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Reseñas de libros

La dirección de los actores. Diccionario mínimo

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Autor del libro: Jaume Melendres.
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2000. (Serie: Debate, nº 11). 165 págs.

La modestia del título puede encubrir el verdadero alcance de uno de los más lúcidos escritos sobre la dirección actoral que se han publicado en España. Bajo la forma de diccionario, Jaume Melendres -dramaturgo, director, profesor, teatrólogo, con una amplia e interesante trayectoria en todas las actividades que desempeña-, presenta el estado de la cuestión de la dirección de actores, pero, a la vez, y a pesar de la brevedad del libro, consigue elaborar un preciso manual sobre la práctica escénica y ofrecer un sugestivo planteamiento sobre cuestiones que abarcan desde el concepto de los géneros literarios hasta el del personaje dramático, desde la formación actoral a la historia del teatro, desde las poéticas clásicas y modernas hasta el conflicto dramático. Son sólo unos ejemplos. Los más importantes asuntos relacionados con la práctica teatral están recogidos en el presente volumen. Sorprende el libro por la amplitud de los temas abordados, pero sobre todo por la precisión y la exactitud con que se enfocan.

No se trata, sin embargo, de un diccionario inocente. Melendres conoce con exactitud la bibliografía y la maneja con oportunidad y soltura, pero el volumen supera la condición de “puesta al día” de una materia, aun siendo tan compleja como la dirección de actores. El autor defiende sus propias ideas sobre el asunto que trata y lo hace con convicción, aunque elude siempre el tono taxativo y lo sustituye por la pregunta o la inversión del argumento, que formula siempre desde el humor y la ironía. El resultado es un libro riguroso y claro, pero también, y paradójicamente, divertido y polémico.

La revisión de los presupuestos de la dirección de actores se lleva a cabo desde las poéticas y preceptivas clásicas y modernas -citadas siempre sin alardes de erudición, pero con irreprochable conocimiento de causa-, desde la experiencia propia -aunque pudorosamente el autor nunca se refiera de manera directa a ella-, y desde un sentido común que en ocasiones llega a ser aplastante. La contenida mordacidad que impregna las páginas del libro impide que pueda volverse agresivo o molesto en el tono o dogmático en la forma. Sin embargo, cuando se termina su lectura (es un libro que se presta a la consulta de sus entradas, pero también al placer de una lectura sosegada de la obra completa) no sólo quedan mentalmente organizados los conceptos teatrales que se desarrollan, sino que el lector tiene además la sensación de que la obra participa de aquel concepto horaciano que invita a corregir los excesos desde el humor. El volumen se convierte así, también, en una sátira y sus objetivos son, en cierta medida, los habituales del género (la prepotencia, la pedantería, la ostentación hipócrita de virtudes que esconden defectos, los abusos de poder, etc.) aplicados a la dirección de actores, y, de una manera más concreta, las cada vez menos justificables obsesiones pseudopsicologistas de una aplicación reductora del Método.

No se trata de una crítica personal, ni mucho menos de un ajuste de cuentas, por eso el autor no menciona despectivamente a nadie, pero su discurso puede entenderse como un cuestionamiento de ciertas maneras de entender o utilizar a Stanislavsky -vía Actor?s Studio- que conducirían a un trabajo actoral exclusivamente introspectivo y necesariamente limitador, cuando no desquiciante o, al menos, insano. Ya Mamet había atacado despiadadamente en su Verdadero y falso las demasías de la línea americana del Método, pero mientras el autor de Edmond necesitaba una especie de ajuste de cuentas con su propio itinerario profesional, Melendres adopta una actitud más distante e irónica, y a la vez más modesta, porque carece de unos prejuicios que le permiten examinar sin apasionamiento los criterios de Stanislavsky junto a los de otros  grandes teóricos de la dirección de actores clásicos y contemporáneos. Uno de los principales aciertos del volumen se encuentra en una consideración que debiera resultar obvia, pero que habitualmente se olvida: la situación de Stanislavsky en su época, en un momento histórico e intelectual preciso, con las limitaciones y los condicionantes propios de todo momento histórico determinado, lo cual se opone a la visión de un Stanislavsky eterno, situado fuera del tiempo, a la que tantos nos tienen acostumbrados.

El Diccionario mínimo se sitúa en una posición de equilibrio y ecuanimidad: el autor ofrece los puntos de vista antagónicos o complementarios que han expuesto los pensadores escénicos, pero el lector advertirá fácilmente que Melendres se inclina por los criterios de Aristóteles, Diderot, Meyerhold o Brecht, aunque recoja también otras aportaciones. No nos encontramos, sin embargo, ante un libro sectario, sino ante una exposición generosa y abierta, extraordinariamente útil -imprescindible, diría, si el empleo del término no se hubiera convertido en tópico- a los estudiosos y a los profesionales del teatro.

No menos brillante y preciso es el excelente prólogo de Joan Abellán, quien no se ha limitado a presentar al autor del libro o a expresar un elogio al uso de sus cualidades, sino que en sintonía con Melendres, expone con humor y lucidez sus criterios sobre la interpretación y la dirección de actores. Su lectura no sólo constituye un placer, sino también una invitación eficaz a adentrarse en las páginas del Diccionario mínimo.

 

                                                                                          Eduardo Pérez-Rasilla

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