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Artículos y noticias

¡Silencio!

01 de Diciembre de 2008

 

Por Manuel F. Vieites.

Con motivo de las Olimpiadas de Pekín, la ciudadana María Teresa Fernández de la Vega reconvenía a los deportistas de la delegación española para que se abstuviesen de hacer comentarios políticos durante la celebración del evento, y así hacía pública la opinión del gobierno en torno al tema: mejor callar. Más allá de todo lo que cabría decir en torno a un asunto sumamente complejo, para evitar raseros múltiples, esa advertencia de la ciudadana vicepresidenta no deja de ser un síntoma preocupante de una forma de ejercer el poder que cada día resulta más preocupante. Porque lo que en realidad hace la clase política es ejercer el poder; no lo que debiera hacer: desarrollar una acción de gobierno orientada al beneficio universal de los ciudadanos y las ciudadanas. La clase política se dedica a mandar, no a gobernar, porque gobernar, con permiso de Bibiana Aído, tiene más significados que el de mandar, como guiar, sustentar, arreglar, componer…

Las voces que reclaman o urgen silencio se oyen por doquier, es una constante en muchas esferas del poder, incluido el local y el autonómico (debiera decir gobierno y digo poder, infelizmente). Cualquier disensión, o consideración de carácter crítico, se interpreta como ataque, deslealtad o traición, cuando no como intromisión injustificada en esferas que para nada competen a quien opina (prima mucho eso del “primero, votar, y después, callar”). Esa idea del “mejor callados” también se instala en el pensamiento de muchas personas que evitan opinar, decir, comentar, debatir, por miedos muy diversos, y entre ellos está el de perder la posibilidad de salir en una hipotética foto (y aquí coinciden quien tiene la lógica y sana aspiración a mejorar, quien se decide por la trepa, directamente, y quien persigue hacer caja). Por eso el miedo a decir, a opinar, a disentir, se combina con la boca cerrada, o el halago, según la ocasión. Se hace así un flaco favor a la democracia, con frases como “mejor te estás callado”, “mejor me callo”, “no me conviene”, “no debería”….

El nivel del debate político en España, y en todas y cada una de sus ciudades, provincias, autonomías, barrios, naciones y tribus, en sus varias lenguas y dialectos, se empobrece, y el perfil de nuestros políticos es, lamentablemente, cada vez más bajo, lo cual no tiene que ver tan sólo con la cuestión de la edad, que también, sino con el asunto ese del callar y esperar, pues hay personas que carecen de opinión propia y asumen, sin ningún género de dudas, las directrices que en cada momento se determinen. A medida que pasa el tiempo, cobra más valor aquella frase de Ricardo Mella, contenida en su Ideario, en la que vinculaba el estado de la humanidad con la valía de los dirigentes (no la reproduzco porque, aunque certera, es fuerte). Y es que muchas de las personas que hoy están en política lo están por puro interés personal, y no por una voluntad de servicio, que debemos dar por supuesta y que no siempre es real, pues esa voluntad no se refleja en su acción diaria. Hay excepciones, lo sabemos, que honran a quienes las hacen posibles. Pero esa no es la tónica general, porque la corbata y el traje, o el vestido de marca, tiran mucho, sobre todo para quienes han convertido la escalada en pasión vital; y comprobamos incluso cómo los padres y madres, desde el aparato, colocan a sus hijos e hijas en el aparato, para que el aparato esté controlado y la renovación se haga desde y con el aparato. Algunas designaciones últimas en cargos políticos y otras responsabilidades son aparato. Un espectáculo lamentable, aunque se quiera presentar desde otra perspectiva. Una renovación generacional en familia, el relevo de la “beautiful people” por la “young beautiful people”; es decir, padres y madres por hijas e hijos. Los ejemplos sobran, y algunos para sonrojo de sus promotores o progenitores (según los casos). 

Quienes manejan los hilos de la clase política actual, y controlan el acceso a la acción política de cierto nivel de responsabilidad, están propiciando un despropósito sin precedentes, que tiene mucho que ver con el signo de los tiempos, marcados por la caída de mitos como la libertad, la experiencia o el conocimiento. Me refiero a esa pasión por la juventud, que bien pudiera ocultar un deseo, inconfesable pero real, de algunos gobernantes de rodearse de personas que no les puedan hacer sombra. La impericia de algunos ministros y ministras, o de algunos notables, pasados y presentes, de los equipos dirigentes de los partidos, salta a la vista. Y, mientras tanto, un importante número de militantes, simpatizantes y allegados, con conocimientos y experiencia, se ven relegados, marginados o incluso olvidados. Y nos valdría si esas personas maravillosas que se adueñan del espectro político nos entusiasmasen, con sus ideas y propuestas, con su trabajo diario, con la mejora permanente de la vida de todos y todas. Pero no es así. Lo cierto es que vamos de decepción en decepción, porque la audacia, si no va acompañada de inteligencia, se convierte en gaseosa (y algo de eso también pasa en el campo de la creación artística).

Lo más penoso en todo este asunto, en esa petición imperativa de silencio, que a veces parece advertencia, es que contraviene los principios que aparentemente orientaban la vocación republicana del ciudadano presidente. Porque el republicanismo implica diálogo, debate, deliberación, incluso exige confrontación y disenso, siempre a través de la palabra, de la argumentación, porque la diversidad y la pluralidad enriquecen, al contrario que la unanimidad, que induce dogmatismo. No se puede tocar de oído. Y es muy triste comprobar cómo, en el fondo y la forma, pero también en el tono, las invitaciones al silencio que ahora se nos hacen son las mismas que nos llegaban de otro gobernante de cuyo nombre no quiero acordarme, pero que utilizaba, e incluso imitaban sus palmeros, esa coletilla insufrible del “mire Usted…”, que sonaba a amenaza, a desprecio, a insulto.

No debiéramos callar, ni olvidar lo que decía el poeta, aquello de que “nos queda la palabra”. Porque, en efecto, la palabra es lo opuesto al silencio, a ese silencio cómplice, cobarde y culpable, que se nos reclama, también para evitar decir “crisis”. No podemos callar. Nuestra obligación, como ciudadanos, es hablar, decir, opinar, convenir, acordar, disentir, deliberar. Porque eso, y no otra cosa, es el teatro: diálogo. Diálogo y crisis, por cierto, y es que las palabras no se pueden ocultar. Y hablando de crisis, de [‘krisis], insisto, que somos [‘kentum], atención a la crisis del fútbol y a la posible amnistía fiscal que podría avecinarse, toda vez que el entramado, a pesar de que “puedan”, se desploma. 

 

Revista ADE-Teatro nº 123. Diciembre 2008

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