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Artículos y noticias

La España de Fernando VII

01 de Abril de 2010

Por Juan Antonio Hormigón.

El 9 de mayo de 1931 era sábado. Hacía menos de un mes que se había proclamado la República Española, y sin embargo aquella mañana se inauguró el Círculo Monárquico en la calle de Alcalá. Gran parte de quienes quisieron acabar con aquel monarquismo decrépito que había utilizado la Dictadura como última defensa, lo consideraron una provocación. Se produjeron algunos enfrentamientos en la calle entre republicanos y monárquicos. Un grupo numeroso intentó asaltar el edificio del diario ABC, que estaba protegido por la Guardia Civil.

Curiosamente aquella tarde en el Palacio de la Prensa se proyectó por vez primera en España El acorazado Potemkin, filme de Eisenstein, en la que era última sesión del Cineclub de La Gaceta Literaria. Para quienes no siempre recuerdan las contradicciones de aquellos años, conviene señalar que su proyección no volvió a ser autorizada hasta que gobernó el Frente Popular.

Aquella noche Valle-Inclán acudió como de costumbre a la tertulia que se reunía en la Granja El Henar. Varios contertulios, jóvenes algunos de ellos, le contaron los sucesos del día. Entre ellos se encontraba Francisco Pina (1900-1971), quien cuenta en su libro El Valle Inclán que yo conocí (México,1969), que el admirado escritor se atusó la barba con una media sonrisa y exclamó: «Pronto empezará la quema de los conventos».

Los reunidos quedaron en suspenso ante tamaña afirmación. Es posible que uno que otro pensara para sí: “¡Cosas del viejo!”, pero nadie chistó palabra. Puede que estuvieran más pendientes de la actitud levantisca y de terne ardor de cruzado que alentaba Pedro Segura, Cardenal Primado y amigo del depuesto Alfonso XIII, que ya clamaba por la Iglesia perseguida. Tras reunirse en Toledo con prelados y cardenales para establecer los planes de acción e impartir las consignas oportunas, iba a abandonar el país a la mañana siguiente para visitar al Papa, dijeron, puede que ante todo para salir de naja.

El lunes once, varios edificios religiosos de Madrid ardieron parcialmente. El desmán se atribuyó a elementos incontrolados, siempre es lo más sencillo y conveniente. Sin embargo no parece que fuera el pensamiento de Valle-Inclán. Caída la noche, alguno de los presentes en la tertulia de La Granja le expresa su asombro por su capacidad de zahorí adivinador de lo que iba a acontecer. Es fácil el barrunto de que el icono barbado volviera a sonreír con sus ojos tras los espejuelos, antes de replicar con calculada sencillez: «No hay en esto nada de extraordinario. Yo no soy adivino. Lo que pasa, sencillamente, es que conozco un poco la historia de España...»

¡Cuanta razón tenía usted, mi admirado Valle! –Me gusta llamarle así, como lo hacía Azaña en su intimidad-. Usted había escudriñado con sagacidad en nuestro siglo XIX y a donde el documento no llegaba, su alarde intuitivo trazó el resto. Valle-Inclán sabía que en estos casos el dinero compra con facilidad voluntades, no hacía falta mucho. Del mismo modo que se recluta al periodista o al “pensador” para que diseñen las opiniones pertinentes, se alquila al esbirro provocador o al incendiario para que actúe desencadenando desmanes que contribuyan a fraguar los intereses de quienes les pagan. Nunca escasean fanáticos ni obtusos que caracolean entusiasmados en la jarana, creyendo que hacen la revolución.

Él, Valle, lo había percibido demasiadas veces para que se le ocultara que las pérdidas materiales derivadas de los braseros matritenses, eran asumibles sin esfuerzo para los oligarcas del cereal y del olivo, que temían a la urgente reforma agraria; para la Iglesia, que temía perder el control omnímodo de las conciencias, las costumbres, la vida social e incluso el derecho; para algunos círculos financieros y militares –estos especulando tan sólo sobre sus soldados, como si les pertenecieran- y varios más. Todos ellos especímenes de la España que no estaba dispuesta a perder su poder, ni sus privilegios de clase y casta ¿Qué representaban unos miles de pesetas de entonces, a cambio de establecer una causa perceptible para pavor de la ciudadanía, a fin de combatir y derribar a la República? Valle-Inclán sabía bien quién había, como tantas veces, pagado a los incendiarios. Siempre que en la historia de España han despuntado momentos de progreso, han aparecido los oportunos incendiarios para impedirlo y forzar a costa de lo que fuera el retroceso. Las vidas, las humillaciones y la indignidad que provocaron era lo de menos. Es la herencia de Fernando VII que el general Franco llevó al paroxismo del crimen sistemático.

  

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Ahora los incendios no son reales sino virtuales y diarios. Se enroscan en una campaña pertinaz en la que cualquier análisis o reflexión se sustituye por la invectiva, la descalificación, el desdoro y con frecuencia el insulto contra aquello que buscan destruir. Cualquier hecho, sea de calado profundo o trivial, sirve para el alarde. Se tergiversa la verdad, se arrojan cifras erróneas aunque esgrimidas como evidencias contundentes, se alude a leyes que no existen o que se interpretan como ellos quieren, pero sólo si les interesa, si van en su beneficio; de no ser así, no se las nombra o se las considera inútiles o despreciables. Todo vale para estos asalariados de los poderes fácticos de la extrema derecha.

En este ámbito hay que situar la atención desplegada en los encausamientos contra el juez Garzón. Contrae el ánimo de estupores la pasión con la que ellos han dictado ya las condenas, la descarada repulsa o difamación hacia quienes osan apoyarlo como si no tuvieran derecho a hacerlo, la desfachatez con la que muestran sus inquinas. Al fin y al cabo, Garzón tuvo el atrevimiento de iniciar una causa que implicaba al franquismo y sus desmanes y otra respecto a la trama de corrupción que conocemos como Gürtel, en la que chapotean cargos públicos del Partido Popular. Quieren hacérselo pagar.

El asunto Garzón, si es lícito hablar así, tiene una complejidad mucho mayor sin duda y explicita igualmente reyertas en el gremio judicial. No voy a decir nada al respecto, tan sólo señalaré si alguien ejerció como magistrado en el Tribunal de Orden Público, instrumento represivo de la dictadura franquista por el que muchos fuimos condenados, no puede considerar ofensa que se conozca dicho antecedente biográfico: que cada palo aguante su vela aunque esta sea negra. La cuestión a que esto nos conduce es la de reconocer que no todo se hizo bien en la Transición. Los procesos de desfasticización se llevaron a cabo en toda Europa con mayor o menor fortuna, y no fueron más allá por el cambio estratégico de los Estados Unidos de América del Norte al imponer sus planes de guerra fría. Aquí no lo hicimos y muchas cosas, demasiadas cosas quedaron intactas aunque estuvieran tintas de sangre y sufrimientos de muchos españoles.

Al margen de las consideraciones legales que se esgrimen por parte de la derecha, pensemos: ¿Qué pueden pensar en otros países del nuestro, cuando se admite a trámite y finalmente se encausa a un juez por el hecho de pretender investigar los crímenes del fascismo? ¿Qué opinión puede generarse cuando la demanda originaria correspondió a Falange Española, un grupo fascista y terrorista durante el periodo republicano, al que luego se unió el sindicato de extrema derecha Manos Limpias? Vivimos una época en que el cinismo destruye la ética más elemental de los comportamientos, pero también la dignidad de quien así actúa. Poco les importa.

No he dado nombres ni voy a darlos, sólo faltaría publicitarlos, pero en las últimas semanas hemos oído cosas que no corresponden a un país democrático porque están destinadas a la defensa implícita del franquismo. He visto en una cadena televisiva a un supuesto periodista  de treinta y dos años, sonreír con una mueca de desdén cuando se hablaba de las víctimas del franquismo, y afirmar que estaba harto de esa monserga. Claro que semejante sujeto evidenció a renglón seguido su ignorancia e incompetencia al calificar a periódicos como Le Monde, The Guardian, The New York Times o La Repubblica de ser “los que defienden a ETA”. Del mismo modo he escuchado a un supuesto intelectual de la extrema derecha establecer la diferencia entre los que siguen sus asertos, los ciudadanos, y “la plebe”: quienes no lo hacen y no se pliegan a sus fines. Eso sí es directamente el fascismo señoritil, de chulería y desprecio hacia la razón ilustrada.

En definitiva: la vieja derecha española, la que movilizó a los segmentos populares más ignaros con la colaboración de frailes broncos y montaraces, para imponer a la postre el absolutismo, la que ha proseguido siempre su empeño oscurantista a lo largo de nuestra historia, no está dispuesta a ceder un ápice en su poder y su control. Para ello no vacila en utilizar cualquier recurso y la mentira no es el más grave. Consideran que España les pertenece y que si no son ellos quienes tienen el poder político, los demás son intrusos que hay que eliminar. Por eso han estado desde hace años incluso contra Mariano Rajoy, que ya es estar.

 

 Revista ADE-Teatro nº 130 (Abril-Junio 2010)

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