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Artículos y noticias

Pensar el futuro..., y construirlo

01 de Noviembre de 2004

 

Carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero, en la que expone algunas consideraciones sobre el arreglo de los teatros en España (y IV).

 

“Pensar en el futuro que podemos tener”. Esa hermosa frase estaba contenida en un artículo que publicaba Pascual Maragall en El País el 2 de marzo de 2002, con el título de “Creer en nosotros mismos”. Lanzado en su carrera hacia la Presidencia de la Generalitat, el líder socialista catalán proponía arriesgar, con “cautela y con ambición a un tiempo”, para construir un futuro diferente. Sin embargo, algunos hechos demuestran que cuando la clase política habla de futuro los ciudadanos y ciudadanas no sabemos exactamente a qué se refieren, con lo que no sabemos si echar mano al bolsillo, tapar los ojos o taponar las orejas. O hacer todo a un tiempo porque la indignación puede tener efectos secundarios.

Si se trata de pensar y construir el futuro, para todas y todos, no entendemos como el Sr. Maragall sitúa al frente del Departamento de Cultura de su gobierno a una persona que, en muy pocos meses, se ha granjeado una considerable contestación en los sectores que justamente podrían ser ambiciosos y cautelosos a un tiempo, en las personas que llevan años trabajando por pensar y hacer posible ese futuro, esa República que ya no veremos (“parole, parole, parole...”). Al final de todo este recorrido, la conclusión es clara: el Sr. Maragall ha hecho realidad su sueño de ser Honorable President (con permiso del llavero de Carod Rovira) y ha convertido en presente su futuro (¡enhorabuena!), pero la Cultura, con el Forum incluido, sigue siendo un campo abonado a las arbitrariedades, los despropósitos y la involución. Estamos así ante hechos que muestran, por desgracia, que la cultura no deja de ser un mero apéndice en la acción política, un simple adorno, un campo abonado a la creación de museos o la celebración de efemérides, y en el que no se ha querido ni se ha sabido ir más allá de lo evidente: el impacto mediático y el efecto escaparate. Se lo decía en mi primera carta y se lo repito de nuevo: las diferencias con el partido conservador, más allá del talante (¡y no siempre!) son mínimas o inexistentes en bastantes casos.

Arbitrariedades y despropósitos. Fernando Ónega iniciaba un artículo titulado “Tacaños ante los libros”(La Voz de Galicia, 11/09/2004) con un párrafo que debiera llevarle a la reflexión: “Este gobierno nos va a volver majaras. Por improvisaciones, globos–sonda, reflexiones personales y ocurrencias diversas, suscita debates que duran 24 horas, desconciertan al gobierno y regalan discursos a la oposición”. La gravedad del asunto radica en que con tanta metedura de pata asistimos al espectáculo de que significadas personalidades y simpatizantes del régimen franquista, que todavía quedan, se lanzan como tiburones contra la carnaza. El sindicato del crimen, que ahora agrupa a un número mayor de plumillas, saca pecho en defensa de la democracia y el esperpento alcanza límites insospechados. Franquistas declarados, cabeceras colaboracionistas del terror franquista o esa caterva de torquemadas reconvertidos que encontramos en la prensa amarilla salen en defensa de una democracia en la que ni creyeron antes ni creen ahora. Hay una canción de Sabino Méndez, que cantaba Loquillo, que describe bien esa situación. Se titulaba “¿Donde estabas tú en el 77?”. La mayoría estaba todavía llorando al Caudillo, después de haberse pasado la primera parte de los setenta con la cabeza escondida como avestruz, y conspirando. Los había en la extrema izquierda, claro, como el portugués Durão Barroso, aquel universitario extremista y maoísta, martillo de herejes de la calaña de Álvaro Cunhal, que ahora se apresta a ocupar el cargo de Primer Ministro de la Unión Europea si bien un tanto desmejorado tras la pérdida de “Monseñor Buttiglione”. En España hay ejemplos para dar y tomar.

En verdad parece que su gobierno parece decididamente empeñado en dar argumentos a la derecha para hacer oposición. Justo a la mitad de agosto, llegaban las fotografías de las señoras ministras y se desataba una polémica innecesaria. Las ministras del gobierno que Usted preside nos sorprendían con un reportaje insubstancial en una revista pija que mayormente lee la gente decididamente pija y convirtiendo Presidencia de Gobierno en una pasarela igualmente pija, mientras Berlusconi por fin se decidía a mostrar su verdadero rostro: el de un bucanero sonriente y bronceado que se ha cobrado el mejor de los botines, el mismo Estado. A cualquier ciudadano amante de la República le debe preocupar lo segundo por lo que pueda pasar o ya está pasando en el universo mundo, pero a Usted le debiera preocupar especialmente lo primero, como nos preocupa a muchas personas que, desde una posición republicana y de izquierdas, entendemos que la acción política debe ser un ejercicio de responsabilidad y compromiso ético, ajena al culto a la frivolidad que caracterizó la ejecutoria pública y privada de un número importante de personas vinculadas a los dos últimos gobiernos de Felipe González. “Desconcertante, torpe y frívolo”. Así calificaba el “posado de las ministras” la periodista María Antonia Iglesias (La Opinión de A Coruña, 22/08/2004), autora de La memoria recuperada y nada sospechosa de ser ni submarino ni paquebote del PP. “Innecesario y torpe”, insistía, señalando que suponía dar “carnaza a la derecha”.

Más allá de esas polémicas interesadas, que señalaba la otrora jefa de los servicios informativos de la TVE con Felipe González, y que azuzan y azuzarán los que no dejarán pasar una para debilitarle a Usted, a su gobierno y a su partido, creo que el hecho tiene una cierta transcendencia por el  subtexto que las fotografías nos proponen. Estamos ante una emergencia de contenidos, deseos, expectativas, frustraciones..., todas ellas latentes y que nos dicen mucho de los por qués, los cómos o los para qués de ciertas cosas, de ciertas actitudes e incluso de ciertos nombramientos. Las imágenes no están exentas de una considerable tonalidad frívola que no casa muy bien con las tareas, compromisos y retos que tiene ante sí el gobierno de la nación (sea del color que sea), en el que las ocho ministras tendrían mucha leña que cortar. Ocho ministras en un gobierno presidido por una persona como Usted, que reconoce una deuda intelectual con las propuestas de Philip Pettit. Entenderá que quienes hemos leído su libro Republicanismo, el de Pettit claro, y algunos otros volúmenes sobre el tema, no acabemos de encontrar su conexión con esa línea de pensamiento, más allá de la retórica del discurso; entenderá que a la vista de los hechos esa conexión se torne inexplicable.

Cualquier persona puede hacerse las fotos que estime oportunas, pero cuando esa persona tiene responsabilidades políticas derivadas de una elección popular, no debe olvidar los compromisos del cargo que ocupa. Creo que a los ciudadanos y ciudadanas les debiera importar un rábano las preferencias de las ministras en el tema de los modistos y modistas (eso debiera formar parte de su vida privada, que ellas, curiosamente, insisten en hacer pública), pues lo que debiera preocuparles es el trabajo de esas mujeres en cuanto ministras. Y así llegamos al meollo de la cuestión, a la obra de William Shakespeare de la que ya hablamos en otro momento: Much ado about nothing (Mucho ruido y pocas nueces). Me temo que una de las características de su gobierno sea la de hacer uso indiscriminado de los fuegos de artificio, de los juegos florales y del ruido mediático, y esto último lo pudimos ver este verano en un programa realizado y emitido por TVE1 en el que la Señora Vicepresidenta del Gobierno entonaba una loa laudatoria a los logros de su gobierno que resultaba patética y en cuyas palabras no dejaba de asomar una y otra vez el sonsonete “trajimos a las tropas de Irak”. Y mientras la señora vicepresidenta repicaba con lo de “las tropas de Irak”, por esas mismas fechas, El País se hacía eco del manifiesto en el que once intelectuales reunidos en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo reclamaban una “cultura de calidad” y criticaban abiertamente muchas de las decisiones tomadas recientemente desde el Ministerio de Cultura, entre ellas el nombramiento de personas sin “la preparación profesional adecuada”. ¿No sabe Usted, señor Presidente, que uno de los principios del republicanismo es proponer para el gobierno de la República a personas sin tacha y dedicados al bien común, renunciando además al trato de favor y escuchando los consejos y opiniones de quienes le rodean? ¿A qué se deben determinados empeños centrados en determinadas personas?  Entre esos doce valientes estaban Juan Goytisolo, Vicente Verdú, Jorge Herralde, Rosa Olivares, Francisco Jarauta o Ernesto Caballero. El hecho de que a pocos meses de iniciada la actual legislatura arrecien las críticas en relación con la política cultural del Ministerio de Cultura, nombramientos incluidos, es un indicativo de que la estrategia en la acción del gobierno parece centrarse más en lo adjetivo que en lo substantivo, como si lo importante fuese el envoltorio y no la forma y el contenido. La moda, Sr. Presidente, no deja de ser un envoltorio, y eso lo saben bien las gentes de teatro que aprecian el valor de un buen actor o una buena actriz, si bien en este gremio también hay personas para las que los cortinajes, los faralaes y la azabachería lo son todo. Mientras tanto los investigadores e investigadoras, esa miríada de personas anónimas que dedican los mejores años de su vida a mejorar nuestra calidad de vida, sumidos en el más atroz desamparo y en ocasiones en no poca penuria económica, reclaman ayudas mínimas que no llegan, pese a tanta y tanta promesa. No le aburriré con la situación de la “investigación teatral”, pero esa es otra de las muchas urgencias de un sistema que tal vez haya llegado ya a un punto de no retorno, situación ante la que desde el Ministerio no se ha sabido ni ha querido elaborar un informe diagnóstico para arbitrar las medidas necesarias para su mejora y su pleno desarrollo. Ese manifiesto firmado en Santander no deja de ser un grito desesperado que no ha encontrado más respuesta que algún gesto despectivo y los comentarios típicos de los que carecen de otro argumento que la negación de la realidad cuando ésta no les gusta: “ya están los de siempre quejándose”. Eso mismo se hacía y decía desde las filas del Partido Popular.

 

La excepción y la regla

 

Pero el pasado verano nos dejaba otra polémica mucho más substantiva, en la que Mario Vargas Llosa criticaba con dureza el concepto y la práctica de la “excepción cultural”, siguiendo los dictados de los cursos de verano celebrados por la FAES, de la que es un activo militante el intelectual posmoderno Luis Alberto de Cuenca, ahora consejero áulico y protegido de la Ministra de Cultura (¡Vivir para ver!, que no dijo Federico Trillo, pero que podría haber dicho para decir lo mismo que dijo). No debemos olvidar el hecho de que el término “excepción cultural” se integraba en alguna de las frases estrella que Vd. pronunció en su discurso de investidura y que la Ministra de Cultura también ha utilizado en alguna ocasión. Con todo, la crítica de Vargas Llosa es perfectamente comprensible e incluso asumible en tanto la “excepción cultural”, formulada en abstracto, no deja de ser una medida proteccionista que puede derivar en simple endogamia, pero que además considera la cultura desde posiciones reduccionistas que ya no se justifican.Una versión actual de la “excepción cultural” la practican los agricultores franceses que vuelcan los camiones de tomates murcianos en las autopistas de toda Europa. No olvidemos que cuando Jack Lang invoca el principio de la “excepción cultural” lo hace como protección a las culturas francesas en lengua francesa, en una lucha feroz por la hegemonía frente a las culturas de expresión inglesa.

La cuestión de fondo está tanto en la “excepción”, que denota un estado de ausencia de normalidad y que es un síntoma evidente de disfunciones socioculturales, cuanto en el modelo o los modelos de política cultural que se pretenden implementar y que siempre remiten a modelos sociales, económicos y políticos. La excepción cultural sólo tiene sentido en una sociedad que considera la cultura como algo “excepcional”, lo que nos indica que en realidad la solución no vendría tanto por apostar por esa excepcionalidad sino por convertir lo que ahora es excepción en regular, habitual, cotidiano, lo que exige una nueva forma de entender la cultura y, por ende, la sociedad. Y en lo tocante a los aspectos fiscales, financieros o económicos de la tal “excepción”, siempre resulta mejor declarar la creación cultural y sector estratégico de la economía y actuar en consecuencia y de forma consecuente. Aquí volvemos, si usted quiere, a Pettit, porque hablar de modelos culturales también implica hablar de modelos de sociedad, y está claro que la excepción cultural nace de modelos económicos liberales y ultraliberales, y en ese marco el argumentario de Vargas Llosa es inapelable. La idea de construir una república, en tanto que res publica, exige repensar y reformular muchas cosas, entre ellas la cultura, que se debiera entender como espacio de creación, comunicación y participación de modo que la ciudadanía convirtiese lo que es “excepción” en habitus y capital. No es lo mismo hablar de “excepción cultural” que declarar que la creación y la difusión cultural constituyen un sector estratégico en el proyecto sociocultural y en el proyecto económico del gobierno.

Y en esa dirección, ¿qué modelos de política cultural se contemplan desde el Ministerio? Más allá de cuatro simplezas, un par de boutades y alguna ruidosa y aparatosa salida de pista (con cristalería incluida), nada se ha dicho. Volvemos al problema del vestuario y de los pases de moda: se ha hablado de envoltorios, pero para nada se han sentado las bases de un plan de acción cultural que permita lograr unos objetivos y formular otros de forma permanente, como consecuencia de los que se van cumpliendo. Es aquí donde los ministros y ministras y los directores o directoras generales deben mostrar su valía y competencia, donde es necesario oír su voz, pues su vida privada, insisto, es lo de menos. Y es aquí justamente donde nada se dice. Veamos, con todo, alguna otra cuestión relativa a la excepción cultural y a la necesidad de superar ese modelo y apostar por otras líneas de trabajo, por otro paradigma.

Hablaba antes de que se trata de un modelo que entiende la cultura desde posiciones reduccionistas. En efecto, por una parte hay una visión muy patrimonialista de la cultura, en tanto se orienta a fomentar la creación y la difusión de aquello que se ha llamado la “alta cultura”, pero ahora también apuesta por los productos derivados de lo que se denomina “industrias culturales”. Es decir, se trata de potenciar los bienes y productos culturales creados por un grupo reducido de ciudadanos que tienen carisma, o ese don gratuito que las musas conceden a algunas personas para beneficio de la comunidad, con lo que la segunda característica que apunta la excepción cultural es la de las políticas carismáticas. Patrimonialismo y carisma, dos características de las políticas más conservadoras, tanto en su acepción política de tradicionalistas como en su otra acepción, la de conservar y mantener inalterable el patrimonio. Políticas que nada tienen que ver con el ideal republicano, que más que apostar por las excepciones y mantenerlas, entiende que habría que construir utopías posibles y hacer del ejercicio de la ciudadanía, en tanto participación y corresponsabilidad, el bien más preciado para los individuos y las comunidades libres.

Verá Usted, Sr. Presidente, el martes 24 de agosto de 2004, Adela Cortina publicaba en El País un artículo titulado “Democracia deliberativa” en el que presentaba, con la brillantez que la caracteriza, cuestiones de considerable interés para cualquier persona interesada en la educación social, en la acción cultural y en la construcción de una sociedad más libre, justa y solidaria. Divulgadora en España de los trabajos de los diversos autores vinculados a la Escuela de Frankfurt (aquellos que reclamaban o reclaman todavía una revisión crítica del ideario ilustrado), los trabajos de la profesora Cortina son una referencia obligada en campos como la ética, la educación o la política. Curiosamente algunas de las aportaciones más substantivas que se han hecho en los últimos años en esos campos, como la idea de deliberación o la del propio republicanismo, tienen su raíz en Grecia, la civilización donde el teatro constituía no sólo una manifestación artística sino, y antes que cualquier otra cosa, un instrumento de conocimiento, un recurso para el estudio de la alteridad y de los otros y una escuela de ciudadanía. El teatro, en tanto espacio, constituía el ágora principal de la ciudad, y de ahí su capacidad; por eso precisamente, la ciudad había previsto el acceso de los ciudadanos sin recursos. Se dice que fue Pericles el que creó esa especie de “impuesto escénico”. El teatro era un sector estratégico en aquella república.

 

Un pacto por el teatro

 

En la actualidad no podemos hablar de “impuesto escénico” pero sí se pueden tomar otras medidas que permitan, como hemos repetido tantas veces, aumentar la visibilidad del teatro, situarlo en el centro de la vida comunitaria y multiplicar el “capital teatral” de la ciudadanía. Y para ello, mucho más que invocar la excepción cultural, se precisa iniciar un nuevo ciclo, con ideas nuevas para hacer frente a problemas ya viejos y se necesita definir un programa de acción de gobierno centrado en aquellos ámbitos que se consideran fundamentales para el desarrollo integral del sistema teatral. Y como ya apuntamos en otro momento se hace igualmente necesario trasladar esos programas, propuestas e ideas a los diferentes ámbitos de la administración, en ese gran Pacto por el Teatro que agrupe a las instituciones estatales, autonómicas y locales, y que necesariamente implique a otros ministerios e instituciones y a otros ámbitos de decisión como el europeo. Lo cual implica crear marcos de encuentro, deliberación y consenso.

Un Pacto por el Teatro que pudiese tener su concreción en un Plan Federal de Teatro desde el que formular una serie de objetivos mínimos y una serie de actuaciones centradas en los campos trascendentales: la formación, la creación, los públicos, la distribución y la exhibición, la gestión de los teatros públicos, la animación, la coordinación y la cooperación interautonómica e internacional, la proyección exterior... Un Plan Federal de Teatro capaz de trascender e ir mucho, muchísimo más allá, de los intereses no siempre legítimos de determinados agentes sociales, incapaces de entender el teatro desde una perspectiva global y compleja, y de superar las deficiencias diversas de la propuesta de Plan General de Teatro que se impulsó y desarrolló desde el INAEM en la pasada legislatura, con el plácet de no pocos supuestos compañeros de viaje del actual gobierno. La función del Ministerio, la responsabilidad del INAEM no reside únicamente en limitarse a gestionar su ámbito competencial (y habría que ver por qué tipo de gestión se apuesta), sino en generar discurso, crear espacios de encuentro y establecer pautas de debate que permitan desarrollar y poner en marcha una nueva política teatral, iniciar un nuevo ciclo para las artes escénicas a través de ese Plan del que todos, sin excepción, saldremos beneficiados, porque la creación de un tejido teatral sólido, rico y diverso, en todo el territorio del Estado, y partiendo de principios como la no–centralización y de conceptos como el de sistema, permitiría que las artes escénicas recuperasen un mayor protagonismo y su verdadero espacio en el centro de la esfera pública. Y en el impulso y el desarrollo de ese Plan es dónde debieran centrar sus fuerzas y sus esfuerzos los actuales responsables del Ministerio de Cultura y del INAEM.

Entienda, Señor Presidente, que nada tenemos contra las preferencias de esas personas en el terreno de la moda ni contra su pasión compulsiva por el viaje o por vestir y viajar el cargo y aprovechar así las múltiples plusvalías no dineradas que comporta. Tan sólo nos preocupa que hagan su trabajo y que lo hagan medianamente bien (¡que para eso les votamos!), pues algunos ya no aspiramos a que consideren principios básicos como la deliberación o el diálogo, que debieran ser la norma de su gobierno en todos y cada uno de los ministerios, en todos y cada uno de sus departamentos, de todas y cada una de las personas con responsabilidades en el territorio de lo público. El diálogo obligado con los agentes sociales para entre todos buscar caminos de mejora del actual estado de cosas en la república (disculpe que utilice su retórica, pero son sus palabras). Y tenga en cuenta que, en el fondo, la acción deliberada de “no recibir”, de “no convocar” de no crear marcos de “deliberación y diálogo” ante una situación caótica como la que padecemos en el territorio de las artes escénicas tiene implicaciones muy diversas. En primer lugar denota un talante que contradice todo cuando Usted ha venido predicando desde su llegada al poder, en el partido y en el gobierno; supone un miedo al diálogo y al intercambio de ideas que puede ser un indicio de lo que no pocos suponemos: la falta de programa; indica falta de hábitos de organización del trabajo y en la planificación de las agendas; anuncia modos y maneras que fueron propios del período anterior y que tal vez sigan instalados en los mismos departamentos con diferentes partidos; deteriora gravemente el tejido asociativo y sus posibilidades de encuentro, debate y deliberación; se traduce en una carga de profundidad contra cualquier tentativa de análisis y de propuestas de mejora. ¿De verdad interesan las artes escénicas a esas personas?

Sé perfectamente que Usted no ha leído ninguna de estas cartas, pero tampoco era esa mi intención ni abrigué en ningún momento semejante expectativa. También sé que los responsables de las artes escénicas tampoco les han prestado atención alguna, pero tampoco esperaba que concitasen el más mínimo interés, pues soy consciente de que sus preocupaciones son otras.

Todo esto no es más que un brindis al sol, pero al menos nuestra conciencia quedará tranquila por haber dicho en su momento lo que creíamos que este país necesita: una política teatral vertebradora, capaz de crear tejido teatral y orientada a convertir el teatro en un referente sociocultural para toda la comunidad. Pues con y desde el teatro también se piensa el futuro... y se construye. Un futuro para todas y todos, y para el teatro.

Esta es, por tanto, mi última carta por ahora, pero no se librará de mí fácilmente...  En breve iniciaremos en estas mismas páginas una serie de artículos sobre aspectos básicos de política teatral y para 2005 le enviaré un libro sobre política teatral que escribo en estos momentos y que llevará una dedicatoria todavía por dilucidar: “Para ZP, con afecto. (No) (Nos) defraudó”.

 

Revista ADE-Teatro nº 103 (Noviembre-Diciembre 2004)

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