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Reseñas de libros

Anastasia y yo / La historia de Kullervo

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Autor del libro: Paavo Haavikko
Madrid: Publicaciones de la ADE, 2000. (Serie: Literatura Dramática, nº 46). 180 págs.

Este es el primero de una serie de libros que, gracias al trabajo de la Asociación de Directores Escena y la Unión de Dramaturgos de Finlandia, nos aproximará a la obra de cuatro autores de la literatura finesa del siglo XX.

Nacido en 1931, Paavo Haavikko cuenta en su haber con una obra que casi supera los doscientos títulos, de éstos unos cincuenta pertenecen a diferentes géneros dramáticos: teatro, radioteatro, libretos de ópera, guiones para TV y cine. Tanto dentro como fuera de las fronteras finesas este autor está considerado como un "lírico moderno" que constantemente busca la innovación en su forma de escribir.

El primer título del libro, Anastasia y yo, es una de sus últimas piezas teatrales, escrita en  l993. Nos encontramos con una obra de carácter histórico, una ficción dramática. Ésta contiene una presentación que nos plantea una hipótesis sobre la veracidad de lo que vamos a leer, atribuyendo el manuscrito al propio protagonista, que supuestamente acabó sus días en un manicomio asegurando ser el heredero de la corona rusa. También se nos ofrecen datos sobre la desaparición y la no presencia de los restos del único hijo varón  y una de sus hermanas al abrir la tumba en la cual estaba enterrada la familia del último Zar de Rusia Nicolás II, fusilada en julio de 1918. Por último nos asegura que el manuscrito sobre el cual trabajó Haavikko para crear esta obra, llega a Finlandia desde los archivos de la KGB.

Comienza la obra con un prólogo dialogado con el público, en el que Boris, descendiente de los dos hermanos, nos sitúa en el día del fusilamiento de la familia del zar ruso. A partir de ahí entramos en un tipo de discurso textual caracterizado por el flash-back, sobre todo en los dos últimos actos, donde el personaje protagonista juega constantemente en la dualidad de actuar en el pasado y mostrar la huella dejada por éste en su vida. El discurso gestual, de acciones físicas propuesto por el autor en las acotaciones, tiene una gran presencia y riqueza a lo largo de toda la obra, éste más que concretar pautas de puesta en escena, propone acciones que completan y enriquecen el texto.

El primer acto titulado "Fusilamiento y fuga" está compuesto por veintiocho escenas, que se nos presentan como fragmentos fotográficos, instantáneas robadas del recuerdo que sugieren más que definen y se agolpan para mostrar el desasosiego de los personajes. A través de las pequeñas intervenciones que conforman las escenas, Haavikko no sólo dibuja el drama interno de la familia construyendo una bella metáfora entre fotografía-fusilamiento, sino que introduce ráfagas de la revolución externa.

«SOLDADO.- (A las duquesas y a Alekséi) ¡Por su culpa tengo que estar parado aquí. Sufrir de calor y de sed, como Cristo! de la misma manera que toda Rusia ha tenido que sufrir por culpa de los vuestros.

¡Nosotros sufrimos! Pero no por mucho más tiempo...¡sobre los soldados y los niños ¡Dijo el Zar. ¿Somos acaso niños? Fuimos. Pero ya no los somos. Los nuestros...»

El segundo acto titulado "Amor y matrimonio" se divide en cuarenta y dos escenas. Esta minuciosa fragmentación obedece en muchas ocasiones a la división del pensamiento del personaje y nos pone frente a sus diferentes puntos de vista, provocando una especie de distanciamiento al romper la convención teatral. El mismo personaje  comenta con el público lo que acaba de ver o bien le prepara para lo que va a suceder a continuación, conjugando vertiginosamente narración y acción dramática. Los diálogos adquieren más densidad en este segundo acto, intercalando algún que otro monólogo, alguna escena dicha a dos voces e incluso un poema sobre la revolución...

«EHRENBURG.- ...como si los lápices se gastaran en mis entumecidos dedos más y más cortos, pero los golpes de la máquina de escribir fueran compactos y atrevidos como una metralla, pues ella no da tregua al fuego antes que la historia haya dicho su última palabra: Victoria.»

Al llegar al último acto titulado "La locura" ya casi nos hemos encontrado con más de una veintena de personajes que han  ayudado al autor a confeccionar su paseo por este período de la historia rusa y de la ficción de Alekséi y Anastasia. El ritmo del texto se ve caracterizado por una mayor presencia de largas intervenciones, pequeños monólogos muy próximos en su forma a la prosa poética, que en esta ocasión ayudan a conformar el territorio solitario de la locura.

«ALEKSÉI.- He recibido, y doy por ello las gracias, lápiz y papel para escribir, es decir, literalmente lo que ha ocurrido. Pero por obligación, se ha transformado en un informe y resumen de esa locura general que ha perdido su espejo y su peine, pero no se acuerda.

Nadie aguanta solo la locura de su tiempo. Cuando el tiempo se ha ido resulta imposible capturar el espíritu de la época. Entonces también la locura es pasado...»

Como epílogo, una carta de Anastasia encontrada entre los papeles recibidos del manicomio.

«ANASTASIA.- ...El amor eterno no existe, la ansiedad eterna, sí. Nadie más puede vivir tu vida hasta el final, excepto tú. Cuanto más largo sea el final solitario, es más claro. No quieres decírselo a nadie.

Aquel que comprende lo sabe sin palabras, los demás no.»

Y así llegamos al final de este texto que encierra una interesante combinación dramática donde se conjugan de la mano de una cuidada expresión lingüística, un elaborado y minucioso juego de estructura teatral, que como un caleidoscopio puede llegar a provocar un sinfín de imágenes y estímulos sobre el lector.

Definido como monólogo polifónico aparece el segundo texto de este volumen, La historia de Kullervo. A modo de cuento, leyenda, recorremos junto a su protagonista, a través del mundo del mal -así define el autor el espacio donde transcurre-, los pasajes que conforman su geografía de ser abocado a la tragedia, sombra de la cual es imposible huir.

A pesar de estar escrito como monólogo, un total de once voces tienen presencia indirecta en él. Al igual que el joven salvaje, Kullervo tratado como tal, se encuentra en la más absoluta soledad, la incapacidad de comunicarse con el otro. Su imagen es el recuerdo constante de la traición y el odio entre hermanos. Los intentos por hacer el bien siempre le conducirán al desastre y al caos. Vendido como esclavo su vida se convierte en una constante aproximación hacia ese destino inevitable que desemboca en incesto y asesinatos.

«Así se esfumó de mis ojos la casa, caminé por el bosque. En la noche encendí fuego. Puse mis manos al fuego, sin sentir nada, el fuego es frío. El fuego es frío. No tanto como el odio, yo odio tanto al mundo como a mí mismo. Todo lo demás es demasiado insensible para ser odiado. Siempre hay a quien matar. Yo los encontraré.»

                                                                                                                               Rosa Briones

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