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Artículos y noticias

La deificación de los mercados

01 de Julio de 2010

Por Juan Antonio Hormigón.

Espero de su recto entender que ustedes comprendan mi perplejidad. Habituado al escudriño de las contradicciones, pocas cosas podían sorprenderme, pensaba. No ha sido así, ¡qué le vamos a hacer! Nos sentimos acosados por la desazón y la zozobra, sumidos en paradojas inverosímiles respecto al origen de nuestros males, inmersos en las tinieblas de no saber lo que nos pasa pero sufrir sus consecuencias implacables. Este sentimiento se acentúa, al cerciorarnos de la sensación de impotencia para reaccionar en que el común se debate.

El sistema –ya sé que se trata de un eufemismo- en su vertiente neoliberal, es decir la entregada rabiosamente a la depredación y el expolio de los ciudadanos, los recursos y la naturaleza, tuvo un absceso crítico hace algún tiempo, fruto de sus ambiciones desmedidas en el marco desregulador en que las realizaba. Ese fue en realidad el fondo de reptiles de la era Bush.

Los gobernantes sacaron pecho y llegaron a hablar de la “reforma del capitalismo”, a fin de establecer sistemas de regulación y control en el sistema financiero y en otros órdenes, que impidieran que lances parecidos volvieran a producirse. En definitiva, ante el cataclismo de la banca financiera acudieron a prestos a su rescate los gobiernos con dinero público, buscando salvar el sistema de la hecatombe.

Nada se reformó. Las solemnes reuniones de los países más ricos no consiguieron alcanzar acuerdos significativos, tejiendo resoluciones que construían un bosque de palabras huecas y retóricas. Pero el gran capital que opera en las sombras recónditas no estaba dispuesto a ver recortados ni un ápice sus privilegios, tan arraigados en su práctica. Más aún, se disponía a hacerles pagar con creces tamaña veleidad.

Sus economistas de casa y boca, grupos de periodistas a su servicio, determinadas agrupaciones políticas de filiación explícita o implícita, sacaron a la palestra todo su arsenal de admoniciones al respecto: disminuir el coste del despido hasta reducirlo al mínimo, bajar los salarios, responsabilizar a los sindicatos de lo que sucedía, decrecer los impuestos y agitar el término: “los mercados” como la nueva abstracción inmarcesible que gravita sobre nosotros y determina nuestra existencia, cual si fueran el poder y autoridad sumas. Las leyes de Atón, Brahma, Zeus, Viracocha, Yahveh, Dios, Quetzalcóatl, Alá o cuantos seres supremos se invoquen, han sido sustituidas por las leyes supremas del mercado, o “los mercados”, como ahora se les nombra con tonalidad grandilocuente. Todo ello alardeando de la economía como una ciencia exacta que posee normas y leyes intocables, muy por encima de cualquier decisión política.

Al unísono extendieronla especie también vejancona, de que lo correcto, lo ineludible era que todo debía privatizarse, incluidas la sanidad, la educación y la cultura, que pasen a ser consideradas simples mercancías. No se alude a la democracia porque la que así denominamos les sirve, pero su horizonte contempla siempre una dictadura implícita que garantice la imposición de sus planteamientos sin oposición, sin sindicatos -o que queden reducidos sólo al nombre-, y sin partidos que adopten actitudes de crítica al sistema dominante. No deja de ser significativo que los partidos neofascistas observen una decidida adhesión neoliberal o ultraliberal, en aquello que toca el conjunto de la economía. Así fue siempre, sólo que ahora ya no lo disfrazan con soflamas sociales como antaño.

También en el horizonte puede percibirse su ansia, contenida de momento, de forjar un nuevo esclavismo para las fuerzas del trabajo, con el disimulo habitual que tienen bien entrenado. Incluso franjas del ejército o la policía pueden privatizarse, como ya sucede en Estados Unidos. Lo que sí dominan es una buena parte de los medios de comunicación, mecanismo por el que difunden sus asertos como verdades reveladas y fomentan con éxito la alienación, el miedo y la desinformación de las multitudes inermes. Contemplar hoy de nuevo la película de Capra Caballero sin espada, constituye un ejemplo palmario de cómo los magnates del gran capital controlan la prensa (ahora también emisoras y televisiones), puestas a su servicio para encubrir sus corrupciones y denigrar con falsas acusaciones a todo aquel que osa oponerse o enfrentarse a sus desafueros.

Estos fieros embates modularon las opiniones de los menos avisados. La población, presa del pánico, cayó de rodillas ante la omnipresencia de los mercados que se presentaba como sustituto de la providencia divina. Muchos asalariados creyeron la memez, que iba acompañada de todos los ritos y subterfugios que utilizan los detentadores del poder económico real desde que los seres humanos supieron que el sol generaba vida, pero desconocían su naturaleza, y otros invocaron su control y designios para atemorizarlos. El miedo una vez más se generó como subterfugio. Me vienen a la memoria aquellas palabras de “El Filósofo” en la Primera Noche del Messingkauf de Brecht:

 “Multitud de los que sufren y corren peligros ignoran las causas de dichos sufrimientos y peligros. Quienes los conocen no son, sin embargo, poco numerosos. Y buen número de aquellos sabe incluso cantidad de cosas sobre los métodos de los verdugos. Pero menos numerosos son los que ven por qué métodos eliminar a los verdugos. La eliminación de los verdugos no tendrá éxito sino cuando los hombres conozcan en número suficiente la causa de sus sufrimientos y de sus peligros, sepan cómo suceden las cosas y qué métodos adoptar para eliminar a los verdugos. En consecuencia, es importante transmitir este saber al número más grande posible de gente”. Tarea fundamental que El Filósofo encomendaba al teatro.

En definitiva, los mercados sentenciaron e impusieron a los políticos gobernantes lo que había que hacer. Iban a pagar los de siempre, dejando a salvaguarda a los ricos y rechazando cualquier forma de impuesto progresivo. ¡Vivan los ricos!, hubieran podido proclamar con sobrada razón. Otra vez la máxima calvinista de que “la riqueza es una expresión de la gracia divina”, volvía a hacerse patente.

Es un absurdo culpar a los gobiernos de lo que sucede, de los ajustes, reformas y otras mandingas. Todo obedece a las órdenes supremas y concluyentes dictadas por los detentadores más altos y ocultos de los poderes económicos, del núcleo más diamantino del sistema. A los gobiernos se les podrá culpar de abandono de sus principios, de permitir que se esfume la independencia nacional, de ser los simples ejecutores de los designios del gran capital, todos por igual, pero no de aplicar medidas que les vienen dictadas, con el acompañamiento de chantajes directos, como en el caso de España, mediante maniobras especulativas y el miedo sembrado desde medios afines que aparentan informar a su servicio.

En todo este proceso, aquí en España, la oposición del Partido Popular se ha regido por actitudes muy alejadas de sus responsabilidades como entidad que aspira a la gobernación del Estado. Su obsesión, un tanto patologizada, por hacerse con el poder, le ha llevado a utilizar cualquier recurso para desprestigiar y denigrar al núcleo gobernante, no pocas veces “ad hominem”, en la persona de Rodríguez Zapatero. Cualquier ocasión o circunstancia le ha sido propicia. Con todo ello ha mostrado una notoria ausencia de criterios que respondieran al interés general, guiándose exclusivamente por sus implicaciones partidarias a corto plazo. Después de pasarse meses hablando de reformas en la contratación o en el presupuesto, cuando esto llega votan en contra y se dicen “los defensores de los trabajadores” (carcajadas). Su objetivo no era otro que provocar la convocatoria de elecciones anticipadas que les lleven al poder. En estricta ortodoxia neoliberal esto es un contradiós. Tampoco se comprende su ansiedad por llegar al gobierno en esta circunstancias, ¿qué es lo que buscan?

Lo que sigue es la patética soflama de todos los días contra todo aquello que ha costado tanto conseguir en el proceso civilizador. También la desinformación sistemática. Una periodista o lo que sea, titulaba: “La convocatoria de elecciones nos hará salir de la crisis” (carcajadas múltiples). Se ha recrudecido el ataque feroz contra los sindicatos, sin coto ni freno. No dicen que desaparezcan, tan solo que sean mansos y se pongan a las órdenes de los amos oscuros. Parece que un vértigo de irresponsabilidad les sacuda. El gobierno sucumbe y uno de sus ministros, vicesecretario además del PSOE, el señor Blanco, proclama: “En este país se ha acabado considerar que hay cosas que son gratis”. Al parecer poco importa que los ciudadanos con sus impuestos, sean quienes sostienen el sistema sanitario, el educativo, la protección social y una partecita pequeña de la cultura.

En este páramo, una leve luz: El diario Público (20-VI-2010) ha puesto nombre y foto a siete tiburones de las altas finanzas que han urdido el complot especulativo contra la economía española. Algo es algo. Tienen rostro y una piedra implacable en el cerebro al servicio de ganar dinero. Poco importa el sufrimiento del común. Esta es la naturaleza de un sistema que si no se cambia, tan solo genera inhumanidad. Ya pueden sonreír con suficiencia los Fernando Fernández, Pedro Schwartz, Bernaldo de Quirós y tantos otros. Lo suyo es ante todo ser los mamporreros del gran capital y de su inhumanidad.

Revista Ade-Teatro nº 131 (Julio-Agosto 2010)

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