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Artículos y noticias

La idea de teatro y el camino del guerrero

01 de Octubre de 2007

 

Por Manuel F. Vieites.

Los cambios que se han producido en el Gobierno del Estado, y en el Ministerio de Cultura y el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, están marcando el inicio del nuevo curso político, caracterizado por la brevedad. En estos momentos los responsables actuales del Ministerio, y de sus departamentos, están intentando paliar el desastre anunciado, ¡y finalmente consumado!, pero el tiempo disponible, más allá de la emisión de gestos o de la búsqueda de complicidades, es escaso; la campaña electoral acaba de comenzar. En pocos meses (tal vez días) seremos convocados a un proceso electoral para configurar un nuevo Parlamento que, en su día, habrá de designar un nuevo gobierno.

Pero antes de que llegue el día de la votación, los partidos políticos debieran, en buena lógica, trasladar a la ciudadanía sus programas de gobierno al objeto de que cada quien, más allá de sus filias y fobias, pueda obrar en consecuencia con sus expectativas, deseos o intereses [¡y con su voto!, ese preciado objeto de deseo en épocas de caza de sinecuras]. A pesar del escaso valor que se le concede a los programas electorales (y mucha culpa la tiene una clase política poco dada a difundirlos, comentarlos, debatirlos, implementarlos y finalmente evaluarlos), nosotros no dejaremos de señalar líneas de actuación que consideramos prioritarias en una acción de gobierno orientada al pleno desarrollo de lo que venimos denominando campo o sistema teatral. Lo haremos en nuestro próximo número, en un monográfico dedicado a las políticas culturales y teatrales en el que también señalaremos un conjunto de medidas urgentes para la activación de ese proceso de arreglo y amejoramiento de los teatros en España.            

Alguien se podría preguntar cómo es posible que desde una revista, determinadas personas propongan un programa de acción de gobierno en un campo específico, cuando es muy probable que entre sus lectores y lectoras existan las más diversas tendencias y opciones, y no sólo de carácter profesional o artístico. La clave está en obrar con rigor, responsabilidad y lealtad, y en esa dirección nuestras lealtades están y estarán con la cosa que denominamos teatro, y las medidas que se propondrán no tienen otra finalidad que lograr la plena regularización del sistema teatral, con todos sus elementos, estructuras y funciones. Un teatro para todas y para todos, con todas y con todos.

José Ortega y Gasset fue uno de los primeros en proponer preguntas substantivas en torno a esa cosa que denominamos teatro y en su conocido estudio, Idea del teatro, ya planteaba la necesidad de entender el campo desde una lógica compleja, porque el teatro es, en efecto, un campo de creación, comunicación, recepción, formación o reflexión con una notable espesura de densas capas, y muy heterogéneo en sus manifestaciones. Por eso, cuando decidimos proponer una idea de teatro, nos situamos al abrigo de dos paradigmas de estudio de lo real que nos permiten dar cuenta de esa realidad con una cierta objetividad: el pensamiento complejo y la teoría general de sistemas. Se trata de evitar dos peligros evidentes: la subjetividad del que observa y describe, y la parcialidad del que siempre tiene intereses (legítimos o espurios). Porque, como relatores de relatos sobre la realidad, debemos evitar el riesgo de concebirlos y desarrollarlos en función de nuestras propias expectativas o de nuestros intereses particulares. Esto no siempre es posible, por lo que la perspectiva adoptada debe ayudarnos a superar la subjetividad siempre presente en todo relato personal.

Como antes decíamos, un programa de acción de gobierno en el campo de lo teatral debe estar orientado al pleno desarrollo de ese campo en todos y cada uno de sus ámbitos. Y por eso, en su día, la ADE, con la cooperación generosa de AISGE, presentó unas bases para un proyecto de Ley de teatro. Las razones eran obvias y no tiene sentido insistir en lo publicado o en lo trasladado a las instancias oportunas. Tan sólo cabe señalar que en nuestra apuesta por una Ley se formula un deseo de regular y reglamentar, para que nada quede al arbitrio de nada ni de nadie, para que las cosas no se hagan porque sí o porque alguien así lo decide, y para que se hagan muchas más cosas pero no de cualquier forma ni a cualquier precio. Una Ley tiene la virtud de regular, de fijar, incluso de limpiar (¡que buena falta hace!). Una Ley evita que se cometan atropellos permanentes contra la ciudadanía, como los sueldos de alcaldes y alcaldesas, o de presidentes de diputación, que alcanzan cifras de verdadero escándalo (y así ocurre en Barcelona, Lérida, Vizcaya, Palencia, Tarragona, Gerona…). Con tal motivo, y otros que se callan, todas esas personas, con sus partidos (de todos los colores, lenguas, banderas, himnos e identidades), reniegan de cualquier posibilidad de regular esos sueldos, porque al marcar límites desaparece el beneficio y, como muestran sus dichos y actos, están a lo que están.

Esas mismas personas, con sus partidos, reniegan de cualquier posibilidad de regular porque lo regulado por Ley se convierte en derecho, o en deber, y pierde la categoría de prebenda. Por eso, muchas de las razones que se esgrimen para no dar curso a una propuesta de Ley de teatro son excusas, sobre todo aquellas que se escudan en la estructura autonómica, en la práctica federal, del Estado y en que las competencias estás transferidas. No se entienden, porque no se explicitan ni justifican, las objeciones de quienes ven en nuestra propuesta un atentado contra el traspaso de competencias, porque legislar sobre las funciones que deben cumplir los edificios teatrales de titularidad pública no conoce lenguas ni identidades, pero sí conoce ideologías, y en el terreno de las ideologías es curioso constatar como unos y otros apuestan por el mismo modelo, el de las industrias culturales (en la más pura ortodoxia neoliberal). Lo cual nos deja perplejos porque el teatro, como mostraban William J. Baumol y William G. Bowen, en una aplicación aséptica del método científico, no se puede definir, por sus características, como industria cultural.

Una Ley no ataca las competencias sino que las refuerza, porque confiere al político o al gestor responsable, al buen gobernante en suma, mucha mayor capacidad de actuación y de intervención en su territorio, porque le invita a ponerla en marcha y a cumplirla. Pensemos, por ejemplo, en esa idea de que los teatros, como sucede en Europa, se conviertan en centros de producción y en plataformas para una nueva forma de difusión. Eso implica dotar de nueva vida a un importante número de teatros en los puntos más insospechados de la geografía peninsular. Implica generar nuevas dinámicas de relación entre los creadores y los públicos en cada espacio concreto, crear un importante número de puestos de trabajo (no sólo para los creadores, sino también para los técnicos del espectáculo, los animadores culturales…), y favorecer la constitución de pequeñas y medianas empresas a nivel local. Y todo ello impulsando una verdadera descentralización, promoviendo políticas de proximidad, fomentando una necesaria colaboración institucional (ayuntamientos, diputaciones, comunidades autónomas…), o combatiendo líneas de actuación que aspiran a monopolizar la creación y la difusión de productos culturales.

Precisamente, una de las cuestiones que más preocupó y ocupó a los redactores de la propuesta en la ADE y en AISGE fue la no intromisión en las competencias de las comunidades autónomas, y la consideración de la misma como un proyecto común, en el que debieran participar el gobierno central, las comunidades autónomas y la administración local. Por eso, desde estas páginas se insiste tanto en la necesidad de un Pacto por el Teatro y de un Pacto por la Cultura.

En esa misma línea, en el Preámbulo de nuestro proyecto se insistía en la necesidad de reformular todo el campo de las enseñanzas artísticas, en particular las superiores, pues viene al caso decir que en estos momentos, con la LOE en la mano, el Gobierno de España incumple, de forma palmaria, lo que se establece en las normativas que desarrollan el Espacio Europeo de Educación Superior. Y eso afecta por igual a los catalanes y catalanas, a los vascos y vascas…, o a los hombres y mujeres que habitan el núcleo de población denominado Vigo de Lorbé.

Poco diremos del Plan de Teatro, el documento durmiente que se rescató a última hora desde el INAEM. Pero afirmamos que, más allá de sus aciertos y desaciertos (que de todo hay), el Plan General del Teatro sí es un documento del Partido Popular, pues se trata de una propuesta desarrollada por un gobierno de José María Aznar y colaboradores; cooperantes entre los que están quienes desempeñaron responsabilidades en el Ministerio y en el INAEM y quienes colaboraron activamente en comisiones y grupos de trabajo (incluso con un trabajo previo de la FAES de por medio). A todos ellos debemos sumar los cooperantes que provenían de otras administraciones y asociaciones. Un documento que, en efecto, bebe en las fuentes de aquel estudio firmado por Eduardo Galán y Juan Carlos Pérez de la Fuente, con prólogo de José María Aznar y editado por la fundación "neocon" española. Presentar ahora el Plan como la gran novedad, o como la mágica propuesta programática del Partido Socialista, no deja de ser un despropósito, si bien tampoco nos extrañamos ante tamaña barbaridad (o insensatez) si pensamos que en los últimos tres años de gobierno del Partido Socialista el INAEM estuvo en manos de fuerzas sumamente conservadoras. Y por eso, precisamente, parece que se recupera el Plan, a última hora. Claro que también cabría pensar que los abonados al “global entryism” optasen por una recuperación acelerada del Plan para, de forma premeditada, invalidar otras opciones, sobre todo cuando el INAEM manifestó en su día muy poco interés por el Plan General.            

Los libros que Carlos Castaneda escribió a lo largo de una década suponen, en buena medida, una descripción novelada de viejos ritos de iniciación de los indios chiricahua, tarahumara o yaqui, que comparten la importancia del viaje iniciático al interior de uno mismo para tomar conciencia del yo y del camino que habrá de emprender ese yo revelado, intuido o desvelado. En todos esos textos se recogen aforismos, proverbios y máximas de lo que podríamos denominar pensamiento mágico o místico y que comparten un buen número de religiones, sean monoteístas, no teístas o panteístas. También se recogen ideas de prácticas diversas que, de una forma u otra, se vinculan con esas creencias religiosas, desde las artes marciales a la meditación, sin olvidar, por supuesto, todo lo que se escribe en torno al arte de la guerra, el bushido o monasterios célebres. Y en todos ellos se destaca la idea del “guerrero” como la persona que sabe atemperar y armonizar sus impulsos, que asume valores como la cortesía, el honor, la rectitud, la nobleza, la justicia o el deber.

Esa suma de conceptos y proverbios, tomados en su mayoría de filosofías muy heterogéneas, constituye la esencia de un volumen escrito como glosa a todo lo que, en apariencia, Don Juan habría transmitido a su discípulo Carlos en el desierto de Sonora. El libro, de Bernard Dubant y Michel Marguerie, se titula precisamente El camino del guerrero, y contiene capítulos que analizan ideas como “historia personal”, “importancia”, “responsabilidad”, “impecabilidad”, “poder”, “camino con corazón”, “reto” o “voluntad”; todas remiten a cualidades, valores o conductas que muestran un modo de ser y estar en el mundo. Cualidades, valores o conductas que, más allá de la retórica redentora o psicotrópica, tienen cada día más trascendencia en un mundo dominado por la estulticia y abocado a la barbarie, y que pueden tener además una cierta relevancia en nuestra actividad diaria.

Como en todo, ideas tan valiosas provocan usos y abusos. Hay personas dispuestas a recitar las ideas contenidas en volúmenes como El arte de la guerra o El libro de los cinco anillos sin asumir que el “camino del guerrero”, en última instancia, debiera conducir a la paz interior, pues nada tiene que ver con la trayectoria de gentes que buscan desarrollar su historia personal (“trepar”) o afianzar su propia importancia (“mandar”), con estrategias personales o corporativas que buscan el beneficio personal (“complemento de destino de por vida”) o la derrota del otro (“lo divergente”). El tener frente al ser, que diría, todavía hoy, Erich Fromm (Escuela de Frankfurt).

En esa dirección, creo que en nuestras propuestas hemos intentado ser “impecables”, porque hemos renunciado a nuestras historias e intereses personales para alentar una idea de teatro que permita que este arte milenario siga ocupando el centro de la vida de la comunidad, para que este arte milenario siga potenciando la vida de la comunidad y en comunidad. Una idea de teatro abierta, plural e incluyente, para que todas y todos nos veamos reconocidos en ella. Y seguiremos haciendo la senda que hemos elegido; sin obsesiones, sin angustias, elaborando sueños con el necesario desapego, y siempre con el corazón…, cual guerreros.

Y en eso estamos, esperando que el buen gobierno tome la senda del TEATRO.

 

Revista ADE-Teatro nº 117 (Octubre 2007)

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