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Artículos y noticias

Nuria

01 de Diciembre de 2016

Por Juan Antonio Hormigón.

Conocí a Nuria hace muchos años. Yo dirigía entonces el Teatro de Cámara de Zaragoza y conversamos en una de sus giras en la ciudad. A partir de entonces asistí a rodajes como el de Laia, que ella protagonizaba, o acompañé las largas giras de Yerma por España, Europa y Estados Unidos. Mi mujer, Rosa Vicente interpretaba el personaje de María.

En estas idas y venidas, en los días en que recalábamos en puerto seguro, pude conocer a Nuria de muy cerca, tanto en su trabajo como en sus reacciones e inquietudes. Incluso un día me pidió que le recetara un antitusígeno porque los accesos de tos no le dejaban actuar. No siempre fui ecuánime en mi juicio, porque la juventud traiciona con frecuencia nuestra razón con sus demasías.

Sí entendí muy pronto que la pasión de Nuria por construir personajes que la envolvieran, que la cobijaran, que la escondieran, le acompañó a lo largo de su vida, puede que desde muy pronto. Quizá fue por un afán de protegerse, quizá porque no quiso hacerse ostensible a los demás tal y como era, sino como los otros esperaban que fuera. Los otros es un genérico en el que incluyo desde personajes de peso y de inmarcesible fatuidad con frecuencia, hasta plumíferos que hubieran deseado postrarse solícitos ante la diosa.

Cierto día en que comíamos en mi casa, Rosa alabó la última entrevista de Nuria que había aparecido en no se qué televisión. Ella sonrío casi benévola: “¿Pero cómo me dices esto, Rosa?”, vino a decirle, “yo nunca soy sincera, al menos del todo”. Agradecí sobremanera aquella declaración de principios que casaba muy bien con lo antedicho. Todos construimos nuestro o nuestros personajes públicos, pero Nuria ha hecho un arte también de esto por la perfección alcanzada.

Quizá el recuerdo más especial que tengo de Nuria, también el de mayor sinceridad sin duda, sea la confidencia que me hizo en cierta ocasión. Eran los amenes inacabables de la dictadura franquista. Llegué al Teatro de la Comedia cuando ya había comenzado la primera función, entonces había dos cada tarde. El jefe de acomodadores me dijo que Nuria quería verme, que fuera a su camerino. Esperé a que la representación concluyera, no creía oportuno molestarla en el intermedio que también siempre había.

Cuando llegué a su camarín estaba seria y algo alterada. Me confidenció que a través de Fuertes de Villavicencio, jefe de la Casa Civil del dictador, había sabido que estábamos, ella y yo, en una lista de cinco mil personas que había elaborado el Servicio de Información de la Presidencia del Gobierno, que dirigía el coronel San Martín. El objetivo de aquel listado era detener a todos los que allí figuraban a la muerte del dictador Franco y eventualmente, caso de producirse algún movimiento, ser fusilados. Nuria tenía un gesto de desolación y me repetía: "¿Pero por qué solo nosotros? De teatro no hay nadie más, ni siquiera esta...", me dijo un nombre que yo conocía bien y que hubiera sido plausible que figurara en ella antes que nosotros. Intenté tranquilizarla con el barrunto que teníamos en aquel tiempo de que éramos indestructibles, sólo más tarde pude comprender la gravedad de aquello. Felizmente, nunca más oportuno, la sangre no llegó al río.

Pasó algún tiempo. En los días de la larga agonía del dictador, vinieron a verme a Zaragoza, a donde me había retirado por prudencia, dos amigos. Me comunicaron que habían recibido del arzobispado de Madrid, regido entonces por Tarancón, fehaciente constancia de la existencia de la lista aunque reducida a tres mil nombres. Yo estaba entre ellos. Me recomendaban además que me desvaneciera lo más posible. No me atreví a preguntar por Nuria, que supuse habría sido prevenida igualmente. Sólo por gusto diré que el coronel San Martín fue condenado a diez años de prisión por participar en el golpe de Estado del 23 de febrero del 81, por el delito de rebelión militar. Quien a hierro mata..., que diría el evangelista.

Anécdotas aparte, aunque sean significativas, Nuria me pareció siempre una trabajadora constante, abundosa, contumaz. Con una perceptible ambición, que ella misma ha enunciado en su último discurso en Oviedo, al recibir el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Tal como dijo, fue el escenario quien se la confirió, al igual que la entrega y el apasionamiento. También señaló que el teatro se apoderó de ella. "Mi dueño es muy duro -aseguró-; me he lastimado muchísimas veces tratando de servirle. Aún lo intento. Pero él nunca dice, 'basta, para, basta ya, para, basta...'”. Es cierto. Nuria es admirable en este sentido. Cumplidos los ochenta, conserva su lucidez plena, aguza los instrumentos de su oficio y alcanza cotas de maestría. Hace no mucho quedé impresionado ante su interpretación en Incendios. Su presencia en la escena, su modulación tan personal unida a un control exquisito del tiempo, el gesto, el desplazamiento y la intención, convertían su trabajo en una epifanía.

A lo largo de su carrera, Nuria ha recibido numerosos galardones. Los más notables quizás fueron el Premio Nacional de Teatro (1986) o la Medalla de Oro del Gran Teatro del Liceo (2010). Este último sin embargo, el Princesa de Asturias, ha tenido el fulgor especial por ser la culminación de una vida de trabajo a la que le quedan todavía, eso esperamos, muchos momentos de esplendor. Igualmente porque nuestra compañera de oficio y de Asociación -pertenece a la ADE desde hace muchos años-, deseó compartirlo con todos sus compañeros de profesión. A la par valoró que el jurado haya reconocido su labor escénica en dos lenguas "amadas", afirmó: el catalán y el español. Pero además, eso creo, Nuria hizo que su personaje público expresara con sinceridad suma lo que pensaba y sentía la ciudadana Espert.

¡Gloria a Nuria!, tenía ganas de escribirlo alguna vez. A su tenacidad, su empeño, su empuje, su arrojo, su afán de superarse, su capacidad para vencer el miedo, su seguridad en el valor de lo que hace y ofrece, su desdén sonriente de la estupidez y quienes la ejercitan. Todo eso, estoy seguro, lo reúne nuestra querida Nuria desde el acantilado que habita o las playas donde recala, porque ella tiene algo muy propio e intransferible que crepita en el crisol de su personalidad.

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