Volver al listado de noticias

Artículos y noticias

Artes escénicas e industria cultural

01 de Noviembre de 2009

 

Por Manuel F. Vieites.

En el pasado XV Congreso de la ADE, celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, se suscitó un interesante debate en torno a las industrias culturales y a la posibilidad de que las artes escénicas debieran o no ubicarse en ese ámbito, toda vez que la clase política, o un sector al menos, ha optado por hacerlo. El debate nacía a partir de una propuesta de Alex Rigola, que reclamaba se dejase de hacer uso de tal terminología, “industrias culturales”, sobre todo por parte de los organismos públicos con competencias en acción cultural. No le faltaba razón. En diferentes trabajos publicados a lo largo de los últimos años, en la Revista ADE-Teatro se ha insistido en el hecho de que las artes escénicas no debieran catalogarse como industrias, en tanto no siguen la pauta de la producción o la difusión industrial.

Con todo, no es menos cierto que esos organismos públicos aludidos han incorporado el término a sus estructuras organizativas, al punto de que las artes escénicas se han visto integradas en agencias de industrias culturales. Eso sitúa a muchos colegas con responsabilidades en la gestión de compañías u otros espacios y eventos en una difícil situación, en tanto deben actuar como si su campo de trabajo fuese una industria cultural, y la única vía de relación que les ha dejado la administración es ese territorio de las agencias en que la producción audiovisual, la producción editorial o la producción discográfica conviven con otras “producciones” que, como se ha dicho, exigen otros procesos de creación y difusión.

Cataluña se apropió del término industrias culturales por mimetismo con Quebec, y se crea el Instituto Catalán de las Industrias Culturales. Galicia, siguiendo el ejemplo de Cataluña, crea la Agencia Gallega de las Industrias Culturales, y el Ministerio de Cultura, siguiendo la misma senda del mimetismo, anunciaba no hace tanto la desaparición del INAEM y la creación de una Agencia similar. El ejemplo ha cundido, y por aquí y allá florecen organismos públicos que adoptan el sintagma en su denominación. Curiosamente países como Inglaterra, Canadá o los Estados Unidos de América, que no destacan precisamente por sus políticas de intervención pública en materia cultural, o sí pero de otra forma, siguen operando con denominaciones más acordes con la substancia del campo: “Arts Council”, “Canada Council for the Arts” o “National Endowment for the Arts”, respectivamente. Tal vez porque quieran separar las manifestaciones artísticas que se promueven desde esos organismos y la “industria del entretenimiento”, o “show biz”, con un marcado carácter comercial. Pero en países diversos, como Australia, por ejemplo, asoma el término “creative industry”, si bien el concepto está muy próximo al de “cultural industry”. Con todo, cabría un análisis en profundidad porque la extensión en el uso del término lleva pareja la crítica al mismo. También cabría considerar las manifestaciones de las que se ocupa el Arts Council del Reino Unido, y ver cómo existen otras organizaciones para otras manifestaciones tal que el UK Film Council.

Las razones de que las artes escénicas no puedan ser consideradas como industrias culturales se deben a la naturaleza de sus procesos de creación, difusión y recepción, de los que ya hablaron en su día William J. Baumol y William G. Bowen en un conocido estudio en el que acuñaban el sintagma “cost disease” (fatalidad de costos) como característica fundamental de las artes en vivo como la danza, el teatro, el circo, la ópera o el ballet, además de estilos musicales concretos. De todo ello ya se ha hablado en las páginas de esta revista en numerosas ocasiones y por extenso. No se trata ahora de reproducir cosas escritas al alcance de cualquier persona interesada en recuperarlas en los índices de nuestra revista.

Se trata, más bien, de señalar que el debate en torno a las industrias culturales no quiere convertirse en una cuestión bizantina, un diálogo de sordos o una pura disquisición terminológica. Quiere situar las artes en su territorio preciso para mostrar que unas requieren un tipo determinado de tratamiento en la acción de gobierno, y otras de otro tratamiento bien diferente, porque no es lo mismo la música rock que la música clásica, como también son diferentes la difusión del libro y la difusión de la danza. En el primer caso, la música rock permite pocos músicos para grandes aforos mientras que la música clásica convoca muchos músicos en espacios mucho más reducidos. En el segundo, el libro no lleva consigo al autor o al corrector de pruebas ni la prensa, en tanto la compañía de danza no sólo lleva al elenco sino a un conjunto de técnicos necesarios para la (re)presentación. En esas diferencias establecían Baumol y Bowen el denominado “cost disease”.

No podemos ser las víctimas de las trampas del lenguaje que a veces se utilizan en provecho de unos pocos. Es preciso exigir un uso adecuado de los conceptos para no confundir churras con merinas, aunque todas sean ovejas. Las industrias culturales tienen su razón de ser en los procesos de producción y difusión de un producto susceptible de ser seriado, con independencia de que un producto pueda atesorar una condición artística enorme. La impresión de Rayuela se puede hacer con costos cada vez más reducidos, debido al favorable impacto de determinadas tecnologías, en tanto los de la puesta en escena de Ricardo III aumentan día a día por las mismas razones. Y no deja de ser curioso que la Sociedad General de Autores de España se dedique precisamente a la explotación comercial de los productos culturales “industrializados”, porque ahí es donde está el negocio. Por eso, precisamente, ha dejado fuera de su negocio a los creadores de las artes escénicas.

Exigir a las administraciones un mayor rigor en el uso de conceptos tiene como finalidad el que entiendan que el Mediterráneo ya hace milenios que es mar conocido, e incluso que hace siglos que el petróleo se conoce. También persigue que la acción de gobierno en el campo de las artes se realice en función de aquello que hace que las artes sean lo que son y no otra cosa, o no cualquier cosa. Bueno es que determinadas actividades, sean artísticas o no, se aprovechen de las ventajas de una “industrialización” racional y cualitativa, pero las artes escénicas exigen otras políticas y otras orientaciones.

No pretendemos con esta nota analizar a fondo el problema ni resolverlo, tan sólo llamar la atención sobre su existencia. Y decir, para concluir, que debieran ser las administraciones públicas las que supieran cómo establecer los organismos más adecuados a cada ámbito de acción de gobierno. Hace tiempo que el término “de instrucción” fue substituido por el “de educación” tras la palabra Ministerio. Pues eso, que tal vez términos como “industria cultural” o “industria creativa” sean más propios de épocas ya pasadas, aunque no falte quien siga anclado al pasado.

 

Revista ADE-Teatro nº 128 (Noviembre-Diciembre 2009)

Volver al listado de noticias