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Artículos y noticias

Ni chicha, ni limoná

01 de Octubre de 2008

Alberto Fernández Torres.

Hace ya unos cuantos años, en medio de una crisis muy parecida a ésta, los responsables de una revista de información general y cultural de cierto prestigio tuvieron la ocurrencia de solicitar los servicios de un consultor para tratar de hacer frente a los crecientes problemas que ponían en cuestión la viabilidad económica de la publicación. El consultor les propuso un “plan progresivo de contención de costes”, consistente en ir reduciendo éstos de menos a más, es decir, empezando por los menos críticos, a fin de que el recorte fuera afectando de manera sólo paulatina a la calidad de la revista y ésta no se resintiera demasiado. Ni que decir tiene que los gestores de la publicación se mostraron encantados:

-Por lo tanto -remachó el consultor-, lo primero que vamos a hacer es dejar de pagar a los colaboradores.

-Hombre -objetó uno de los redactores-, eso no podemos hacerlo…

-¿Por qué no? Supondrá una señal clara de austeridad, y para ellos ya es una compensación suficiente colaborar en una revista de tanto prestigio.

-No, si no es por eso. Es que hace meses que dejamos de pagarles…

La suspensión del pago a los colaboradores en momentos de crisis es un “clásico” en la gestión de las publicaciones. Un “clásico” que no vale para nada. Salvo en casos excepcionales, los colaboradores cobran generalmente poco y, por consiguiente, ahorrarse su coste conjunto no supone un alivio sustancial. Para lo único que vale es para atentar gravemente contra la calidad y credibilidad de la revista, preludiando su cierre futuro.

Traigo a colación este atávico comportamiento por su similitud con lo que suelen hacer las Administraciones públicas en momentos de crisis: aplicar un rigor presupuestario que consiste, antes que nada, en reducir los presupuestos de cultura.

Por supuesto, tampoco vale para nada. Para nada bueno, se entiende. Los recursos destinados a cultura son el chocolate del loro de los presupuestos públicos y su drástica reducción no supone un ahorro sustancial o de efectos netos significativos. En el límite, no tiene otras consecuencias relevantes que imponer obstáculos difícilmente superables a la continuidad de la mayor parte de los proyectos culturales que no son básicamente comerciales, inducir el desmantelamiento de las industrias culturales, generar paro en sus diversos sectores profesionales, impedir su positivo efecto indirecto sobre otras actividades económicas, devaluar los activos culturales del país y contribuir al empobrecimiento de los valores ciudadanos en un momento crítico para la sociedad. Ná, fruslerías.

No queda ahí la cosa. La reducción de los presupuestos culturales vale también para más. Por ejemplo, para poner de manifiesto que las Administraciones públicas que así se comportan -que son la abrumadora mayoría de ellas, a qué engañarse- tienen un concepto miserable y reaccionario de la cultura, pues con la reducción de su presupuesto no hacen más que transmitir su convicción de que ésta es cosa inútil y curiosa: un oropel asumible en tiempos de bonanza, pero al que hay que renunciar deprisa y corriendo en cuanto vienen mal dadas.

¿Y qué? ¿Es que no debe ser así? ¿No hacemos otro tanto los ciudadanos en tiempos de crisis? ¿No tratan de ahorrar las familias en gastos de ocio cuando llega la recesión? Pues sí. Pero la idea de que la economía de un país debe ser gestionada igual que la economía de una familia es una de las tonterías más queridas de la necedad liberal. Fatiga tener que desempolvar la abundante literatura teórica que explica suficientemente que una sociedad no es una mera suma de individuos y que un sistema económico no es una mera suma de agentes productivos, igual que una suma de actores no siempre da lugar a una compañía, ni una suma de palabras a una novela. El comportamiento y la gestión la economía nacional no consisten en extrapolar lo que es aplicable a una unidad familiar. Sí, ya sé que la mayor parte de los gestores públicos de cualquier signo político opina o hace lo contrario. Así nos va.

Pero es que hay más. En momentos de crisis, los ciudadanos y las familias pueden hacer con sus recursos lo que les venga en gana. Como si quieren prender fuego a sus bienes e inmolarse a lo bonzo. Son suyos. Pero los recursos de las Administraciones públicas no son suyos, sino de los ciudadanos, que se los ceden a través de un contrato social a veces implícito y a veces explícito. Por consiguiente, están obligadas a hacer un uso eficaz y responsable de los mismos.

¿Y no es responsable y eficaz ahorrar en cultura en momentos de crisis? Pues no necesariamente. Lo que una Administración pública debe hacer, siempre y no sólo en momentos de crisis, es gestionar con rigor los recursos que se ponen en sus manos.  Todos los recursos. La tendencia a recortar los gastos de cultura en tales contextos es una confesión palmaria no sólo de que consideran que la cultura es algo, en el fondo, no exigible a la función pública, sino que la gestionan habitualmente con criterios de derroche. Pues, si es así, sus responsables debieran dar cuenta de ello.

Pero seamos tolerantes y comprensivos. ¿Quién no entenderá que, en tiempos boyantes, se cometan excesos que han de ser corregidos cuando llega la recesión? Correcto, pero que se corrijan todos a la vez: lo razonable e inteligente no es cargarse en estos momentos los recursos para cultura, sino, de manera paralela, todos aquellos recursos públicos que, desde cualquier Ministerio, Consejería o Concejalía, se estén gastando de manera improductiva. Y mantener o incrementar, también en cultura, los que se aplican de manera productiva, a fin de contribuir a salir de la crisis.

En este “medio ambiente”, da pavor la naturalidad con la que un buen número de profesionales de nuestro sector empieza a asumir que, en estas críticas circunstancias, “lo lógico” es que se recorten los presupuestos de las artes escénicas y se vayan a tomar viento fresco los planes regenerativos anunciados hace unos meses por el INAEM. Tal actitud parece indicar que el virus de la necedad liberal no está sólo en el aire, sino en nosotros mismos. Y que es contagioso.

En una época en la que las distancias entre las grandes opciones políticas tienden a estrecharse de manera tan dramática como ridícula, da la impresión de que sólo la gestión pública de la sanidad, la educación y la cultura ilustra comportamientos realmente diferenciadores. Y, por lo tanto, resulta simplemente suicida, en lo político y en lo ideológico, que un Gobierno supuestamente progresista asuma con estúpida solemnidad la costumbre de recortar los recursos para la cultura en momentos de crisis, pues ésta es una práctica propia y natural de los Gobiernos conservadores.

Digámoslo de una vez, recordando de algún modo una vieja canción del llorado Víctor Jara: quien considera que la cultura es aquello a lo que debe renunciar en primer lugar la gestión pública en situaciones críticas no es socialista, ni progresista, ni chicha, ni limoná.

 

Revista ADE-Teatro nº 122 (Octubre 2008)

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