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Artículos y noticias

Teatro, obra pública y Presidencia Europea

01 de Enero de 2010


Por Manuel F. Vieites.

Hemos de proceder de tal manera que no nos sonrojemos ante nosotros mismos.

Baltasar Gracián.

 

En el haber de Franklin Delano Roosevelt está sin duda la formulación de un modelo de acción política, que el denominó “New Deal”, y que estaba destinado a promover la actividad económica a través de una fuerte inversión pública para crear infraestructuras o promover servicios. Entre estos, estaban la educación pero también el teatro, y así en 1935 se pone en marcha el Federal Theatre Project que tenía como finalidad tanto combatir el paro entre los trabajadores de las artes escénicas como ofrecer diversión, educación y entretenimiento a muchas familias que carecían de recursos para poder acceder al consumo de bienes culturales. El bienestar consistía entonces en satisfacer necesidades diversas, desde las materiales a otras más relacionadas con el cultivo del espíritu. El teatro, para el equipo de Roosevelt era un sector estratégico de la economía del país, y en el teatro también cabía pensar en obra pública, tanto a través de la construcción de espacios como en la dotación de recursos para su pleno desarrollo. Teatro y otras artes escénicas como el ballet o la danza.

Acertó también el gobierno de Roosevelt en la elección de las personas que habrían de colaborar o dirigir proyectos al amparo de aquel proceso de descentralización. Entre ellas estaban su directora Hallie Flanagan, pero también Arthur Miller, Orson Welles, Elmer Rice, Susan Glaspell, Joseph Losey o John Houseman. Un conjunto de creadores con los que se construyó una de las más notables experiencias de promoción del teatro, que si bien fue rápidamente desautorizada y suspendida por el Congreso, supuso una demostración palpable de que la inversión pública en teatro siempre acaba de tener un retorno social, cultural y artístico incuestionable, porque al amparo de aquella experiencia se forjó una generación de nuevos actores y actrices, directores o dramaturgos, que habrían de potenciar una profunda renovación de la escena norteamericana.

La creación cultural también puede ser un sector estratégico y también puede ser potenciada desde la administración, porque genera empleo, riqueza y bienestar, pero también diversifica y refuerza un tejido productivo que destaca por su sostenibilidad. Múltiples indicadores han mostrado recientemente que pese a la crisis, el público de teatro no sólo se mantiene sino que aumenta. Incluso encuestas recientes nos vienen a decir, como recordaba Alberto Fernández Torres en estas páginas, que la reforma del teatro, su promoción en suma, es una de las acciones prioritarias que en materia cultural la ciudadanía reclama del gobierno.

No hace tanto, conocidas personas del mundo de la cultura, reclamaban del gobierno un cambio en su política cultural, amenazando incluso con llenar la Plaza del Rey. Debieran reclamar igualmente que el gobierno tomase buena nota de experiencias notables como la antes comentada, para entender (el gobierno) que las artes escénicas también debieran tener cabida en esos planes de fomento de la inversión pública para generar empleo. Hablo, claro está, del Plan E, que de nuevo quiere revitalizar la industria del ladrillo. En numerosas ciudades y pueblos del país se ven carteles enormes anunciando zanjas, alicatados, adoquinados, asfaltados, alcantarillas y otras mejoras de vías públicas. No están de más, ciertamente, pero también cabría imaginar que una parte de ese dinero fuese para educación y cultura, para potenciar la investigación, la creación o la difusión en los campos de la ciencia, las tecnologías, las artes; para crear incluso empleo estable en el campo de las artes escénicas. Con el Plan E se podrían haber creado algunas compañías residentes o estables en algunas ciudades del país. De nuevo el gobierno apuesta por una política crematística, asentada en el simulacro. 

El ejemplo del Federal Theatre le cae muy lejos a nuestros gobernantes y al conjunto de nuestra clase política, no tanto por la distancia temporal cuanto por la intelectual o la ideológica. Tanto en lo que atañe al diseño de programas para incentivar sectores productivos y estratégicos (y la creación cultural lo es) como en la elección de personas para desempeñar cargos de responsabilidad. Frente al mérito y la capacidad, en este país se apuesta por la capacidad trepadora y depredadora. Así nos va. Prima la potestas y se denigra la auctoritas. Y en este caso, bien cabría decir que “quod Salmantica non dat, natura non praestat”.

Y en estas se nos cae encima la Presidencia Europea y nos entra un cierto sonrojo pensando en lo ridículo que puede resultar que un país que está a la cola de Europa en tantas cuestiones se ponga ahora a organizar la casa común europea, cuando la suya propia está poco menos que destartalada. No acierto a imaginar qué pueden decir nuestras autoridades culturales en materia de artes escénicas, aunque a lo mejor todo eso sirve para que se enteren un poco de cómo andan las cosas en Francia, Inglaterra, Eslovaquia o Alemania y deciden copiar lo que allí ven, y además deciden copiar lo bueno, y no lo aparente. Pero no quisiera dejar de señalar que lo que se aplica al gobierno central es aplicable, salvo muy contadas excepciones, a gobiernos autonómicos, provinciales o locales.

El despropósito en que hemos vivido en los últimos años, con una política cultural inmovilista, conservadora y tradicionalista, ha dado como resultado el que en muchos órdenes de la acción cultural España no sea un referente en nada, salvo en las oportunidades y potencialidades perdidas, ignoradas, desconocidas. En el campo de las artes escénicas la situación no puede ser peor, y no parece que haya perspectivas de cambio. Suponemos que la Presidencia Europea permitirá hacer encuentros, congresos, seminarios, giras y otros fastos y eventos, para mayor gloria de lo efímero, del derroche y de la banalidad. Y al final de los seis meses veremos que la Presidencia ha sido, pero nadie podrá decir cómo ha sido, porque la realidad es que no será más que para que unos pocos viajen, practiquen idiomas y degusten viandas. Lo de siempre. Puro franquismo.  

No hace tanto, una “miembra” del partido de gobierno de España hablaba de una conjunción de astros que convertiría el mundo en poco menos que la nueva paraísa terrenala. Al final, la conjunción de astros acabará por no ser, y España habrá perdido una oportunidad más de hacerse respetar o simplemente de aprender. Recordando aquella magnífica obra que Ionesco tituló Rinoceronte, no dejo de pensar que el camino que llevamos es el de ser la nación del Perogrullo, el Reino de Estulticia. 

 

Revista ADE-Teatro nº 129 (Enero-Marzo 2010)

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