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Artículos y noticias

Millonarios solidarios

01 de Octubre de 2011

Por Antonio Urzainqui.

 

Durante años, desde los inicios de nuestra reinstauración democrática, se ha venido reclamando una Ley electoral que refleje de forma fehaciente el voto popular en las consultas electorales. Nunca ha habido tiempo para hablar de ello en el Congreso de los diputados. Se ha inducido siempre la larga cambiada de proponer llevarla en el próximo programa electoral. Se trataba de posponerla a toda costa. El interés de los dos grandes partidos y de algunas formaciones de signo nacionalista, primaba abiertamente sobre el bien general y la justicia democrática. Ahí seguimos.

La presión de lo que se denomina eufemísticamente “los mercados”, que no son sino el capitalismo financiero especulativo, ha hecho que esos mismos partidos mayoritarios -en aras de la ley electoral existente-, lleguen a un rápido acuerdo para consagrar en la Constitución el tope de endeudamiento y la constitucionalización, lisa y llanamente, del neoliberalismo voraz. Subrepticiamente se busca imponer una pérdida paulatina del estado del bienestar y reducir por vía de apremio los derechos sociales de los asalariados.

Muchas son las voces alzadas en contra. Unas provienen del propio PSOE, otras de las formaciones de izquierda, de los sindicatos y otras entidades sociales. El movimiento de los indignados, como es lógico, adopta una postura indignada. Se equivocan quienes piensan que esta movilización social es flor de un día. Lo que hemos visto es solo la punta del iceberg de una indignación creciente de la población que no encuentra los cauces apropiados para expresarse, o que grupos avispados e interesados buscan que no los encuentre.

Para lograr estos propósitos se precisa y es conveniente la idiotización popular. La condición de ciudadano se aviene mal con prácticas similares, porque las cuestiona y protesta por ello. Hay que crear ídolos de barro y motivaciones estúpidas para la plebe. De ahí el auge de los programas deportivos en los medios de comunicación de masas, dedicados a que el individuo proyecte sus penurias en reyertas de clubes o en glorias nacionales pasajeras, desviándole de aquella problemática que constituye la razón de sus males. Un pueblo que no sabe leer, que no encuentra en la cultura la nutrición imprescindible de su ser social, está destinado a la esclavitud, aunque sea con coche y televisión, que son herramientas que contribuyen a los propósitos de los amos.

La cuestión de la deuda se mantiene con frecuencia en la nebulosa de lo genérico. Es el ariete utilizado para la propalación del miedo entre la población. Se quiere instaurar la especie de que todos somos culpables. Lo cierto es que nuestra deuda estatal está por debajo de la de muchos países de Europa y que es la de los consorcios, empresas y entidades privadas la que constituye la parte del león en este caso. Se sabe y se dice, pero se obvia casi siempre aludir a ello porque no conviene. Hay que crear la opinión de que hemos gastado en demasía en lo público, lo cual es cierto sólo en parte, en aquello que se refiere a gastos suntuarios, a visitas estruendosas, a innecesarias remodelaciones, etc., para obviar que es el descontrol de lo privado antes descrito lo que provoca la situación imperante.

Lo que resulta evidente es la sumisión de los gobiernos a los dictados del capital financiero especulativo. No saben o no quieren establecer los pertinentes mecanismos de control. Hacen dejación de su soberanía, que es la de la ciudadanía que los elige mediante procesos electorales, en beneficio de entidades sin rostro que no son fruto de procedimientos electivos sino de su condición de poseedores. Al día siguiente de adoptar una de sus medidas contundentes contra la población, lo que esperan ante todo son las bendiciones de Moody’s u otras de las llamadas agencias de calificación, auténticos vertederos especulativos que fueron en buena medida responsables de los fraudes gigantescos que surgieron en el inicio de esta turbamulta llamada crisis, Lehman Brothers y otros, dado que sus informes tan reverenciados ahora, nada dijeron de la naturaleza de dichos negocios.

Es paradigmático que hayan sido grupos de millonarios en Estados Unidos de América del Norte, Francia, Italia y Alemania, los que hayan reclamado pagar más impuestos para reducir la deuda pública y “solidarizarse” con la situación de sus países. Todo comenzó con un llamamiento del multimillonario estadounidense Warren Buffett, para que a él y a otros como él se les suban los impuestos para contribuir a los esfuerzos de austeridad. Seguidamente los Patriotic Millonaires, un grupo de magnates y artistas que ganan más de un millón de dólares al año, solicitaron al presidente Obama, al senador demócrata Harry Reid y al líder republicano John Boehner que aumentaran los impuestos a quienes ganaran más de un millón de dólares al año, "por la salud de nuestras cuentas y el bienestar de los ciudadanos".

Este grupo selecto en cuanto a riqueza, justificaba su petición de modo fehaciente: "Estados Unidos puede pagar las deudas y construir para el futuro o no hacerlo y condenarnos a perder nuestro potencial". Es fácil deducir que ellos veían más lejos que sus políticos. La propuesta de que los ricos paguen más para reducir el déficit publico, ha sidorechazada por los republicanos. El doctrinarismo neoliberal conduce a tamaños despropósitos.

En Francia un grupo de millonarios a su vez, entre los que figuran entre otros el presidente de L'Oreal y su máxima accionista; los patrones de la petrolera Total, el grupo hotelero Accor, el alimentario Danone, el banco Société Générale, el operador de comunicaciones Orange, la aerolínea Air France-KLM, el fabricante automovilístico PSA Peugeot-Citröen, el presidente de Veolia Environnement, el del grupo de servicios financieros Fimalac o el ex patrón de Renault, han firmado un manifiesto en el que aseveran: "Somos conscientes de habernos beneficiado plenamente de un modelo francés y de un contexto europeo a los que nos sentimos muy unidos y que queremos contribuir a preservar".

Los firmantes proponen que se les aplique un impuesto que tenga "proporciones razonables", a fin de "evitar efectos económicos indeseables como la fuga de capitales o el crecimiento de la evasión fiscal". ¡Oído cocina! Por otra parte aseveran  que ese impuesto "no es la solución en sí misma" y piden que se inscriba "dentro de un esfuerzo más global de reforma, tanto de los gastos como de los ingresos". El Gobierno francés aprobó un impuesto extra a tal efecto, del 3%.

En Alemania un colectivo de cincuenta millonarios ha promovido igualmente un manifiesto. Los firmantes aseguran que su contribución voluntaria podría acabar con el problema de déficit en el país y darle una nueva imagen solidaria a la nación, donde el 70% de la riqueza esta en poder del 10% de la población, y donde las estadísticas oficiales señalan que, cada año, los sectores de menos ingresos observan con impotencia cómo se acercan al umbral de la pobreza.

Uno de sus promotores, Dieter Lehmkuhl, un médico jubilado, fue más explícito y señaló a los máximos responsables: “Es una vergüenza la situación política a la que hemos llegado. Somos los ricos los que pedimos pagar más impuestos ya que los políticos no hacen su trabajo”. En una entrevista para TVE añadió: Hay que evitar que los "ricos continúen haciéndose más ricos y sean siempre los mismos los que deban pasar por caja para el pago de los impuestos". Según parece sin embargo, la propuesta fue rechazada por los tres partidos que integran la coalición de gobierno, que recibieron el apoyo de la poderosa confederación de Industrias del país, BDI.

Ante esta serie de pronunciamientos cabe preguntarse por la razón de fondo que los anima. Puede creerse en el sentimiento solidario y el deseo de repartir más equitativamente las causas contributivas, es cierto, pero hay algo más sin duda. Estos multimillonarios no son nada tontos, conocen la historia y sus traumas, algo que ignoran al parecer muchos políticos profesionales. Ellos saben muy bien que tensar las situaciones puede provocar trastornos y traumatismos en la esfera social que iría en detrimento de sus intereses. Que abriría opciones nada deseables para ellos. Vale más ceder algo para preservar lo más. Saben bastante más que los políticos que creen servirles.

En España parece que ninguno de nuestros millonarios piensa así. El magazine de El Mundo publico la lista de los cien españoles más opulentos. Los millones son de euros. Los primeros de la lista eran:

- AMANCIO ORTEGA: 15.774 millones. Preside Inditex (59,29%) y tiene el 10% de NH, el 5% del Banco Pastor y el 5% de Agbar.

- RAFAEL DEL PINO: 6.784 millones. Accionista mayoritario de Ferrovial (58,31%), participa en Dinamia (5,59%).

- ROMÁN SANAHUJA: 5.265millones. Presidente de Sacresa. Principal participación: Metrovacesa (39,61%).

- JOSÉ MANUEL ENTRECANALES: 5.132 millones. Presidente de Acciona, de la que controla el 60% de sus acciones.

- ESTHER KOPLOWITZ: 5.003 millones. Máxima accionista de FCC.

- ENRIQUE BANUELOS: 3.205 millones. Presidente y consejero delegado de Astroc Mediterráneo, la inmobiliaria de moda.

- LUIS MANUEL PORTILLO; 3.433 millones. Presidente de Inmocaral. Participaciones en los bancos españoles más importantes.

- JOAQUÍN RIVERO: 2.560 millones. Presidente de Metrovacesa. Compró Gecina, una gran inmobiliaria francesa.

- ROSALÍA MERA: 2.297 millones. Cofundadora del imperio Zara, se vuelca en programas sociales. Sus valores: Inditex (6,99%), Riofisa (5%) y Zeltia (5%).

- JESÚS DE POLANCO: 2.331 millones. Máximo accionista del Grupo PRISA (64,36%).

- JUAN MARCH:  2.292 millones. Copresidente de la Banca March junto a su hermano Carlos, con participaciones en Acerinox, ACS o Prosegur.

- EMILIO BOTíN: 1.896 millones. Presidente del Grupo Santander.

- BAUTISTA SOLER: 2.219 millones. Máximo accionista del Valencia C.F., con una participación del 16,79% en Metrovacesa.

- LUIS F. DEL RIVERO: 1.777 millones. Presidente de Sacyr Vallehermoso (13,74%), con el 20% de la petrolera Repsol.

 

Ninguno de ellos hasta cien, ha respirado ni se ha sentido aludido por lo manifestado por sus colegas europeos. Quien sí lo ha hecho es el PP, que ha confirmado que no llevará en su programa electoral una subida de impuestos que grave a los ricos. Su portavoz, Esteban González Pons, aseguró que supondría "dejar escrito que no tienes ni idea de cómo salir de la crisis”. A esta actitud podemos adjudicarle diferentes adjetivos, todos ellos denostadores.

No deja de ser sintomático que las palabras de Pons tengan alguna coincidencia con las que ha escrito la especialista en temas económicos del The New York Times, Catherine Rampell, refiriéndose al manifiesto de los millonarios alemanes: “Es una noble propuesta, supongo. Pero los problemas fiscales no pueden ser atajados con donaciones de la gente rica. Probablemente los millonarios no puedan ser gravados con un impuesto a los ricos solamente por serlo. Lo que hace falta es una base tributaria más amplia.” Lo cual equivale a proponer que se creen nuevos impuestos que graven a la mayoría, para que los ricos lo sigan siendo cada día más.

Dice el candidato socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, que se propone llevar el impuesto a las grandes fortunas a su programa electoral. Visto lo visto y siendo malos malísimos, podríamos pensar: ¿Tan seguro está de que no puede vencer?

El respeto reverencial hacia los ricos ha sido siempre un lugar común en la vida española. De igual modo la rapacidad e insolidaridad de la mayor parte de los integrantes de dicha secta. Pero los gobiernos están para gobernar, para establecer un régimen contributivo justo y equilibrado a las ganancias. Aquí todos los asalariados pagan porque se detraen de las nóminas los dineros. Que las grandes fortunas tuvieran que contribuir con algo más no sería una hecatombe, pero su amenaza no es otra que se llevarán su dinero a paraísos fiscales. Ahí comienza y termina su patriotismo, aunque se les llene la boca invocando a España en las tertulias y diarios de la derecha normalita y en la extrema. Este cinismo es el que indigna a mucha gente, y con razón.

Erns Prost, millonario integrante del grupo alemán, declaró igualmente a TVE “que las deudas del Estado hipotecan el futuro de las próximas generaciones”. Seguidamente comparó el comportamiento de las élites financieras para con la sociedad con una forma moderna de esclavitud. En esto coincidimos plenamente: escrito está.

Revista ADE-Teatro nº 137 octubre 2011

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