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Artículos y noticias

¡Es la foto, estúpido! Carta a un diputado socialista

01 de Abril de 2007

 

Por Manuel F. Vieites.

La legislatura, querido amigo, inicia su último tramo, y ahora que ya nos queda tan poco tiempo, aumenta la frustración de todas aquellas personas que teníamos fundadas esperanzas de que a lo largo de sus cuatro años se iniciaría un proceso de transformación en algunos ámbitos de la educación y la cultura. Hablo de campos, sobre todo el cultural, en los que se pueden implementar muchas políticas, con pocos costes electorales y con muchos beneficios sociales, e incluso económicos, en tanto la creación y la difusión cultural, o la formación para la creación y la difusión, también generan bienestar, riqueza y puestos de trabajo. En los últimos tres años se han hecho diferentes propuestas, siempre razonadas y razonables, para la mejora del sistema teatral, pero ninguna de ellas, más allá de las buenas palabras, ha merecido la más mínima atención por vuestra parte, al menos en el plano legislativo.

Entenderás entonces la profunda desazón que me provoca el hecho de que haya sido el Partido Popular quien decida presentar en Cortes una propuesta en torno a una posible Ley del Teatro. Pero esa desazón, por no haber sido nosotros los responsables de la iniciativa, no me impide reconocer y aplaudir el gesto del Partido Popular, que, cuando menos, servirá para que en sede parlamentaria se hable y se debata en torno a la posibilidad de una Ley del Teatro, en torno a la necesidad de crear normativas para el fomento y la regularización del sistema teatral. Dudo que esa iniciativa tenga, a estas alturas, consecuencias en el plano legislativo, porque no es esa una cuestión que ocupe o preocupe al Ministerio de Cultura, pero es posible que, cuando menos, provoque la solicitud de comparecencias e informes de personas conocedoras del tema, todo lo que debiera servir para potenciar el intercambio de ideas en torno a una cuestión trascendental en la promoción y proyección de las artes escénicas. Por ello, como decía, la decisión del Partido Popular merece nuestro aplauso, nuestro reconocimiento y nuestro agradecimiento. Y desde aquí quiero desear que esa iniciativa, por el bien del teatro y de la cultura, y de nuestra economía, llegue a buen puerto.

Lamento profundamente, como decía, que esa iniciativa no fuese nuestra. Y digo nuestra, y hablo de nosotros, porque, como bien sabes, en los últimos años he colaborado de forma desinteresada, activa y leal con el Partido Socialista. Y lo seguiré haciendo, porque aquí en Galicia, al menos en uno de los ámbitos señalados, el de la educación, se está dando una lección diaria de cómo aplicar algunos principios republicanos a la acción de gobierno. ¡Qué pena que no cunda el ejemplo! Pero, volviendo al caso de nuestra falta de interés ante un problema tan trascendental como el arreglo de los teatros, lamento vuestro silencio, y más si cabe, porque en los últimos meses hemos insistido, con porfía, en que esa iniciativa debiera partir, en buena lógica, del partido del gobierno.

Sé que no es una percepción subjetiva si digo que entre las gentes que se podrían agrupar en torno a la denominación de trabajadores y trabajadoras de las artes escénicas se trasluce un malestar creciente. También lo percibo entre las numerosas personas que mantienen alguna vinculación con las enseñanzas artísticas. Estamos hablando, en su conjunto, de un colectivo nada despreciable de ciudadanos y ciudadanas que, como bien sabes, se movilizaron en los días previos al 14M/2004 y que, en muchos casos, incluso votaron al Partido Socialista. Te hablo de ciudadanos y ciudadanas que mantenían una cierta esperanza de que desde el Ministerio de Cultura y desde el Ministerio de Educación y Ciencia se solucionasen viejos contenciosos relativos a la estructura del sistema teatral y a su desarrollo, en consonancia con la denominada convergencia europea, fuese en el plano de la creación y la difusión, fuese en el de la docencia o la investigación.

Encoge un poco el ánimo pensar en todo lo que se podría haber hecho y lo poco que hemos avanzado, tan poco que hasta cabría pensar que hemos retrocedido bastante, porque incluso los ministerios aludidos y sus departamentos, salvo alguna honrosa excepción que pronto comentaremos en estas mismas páginas, han perdido toda capacidad de proposición, lo que nos muestra que se han obviado principios básicos para el buen gobierno, los mismos que preconizaba Philip Pettit, aquel ensayista que supuestamente servía de acicate intelectual al Sr. Rodríguez Zapatero. Y la capacidad de proposición depende de las personas, por lo que, en cada caso, las personas se debieran elegir, según los principios del mérito, la capacidad y el compromiso, pues la ciencia infusa no existe, pese a lo que crean muchos altos cargos que piensan que la auctoritas se expende en la sección de nombramientos del Boletín Oficial del Estado o del Diario Oficial de la Comunidad de turno. Lo triste es comprobar que en el gobierno de la nación hay (sub)directores(as) generales que no sólo no votaron por el actual gobierno, sino que se mantienen fieles a sus antiguos valedores. Las hemerotecas están llenas de pruebas.

Pero ese, el del buen gobierno, fue uno de los principios que menos se respetaron en la configuración del actual ejecutivo, en el nombramiento de asesores, asesoras y altos cargos, en la creación de equipos o en la designación de candidatos para las listas más diversas. Y los efectos de esa conducta tan irreflexiva son devastadores. Como muestra un ejemplo, poco edificante por cierto. Hace cosa de dos años recibía la llamada de una persona vinculada al Partido Socialista como concejal de una ciudad muy, muy, pero que muy importante, en la que me solicitaba información en torno a la organización teatral en los países europeos. Aquella persona pretendía alcanzar, en un par de horas, un grado de conocimiento en torno a ese tema que a otros nos ha costado varios años de lecturas, visitas, encuentros y diálogos o la elaboración, siempre laboriosa, de diversos trabajos. Escuchándola hablar, uno podía llegar a la conclusión de que aquella persona podría llegar a convertirse en un verdadero peligro público, porque las afirmaciones que realizaba no tenían la más mínima consistencia, en tanto se construían en base a un pensamiento sumamente débil, a un conocimiento sumamente superfluo de las cosas. Pues bien, esa persona sigue en su puesto, como si la vergüenza no hiciese mella en su amor propio, y en cualquier momento puede subir en el escalafón como ya ocurrió con otras notables incompetencias, protagonizadas por hombres y mujeres, pues en eso la paridad también funciona.

Siguiendo con los ejemplos, uno se pregunta en dónde habremos de buscar las diferencias entre la ejecutoria del INAEM en los últimos tres años y la ejecutoria del mismo organismo en los años de gobierno del Partido Popular. Y lo cierto es que más allá del baile de nombres, usual en los cambios de gobierno, las diferencias no son perceptibles, porque no las hay. Y debiera haberlas, o al menos eso creemos quienes proponemos una visión integral del hecho teatral que se traduzca en una política teatral de corte sistémico, quienes defendemos que el teatro pueda y deba ser un servicio público y uno de los sectores más dinámicos de nuestra economía. Debiera haberlas, además, porque hace tiempo que el ciclo actual ha tocado fondo, porque un análisis detenido del actual estado de cosas impone el inicio de un nuevo ciclo. Está claro que en un país civilizado se debiera llegar a un acuerdo de mínimos en materia de política cultural, porque hay ámbitos de actuación que debieran suscitar el acuerdo unánime de las fuerzas políticas en tanto las artes escénicas son un sector fundamental para la creación de riqueza y bienestar. Pero eso ni ha sido así en el pasado ni lo es en la actualidad, por lo que ante la absoluta inacción e inanición de la mayoría de los gobiernos de la democracia, entendíamos que el actual gobierno marcaría el necesario punto de inflexión y el inicio de ese nuevo ciclo para el que nosotros proponemos un nuevo modelo de política teatral: el modelo sistémico.

Como te comentaba en su momento, la ejecutoria del INAEM en estos tres años destaca por su invisibilidad, lo que no debe extrañarnos si nos atenemos a las declaraciones de su titular en una entrevista que se publicaba en el número 105 de esta revista, ADE/Teatro, y en la que manifestaba su escaso interés en promover no ya una Ley sino un simple Plan del Teatro. Claro que todo ello choca frontalmente con ese manual no escrito de buenas prácticas que debería orientar la actuación de los funcionarios del Estado, sobre todo de los que ocupan puestos de tanta responsabilidad. Y una de las primeras reglas de ese manual nos advierte de la necesidad de elaborar y hacer público un Plan Estratégico, que debe ser sometido a una evaluación permanente.

Como antes decía, tampoco puedo dejar de comentarte la profunda desazón que afecta a un sector importante de titulados, profesorado y alumnado de los Centros Superiores de Enseñanzas Artísticas. En las Escuelas o Conservatorios superiores no se entiende muy bien el doble rasero con que se regula el funcionamiento de instituciones educativas que en breve ofrecerán titulaciones de grado o de postgrado, en consonancia con el Espacio Europeo de la Educación Superior. Un rasero doble que afecta a cuestiones muy diversas, desde la política de becas hasta los descuentos que un alumno o alumna puede lograr en el bono para el autobús. Y se trata de un sector cualitativamente importante de la sociedad, que se siente especialmente maltratado por las actuaciones de un Ministerio que no acaba de conceder a esas enseñanzas la dimensión superior que se proclama en determinados documentos emanados de la Unión Europea y del propio MEC. Muchas de esas personas comentan su desazón cuando ven como nuestra actual Ministra de Educación y Ciencia se vuelca en la promoción de "su" universidad, a la que tarde o temprano volverá, y se olvida de unas enseñanzas fundamentales para el progreso cultural, artístico, social o económico del país. Pero lo que provoca mayor desazón, e incluso un cierto malestar, es la constatación de que la solución al problema es más fácil, mucho más fácil de lo que se suele reconocer, más allá de la pataleta de algún Rector o Rectora de universidad, que no debieran condicionar la agenda de ningún gobierno y menos por cuestiones corporativas que atentan contra la igualdad, contra la isonomía.

Estamos ante contenciosos antiguos, demasiado antiguos, que minan la ya mermada credibilidad del Partido Socialista. Un partido que podría, y debería, liderar el debate de ideas en el campo cultural y el educativo con el discurso de tantas personas inteligentes que se podrían sentir próximas al mismo y que no dudarían en colaborar a poco que se les invitase a ello y se hiciese para alcanzar objetivos mensurables. Pero aquí también tenemos que lamentar el que en las decisiones del gobierno siga pesando, y mucho, esa pulsión mediática y esa pasión por el papel kuché que tanto contraviene los mentados principios republicanos que en su día, supuestamente, preconizaba el Sr. Rodríguez Zapatero. Pues a la hora de hacer una designación, crear una comisión, proponer un debate o solicitar un informe seguimos buscando el impacto mediático y el pie de foto, echando mano, en exclusiva, de la agenda de "amiguetes y novietas", sin considerar lo que tengan que decir o puedan aportar.

¡La foto, siempre la foto! Y de la foto llegamos a la moto, y al hacer la foto vendemos la moto, y al vender la moto nos hacemos con el voto, y al tener el voto..., nos hacemos el loco... Pues claro...

¿Cómo es posible que una vez más estemos desaprovechando una oportunidad para transformar la realidad y mejorarla? ¿Cómo se justifica que sigamos renunciando a un capital humano inmejorable en aras de un álbum de fotos que, por impactante que pueda ser, en nada contribuye al debate de ideas y en ocasiones lo perturba gravemente?

La legislatura termina y el tiempo disponible se acaba. Nos quedamos sin Ley del Teatro, sin Ley de las Enseñanzas Artísticas Superiores o sin una Ley Orgánica de Educación capaz de integrar y potenciar las enseñanzas teatrales, tan necesarias en la formación integral del ser humano. Nos quedamos a medio camino en la convergencia con Europa en materia de Educación y muy lejos en la convergencia cultural y teatral. Nos quedamos también sin Pacto por la Cultura. Nos quedamos, una vez más, solos, terriblemente solos. Nos habéis defraudado profundamente. ¿Por qué...? ¿Qué mal, o qué daño, os hemos hecho, más allá de ayudaros en momentos tan transcendentales, con nuestras movilizaciones, o de apoyaros en fechas recientes con todos nuestros votos?

 

Revista ADE-Teatro nº 115 (Abril-Junio 2007)

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