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Artículos y noticias

En attendant La Pepa

30 de Diciembre de 2011

Por M. F. Vieites.

En breve España tendrá la oportunidad de celebrar el bicentenario de su primera Constitución, promulgada un 19 de marzo de 1812 por las Cortes Generales reunidas en Cádiz en representación de un pueblo al que se quería soberano y que dejaría de serlo con la vuelta de Fernando de Borbón, apodado el séptimo, quien eliminó de raíz y sin miramientos cualquier brote democrático, decretando con regia autoridad penas de prisión y destierro para las mentes más ilustradas. Hay historiadores que señalan la poca atención que se ha prestado a un texto constitucional que fue tomado como ejemplo por otros países, y que se adelantaba en cien años a la idea de una “commonwealth” hispana, idea que tan bien supo explotar la corona británica. Los amantes de pasadas glorias imperiales harían bien en prestar atención a esa oportunidad perdida, aunque la norma no sea de su agrado en tanto cuestionaba la sociedad estamental que todavía defienden a dentelladas discursivas.

Aquel estallido de libertad, propiciado por la generación ilustrada, daría lugar a numerosos informes orientados a la mejora substantiva de numerosos ámbitos de lo que ya se sentía como “cosa pública”, siendo uno de los más destacados el de la educación. Así, el poeta y dramaturgo Manuel José Quintana presentaba en 1813 un Informe que supone la primera tentativa de organización de un sistema educativo público, universal, uniforme y gratuito, siguiendo propuestas de otros ilustrados famosos como la del francés Nicolás de Condorcet, autor de un célebre Rapport sobre la instrucción pública en 1792. Aquel espíritu informará las aportaciones sustantivas de la Institución Libre de Enseñanza, que tanto trabajó por una regeneración democrática jamás conseguida. La iglesia católica, integrista y cerril, siempre estuvo en contra, en la acera opuesta.

Con la vuelta de Fernando de Borbón, dicho el séptimo, España inicia una de las etapas más negras y funestas de su historia, que tendrá momentos cumbres durante el reinado de Isabel de Borbón, tenida por segunda. ¿Qué hubiera ocurrido si el tal Fernando hubiese apostado por aquellas tímidas reformas liberales? El mundo, sin duda alguna, sería otro, porque aquel acto de derogación de las libertades y de afirmación absolutista supuso la continuidad en España del antiguo régimen y la desafección natural de las colonias que en breve serían republicas. Ramón María del Valle-Inclán, sujeto de enorme mérito, escribió estampas tan memorables como reveladoras de aquella época en su magnífica novela La corte de los milagros. El esperpento.

La decisión de Fernando de Borbón, adjetivado séptimo, fue secundada por una parte de la sociedad española, que persiguió con especial saña y virulencia a liberales e ilustrados, en algunos casos con un odio fuera de lo común, y sirva el ultraje sufrido por el cadáver de Francisco Cabarrús, desenterrado, quemado o arrojado al Guadalquivir, como muestra de la intolerancia de quienes sólo están dispuestos a dar por buenas sus ideas. Es la misma saña que asoma por las fauces de quienes reclaman ahora la entrada en prisión de José Luis Rodríguez Zapatero, por crímenes insospechados, pero se niegan a condenar los crímenes documentados del franquismo, porque, en el fondo, nunca han dejado de ser franquistas, y es que el franquismo en España es una forma de ser, una patología de la conducta para la que no hay tratamiento conocido. Los relatos hagiográficos del dictador, dictados sin el más mínimo sonrojo, aumentan día a día, como aumentan los altoparlantes de la derecha extrema, de la extrema derecha y de la extrema derecha extrema, con su odio irracional al otro, a ese otro que no incluyen en ese “nosotros” racial, religioso y político.

Se suman así dos episodios fundamentales en nuestra historia reciente. Fernando de Borbón, tenido por séptimo, elimina de raíz la posibilidad de una monarquía constitucional de signo progresista, y Francisco Franco se rebela y traiciona el orden constitucional que por su honor había jurado respetar y defender. Y así se suceden y agolpan los años de la ignominia, de la vergüenza y del atraso; del profundo atraso económico, social o político que todavía hoy padecemos y que condiciona negativamente nuestro futuro. Un atraso que es un fiel indicador de que el bien común jamás ha sido un objetivo prioritario de quienes durante tantos años han manejado a su antojo nuestros destinos en beneficio propio. Reina estulticia, que diría Ricardo Mella.

No hay más que asomarse a las páginas del libro de Francisco Sánchez-Blanco, La mentalidad ilustrada (Taurus, 1999), para tomar conciencia del difícil camino que iniciaron los novatores y los ilustrados en España con la finalidad de asentar la modernidad en nuestro país. Una modernidad que en muy pocas ocasiones ha sido, y que cuando llevaba camino de serlo se ha transformado en pura posmodernidad. Es como dar un paso adelante y doscientos atrás. La peripecia de la ciencia médica frente a la escolástica teológica es realmente sorprendente, pero igualmente deprimente. Somos lo que somos en función de lo que fuimos y de lo que no fuimos.

En breve iniciaremos ese año del bicentenario de La Pepa, aquella Constitución que pudo haber transformado España de forma substantiva y ofrecer un futuro muy diferente a sus habitantes. En cierta medida nuestra historia no ha dejado de ser una lucha permanente entre los que le declararon su amor y los que le juraron odio eterno. Una y otra vez, a lo largo del siglo XIX, y en la Segunda República, se intentó recuperar aquel espíritu que animaba una de las más fecundas generaciones que ha dado España, con Aranda, Campomanes, Jovellanos, Cabarrús, Olavide, Moratín, que no eran precisamente amantes de la revolución sino simples reformadores, promotores de una modernidad necesaria… Pero una y otra vez las fuerzas de la reacción se levantaron airadas para mantener su estatus, su posición, sus prebendas y canonjías. Hasta hoy, y ahí siguen, vigilando la heredad.

Pronto habrán pasado doscientos años, y seguimos esperando a Pepa. Entretanto el fascismo crece, y se apresta a la venganza.

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