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Artículos y noticias

Teatro: Ni está, ni se le espera

01 de Julio de 2004

 

Por Alberto Fernández Torres.

Una costumbre quizá no escrita, pero sobre la que se escribe bastante, señala que en política no es caballeroso juzgar el arranque de un nuevo Gobierno hasta que no pasan 100 días. En el momento de escribir estas líneas, hace sólo 64 que el PSOE ganó las elecciones y sólo 32 que Rodríguez Zapatero fue investido como nuevo Presidente. De modo que seguramente no es caballeroso hacer un juicio de sus primeras intenciones. Pero cuando las intenciones o los síntomas resultan evidentes, es irresistible la tentación de echar fuera de la boca la verdad que amarga. De modo que, ya que no podemos ser caballerosos, seamos al menos claros y leales.

Las intenciones que se someten a reflexión no son otras que las que el nuevo Gobierno parece albergar en materia teatral. Y la impresión es que no alberga casi ninguna, lo que ya es albergar bastante, al menos por omisión.

Es muy posible que estas pocas líneas hayan generado ya en un lector avisado una mueca de fastidio: “Ya están los del teatro quejándose de que se les ningunea”. Es comprensible que muchos observadores se cansen de que “los del teatro” insistamos una y otra vez, en tono vagamente victimista, de la falta de aprecio a la que es sometida de manera insistente por parte de los administradores públicos la aportación de nuestro trabajo a la vida cultural, social y política (sí, política). Pero pueden estar seguros de que su cansancio no es precisamente menor que el que nos genera a nosotros ese estúpido menosprecio.

 

El Quijote

El 13 de abril de 2004, el nuevo Presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, pronunció ante el Congreso de los Diputados el tradicional discurso de investidura.

En él, señaló que la nueva llegada del PSOE al poder había sido “la expresión de un deseo colectivo imparable: la  voluntad de cambio”, una voluntad de cambio “preñada de exigencias” a la que el nuevo Gobierno quiere responder abriendo “un tiempo nuevo en la vida política de España” en el que se asegure “el protagonismo ciudadano a que todos tenemos derecho en una sociedad tolerante, laica, culta y desarrollada como debe ser la nuestra”.

Por consiguiente, resulta intelectual y políticamente legítimo tratar de rastrear en un discurso semejante cuál es el papel que se asigna a la cultura en general (y, llegado el caso, al teatro en particular) en la construcción de esa sociedad “tolerante, laica, culta y desarrollada”.

Tres vías hay para hacerlo. En primer lugar, detectar en qué medida los referentes culturales son considerados como elementos significativos en la construcción de ese discurso. En segundo lugar, en qué medida el vector cultural se encuentra integrado en las medidas o estrategias políticas expuestas en el mismo. En tercer lugar, qué se dice, en concreto, si se dice algo, en materia de política cultural.

Por lo que se refiere al primer aspecto mencionado, ha sido en su momento subrayada la extensa mención contenida en el discurso del nuevo Presidente a la conmemoración del cuarto centenario de la primera edición de El Quijote. Dos párrafos situados prácticamente al término del mismo se centran en este evento, al que se califica de una “ocasión excepcional” para promover “las culturas, las historias y las lenguas de España”.

Sin duda, se puede y debe compartir el entusiasmo por el libro de Cervantes que subyace en estos dos párrafos. No obstante, lo cierto es que resulta difícilmente imaginable cómo promover las “lenguas de España” a través de un libro escrito en una sola de ellas o cómo compaginar esa posibilidad de promover las culturas españolas cuando se reconoce a renglón seguido que la “perenne actualidad” de la obra de Cervantes “reside en el alcance universal de esa aventura, humana más que española, en la que pueden verse reflejados los seres más que los países, las personas y los colectivos de cualquier momento”.

Digamos que este entusiasmo por El Quijote, sincero y compartible, se queda en el umbral intelectual que supone el reconocimiento de su supuesta universalidad, lo que no es precisamente un criterio diferenciador respecto de lo que han asegurado comentaristas de muy diversa condición política e ideológica.

Hay otra mención cultural en el discurso de investidura, pues el candidato asegura al final del mismo que desea establecer “en palabras de Cervantes, un gobierno de meollo y de sustancia”, pero obviamente se trata de una cita genérica más que de una referencia significativa en materia de política cultural.

Así pues, los referentes culturales apenas tienen presencia o función en la construcción de la veintena de páginas que ocupa el discurso de investidura.

 

La ausencia

Con respecto al segundo aspecto, a saber, la eventual integración del vector cultural en las políticas que se desean desarrollar, la orfandad es parecida.

Cinco son los ejes del programa de Gobierno anunciado por Rodríguez Zapatero en su discurso. En el primero, dedicado a la renovación de la vida política, se menciona el respeto a la singularidad cultural de las Comunidades Autónomas y el “apoyo más decidido a dos grandes acontecimientos de carácter cultural protagonizados por nuestros dos mayores Ayuntamientos: el Fórum de Barcelona y la Candidatura Olímpica de Madrid”.

El segundo y el tercer eje del programa (política exterior y política económica) no contienen referencia alguna a la cultura, salvo de manera muy indirecta este último, pues se hace una breve mención a la sociedad de la información y otra mucho más extensa a la educación, temas de naturaleza cultural en el sentido socioantropológico, si se permite la expresión, pero no en el sentido sectorial o industrial.

Pero esta omisión que, dado el carácter de estos dos ejes, puede considerarse más que comprensible, lo parece bastante menos cuando se repite en el cuarto eje, dedicado nada menos que a las nuevas necesidades sociales, y en las cuales el tema cultural no parece integrado, pues vuelve a brillar por su ausencia.

Tampoco hay mayor suerte con el quinto eje, pues el vector cultural no es tenido en cuenta en “el desarrollo y extensión de los derechos civiles y políticos, y del valor de la igualdad”, qué le vamos a hacer.

 

La envolvente

Sin embargo, se produce a continuación una agradable sorpresa en el desarrollo del discurso. Una vez terminada la exposición acerca de los cinco ejes políticos inicialmente anunciados, el  candidato afirma que “una convivencia avanzada se construye y asegura con la cultura” y declara su intención de hacer que “la cultura se sitúe en la esfera de las cuestiones de Estado”. De esta forma, podría parecer que la cultura, sin ser un eje de política en sí mismo ni estar realmente integrada en ninguno de los cinco ejes del programa de Gobierno, sería una especie de envolvente general del mismo.

A continuación, la intervención de Rodríguez Zapatero dedica cinco párrafos a esta envolvente, que se quedan en tres si eliminamos los dos consagrados a El Quijote.

El primero de esos tres párrafos señala que su gobierno “va a hacer de nuestra cultura la gran embajadora del mundo; de nuestro patrimonio artístico, intelectual, humano...”. El segundo añade que “para el Gobierno de España la cultura no merece ser tratada como una mercancía más”, puesto que “no es un objeto mercantil puro”, lo que justifica la aplicación de un “principio de excepcionalidad cultural que defenderé a rajatabla”. Por último, el tercer párrafo se extiende implícitamente sobre este principio, advirtiendo de que “el nuevo Gobierno será beligerante en la promoción y en el apoyo a las creaciones culturales españolas” con el objetivo de que “el producto del genio y el talento de nuestros cineastas, de nuestros músicos, de nuestros artistas, de nuestros creadores, sea disfrutado en España y se esparza por todo el mundo”.

Seguramente no es de recibo querer sacar mucha punta a una intervención de política general, pero tampoco lo sería pasar por alto la idea subyacente a estas afirmaciones sobre la cultura.

En primer lugar, se detecta en ella una concepción de la cultura como activo, como reflejo de la riqueza intelectual y artística del país (“embajadora del mundo”), y no como ejercicio o disfrute que contribuye a la generación de mejores ciudadanos y a la cohesión social en torno a valores democráticos y progresistas. Una concepción, por lo tanto, más patrimonial que social, que encuentra su reflejo en la naturaleza de los escasos hechos singulares de carácter cultural que se citan en la intervención (Fórum, Juegos Olímpicos, El Quijote).

Seguidamente, se expone con insistencia la convicción de que la cultura no es una mercancía, afirmación sin duda de talante progresista, pero teñida un si es no es de cierto idealismo. Porque el problema no es que la cultura esté siendo tratada en este país como mercancía, sino que ni siquiera está siendo tratada como mercancía. Esto es especialmente grave en terrenos como el teatro, que no ha recibido generalmente de la Administración ni el tratamiento propio que se debe dar a un servicio cultural público, facilitando un acceso universal sujeto de manera sistemática a criterios de democratización y rentabilidad social y cultural, ni el tratamiento propio de una mercancía cultural, impulsando la consolidación industrial, tecnológica y económica del sector que la produce y el desarrollo del mercado que la debe sustentar.

Por último, que se nos permita una razonable dosis de paranoia. En el listado consagrado a la protección del “producto del genio y el talento”, hay tiempo para mencionar a cineastas y músicos, pero todo lo demás queda bajo el paraguas de una doble consideración (artistas y creadores) que o bien es redundante (pues cineastas y músicos lo son) o bien es restrictiva (pues una malévola interpretación no enumerativa, sino respectiva, parecería sugerir que sólo cineastas y músicos lo son).

 

El problema

¿Hay motivo para el sarcasmo o la suspicacia? ¿No es un exceso extraer tantas conclusiones de un discurso de naturaleza tan genérica? Pues fíjese que sí, pero fíjese que no.

Por un lado, sería pueril negar que el nuevo Gobierno ha despertado una extraordinaria ilusión de cambio entre la mayoría de los electores y que ha hecho promesas y gestos de sensibilidad que abren esperanzas respecto de su capacidad de adoptar una mentalidad abierta y obrar en consecuencia respecto de cualquier fenómeno social.

Pero, por otro, lo cierto es que las primeras declaraciones y decisiones de la nueva titular de Cultura siguen de manera ordenada los mismos criterios implícitos en el discurso del nuevo Presidente (al menos, no se podrá decir que, en materia de cultura, el nuevo Gobierno no trata de cumplir lo que promete), lo cual abona la sensación de que el sector teatral tiene algún motivo de inquietud.

Hallamos en esas declaraciones menciones a lo que se va a hacer en el Instituto Cervantes, Museo Reina Sofía, Museo del Prado, Sociedades Estatales, etc.; a que “la cultura, en el mercado, tiene frío”; a que  se tendrá “un afecto especial” para la industria del cine; a que se desea reducir el IVA de libros y CD (cosa esta última deseable, pero prácticamente imposible en el marco de la Unión Europea, mientras que no se dice nada del IVA que se aplica al teatro en España, sistema que las autoridades comunitarias, mire usted por dónde, vienen objetando desde hace años); a que habrá una Ley de Excepcionalidad Cultural que, aunque “no sólo afectará a los productos audiovisuales”, no genera otros comentarios que los referidos a los productos audiovisuales...

En definitiva, nuevamente una concepción fundamentalmente patrimonial, una crítica indefinida al tratamiento mercantil de la cultura, una clara orientación hacia la protección de las industrias culturales más consolidadas (cine, música y libro) y un sistemático olvido del teatro.

De acuerdo, hay en todas estas líneas mucha impaciencia, mucha paranoia, mucho canto plañidero de un sector que se empeña en compararse (en importancia y tratamiento) con las grandes industrias culturales, cuando no merece tal por su menor dimensión económica y relevancia social. Conviene, sin duda, ser más pacientes y más ecuánimes, dejar pasar tiempo, ver en qué se concretan las declaraciones, ponerse a la cola,...

Pero no es eso. Lo decisivo no es saber si este nuevo Gobierno va a hacer mucho o poco, bueno o malo, generoso o cicatero, en materia teatral. Lo decisivo es saber si este nuevo Gobierno cree o no que el teatro español tiene el talento, la fuerza y el potencial suficiente para ser un elemento relevante en la construcción de esa “sociedad tolerante, laica, culta y desarrollada” que con tanto entusiasmo se reclama.

Si cree que sí, habrá enviado una seña cultural y política de importancia no precisamente menor a la sociedad que lo ha de juzgar y habrá trazado una línea de demarcación de importancia aún mayor respecto del pasado.

Si cree que no, si cree que el teatro no puede ni debe sumarse al proyecto de edificar “un nuevo protagonismo ciudadano”, entonces quien tiene un problema intelectual, cultural y político no es sólo el teatro español, sino también el propio Gobierno.

 

Revista ADE-Teatro nº 101 (Julio-Septiembre 2004)

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