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Artículos y noticias

Vocerío desmesurado

01 de Noviembre de 2007

 

Por Laura Zubiarrain.

No nos hemos prodigado desde estas páginas en alabanzas al Presidente del Gobierno por lo que ha hecho en el terreno de la cultura. La atonía y dislate que hemos vivido va desde el absurdo a cosas peores. Podemos disentir de algunos de sus pronunciamientos y actitudes, ¿Por qué no? Pero no se ha arrastrado ante la actual administración estadounidense, ni ha metido a España en una guerra de agresión, ni ha provocado el sentimiento de indignidad que se produjo anteriormente.

Por eso no es aceptable que en el día de la Fiesta Nacional se oyeran pitos y abucheos cuando acompañaba al Jefe del Estado junto a los Presidentes del Congreso de los Diputados y del Senado, a depositar una corona de laurel en homenaje a los soldados muertos en misiones en el exterior, todo ello antes del inicio del desfile de las Fuerzas Armadas. Pertenezco al segmento de españoles que piensan que nuestros soldados no deberían estar mezclados en desempeños de oscura fundamentación, dígase lo que se diga y se aluda a avales internacionales. Pero en aquel momento quienes caminaban hacia el mástil con la enseña nacional eran las más altas instancias del Estado, lo cual unido a la ocasión, el momento y el lugar, lleva a pensar que los cálculos de quienes los provocan producen situaciones reprobables.

También hubo gritos pidiendo la dimisión del presidente, lo cual resulta particularmente incomprensible. ¿Dimitir, por qué? La dimisión de un presidente o de un alto cargo no es una broma ni un hecho casual y debe estar fundamentado. El que deseemos que en todas las Comunidades autónomas de España se respete por igual la Constitución por todos los ciudadanos, pongamos por ejemplo, no legitima actitudes tan desmesuradas.

El problema que trasluce este tipo de reacciones es que quienes así hacen tienen un débil sentido de la democracia y sus mecanismos. Más aún, parecen no tener ninguno y mostrar una ensoñación franquista pertinaz. Sería mejor que lo dijeran a las claras, que defendieran sus posturas y concurrieran a las elecciones; un golpe de Estado que a algunos de ellos satisfaría está crudo, imposible e impensable.

Este juego de invectivas callejeras no conduce a ningún sitio y tan sólo causa estupor en buena parte de la ciudadanía, o algo peor. Como dijimos aquí no ha mucho, Rajoy como dirigente de la segunda formación política de nuestro país en número de votos, haría bien en distanciarse con claridad de estos grupos y de sus agitadores mediáticos. Se juega en ello la credibilidad ante la ciudanía democrática, en cuanto a su ponderación constructiva y su sentido de Estado.

Lamentablemente la resaca de aquel alarde estúpido del "¡Váyase, señor Gonzalez!", parece que sigue viva en ciertos reductos del PP. Recuerdo que un cargo público de dicha formación, me dijo con aire de pesadumbre en aquel entonces: "Estábamos trabajando en un proyecto político que planteara una alternativa bien articulada al programa del PSOE, entonces llegó Pedro Arriola y se inventó el "¡Váyase...!. Estos (Aznar y su entorno), se olvidaron de inmediato de hacer política y se dedicaron a machacar con la frasecita y a opinar que todo vale". Esta persona, un hombre formado en Gran Bretaña, excelente profesional y persona, culto, ponderado y de gran civilidad, abierto al diálogo, abandonó poco después la política, no sé si el partido.

Estoy convencida de que existe un centroderecha así en el Partido Popular, abierto, ecuánime y constructivo, que suda la gota gorda con estas manisfestaciones extremistas, no sólo por su radicalismo sino por resultar inútiles o, aún peor, negativas desde el punto de vista electoral. Lo sé porque conozco a alguno de ellos y puedo mantener conversaciones sensatas y positivas sobre diferentes cuestiones. Pero es un sector con poca visibilidad, al que le escatiman la presencia y que puede ser insultado con saña por los extremistas mediáticos.

El caso es que necesitamos un Partido Popular que proponga alternativas constructivas a la gobernación, que sea creíble para el conjunto de la ciudadanía, que no dé miedo, que ejerza un control del gobierno si está en la oposición sobre cuestiones de fondo y sin descalificaciones primarias y no pocas veces procaces, o que gobierne con esmero y ponderación.

Nuestra democracia está diseñada así porque así lo han dispuesto los votos y ese sí que es un problema cierto: en tanto no se reforme la Ley electoral y formaciones como Izquierda Unida no tengan los escaños que les debieran corresponder por los votos que obtienen, mientras otros con la cuarta parte tienen el doble de diputados, seguiremos padeciendo una situación en la que menudean los chantajes. Esta sí es una cuestión de fondo a la que nadie parece que le quiera hincar el diente. Pero fiar en los abucheos y los pitidos el día de la Fiesta Nacional para hacer política, es un despropósito que en nada les ayuda a ellos y en nada refuerza los valores democráticos de la Constitución.

 

Revista ADE-Teatro nº 118 (Noviembre-Diciembre 2007)

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