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Artículos y noticias

Como en tiempo pasado

01 de Enero de 2006

 

Por Juan Antonio Hormigón.

En el curso de mis investigaciones en torno a Valle-Inclán me he topado de forma accidental con el artículo de fondo del número 9 de la Revista Gallega (12 de mayo de 1895), que se publicaba en La Coruña en los amenes del siglo XIX. Su lectura me ha dejado perplejo. Las razones que allí se exponen me han producido cierta zozobra, porque son idénticas en gran parte a las que podemos aducir ahora. Ha pasado más de un siglo.

Ciertamente la situación general es muy distinta. Aquella España consumida por las guerras coloniales en el exterior y la atonía y la carencia de horizonte en el interior por lo que toca a sus estratos dirigentes, sucumbía asfixiada por el caciquismo y los fraudes electorales. No creo que exista ahora lo segundo, aunque padezcamos una ley electoral urgentemente mejorable, y lo primero, el caciquismo, no merece el nombre de tal dado que adopta formas y métodos más subterráneos.

Por lo que respecta sin embargo a la cuestión de fondo, las capacidades y condiciones de las gente que optan a los puestos destinados a la gobernación de la comunidad, diputados nacionales y provinciales, concejales, altos cargos de ministerios, diputaciones, ayuntamientos o entidades públicas, el análisis es pertinente en relación a muchos de los que hoy están investidos de tamaña «potestas» aunque estén horros de la más elemental «autoritas».

A lo largo de los últimos meses, desolado por la profunda decepción -seamos corteses-, que nos ha producido la gobierno presidido por el señor Rodríguez Zapatero en materia cultural, he pensado largamente sobre estas cuestiones. Es relativamente sencillo enunciarlas y constatarlas, ni tan siquiera existe ya el mínimo decoro por hacerlas menos visibles, pero encoge el ánimo sopesar su dificultosa corrección en los tiempos que corren.

Transcribimos casi en su totalidad el artículo y concluiré con un segundo comentario.

 

«[...] En España el sufragio universal solo existe en el nombre, y una presión superior a toda voluntad es la que induce a los pocos que todavía se acercan a las mesas electorales.

En esto de representantes del pueblo hemos ido retrocediendo hasta el punto de que un derecho, tal vez el más serio que en la vida ejercen los hombres, ha llegado a ser una especie de farsa incompatible con la dignidad.

Un tiempo hubo en que, según frase feliz de un célebre político, hacían falta hombres para los destinos, hoy se precisan destinos para los hombres, tantos son los que se consideran aptos para desempeñar el más elevado cargo que la suficiencia puede apetecer.

Y vemos que por semejante causa, en vez de tener en las casas del pueblo personas que sepan velar por los intereses que a su custodia les son confiados, acuden a los ayuntamientos a hacer política, a obtener favores para sí y para sus paniaguados, a acrecentar su influencia por medio de humillaciones y apostasías que reprueba toda conciencia honrada.

Ha pasado ya la época en que los electores rogaban con encarecimiento a los que querían encumbrar que aceptasen la representación que se les ofrecía, y costaba titánicos esfuerzos el decidir a los elegidos a que se sacrificasen por sus conciudadanos distrayendo, en bien de éstos, parte de las horas que necesitaban dedicar a sus trabajos. Ha pasado aquella época y ahora, por el contrario, vénse los electores asaltados noche y día por los que ambicionan el sentarse en las poltrocurules, rogándoles con toda clase de ruegos sus votos para vencer a sus rivales políticos, que a tanto ha llegado la inmoralidad y a tanto y tan bajo descendió el barómetro del decoro en esto de elecciones de todas clases.

De aquí el que al presente echemos muy de menos aquellos ministros de la Corona que al finalizar sus funciones de tales, se retiraban a sus casas rodeados de una aureola de probidad que hoy ha llegado a ser un mito.

De aquí el que al presente veamos desempeñando las direcciones generales y otros empleos de confianza y de categoría, a personas cuyo mérito no se basa en sus aptitudes sino en el servilismo del que han sabido hacer escala y por ella ascender hasta alcanzar el logro de sus codicias. [...]

Y de aquí, finalmente, el que el más negado de los ciudadanos presuma tener sabiduría suficiente para regir los destinos de la nación y de una comarca con el cargo de diputados a Cortes o provinciales, o el de concejales en el municipio que más problemas tenga que resolver y para los cuales se necesitan un tacto especial y una superior inteligencia.

Y todos se sacrifican.

Y ninguno puede con el peso de su trabajo.

Y todos reniegan de la labor que les abruma.

Y ninguno, en beneficio del pueblo, tiene tiempo ni aun para respirar.

¡Oh, amor patrio!

¡Oh abnegación sublime que así obliga a los hombres a abdicar sus intereses a favor de los que sienten verdadera necesidad de paz, de justicia, de moralidad!...

Y no es esto lo peor de lo que les sucede a aquellos mártires.

¡El pueblo ingrato no agradece su sacrificio!

¿Habráse visto cosa igual? Pues a pesar de todo, no bien se inicia el periodo electoral, ved a los candidatos no darse punto de reposo para reunir votos; vedlos ir de casa en casa solicitando la aquiescencia de amigos y conocidos, y admiradlos ansiosos de continuar sacrificándose repetimos, en beneficio de sus conciudadanos.

[...]

La relajación política que todo lo corrompe y contamina, que todo lo desnaturaliza y prostituye, retrae a los hombres que tienen algo que perder, de ejercitar sus derechos, esos derechos inherentes en todo individuo nacido en un país que se rige por las leyes calcadas en la democracia.

Ante tal retraimiento únicamente toman parte activa en las contiendas electorales los agitadores de oficio por aquello de que: a río revuelto, etcétera; y hacen hincapié para la satisfacción de sus ardientes y egoístas anhelos, en la bonhomie y en la pasividad de los que sienten repulsión de entrar en luchas en las que los que acuden de buena fe llevan la peor parte; la parte que corresponde al que le toca pagar los vidrios rotos.

Necesítase por lo tanto, una saludable reacción, y que los hombres de bien se impongan a los que no lo son, e importa que el reinado de la razón recupere los prestigios que ha ido perdiendo paso a paso; que si dejamos seguir entronizados a los revoltosos de todos los matices políticos, día llegará en el que no habrá ni un solo ciudadano honrado que esté conforme con su tranquilidad, que se acerque a las urnas a depositar en ellas los nombres de las personas que deban asumir en sí la representación popular.

[...]

Venga, pues, la reacción para que la confianza adquiera su justo predominio, pero venga por medio de la persuasión y el convencimiento de que todos estamos obligados, a medida de nuestras fuerzas, a contribuir al buen gobierno de nuestro país que pierde su crédito debido a la malicia de los unos y a la pasividad de los otros.

Para conseguir este objeto es necesario que el pueblo responda a la capción y al soborno rechazándolos con inquebrantable energía; es necesario que se compenetre de su autonomía, es necesario que haga práctico un sufragio que si le fue concedido con determinadas restricciones mentales, debe tomarlo como real y efectivo [...]»

 

Coda

Quisiera resumir a modo de coda algunas de las cuestiones que considero nos asuelan en nuestro presente cultural.

La primera es la falta de correlación entre las siglas de los partidos y los personajes que las representan en un lugar concreto. Con frecuencia observamos que muchos de quienes aparecen en puestos de responsabilidad en nombre del PSOE, tienen criterios de actuación propios de la derecha más obtusa y del neoliberalismo más estricto. Por el contrario algunos de los situados en la órbita del PP, mantienen posiciones mucho más abiertas y constructivas, con mayor consideración por el sentido de la cultura como patrimonio y bien público, con actitudes más respetuosas hacia los sujetos culturales. Esta contradicción se da con mayor frecuencia de lo que sería deseable, hasta el punto de que las más veces las siglas ya no reprensentan nada y debemos atender a lo que cada persona que ocupa un cargo formula, propone y desarrolla.

Sería injusto no reconocer que hay socialistas que se comportan como tales en este terreno y otros del PP que exprimen a su vez sus mejores esencias conservadoras, cuando no abiertamente reaccionarias en la materia. Sin embargo, aun en estos casos, los comportamientos de unos y otros entre los que se agrupan en la misma formación, pueden ser francamente dispares. Por ejemplo, no es raro observar como tras unas elecciones en que triunfan las mismas siglas que gobernaban, el nuevo equipo de cultura se afana por hacer lo contrario que el anterior e incluso por destruir sañudamente lo que pudo llevar a cabo.

Obviamente estas actitudes erráticas responden ante todo a una falta de coherencia ideológica entre los integrantes de una formación. Para ellos, un partido político es simplemente un club clientelar para la ocupación de cargos públicos. A la vez puede constatarse igualmente la inexistencia de un programa de acción común. Los ciudadanos se sentirían más confortables si pudieran vislumbrar que las convicciones de los políticos y la fidelidad programática generan comportamientos coherentes, en lugar de ese habitual repertorio de caprichos arbitrarios que se ocultan tras un rostro siempre sonriente, dispuesto a rasgarse las vestiduras en loor del club pero por ninguna convicción.

La segunda de las cuestiones se refiere a la competencia que demuestran los ocupantes de cargos públicos, electos o por designación, en el ejercicio de sus funciones. El análisis de todo ello nos llevaría muchas páginas y la casuística es amplia, quizás inacabable. Por ello me limitaré a decir que la sustitución de la política por la publicidad en las ofertas electorales, nos ha conducido a una situación extrema. Ya no importa la condición, los conocimientos, la capacidad del candidato para el desempeño de sus funciones, lo que cuenta es su apariencia. Como no va a tener que aplicar un programa fundamentado en planteamientos ideológicos sino crear imagen, hacer que escucha y ver si alguna idea de las que se lanzan conviene a sus intereses, cualquiera que no tenga demasiados principios puede aprovechar la coyuntura que el amigo/a le propone.

Por supuesto y concluyo por el momento, poco de todo esto se observa en aquellos ministerios, funciones o tareas que el sistema entiende como serios: economía, interior, justicia, hacienda, industria, asuntos exteriores, etc. ¿Pero qué es la cultura para ellos sino un adorno? Un banderín de enganche para gentes dispuestas a movilizarse con cierta rapidez, que pueden servir en ocasiones los intereses de unos u otros, sin propuestas programáticas tampoco y con demasiada propensión a ir a beber a las fuentes de quienes ocupan accidentalmente los cargos de responsabilidad gubernativa. Una cosa es llegar a acuerdos programáticos y otra aceptar la beneficencia.

¿No es desolador que haya transcurrido más de un siglo desde aquel editorial de la Revista Gallega, y tengamos que hablar de estas cosas en términos casi idénticos?

 

Revista ADE-Teatro nº 109 (Enero-Marzo 2006)

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