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Artículos y noticias

Las razones del otro

01 de Enero de 2005

 

Por Manuel F. Vieites.

En los últimos veinticinco años España ha vivido un indudable proceso de mejora, y con ella, con España, los pueblos, comunidades y lenguas que la conforman. Muy pocos países federales del universo mundo pueden ofrecer techos competenciales tan altos, como los que disfrutan nuestras comunidades autónomas, algunas incluso gozando de privilegios evidentes y sumamente rentables, de los que otras carecen, como fueros y conciertos, lo que no deja en muy buen lugar su idea de solidaridad y de convivencia armónica entre los pueblos. Con todo, la transformación ha sido evidente, en muchos casos inapelable.

Pero no es menos cierto que ese proceso de modernización ha ido acompañado de un proceso paralelo de involución en la conciencia democrática, lo que ha supuesto que, en no pocas ocasiones, el paso adelante fuese corregido con algunos pasos hacia atrás, y eso se deja ver también en el campo de las libertades individuales, en el derecho a la libre expresión o en el ejercicio libre del voto. En algunas comunidades incluso, la libre expresión es todavía un privilegio de unos pocos, de aquellos que tienen la capacidad de ordenar o recomendar la eliminación física, el asesinato en suma, del que abandona el rebaño o no lo sigue. Ante esa situación, un sector de la clase política está dando muestras de una considerable inmadurez y de una frivolidad sin límites. No pondré ejemplos por respeto a las personas implicadas y por evitar comparaciones que pueden resultar opinables y ofensivas, pero nuestra clase política debiera reflexionar seriamente sobre el sentido del ejercicio de la política, entendida ésta al menos como un acto de servicio a la ciudadanía.  

Una madre, de nombre Pilar Manjón, con la voz quebrada para siempre por la pérdida irreparable e injustificable de un hijo, ha sido quien ha puesto los puntos sobre las íes al preguntar a los parlamentarios y parlamentarias, a sus líderes, bufones y comparsas: "¿de qué se reían señorías?". El espectáculo que día a día nos ofrece la clase política es un síntoma de que en algunas cuestiones este país todavía está anclado en las estructuras del Antiguo Régimen. Cuando el debate parlamentario deja de ser debate y se convierte en un trajín de voces e insultos, de descalificaciones y bravatas, de chantajes y amenazas, queda muy poco margen para aquello que debiera ser: la deliberación. De ello escribía Adela Cortina este verano en El País, señalando las dificultades de llegar a convertir la deliberación en pauta de conducta cotidiana entre una ciudadanía que sólo lo será en tanto sea capaz de debatir, deliberar y consensuar. Entretanto seremos masa, una masa informe al frente de la que va una manada de borricos, los mismos borricos que jalean, patean, insultan y vociferan en el Congreso de los Diputados y Diputadas, en los Parlamentos Autonómicos, en las ruedas de prensa o en las comisiones de investigación, incluso en aquellas en las que se están analizando cuestiones tan graves como la venta de favores políticos o la pérdida de vidas humanas tras un atentado salvaje, como todos los atentados. Y entonces debemos reclamar nuestro derecho a vivir fuera del rebaño, y a que ese derecho se respete, se pueda ejercer y no se demonice.

En diciembre de 2004, el Partido Nacionalista Vasco, y sus socios de gobierno, conseguían aprobar los presupuestos de la comunidad autónoma gracias a un fallo en el dispositivo electrónico que habilita el ejercicio del voto de los parlamentarios y parlamentarias. La votación, a pesar del recuento visual de los votos de uno y otro signo, no se repitió, lo que dice muy poco de la voluntad democrática del Presidente de la Cámara, el Sr. Atucha.  La sonrisa abierta, ¡por una vez!, del Sr. Ibarreche y de su vicepresidenta, nos envolvía una y otra vez en la misma pregunta: ¿De que se reían? El hecho tiene una gravedad máxima porque estamos ante un auténtico pucherazo, que dice muy poco de las convicciones democráticas de un grupo de políticos que ahora amenazan con un referéndum. Al margen de las mentiras del Sr. Ibarreche, que afirmaba su voluntad firme y decidida de no apoyarse en los votos de los violentos, y ante una cuestión tan capital como la que se somete a referéndum, ¿está garantizada la limpieza del proceso y del recuento? Pero, además..., ¿cómo es posible hacer campaña política en una consulta tan trascendental y en una comunidad en la que los disidentes son aislados, tratados como escoria, insultados, y van acompañados de escolta policial para evitar que los pateen o "paseen", como en los peores tiempos de la dictadura franquista, como ocurría con los judíos en Europa Central o con las personas de color en los estados racistas del sur de los Estados Unidos? Pues yo también me he sentido judío, negro o ser inferior en Euzkadi, en más de una ocasión.

El Sr. Ibarreche habla de diálogo y se expone ante las cámaras para proclamar esa voluntad de hablar, y es entonces cuando su lenguaje corporal lo delata, porque su rostro, su cuerpo y sus manos ofrecen toda una riada de contenidos latentes y emergentes que asoman en sus gestos, mientras sus palabras articulan otros mensajes. Dice tender la mano, y dice "mano" en efecto, pero al hacerlo la palma de su mano no se abre sino que tras una breve apertura se contrae y en su gesto la palma se dobla hacia dentro, en tanto los codos se doblan y el tronco se echa hacia atrás, lo que implica que sus extremidades superiores se retraen, acompañando el alejamiento del tronco y su distancia con la cámara. Así, el sintagma "mano tendida" va acompañado de un mensaje corporal opuesto, como queriendo decir que el diálogo debe entenderse como una invitación a asumir sus posiciones. El Sr. Ibarreche no asume una posición corporal abierta, sino cerrada, pues su cuerpo, sentado en una silla con respaldo, se cierra como en un abrazo. Me reservo la idea que pueda tener de ese abrazo.

Argumentos para una crispación, que alientan unos y otros, los nacionalistas de uno y otro signo, que intentan sumarnos a sus rebaños, para aumentar la confrontación, para llegar tal vez a conflictos verdaderos y verdaderamente irresolubles. Y en estos momentos, no puedo evitar recordar aquella canción de Brassens, La mala reputación, que cantaba Paco Ibáñez y recuperaban Loquillo y Los Trogloditas hace años. Y decían: "En la fiesta nacional / yo me quedo en la cama igual / que la música militar / nunca me supo levantar". Ahora comprobamos que en realidad hay gente que flipa con la música militar, con las banderas, las fronteras, las fiestas y las selecciones nacionales. Como flipaba Franjo Tudjman el dictador croata colaborador en su tierna juventud de las fuerzas nazis, hasta que su sobresaliente capacidad de supervivencia lo llevó a sumarse a los partisanos de Tito. Sorprende, realmente, antes y ahora, el crédito concedido en su día a Tudjman, a quien tanto admiraba y jaleaba una buena parte de nuestros parroquianos esencialistas, en especial el hijo del requeté. No deja de ser un disparate que con todos los problemas que hay en la calle, en el barrio, en la empresa, en la ciudad, en el campo..., y que afectan gravemente a la calidad de vida de tantos ciudadanos y ciudadanas, a tantas personas que malviven en el umbral de la pobreza o en la más absoluta pobreza, un sector significativo de nuestra clase política se pierda en debates esencialistas propios del siglo XIX. Y ya no mentamos muchos otros problemas, los que viven la mayoría de los habitantes de este planeta. ¿Para qué...?           

No se trata de sembrar alarmas, como lo hace la oposición y la prensa irresponsable, la del sindicato del crimen y sus allegados, sobre todo aquella que callaba cuando Franco reinaba en sus redacciones, pero sí de considerar el punto en que nos encontramos para evitar aventuras que tal vez no tengan vuelta atrás, pues tan grave puede ser declarar el estado de excepción o suspender la autonomía vasca como insistir en una vía de libre asociación que parte literalmente el cuerpo social del País Vasco y lo divide en dos mitades, una de las que se condena inmediatamente al ostracismo o se invita a emigrar (y eso se llama, lisa y llanamente, movilidad étnica). Es posible, pero nada deseable, que todo esto desate una espiral de crispación y de violencia verbal que puede echar al garete todo lo que se ha conseguido en estos veinticinco años. Y en ese sentido, el Sr. Ibarreche es muy listo, buen aprendiz de hecho del jesuita hijo del requeté, y nos recuerda que para no resolver el problema a tortas, mejor dialogar siguiendo el gesto y la dirección de su mano, lo cual no deja de ser un chantaje que finaliza con un comentario, tan velado como alucinado, al uso de la violencia. ¡A tal grado de despropósito se ha llegado en el desvarío identitario! La nota cómica, y un tanto esperpéntica, la ponía el Sr. Carod Rovira, en plenas navidades, con su acto de desagravio al cava catalán y a los excelentes vinos que produce esa tierra, y que la gente sensata, y con el poder adquisitivo suficiente, ha seguido consumiendo con sumo placer.

Iniciamos así un año que, en lo político, va a resultar sumamente complejo y complicado y no estaría de más que la clase política aprendiese a vivenciar, como en el teatro, las razones del otro, lo que en el caso de las fuerzas nacionalistas de uno y otro signo implica abandonar el uso abusivo del nosotros, pensar el vosotros y entender el ellos. Hace muy bien José Luis Rodríguez Zapatero proponiendo diálogo y deliberación, y los dirigentes y militantes del nacionalismo vasco y sus allegados, en un ejercicio de cristiana humildad, también debieran hacer examen de conciencia, como manda su Santa Madre Iglesia y el Padre Ignacio, para ver hasta dónde han llegado con su Estatuto, que les sitúa en una relación prácticamente federal con el Estado, y todo lo que les ha aportado una Constitución que, con sus defectos, ha servido para transformar y modernizar España y a todas y cada una de las comunidades autónomas que la integran, pero sobre todo a Euzkadi, desde su economía al proceso de recuperación y normalización lingüística. Y tanto en tan poco, en veinticinco años. Ojalá la negación incomprensible de ese presente no suponga la destrucción del futuro de todas y todos: el suyo, el vuestro y el nuestro. ¡Máis sentidiño, please!

 

Revista ADE-Teatro nº 104 (Enero-Marzo 2005)

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