Volver al listado de noticias

Artículos y noticias

Malos textos, malos actores Reflexiones inútiles sobre el 20-N

30 de Diciembre de 2011

Por Alberto Fernández Torres.

Romeo matará a Teobaldo, Otelo estrangulará a Desdémona, Edipo se arrancará los ojos, Falstaff morirá de pena y Godot no llegará nunca… Esto lo sabe cualquier aficionado al teatro medianamente informado, incluso antes de que se desarrollen los hechos sobre la escena. Conoce la trama, sabe el final, no espera sorpresas.

Cierto, a veces los trabajos de dramaturgia se ubican en los límites de las posibilidades del texto y transforman Verona en una pizzería, desvelan una pulsión homosexual de Yago por Otelo o ponen al malvado Bolingbroke un par de pistolas. Pero los aspectos esenciales de la fábula y del desenlace rara vez se ven modificados.

También hay excelentes representaciones sobre brillantes fábulas nuevas, es verdad; pero, como han demostrado los especialistas, todas ellas terminan por ser variaciones felices de un número relativamente limitado de modelos fuertemente codificados.

Entonces, si sabemos trama y desenlace, ¿a qué acudir al teatro? Conocemos también la respuesta: porque interesa más el “cómo” que el “qué”. Porque un buen Otelo no se parece a ningún otro buen Otelo; y, desde luego, porque ningún buen Otelo se parece a un mal Otelo. Porque nos importa el trabajo diferenciador y distintivo de todo buen intérprete; porque confiamos en la sagacidad del director; porque esperamos mucho de la pluma del buen autor que vuelve sobre las mismas tramas; porque aguardamos con interés cualquier nueva solución escenográfica… Y, cuando nada de esto se produce, ni la conocida fábula ni el repetido final nos consuelan. Ya ni siquiera pateamos. Nos volvemos bostezando a casa…

La “pieza” del 20-N tenía un final conocido. No podía ser otro. Sin duda, en las elecciones siempre se pueden producir sorpresas, pero no es muy normal. Se dirá el lector, por ejemplo, que en unas elecciones muy reñidas se suelen producir resultados inesperados. Pero lo cierto es que la mera condición de ser muy reñidas autoriza a acoger sin sorpresa alguna cualquier resultado que se produzca, por lo que nada puede tener éste de inesperado. En todo caso, el 20-N tenía un resultado esperado y hasta justo, si es que en política cupiera hablar de justicia. Esperado, “porque” lo anunciaban desde meses antes las encuestas, esa herramienta que ya no sabemos si refleja la realidad o la precondiciona, en un mundo en el que la certidumbre determinista se ha visto ampliamente reemplaza por la certidumbre probabilística; y justo, porque lo es que sufra una derrota sonrojante un partido político que ni quiso gestionar la crisis como progresista, ni supo hacerlo como conservador.

Por ello, es difícil suponer que un número suficientemente de “espectadores” –salvo los militantes especialmente comprometidos con sus partidos o los seguidores de las opciones políticas minoritarias- acudiera al “estreno” del 20-N con la expectativa de encontrarse con alguna trama inesperada o con un sorprendente final. Lo fundamental del libreto ya estaba desvelado: ganaría de calle Rajoy y perdería por goleada Rubalcaba. Lo único que podía salvar la función –y es que los aficionados al teatro somos de un optimismo a prueba de bomba— era que el “cómo” resultara tanto o más importante que el “qué”. Es decir, que en medio de una crisis económica, social y política sin precedentes cercanos, los dirigentes de los dos partidos mayoritarios –y sus propios partidos— cogieran el toro por los cuernos y, a falta de poder ofrecer sorpresas en el desenlace, lo hicieran en la puesta en escena, brindando al espectador un debate de incuestionable altura política que hiciera concebir a éste la esperanza, quizá vana, de que hay una tenue luz al final del túnel.

Pues… fuese y no hubo nada. Como dos personajes en busca de autor, Rubalcaba y Rajoy se encontraron sin papel y, lo que es peor, se prestaron a interpretar sin tenerlo. El primero ni pudo ni quiso tener discurso propio: difícilmente podía comprometerse ahora a hacer cosas que no había querido hacer como ministro muy destacado del anterior gabinete; malamente podía enmendar la plana a su antecesor y conmilitante sin generar una crisis de identidad entre sus propios seguidores; imposible pergeñar otro discurso económico que no fuera precisamente el de su adversario sin molestar a la Merkel y “generar incertidumbre en los mercados”. Su discurso fue un balbuceo. Y ya se sabe que el refrán popular recuerda que más vale ser mudo que tartamudo.

Eso debió pensar Rajoy. Y calló. Calló hasta la extenuación. Jamás vieron los tiempos un esfuerzo tan sobrehumano por no decir nada. No tuvo más discurso que el que los espectadores, “los mercados” y sus adversarios quisieron adjudicarle. Era obvio que desde el Gobierno no hará otra cosa que aplicar las políticas de austeridad que reclaman Bruselas, Berlín, París y los “expertos financieros”; pero también resultó obvio que no tenía la menor intención de confesar un mensaje tan poco ilusionante desde el punto de vista electoral. Para interpretar la famosa y exitosa obra Sangre, sudor y lágrimas, del conocido autor británico Churchill, hay que tener un coraje que el líder del PP nunca tuvo y seguramente jamás tendrá. Se limitó a mantener el resultado para pasar a la siguiente ronda, como hacen los equipos conservadores en los partidos de vuelta de las eliminatorias de la Copa cuando han conseguido un resultado ventajoso en la ida.

Así pues, el primero, al verse sin papel propio, optó por una pésima improvisación en la que difícilmente se podía advertir coherencia alguna. El segundo, renunciando a declamar cualquier papel que pudiera ser el suyo, optó por el mutismo, en la confianza de que los espectadores no supieran dilucidar si se trataba del silencio de los inteligentes que gestionan sabiamente un gran mensaje o el de los estultos que simplemente no tienen nada que decir.

¿Y el resto? Un montón de opciones minoritarias cuyo único discurso era asegurar que sus personajes no eran ninguno de los dos fastidiosos protagonistas, a ver si caía algo. Y cayó, desde luego. A base, insistamos, de un no-discurso: no somos el PSOE, no somos el PP. Su trabajo fue deplorable, como el de esos intérpretes de reparto que, pudiendo reclamar por una vez un papel relevante en la función, prefieren escudarse en la pésima labor de los protagonistas para que, por contraste, la crítica y hasta el público los traten con benevolencia. Lo consiguieron. Flor de un día. Que les aproveche.

Malos textos, malos actores… hasta malos títulos. “Pelea por lo que quieres” revela la impotencia o la cobardía de quien prefiere aludir a un conflicto de patio de colegio (“pelear”), en lugar de asumir una valiente confrontación, ay, políticamente incorrecta (“luchar”); y de quien antepone el egoísmo (“lo que quieres”) al interés general (“lo que hace falta”). En cuanto al otro, “Súmate al cambio” no pasaba de ser un “mix” entre el slogan de la Comunidad de Madrid y un concepto rescatado… ¡de la exitosa campaña socialista de los años 80! (“el cambio”), lo que prueba lo efímero que resultan los contenidos de los lemas electorales cuando ya no hay nada real que los soporte. Bueno, al menos el título del PP tenía algún sentido…

¿Y la cultura? Vergüenza da decir nada. Cuidado: no porque fuera una vergüenza cómo se vieron tratados los temas culturales en los programas electorales de los partidos (que lo fue) o porque resulte lastimoso que la cultura no sea desde hace tiempo un tema que merezca la atención del debate político (que lo es), sino porque da vergüenza traer a colación un asunto que no parece interesar a nadie. Ni siquiera a los espectadores (y así les va: malos textos, malos actores, malos títulos… y hasta mal público).

Quienes tengan la curiosidad (que no otra cosa) de rastrear cuáles eran las propuestas culturales de los diferentes partidos, se encontrarán con referencias vagas a la Ley del Mecenazgo, al estilo del día de la marmota; promesas de promover un cambio de modelo de negocio mediante el simple refuerzo de iniciativas ya existentes, en obvio atentado a la mera lógica formal; falsos dilemas entre subvenciones y patrocinios, como si las primeras y los segundos estuvieran vinculados por alguna misteriosa relación de mutua exclusión; mucho propósito de internacionalización, seguramente por la convicción de que es imposible arreglar nada de lo que hay dentro de las propias fronteras; solucionar el desempleo del sector mediante un convenio marco, lo que viene a ser como tratar de curar un cáncer con una cataplasma; mejorar la fiscalidad de los cafés musicales, un objetivo loable, pero que recuerda el viejo principio de Peter que aconseja solucionar lo secundario cuando no se puede abordar lo principal; guiños a la iniciativa privada, para que no se diga, con una compleja formulación en la que se adivina la cobardía de no querer hablar de la privatización de espacios públicos… A fuer de ser justos, lo único que parecía medianamente coherente era una mención del partido de Rosa Díez (UPyD) a una mayor eficiencia en la gestión de las ayudas públicas y a la apertura de vías alternativas de financiación. Vago, impreciso, superficial, ambiguo, sospechoso, vaya usted a saber…, pero formalmente razonable, puestos a comparar.

Que la cultura no interesa a los partidos políticos era cosa sabida; que éstos no tienen la menor intención, sea cual sea su confesión ideológica, de convertirlo en un tema de interés y relevancia social también lo es; que todos parecen dispuestos a enviar a la ciudadanía el mensaje de que la cultura es cosa superflua, a la que no merece la pena dedicar mayor atención, especialmente en momentos tan críticos como el actual, resulta evidente. Pero, ¿era necesario cebarse una vez más en ello? Para la historia quedará la impresión de que el desprecio por la contribución potencial de la cultura a la creación de ciudadanía, a la promoción de la actividad económica y a la consolidación del Estado del Bienestar fue una de las pocas cosas de interés general en las que todos los partidos políticos lograron ponerse de acuerdo…

Una trama previsible, un final sabido, unos pésimos actores, una mala puesta en escena, unos mensajes manoseados, muchos temas maltratados… Todos los aficionados al teatro sabemos cuál es el resultado inevitable de esta combinación: una mala función. Y todos sabemos también quién será la víctima: el público.

Volver al listado de noticias