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Artículos y noticias

El agrio aroma de la traición

01 de Julio de 2005

 

Por Laura Zubiarrain.

Hace unos días, un colega de una entidad de gestión cultural de las que existen en España, nos dijo sin ambages: "el Gobierno nos ha traicionado". En su opinión, las gentes de la cultura merecían ser tratadas de otro modo, con más respeto y consideración por parte del Gobierno. Pero ante todo debía haber respondido a las expectativas generadas en circunstancias tensas, cuando gran parte del mundo cultural se movilizó contra la guerra o mostró su desacuerdo con la opacidad y ausencia de iniciativas del ministerio del ramo en la pasada legislatura.

Todos creaíamos que iba a producirse un cambio de actitud, de comportamiento por parte de los responsables de los diferentes departamentos, que se generarían proyectos en el ámbito cultural y las líneas de acción, habría una participación activa de la sociedad civil cultural, etc. No ha sido así, más bien todo lo contrario, y el estupor nos invade día a día. En muy diferentes ámbitos de la cultura se repite con insistencia que parece que todos los enemigos se hayan reunido en el Ministerio de Cultura.

Quizás el Presidente del Gobierno esté mal informado, pero es cierto que las decisiones primeras fueron suyas. Ignoro si ha concedido el valor que tiene la declaración de editores y libreros pidiéndole que asuma las cuestiones de cultura y educación. ¿Se ha preguntado por qué? Sabe por ejemplo ¿cómo se han formado las comisiones que han dictaminado sobre el interés y proyectos merecedores de cooperación? Conocemos algunas y es sonrojante que se llame a "cualquiera", sin ninguna idea de lo que va a tratar, y que éste o ésta se permita emitir opiniones contundentes sin conocer el asunto al que se hace referencia. Nunca antes se había llegado a algo así.

La dimensión de este asunto es mucho mayor que la simple decepción y el escepticismo que cala en los sujetos culturales. Todo esto le pasará factura si no es capaz de corregirlo de inmediato. Lo sabemos por experiencia. La cuestión no consiste en recibir en la Moncloa a ilustres agentes culturales como Bisbal y adláteres, ni asistir a cenas frías con determinadas gentes que por el momento es mejor no citar para evitarnos el sonrojo, ni asistir al Festival de Mérida para que la cámara  lo recoja con propiedad. Todos sabemos que no tiene demasiado interés por la cultura, pero es obligación suya gobernar bien y cumplir las expectativas que abrió. Será una lástima que una vez más la cultura, no el espectacularismo, salga herida y maltratada de este envite y se engrose el número de quienes decidan no votar de una vez por todas.

Revista ADE-Teatro nº 106 (Julio-Septiembre 2005)

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