patéticos. El primero por una insultante prepotencia que oculta tantas disfunciones («¿Tú crees que yo alguna vez hablaría así de una mujer?») y el segundo por sus miedos, por su cobardía y por su incapacidad para ver que no es más que un eslabón en un engranaje que a su vez forma parte de un mecanismo integrado en una máquina que con otras situadas... Es el rostro del capitalismo, de lo que ahora se define como globalización. Todo cambia, nada prevalece, no hay valores, tampoco futuro.

Y en medio de tanta vorágine, la mujer (como género), que no deja de ser puta, sierva, criada, secretaria o amante desplazada. Una mujer que tan sólo conoce la victoria de la maternidad, con la que reiniciar el ciclo de la barbarie cotidiana (la abuela, la madre, la pequeña), pues lo que Toni Cabré nos ofrece en esta interesante propuesta, prologada por Jaume Melendres, no es más que un drama corriente, uno de los muchos dramas que asoman detrás de cualquier puerta, a la vuelta de cualquier esquina. Substituyan empresa por equipo de fútbol y asomarán otros muchos dramas, sórdidos, crueles, llenos de violencia.

El texto de Jordi Galcerán (Barcelona, 1964) se instala igualmente en la cotidianeidad, en la vida ejemplar de cualquier vecino que, de la noche a la mañana, se convierte en el más espantoso de los criminales o en la de esa encantadora compañera de trabajo que llegado el divorcio hace de la crueldad virtud. A destacar la trama, construida a partir de una sabia estructuración de la materia dramática, con lo que el presente, el pasado y el futuro de la extraña pareja se va hilando y deshilando a partir de algunas certidumbres, bastantes medias verdades y muchas incertidumbres, lo cual exige que el lector vaya uniendo, por su cuenta y riesgo, los hilos que quedan sueltos y son muchos. Es probable que el psicópata no sea tal o que si lo es, su actual condición sea consecuencia del proceso de divorcio, aunque tal vez su mujer sea una santa, sometida a su voluntad durante años y salvada por una suegra que no soporta ver cómo su hijo comparte cama con un conductor de autobús. ¿Con qué carta nos quedamos? Ahí comienza el juego del lector.

En algunos espectáculos del teatro tradicional balinés, los bailarines portan trajes en los que el negro se acompaña del blanco, pues quiere la tradición que el bien y el mal estén en todas partes. Otro tanto ocurre en Palabras encadenadas, un texto notable que nos sitúa frente al hecho de que, en muchas ocasiones, las apariencias, por su propio carácter, engañan. Nada es lo que parece, y menos en este fascinantethriller que, una vez más, viene a confirmar el hecho de que el texto dramático es un texto literario susceptible de ser leído, como cualquier otro. En estos momentos en que tantas personas se acercan a las librerías para buscar lecturas de verano, no estaría de más una campaña para fomentar que entre los títulos escogidos figurase algún texto dramático. Y ya puestos, ¿por qué no comenzar por estos dos?

 

                                                                                                  Manuel F. Vieites

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