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Artículos y noticias

Las grandes falacias

01 de Julio de 2007

 

 

Por Laura Zubiarrain.

Durante siglos la Iglesia católica impuso su pensamiento como único, era la poseedora de la verdad, de los principios morales y convertía las transgresiones a sus normas en delitos que podían acabar con la ejecución del díscolo por medios varios, el más violento, la hoguera, y después el estrangulamiento, manteniendo la primera sólo para los que no confesaban. El hereje fue para ella el mayor delincuente social, y era ella quien establecÍa la condición de tal. No son historias tan antiguas, el último Auto de fe se celebró en España en el siglo XVIII, pero la Inquisición persiguió y encarceló en algunos casos a Pablo de Olavide, Tomás de Iriarte y su hermano Bernardo, Cabarrús, a Moratín, a Goya, a Marchena y tantos otros del periodo ilustrado. Su último crimen fue el asesinato del maestro de escuela Cayetano Ripoll, que se había declarado deísta naturalista.

Durante siglos la Iglesia católica impuso de forma absoluta e incotrovertible su noción del mundo, del sentido de la existencia, de la moral pública y privada, del ejercicio de la justicia. Sembró el miedo en las conciencias, las forjó a la medida de sus intereses y persiguió y aplastó a quienes se resistieron. Prohibió las actitudes críticas, creó un férreo sistema censor que determinaba lo que se podía leer, lo que se podía ver, lo que se podía escuchar, lo que se podía pensar. La Inquisición fue creada por la Iglesia en connivencia con el poder políticO, quizás haya que recordarlo ahora una vez a quienes pretenden una práctica inquisitorial y se la atribuyen a los otros.

Hubo Inquisiciones en muchos países de Europa pero en España permaneció más que en ningún otro, hasta bien entrado el siglo XIX. Paulatinamente dejó de ocuparse de supuestos delitos dontra la fe e incluso la moral, para reprimir motivos ideológicos y políticos. La tentación por proseguir con los métodos inquisitoriales es todavía palpable en algunos sectores de la vida social. Se puede encausar mediante la delación anónima, el acusador y el juez son la misma persona, el acusado desconoce los cargos que se le imputan, se busca la confesión mediante la tortura, etc. Esta institución abyecta y maligna impregnó posteriormente formas de actuación contra todo aquello que pudiera perturbar su poder, alcanzando durante el franquismo cotas inusitadas de perversidad.

Con estos antecedentes enunciados de forma sintética, causa vergüenza ajena oír al portavoz de la Conferencia Episcopal Española atacando a la nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, acusándola de pretender controlar las conciencias y llamando a sus incondicionales a la rebelión para impedir que se implante, utilizando todos los recursos a su alcance -legales, eso sí- para combatirla. Es verdaderamente sorprendente la desmemoria de que hacen gala estos caballeros, desmemoria y cinismo claro está.

En la grave situación de carencia de valores positivos que asuela a muchos de los adolescentes y jóvenes españoles, es incluso débil esta acción para que adquieran unos conocimientos básicos de lo que es democracia y convivencia, del sentido y límites de la libertad que llega a donde es agresión al otro -habituados históricamente a la intolerancia y la agresión, ellos no suelen practicarlos ni aceptarlos-. También es lógico que se familiaricen con los contenidos de nuestra Constitución, para que conozcan sus derechos y deberes y puedan saber de sus obligaciones cívicas pero igualmente defenderse de los atropellos. En definitiva lograr que nuestros jóvenes adquieran la formación necesaria para ser ciudadanos responsables con todo lo que ello implica, sería toda una conquista para la sociedad española.

En la casi totalidad de países de Europa existen asignaturas similares, incluidas en el currículo académico. Los horarios son ligeramente distintos entre unos y otros, pero aparece en los planes de estudio de Austria, Dinamarca, Bélgica, Francia, Irlanda del Norte, Grecia, Bulgaria, Portugal, Malta, Chipre, Suecia, República Checa, Alemania, Irlanda, Luxemburgo, Gran Bretaña, Hungría, Países Bajos, Polonia, Eslovenia, Eslovaquia, Finlandia, Gales, Liechtenstein e Islandia. ¿Por qué la Conferencia Episcopal Española y sus voceros mediáticos, tan grandilocuentes y disparatados hasta lo grotesco, pretenden presentar como algo coactivo lo que viene a ser todo lo contrario? Quizás porque carecen de respeto hacia el otro, hacia el que no es como ellos. En segundo lugar porque tras el subterfugio de la conciencia emerge la cerviz reaccionaria de antaño y su defensa de la enseñanza como negocio, al que han sido muy aficionados y a cuya conservación se agarran con uñas y dientes. ¿Cómo es posible que piensen que la ciudadanía es necia y va a dejarse arrastrar por estas añagazas vociferantes o de blandura eunucoide según los casos?

Lo que precisamos con urgencia es la separación entre el poder político y las entidades religiosas, que se viene reclamando desde la Ilustración. Por eso el Estado debe ser láico y aconfesional para que todos quepan: los creyentes, sea cual sea su confesión propia, y los agnósticos, indiferentes o ateos, porque todos son ciudadanos e iguales en derechos y deberes ante la Ley. Pero además para que los asuntos públicos y generales para la ciudadanía no se confundan por más tiempo con la esfera privada que es la que corresponde a las prácticas religiosas. Si España siguiera bajo la férula de que disfrutaron ellos durante siglos, yo no hubiera podido escribir esto. ¡Basta ya de falacias!

 

Revista ADE-Teatro nº 116 (Julio-Septiembre 2007)

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