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Artículos y noticias

Las tropas bien, pero..., ¿qué hay del resto?

01 de Julio de 2004

 

Segunda carta que el ciudadano Manuel F. Vieites García remite al ciudadano J. L. Rodríguez Zapatero, en la que expone algunas consideraciones sobre la Educación  y la Cultura en España.

 

Hace unos días, en un mitin celebrado en la ciudad de Vigo, señalaba Usted, ciudadano presidente, que las tropas ya estaban en casa y se congratulaba por haber cumplido una promesa electoral. ¡Solo faltaría! Se trata de una de las promesas clave en su victoria electoral. El no cumplirla le habría privado del crédito que le otorgamos el catorce de marzo. Y digo “otorgamos”, porque muchas gentes de teatro le votaron, le hicieron campaña y pidieron el voto para Usted y su partido, tales eran las necesidades de regeneración e higiene en este país. Por eso, ahora, nos vemos obligados a mantenernos vigilantes para que no se produzcan los despropósitos de otras épocas en que se frustraron tantas ilusiones y utopías. No faltarán los que reclamen para Usted esos cien días de cortesía que el PP no le ha concedido en un comportamiento desleal e  indigno. Nuestro caso es diferente. Nos preocupan determinados gestos, determinadas decisiones que no auguran nada bueno y queremos decirlo. Es más, entendemos que es nuestra obligación. Callar sería hacernos cómplices de un fracaso que muchos le desean y vaticinan. Nosotros no. Le deseamos lo mejor, por el bien común, por el bien del arte, de la cultura, del teatro.

Se ha dado Usted cuenta, y muy pronto, de que cumplir esa promesa de retorno de las tropas era fundamental. Claro que sí, pero el regreso se vio turbado por una serie de actos, discursos y homenajes que no venían a cuento y que encogió el alma de algunos de sus votantes. Lo mismo ocurre con otras actuaciones de los suyos, y sobre todo con tanta declaración y aclaración, réplica y contrarréplica. La cuestión de número aplicada al género, por ejemplo. El asunto no radica en nombrar el mismo número de ministros que de ministras, sino poner al frente de los ministerios y departamentos varios a las mujeres más sabias y capaces. No se debe confundir la equiparación de géneros con el uso indiscriminado de flores, floreros y florones (en ellas y ellos). En esa dirección, el ejercicio del poder debería ir acompañado de tanta discreción como seriedad, dejando a un lado pulsiones varias que a menudo conducen a rectificaciones inmediatas o a polémicas innecesarias y estériles. El ejercicio del poder debe ser especialmente sensible en el caso de los inevitables ceses, procurando que la substitución de las personas se produzca con cordialidad y generosidad, ¡con urbanidad y educación!. Se trata de principios republicanos que Usted y alguna colaboradora suya han olvidado de buenas a primeras, lo que podría ser un indicio de que su apuesta por el republicanismo era poco sólida y que el poder, mal que nos pese, sí le podría llegar a cambiar.

La renuncia a nombrar a las más sabias y capaces en todos los casos ya se deja sentir en la marcha de los asuntos de la República, pues el alto grado de improvisación en campos trascendentales como la Educación o la Cultura demuestra no sólo que había poco programa sino que las personas al frente de los respectivos ministerios no se han tomado la molestia de actuar con la responsabilidad debida ni de informarse debidamente antes de anunciar determinadas medidas. ¿Cómo es posible que a estas alturas no sepan Ustedes qué hacer con la LOCE, cuando su obligación, su deber, era saberlo incluso en la época en que eran oposición? La convocatoria de un comité de debate en torno a la LOCE no debería haber impedido que el Gobierno, desde el primer momento, hiciese públicos los aspectos más importantes de su acción futura. De nada sirve que recurramos ahora a la vieja justificación de recordar la carrera universitaria de determinadas personas, como si la carrera docente o académica fuesen una garantía de excelencia en la gestión política.

Nos preocupa enormemente la Educación y la Cultura, ciudadano presidente, pues son pilares básicos para desarrollar el cambio que nos permita enfrentar con garantías de éxito la construcción de la República y de un mundo libre, justo y solidario. Son dos ámbitos de la acción política en los que los gobiernos tienen mayor margen de maniobra y en los que pueden mostrar y demostrar esa voluntad de transformación que Usted no cesa de proclamar, pero que no termina de substanciarse a través de la acción de gobierno. Y si todavía es pronto para mostrar hechos, se podría al menos mostrar el programa que pretenden aplicar, e iniciar ese desarrollo a través de la creación de equipos de trabajo con ideas y con la capacidad para implementarlas. Mas la ausencia notoria de ideas y de equipos en el campo específico de la cultura demuestra, por desgracia, las enormes carencias de un programa realizado con muy poco orden, dudoso concierto y escaso acierto, ajeno a cualquier consideración estratégica relacionada con ese ideal republicano que Usted, supuestamente, tanto valora.

En el campo de las Artes Escénicas causa estupor, dolor y vergüenza ajena la pobreza de los planteamientos esgrimidos por asesores y expertos, que demuestran una visión parcial, incompleta y sumamente reduccionista del mismo. Pero también muestran un cierto desconocimiento del mismo. Así, entre las 74 medidas que anunciaban en su día en el campo de la cultura, la número 25 hacía referencia a la elaboración casi inmediata de un “Plan Estatal de las Artes Escénicas” a partir del hecho de que supuestamente existe un borrador “que se encuentra prácticamente terminado”. El del Partido Popular, por cierto, con una clara deriva economicista impulsada por las productoras privadas. ¿De verdad se puede dar por terminado ese borrador? ¿Están hablando en serio? ¿Se puede hacer un Plan con un borrador? ¿De verdad creen que ese documento sirve, siquiera como borrador, para elaborar un Plan Estatal de las Artes Escénicas? Me imagino que se trata de un error de redacción, de un lapsus o incluso de una errata, porque de no ser así estaremos ante uno de los primeros despropósitos de su gobierno en el ámbito de la planificación cultural y puede afectar gravemente al desarrollo de las Artes Escénicas. En ese documento de las 74 medidas hay varias referencias a propuestas que se terminarían en el  “primer año de legislatura”, lo que muestra una cierta premura por hacer determinadas cosas que, sin embargo, exigirían poner en marcha más estrategias de debate y deliberación y un poco más de tiempo. Honestamente, se han dejado llevar por la razón instrumental y se han olvidado de la razón dialógica y de la razón crítica a las primeras de cambio. Debe Usted entender, ciudadano presidente, que ese tipo de conducta nos lleva a temer lo peor, y nuestra inquietud nace de nuestro compromiso crítico con un gobierno al que tenemos que exigir un cambio de rumbo en el modo de entender y hacer política. Porque en el fondo su victoria es, ante todo, nuestra victoria. No lo olvide.

Formular una medida como la número 21, “Creación y/o desarrollo del Currículo de Enseñanzas Artísticas”, supone incurrir, de entrada, en varios errores de concepto y redacción, lo cual no tiene justificación cuando pensamos que los programas los elaboran “expertos” de varios campos del saber, la educación y la cultura. ¿Qué expertos? ¿No sería mejor decir “plan de normativización y normalización de las enseñanzas artísticas”? Primero hay que hablar de “normativización” para determinar de qué enseñanzas hablamos, qué áreas de expresión consideramos, qué disciplinas y asignaturas académicas substantivas individualizamos y en qué niveles educativos las vamos a situar. Luego hay que diseñar un plan de “normalización”; es decir, un plan de implantación, desde la Educación Infantil a la Universidad, sin olvidar la necesidad de solucionar de una vez y para siempre la situación paradójica de las Escuelas Superiores y dotarlas de un marco institucional que permita el pleno desarrollo de todas sus potencialidades como centros de docencia e investigación. Y todo eso debe ir acompañado de la necesaria memoria económica, que permita su aplicación, pues sabemos que parte del fracaso de la LOGSE se debió a una financiación más que insuficiente. Pero igualmente grave resulta la formulación de unas “ideas fuerza” en las que late una pulsión crematística, e incluso populista, que resulta difícilmente justificable en un programa de progreso basado en principios republicanos.

Lo mismo podríamos decir de la formulación de principios como la “excepción cultural”, que no dejan de ser hermosas palabras fuera de contexto y carentes de sentido. Porque todo texto, todo discurso, requiere su contexto para resultar no sólo creíble o verosímil, sino posible. La “excepción cultural” de nada sirve si antes no se ponen en marcha planes específicos de fomento de la expresión, la creación, la difusión y la recepción cultural. Son cuatro procesos básicos pero fundamentales que hay que desarrollar en toda su complejidad para convertir el teatro, la música, la literatura, la televisión de calidad o el arte en elementos constitutivos del imaginario sociocultural de la ciudadanía, sin olvidar que también resulta igualmente necesaria la construcción y defensa de una nueva esfera pública y de una sociedad civil plural, solidaria y tolerante, asentada en una visión nueva de la ciudadanía, entendida desde la participación, el compromiso y la corresponsabilidad en la construcción republicana. Hay que comenzar a hablar, señor presidente y señora ministra, de los “no-públicos” que es tanto como hablar de “no-ciudadanos”, lo que es más grave todavía. Y todo ello implica hablar, siguiendo a Pierre Bourdieu, de “capital escolar”, de “capital cultural” o de “capital teatral”; implica diseñar, en suma, un verdadero programa de alfabetización cultural y teatral, ideas de las que hemos hablado en diversas ocasiones. Tiempo habrá después para la excepción cultural, pues la causa del teatro, o de la cultura, debe comenzarse por los cimientos, jamás por el tejado.

En el fondo, al considerar su programa de acción de gobierno en el ámbito de la Cultura, y más concretamente en el campo de las Artes Escénicas, nos encontramos ante un problema científico, pues en el diseño de las políticas culturales y en la planificación cultural también cabe tener en cuenta los grandes paradigmas cosmológicos que analizaba Mario Bunge en un trabajo reciente, Crisis y reconstrucción de la filosofía, y en el que apostaba decididamente por el sistemismo, un modelo que parte de la Teoría General de Sistemas y que puede tener especial relevancia en el estudio e interpretación del campo teatral y en el diseño de políticas culturales y/o teatrales. Y esa visión sistémica de la realidad, se puede y debe complementar con la “lógica de la complejidad” sobre la que Edgar Morin ha escrito interesantes ensayos, y con la teoría crítica de la modernidad que, frente a tirios y troyanos, sigue defendiendo Jürgen Habermas. Pero la esencia del problema consiste en establecer un modelo de cultura, lo que implica definir previamente un modelo de sociedad, para no correr el riesgo de reivindicar al mismo tiempo, y sin el menor asomo de arrobo, el patriotismo constitucional, con todo lo que eso implica, y la radicalidad conservadora de la involución posmoderna por la que tanto apostó en su día una ministra de cultura socialista, de cuyo nombre no he de acordarme (por más que quiera) y que formaba parte de su último equipo de expertos. Como señalaba Terry Eagleton en su iluminador trabajo, La idea de cultura, estamos ante un campo abonado de considerables y complicadas complejidades por lo que ni la improvisación ni la frivolidad parecen ser estrategias apropiadas en su consideración desde la esfera de la acción política.

Las tropas están en casa finalmente y la mayoría le manifiesta su aprobación por la palabra cumplida. Pero ahora queda todo lo demás, que no es poco. Ahora toca gobernar y en el gobierno de los teatros hay cosas que comienzan a preocupar y mucho. El caso del INAEM es sintomático y preocupante, por todo lo dicho y oído, pero sobre todo por lo que no ha sucedido, ni se ha visto ni se ha oído. La improvisación salta a la vista. La designación de José Antonio Campos como Director General, un funcionario de probada solvencia en la gestión pública, quizás sea la mejor salida ante la ausencia de personas e ideas, lo que reviste especial gravedad porque evidencia la falta de un programa vertebrador, estructural, sistémico. Su conocimiento del organismo autónomo incluso puede ser una forma de garantizar mayores dosis de diálogo y consenso ante los conflictos y problemas, de muy diverso orden, que se avecinan. Pero a día de hoy, cuatro de junio, el organigrama del INAEM está sin completar, lo que nos viene a indicar que aquellos equipos de sabios y expertos no hicieron los deberes, e incluso asistimos al esperpento de supuestos nombramientos alentados en los medios por algún propio y no pocos extraños. En este caso, los deberes consistirían en hacer las provisiones y previsiones necesarias para que un equipo de personas al frente del que se situó Usted, con la aspiración de ganar las elecciones, pudiese formar gobierno. Y cuando digo formar gobierno, hablo tanto de nombrar ministros y ministras como de crear equipos en todos los sectores y estructuras de la administración; equipos como el que nos gustaría ver al frente del INAEM y que ya no veremos, por mucho que se quiera hacer de la improvisación virtud. Los nombramientos llegarán, por supuesto, pero difícilmente contaremos con ese equipo cohesionado, sólido y con un proyecto propio, bien elaborado y estructurado, capaz de sentar las bases de un programa teatral que de una vez por todas sitúe a las artes escénicas en el mismo centro de la vida comunitaria, en un signo distintivo de la República. Esa improvisación puede llevar a que se aplique una política teatral conservadora.  Amigo presidente, Usted, pese a lo que diga en mítines y otras celebraciones, ha comenzado por hacer lo más fácil, por traer unas tropas que la mayoría quería en casa, pues sabía que la medida no le iba a suponer coste político alguno sino mucha admiración, incluso en el exterior. Ahora le queda lo más difícil; ahora tiene que gobernar y hacerlo para y con la ciudadanía. Ponga a sus ministros y ministras a trabajar; pídales que se olviden de la galería y de la clá y que se ocupen más de sus ideas que de sus ropajes, pamelas, aceites, pelucas, pucheros y abalorios; recuérdeles, en fin, que las ideas se muestran a través de la palabra y de la acción, lejos de los titulares. Y para terminar, dejaremos constancia, una vez más, de nuestra voluntad de trabajar por la causa común del teatro, desde el respeto y la colaboración leal, y de nuestra decisión firme de no sucumbir a silencios cómplices e irresponsables. Volveremos en otoño.

 

Revista ADE-Teatro nº 101 (Julio-Septiembre 2004)

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