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Reseñas de libros

La música y la puesta en escena. La obra de arte viviente

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Autor del libro: Adolphe Appia. (Traducción de Nathalie Cañizares Bundorf)
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2000. (Serie: Teoría y práctica del teatro, nº 14). 418 págs.

Resulta difícil evitar, en este caso, lo que puede ser interpretado como un gesto de autocomplacencia. Seguramente no es procedente que la revista de la ADE, al comentar un libro editado por la propia Asociación, arranque con una loa a la propia iniciativa de publicar el libro en cuestión.

Que el lector admita con indulgencia esta operación tipo “Juan Palomo”. Pero un estricto sentido de la objetividad exige llamar la atención sobre el hecho de que -como ya ocurriera anteriormente con La Dramaturgia de Hamburgo o los textos teóricos de Vajtángov, por citar sólo dos ejemplos- la edición de las dos obras de Adolphe Appia recogidas en este volumen prolonga el compromiso de la ADE de poner a disposición del público interesado obras, que han sido capitales, no sólo para la dirección escénica, sino para el propio surgimiento del teatro moderno.

Tanto más por cuanto, como recuerda Juan Antonio Hormigón en su introducción al volumen, la publicación de estos dos textos de Appia es un viejo proyecto de la Asociación que, por unos u otros motivos, se vio frustrado en su momento; y, sobre todo, porque es la primera edición en castellano de dos de los tres textos fundamentales del director y teórico teatral suizo. Una edición, además, especialmente atenta a proporcionar los elementos necesarios para contextualizar las propuestas de Appia: así, el clarificador texto introductorio de Ángel Martínez Roger, las numerosas y utilísimas notas de la traductora Nathalie Cañizares, y la extensa y completa cronología que forman parte del volumen.

No digamos que la lectura de estas dos aportaciones teóricas de Appia no pueda despertar recelos a los ojos de quien las lee ochenta o cien años después de haber sido escritas. El estilo literario (apasionado, a veces hasta visionario), heredero no sólo de la atormentada personalidad del autor o de su propio contexto histórico, sino también de su condición de creador (no lo olvidemos: son las reflexiones de un artista comprometido con su profesión), van a contrapelo del tono reflexivo que hoy predomina en el análisis teórico.

De igual manera, su radical distinción entre artes del tiempo y artes del espacio, como bien advierte Nathalie Cañizares en una de sus oportunas notas, resulta hoy un tanto anacrónica; y alguna de las conclusiones de su arrebatada propuesta de obra de arte viviente (“la obra de arte dramática […] es la única cuya existencia sea cierta sin espectador […]; la obra de arte dramática es vivida; el autor dramático es quien la vive. El espectador viene a convencerse de ello; ahí acaba su papel. La obra vive por sí sola y sin el espectador”) pueden generar hoy no poco rechazo; más aún si se las cita, como acaba de hacerse, fuera de contexto.

Sin embargo, todo o casi todo lo demás debiera despertar en el lector la misma reacción que produjo a Jacques Copeau la lectura de La obra de arte viviente: “en veinte lugares he visto expresadas […] cosas que pienso yo mismo y cada día más y que son la vida de mi vida”. En efecto, es difícil no exclamar, ante estos dos textos de Appia, un “¡pero, por supuesto!”; porque lo que se halla en ellos, y en los de otros contemporáneos, son los argumentos y reflexiones fundacionales de la concepción moderna del texto y, muy en especial, de la dirección escénica.

No parece necesario insistir en estas páginas en lo que son las aportaciones más conocidas de Appia. Su rechazo de la ilusión escénica y del convencionalismo realista. Su propuesta de superación a través de la música, como elemento regulador del tiempo en la puesta en escena; de la iluminación, liberada de la sujeción a la bidimensionalidad de los telones pintados y capaz ya de unirse a la movilidad del cuerpo del actor; del movimiento, como principio director del ensamblaje de prácticas artísticas diversas que se produce en la representación; de la concepción dinámica y plástica del trabajo del actor; de la reubicación de la palabra en el conjunto de la puesta en escena... Todas y cada una de ellas se hallan expuestas en La música y la puesta en escena y en La obra de arte viviente con pasión, claridad y una inequívoca voluntad polémica que aún hoy, en nuestro contexto teatral, no ve apagados sus ecos.

Otras reflexiones resultarán menos conocidas, por hallarse menos subrayadas en los resúmenes habituales de las aportaciones de Appia. Y se trata, sin embargo, de ideas esenciales. Por ejemplo, y sobre todo, la concepción de la puesta en escena como forma; la idea de que la escena ya no es el lugar donde se describe el contexto de la acción, sino elemento constitutivo de la acción misma; la visión tridimensional del juego escénico; la concepción orgánica de la puesta en escena, en la que la conjunción e interacción de todos los elementos debe responder a un propósito integrador; las reflexiones sobre el espacio y el tiempo; el valor otorgado al despojamiento escénico, a la sencillez, a la economía de medios expresivos… El lector comprobará la modernidad y pertinencia de estas reflexiones, no sólo por la convicción con la que están expuestas, sino porque su confrontación con buena parte de los trabajos escénicos actuales revela que tales ideas están lejos aún de ser patrimonio generalizado del quehacer teatral.

La música y la puesta en escena y La obra de arte viviente exigen, en suma, una lectura sintomática y participativa, presta a la polémica, pues constituyen una reflexión esencial para todos aquéllos que “consideran que el drama y su representación no son separables”.

 

Alberto Fernández Torres

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