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Artículos y noticias

La canción (triste) del pirata

01 de Octubre de 2011

Por Ignacio García May.

 

Uno: España

Dícese de la única monarquía europea en la que el ciudadano no tiene derecho a ser informado verazmente de las cuentas, más que dudosas, de la CasaReal; país en el que los ayuntamientos no pagan lo que deben porque se han gastado los presupuestos sin que se sepa en qué, ya que tampoco lo han hecho en las partidas que oficialmente les correspondían; democracia en la que se reducen cada vez más las prestaciones sociales mientras los parlamentarios, de derechas e izquierdas, se alían para impedir que se les moderen a ellos sus escandalosas prebendas; sociedad en la que los propios ciudadanos no sólo permiten este tipo de situaciones sino que con frecuencia incluso las aplauden. Conviene recordar esta definición nacional antes de ponerse a debatir sobre piratería y derechos de autor. Porque creemos, y hacemos creer, que la nuestra es una democracia utópica en la que de pronto, e inexplicablemente, surgen determinadas y arbitrarias manifestaciones del mal cuando, por el contrario, lo que sucede es que vivimos en una sociedad que padece muy serias deficiencias democráticas y posee, a cambio, una muy arraigada querencia por el caciquismo. O dicho de otro modo: la piratería no constituye, en este marco, excepción alguna, sino que es la consecuencia lógica de un nefasto modelo social. Cualquier reflexión seria sobre el tema debe partir de aquí.

 

Dos: Opinando

Sigamos: dado que uno de los rasgos típicos de las falsas democracias como la nuestra es la de confundir (a propósito) el debate con la opinionología, resulta que a día de hoy absolutamente todo el mundo está hablando sobre la piratería y los derechos de autor desconociendo, en la inmensa mayoría de los casos, los más elementales fundamentos del problema, y prodigando, como es lógico, monumentales tonterías e incluso auténticas falsedades. Que esto lo haga el españolito de a pie, ése que, acodado en la barra de la cervecería, mezcla a voz en grito religión, política, huelgas de controladores y gambas con gabardina, es deplorable pero típico. Lo grave es que se detectan idénticas carencias entre profesionales de la política, de la información, y de las propias profesiones culturales, que deberían estar mejor enterados antes de juzgar. La natural consecuencia de esta situación es un batiburrillo en el que nada se entiende y en el que, por tanto, resulta imposible solucionar nada.

 

Tres: Artistas

Y no hay que ser doctor en filosofía para comprender que un problema sólo puede ser resuelto si de entrada se ha formulado correctamente. El de los derechos de autor no lo ha sido. El asunto de la piratería no afecta en absoluto al arte y a la cultura, como se suele insistir, sino a las industrias del arte y de la cultura, que son cosa bien distinta. El valor puramente artístico (en el sentido clásico del término) de una película, de una canción, de una obra de teatro, es independiente de si se paga por ellas o no. De hecho los productos más pirateados suelen ser los menos artísticos (en ese mismo sentido invocado previamente) si bien también son los más lucrativos desde el punto de vista industrial. En cualquier caso, para el autor la obra es el producto de su oficio; esto es, su medio de vida, por lo demás perfectamente legítimo e inequívocamente definido y regulado como tal, y cualquier intento por arrebatárselo es un robo o una estafa. Dicho esto, creo que los profesionales han sido en parte culpables de no haber explicado bien su causa: en su afán algo pomposo por presentarse ante el mundo como ARTISTAS (cosa que, de hecho, y aunque parezca paradójico, muchos de ellos no son) han olvidado que lo importante era defenderse como PROFESIONALES (lo cual son, o al menos deberían ser).

 

Cuatro: El rencor

Así pues, el arte es de todos, pero los beneficios industriales que se derivan de él pertenecen indiscutiblemente a sus legítimos propietarios, los autores. Es muy significativo que este principio, tan sencillo, e incuestionable en EEUU, Alemania, Francia, Reino Unido y otras naciones cultas, resulte tan difícil de inculcar en la sociedad española, tradicionalmente envidiosa e ignorante. Es, por cierto, asombroso el rencor que destilan algunas cartas al director que hemos podido leer estos días en los periódicos: individuos que no conocen en absoluto a los artistas les atacan como hienas repitiendo todo tipo de insidias que han mal aprendido en cualquier foro. En nuestro país se celebran abiertamente la chapuza, la chulería y la picaresca, pero se mira con suspicacia cualquier esfuerzo intelectual, sobre todo si encima puede llegar a generar dinero. El frutero jamás os regalará un kilo de manzanas e incluso es probable que os meta en el paquete, a escondidas, las frutas más deterioradas, que vosotros habréis pagado como buenas; sin embargo ese mismo individuo percibirá como algo normal y cotidiano que se le obsequien unas entradas para el teatro o que pueda descargarse gratis una película en el ordenador. Y hasta montará en cólera si os atrevéis a comparar ambas cosas.  

 

Cinco: Justiprecio

Quienes cuestionan el derecho de autor (que son muchos) alegan que debería pagarse al artista una sola vez por su trabajo; “como se hace con todo el mundo”, dicen. Se nota que los defensores de esta idea saben más bien poco de la realidad laboral. El problema esencial del justiprecio en el producto artístico es que es imposible establecerlo a priori. Si yo vendo por veinte euros una canción y luego esa canción genera millones, es evidente que, como autor, se me ha pagado injustamente. Pero si exijo que se me abonen diez millones en previsión del futuro éxito de la canción y luego ésta no se vende en absoluto, también se habrá producido una injusticia. Aceptando este punto de partida, el autor hace algo que, por lo demás, no tiene nada de extraño porque se trata del mismo procedimiento que adopta cualquier empresario independiente: asumir el riesgo de cobrar un porcentaje de venta. Si la obra genera fortunas, ganará mucho; si no, no ganará nada. Es alarmante que el mal llamado “colectivo de internautas”, compuesto, presuntamente, por una mayoría de gente joven y más o menos libertaria, adopte en este tema una postura tan cercana al ultracapitalismo que permitió, por ejemplo, al editor Hertzel hacerse millonario con las obras de Julio Verne sin pasarle jamás un solo céntimo de derechos de autor. Demostración, ésta, de la ignorancia y de la ensalada ideológica que suele acompañar a ese tipo de neorrevolucionarios informáticos.

 

Seis: Modelos

Es obvio que Internet ha alterado la noción de los derechos de autor: hace tan solo veinte años nadie podía prever que una canción escrita en España pudiera escucharse un minuto después en Australia. Esto hace necesaria una revisión muy a fondo, tranquila, meditada, de la legislación sobre estas cuestiones, pero en ningún caso constituye la patente de corso (y nunca mejor dicho, ya que hablamos de piratería) para que cualquiera haga cualquier cosa con el producto de las industrias culturales. Por otra parte, el cambio mayor no es el de la velocidad de la comunicación, sino la forma en que se ha modificado en nuestro modelo social la idea de la privacidad. El internauta, que en sus blogs revela de sí mismo intimidades inauditas, y que es capaz de llamar amigos a ese ejército de perfectos desconocidos con los que se conecta a través de Facebook, parece creer, por eso mismo, que dichos espacios forman parte de su privacidad, y opera en consecuencia utilizando en ellos las películas y la música que previamente ha adquirido y que legalmente es suya. Confunde, por supuesto, el derecho a escuchar o visionar sus dvds y cds todas las veces que quiera en la auténtica intimidad de su hogar con la falsa privacidad de la red. La sombra del Hermano Mayor (que, por cierto, es la traducción correcta del Big Brother Orwelliano) es alargada.

 

Siete: No

A esto se le suma ese otro cáncer del populismo contemporáneo que es el principio del “todo gratis”, en el que se ha educado a toda una generación con la connivencia de unos adultos dispuestos a cualquier cosa con tal de no tener que ocuparse demasiado de sus hijos. Por cierto que dicho principio recuerda la vieja estrategia de los traficantes de droga en los colegios: regalar la mercancía para crear adictos y poder recaudar más adelante con la seguridad que origina dicha adicción. Idea que a su vez abre especulaciones más preocupantes sobre las estructuras, engañosamente simples, de la piratería. Esa generación que no conoce la palabra “no” porque nadie se ha tomado el trabajo de enseñársela constituye la base (aunque no la totalidad) del enorme colectivo que considera la regulación de los derechos “un atentado contra su libertad”. Como se desprende de semejante discurso, también ignora lo que significa la libertad, pero en todo caso la responsabilidad del desaguisado es de quienes no supieron enseñárselo y que ahora lloran por ello.

 

Ocho: Valoración

La piratería empieza, pues, en la infravaloración, cuando no el abierto desprecio, del producto artístico o cultural. En el tablero de información sobre actividades extraescolares de un colegio público cercano a mi casa leí la siguiente nota redactada por la dirección del centro: “inglés, 30 euros; clases de guitarra, 20 euros; fútbol, 25 euros; clases de teatro, gratis para todo el que se apunte”. Sobran comentarios. Cabe señalar que no sólo los piratas (y los profesores de aquel colegio) cultivan la mencionada infravaloración: lo hacen también algunos que ni siquiera son conscientes de ello, como por ejemplo esos actores que regalan constantemente entradas del espectáculo en el que están trabajando, pasando por alto el hecho de que con ese acto roban (y esta es la palabra correcta) el dinero del autor. “¡Cómo te pones por una entrada!”, se indignan cuando se les llama la atención. Pero da igual una entrada que cien: toda catástrofe empieza en los pequeños detalles. No nos olvidemos, en este repaso, de esos “creadores” famosos que durante años han invitado públicamente a la juventud a piratear. Se trata, en todos los casos, de actores, escritores, cantantes, que pueden permitirse esta actitud ridícula y pretendidamente sediciosa porque ganan mucho con su presencia mediática pero quizá no tanto con sus derechos de autor.  Si a alguien le resulta extraña la idea formulada en esta última frase le invito a releerla y meditar sobre ella recordando las palabras de Hamlet: en otro tiempo esto sería una paradoja, pero hoy es cosa probada.

 

Nueve: Consumo

También se esgrime entre los enemigos de los derechos de autor la idea de que toda la cultura contemporánea es copia, y que por tanto no es lícito reclamar la obra como propia. Ciertamente las implicaciones de este comentario darían no ya para un artículo, sino para todo un congreso. Llamemos la atención sobre el hecho de que nuevamente se esgrime aquí (desde posiciones teóricamente libertarias) un razonamiento puramente mercantilista: el valor de la obra lo establecería su presencia en el mercado, o, en este caso concreto, su deflación. Pero lo más interesante es que los mal llamados piratas, que en última instancia no son sino consumidores, (aunque, claro, el término “pirata” tiene resonancias más heroicas que el de “consumidor”)  se fingen, al proponer este argumento, inocentes de su propia responsabilidad en la constitución de dicho mercado. Como si éste no hubiera sido construido también y sobre todo por y para ellos. Este adanismo, esta persistente reclamación de inocencia que últimamente se ha extendido como la pólvora por todos los sectores sociales, es quizá lo más peligroso del fenómeno que estamos viviendo: de pronto nadie se siente responsable porque todos se consideran, de una forma u otra, víctimas. El mal está siempre en otra parte. Pero después del siglo XX nadie tiene derecho ya a la ingenuidad política: las cosas no se hacen solas.

 

Diez: La codicia

Es, por lo demás, cierto que las más poderosas empresas culturales practican una política codiciosa que justifica la animadversión, no ya de los piratas, sino de cualquier persona honrada: su búsqueda de beneficios supera lo razonable para entrar manifiestamente en lo rapaz. Por eso no resulta extraño que ni las multinacionales del cine ni las de la música despierten la compasión o la simpatía de ciudadano alguno, sea, o no, pirata. Pero el perjudicado final en este aborrecimiento es el autor, ya que la maquinaria laberíntica de las grandes empresas se encargará, a su debido tiempo, de minimizar sus propias pérdidas a costa de los beneficios del creador y, muy probablemente, sin que éste llegue a enterarse. Sabido es, por ejemplo, que a un escritor, sobre todo si está vinculado con una editorial poderosa, le resulta virtualmente imposible conocer el número exacto de libros vendidos, información que la editorial restringe y hasta adultera argumentado todo tipo de vagas excusas. La dolorosa paradoja final: si el arte se encuentra entre las creaciones más sublimes del ser humano, las industrias del arte suelen contarse entre las más rastreras.

 

Once: El escándalo

En este contexto, la explosión del escándalo SGAE llega justo a tiempo para acabar de dinamitar cualquier posibilidad de sensatez en el asunto de los derechos de autor. Demasiado a tiempo diríamos, si nos dejáramos llevar por un impulso conspiranoico. La forma en que los medios están mezclando estos días ambas cuestiones es sencillamente indecente pero ya resulta imposible detener la bola: ante la opinión pública, (que, de todas formas, ya pensaba así antes) el affaire SGAE establece fuera de toda duda la naturaleza perversa y mafiosa de las sociedades de gestión así como la depravada catadura de los autores, esos tipos indignos que pretenden vivir, ¡ay!, del cuento y de las subvenciones. Que no haya confusión alguna: la intervención de la policía me parece justificada y oportuna y, como ya he expresado en otros medios, aplaudo tanto la detención y castigo de los culpables como el proceso de limpieza general y hasta de refundación de la institución que parece haberse puesto en marcha con todo esto. Ahora bien, me niego a que todo ello oscurezca otros datos igualmente esenciales para comprender el cataclismo en el que estamos metidos. Para empezar, el hecho de que la famosa “mala imagen” de la SGAE no es únicamente el resultado de sus propias y cuestionables estructuras y maquinaciones, sino también el producto de una elaboración consciente por parte de los grandes grupos de comunicación nacionales que, sin que lo sepa esa misma opinión pública aparentemente tan preocupada por estas cosas, deben millones en derechos de autor que… ¡se niegan abiertamente a abonar! O la circunstancia de que no es sólo la SGAE la que se ha quedado el dinero de los autores sino también, y sobre todo, los ayuntamientos (¡De todas las siglas políticas!) que han tenido el cinismo de utilizar la mala reputación de la institución para camuflar su propia estafa a la ciudadanía: véanse, como paradigmáticos, los episodios de Zalamea o Fuente Obejuna, que los periodistas aún hoy siguen citando como ejemplo del “codicioso afán recaudatorio” de la SGAE cuando eran los respectivos consistorios los que se habían embolsado durante años los derechos, no ya de las obras citadas, sino de casi cualquier actividad artística celebrada en esas localidades. O la artimaña sentimental de criticar a la SGAE por cobrar en presuntas “actividades benéficas” cuando son los promotores de dichas actividades los que tienen la mala costumbre de regalar por su cuenta lo que no les pertenece, esto es, los derechos de los artistas implicados1. Y finalmente, aunque sólo por no alargarnos demasiado, la pintoresca y muy española coyuntura de que muchos de los supuestos cobradores de la SGAE que se han presentado aquí y allá exigiendo que se les abonara tal o cual dinero, ni siquiera pertenecían a la sociedad… sino que eran simples pícaros, aprovechándose del río revuelto.

 

Doce: La restauración

Se ha acusado a los autores de no haber hecho nada durante los muchos años que ha durado la descomposición dentro de la SGAE. Es una acusación razonable y, cabalmente, sólo puede decirse que corresponde a cada cual revisar el estado de su conciencia. Sin embargo, y dado que la pauta del mundo contemporáneo parece ser el cinismo, aportaré aquí una respuesta a la medida de los tiempos: si los autores no han, no hemos, reaccionado antes al affaire SGAE, quizá sea porque sus oscuros procedimientosno difieren en absoluto de los de las otras grandes empresas, de los bancos, de los partidos, de los propios gobiernos. Resulta difícil establecer parámetros morales cuando resulta que las mismas acciones forman parte del bien o del mal según quien esté implicado en ellas. Y así volvemos al principio. España: dícese de la monarquía… etc. No basta con combatir la piratería. Es el país entero el que hay que restaurar. Lo otro no es más que una pendencia de café. Una tradición española más dañina que la de los toros pero que nadie, mira por dónde, ha pensado en prohibir.

Julio de 2011

Revista ADE-Teatro nº 137 octubre 2011

 

Nota

1 De la utilización fraudulenta del concepto “benéfico” en no pocas actividades sociales y culturales españolas (y no españolas) podríamos empezar a hablar y no parar. Pero basta recordar el soberbio Plácido de Berlanga para darnos cuenta de que la cosa viene de lejos.

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