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Artículos y noticias

Gobernar para la cultura

01 de Julio de 2008

 

Por Juan Antonio Hormigón.

El lunes 12 de mayo se produjo la comparecencia de Juan Carlos Marset, Director General del INAEM, ante los periodistas. Algunos representantes de organizaciones de las artes escénicas y de la música estuvieron presentes a su vez. Con verbo pausado e intensidad en sus formulaciones, el alto cargo ministerial presentó los fundamentos de las propuestas que iba a describir, expuso el plan de cuarenta iniciativas que su departamento propone para la presente legislatura y se centró en los diez que en su opinión eran los de mayor entidad y calado.

La primera reflexión que cabe hacer y no dudo en darle un notorio énfasis, es que se trata de un plan construido con seriedad y solvencia, madurado y atento a buscar una coherencia de conjunto. No es fruto de la improvisación, ni de un afán escenográfico, sino el intento de dar  soluciones a la situación en que se hallan dos importantes segmentos de la cultura española: las artes escénicas en su conjunto (teatro, danza, circo, títeres, etc.) y la música, buscar su transformación y desarrollo, regular el territorio y procurar su homologación con Europa.

Todo ello evidencia algo que constituye una excelente novedad: el Ministerio de Cultura ha decidido gobernar. Pocas veces en el periodo democrático -de lo de antes mejor no hablar- se han adoptado actitudes de este tipo y nunca por supuesto en las artes escénicas. Quizás quien lo intentó de forma infructuosa fue Tomás Marco, que se vio desasistido por su ministra y por el gobierno del PP y apenas nada pudo hacer. Así y todo, fue el único director general hasta la fecha que quiso hacer una Ley del Teatro y entendió que la adquisición de un edificio teatral  para incrementar el patrimonio público, el de la Comedia de Madrid, constituía una cuestión fundamental. Por desgracia, aquel importante paso adelante no tuvo continuidad. Por otra parte, se cerró debido a unas necesarias labores de rehabilitación y durante el trienio negro para las artes escénicas de la anterior legislatura, no se hizo nada para ponerlo nuevamente en funcionamiento. El actual ministro ha tomado directamente la ejecución de las obras para que estén concluidas en el plazo más breve posible.

Una de las cuestiones que la ADE ha reclamado en sus escritos o en sus encuentros con la administración, ha sido justamente que quienes ocupan los cargos de responsabilidad en la cultura gobiernen, lo cual supone elaborar proyectos globales para la promoción, desarrollo y regulación de las artes escénicas y la música, que permita su consideración ponderada por parte de la sociedad civil. Podrán ser mejores o menos buenos, quizás haya cosas que salgan mal y sea preciso introducir correcciones, pero el plan emprendido debe partir de unos fundamentos y trazarse unos objetivos. En mi opinión lo propuesto por el Ministerio de Cultura a través del INAEM responde a esta estructura. Lejos de esa actitud de quienes venían a ocupar los cargos para vestirlos, para viajar, para mantener lo existente y todo siguiera igual o para construir redes de nepotismo o servicios mutuos, este Ministerio ha decidido gobernar, nada más y nada menos.

 

Curiosas reacciones

Muy pronto, casi desde su nombramiento, el ministro de Cultura se ha encontrado frente a preguntas periodísticas de una impertinencia y desinformación, cuando menos, notable. Puede aducirse como excusa la notoria ignorancia respecto a cuestiones de gobernación de la cultura que aqueja a los entrevistadores, pero podemos preguntarnos a su vez por qué los responsables mediáticos comisionan a personas de este tipo para dicha función.

Es bien sabido que ha sido práctica habitual que los cambios de gobierno o del titular de un ministerio vayan acompañados de la renovación de los cargos de confianza, entre ellos el subsecretario y los directores generales. Es lógico que un ministro designe su propio equipo, faltaría más y allá él. El actual titular de Cultura sustituyó tan sólo al primero y a dos de estos últimos tras su toma de posesión y a uno más tras su ratificación en el pasado abril. Sin embargo se le ha intentado presentar como alguien que desechaba directores generales por capricho y estos fueran puestos vitalicios e inamovibles. Una reportera de un programa televisivo, hermosa y necia a la par, se atrevió a espetarle que lo llamaban "Terminator" porque cesaba a todo el mundo... y las reformas que se anunciaban. Es evidente que se ha pretendido inducir una deliberada opinión por parte de los agentes de ciertos medios de comunicación, de que lo que sucede es un atropello.

En diferentes instancias y situaciones, idéntica actitud se ha manifestado respecto al director general del INAEM. En la comparecencia a que he aludido al comienzo, sorprendió extraordinariamente las preguntas que le dirigieron los reporteros presentes. Ante aquella serie de propuestas de un fuerte calado por lo que respecta a reformas y proyectos, sólo se le preguntaron por cuestiones nimias, irrelevantes o relacionadas con nombres propios. Realmente había posibilidades de plantear cuestiones agudas y significativas, pero al parecer eso no les interesaba. Puede que a los lectores, sí.

No es menos curioso observar en este sentido como El cultural de El Mundo publicaba el día 5 de junio en su sección "La Papelera", firmada con el seudónimo colectivo de Juan Palomo,  un ofensivo y calumnioso soneto contra el actual director general del INAEM. Soneto anónimo, por si fuera poco, para ocultar la manifiesta cobardía de quien eso dice. Sin embargo se guardó en el pasado un absoluto silencio respecto a la ausencia de proyectos y acciones, a la galbana, desidia y otras cosas peores, de que hizo gala quien detentó dicho cargo durante el trienio negro anterior.

 

El sentido de las propuestas

Lo que el director general del INAEM ha presentado a la opinión pública, ha consistido en un paquete de cuarenta medidas que afectan al teatro, la música, la danza, el circo y los títeres. De ellas seleccionó en su exposición, por considerarlas las más notables, las diez cuya ejecución se pretende iniciar desde ahora mismo. La primera de todas ellas es la preparación de una Ley de las Artes Escénicas y la Música que será presentada al Congreso de los diputados para su aprobación. Se comprometió a plazos concretos: entre los meses de marzo y mayo próximos todo estará dispuesto.

El conjunto de iniciativas planteadas es muy variado. Unas corresponden a realizaciones de carácter ministerial como son la conversión del INAEM en Agencia Estatal o la construcción de la Ciudad de las Artes Escénicas dotada de amplias funciones. También a la creación de diferentes centros, desde el dedicado a la música antigua hasta el del flamenco, que se ubicarán en diferentes ciudades españolas. Igualmente hizo hincapié en conferir carácter netamente institucional a las unidades de producción que dependen del Instituto, lo cual implica tanto el establecimiento de objetivos determinados o las formas de contratación y responsabilidades de quienes las dirigirán, como la concreción de sus compromisos expresos.

Otras responden a la necesaria ordenación de las diferentes áreas sobre las que tiene competencia el INAEM, algunas de las cuales exigirán soportes normativos. Varias de ellas tendrán igualmente que ser articuladas con la sociedad civil teatral -con toda ella, claro está-, aunque otras veces con segmentos específicos.

A estas propuestas programáticas habría que añadir el Código de buenas prácticas elaborado por una amplia comisión de juristas prestigiosos, dos teatrólogos y un antiguo director general y subsecretario del ministerio. Hasta donde sabemos -todavía no ha sido publicado-, el citado código pretende establecer las pautas que regulen  los procedimientos de selección de los responsables de las diferentes unidades de producción, y aquello a lo que se comprometen mediante la firma de un contrato-programa.

Lo que se pretende es suprimir el sistema existente, que entre otras muchas cosas no se ajusta a derecho y ha consistido en la designación directa de los responsables por el director general de turno como si se tratara de cargos de confianza. En ocasiones ha podido escogerse a personas adecuadas pero en otras quizás se prestó al capricho o al amiguismo del detentador de la "potestas". Hay que subrayar que un mecanismo como este corresponde a etapas predemocráticas y no existe en ningún país europeo ni en ninguna democracia establecida. En definitiva se trata de que la elección la lleve a cabo un Consejo a partir de los proyectos específicos que se presenten. Dicho Consejo, se supone que de notables, deberá evaluar la competencia profesional en la dirección de instituciones públicas de los candidatos, así como la continuidad de los proyectos, la calidad objetiva de las realizaciones, la consistencia del trabajo en periodos ponderables, etc.

Prevé igualmente que dicho organismo sea quien establezca la evaluación de la actividad realizada, evitando cualquier forma de impunidad. En un importante discurso que el Presidente del Gobierno hizo en el Parlamento nacional cuando el señor Ibarretxe presentó su fracasado proyecto estatutario, aseveró que la democracia supone un sistema de sucesivos controles. No cito al Presidente por lo que dijo, sino porque dijo lo que es. El problema es que para algunos sectores de la vida española los mecanismos de control se han obviado, o se ha hecho dejación de las responsabilidades que conlleva la asunción de un cargo público en su aplicación. Un caso tan tétrico como el de Coslada tiene mucho de esto.

La supervivencia de dichas conductas en áreas concretas, particularmente en la cultura, nos ha llevado a que tras treinta años de democracia, no se hayan racionalizado y con frecuencia se hayan pervertido su naturaleza y sus objetivos. La primera cuestión que late en el conjunto de reformas que se plantean, es esta, y desde el punto de vista del desarrollo democrático su resolución constituye una necesidad ineludible.

 

El lado oscuro

A pesar de todo lo dicho, hay quienes afirman con rotundidad y con evidente impudicia ética, que no deben existir ni regulación ni controles en cuanto al funcionamiento de los centros públicos de producción y, por extensión, sobre el dinero público para el teatro. Siempre han pensado que la utilización del erario público por ellos y en su provecho, es algo incuestionable y están dispuestos a lo que sea para mantener dicha situación. Desprecian el interés general o lo consideran algo ilusorio, en aras de su interés particular.

Sin embargo el dinero público para la cultura no es una entelequia sino algo constatable, que emana de las contribuciones al erario por parte de la ciudadanía. El Gobierno tiene el deber de distribuirlo adecuadamente, pero también salvaguardar el principio de que redunde en el bien común y el interés general. Por supuesto que esta cuestión es mucho más compleja y tiempo habrá para desarrollarla, pero cualquier actitud que tienda a su utilización espuria se contradice frontalmente con el buen gobierno o con un comportamiento cívico democrático. Quienes piensan que debe servir a sus intereses particulares no cejarán en sus esfuerzos para preservar esa situación y podrán construir conspiraciones, urdir desprestigios o practicar la intoxicación desinformativa. Todo vale cuando lo que se trata es de dinero.

Para concluir: la ADE apoya resueltamente las medidas propuestas porque suponen un acontecimiento histórico. Por primera vez estamos ante un plan de gobernación para las Artes escénicas y eso constituye un hecho determinante de enorme calado. Sabemos que la labor es ardua y que quizás no todos los proyectos puedan tener cumplida ejecución, quizás algunos pueda pensarse que no son substantivos y que sería más urgente acometer otros. Pero todo ello nos lleva a la posibilidad de inducir un debate constructivo, que logre la necesaria síntesis siempre que estén claros los objetivos.

Nuestro apoyo, como siempre hemos proclamado, es leal, pero no está exento de que hagamos las consideraciones críticas que estimemos oportunas si así lo consideramos. Sabemos que se inicia un camino y creemos que hay que apoyarlo, porque eso es lo propio de un pensamiento y una actitud progresista y consciente respecto a la "res publica". Bien distintos ambos, por supuesto, de lo que traslucen quienes creen que basta con dar saltitos en algún balcón, conspirar sobre la nada general y el beneficio particular en cualquier antro o mansión, o hacer el gesto oportuno que a nada conduce para considerarse los reyes del mambo. Aquí y ahora nos sobra mambo y nos falta estudio, rigor, estructura, pasión por la cultura y un hondo sentido de lo que somos como españoles y europeos.

 

Revista ADE-Teatro nº 121 (Julio-Septiembre 2008)

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